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Fic de unicornlitz. Temporada III
Capítulo 18 (Parte 1)
A veces me preguntaba qué coño tenía la vida contra mí como para joderme de esta forma tan descarada. Parecía que le divertía ponerme, una y otra vez, en las situaciones exactas que yo quería evitar a toda costa.
Mierda. Mierda absoluta y redonda.
Kenia no apartaba los ojos de mí. Su mirada estaba fija, desorbitada, sumida en un flipado descomunal; parecía congelada, estática, atónita. De hecho, por un segundo juraría que se le había olvidado por completo cómo respirar. Yo, por mi parte, me la quedé mirando exactamente de la misma manera, sintiendo el corazón martillearme con fuerza contra las costillas porque… ¿qué más podía hacer? ¿Correr?
¿Esconderme en algún arbusto ridículo como hice cuando me pasó esta misma desgracia con Gustav? No, esta vez era imposible. Ya Kenia me había visto, y esta vez estaba a escasos centímetros de mí, no a metros de distancia.
Tenía que apechugar con la situación, me gustara o no.
Alguien a nuestro alrededor carraspeó, intentando romper el hielo estéril y llamar nuestra atención, pero fue un intento completamente fallido. Ninguno de los dos pestañeó.
—¿Cariño? ¿Pasa algo?— preguntó Sotomayor, notando finalmente la rigidez tan rara y la cara desencajada de su mujer —Kenia…— la llamó de nuevo al no recibir respuesta alguna.
Mi amiga parpadeó un par de veces seguidas, como si estuviera saliendo a la fuerza de un trance hipnótico, y sacudió levemente la cabeza para recuperar la compostura.
—¿Qué ocurre?— insistió el Canciller, frunciendo el ceño con preocupación.
—N-nada…— respondió ella, y aunque su voz intentó sonar firme, un leve temblor la delató —Solo que… me ha recordado a alguien. Pero dudo mucho que sea esa persona porque… bueno, se supone que está muerto.
Soltó aquello con un toque de sarcasmo que sentí amargo en el tono, sin perder del todo ese estado de shock que la mantenía paralizada por dentro. Con lentitud y esfuerzo, me tendió la mano, forzando una sonrisa en sus labios para evitar que empezaran a temblarle de forma descontrolada frente a los presentes.
—Mucho gusto.
Reaccioné con un segundo de retraso. El cerebro me pesaba. Le tendí la mía y cogí la suya entre las mías; sentí un calambre violento recorrerme la piel en cuanto mis dedos rozaron los suyos. Yo también me obligué a sonreír, ajustando mi máscara de protocolo, y le apreté la mano con delicadeza pero con firmeza para cerrar el saludo.
—Es un… placer… conocerla— articulé, midiendo cada sílaba para no venirme abajo en público —Soy Benjamín Keller.
Joder, qué momento tan putamente incómodo.
—¡Aúpa! Me gustaría conocerlo un poco más, Benjamín— dijo ella de pronto.
No me soltó la mano. Al contrario, apretó el agarre con una fuerza sorprendente, clavándome los dedos, y me pegó un tirón hacia ella. Había leche en su rostro, una mala leche hirviente que intentaba ocultar desesperadamente detrás de su fachada de Primera Dama.
—Si me lo permiten, Benjamín y yo hablaremos a solas un momento.
—Cariño, tenemos una…— empezó a poner peros Sotomayor.
—He dicho que volveríamos pronto— le cortó Kenia de seco, clavándole una mirada tan fulminante que lo dejó avisado.
El Canciller tragó saliva con dificultad, recolocándose la chaqueta del traje en un gesto nervioso para no dejar en evidencia frente al Presidente de Estados Unidos que su propia mujer lo acababa de acojonar sin piedad. Terminó asintiendo en silencio.
Sin esperar a que nadie dijera una sola palabra más, Kenia dio media vuelta y empezó a darme tirones, prácticamente arrastrándome sobre la gravilla del jardín. Atravesamos los pasillos exteriores hasta adentrarnos en un ala completamente privada y apartada del club de campo. Esta sección pertenecía a la delegación de su marido, así que di por hecho que ella se conocía el recorrido de memoria.
