Fic de unicornlitz. Temporada III
Capítulo 20 (Parte 2)
TOM
[Tiempo actual…]
Había despertado con una resaca demasiado jodida y aplastante, brutal en pocas palabras, después de haberme puesto a beber la noche anterior, otra vez.
Pero esta vez el ardor en la garganta no era nada comparado con el infierno que ardía en mi puta cabeza. Se sentía como si una fuerza oscura, espesa y ajena a mí me hubiera estado aplastando el cerebro contra el cráneo durante horas, intentando ahogarme en lo más hondo de mi propio cuerpo. Sin embargo, estaba cuerdo otra vez. Y cuando me refería a «cuerdo», era que milagrosamente había logrado salir a la superficie de mi propia mente; había roto la barrera por pura fuerza de voluntad. Y qué puta mierda… realmente me estaba conteniendo al límite para mantener el control, para seguir siendo yo y no esa sombra tan jodidamente despiadada que me poseía a su antojo.
El esfuerzo físico y mental era tan bestial que sentía un latido ensordecedor detrás de los ojos, y un hilo de sangre caliente y espesa comenzaba a escurrírseme por la nariz.
Caminaba por los pasillos estériles del hospital a toda prisa y dando tumbos. Necesitaba saber desesperadamente cómo estaba mi hermano… una tragedia que yo mismo había provocado. O que esa parte grotesca e incontrolable de mí había provocado. Como mierda se entendiera mejor.
Me dolía el pecho de un modo insufrible, y no era para menos. Saber que había apretado ese gatillo y que había herido a mi propio hermano realmente me estaba jodiendo la existencia; me estaba destruyendo por dentro porque yo jamás, ni en mi peor pesadilla, habría querido hacerle daño a Travis. Y si a esa culpa monstruosa le sumábamos todo lo que mi hermoso moreno tuvo que escuchar salir de mi boca la noche anterior…
Ay, mierda. Sentía que, en lugar de avanzar, daba un paso adelante y retrocedía diez hacia el abismo.
Pero la culpa era enteramente mía. No debí encararlo así, no debí forzar las cosas ni decirle todas esas cosas bonitas todavía; debí aguantarme hasta ser capaz de controlar este cuerpo por completo, de estar consciente de forma permanente y no mediante estos chispazos intermitentes y violentos. Y aun sabiendo el riesgo… fui incapaz de contener mi necesidad y la desesperación.
Tenerlo tan cerca, sentir su piel, su aliento y su llanto había sido demasiado para mí. ¿Cómo carajos pretendían que me aguantara las ganas de tratarlo bien? ¿Cómo iba a aguantarme las ganas de gritarle que lo amaba más que a nada en este mundo, que era mi aire? Que lo seguía necesitando desesperadamente para respirar y que así sería por toda la jodida eternidad, mientras la bilis se me revolvía al imaginar las manos asquerosas del tal Alex sobre la piel de mi moreno…
Maldición. Era una tortura demasiado grande para soportarla solo.
—¡Eh!— la voz marcadamente alterada y afilada de Melanie me hizo detenerme en seco en mitad del pasillo.
Me giré despacio para verla. Se encontraba en la sala de espera de la planta y caminaba hacia mí a pasos agigantados, con los puños apretados a los costados y la cara desencajada por un enfado rabioso dirigido enteramente hacia mi persona.
—¿Adónde carajos crees que vas, Tom?— preguntó con cierto desprecio, entornando los ojos llenos de furia.
Yo tragué saliva con dificultad, sintiendo la boca seca como una lija, y presioné con más fuerza el pañuelo arrugado que llevaba entre las manos contra mi nariz al sentir un nuevo chorro de sangre tibia escurriéndose. Necesitaba hacer algo rápido, encontrar una respuesta o ver a mi hermano ya mismo, porque sentía que no iba a soportar estar consciente mucho tiempo más. Esta lucha interna me debilitaba a un nivel devastador, me consumía la vida.
