Irrevocable 18 Tom

Fic de unicornlitz. Temporada III

Capítulo 18 (Parte 2)

TOM

El aire se sentía insoportablemente pesado, sofocante. Sentía la piel del cuello y de la cara ardiendo, cubierta por una fina capa de sudor frío que me hacía hervir la sangre.

Caminar hacia el baño del club de campo fue una maniobra de supervivencia pura, en serio, no exageraba. Hablar con Bill… jodida mierda, cada conversación con él era un desgaste físico y mental brutal. Agotador hasta los huesos.

Mantener esa coraza de indiferencia, obligarme a no escupirle esas palabras tan llenas de veneno y crueldad justo cuando lo tenía ahí enfrente —tan cerca que podía oler su perfume, tan al alcance de mis manos— me consumía por dentro.

Tener que morderme la lengua, obligarme a no herirlo de esa forma cuando todo en mí reaccionaba a su presencia de forma negativa, me dejaba reventado, hecho polvo por dentro y con una presión asfixiante en el pecho.

Entré al baño de la zona VIP y me fui directo a la fila de lavabos de mármol. El lugar estaba en absoluto silencio, solo roto por el eco de mis propios pasos acelerados. Abrí el grifo con brusquedad, dejando que el agua helada saliera a chorros. Metí las manos bajo el chorro sintiendo el impacto frío en la piel, hice un cuenco con ambas palmas hasta que se llenaron y me llevé el agua directamente a la cara. Una, dos, tres veces.

Necesitaba apagar la quemazón, despejar la empanada que me nublaba el juicio.

Con el agua goteándome por la mandíbula y empapándome el cuello de la camisa, apoyé ambas manos en el borde del lavabo y levanté la mirada hacia el espejo.

El aliento se me atascó en la garganta.

Ahí, al otro lado del cristal, no estaba mi reflejo como debería. No era el tío demacrado, lleno de ojeras y rabia que conocía. Lo que vi en el reflejo me dejó flipado, helado de pies a cabeza porque era yo mismo, pero de hacía doce años. La versión de mi juventud, con la cara más limpia, la mirada intacta… y unos ojos que me clavaban una fijeza llena de un odio puro, juzgándome con un desprecio descomunal.

«Idiota.» me dijo el muy cabrón.

Parpadeé aturdido, sacudiendo la cabeza con violencia.

Al abrir los ojos de nuevo, el reflejo había desaparecido. Solo estaba yo, solo y demacrado bajo las luces blancas del baño.

«Maldita sea… el puto alcohol me tiene delirando» pensé entre dientes, pasándome una mano temblorosa por la cara húmeda mientras soltaba un resoplido de frustración.

En ese preciso instante, el chasquido de un pestillo rompió el silencio del recinto. La puerta de uno de los cubículos se abrió y de él salió Alex, ajustándose las mangas de su uniforme de la DEA. No sabía que yo estaba ahí, se le veía enfocado en lo suyo mientras yo lo veía a través del espejo. Hasta que levantó la mirada y me vio.

Nuestros ojos se encontraron a través del cristal.

Alex terminó de abrocharse el botón de la manga de su uniforme de la DEA con parsimonia, sin inmutarse ni un solo milímetro al notar mi presencia ni la forma destructiva en que lo estaba escaneando.

Ese tío no necesitaba erguirse con arrogancia ni hacerse el grande; le bastaba esa postura recta, seria y disciplinada de un hombre que sabía exactamente dónde estaba parado y la responsabilidad que llevaba sobre los hombros. Era un idiota.

Sentí un crujido violento en la mandíbula mientras la piel de la cara y del cuello me ardía en fiebre. Un deseo primario, salvaje y destructor me nubló la vista, porque quería agarrarle la cabeza y reventársela contra el borde de mármol del lavabo hasta que el uniforme le quedara teñido de rojo. Cargarme a ese tío. Quería matarlo con mis propias manos.

—Te ves mal, Klaus— dijo el tío.

Su voz no era burlona ni petulante; era la voz calmada, profunda y severa de un oficial de la ley. Odiaba esos tonitos de voz. Me recordaba a cómo me hablaban los oficiales en la comisaría cuando me llevaban esposado a meterme al calabozo por haber caído.

—Si vas a estar a metros del Presidente de los Estados Unidos y del Canciller, te sugiero que te limpies el agua de la cara y disimules la resaca. No estás en una taberna.

Solté una risa seca, un chasquido que se oyó bajísimo contra las paredes de azulejos. Apoyé ambos puños sobre el borde del mármol, inclinando el cuerpo en su dirección como un animal a punto de abalanzarse.