Terminamos en un corredor amplio, rodeado de ventanales y arcos de piedra, un sitio desierto donde nadie absolutamente podría vernos ni escucharnos.
Ahí me soltó. Mi muñeca sintió un alivio inmediato cuando aflojó el agarre, porque realmente me había sujetado con una fuerza desmedida, producto de los nervios. Kenia empezó a hiperventilar ligeramente, dando un par de pasos hacia atrás mientras se llevaba las manos a la cara. Yo, por mi parte, me quedé congelado, buscando desesperadamente en mi cabeza las palabras correctas para hablarle, para explicarle todo esto, porque sabía perfectamente que ya no era algo que pudiera seguir ocultando.
Mierda, ¿qué coño quería la vida de mí? ¿Es que acaso no podía huir de mi antigua vida ni para proteger a la gente que más quería en este mundo?
—Kenia, yo…— tartamudeé, con la mirada clavada en las baldosas del suelo, incapaz de mantenerle la mirada —Yo puedo explicar esto, ¿vale? Por favor…
—Vale, pues empieza— dijo, y su voz, antes implacable, sonó ligera y peligrosamente quebradiza —¿Cómo coño es que estás vivo? Dime… ¡A tus padres les dieron tus cenizas, Willem! ¡Tus cenizas!
Soltó aquello en un susurro ahogado, pequeño pero lleno de una frustración que resultaba bastante aplastante incluso para mí, conteniéndose con todas sus fuerzas para no gritar y llamar la atención de la seguridad. Tenía los ojos vidriosos, brillando por las lágrimas que amenazaban con caer.
Cogí una bocanada enorme de aire helado para intentar calmar mis nervios desbocados. Sentía un nudo doloroso y apretado en la garganta que me impedía tragar, pero me obligué a relajar los hombros para hablarle.
—Cuando ocurrió el accidente con… con Natalie…— tragué saliva, sintiendo que el nombre de la que creí mi mejor amiga me quemaba la boca —Yo me quedé en coma. Estuve así un año entero. Y para cuando finalmente desperté… lo hice sin recordar absolutamente nada de mi vida. Tenía amnesia total. El tío que era jefe de la DEA por aquel entonces aprovechó mi estado, me hizo pasar por muerto ante todo el mundo y me metió en una cárcel de máxima seguridad en Estados Unidos, culpándome de marrónacos y cosas atroces que yo jamás cometí. Pero como no tenía memoria de quién era, el que yo me declarara inocente no servía de nada… no tenía cómo defenderme.
—¿Por todos estos años?— preguntó casi sin voz, rozando el aliento.
Me miraba fijamente, con la cara desencajada, como si estuviera intentando procesar un idioma extranjero. Y era totalmente normal; le estaba contando una versión resumida, rozando la superficie para darle contexto, pero no podía soltarle los detalles más a fondo. Mucho menos en un sitio público como este.
—Estuve dos años encerrado en esa cárcel— continué, bajando la vista hacia mis propias manos. Trasteaba torpemente con mis dedos sin saber qué más hacer para evitar el impacto de sus ojos —El que era jefe por aquel entonces murió, y su hijo ocupó su puesto en la agencia. Fue gracias a él que pude salir de ese infierno, bajo un contrato estricto donde debía ayudarle a trincar a Brian a cambio de recuperar mi libertad por completo. Pasé diez años con la amnesia, Kenia… La memoria la recuperé justo… hace dos años.
—Por Dios…— soltó en medio de un jadeo sordo, llevándose una mano a la boca. Las lágrimas caían a chorros por sus mejillas —Willem… ¿por qué nunca dijiste nada? ¿Por qué no nos buscaste?
—¡Porque no puedo contárselo a nadie, Kenia!— murmuré con desesperación, sintiendo cómo el nudo en mi garganta se apretaba tanto que las lágrimas no se hicieron esperar más y comenzaron a acumularse pesadas en mis pestañas —Natalie se fugó… está aliada con Brian otra vez y lo único que quieren es destruirme, jodernos otra vez a mí y a…
Me detuve antes de decir el nombre de Tom. Apreté los labios y simplemente agaché la cabeza, dejando que el silencio hablara por mí.
