Fic de unicornlitz. Temporada III

Capítulo 19 (Parte 3)

BILL

Llenaba un vaso con agua helada para Tom desde la cocina de su piso, mirándolo de reojo por encima de la barra. Tenía la cabeza pesadamente apoyada sobre el borde del respaldo del sofá de piel oscura, los ojos cerrados con fuerza y la pierna derecha temblando a un ritmo frenético, agitada por el mismo estrés que seguramente le estaba carcomiendo las entrañas.

Aún no podía procesar lo que acababa de presenciar en el bar; me parecía irreal que le hubiese disparado a Travis, a su propio hermano de sangre. Solo me quedaba rogar a Dios para que la herida no fuera mortal y él estuviera bien.

Tom estaba completamente loco, no había otra explicación. ¿O por qué cojones hacía todo esto?

No lo sabía; en esos momentos no me daba la cabeza para articular un pensamiento coherente.

Cuando el vaso estuvo lleno, rodeé la isla de la cocina y me acerqué a él a pasos lentos para entregárselo.

—Ten— le dije, extendiéndole el vaso de cristal.

Él abrió los ojos lentamente, parpadeando con pesadez como si estuviera despertando de un trance o de un sueño demasiado denso y corto.

—¿Tienes algún calmante o algo por aquí cerca?— pregunté, escaneando el lugar. Él negó con la cabeza en un gesto cansado, mirándome fijamente a los ojos mientras sujetaba el vaso con las manos temblorosas —Y… ¿Catalina?

—¿Qué sé yo de esa?— preguntó de inmediato, frunciendo el ceño con una punzada de irritación en la voz.

Suspiré profundamente.

—Es tu pareja…— murmuré con obviedad, cruzándome de brazos.

—No, no lo es— gruñó él con franca molestia, tomando un trago largo de agua hasta que la nuez de Adán se movió con violencia, para luego relamerse los labios húmedos —Ya deja de decir eso, me encabrona que lo digas. Y no sé dónde demonios está, ni me interesa lo más mínimo.

—Vale— dije, cortando el tema. No iba a ponerme a discutir sobre su vida sentimental ni a perder el tiempo en eso; tampoco es que me interesara lo que hiciera o dejara de hacer con esa mujer.

—Travis…— murmuró de pronto, cerrando los ojos con una contracción de dolor en el rostro. Tomó una bocanada de aire convulsiva y volvió a abrirlos, mirándome con desesperación —Yo no quería hacerle nada, Billie… Te lo juro por mi vida que no. Te lo juro. Yo no quería hacerle daño.— decía rápidamente, atropellando las palabras.

En su rostro desencajado se leía su arrepentimiento, pero mierda…

—Yo no quería, no quería…

—Ya— le detuve con firmeza —No consigo entender nada de esto, Tom.

—Tú no me vas a creer si te lo digo— murmuraba entre lágrimas, rompiéndose delante de mí —Me siento fatal… he herido a mi hermano, le he disparado a mi propio hermano… y te he apuntado a ti con un arma cargada. No puedo más con esta situación, Billie…— sollozaba, pasándose las manos temblorosas por la cara —Intento tomar el control de mi propio cuerpo, pero nada me deja, algo me asfixia desde dentro. ¿Me entiendes? ¿Consigues entender algo de lo que te estoy diciendo, Billie? Tampoco quiero decirte cosas feas cuando te tengo delante, pero las palabras salen solas de mi boca… no soy yo, te lo juro por Dios que no soy yo.

Su respiración entrecortada y acelerada hacía que lo de la asfixia pareciera peligrosamente creíble; era como si cada bocanada de aire le costara un esfuerzo físico enorme, como si se estuviera ahogando en aire seco.

Él lloraba de verdad.

Se estaba desmoronando a pedazos delante de mis ojos mientras susurraba una y otra vez que Travis jamás lo perdonaría, que lo odiaría para siempre. Repetía que él quería a su hermano más que a nada, que no entendía qué le estaba pasando por la cabeza, que ese monstruo no era él.

—Tom…— le llamé en un susurro.

Me sentí fatal al verlo en aquel estado de vulnerabilidad; juro que algo muy profundo y doloroso en mi pecho se apretó con fuerza. Sin poder evitarlo, acabé sentándome a su lado en el sofá e hice que apoyara su cabeza abatida sobre mis piernas. Él no dejaba de hablar ni un solo segundo; decía puras incoherencias, frases rotas y palabras sin sentido porque yo era incapaz de descifrar qué coño quería decir. ¿Qué demonios quería decir con eso de que «no era él»?

—Yo odio cada maldita vez que te digo cosas feas…— decía con la voz ahogada contra la tela de mi pantalón, y yo contuve la respiración de golpe. No quería tocar esos temas sobre nosotros, no quería abrir esa caja de Pandora —Lo siento muchísimo, Billie… lo siento muchísimo…

—Ya no sigas, por favor— le pedí, pasándole una mano tensa por el pelo para calmarlo de forma instintiva —Deberías ir a darte un baño con agua fría. Quizás eso te ayude a despejar la mente y a bajar la fiebre, estás caliente— dije después de ponerle la mano sobre la frente —Beber tanto alcohol definitivamente te deja así de mal.

Él soltó una risa ronca y levantó la cabeza de mi regazo para mirarme con los ojos vidriosos por las lágrimas.

—Yo no…

—En serio, Tom— aseveré, interrumpiéndolo con frialdad antes de que siguiera. Necesitaba quitármelo de encima desesperadamente; su presencia física y su cercanía me ponían mal en un sentido profundo, agitándome cosas que no debían despertarse —Ve a darte un baño. Ahora.

—Vale…— murmuró bajito, como un niño castigado.

Se levantó del sofá, me dejó el vaso de agua que no había terminado de beber y, tambaleándose y tropezando casi con sus propios pasos, se dirigió arrastrando los pies hacia su habitación.

En cuanto me quedé solo en la inmensidad de la sala, solté un suspiro largo y pesado, cerré los ojos y me presioné el puente de la nariz, intentando tranquilizarme. Se suponía que había venido a su bar únicamente para hablar con él, para reclamarle por las malditas cámaras de mi casa, ponerle un límite y pedirle que se mantuviera alejado de mí para siempre. Pero, dada la tormenta que acababa de estallar, mierda… ya ni siquiera sabía qué esperar de esta noche.

Saqué el móvil del bolsillo de mi chaqueta y busqué el chat de Bach para enviarle un mensaje rápido.

«Dime que todo va bien, Bachi. Por favor. Dime cómo está Travis.»

Se lo envié y dejé el teléfono sobre la mesa de centro. Apoyé los codos sobre las rodillas y oculté el rostro entre las manos; me sentía fatal.

—Esto es una completa locura…— mascullé para mí mismo, profundamente afectado por la situación.

Una parte ingenua de mí quería creerle ciegamente a Tom cuando decía entre lágrimas que no sabía por qué hacía las cosas ni por qué le salían esas atrocidades de la boca; pero otra parte de mí, más racional, lo veía como una manipulación barata, una excusa patética para hacerse la víctima.

Aunque, pensándolo bien… eso tampoco tenía ninguna lógica, ¿verdad? ¿Para qué iba a inventarse una excusa tan elaborada? ¿Para justificar qué? ¿Por qué iba a llegar al extremo de herir de gravedad a su propio hermano solo para montar un espectáculo?

«Ya basta», le ordené en un pensamiento a mi corazón, que comenzaba a latir desenfrenado dentro del pecho. «Todo esto es absurdamente extraño».

Mi móvil vibró sobre la mesa. Lo cogí de inmediato y leí por encima la notificación del mensaje de Bach antes de abrir la aplicación para responder.

«No perdió tanta sangre, por suerte. Pude hacer presión sobre la herida y contener la hemorragia a tiempo. Ahora mismo lo han metido en quirófano y lo están operando. Ya le he avisado al señor Gordon y a la señora Charlotte. ¿Tú cómo estás? ¿Estás a salvo con él?»

«Gracias al cielo», respondí con un nudo en la garganta e inmediatamente tecleé otro mensaje: «Espero de corazón que todo salga bien en la cirugía. Sigo sin comprender por qué demonios Tom hizo lo que hizo. Sus padres van a poner el grito en el cielo y van a querer pedirle explicaciones cuando sepan que fue él quien le disparó a su propio hermano. Todo está bajo control aquí, por ahora. He hecho que se meta a ducharse.»