Y lo que más me desquiciaba era que no entendía cómo carajos funcionaba esta maldición que me arrastraba. Anoche, cuando tenía a mi moreno entre los brazos, esa presión asfixiante en el pecho era apenas leve, como un murmullo… pero ahora, lejos de él, la fuerza invisible que intentaba arrebatarme el control era tan brutal que apenas me dejaba meter aire en los pulmones.
—Melanie, yo…— intenté hablar, apartando un segundo el pañuelo manchado mientras parpadeaba rápidamente para espantar las ráfagas de visión borrosa que empezaban a cubrirme la vista. —Necesito ver a Travis… por favor.
—¿Para qué?— reprochó ella, dando un paso al frente y clavándome una mirada rabiosa —¿Para terminar de matarlo?
Abrí los ojos de par en par, sintiendo que sus palabras me atravesaban demasiado. ¿Cómo mierda se le ocurría? —N-no… no, yo jamás…
—¡Tú le disparaste!— me recordó con amargura, mirándome con odio mientras sus ojos se cristalizaban rápidamente con lágrimas de impotencia —Le disparaste a tu propio hermano… ¡a mi marido, Tom!— exclamó con la voz ahogada en un grito contenido, al tiempo que estiraba las manos y me daba un fuerte empujón en el pecho con las pocas fuerzas que le quedaban. Yo tambaleé hacia atrás —No sé qué clase de mierda o de demonio tienes metido en la cabeza, pero no te quiero cerca de Travis. ¡Jamás!
—Necesito verlo, Mel…— le supliqué con la voz rota, rogándole no solo con palabras, sino con la mirada deshecha.
—¿Por qué no lo hiciste anoche? ¿Dónde estabas?— preguntó de forma exigente. —¡No te pasaste por aquí, ni siquiera llamaste! ¡Y ahora vienes queriendo visitarlo! ¡No me jodas!— siseó.
Me urgía ver a mi hermano, pedirle perdón sinceramente, de frente, antes de volver a ser arrastrado violentamente hacia lo más profundo y oscuro de mi mente. —Por favor… tienes que creerme, nada de esto es lo que parece. Yo jamás quise hacerle daño, yo no… no era yo… Necesito que él me perdone por esto, Melanie… por favor, déjame pasar…
Volví a presionar el pañuelo contra mi rostro mientras un mareo vertiginoso me hacía tambalearme. Melanie detuvo sus insultos por un segundo y fijó la vista en la tela, que estaba completamente empapada, teñida de un rojo oscuro por la sangre que no dejaba de brotarme lentamente por las fosas nasales.
—Travis está inconsciente…— dijo ella, con la voz volviéndose temblorosa de pronto al notar mi estado. Apartó los ojos del pañuelo manchado para mirarme directamente a la cara, notando lo pálido que estaba —¿Por qué te sangra así la nariz? ¿Con quién carajos te has estado peleando?
Oh, Dios… El dolor de cabeza se volvió un estallido insoportable, como si miles de agujas me estuvieran perforando el cerebro desde dentro.
—Con nadie…— murmuré con un hilo de voz casi imperceptible, sintiendo que las piernas me pesaban —Me sangra… p-porque… p-porque ya no puedo más…— apreté los ojos con fuerza mientras el aire se me escapaba. Las sensaciones abrasadoras de esa fuerza atrapándome de nuevo me eran sencillamente insoportables; sentía que me ahogaba en el agua fría de la que no podía salir —Lo siento tanto…— sollocé como pude, con la voz completamente ahogada en llanto de impotencia —No quiero que Travis me odie… lo siento… no era mi intención…
—¡Tom!— alcanzó a exclamar Melanie en un grito alarmado cuando vio cómo mis rodillas cedían y perdía por completo el equilibrio ante la marea de náuseas y mareo. —¡Enfermera! ¡Ayuda aquí!— gritó ella desesperada a su alrededor, pero su voz ya se escuchaba lejana, distorsionada, como si estuviera hablando desde el fondo de un pozo.
Todo se volvió una bruma blanca y opaca ante mis ojos; el techo, la cara de Melanie, las paredes del hospital… todo se volvió indistinguible. Mi pecho subía y bajaba rítmicamente a una velocidad frenética; aspiraba bocanadas de aire desesperadamente y las volvía a expulsar con brusquedad, atrapado en un ataque de hiperventilación que me paralizaba los músculos.