—Yo no quiero que os pase nada a vosotros— continué en un hilo de voz, dejando al descubierto toda la angustia que llevaba guardada en el pecho —Sé perfectamente de lo que es capaz Brian. Sé que si se enteran de que sabéis de mí, que estoy vivo, os harían daño solo para destruirme a mí… y no podría vivir con eso. Por eso no os conté nada. Por eso me tragué el dolor y no os busqué… porque lo único que quería, lo único que me importaba, era protegeros. Y a mis padres.
La mala leche en la cara de mi amiga fue desapareciendo poco a poco, reemplazada por una ola inmensa de comprensión y del dolor que parecía compartir conmigo. Sus cejas se arquearon hacia arriba en un gesto lleno de tristeza y quizás hasta de alegría. Una sonrisa pequeña, triste y temblorosa se dibujó en sus labios mientras las siguientes lágrimas empezaban a rodar libremente por sus mejillas.
—Ay, Billa…— murmuró con la voz completamente quebrada, usando ese apodo cariñoso que llevaba años sin escuchar —Chiquitín…
Sin pensárselo dos veces, dio un paso hacia mí y me envolvió con sus brazos, rodeando mi cuerpo con fuerza. Yo me quedé completamente de piedra durante los primeros segundos. Mi cabeza no procesaba el contacto.
Echaba tanto de menos a mis amigos…
Dios, desde el segundo exacto en que recuperé la memoria, los echaba de menos a todos y siempre sentía un vacío que me quemaba el alma cada noche. Así que cuando Kenia me estrechó contra su pecho, sentí una marea de calidez tan repentina y abrumadora en el centro del corazón que no pude contenerlo más. Le correspondí el abrazo con desesperación, pegando mi cara a su hombro mientras me deshacía por completo en un llanto contenido.
Mi cuerpo entero empezó a convulsionar, sacudido por los espasmos violentos del llanto, mientras ella me sujetaba como si temiera que fuera a desvanecerme otra vez, y yo me aferraba a la tela de su americana.
Mierda… si así de abrumador y doloroso se sentía volver a abrazar a una de mis mejores amigas… ¿cómo coño sería volver a sentir un abrazo de mis padres otra vez?
—Nosotros supimos todo… todo lo que pasó contigo y lo que hizo esa maldita de Natalie— me contaba Kenia sin dejar de abrazarme, aferrándose a mi espalda —Siempre te dijimos que ella no nos daba buena espina, bebé. Te lo dijimos mil veces.
Se separó un poco, sujetándome suavemente por los hombros para mirarme directamente a la cara con los ojos empapados en lágrimas.
—Te hizo cosas horribles, Willem… Y no tienes idea de cómo tus padres se han sentido culpables todos estos años. Viven cargando con un mazo en el pecho.
—Lo sé…— gimoteé con la voz completamente quebrada, sintiendo que el pecho se me partía al escuchar mencionar a mis padres.
—Yo todavía no entiendo del todo la dimensión de esta situación, y quiero que me lo cuentes absolutamente todo— me pidió, limpiándose una lágrima con el dorso de la mano —No aquí, obviamente, pero sí nos tenemos que encontrar otra vez para hablar a solas, con calma.
Asentí en silencio, incapaz de articular palabra, y ella continuó, bajando el tono de voz a un susurro.
—Gustav nos contó que había jurado haberte visto en una fiesta hace unos días… Si vieras lo intranquilo, lo rayado que estuvo durante días. Nos contó que Tom también estaba vivo— musitó —Y nosotros, en el fondo, ya teníamos nuestras sospechas de que tú podrías estarlo también, porque a la maldita de Natalie también la hicieron pasar por muerta. Yo he estado investigando por mi cuenta todo este tiempo, aprovechando que mi marido es el presidente y tengo acceso a ciertos contactos. Se suponía que Tom nos estaba ayudando con eso… y resulta que el infeliz siempre supo que estabas vivo y nunca dijo absolutamente nada.