Dejé el teléfono sobre el mueble y me puse de pie, incapaz de quedarme quieto.

Caminé despacio por el pasillo hacia la zona de los dormitorios. Iba en dirección a la habitación principal de Tom, pero al fondo me percaté de que había otra puerta entreabierta. Bueno… solo iría a echar un vistazo rápido.

Empujé la madera con suavidad, ya que no tenía echado el pestillo. El cuarto estaba a oscuras, pero la luz tenue que se filtraba desde la sala me permitió ver apenas un poco el interior. El aire de aquí dentro estaba densamente impregnado de una loción dulce de mujer. No tuve que darle muchas vueltas al asunto para saber que allí era donde dormía Catalina.

Sin embargo, me asaltaron dos preguntas inevitables en la cabeza.

La primera: no recordaba en absoluto que el piso de Tom tuviera una segunda habitación. Cuando yo estaba pasando por el proceso de amnesia, él me dijo que no había ninguna otra habitación disponible en este piso.

La segunda: si eran pareja… ¿por qué demonios dormían en habitaciones separadas?

Otra razón más para pensar que esa loca me mentía.

Decidí sacudirme esos pensamientos de la cabeza antes de empezar a darle vueltas a cosas que no me correspondían. Cerré la puerta despacio y me fui directo a la habitación de Tom. Abrí su enorme armario y me puse a buscar algo de ropa limpia que pudiera ponerse al salir de la ducha. Mientras doblaba una camiseta, me detuve un segundo.

¿Por qué cojones me seguía tomando el tiempo de hacer esto por él?

Joder, me sentía patético, ridículo, estúpido, tonto, gilipollas… de todo un poco. Seguía actuando por puro instinto de cuidar de él.

—Mierda… me duele muchísimo la cabeza…— lo escuché murmurar con la voz ronca mientras abría la puerta del baño, envuelto en una nube de vapor.

Inconscientemente, levanté la mirada del armario para verlo. Tom estaba apoyado contra el marco de la puerta, con los ojos apretados, el ceño profundamente fruncido y una mano presionándose la sien. Tenía la piel del torso desnudo todavía húmeda por las gotas de agua, el pelo goteándole sobre los hombros y apenas una toalla blanca atada de forma inestable a la cintura.

—No lo soporto más…— decía en un quejido bajo, ahogado por el dolor.

Parpadeé un par de veces para sacudirme aquella imagen y rápidamente volví a fijar la mirada en la ropa que tenía entre las manos, sintiendo el pulso acelerado. Sentí la garganta seca de golpe; odiaba esa sensación, maldita sea. Odiaba profundamente tantas cosas en aquel momento.

—Ponte esto— le dije, incorporándome de golpe y tragando saliva rápidamente para intentar calmarme. Tenía la mente hecha un absoluto revoltijo de pensamientos agobiantes. Volví a mirarlo de reojo mientras observaba cómo caminaba hacia la cama, y di unos pasos instintivos hacia atrás para darle su debido espacio.

De pronto, recordé un viejo y molesto hábito suyo, a Tom le gustaba vestirse quitándose la toalla del todo antes de ponerse siquiera los bóxers, así que me di la vuelta de inmediato para darle la espalda y me crucé firmemente de brazos.

No lo vería desnudo.

—Yo venía a decirte un par de cosas…— murmuré contra la pared, tratando de mantener la voz neutra.

—Hujum… hazlo— me dijo con la voz grave, seguida por el sonido de la toalla al caer al suelo.

Me relamí los labios secos antes de continuar, armándome de valor.

—Me he enterado de que metiste a un fontanero en mi casa para que pusiera cámaras, Tom— solté sin andarme con rodeos, apretando los dientes —Cámaras por todas partes, en cada maldita esquina. Siento que las que Alex consiguió quitar no eran todas y que todavía debe de haber varias escondidas por ahí. Y, en especial, en nuestra habitación… ¿se puede saber qué cojones tienes en la cabeza para atreverte a hacer algo así?

Escuché cómo se aclaraba la garganta a mis espaldas.

—No sé de qué me estás hablando— respondió con descaro.

Ay, mierda. Otra vez se hacía el desentendido.

—¡No mientas si tú…!— me giré de golpe a mitad de la frase, consumido por la rabia y olvidándome por completo de que se estaba cambiando.

Me encontré de frente con la imagen de Tom vistiendo únicamente los bóxers, luciendo el abdomen marcado y sujetando la toalla húmeda hecha un ovillo en una mano. Me miraba con las cejas ligeramente levantadas, como quien no sabía absolutamente nada del tema, fingiendo un desconcierto absurdo. Lleno de vergüenza y sintiendo la cara arder otra vez, le di la espalda de un tirón.

—Mierda…— gruñí entre dientes —Decía que no mintieras porque tú solo te delataste con las gilipolleces que me dijiste en el club.

—Por Dios, Billie…— refunfuñó con fastidio —No sé para qué cojones vienes a mi piso a reclamarme por algo tan insignificante. Joder, ¿qué vas a hacer al respecto? ¿Vas a ponerte dramático y decirme que no te lo esperabas de mí? Ya me conoces de sobra; sabes perfectamente cómo soy y de lo que soy capaz. Y sí… sí puse las putas cámaras.

—Ya…— solté con ironía —Y lo admites así, como si nada.

—Pues sí, ya me has descubierto, ¿para qué cojones te lo iba a negar?— decía sin darle la más mínima importancia, como si fuera una chiquillada —Al final, tener esas cámaras ya ni me sirve de nada. Verte follando con otro tío en esa cama me produjo cáncer en los ojos.

Abrí la boca de par en par, absolutamente indignado por su cinismo.

—¡Yo no te mandé ponerlas, pedazo de idiota!— exclamé, girando ligeramente la cabeza y apretando los puños a ambos lados del cuerpo con tanta fuerza que las uñas se me clavaban en las palmas —Igualmente, a lo que venía era a decirte que quiero que mantengas la puta distancia conmigo, que no vuelvas a meterte en mi relación y que dejes de joderme la vida para siempre.

Tom soltó una pequeña risita ronca.

—Eso no va a pasar ni aunque el infierno se congele… ¿me has entendido, princesita?

Ahg, «princesita».

Me giré por completo para encararlo de una vez. Por suerte, ya se había puesto el pantalón del pijama que le había buscado, pero no se había molestado en ponerse la camiseta. Tenía todo el pecho al descubierto, lleno de gotas de agua, y tuve que hacer un esfuerzo monumental de voluntad para no mirarlo más de la cuenta.

—¿Tanto te cuesta dejarme en paz, Tom?— inquirí con los ojos entornados, ardiendo de rabia —¡Entiende de una puta vez que yo ya no quiero nada contigo!

—Sí, bueno… esa decisión es tuya, no mía, ¿eh?— escupió con una calma desesperante.

Solté una risita jadeante, completamente desprovista de humor.

—¿Y tú crees que tu decisión me importa?

—Así como a mí me importa una mierda la tuya.— atacó el muy malnacido, dando un paso al frente. Eso me encendía la sangre aún más —Para nada.

—Aquí tu opinión o lo que tú decidas me importa un bledo, ¿sabes por qué?

—¿Por qué?— preguntó, dejando caer la toalla sobre la cama sin mirar. Dio un par de pasos lentos y calculados, acortando la distancia entre los dos. Tenía una expresión seria, oscura, y yo me mantuve alerta, esperando que no se pasara de listo como en ocasiones pasadas… y en ocasiones muy, muy, muy pasadas.

—Porque el único infiel e inmoral aquí fuiste tú, no yo— musité, cruzándome de brazos para marcar un muro defensivo —Así que no tienes ni voz ni voto en mi vida.

—Recuerdo haberte dicho muy claramente que eso todavía no se sabía— dijo él. De repente, sacudió la cabeza con brusquedad, soltando un gemido bajito y áspero, apretando los dientes como si le estuvieran dando un pisotón en el cerebro —Recuerdo haberte dicho que me perteneces… ¿Crees que me importa si todavía me amas o no?— volvió a mirarme con los ojos inyectados en furia —Tú vas a estar conmigo aunque…— volvió a gimotear de dolor, llevándose los dedos a la sien —, aunque no quieras, bebé.