—Ayúdeme… hay que llevarlo a una de las camillas… estará bien…— escuchaba a lo lejos, en fragmentos rotos y desconectados.
Lo último que percibí antes de que la negrura me tragara por completo y me arrastrara de nuevo al fondo del agua fue una ráfaga de luces blancas cruzando velozmente frente a mis ojos en un movimiento continuo y silencioso.
.
CATALINA
El olor del antiséptico que percibía en el aire, junto con el sudor de decenas de mujeres, me revolvía el estómago a cada segundo.
Apenas había recuperado la conciencia unas horas atrás, con la cabeza retumbándome por culpa del químico con el que me durmieron Gallo y Jota, y para cuando abrí los ojos veía el cielo gris a través de las ventanillas blindadas de una furgoneta que me trasladó directa a este infierno. Un centro penitenciario de máxima seguridad en suelo estadounidense.
El complejo era una masa monumental de hormigón, tenía a sus alrededores alambre de espino y luces amarillentas que parpadeaban, produciendo un ligero zumbido eléctrico muy insoportable.
Ahora me encontraba de pie en la cola de inspección para las visitas conyugales. Me temblaban las manos de forma descontrolada bajo la tela fina del vestido que me habían obligado a ponerme; me sentía completamente desnuda, vulnerable y con una opresión en el pecho que apenas me dejaba meter aire en los pulmones.
Sabía muy bien lo que significaba estar en este lugar. Sabía el precio que pagaría si no cumplía cada una de las órdenes de Rodrigo, pero el terror de volver a tenerlo a solo unos centímetros de distancia me estaba paralizando los músculos.
—Avanza, carajo— me ordenó a mis espaldas una agente de guardia. Era una mujer robusta, que vestía un uniforme oscuro y tenía un rostro de piedra, por así decirlo, dándome un empujón seco en la paleta del hombro.
—S-sí… lo siento— murmuré atropelladamente, dando un paso tambaleante hacia delante.
A mi alrededor, otras mujeres aguardaban en silencio, con la mirada perdida en el suelo de baldosas desgastadas. Ninguna se atrevía a cruzar palabra con nadie. El ambiente pesaba y era interrumpido únicamente por el chasquido de los cerrojos y las voces graves de los guardias que se escuchaban por los altavoces de la pared.
Llegué al puesto de control donde un agente revisaba mis documentos. El hombre levantó la vista, escaneándome de arriba abajo con frialdad.
—Catalina…— dijo mi nombre con una pronunciación desdeñosa y acartonada —Quítate los zapatos, abre la boca y levanta los brazos.
Hice todo de manera mecánica, tragándome la humillación y el asco que me provocaba la revisión a la que me estaban sometiendo. El registro fue minucioso, brusco y despojado de cualquier vestigio de dignidad. Cuando el detector de metales finalmente emitió un pitido limpio, el agente me indicó con un gesto apático de cabeza que podía volver a calzarme.
—Acompañe a la agente Johnson. Segunda puerta a la izquierda, al fondo del pasillo— sentenció sin mirarme más.
—Entendido… gracias— susurré en un hilo de voz.
La agente me cogió del brazo con firmeza y comenzó a guiarme por un corredor kilométrico, donde el sonido de nuestros pasos resonaba. Las paredes estaban pintadas de un verde descolorido que acentuaba el encierro, y cada vez que pasábamos frente a una de las pesadas puertas de acero blindado, sentía que los latidos de mi corazón aceleraban el ritmo hasta casi salírseme del pecho.
No tenía escapatoria.
Estaba atrapada entre las garras de la policía y la venganza despiadada del hombre al que una vez le juré lealtad. Si intentaba huir, la gente de Rodrigo me mataría antes de cruzar la esquina; pero si le ayudaba a llevar a cabo su plan de fuga para saldar cuentas con el Clan Geist y recuperar sus tierras, me convertiría en la cómplice de un baño de sangre del que jamás podría salir limpia.
¿Y si Klaus salía herido o… muerto?