El aire se me congeló en los pulmones.
—¿C-cómo…?— solté en un hilo de voz, helado, parpadeando rápidamente para espantar las lágrimas y mirar a Kenia con desconcierto —¿A-a qué te refieres con que él os estaba ayudando? ¿De qué coño hablas, nini? Si él logró despistar a Gustav aquella noche y hacerle creer que estaba loco, que no había visto a nadie…
—Gustav le comentó directamente nuestra duda, y Tom aceptó ayudarnos a investigar— me reveló —Incluso nos hemos reunido los cuatro un par de veces en esta última semana. Aunque actuaba de una forma rarísima… se sentía distante, como si le importara un pimiento saber si estás vivo o no. Pero nos estaba dando largas, diciendo que investigaría.
Negué con la cabeza, sintiendo cómo una ola de rabia e indignación reemplazaba el dolor en mi pecho.
—Me mintió…— murmuré entre dientes, apretando la mandíbula con violencia —Él y Bach me mintieron en la cara. Claro… por eso se pusieron tan ridículamente nerviosos aquella vez.
Arrugué la frente, sintiendo una amargura demasiado punzante. ¿Qué demonios podía esperarme ahora de Tom? ¿Hasta dónde llegaban sus mentiras?
—¿Tú no lo sabías, Billa?— preguntó Kenia, notando el cambio drástico en mi cara.
Negué con la cabeza rotundamente.
—Kenia, te prometo por mi vida que te buscaré para hablar de todo esto con calma, ¿vale? Pero ahora mismo necesito buscar a Tom— no le di tiempo a que me respondiera ni a que intentara detenerme.
Le dediqué una última mirada y salí a pasos apresurados del pasillo, atravesando la zona privada con la sangre hirviéndome en las venas y la furia saliéndoseme por los poros a punto de petar. Maldito. Era un maldito imbécil, un mentiroso de primera categoría.
Al estar de nuevo en el área principal del club, entre el murmullo de los diplomáticos y la música de fondo, mis ojos lo localizaron al instante. Por suerte, estaba parado cerca de la barra, recibiendo una copa de champagne que uno de los camareros le tendía desde una bandeja de plata. Me acerqué hecho una auténtica furia. En cuanto estuve a escasos centímetros y él se percató de mi presencia, hizo un gesto de fastidio con los labios que me importó tres cojones.
—¿Cómo está eso de que has estado «ayudando» a mis amigos a investigar mi muerte?— le solté de golpe, sin anestesia, viendo cómo detenía la copa a milímetros de sus labios antes de llegar a darle un solo trago.
Sus ojos oscuros se movieron con lentitud hasta posarse en los míos, escaneando mi cara encendida de rabia.
—¿De qué mierda hablas?— preguntó, frunciendo el ceño con un cinismo enorme, haciéndose el despistado.
—¡No te hagas el tonto!— reclamé en un grito contenido, inclinándome hacia él —Resulta que Kenia es la mujer del presidente de este país, y cuando pasó lo de Gustav, prometiste ayudarles a investigar todo lo relacionado con mi supuesta muerte. ¡Explícame esa porquería!
—Deja de gritar, coño— gruñó entre dientes, echando una mirada rápida y disimulada a los alrededores para asegurarse de que nadie estuviera prestando atención, antes de volver a clavar sus ojos en mí —Vamos a otro lado.
No me dejó replicar. Pasó por mi lado a pasos largos, rozando mi hombro. Puse los ojos en blanco, soltando un resoplido de cansancio, y lo seguí hasta quedar en un rincón apartado del área VIP. Era un espacio lo suficientemente abierto para que nos vieran de lejos, pero aislado para que nadie pudiera escuchar una sola palabra.
Tom se mantenía ridículamente tranquilo, con un aplomo frío y distante, como si este tema no fuera lo suficientemente importante como para tomarse la molestia de preocuparse. Lo que me encendía la sangre era precisamente eso, porque para mí era crucial, pero a él le daba exactamente igual.
—Ya puedes empezar a hablar, gilipollas— refunfuñé, cruzándome de brazos con altivez.