—Eres un puto loco— negué con la cabeza, dándome definitivamente por vencido al ver que jamás iba a entrar en razón. Él no iba a ceder —Me impresiona tu nivel de estupidez.

—Y a mí me impresiona el hecho de que, por primera vez en todos estos malditos días, consigo tener el control de mi propia mente durante más de tres segundos seguidos— decía con un tono extraño que me dejó completamente confundido —Y también me impresiona lo grande que tienes el culo… Con los años te crece un poco más, ¿eh?

Fruncí el ceño, sintiendo un ardor de rabia caliente subirme por el cuello.

—Eres un puto depravado.

—Eso mismo me dijiste la vez que nos encontramos en un Starbucks, y adivina qué, amor…— dijo con una sonrisa socarrona y torcida dibujándose en los labios —¿Por qué te enfadas tanto, eh?

—¡No tienes ni el más puto derecho a decirme esas cosas!

—¿Y por qué cojones no?

—¡Porque no y punto!— grité fuera de mí.

—No es nada nuevo, Billie… Te he dicho cosas peores desde que tenías diecisiete años y…

—¡Pero es que tú y yo ya no estamos juntos!— le corté a gritos, exhausto de que siguiera actuando como si el mundo no se hubiera hecho pedazos entre los dos —Deberías estar preocupado porque tu nueva parejita ni siquiera ha venido a dormir. Quién sabe… quizás se esté besando con cualquier otro por ahí. Así son las gatas como ella.

Tom soltó una pequeña risita ronca, profunda, y se cruzó de brazos imitando mi postura.

—Yo no tengo absolutamente nada con esa mujer… ¿Por qué cojones piensas eso, eh?

Fue en ese instante cuando me percaté de lo peligrosamente cerca que estaba de mí; podía sentir el calor que emanaba de su piel desnuda. Le di la espalda de un salto, quedándome de cara a la puerta.

—No te importa lo que yo piense. Y, por favor, ponte la puta camiseta que te busqué, mierda.

—¿Y por qué iba a hacer eso?— preguntó con burla desde mi nuca.

—Porque me incomodas. Me incomodas muchísimo.

—Ay, por favor— se echó a reír con un tono áspero y burlón —Qué tontito eres, morenito.

—Hablo totalmente en serio, Tom— le dije con frialdad por última vez, manteniéndome de espaldas pero sintiendo el pulso disparado —Y deja de llamarme de esa puta forma. Entiéndelo de una vez: no te quiero conmigo, no quiero que me busques, ni que sigas jodiéndome la existencia, y mucho menos que hagas que te odie todavía más de lo que ya te odio por todas las mierdas que me has dicho. Estoy con otra persona. Alex es un tío increíble, y cualquier cosa que tenga que ver contigo ya no me interesa lo más mínimo. Es decir… ya no te quiero.

—Con todo el respeto del mundo, morenito, qué patético y ridículo suenas diciendo: «Ay, estoy con otro», «oh, Alex es increíble», «y es muchísimo mejor que tú en la cama»— decía, imitando mi tono de voz de forma exagerada —Solo te estás engañando a ti mismo.

—No es verdad— refunfuñé entre dientes, apretando la mandíbula.

—Sí que lo es— afirmó él con convicción —Dices con la boca llena que no me quieres, pero bien que me echas de menos hasta las lágrimas, ¿eh? Y quizás no eches de menos mis conversaciones, pero… quizás sí eches de menos mi polla— soltó sin un ápice de vergüenza, con ese cinismo puro que me encendía la sangre.

¡Maldito estúpido!

—Bájate de esa puta nube, imbécil.

—Bájame tú mismo— musitó cerca de mi oído.

Antes de que pudiera reaccionar, sentí cómo sus brazos largos y pesados me rodeaban la cintura por detrás de un tirón. Pegó su cuerpo cálido contra el mío sin dejar ni un milímetro de espacio, y pude sentir con claridad la firmeza y el grosor de su miembro presionando contra mis nalgas a través de la tela.

—Te doy la oportunidad de bajarme de la nube— susurró con una voz cavernosa —Solo tienes que evitar que te acabe follando aquí mismo.

—Suéltame, Tom— ordené entre dientes, con la mandíbula tan tensa que sentía que se me iban a partir los dientes —Suéltame o te juro por Dios que te voy a dar una patada en los huevos.

—Solo te estoy abrazando— comentó en un murmullo bajo, dejando caer la barbilla sobre mi hombro. Podía sentir su aliento tibio y pesado rozándome directamente el lóbulo de la oreja —Te echo de menos a cada puto segundo que pasa, ¿sabes? A pesar de todas las cagadas que han pasado, de todo lo malo que he hecho y dicho sin ser consciente, de todo el infierno… te necesito, Billie. Y no tienes ni puta idea de lo doloroso que es estar tan cerca de ti y no poder tocarte… pero no me importa el dolor, porque jamás voy a dejar de quererte. Nada en este mundo podría hacerme hacerlo. Absolutamente nada.

Contuve la respiración de golpe, sintiendo que el suelo se me movía.

—Estás consiguiendo que me enfade, Tom.

—¿Te he dicho alguna vez que me encanta llevarte hasta el límite?— preguntó. Escuchaba cómo hacía grandes e intensas inhalaciones contra mi piel, aspirando el perfume de mi cuello y de mi pelo.

De pronto, sus manos grandes se colaron por debajo del borde de mi camiseta. Sentir sus palmas todavía húmedas y frías rozando la piel tibia de mi abdomen me provocó un escalofrío violento que me recorrió toda la columna.

«Vamos, Bill. Reacciona de una puta vez. Apártalo ya», me regañaba desesperadamente mi subconsciente.

—Basta, Tom— gruñí, apretando los ojos e intentando mantener un hilo de control sobre mi cuerpo.

Su presencia me estaba envolviendo como una niebla densa. Él era perfectamente consciente de todo lo que aún provocaba en mí a pesar del odio, del rencor y de los años. Me generaba una rabia insoportable… una furia conmigo mismo porque se lo estaba poniendo en bandeja de plata, tenerme así de vulnerable, dejarme abrazar de esta forma o permitir que me endulzara el oído con sus palabras. Cuando lo que debía hacer era empujarlo, partirle la cara, tratarlo como la basura que se merecía.

—Odio quando «quella versione di me» ti parla in modo brusco, perché ti amo più di me stesso, e tu lo sai. Sai che ti adoro, che sei la cosa più importante della mia vita e che non potrei vivere senza di te — anche se potessi. Non voglio una vita se non è con te. (Odio cuando «esa versión de mí» te habla mal, porque te quiero más que a mí mismo, y tú lo sabes. Sabes que te adoro, que eres lo más importante de mi vida y que no podría vivir sin ti, aunque pudiera. No quiero una vida si no es contigo).

Ay, no. No, no, no.

Cerré los ojos y los apreté con una fuerza casi dolorosa. Mi corazón comenzó a martillear frenéticamente contra mis costillas al escucharlo hablarme así, y odié cada maldito latido. No quería que eso siguiera pasándome, pero sucedía…

…mi corazón estúpido e ingenuo se derretía de felicidad al oírlo, mientras mi mente me gritaba que huyera. Maldición, era demasiado para mí. Tom sabía perfectamente cuánto me fascinaba cuando me hablaba en ese idioma.

—Se non mi ami più, non importa; il mio amore basta a sostenerci entrambi — te l’ho mai detto? Vorrei che mi concedessi il beneficio del dubbio, perché so di non averti mai ingannato, ma so anche che non lo farai, perché conosco il tuo orgoglio. (Si ya no me quieres, no importa; mi amor es suficiente para sostenernos a los dos, ¿te lo había dicho alguna vez? Quisiera que me dieses el beneficio de la duda, porque sé que nunca te engañé, pero también sé que no lo harás, porque conozco tu orgullo).

—Ya, cállate…— gimoteé en medio de mi desesperación, sintiendo que la garganta se me cerraba.

—Ti amo per l’eternità delle ossa, e tu mi ami allo stesso modo: me lo dicesti una volta, ricordi? Quando celebrammo il matrimonio civile, tenendolo nascosto a tutti. (Te quiero por toda la eternidad de los huesos, y tú me quieres de la misma manera, me lo dijiste una vez, ¿recuerdas? Cuando nos casamos por lo civil, manteniéndolo en secreto para todos).