—No te preocupes por mi aspecto, Krüger— espeté en un murmullo grave, rasposo por el alcohol y la furia contenida —Preocúpate más bien por el tuyo. Disfruta la pulcritud de ese uniforme mientras te dure, porque te juro por lo más sagrado que no falta mucho para que te lo arranque a tiras. Y la cabeza también.

Alex abrió el grifo con tranquilidad, se lavó las manos y cogió una toalla de papel para secarse, sin perder en ningún momento ese aplomo que me desquiciaba. Cuando terminó, se giró hacia mí despacio. Sus ojos azules eran serios, analíticos, desprovistos de pánico.

Joder. Odiaba a este hombre. Nuevamente me arrepentía de no haberlo matado cuando pude, puta mierda.

—Sé perfectamente lo que quieres hacer, Klaus— respondió con un tono tranquilo pero tajante —Llevas días mirándome como si fueras a degollarme en cualquier esquina, quizás estés buscando provocarme cada vez que nos crucemos por ahí. Pero no voy a caer en tu juego.

—No es ningún juego, pedazo de imbécil— siseé, dando un paso al frente hasta acortar la distancia, imponiéndome con pura ferocidad —Te estás metiendo en un terreno que te queda gigante, amigo. Crees que por tenerlo e irte a acostar con Billie todas las noches te volviste intocable, pero la verdad es que eres un pobre peón. Voy a hacer que te arrepientas de haber cruzado tu camino con el mío. Voy a hacer que él vea cómo te rompo pedazo a pedazo.

Esperaba ver una sombra de duda en su cara, un parpadeo, la tensión instintiva en sus hombros. Pero Alex no dio un solo paso hacia atrás. Se mantuvo firme en su sitio, mirándome con la madurez de alguien que ha enfrentado la muerte de verdad y que no se deja acojonar por gritos ni amenazas. Era absolutamente ridículo. Yo solo le estaba dando una… pequeña advertencia, para que después no se sorprendiera cuando despertara atado en una silla también. En la silla de tortura donde ya ha estado sentada Ría muchas veces.

—No te tengo miedo, Klaus— dijo Alex con firmeza, manteniendo la voz baja pero para nada temblorosa o floja —Sé quién eres, sé de lo que eres capaz y conozco de memoria el historial de tu clan. Pero yo no soy un civil indefenso, ni tampoco un novato al que puedes acorralar con una mirada dura.

Dio medio paso hacia adelante, encarándome con serenidad.

—Si de verdad tienes tantas ganas de enfrentarte conmigo, vas a tener que tragarte esa rabia y esperar tu momento. Porque ahora mismo no lo vas a hacer.— musitó.

—¿Ah, sí?— desafié con una sonrisa torcida y llena de chulería, apretando los puños hasta que me dolieron los nudillos —¿Y quién coño me va a parar? ¿Tú?

—La alianza— contestó Alex sin dudar un segundo, clavándome una mirada severa. Yo en cambio me crucé de brazos, bastante divertido por la situación. —Mientras la operación entre el Clan Geist, la DEA y el Canciller alemán esté en marcha para capturar a Brian y desmantelar al Clan Nox, nadie va a romper la paz. Tú firmaste ese acuerdo, Klaus. Y sabes perfectamente que si me pones una sola mano encima, destruyes la alianza, dejas a tu propio clan sin cobertura y pones a toda la fuerza federal en tu contra. No voy a permitir que tus impulsos arruinen el trabajo de meses.

Hizo una pausa, tomando aire con parsimonia antes de continuar con esa voz pesada.

—Ahora bien… el día en que Brian caiga, sea muerto o en una celda de máxima seguridad, este pacto se termina de manera oficial. Y ese día, la historia será muy diferente. Ahí no habrá placas, ni reuniones diplomáticas, ni discursos de paz. Si después de eso sigues queriendo una guerra conmigo, la vas a tener. Tú con tu gente y yo con la mía. Veremos quién tiene la capacidad real de salir en pie. Pero mientras estemos bajo este techo y con los presidentes a metros de distancia, te vas a comportar, te arreglas la cara y mantienes la distancia.

—Mierda, sí que eres aburrido.— solté en medio de una risa. —Bueno, ¿qué se puede esperar de un agente de la DEA?— lo barrí con la mirada, con bastante desdén. —¿Sabes una cosa? No habíamos tenido la oportunidad de estar cara a cara. Pensaba que cuando pasara sería épico, mierda, quiero pelear pero qué decepcionante.— me reí y él también lo hizo, pero no había nada de gracia.