—¿Qué esperas que te diga?— fue su respuesta, antes de dar un sorbo pausado a su bebida —Si te lo oculté fue nada más para no preocuparte. Como eres un imbécil que todo lo comadrea y se vuelve loco… Sabía perfectamente que ibas a montar un pollo por nada.
Apreté las manos en puños hasta que los nudillos se me pusieron blancos.
—¡Me cago en la puta, Tom!— resoplé con pura rabia —Estamos hablando de mi familia, de mis mejores amigos. Y de que tú y Bach me mentisteis en la puta cara. Ellos han estado investigando mi paradero por su cuenta, ¿tienes la más mínima idea de lo peligroso que es que vuelvan a mi vida otra vez con las cosas estando como están con Brian?
Él se encogió de hombros con una gran indiferencia bastante brutal.
—Realmente me da igual lo que pase contigo o con tus allegados, morenito— musitó, deslizando un ligero tono socarrón en su voz que me revolvió el estómago de la ira que sentía. —Me da exactamente igual si tu familia estuviera en peligro o no. No me importa absolutamente nada que tenga algún vínculo contigo. En pocas palabras, tú me das igual.
Pasé la punta de mi lengua por la parte interior de mi labio inferior, dando pequeños asentimientos de cabeza mientras lo miraba. Sentía toda la desilusión del mundo acumulada en la garganta en ese preciso instante.
—Eres un miserable idiota…— murmuré en voz baja —¿Qué es lo que buscas con esta actitud patética, fingiendo que me odias? Dime. ¿Hacerme sentir mal para que de alguna forma me arrastre de vuelta contigo o qué? ¿Cuál es tu puto propósito? Cuéntame.
Me contuve de gritar, de perder los papeles en público. Simplemente le solté las preguntas con una voz helada, carente de cualquier tipo de humor o ironía. Estaba furioso, pero me estaba obligando a mantener el control.
Tom alzó la comisura de sus labios en una sonrisa chulesca y arrogante.
—¿Quién te ha dicho que lo estoy fingiendo?— respondió con otra pregunta, dando un paso corto hacia adelante sin perder esa sonrisa ni ese porte burlón —¿Qué te hace pensar eso, morenito? ¿Acaso piensas que yo no te puedo odiar solo porque alguna vez te juré amor eterno tan patéticamente?
—¿Qué demonios te ha dado de la nada, Tom?
—¿A mí?— inquirió, frunciendo ligeramente el ceño. De pronto, su cara se endureció por completo, perdiendo cualquier rastro de chanza para dar paso a una expresión déspota —Soy yo quien debería hacerte esa puta pregunta a ti. ¿Qué te ha dado a ti? Que de la noche a la mañana dejaste de quererme y metiste a otro en tu vida.
Dio otro paso hacia el frente, acortando la distancia entre los dos.
—¿Qué te ha dado a ti? Que andas diciendo que me odias, que no me dejas estar cerca de Tyler, que finges querer a ese otro idiota de la DEA y le das el sitio que siempre… ¡que siempre fue mío!
—¿Que qué me ha dado?— repetí, dibujando una mueca amarga en los labios —¿En serio lo preguntas de nuevo?— solté una risita ahogada, seca y desprovista de gracia —Me fuiste infiel, pedazo de gilipollas. Ese pequeño detalle.
—Eso ni siquiera está demostrado— soltó tajante, alzando con suspicacia una de sus cejas.
Solté una risa en un respiro corto ante una respuesta tan ridícula. —Quién sabe si Catalina miente o no— añadió él con frialdad.
—Ya. ¿Y has hecho absolutamente algo para averiguar si lo hace o no?— le interrogué despectivamente, mirándolo con todo el asco del mundo —¿Has movido un solo dedo?
—Tengo a alguien que le sacará la información.
Volví a reírme en un suspiro, poniendo los ojos en blanco con fastidio.
—Claro, tienes a «alguien». Pero no le sacas la información tú directamente— con el dedo índice, le di un golpecito seco en el centro del pecho. Él arrugó los labios ante el toque —¿Se te olvida que antes solías cargarte a quien fuera si se trataba de algo que me perjudicara a mí o a nuestra relación?— indagué, alzando ambas cejas con pura ironía —No estás haciendo un carajo ahora. Si realmente quisieras averiguar la verdad, ya la habrías hecho sudar sangre para sacarle la información… pero no. La tienes entre algodones.