—Pero es que tú me engañaste…— murmuré con la voz rota y temblorosa, sintiendo cómo los ojos se me llenaban irremediablemente de lágrimas calientes —Tú te acostaste con aquella mujer estando conmigo… Me dijiste mirándome a los ojos que nunca lo harías, pero sí lo hiciste. ¿Cómo cojones esperas que siquiera considere darte el beneficio de la duda? Te rogué que la alejaras cuando ni siquiera debería haber tenido que pedírtelo, porque eso tendría que haber salido de ti si de verdad me querías.

—L’avrei uccisa in Brasile, sai? (Yo la habría matado en Brasil, ¿sabes?)— fue su respuesta inmediata, un susurro contra mi cuello —Devi solo aspettare che io riesca a restare sano di mente, e ti giuro che ti riconquisterò. (Solo tienes que esperar a que consiga mantenerme cuerdo, y te juro que voy a recuperarte).

—Eso no lo vas a conseguir jamás, entiéndelo de una puta vez.

—Tú entiende que yo no puedo ni voy a dejarte ir nunca…— musitó, dejando un beso suave y ardiente en la curva de mi hombro, por encima de la tela de la camiseta —Amarti è una mia necessità. (Amarte es una necesidad para mí).

La maldita frase grabada en el interior de nuestros anillos de promesa.

«Contrólate, Bill. Vamos, tú puedes hacerlo, apártalo», insistía la voz en mi cabeza.

No, no podía.

Me di la vuelta sobre mí mismo y él nunca apartó las manos de mi cintura. Lo miré fijamente a los ojos y sentí que estaba a punto de caer en el abismo otra vez. No podía permitírmelo, pero es que yo lo quería tanto…

Maldita sea, lo quería con cada fibra de mi ser.

Me sentía una persona con muy poca dignidad, pero al mismo tiempo no podía evitarlo; siempre cedía porque mi corazón y mis sentimientos terminaban aplastando a mi razón. Y suponía que eso era inevitable porque Tom se había ganado un lugar en mi vida de la forma más única del mundo. Con solo una mirada suya cuando éramos jóvenes… supe que estaba perdido de amor.

Lo cual lo hacía infinitamente más doloroso, porque no hay forma humana de dejar de querer a alguien a menos que nunca lo hayas querido de verdad.

—Vuelve conmigo, Billie…— dijo él, rompiendo los pesados segundos de silencio que se habían instalado entre los dos. Su voz era baja, áspera, rota y temblorosa —Vuelve conmigo, por favor…

Apreté los labios con fuerza y, con los ojos nublados por las lágrimas, negué casi imperceptiblemente con la cabeza. No podía hacerlo. No podía volver con él como si nada hubiera pasado. ¿Perdonarle una infidelidad? No, no, no. Hacer eso se llevaría el último trozo de dignidad que me quedaba y no estaba dispuesto a perderlo del todo, aunque sentía que cada vez que caía en sus brazos un trozo de mi alma se desvanecía, dejándome hundido en el enfado y el asco hacia mí mismo.

—Sabes que te pertenezco— intentó de nuevo al ver mi negativa muda —Siempre voy a pertenecerte, porque yo nací para estar contigo…

—Basta…— le interrumpí, intentando que la voz saliera dura y firme, sin conseguirlo. Pero él no se detuvo.

—Eres la única persona que me ha querido con todos mis demonios… Has conseguido que cada uno de ellos te quiera y te venere…

—Tom…

—Eres la única puta persona en el mundo que podría entenderme y curar este parásito que tengo en la cabeza… que hace que cada cosa que te estoy diciendo me duela. Y no lo digo de forma poética, Billie, de verdad me duele el cerebro…

Sus ojos oscuros también empezaron a cristalizarse, llenándose de lágrimas que amenazaban con desbordarse.

—Me duele cada vez que intento recordar cuánto te quiero, y sé que si el universo supiera cuánto te quiero, estaría avergonzado de ser tan insignificante y pequeño. Me duele, pero me importa una mierda el dolor porque tengo que recordarte lo jodidamente indispensable que eres para que yo siga respirando.

—No te creo nada…— solté en un hilillo de voz ahogada —Me has dicho tantas atrocidades, Tom. Siempre te dejé muy claro que jamás te perdonaría una infidelidad, porque si quieres a alguien… si de verdad lo quieres, no buscas nada en otros brazos, ¿entiendes?— buscaba su mirada desesperadamente para hacerle entender algo que él ya debería tener grabado a fuego —Tienes que dejarme ir…

—No puedo— expresó con la voz quebrada —Podría intentarlo, pero no serviría de nada. Jamás podría dejarte…

Me relamí los labios secos y volví a negar con la cabeza. Simplemente no lo entendía.

—¿Por qué me haces esto?— pregunté en un murmullo destrozado, sin apartar los ojos de los suyos —¿Eh?— me sentía profundamente indignado, porque él no tenía derecho a venir con estos discursos ahora. No podía, y aun así yo se lo estaba permitiendo.

¿Por qué cojones me hacía esto a mí mismo?

—Moreno… te necesito— fue su única respuesta.

—¿Y tienes una puta idea de lo que yo necesito, Tom?— le pregunté, con los labios fruncidos por la rabia contra él y contra mi propia debilidad. Él se quedó callado, sin articular palabra. Tomé una respiración entrecortada antes de continuar —: Necesito paz. ¿Crees que no estoy completamente agotado de toda la mierda por la que me has hecho pasar? Quiero ser feliz, ¿lo entiendes?

—Billie…

—Necesito más tiempo para poder superarte— mi voz se quebró del todo y colapsó con lo siguiente que salió de mi boca —: ¡Me arrancaste el puto corazón, Tom! ¡Me hiciste daño como nadie lo había hecho nunca! Hiciste justo lo que me juraste que jamás harías… ¡y te odio con toda mi alma por eso!

Su mirada cayó de golpe al suelo. Él nunca, en todos los años que llevábamos conociéndonos, había soportado verme llorar. Pero a mí, a estas alturas, eso me importaba muy poco; quería que viera el daño tan devastador que me causaba cuando me decía estas cosas, cuando intentaba reparar con palabras un plato que simplemente ya no tenía arreglo. Me dolía en lo más profundo que lo intentara ahora y no hace dos años.

Mis labios temblaron fuera de control.

—Pero aún te quiero… y eso lo hace mil veces más difícil— él no dijo nada, pero pude ver la culpa reflejada en sus ojos y cómo cada músculo de su cuerpo se tensaba en agonía —No creas que es fácil seguir queriéndote a pesar de todo este infierno. Me duele, me jode la existencia hacerlo, me llena de una rabia que no puedo controlar… ¡Nunca me buscaste!

Tom tomó una bocanada de aire temblorosa y convulsa, intentando despejar las lágrimas de sus ojos al parpadear con pesadez.

—Creí que darte tiempo era lo mejor que podía hacer… y soy consciente de lo absurdo que suena eso, porque yo nunca te daría espacio por voluntad propia— me contestó con la voz rota y ahogada —Lo siento, Billie… Sé que un «lo siento» no soluciona una mierda, pero lo siento desde el fondo de mi alma. No era yo en todos mis sentidos, ¿sabes? No era yo.

—¿Y eso qué cojones importa ahora?— inquirí con frialdad, aunque por dentro me estaba desangrando.

—Te quiero, Billie— dijo en un jadeo desesperado, y sus ojos oscuros me suplicaban desde el fondo del abismo —Y no sé qué más decirte… Me arrodillaría aquí mismo y te besaría las manos. Haría lo que fuera, incluso venderle mi alma al diablo, con tal de tener tu perdón.

Volví a contener el aliento de golpe, sintiendo un ardor abrasador en el pecho.

—Si de verdad lo quisieras… ya habrías hecho algo hace tiempo. Y no me refiero a ahora, Tom, me refiero a hace dos años— espeté, sintiendo cómo la amargura me quemaba la garganta —Si de verdad lo quisieras, estarías arrastrándote por mí por mucho que yo intentara alejarte. Pero no lo has hecho; solo me has tratado peor, aunque tus palabras hirientes no me duelen ni la mitad de lo que me dolió saber que me engañaste. Si de verdad quisieras mi perdón… maldita sea, si lo quisieras con toda tu alma, esa mujer estaría muerta. Estarías moviendo cielo y tierra para recuperarme, pero solo dices y dices gilipolleces y no haces absolutamente nada.