La mujer se detuvo frente a una puerta pesada, marcando un código en un teclado numérico lateral. El mecanismo sonó, produciendo un zumbido agudo, y la cerradura se liberó.
—Tienes cuarenta y cinco minutos— sentenció la agente, abriendo la puerta unos centímetros y haciéndose a un lado con la cara totalmente inexpresiva —Si escucho gritos o intentos de altercado, la visita se suspende de inmediato y vas directa a una celda de aislamiento. ¿Ha quedado claro?
—Claro… sí, muy claro— asentí rápidamente, apretando los dientes para evitar que el temblor de mi barbilla me delatara.
—Adentro.
Puse un pie dentro de la habitación y la puerta se cerró a mis espaldas con un golpecito seco que me hizo dar un brinco involuntario. El cuarto era reducido, frío y austero; había solo una cama estrecha pegada a la pared, con sábanas blancas que a simple vista se veían tiesas. Había una mesa pequeña de madera atornillada al suelo y una pequeña ventana enrejada por la que apenas entraba un haz de luz pálido.
Y ahí, sentado al borde de la cama con las manos apoyadas en las rodillas y vistiendo el uniforme marrón y anaranjado de la prisión, estaba él.
Rodrigo levantó lentamente la cabeza al escuchar el cerrojo. Su rostro lucía más demacrado, tenía una barba crecida y descuidada, pero sus ojos oscuros conservaban exactamente la misma chispa siniestra y calculadora que me hacía temblar de miedo desde que lo conocí. Una sonrisa torcida y burlona se le dibujó despacio en los labios al verme parada en el umbral.
—Mirad nada más a quién me han traído…— murmuró con voz grave y cavernosa, la misma que tanto aborrecía —Pero qué bonita estás, mi reina. Acércate… no me digas que le tienes miedo a tu hombre.
Tragué saliva pesadamente al escucharlo, sintiendo cómo el estómago se me encogía hasta volverse un nudo doloroso. Las piernas de repente me pesaban, pero la mirada fija y punzante de Rodrigo me obligó a moverme. Di un par de pasos vacilantes hacia el interior de la habitación, escuchando el roce ahogado de mis zapatos sobre el suelo de cemento.
—A-Hola, Rodrigo…— musité apenas, con la voz ahogada en un hilo de aire que delataba mi completo pánico.
Rodrigo soltó una risita seca, una jodida carcajada rasposa que no llegó a sus ojos. Se puso de pie despacio, tomándose su tiempo para erguirse cuán largo era. A pesar de llevar el mono naranja de la penitenciaría, el aura de peligro y dominio que emanaba de su persona seguía intacta, pesada y asfixiante. Dio dos pasos hacia mí y me acorraló contra la puerta cerrada antes de que pudiera reaccionar.
Sentí su aliento agrio, a lo que parecía ser nicotina, pegándome directamente en el rostro. Su mano, tosca y llena de cicatrices, subió de golpe para sujetarme la mandíbula con algo de fuerza, obligándome a mirarlo de frente. Sus dedos se clavaron en mis mejillas con tanta fuerza que estuve a punto de gemir de dolor.
—¿«Hola, Rodrigo»?— repitió en voz baja, con sorna y molestia a la vez —¿Solo eso tienes para decirme después de dejarme pudrir en esta jaula de perros, pedazo de zorra?— siseó cerca de mi boca, apretando más el agarre hasta hacerme saltar las lágrimas —Creíste que con escaparte a Alemania y esconderte bajo las faldas del maricón ese del Clan Geist te ibas a salvar de mí, ¿verdad? Pensaste que ya estaba muerto y enterrado.
—¡N-No! Te lo juro por Dios que no…— sollocé, con las manos temblorosas aferradas a sus muñecas, intentando vanamente aliviar la presión sobre mi rostro —Yo no te delaté, Rodrigo… Gallo y Jota están equivocados, yo jamás diría nada a la DEA…
—¡Cállate la puta boca!— me cortó con un bramido, estrellando mi espalda suavemente contra la puerta para intimidarme aún más. Solté un jadeo ante el choque. —A mí no me vengas con lágrimas de cocodrilo, Catalina. Si estás viva hoy, si no ordené que te volaran la cabeza en Berlín, es únicamente porque todavía me sirves para algo. ¿Te queda claro?