—¿Eso te jode acaso, moreno?— preguntó, bajando el tono a un murmullo lleno de burla. —¿Te pone celoso, eh?
—No seas idiota— solté en medio de una sonrisa de total suficiencia —Yo jamás sentiría celos de una perra como esa. Es una cucaracha que no me llega ni al dedo meñique del pie. Una flipada, una descarada que ahora quiere parecerse a mí y lo único que consigue es verse ridícula. Aunque a ti te encantó su estilo nuevo, ¿eh?
—¿De qué mierda hablas?— frunció el ceño, genuinamente descolocado.
Me chupé los labios con lentitud.
—¿Que no tenías nada con esa pendeja?— pregunté.
El rostro endurecido de Tom se volvió confuso de la nada.
—Ah, ahí sí nos cambia la cara, ¿verdad?— dije con mordacidad —Me dijiste que no había nada entre vosotros, pero la tienes viviendo en tu piso. Y según ella, sois pareja— jadeé riéndome otra vez. No le estaba reclamando nada, pero me daba una rabia negra que me echara en cara lo de Alex cuando el único culpable de que todo esto se fuera a la mierda era él. —Al final, mi intuición nunca falla. Yo sabía que podías ponerme los cuernos y mi error fue confiarme en que no lo harías. Pero yo tengo un sexto sentido también, grabado te lo dejo.
Me di la vuelta para irme, sintiendo que tenerlo cerca solo me provocaba una jaqueca insoportable. Pero no contaba con que me agarrara del brazo con fuerza y me devolviera de un tirón seco a mi sitio. Solté un gemido de protesta ante la brusquedad del agarre y me zafé de inmediato, sacudiendo el brazo con violencia.
—Yo no tengo nada con ella— dijo con la voz grave, áspera y casi ronca, pegando su cara a la mía —¿De dónde coño te has sacado una idea tan estúpida? ¿De tu inservible cerebro?
—Aquí el único que tiene el cerebro inservible eres tú— espeté con rabia —Y ya no mientas, que es más que obvio que estáis juntos. Ella lo grita a los cuatro vientos. Pero ni me interesa, me da exactamente igual. Puedes tirártela todas las veces que te salga de los huevos; ella nunca va a ser yo, y eso te va a pesar en la conciencia para siempre. Tienes que conformarte con mi copia barata porque conmigo no puedes… Qué pena me das.
—¡Me cago en todo!— gruñó entre dientes, apretando los puños a los lados —¡Que no tengo nada con ella, coño!
Sonreí, alzando la barbilla. Yo no le creía nada de lo que me decía, ¿cómo podría después de tantas mentiras y cuentos?
—¿Entonces qué, Tom? ¿Ella se monta sus propias películas solo porque te la follas bien?
—¡No me la…!— se contuvo de inmediato.
Apretó el puño en el aire con una violencia que intentaba contener a toda costa, frustrado por la impotencia que se le desbordaba por cada poro y que era dolorosamente evidente por la forma en que exhalaba, pesado y caliente por la boca. Se humedeció los labios secos y recorrió mi cara centímetros a centímetros con sus ojos marrones, encendidos por un brillo que me resultaba de todo menos bueno.
—Yo no me la follo, Billie. A diferencia de ti con aquel cabrón.
—Alex es mi pareja— espeté con firmeza, dándole peso a cada sílaba.
—Por Dios, Billie…— se echó a reír, soltando una carcajada para nada divertida, que no le llegó ni a los ojos —Tu pareja soy yo.
—¿Estás zumbado?— bramé entre dientes, sintiendo que la sangre me hervía aún más, ay Dios, quería liarme a puñetazos con él. —Tu puta bipolaridad me enferma. Te juro por mi vida que tengo unas ganas sobrehumanas de reventarte una botella en la cabeza, pedazo de cabrón.