—¡Es que yo quiero, pero casi nunca estoy fuera!— exclamó con una impotencia contenida que le bajó la voz a un siseo áspero. Su rostro estaba ligeramente rojo y las venas de su cuello se marcaban por la tensión —¡Casi nunca tengo el control de mí mismo, Billie! No sé por qué cojones pasa… es como si yo fuera un pez atrapado en las profundidades. Cada vez que salgo a la superficie, solo consigo respirar durante un par de segundos antes de tener que volver al agua, y cuando intento salir otra vez, algo me sujeta desde abajo… Es una fuerza tan brutal que muy pocas veces consigo escapar. Como ahora.

—No te entiendo una mierda…— sollocé, sintiendo que la cabeza me daba vueltas.

Porque una parte de mí quería entenderlo desesperadamente, pero sin un contexto lógico era imposible no pensar que simplemente estaba delirando o mintiendo.

—Y tampoco me creerías si te lo explicara— me decía con la mirada fija en la mía —Solo… solo espera a que pueda controlar este infierno, y te juro por Dios que no vas a librarte de mí jamás— sus manos grandes y cálidas subieron despacio hasta cogerme por las mejillas, acunándome el rostro para apoyar su frente cansada contra la mía —Te quiero, te quiero muchísimo, morenito. Te quiero conmigo, no con nadie más en este mundo, y te obligaré si hace falta… sé que lo sabes. No pienso rendirme ante la posibilidad de recuperarte.

—Esa posibilidad ya no existe, Tom…

—Eso lo dices tú— murmuró, rozando su nariz con la mía —Pero yo sé que sí la hay. Solo habría que trabajar en ello para que vuelva a nacer, ¿sabes por qué?

Sentí un nudo enorme atascado en la garganta que me impedía respirar con normalidad.

—¿Por qué…?— susurré en un hilillo de voz.

—Porque cuando deseas algo con tantas ganas… algo que nada ni nadie en el mundo puede impedir, tanto que sabes que tu vida no tendría ningún sentido si no lo consigues… no te rindes jamás. Haces lo que sea necesario para que eso que quieres se haga realidad— me respondió, dejando que una lágrima solitaria rodara por su mejilla hasta chocar con la mía —Y yo quiero que esa posibilidad nazca, cueste lo que cueste.

Mierda, no.

—He perdido lo único que me importaba en la vida… y necesito recuperarlo.

No pude más. Mi mente colapsó y mi cuerpo actuó antes de que la razón pudiera detenerlo.

Sin pensarlo, de verdad sin pensarlo, levanté tembloroso la mano derecha y posé los dedos sobre su mejilla húmeda. Tom ladeó la cabeza instintivamente para apoyarse con todo su peso sobre el cuenco de mi palma y cerró los ojos de golpe.

Como un felino buscando refugio, frotó suavemente el rostro contra mi piel y soltó un largo suspiro de alivio. Luego, llevó su propia mano hasta la mía, sujetándomela con delicadeza para depositar un beso lento y reverente sobre cada uno de mis nudillos.

El nivel tan alto de consternación que sentía me nublaba por completo el juicio. Mis sentimientos más profundos terminaron por salir a la superficie y, con ellos, unas ganas sofocantes y desquiciadas de besarlo.

Lo sentía como una necesidad primaria y brutal que era incapaz de contener. Lo había dicho tantas veces en el pasado y volvía a comprobarlo ahora: no podía tener el más mínimo contacto físico con él, porque siempre, de una forma u otra, terminaba queriendo más.

No hizo falta qué yo dijera algo más en respuesta a sus últimas palabras, simplemente levanté mi otra mano y tomándolo por las mejillas, como él me tenía a mí momentos antes, acerqué mi rostro al suyo y junté nuestros labios en un beso. Y sí, mierda, esa vez había sido yo quien había tomado la iniciativa de hacerlo.

Aunque todavía me dolía el pecho cada vez que recordaba lo que hizo, aunque sabía que no iba a perdonarlo… lo hice yo. Sentí la textura de su boca contra la mía, cálida, un poco seca al comienzo, y luego húmeda cuando él respondió. No presionó. Solo dejó que mis labios se apoyaran sobre los suyos, sintiendo el temblor mínimo que le recorrió. Yo cerré los ojos.

Sus manos bajaron a mi cintura, sus dedos se cerraron sobre la tela de mi camisa, apretando apenas, anclándome contra él. Sentí el calor de sus palmas a través de la ropa, la forma en que sus pulgares se hundían un poco en mis costados.

Me temblaron las piernas.

El beso se profundizó solo. Nuestros labios se abrieron al mismo tiempo, y de pronto ya no era solo un roce, sentía la lengua de Tom deslizándose contra la mía con lentitud, como si estuviera memorizándome otra vez. Yo respondí. No pude evitarlo. Me fundí contra él, sintiendo cómo su pecho se pegaba al mío, cómo el calor de su cuerpo me envolvía. El mundo se redujo a la presión de su boca, al agarre firme de sus manos en mi cintura, al sonido húmedo y bajo de nuestros labios juntos.

Cuando nos separamos fue por falta de aire. Respiramos el uno contra el otro, frente a frente.

Abrí los ojos y lo miré.

Había un destello en los suyos del deseo puro, sin disimulo. Como si todo lo que había pasado no existiera en ese segundo, como si yo siguiera siendo suyo.

Y entonces me lancé de nuevo a su boca.

Esta vez no hubo nada de suavidad y choqué mi boca contra la suya con urgencia. Tom gruñó bajito, y me respondió con la misma ferocidad. Sus manos se apretaron con fuerza en mi cintura, casi dolorosamente, y me atrajo contra él hasta que no quedó espacio. El beso se volvió salvaje, nuestros dientes se rozaban, nuestras lenguas peleaban por quien tendría el control, nuestras respiraciones entrecortadas iban mezclándose.

Yo le mordí el labio inferior y él respondió empujándome más cerca, inclinando la cabeza para profundizar todavía más. Era desordenado, húmedo, desesperado. Como si los dos estuviéramos tratando de recuperar algo que ya sabíamos perdido.

Y aún así… no quería parar.

Nos separamos apenas otra vez. Nuestros labios seguían rozándose, compartiendo el mismo aliento caliente. Tom no se alejó del todo, empezó dejando pequeños besos húmedos sobre mi boca, suaves y insistentes, como si no quisiera perder el contacto ni un segundo. Yo sonreí un poquito, apenas levanté una curva mínima en mis labios, mientras sentía cómo me temblaba el pecho.

Bajé la mano, la deslicé despacio por su pecho descubierto, sintiendo bajo la yema de mis dedos la firmeza de sus músculos, su piel caliente y tensa. Bajé más. Atravesé el abdomen y llegué a su entrepierna. Apreté apenas, sintiendo el bulto duro a través de la tela fina del pijama, Tom jadeo al instante. Luego metí la mano dentro. Mis dedos encontraron su miembro.

Grueso, enorme, y pesado, ya completamente erecto. Lo rodeé con la palma y lo acaricié con lentitud, sintiendo el calor intenso, las venas marcadas bajo la piel suave. La dureza me sorprendió otra vez, como siempre. Era grande, exigente, y al tocarlo sentí cómo se estremecía entre mis dedos.

Tom soltó un gruñido bajo, ronco otra vez. De repente me apartó la mano con un ligero manotazo. Sus dedos se cerraron alrededor de mi muñeca y la sacó de su pantalón. Antes de que yo pudiera protestar, empezó a desnudarme.

Me sacó la chaqueta con prisa, y la empujó fuera de mis hombros. Me quitó la camiseta de un tirón, y sus labios bajaron de inmediato a mi piel. Besó mi cuello, después mis clavículas, dejando un rastro húmedo y caliente que me hizo arquearme deseoso por más caricias de su parte.

Sentí su lengua rozar la saliente del hueso y un escalofrío me recorrió la espalda.

De pronto me empujó. Mi espalda desnuda chocó contra la pared fría. El contraste me arrancó un gemido, por el frío de la pared contra mi piel caliente, y la presión de su cuerpo adelante. Tom aprovechó que mis labios se habían separado con el sonido y me besó de nuevo, profundo, hambriento, mientras su lengua invadía mi boca.