Asentí frenéticamente, con los ojos cerrados de la fuerza y las lágrimas rodando por los dedos que me apretaban la cara.
—Mírame cuando te hablo, Catica— ordenó, aflojando solo un poco la presión pero manteniéndome atrapada. Cuando volví a abrir los ojos, su rostro estaba a milímetros del mío, mostrando una sonrisa muy cruel. —Sé que no me delataste— expresó —Lo sé porque conozco lo asustadiza que eres, lo tonta y lo ambiciosa. Te gustaba la vida de reina que te daba, ¿o no? Sé que no tuviste nada que ver, pero…— levantó su mano libre y con su dedo índice tomó un mechón de mi pelo —Me enfadó mucho saber que estabas del lado del imbécil que me delató.
—Y-yo…
—Cállate— exigió en voz baja, apretando nuevamente mis mejillas con sus dedos. No tuve más opción que guardar silencio. —Mira lo cambiadita que estás, el pelo negro y lacio no te sienta bien— comentaba —No es tu estilo, zorrita. Pero eso no importa ahora…
Deslizó la punta de su lengua por su labio superior sin borrar esa sonrisa burlona de su puta cara.
—Vas a escucharme muy bien, porque de esto depende que salgas caminando de este país o en una bolsa negra para cadáveres completamente descuartizada.
Oh, Dios.
—Sí… lo que quieras…— murmuré entre estertores.
—Los muchachos ya tienen casi todo montado fuera, estamos contando con ayuda del más grande de los grandes. El traslado a la corte federal es en tres semanas— explicó con voz baja, pausada, casi cariñosa, pero yo sabía que eso era falso —Pero el vehículo en el que me van a llevar tiene un sistema de rastreo por satélite interno que activa el bloqueo de puertas desde la central si hay un ataque externo. Necesito los códigos de desactivación y la frecuencia de los radios del convoy de la policía. Y tú me los vas a conseguir.
Abrí los ojos con espanto, sintiendo que el poco aire que me quedaba en los pulmones se evaporaba por completo.
—¿Yo? ¿C-Cómo pretendes que yo consiga eso, Rodrigo? ¡Yo no soy nadie! ¡No tengo acceso a la policía ni a la corte!
Rodrigo soltó una risa jadeante, deslizando la mano desde mi barbilla hacia mi cuello, acariciando mi piel con la yema del pulgar en una amenaza claramente implícita de asfixia.
—Tú no, pero el imbécil con el que estás viviendo sí— susurró con malicia —Me he enterado de que el Clan Geist está con la DEA, no sé muy bien cómo va la cosa, pero Klaus tiene contactos en las agencias federales, lo sé muy bien— me decía —Entonces, mi reina abeja, vas a hacerte la pobrecita, vas a tener que sacarle información e ir investigando, lo que sea, y vas a buscar los archivos del operativo de mi traslado.
—Klaus no tendría acceso a algo tan importante— jadeé.
Él gruñó ante mi respuesta. —Mis muchachos han visto al agente que me encerró aquí, Benjamín Keller, salir de su bar— musitó —Él sí que debe de tenerlos, así que harás lo que tengas que hacer, vas a investigar, a hurgar, para conseguir esos archivos. Gallo te dará las instrucciones exactas de qué buscar.
—Klaus me matará si se entera… él no confía en mí, me tiene aislada en un cuarto…— supliqué entre sollozos desesperados —Rodrigo, por favor, no puedo hacer eso, es imposible…
El rostro de Rodrigo se transformó en una máscara de pura furia en un microsegundo. Me sujetó del pelo de un tirón, echando mi cabeza hacia atrás de tal manera que el cuello me dolió violentamente.
—¡Me importa un carajo si tienes que abrirle las piernas a él, a sus guardias o a todo el Clan Geist para conseguirlo!— me gritó al oído, furioso —Tú me vas a sacar de aquí, Catalina. Porque si yo caigo o me quedo pudriéndome en este agujero, te juro por la memoria de mi madre que lo primero que haré será mandar a matar a cada uno de los miembros de tu puta familia en Brasil. ¿Entendiste bien? Uno por uno. Empezando por tu hermanita.