—¿Sabes una cosa?— dio un paso hacia mí, acortando el espacio hasta que pude sentir el calor que salía de su cuerpo y podía notar su aliento con olor a alcohol pegándome en la nariz. —Cuando os vi follar… no vi que él te hiciera retorcerte de placer como lo hacía yo.
Me quedé completamente estupefacto ante sus palabras. El aire se me atascó en la garganta. ¿Cómo coño que «cuando nos vio»?
—Y no me extraña— añadió en un murmullo. Levantó una mano con lentitud y cogió un mechón de mi pelo entre sus dedos, deslizándolo suavemente, rozándome la mejilla, creando un mimo casi siniestro que me puso la carne de gallina por completo —Nadie te va a follar como lo hacía yo, Billie. Jamás en tu puta vida.
—Estás enfermo…— musité en un jadeo ahogado, incapaz de apartar la mirada de sus labios —Loco, ido de la cabeza.
—Sí, así me pones tú— susurró, inclinándose levemente hacia mi oído —Todo es culpa tuya. Tú haces que yo pierda la cabeza y me obligas a hacer cosas que no quiero. Pero nada más porque a mí nadie me quita lo que es mío… Y tú eres mío, Billie. Estemos o no juntos, estés en la cama de quien sea, siempre vas a ser mío.
Su voz bajó a un registro casi rasposo, denotaba una enferma posesividad que me hizo temblar las rodillas. Odiaba cuando Tom se comportaba de esta manera, teniendo en cuenta todo lo que me había hecho.
—Y ese idiota de Krüger jamás te va a hacer sentir todo lo que yo. ¿Qué coño ha hecho él que reduzca a nada todo lo que yo hice por ti? Dímelo.
Me quedé callado. Apreté los labios, totalmente incapaz de asimilar sus palabras y la fijación que brotaban de él.
—Cielo, me perteneces— declaró, absolutamente convencido de sus palabras, rozando mi mandíbula con la yema de sus dedos en una suave caricia —¿Y sabes qué le voy a hacer a ese perro? Voy a aprovechar que anda con la guardia baja jugando al agente héroe… Lo voy a llevar al cuarto de castigo y le voy a hacer morir cien veces antes de que muera de verdad.
Fruncí el ceño, sintiendo un frío helado recorrer mi espina dorsal. Ese era su lema. Y cuando lo decía no lo hacía en broma.
—Te voy a atar a una silla frente a él— continuó, y sus ojos oscuros brillaron con una demencia pura, sanguinaria, podría decir que no lo reconocía pero sería mentir. Porque Tom siempre había sido así de ido. —, y te voy a obligar a ver cómo le arranco la cabeza del cuello con un puto tenedor. Y cuando termine, voy a patear su cabeza y voy a jugar al fútbol con ella. Todo eso lo vas a ver tú, para que se te quede grabado a fuego en la conciencia… Para que recuerdes algo que al parecer no vino junto con tu memoria. O quizás sí vino, pero lo decidiste olvidar.
Yo… sabía perfectamente a qué se refería. Un recuerdo borroso pasó como una ráfaga por mi mente. Claro que me acordaba.
—Pero te voy a refrescar la memoria, moreno— murmuró, pegando su boca a mi sien —Aún recuerdo cómo se le iba el brillo de los ojos a ese maldito que practicaba esgrima contigo… ¿Cómo coño se llamaba ese rubio oxigenado de mierda?— preguntó sin ninguna clase de interés. —Ni me importa. Tú viste perfectamente cómo lo despellejé vivo nada más porque se atrevió a besarte. Ahora imagina lo que le voy a hacer a Krüger por tocar lo que me pertenece.
Ante semejante amenaza, lleno de una rabia ciega e incontrolable, lo empujé del pecho con un golpe brutal a manos llenas para alejarlo de mi cuerpo. Tom se tambaleó apenas un paso hacia atrás, soltando una carcajada baja ante mi exaltación.
—¡Como te atrevas a hacerle una sola puta cosa, te juro que yo mismo te mato!— le advertí con la voz temblando de pura furia —¡No tienes ningún puto derecho sobre mi vida ni sobre la de él!
