Nota de autora: este es el capítulo más largo que he escrito en toda mi vida, JAJAJAJA. Así que lean con calmita porque no habrá actualización hasta dentro de un tiempo.
Fic de unicornlitz. Temporada III
Capítulo 19 (Parte 1)
BILL
La reunión había salido fantásticamente bien. Había salido infinitamente mejor de lo esperado; ya contábamos con la total aprobación y el respaldo absoluto del Presidente de los Estados Unidos. Unir nuestras fuerzas y coordinar las agencias nos beneficiaría aún más para poder dar con el paradero de Brian y de la fugitiva, Natalie.
Todo marchaba sobre ruedas sobre el papel.
Al menos en cuanto a ese tema diplomático y operativo, porque yo por dentro me sentía completamente descolocado, como si una parte de mí estuviera desconectada de la realidad.
Apenas había tenido fuerzas para abrir la boca y pedirle a Alex que revisara minuciosamente las cámaras de seguridad de la casa en cuanto llegáramos. Me ahogaba una frustración amarga por la confrontación que acababa de tener con Tom en el club de campo. Él me confundía demasiado con su actitud, me descolocaba la cabeza. Primero actuaba como un extraño despiadado, un ser frío e irreconocible que me miraba con desprecio… ¿y luego?
Luego aparecían esos leves destellos del chico guapo que conocí en mi adolescencia. Destellos microscópicos que duraban menos que una estrella fugaz al morir en el cielo.
No lo entendía.
No podía comprenderlo por más que lo intentara, y me daba rabia conmigo mismo porque era una estupidez. ¿Por qué demonios querría yo comprenderlo después de todo el daño que ha hecho? Es que me ponía a pensar en el coche, viendo la carretera borrosa, y mierda… aún no le encontraba una respuesta lógica al porqué habíamos terminado metidos en una situación tan miserable como esta. Él comportándose como un monstruo inestable, con esos cambios bruscos en su actitud, esa bipolaridad.
Y yo, cada día llenándome de más rencor por su culpa. Si seguía presionándome de esta forma… Tom solo iba a conseguir que lo odiara todavía más.
Más de lo que ya lo hacía. Lo odiaba con el alma porque… porque cuando comenzamos a salir, doce años atrás, él me había prometido el cielo, la tierra y las estrellas, para luego, años después, tras todo el infierno por el que cruzamos, dejarme abandonado con todo este amor entre las manos.
Un amor demasiado intenso, desenfrenado, enorme y pesado, sin saber dónde demonios meterlo para que no me destrozara el pecho, para que no estallara. Un amor que me perseguía a todas partes como un cachorrito callejero adorable que se niega a marcharse después de haber recibido un par de caricias en la cabeza.
¿Qué podía hacer yo, Dios mío? Si cada vez que lo tenía cerca, a pesar de todo ese odio punzante y esa rabia hirviendo que me carcomía por dentro, lo miraba a los ojos y me hacía estragos en el pecho. Exactamente así… como la primera vez que lo vi.
Como cuando me acorraló en el pasillo estrecho de aquel pub clandestino. Las luces azules y fluorescentes eran lo único que nos iluminaba en medio de la penumbra, y la diferencia de altura entre los dos era tan enorme que yo tenía que alzar la cabeza por completo para poder sostenerle la mirada. Y tiempo después, tener que ponerme de puntillas para poder alcanzar sus labios y besarlo.
Recuerdo perfectamente lo absurdamente nervioso que estaba yo, y cómo levanté la cabeza para amenazarlo con darle un golpe si se atrevía a hacerme el más mínimo daño. Recuerdo su sonrisa socarrona, encantadora y peligrosa. Recuerdo cómo se reía de mí a veces y me llamaba su «princesita en apuros».
Esa noche en ese pub cutre fue, sin duda alguna, el mejor de todos mis días. Yo mismo lo había catalogado así en mi cabeza y jamás me arrepentiría de ello. Claro que no. De lo único que me arrepentía era de seguir sintiendo tanto por alguien que me rompía las manos.
En esos momentos de mi juventud yo no sabía que ese encuentro sería el prólogo de algo precioso que acabaría fracasando de la forma más trágica. Y no fracasó por falta de amor, porque yo era perfectamente consciente de que nos amábamos con muchísimo frenesí, que ese amor trascendía cualquier límite normal. Fracasó por la maldad pura de personas que nos querían ver destruidos, arruinados, y que ganaron la partida al separarnos durante diez largos años.