Sin dejar de besarme, él mismo se bajó los pantalones de pijama y los boxers. Los empujó hacia abajo con una mano y los soltó. Sentí el roce de su miembro libre y duro contra mi abdomen cuando se pegó más a mí, mierda, ese roce fue demasiado para mí.

—Ay mírate… todavía tiemblas cuando te toco, bebé.— me decía con su voz jadeante —Todavía te pones así de duro por mí.

Me estremecí. Siempre había amado eso, había amado la forma en que me hablaba, las palabras sucias y perversas que soltaba mientras me tocaba. Me hacían sentir expuesto y deseado al mismo tiempo. Suponía que era algo que nunca cambiaría.

—Cállate…— susurré, pero mi voz salió rota, casi un gemido.

Tom sonrió contra mi boca y me apretó más contra la pared.

—No. Vas a oírme.— aseveró sin perder su tono picarón —Quiero que sepas lo puto duro que me tienes solo con mirarme.— dijo, poniendo su mano sobre mi cabeza e impulsándome hacia abajo.

Sin apartar mis ojos de los suyos me deslicé despacio por su cuerpo, cediendo a él, sintiendo el roce de su piel contra la mía, hasta quedar de rodillas frente a él. El suelo estaba frío bajo mis rodillas. Levanté la mirada y lo vi mirándome desde arriba, oía su respiración agitada, el pecho le subía y bajaba pesadamente.

—Me duele la puta cabeza.— gruñó con sus dientes apretados.

Su miembro estaba a centímetros de mi cara, lo tomé con una mano, sintiendo el peso y el calor. Yo conocía un método que quitaba los dolores fuertes de cabeza, solía usar ese método con él antes, así que acerqué mis labios y dejé un beso húmedo en la punta. Tom soltó otro gruñido bajo.

—Joder, Bill…

Abrí la boca y lo rodeé con los labios. Bajé despacio, sintiendo cómo se abría mi garganta para recibirlo. Era grueso. Me costó al principio. Sentí la cabeza empujando contra el fondo de mi boca y respiré por la nariz, adaptándome. Subí un poco y volví a bajar, esta vez más profundo, dejando que mi lengua se deslizara por el lado inferior, lamiendo la vena gruesa que latía bajo la piel.

Tom soltó un gemido ronco y apoyó aún más su mano en mi cabeza, sin forzar, solo sosteniéndome.

—Así… joder, así. Se te da tan bien chupármela. Siempre se te ha dado demasiado bien.

Gemí alrededor de él. El sonido vibró contra su miembro y lo sentí tensarse. Aceleré el ritmo. Subía y bajaba, salivando más, dejando que su polla se deslizara con facilidad. Usé la lengua para acariciar la cabeza cada vez que salía casi por completo, lamiendo el líquido que se acumulaba, y después volvía a tomarlo hasta donde podía. Con la mano libre le acaricié los testículos, pesados y tensos.

—Mírame mientras me la chupas— ordenó con la voz algo quebrada —Quiero ver tus lindos ojos cuando te la meto hasta el fondo.

Le obedecí. Levanté la mirada sin dejar de moverme. Sus ojos estaban oscuros, casi negros de deseo. Me miraba como si quisiera devorarme, lo chupaba más rápido, metiendo su verga más profundo en mi boca. Sentía cómo mi garganta se adaptaba a su grosor, cómo mis labios se estiraban alrededor de su hombría. El sabor era intenso, dulcecito, familiar. Cada vez que bajaba del todo, soltaba un gemido ahogado que lo hacía temblar.

Tom respiraba agitado. Sus dedos se cerraron un poco más en mi cabello.

—Voy a correrme si sigues así… joder, Billie…

—Déjame…

Antes de que pudiera seguir, me detuvo. Me sujetó por los brazos y me levantó de un tirón. Mis rodillas se doblaron un segundo, pero él me alzó con facilidad. Rodeé sus caderas con las piernas, sintiendo cómo mi propio miembro, duro y empapado por mi líquido, quedaba atrapado entre nuestros cuerpos. Tom me sujetó por el culo, con las manos firmes, y empezó a caminar hacia la cama sin dejar de mirarme a los ojos.

—Todavía no— susurró contra mi boca —Primero te voy a follar como se debe.

Me depositó sobre la superficie blanda del colchón con una delicadeza que contrastaba bastante con todo lo anterior. La cama cedió bajo mi peso. Él se quedó un segundo de pie, mirándome desde arriba, con el pecho agitado, y el miembro brillante de saliva, aún completamente duro, apuntando hacia mí.

Separé mis piernas.

Las flexioné despacio, levantando las rodillas y abriéndolas más, dejándome completamente expuesto bajo su mirada. Sentí el aire fresco de la habitación rozarme la piel sensible, el contraste con el calor que me quemaba por dentro. Tom se quedó un segundo mirándome así, de arriba abajo, y sonrió. Esbozo esa sonrisita torcida, peligrosa, que siempre me hacía perder el control.

Se subió encima. El colchón se hundió bajo su peso. Sentí el calor de su cuerpo cubriéndome por completo, su pecho rozando el mío, su miembro duro y pesado cayendo sobre el mío. Gemí al contacto. Él se movió, empujando las caderas hacia adelante, y nuestros cuerpos se frotaron.

Era piel contra piel, dureza contra dureza. El roce fue eléctrico. Su miembro se deslizó a lo largo del mío, caliente y resbaladizo por la saliva que todavía tenía, y yo arqueé la espalda, buscando más fricción.

—Joder…— susurré, agarrándome a sus hombros —Tom…

—Te gusta esto, ¿verdad?— dijo contra mi oído, frotándose más despacio, más deliberado —Sentirme así de duro encima de ti. Sabes que podría correrme solo con frotarnos así, mierda, me encantas.

Me temblaron las piernas otra vez. Mis manos bajaron por su espalda, apretando, sintiendo los músculos tensarse bajo mis dedos. Él bajó la cabeza y me besó el cuello, mordiendo suavemente, mientras seguía moviendo las caderas en un ritmo lento y tortuoso. Cada vez que avanzaba, la cabeza de su miembro rozaba la mía, untándome con el líquido que ya se le escapaba.

—Dime que me quieres dentro— exigió con la voz ronca.

—Te quiero…— gemí —Te quiero dentro, joder.

Tom soltó una risa baja y se movió. Se giró sobre mí con esa fluidez que solo él tenía. De pronto quede encima suyo, con su entrepierna en mi cara y su boca entre mis nalgas. Ay mierda. Podía percibir el olor intenso de su excitación tan cerca, su miembro grueso y brillante… y su aliento caliente rozándome el culo.

No esperé más, abrí la boca y lo tomé, sintiendo cómo se hundía en mi garganta. Al mismo tiempo, Tom me abrió más las nalgas con las manos y pasó la lengua por mi entrada.

Gemí alrededor de su miembro. El sonido vibró contra él. Su lengua caliente, húmeda e insistente daba lamidas en mi entrada que me hacían sentir tanto y me dificultaba siquiera poder trabajar con su pene en mi boca. Primero solo lamió, despacio, rodeando el borde, y después empujó la punta hacia adentro. El contraste de todo me volvió loco, el hecho de tenerlo tan profundo en mi boca mientras él me comía el culo era demasiado.

—Joder, Bill…— gruñó contra mi piel —Estás tan apretado aquí…

Seguí chupándolo. Subía y bajaba la cabeza, tragándolo lo más que podía, salivando, sintiendo cómo se tensaba cada vez que llegaba al fondo. Él respondía con la lengua, la clavaba más profundo, la movía en círculos, me chupaba el borde y después volvía a empujar dentro. Cada vez que lo hacía yo gemía alrededor de su miembro y él se estremecía.

—Mhmm…

—Oh bebito.— jadeó él, apartándose solo un segundo para hablar, sentía su aliento caliente contra mi entrada.

Volvió a bajarse. Esta vez metió la lengua más profundo, follándome con ella mientras yo lo chupaba con desesperación. Yo me restregaba descaradamente en su rostro, mientras iba forzándolo a él más dentro de mi boca. El sonido era obsceno, húmedo, sucio, con gemidos ahogados de los dos. Podía sentir cómo le latía el pulso contra mi lengua, cómo se ponía todavía más duro. Y yo, con las piernas abiertas y la boca llena de él, solo podía pensar en lo mucho que necesitaba que me follara de verdad.