—No, tienes razón. No lo tengo— dijo, dando un paso al frente sin perder esa postura dominante —Pero si a mí se me da la real gana de tenerlo, pues lo tengo y ya. ¿Cuál es el puto problema? Voy a matarlo cuando menos lo esperéis. Y tú vas a estar sentado en primera fila viendo cómo le saco las entrañas. Así recuerdas de una vez por todas que no puedes estar con nadie a menos que sea conmigo.
—¡A mí no me me vengas con historias, Thomas!— exclamé completamente fuera de mí, olvidando el sitio donde estábamos, sintiendo que el pecho me iba a reventar —¡Yo no estoy para jueguitos! Como le hagas algo, cualquier mínima cosa, te las vas a ver conmigo directamente. ¿Qué te crees? Yo ya no soy el mismo crío indefenso al que conociste. No seas tan cabrón.
—Yo lo sé…— respondió, y sus ojos recorrieron mi cuerpo de arriba abajo con un descaro insostenible —Hay que ver nada más lo mucho más delicioso que estás ahora. Aunque me dé asco verte, eso no quita que mi polla no se alegre cada vez que te tiene cerquita.
Maldito enfermo de mierda.
Pasó la punta de la lengua por el filo de sus dientes superiores, manteniendo una sonrisa de suficiencia que me parecía absolutamente exasperante.
—¿Tanto miedo te da que te lo liquide? ¿Acaso el gran Alex Krüger no se puede defender solo?
—¡Claro que puede!— espeté con rabia —Acabarás pudriéndote en la cárcel antes de que puedas mover un solo dedo. ¿Te piensas que Alex es tonto? Él sabe perfectamente que lo tienes entre ceja y ceja.
—¡Qué bien!— exclamó sin una gota de emoción real, dando un aplauso seco al aire —Así ya sabe lo que le espera.
—No te atrevas, Tom.
—Tranquilo, bebé… Le voy a avisar personalmente para que esté bien advertido— dijo, alzando su copa para darle otro trago pausado al champagne.
—¡Vete a tomar por culo, Tom!
Era un imbécil desquiciado. Hablaba con una fascinación perturbadora sobre la idea de asesinar a Alex, como si fuera a ser un paseo por el campo. Alex no era un civil indefenso; era el Director de la DEA, un tío entrenado para matar y defenderse. Si Tom intentaba cualquier locura, las probabilidades de que terminara encerrado de por vida o muerto eran altísimas.
O ambos muertos.
—Te lo advierto, y mírame a la cara porque no estoy de coña— le ordené con la voz dura, al verlo soltar otra risita burlona —Como le hagas algo… te juro por lo más sagrado que yo mismo te encierro en una celda. ¿Me oyes? Te meteré en la puta cárcel y tiraré la llave.
Su sonrisa se congeló por un milisegundo imperceptible. Se me quedó mirando fijamente durante unos segundos eternos, analizando el odio y la determinación en mis ojos, y finalmente soltó un suspiro pesado.
—Suerte con eso, moreno— soltó con frialdad.
Sin decir una palabra más, pasó por mi lado rozando deliberadamente su hombro contra el mío, dejándome atrás como si nuestra discusión no hubiera sido más que un trámite aburrido.
Solté un grito ahogado contra mis dientes y le di una patada violenta al suelo por pura rabia. Me sentía completamente impotente. Una simple confrontación sobre mis amigos nos había arrastrado a ese terreno pantanoso, a tocar los restos podridos que aún quedaban de lo nuestro… si es que acaso quedaba algo.
Mi cabeza empezó a trabajar a mil por hora, procesando la escena mientras la adrenalina bajaba. No entendía qué coño había querido decir con eso de que nos había visto a Alex y a mí en un momento tan íntimo. Era imposible.
Y de pronto, como un chispazo de luz, me vino a la memoria el incidente del supuesto fontanero en la casa de Alex.
Un nudo se me formó en el estómago. No me extrañaría lo más mínimo que ese enfermo hubiera tenido algo que ver con eso. Tenía que averiguarlo, y tenía que hacerlo rápido.
Continúa…
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