Lograron que se me borrara la memoria, que olvidara mi propio nombre, pero jamás pudieron arrancarme el amor que le tenía impregnado en los huesos. Y quizás a mí me dolía de una forma tan lacerante porque… para mí esos diez años nunca pasaron en tiempo real. Para mi cerebro eran como un sueño difuso, una nebulosa. Al recuperar los recuerdos, me sentía como aquel chiquillo asustado de dieciocho años que acababa de despertar.
Él, en cambio, había tenido diez años enteros de soledad, dolor y amargura para que su amor por mí se fuese apagando y pudriendo poco a poco.
Era la única respuesta lógica que le encontraba a su frialdad.
Y aun así, él era tan enfermizamente egoísta que si yo no estaba con él, simplemente no estaría con nadie más. Aunque ya no me amara de la misma forma, aunque su amor se hubiera convertido en «odio», como hacía ver, jamás me dejaría ir libre.
Todas esas ideas daban vueltas en mi cabeza como una tormenta de nieve, sobrepensando cada detalle como nunca antes. Recordaba que Tom nunca fue bueno mintiéndome a la cara; se le notaba en el pulso, en la tensión del cuello. Así que estaba más que claro que él había tenido todo que ver con la misteriosa aparición del falso fontanero en la casa. Lo sabía, lo intuía desde el primer segundo, pero necesitaba confirmar mis sospechas y borrar cualquier pequeña duda de mi cabeza.
Cosa que quedó trágicamente comprobada en cuanto llegamos y Alex me mostró los vídeos de las grabaciones de seguridad desde la pantalla de su portátil. El supuesto fontanero se había movido con total impunidad por varios puntos de la residencia. Había instalado microcámaras que Alex ya se había encargado de retirar y que ahora descansaban inertes sobre la mesita de centro del enorme salón.
Había puesto una incluso en nuestra habitación, colocada en un ángulo perfecto desde donde se veía la cama entera. Alex tenía una expresión sombría, llena de una preocupación densa mientras pasaba las imágenes.
—Estoy pensando seriamente en poner a un grupo de vigilantes entrenados alrededor del perímetro— dijo él mientras tomaba asiento en el sofá frente a mí, soltando un pequeño bufido de frustración. Sin dejar de mirarme a los ojos, añadió —: Hay que averiguar de inmediato quién es este hombre, quién lo mandó y…
—Fue Tom— lo interrumpí de golpe, dándole la respuesta sin rodeos.
Alex se quedó en absoluto silencio. Poco a poco, su rostro fue cambiando hasta convertirse en una mueca de profundo desconcierto.
—Él solo se delató cuando estuvimos hablando en el club de campo— continué, manteniendo la voz firme —Me dijo que nos había visto a ti y a mí… y sé que no necesito especificarte haciendo qué porque te harás una idea clara de a qué se refería.
—Por Dios…— Alex se pasó ambas manos por la cara, exhausto, resoplando con pesadez —¿Por eso estuviste tan distante y perdido durante casi toda la reunión?
Asentí despacio con la cabeza.
—Kenia me contó cosas muy graves cuando estuvimos a solas— murmuré. Estiré los brazos sobre la mesa y cerré el portátil de un golpe seco para no seguir viendo los ángulos de la cámara —Mencionó que Tom les había estado «ayudando» con una investigación que ella organizó junto al resto de mis amigos para saber si yo realmente estaba vivo o si todo era un engaño. Fui a reclamarle a Tom por haberme mentido. Las cosas se salieron de control, la discusión se desvió y me soltó que nos vio. Él siempre se delata solo cuando se ciega de celos, o cuando está demasiado tranquilo; actúa por impulso sin pararse a pensar en las consecuencias.
Lo conocía demasiado bien. Sabía exactamente qué botones pulsaban su paranoia.
—Ay, joder…— gruñó Alex en medio de un jadeo descontrolado —Ese hombre está completamente loco. ¿A quién mierda se le ocurre mandar a poner cámaras en la intimidad de una residencia privada, Bill?
—Alex…— suspiré, dejándome caer contra el respaldo del sofá —Tom antes solía ser exactamente así. Y, con algo de vergüenza en el alma, he de admitir que en su momento yo amaba esa locura suya. Siempre fue un posesivo desquiciado, siempre actuaba así de irracional, pero solo lo hacía por mí. Cometía actos sumamente cuestionables, crueles y violentos con tal de no perderme, pero en aquella época yo no me paraba a analizar si era ético, malo o bueno; yo solo miraba sus intenciones. Miraba sus ganas desmedidas de querer estar conmigo, la forma en que me lo demostraba sin importarle el mundo.
Hice una breve pausa, sintiendo un nudo en la garganta al recordar viejos tiempos. Recordaba que una vez… recreó para mí una de mis escenas favoritas de «The Amazing Spider-Man». Negué con la cabeza, esbozando una sonrisa triste y amarga.