Tom no se detuvo. Siguió comiéndome el culo con tanta intensidad, lamiendo, chupando, empujando la lengua dentro una y otra vez, mientras yo le devolvía cada movimiento con la boca. El calor entre nosotros era sofocante. El colchón se movía. Y cada vez que él gruñía contra mi entrada, el sonido me recorría entero.

Me aparté de encima de él con las piernas temblando. El sabor de Tom todavía me llenaba la boca y mi trasero me ardía de forma deliciosa por su lengua. Me incorporé sobre las rodillas, mirándolo a los ojos con la respiración agitada.

—Ya…— pedí, la voz rota —Ya cógeme. Por favor.

Tom se pasó la lengua por el labio inferior, todavía brillante de mí, y sonrió con esa maldita arrogancia que siempre me desarmaba. Todo de él me desarmaba.

—No. Quiero que me montes. Quiero verte encima, bajando hasta que te lo tragues entero.— pidió.

No dije nada. No iba a discutir. Me aparté un poco para dejarle espacio y él se acomodó sentado en medio de la cama con las piernas extendidas. Su miembro se alzaba grueso y brillante, todavía húmedo de mi saliva, latiendo contra su abdomen. Me subí a horcajadas sobre él. Sentí el calor de sus muslos bajo los míos. Tom me sujetó por la cintura con una mano y con la otra tomó su miembro, alineando la cabeza gruesa justo contra mi entrada.

El contacto me hizo soltar un gemido tembloroso.

Bajé lentamente, la cabeza empujó y se abrió paso con una facilidad que me sorprendió. La lengua de Tom me había preparado demasiado bien, estaba suave, abierto, sensible. Seguí bajando, centímetro a centímetro, sintiendo cómo se estiraba alrededor de él, cómo me llenaba, deslizándose dentro hasta que sentí sus testículos rozarme el culo.

Los dos gemimos al mismo tiempo.

—Joder…— solté con la voz quebrada y las manos apoyadas en su pecho —Estás… tan profundo.

Tom apretó los dedos en mi cintura, tenía la respiración agitada.

—Te lo tragaste entero de una.— jadeaba encantado —Qué puto culo tan bueno tienes.

Sonreí un poco y empecé a moverme. Me levanté un poco y bajé de nuevo, más rápido, sintiendo cómo su miembro se deslizaba dentro y fuera con una facilidad demasiado obscena. El sonido húmedo se escuchaba cada vez que bajaba del todo, su cabeza golpeaba algo dentro de mí que me hacía ver estrellas. Gemía sin control, con la cabeza echada hacia atrás, saltando sobre él con ganas.

—Así… joder, así— gruñó Tom, empujando las caderas hacia arriba para encontrarme a mitad de camino —Úsame. Fóllate solo con mi polla. Quiero verte.

Obedecí otra vez. Aceleré el ritmo. Subía hasta casi sacármelo y después me dejaba caer de golpe, tragándomelo entero otra vez. El placer me recorría en oleadas. Podía sentir cada vena, cada centímetro, cómo me abría y me llenaba una y otra vez. Mis manos se aferraron a sus hombros para tener mejor apoyo y empecé montarlo de verdad, el sonido de nuestra piel chocando llenaba la habitación junto con nuestros gemidos.

Tom no dejaba de mirarme. Sus ojos oscuros estaban fijos en mi cara, en mi pecho, en el punto donde su miembro desaparecía dentro de mí.

—Se siente… joder… se siente demasiado bien— gemí, sin dejar de moverme —Te tengo tan profundo… me estás abriendo tanto…

Él soltó un gruñido bajo ante mis palabras y me sujetó con más fuerza, ayudándome a subir y bajar, empujando hacia arriba cada vez que yo bajaba. El ritmo se volvió más salvaje. Yo rebotaba sobre él sin control, el placer iba subiéndome por la espalda, el miembro de Tom golpeaba exactamente donde necesitaba.

—Oh, Tom…— gemí, cerrando mis ojos, pegando mi frente con la suya. —Mhh, mierda…

Seguí saltando sobre él, cada vez más descontrolado.. Tom me miraba desde abajo con los ojos oscuros, la mandíbula apretada, las manos clavadas en mi cintura para empujarme más fuerte hacia abajo cada vez que bajaba.

—Oh sí— gruñó —Siempre he amado cuando me montas.

Gemí alto, casi fue un sollozo, y aceleré. Me levantaba hasta sentir solo la cabeza dentro y después me dejaba caer de golpe, tragándomelo hasta el fondo. El placer me envolvía, me ponía a sudar. Mis muslos temblaban. El miembro de Tom me abría una y otra vez, golpeándome exactamente la próstata, y los espasmos eran fuertes.

—T-Tom…— gimoteé con mi voz aguda, rota, casi de bebé —Más… por favor, más… me estás follando tan bien…

—¿Más?— repitió él —Mierda, ¿quieres que te la meta todavía más profundo, bebé?

—Sí… sí, por favor…— lloriqueé, sin dejar de moverme, haciendo círculos con su pene dentro de mi —Ah… me duele de lo bueno que está… no pares…

De pronto me sujetó con fuerza y me levantó de encima. Antes de que pudiera protestar, me giró y me empujó de rodillas sobre el colchón. Me puso en cuatro. Las manos se me hundieron en las sábanas. Sentí sus rodillas separando las mías, abriéndome más, y después la cabeza de su miembro empujando de nuevo contra mi entrada.

Entró de una embestida.

Grité. El sonido salió ahogado de mi boca, desesperado. Tom no esperó nadita y empezó a follarme con fuerza desde el primer segundo, sus caderas iban golpeando contra mi culo una y otra vez, el ritmo era brutal. Cada embestida me empujaba hacia adelante. Podía sentir cómo me abría, cómo me llenaba hasta el fondo, cómo sus testículos me golpeaban.

—Joder, qué apretado estás todavía— gruñó con su voz rota de placer —Este culo sigue siendo mío, ¿verdad, bebé? Dilo.

—E-es tuyo…— gimoteé, casi llorando de placer —Es tuyo, Tom… fóllame más fuerte… por favor…

Él obedeció. Me agarró de las caderas con las dos manos y empezó a martillearme de verdad. Yo solo podía soltar gemidos cada vez que se hundía en mí tan deliciosamente.

—Más… más, por favor… me estás destrozando, uhmm… se siente tan bien…

—Ay bebé.— dijo él, sin dejar de embestirme —Estás gimiendo como una putita. ¿Así de bien te la estoy metiendo?

—Sí… sí…— sollocé, empujando el culo hacia atrás para encontrarlo —No pares… no pares, te lo ruego…

Tom se inclinó sobre mi espalda, una mano rodeándome el pecho para sostenerme, la otra bajando hasta mi miembro. Me lo agarró y empezó a bombear al mismo ritmo que sus embestidas. El doble estímulo me hizo ver estrellas. Grité otra vez, ahogando el gemido contra las sábanas.

—Vas a correrte así— ordenó contra mi oído —Con mi polla hasta el fondo y mi mano en la tuya. Dime cuándo.

—Ya… ya casi…— gimoteé, temblando entero —Oh Tom… me voy a correr… no pares… por favor no pares…

Él aceleró todavía más. Las embestidas se volvieron cortas, profundas, salvajes. Me follaba como si quisiera dejarme marcado por dentro. Yo jadeaba sin parar, pidiendo más entre gemidos.

—Córrete— gruñó —Córrete para mí.

El orgasmo me golpeó demasiado fuerte acompañado de sus palabras. Grité su nombre mientras me corría sobre las sábanas, con mi cuerpo convulsionando, y mi culo apretándose alrededor de su miembro una y otra vez. Tom soltó un gruñido animal y se hundió hasta el fondo, embistiéndome unas cuantas veces más antes de correrse dentro de mí.

Sentí el calor de su semen llenándome a chorros, profundo, caliente, mientras él gruñía mi nombre contra mi nuca.

Nos quedamos así un momento, temblando, unidos, la respiración descontrolada. Él seguía dentro de mí, todavía duro, todavía pulsando, mientras yo sollozaba suavemente de placer contra las sábanas.