—No te flipes, tío.— solté con socarronería. —Pasa que yo no comparto la misma neurona que tú.

Alcé ambas cejas. —Oh woah. Qué impresionante, agente.— aplaudí lentamente, mordiéndome el labio inferior con burla. —Te diré algo.

—A ver.— resopló, dando un pequeño asentimiento mientras se cruzaba de brazos.

—Lo que Willem ahora hace contigo lo hizo conmigo, así que no te vayas a sentir especial.— comenté sin darle mucho interés al tema porque por más que quería no podía. Odiaba pensar en mi moreno y sentir este… odio. Este asco. Este desinterés cuando me moría porque fuese lo contrario. Pero no mentía con que igualmente me ponía duro.

Mi mente y mi polla no estaban conectadas.

—Yo sé perfectamente cómo son las cosas.— dijo con desdén, rascándose la cabeza. —Así que no tienes por qué preocuparte, todo bien.

—¿Realmente sientes algo por Bill?— le pregunté, entornando los ojos porque su respuesta no es de alguien que realmente esté enamorado. O si lo estaba pero conocía su sitio.

Woah, qué gilipollez.

—¿Quién no?— respondió. —Es increíble.

—Seh…— solté flojamente. —Es una cosita hermosa.— decir eso me llevó a sentir una punzada en la cabeza. —Maldición— gruñí bajito, cerrando los ojos porque la vista borrosa volvió.

—Sí que lo es,— estuvo de acuerdo él.

—No te lo vas a quedar.— bramé, sosteniéndome de los lavabos y dándole la espalda. Tenía la cabeza baja, todo me estaba dando vueltas y parpadeaba con fuerza. —Willem va a estar conmigo, quiera o no quiera.

Esas palabras salieron de mí sin que fuese verdaderamente consciente y el castigo fue otra punzada y la presión en el pecho que me costaba respirar.

Él soltó una risita, dio la vuelta con total aplomo, caminando a pasos firmes hacia la salida del baño. Justo antes de empujar la gran puerta de madera, se detuvo un segundo y volvió ligeramente la cabeza hacia mí, con una expresión seria, muy seria.

—Por cierto, ya que tocas ese tema…— murmuró —deja de martirizar a Bill. Si de verdad te importa aunque sea un poco su bienestar, déjalo en paz. Tú elegiste el camino que destruyó todo lo que teníais, y él ha sufrido más de lo que merece. Yo estoy aquí para protegerlo, no para jugar contigo. Así que mantén la cabeza fría, Klaus. Nos vemos afuera.

Empujó la puerta y salió a los pasillos del club de campo, dejando que el marco se cerrara con un golpe seco.

Me quedé completamente solo en medio del baño, escuchando el zumbido sordo que volvía a retumbar en mis oídos. La rabia, la impotencia me nublaron la vista por completo. Sin poder contener el rugido que se me atascó en la garganta, le asesté un puñetazo brutal al espejo sobre el lavabo.

El cristal se fracturó, creando un estruendo grande, y el espejo quedó como una telaraña de grietas plateadas, dejando correr un hilo de sangre fresca sobre mis nudillos, mientras la imagen de mi cara rota me devolvía la mirada desde el vidrio destruido.

«Billie no estará contigo, Krüger» decía mi propia voz en mi cabeza. «Estará conmigo quiera o no y eso no está a debate. Bill no se manda solo.»

—Maldición.— me dejé caer al suelo y pegué la espalda contra la pared.

Empecé a respirar por la boca dando grandes bocanadas y cuando logré recomponerme, me fui de ese sitio y me daba igual si Travis se mosqueaba.

.

OMNISCIENTE

El humo denso y aromático de los inciensos de mirra se mezclaba bastante bien con el olor rancio del cigarrillo que Brian se encontraba fumando en esos momentos.

Ángela observaba fijamente el fondo de una vasija de cobre, donde el agua turbia reflejaba destellos oscuros que solo ella sabía interpretar. A su lado, Brian permanecía erguido, con la vista clavada en un mapa topográfico desplegado sobre la mesa de madera. Le daba caladas a su cigarrillo de vez en cuando, Ángela suspiró encantada.

—Las cartas ya trazaron la ruta, Brian— comenzó a decir, rompiendo el silencio con su voz calmada —La misión que Willem liderará en la selva amazónica de Colombia será un éxito rotundo en el papel. Destruirán el laboratorio, tomarán el control y sentirán la victoria en sus manos…— soltó un jadeo con falsa pena —, pero esa victoria será su propia trampa.