—Así que sí, siempre ha sido un completo loco— acepté, dando pequeños asentimientos con la cabeza —Y créeme, sería capaz de hacer locuras mil veces peores. La diferencia es que ya no es el mismo hombre que conocí en aquel entonces… está un poco loco, pero no es un peligro.
—¿Te conté que me lo encontré a solas en el baño del club?— preguntó Alex de pronto.
Abrí los ojos con sorpresa y negué con la cabeza rápidamente. Alex bufó, soltando una sonrisa irónica.
—Me dijo un par de cosas, pero la verdad es que no importan porque sé perfectamente cómo manejar a tipos como él— puse los ojos en blanco y los cerré, soltando un resoplido cansino por Tom; podía hacerme una idea de qué le había dicho sin que Alex me lo dijera —Habla como un demente fuera de sí, Bill. Lo que me preocupa de verdad eres tú. Quizás algún día le dé por cometer una locura que nadie pueda prevenir y termines acorralado en sus manos.
Abrí los ojos y clavé la mirada en el portátil cerrado sobre la encimera de cristal.
—Soy un agente capacitado de la DEA, sé perfectamente cómo lidiar con situaciones de riesgo— murmuré con una media sonrisa en los labios que borré casi al instante. No tenía ni el cuerpo ni la cabeza para tomarme nada a broma —Voy a ir a su bar. Necesito dejarle claro que tiene que mantenerse alejado de mí. Si fue capaz de mandar a poner cámaras en esta casa, Alex, es capaz de cosas peores. Y estas niñerías no son nada comparadas con lo que solía hacer en el pasado.
Me puse de pie. Alex no apartaba sus ojos azules de mí; me observaba con curiosidad.
—¿Y qué clase de cosas solía hacer antes?
—Una vez… me obligó a presenciar cómo despellejaba vivo a uno de mis mejores amigos, un compañero de mi equipo de esgrima, solo porque el chico se atrevió a darme un beso en la mejilla— le conté sin anestesia.
Alex alzó ambas cejas de golpe. Su rostro se transformó en una máscara de pura impresión y absoluto horror por lo que acababa de escuchar.
—Y si te sigo contando el historial de su juventud, te vas a quedar helado.
—Guau…— exhaló Alex, casi sin aire en los pulmones —¿Tú le perdonabas todo eso?
Sonreí apenas un poco. Me sentía algo nostálgico.
—Yo a Tom le perdonaba absolutamente todo— murmuré en voz baja —Porque para mi mente de diecisiete años, todas esas atrocidades eran las pruebas irrefutables del amor desmedido que me tenía. Y sí, sé que suena demente, descabellado y tóxico, pero él fue mi primer amor, mi único mundo… Lo único que jamás en la vida le habría perdonado habría sido una infidelidad.
Aclaré ese punto rápidamente, sintiendo el pinchazo enseguida por el tema con aquella mujer. Alex me escuchaba en silencio, con los labios ligeramente entreabiertos y la mirada fija en mi rostro.
—Siempre fui ridículamente claro con él sobre ese tema desde el primer día. Por lo demás, no me preocupaba tanto, estaba ciego. Puedes juzgarme si quieres, porque en realidad, ahora que lo digo en voz alta delante de ti… no sé si el más loco era él por hacer semejantes salvajadas para no perderme, o yo, por verlo como algo normal y enamorarme todavía más.
Bufé con pesadez. ¿Qué demonios pasaba por la cabeza de mi yo adolescente, Dios mío?
—Vaya…— susurró Alex nuevamente, casi sin voz —Bill, yo no soy un demente celoso como él. ¿Estás completamente seguro de que quieres seguir teniendo una relación conmigo?— bromeó con suavidad, intentando aligerar el peso que se había vuelto aplastante en la conversación.
Su comentario me arrancó una risa al instante.
—No seas tonto, Alex. El hecho de que amara a Tom aun con sus ataques de locura no significa que mi tipo de hombre sean los chicos con graves problemas mentales o tóxicos— dije, cruzándome de brazos y sonriéndole esta vez con ganas —Buah, me alegro infinitamente de que no seas como él. Eres apenas la segunda pareja que he tenido en toda mi vida y… la primera con la que experimento lo que es una relación sana, madura y tranquila. Supongo que eso es precisamente lo que me hace ser consciente ahora de lo jodidamente delulu que estaba yo antes.
Alex sonrió, soltando una risita encantadora entre dientes que le suavizó las facciones.
—Bueno, todo este caso es una auténtica locura. ¿Estás completamente seguro de querer ir a verlo a su terreno?