Tom salió de mí y se dejó caer pesadamente hacia atrás sobre la cama. Estaba gruñendo de dolor, ahogándose en un quejido bajo y áspero. Me acomodé sobre las sábanas para mirarlo, intentando recuperar el aliento que todavía se me escapaba del pecho; tenía los ojos fuertemente cerrados y las manos apretándose con fuerza los laterales de la frente.

¿Estaba teniendo otra vez esos dolores de cabeza salvajes? No sabía exactamente qué decir o qué hacer en ese momento; los dos estábamos sudorosos, con la piel ardiendo, y yo todavía me sentía demasiado sensible, completamente vulnerable por todo lo que acababa de pasar entre nosotros.

—Mierda…— gruñó entre dientes, retorciéndose un poco.

—¿Estás… estás bien?— le pregunté en un murmullo suave, alargando la mano con preocupación para tocarlo.

—¡No!— exclamó de golpe, apartando la cabeza de mi mano con un manotazo brusco. Soltó una pequeña exhalación llena de rabia y, unos segundos después, volvió a abrir los ojos —Maldición, vístete y lárgate de mi vista, Bill.

—¿Eh? ¿No tienes alguna pastilla para…?

—He dicho… que te vayas— me interrumpió con una voz helada que me caló hasta los huesos.

Se acomodó en la cama, sentándose en el borde para mirarme. Pero su mirada ya no era la de hacía unos instantes. La calidez, el brillo desesperado, la devoción y las lágrimas con las que me había hablado hacía unos minutos habían desaparecido por completo, borradas de un plumazo. En su lugar, me devolvía una cara llena de un asco profundo, una gran apatía y un repudio cruel que jamás, en todos los años que llevaba conociéndolo, le había visto hacia mí.

—¿Qué…?— solté, quedándome petrificado en la cama, congelado a medio movimiento —Tom, ¿todo está bien contigo?

—¿Acaso eres sordo o no entiendes, imbécil?— soltó con una risita áspera, pasándose la mano por el cuello sin mirarme a la cara —Te dije que te vistas y te largues. Ya tuviste lo que querías, ¿no? Ya lloraste, ya dramatizaste, ya te dejaste follar… Así que coge tus cosas y vete a tu casa de una puta vez.

Me quedé atónito, con la boca abierta y el corazón dando un vuelco violento dentro del pecho. El contraste era tan destructivo que sentí como si me hubieran echado un cubo de agua helada encima.

—¿Hablas en serio?— pregunté, sintiendo que la voz se me quebraba por pura estupefacción —¿En serio vas a ponerte así después de todo lo que me dijiste hace un momento? ¿Después de jurarme que me querías, de llorar como un perro y de decirme que era lo más importante de tu vida?

Tom soltó un resoplido burlón, echando la cabeza hacia atrás mientras se pasaba la mano húmeda por la cara. Cuando volvió a clavar sus ojos en los míos, la frialdad que desprendía me hizo retroceder instintivamente sobre el colchón.

—Por Dios, Bill… Qué patético eres— dijo con un tono de desprecio tan natural que me quemó las entrañas —¿De verdad te creíste toda esa mierda poética que te dije? ¿En serio eres tan gilipollas e ingenuo a tu edad?

—Tú… tú me dijiste que…

—Yo te dije lo que necesitabas oír, genio— me cortó con una sonrisa socarrona y cruel, mirándome de arriba abajo como si fuera basura tirada en el suelo. —A ver, piensa un poco con esa cabeza que tienes, si es que te da para eso… cuando uno tiene ganas de follar, primero se encarga de que la otra persona afloje. Y tú no aflojas fácilmente, eres un dramático de mierda. Hablarte bonito, llorarte un poquito y decirte lo que echas de menos oír era la opción más rápida para que abrieras las piernas. Y funcionó de maravilla, ¿no? Caíste redondito, como siempre.

El impacto de sus palabras me dio directamente en el centro del pecho. Sentí un ardor espantoso subirme por el cuello, era una perfecta mezcla de rabia, dolor y una humillación tan salvaje que las lágrimas me brotaron de los ojos sin que pudiera hacer absolutamente nada para detenerlas.

—Eres un maldito enfermo…— musité con los labios temblando fuera de control —Eres un asqueroso, un verdadero monstruo…

—Y tú eres un regalado— atacó de inmediato, sin el menor arrepentimiento, poniéndose de pie desnudo junto a la cama para mirarme desde arriba con pura superioridad —Mírate nada más. Viniste a mi piso, según tú, a reclamarme por unas cámaras, a gritarme que quieres al idiota de Alex, que estabas feliz… ¿y terminaste metido en mi cama en menos de una hora? Das lástima, Bill. Vas de digno, pero solo hace falta que te susurre dos gilipolleces al oído para que se te olvide la infidelidad, el rencor y hasta tu propio novio. Eres igual que cualquiera del montón.

Cada palabra era un golpe seco y humillante para mi. Me sentía desnudo no solo de cuerpo, sino despojado por completo de cualquier rastro de dignidad que me quedara. Haber cedido, haberle creído, haber permitido que me tocara después de cómo me rogó… todo se transformó en un asco hacia él y, peor aún, hacia mí mismo.

—¡Cállate! ¡Cállate la puta boca!— grité fuera de mí, con la voz rota por el llanto histérico que no podía contener.

—No me grites en mi propia casa— respondió con frialdad, cogiendo el pantalón del pijama del suelo para ponérselo —Vístete ya y lárgate. No quiero tener que sacarte a patadas. Me das dolor de cabeza, tu presencia me da asco.

—Te odio…— sollocé mientras me levantaba de la cama a toda prisa, con las piernas temblándome tanto que estuve a punto de caerme al suelo —¡Te odio con toda mi alma, Tom! ¡Ojalá te pudras en el infierno, malnacido!

—Sí, sí, lo que digas. Llevas mucho tiempo diciendo que me odias y aquí sigues, llorando en mi cama— soltó con una risita seca, dándome la espalda para buscar su caja de cigarrillos que tenía en el cajón de su mesa de noche y un mechero, con el cual encendió uno para luego darle una calada.

Con las manos temblando violentamente y la vista completamente nublada por las lágrimas de rabia y vergüenza, empecé a ponerme la ropa a tirones. Los botones del pantalón se me escapaban de los dedos, la tela me quemaba la piel y cada segundo que pasaba en aquella habitación me sofocaba como si me estuvieran ahogando. Me vestí tan rápido como el temblor de mi cuerpo me permitió, sintiendo el peso de aquella humillación aplastándome los hombros.

Él ni siquiera se molestó en volver a mirarme; simplemente fumaba dándome la espalda, ignorándome por completo, tratándome peor que a un desconocido, como si nada nunca hubiera significado absolutamente nada.

Pero basta, por Dios, si aquí el único idiota era yo.

—Eres la peor basura que ha pisado este mundo— le dije con la voz ahogada en un siseo, deteniéndome un segundo en el marco de la puerta y limpiándome las lágrimas con rabia con el dorso de la mano —No vuelvas a buscarme en tu puta vida. Y reza para que Travis sobreviva, porque eres un maldito peligro para todos. Ah, y como veo que me quieres tener de enemigo… pues de enemigo me tendrás…

Tom ni siquiera se inmutó. Solo levantó la mano en un gesto apático para despedirme sin darse la vuelta.

—Cierra la puerta al salir, bebé.— fue lo único que dijo con voz aburrida. —Ah, verdad que no hay una puerta…

Y se echó a reír.

Salí hecho un demonio de la habitación, cruzando el pasillo y la sala a pasos agigantados mientras el pecho me daba punzadas violentas por el llanto contenido. Crucé las puertas del ascensor de su piso, y en cuanto el ascensor se cerró y me quedé a solas en el cubículo…

Me dejé caer contra la pared, cubriéndome el rostro con ambas manos y rompiendo a llorar de forma desgarradora, humillado y destrozado por haber caído una vez más en sus garras.

Pero yo no mentía, él iba a conocer mi peor lado.

Continúa…

Hola de nuevo, amores. Quizás no se esperaban ese final, o bueno, conociéndome como me conocen yo sé que sí, JAJAJAJAJA. 😭

por unicornlitz

Escritora del Fandom

2 comentario en “Irrevocable 19”
  1. Siento q la historia se desvío a otra cosa y la otra historia del tío se entremezcló con el tema de la brujería 🥺 Perdon trato de seguir Pero me frustra tanta traba 😭😭
    Y la otra historia q pasó?!?! 🥺🥺

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