Brian alzó las cejas con interés, dibujando una sonrisa pequeña en sus labios. —Aún no me has contado qué tienes en mente, me llamaste aquella vez pero tuvimos que cancelar. ¿Cuál es el nuevo plan?

—El objetivo no es solo trincar al chico— respondió la bruja, alzando la mirada y clavándola en Brian —El objetivo es cargárselos a los dos de un tiro, quiero saber hasta dónde llegan. A Willem y a Thomas. Vamos a romperlos en mil pedazos de un solo golpe. Para que el destino de Bill quede sellado, primero tenemos que acorralar a la bestia, eso ya lo sabes.

—Atacar al perro de Tom— susurró afirmativamente. —Tengo planeado cómo lo haré, no te preocupes.

—Antes de que Benjamín ponga un solo pie en ese helicóptero para iniciar la incursión en la Amazonia, Thomas tiene que estar postrado en una camilla, conectado a un respirador artificial, debatido entre la vida y la muerte— le dejó claro ella. —Con eso perderé toda conexión con Klaus, porque Tom habrá despertado.

—Aún no entiendo eso sobre sus personalidades— comentó Brian con el ceño fruncido. —Prefiero pensar que está ido de la cabeza y esquizofrénico.

Ángela puso los ojos en blanco. —No lo entenderías, igual que no lo hizo la chavala a la que le estoy cumpliendo el capricho.

—En serio, me toca las narices que hayas decidido ayudarla sin comentármelo antes— murmuró el más joven. —Esa mujer solo nos aleja más del objetivo que quiero alcanzar.

—Qué va. Más bien nos acerca, pero yo ya no tendré control sobre Klaus— musitó ella, siendo consciente de aquel dato. —Me conformaré con tener el de Willem.

Brian dejó escapar una risotada baja, asintiendo con la cabeza.

—Mientras Thomas esté inconsciente en una camilla, el helicóptero de Benjamín despegará hacia la selva, harán su operativo y cuando estén alzándose para volver… ahí entra tu parte.

—Eso es lo más sencillo de todo— aseguró Brian con total frescura —Me encargaré personalmente de que coloquen cargas explosivas C-4 disimuladas en la transmisión del rotor principal y cerca de las turbinas del helicóptero. Un detonador por frecuencia remota o por altitud. En cuanto despeguen de la base en la selva con los objetivos cumplidos, pulsamos el botón y los motores reventarán en pleno vuelo.

Brian hizo una leve pausa, arrugando la frente mientras pensaba un poco mejor en ese tema.

—Pero aquí está el detalle complicado, Ángela. Estamos hablando de la selva amazónica. La vegetación es tupida, hostil, y una caída a cientos de metros de altura en un helicóptero envuelto en llamas no es una atracción de feria. Si ese aparato se despeña, el chico puede palmarla en el impacto.

Ángela esbozó una sonrisa macabra, negando lentamente con la cabeza.

—La fuerza que lo protege y la energía de su alma no se apagarán ahí. Las sombras me mostraron que sobrevivirá al impacto, pero quedará malherido, atrapado en el infierno verde. Para el resto del mundo, para la DEA, y sobre todo para Thomas… Willem estará muerto. Nadie en su sano juicio sobrevivirá a una explosión y a una caída en la profundidad de la selva. Todos lo darán por perdido.

—Y ahí entramos nosotros— concluyó Brian, soltando un pequeño suspiro.

—Exacto. Debemos tener un equipo de extracción posicionado previamente en las coordenadas exactas de la selva. En cuanto las turbinas exploten y el helicóptero caiga, tus hombres deben moverse rápido entre la maleza, antes de que las fuerzas de rescate oficiales imaginen siquiera buscar supervivientes. Lo recogeremos en mitad del fuego, herido y desorientado. Cuando despierte, no habrá nadie que venga a rescatarlo.

Brian soltó una carcajada llena de satisfacción, apoyando ambas manos sobre la mesa.

—Es una obra de arte. Dejamos a Tom agonizando en una cama de hospital sin poder mover un dedo— comentó —Cuando despierte recibirá la noticia y seguro que perderá la cabeza creyendo que el amor de su vida se hizo cenizas… otra vez… mientras nosotros nos quedamos con Billie. Me mola. Me encargo de los explosivos y de la emboscada. ¿Cuánto falta? Quiero hacer esto ya para quitarme este tema de encima.

—Quizás dos meses…— murmuró Ángela.

Continúa…

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por unicornlitz

Escritora del Fandom

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