—Necesito ponerle límites drásticos— respondí, asintiendo con la cabeza con total firmeza —Él no quiere entender que la oportunidad de volver a estar conmigo está únicamente en mis manos, y que no se la pienso dar jamás. Ya va siendo hora de que le quede grabado en la cabeza.
—Bueno, no me voy a meter en eso porque es una decisión personal tuya— dijo Alex mientras se ponía de pie —Avísame en cuanto llegues allí. Si ocurre cualquier inconveniente, lo que sea, me llamas de inmediato. Yo me voy a ir a la Sede ahora mismo. He mandado llamar a tu grupo especial de agentes y también a Xavier…
—¿Y eso por qué?— pregunté, frunciendo el ceño con curiosidad.
—Ahg…— soltó Alex en un largo suspiro de agotamiento —No te he contado eso tampoco, ¿verdad?
Me crucé de brazos, esperando a que me diera una explicación lógica de por qué había tomado esas decisiones operativas. ¿Llamar a mi equipo de élite? ¿Incluso al jodido de Xavier? Buah. Alcé una ceja, incitándolo a hablar.
—Esta mañana, antes de pasar a buscarte al bar e irnos al club de campo, Anthonia, una de las agentes, se encontró a un niño en la calle. Al parecer, es uno de los muchos recién nacidos que desaparecieron de los hospitales al nacer pero hacer muchos años, a manos de las redes de ese peligroso criminal que se hace llamar «Cabeza».
El aire se me atascó en la garganta.
—¿Qué?— solté en un hilo de voz ahogado.
—El niño fue encontrado en una acera, desmayado y golpeado. Anthonia salía de su turno de noche y lo trasladó de inmediato al hospital. El niño no quiere revelar cómo demonios logró escapar de su cautiverio, pero sí le repitió aterrado a Anthonia que «Cabeza» lo iba a encontrar y a castigar severamente. Estaba paralizado por el miedo.
—Dios mío…— jadeé, sintiendo un escalofrío.
«Cabeza» era el líder sanguinario de una red mafiosa que controlaba el tráfico de menores, especializada en robar bebés recién nacidos directamente de las salas de maternidad de las clínicas. Tenían a hombres y mujeres infiltrados que se hacían pasar por personal médico o enfermeros; los sacaban por la noche sin que nadie lo notara hasta que ya era demasiado tarde.
La mayoría de las instituciones encubrían los casos para no dañar la reputación de sus hospitales, argumentando ante las familias que los bebés habían fallecido por complicaciones durante el parto.
Esa red era un monstruo silencioso. Recordar todo eso me revolvía el estómago; por eso mismo, durante mi propio embarazo, le supliqué a Sophia que estuviera presente en todo momento y que jamás dejara a mi bebé solo ni un segundo.
—Si el niño decide hablar, podremos desmantelar esa red de una vez por todas— continuó Alex —Le calculamos unos trece años de edad. El problema es que está profundamente traumatizado y no quiere soltar palabra. Lo tenemos bajo custodia con un equipo de psicólogos. Luego te explico con más detalle por qué convoqué a tu grupo y a Xavier. Ve a hacer lo que tengas que hacer con Klaus, ¿sí? Y, por favor, ten mucho cuidado por la calle.
Asentí despacio.
—¿Seguro? ¿No prefieres que te acompañe a la Sede de una vez?
—No, no hace falta, nene— me dijo Alex con dulzura. Se acercó a mí, me sonrió suavemente y me dio un beso cálido en los labios antes de marcharse —Asegúrate de avisarme en cuanto estés de vuelta en casa. Yo dudo que pueda volver esta noche; hay demasiados fuegos que apagar en la agencia.
Cogió su chaqueta táctica de la DEA, que formaba parte del uniforme nocturno, y salió por la puerta principal.
Solté un largo suspiro al quedarme solo en la inmensidad de la sala. No sabía si Bach y Chantelle habían regresado ya de su viaje de luna de miel, pero, de todas formas, el pequeño Abel estaba durmiendo plácidamente en su habitación, al igual que mi propio hijo.
Fui a buscar a Sophia y le pedí por favor que cuidara de mi niño mientras yo salía a resolver un asunto urgente. Ella aceptó encantada, como siempre. Antes de irme, me encargué personalmente de ajustar las barandillas de protección en los bordes de la cama de mi hijo, por si le daba por dar vueltas mientras dormía; ya me había pasado una vez que se cayó y el susto casi me mata.
No iba a permitir que se repitiera.
Con todo listo y la casa asegurada, salí a la noche helada, me subí a uno de los coches de Alex y conduje directamente en dirección al bar de Tom.
Continúa…
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