El mundo se me vino abajo. La mención de mi hermana pequeña la escuché en mi mente y fue una sentencia de muerte. El pavor que sentía se convirtió en una parálisis; sabía que no estaba bromeando. Rodrigo era capaz de exterminar a mi sangre sin pestañear si no lograba su objetivo.
—No… a ella no… por favor, con ella no te metas…— supliqué, quebrándome por completo, cayendo de rodillas frente a él mientras me aferraba a la tela de su pantalón anaranjado —Haré lo que quieras… te lo juro… haré lo que me pidas, pero a ella no le hagas nada…
Rodrigo me miró desde arriba con satisfacción, era tan repugnante, disfrutando de mi humillación. Se agachó despacio, tomándome del rostro una vez más para depositar un beso seco en mi frente, un beso que me dio asco.
—Así me gusta, mi reina abeja… sabia decisión— murmuró con falsa ternura, dándome un par de palmaditas humillantes en la mejilla —Tienes tres semanas. Ni un día más. Ahora levántate, sécate esas lágrimas de perra. Gallo te estará esperando fuera para darte los equipos. No me falles, Catalina… porque sabes muy bien lo que pasa cuando alguien me falla.
Las piernas me temblaban tanto que tuve que apoyarme en la pared para no colapsar sobre el suelo. Me limpié el rostro a tirones con la manga del vestido cuando Rodrigo me soltó por completo, intentando borrar las huellas de las lágrimas mientras me tragaba los sollozos que amenazaban con destruirme por dentro.
—Ahora sí podemos empezar con la visita conyugal.— Lo que dijo me hizo abrir los ojos de golpe.
—¿Q-qué?— tartamudeé, mirándolo con todo el miedo en mi cara.
Él sonrió cínicamente. —¿Qué? ¿Pensabas que solo te mandé a llamar para hablar?— preguntó con sorna. La ironía en su voz hizo que mis ojos se llenaran de lágrimas otra vez. Él soltó una risotada al ver mi estado. —Ven aquí…— demandó, palmeando sus piernas una vez que se sentó en la cama.
—N-no, y-yo no quiero…— sollocé, pegándome más a la puerta de ser posible.
—Catalina…— mencionó mi nombre cantarinamente, denotando su impaciencia —Ven aquí, o habrá problemas, nena. Hay oficiales vigilándonos por las cámaras, no nos oyen, pero nos ven. ¿Qué crees que pensarán si vienes y no hay nada de nada? No puedo arriesgarme.
Me tragué el nudo en la garganta a duras penas. —No quiero…— sollocé.
—¿Acaso quieres que adelante la muerte de tu familia?
Apreté los ojos con fuerza al cerrarlos, y también las manos en puños. Me sentía impotente porque no había nada que yo pudiese hacer, así que solo me dejé. Caminé hasta tomar asiento en sus piernas, sintiéndome asqueada de cada toque de ese hombre en mi cuerpo. Estuve conteniéndome de llorar durante todo el acto en sí, y estaba con mi mente hecha un lío mientras me ponía el asqueroso vestido otra vez, y Rodrigo su uniforme.
—Tres semanas, Catalina— repitió sin levantar la vista del suelo, colocándose la chaqueta naranja —El tiempo ya está corriendo, nena.
No dije una sola palabra. No me quedaba voz ni dignidad para responder. Golpeé la puerta de metal dos veces con los nudillos y, tras unos segundos agonizantes de espera, el cerrojo volvió a sonar. La agente Johnson me abrió la puerta, echándome una mirada rápida que denotaba que ya había visto esa misma cara de muerta en decenas de mujeres antes que yo.
—Se acabó el tiempo. Camina hacia la salida— ordenó con voz monótona.
Salí del cuarto arrastrando los pies. El trayecto de regreso hacia la puerta principal de la prisión fue un borrón muy ensordecedor para mí; el sonido de las llaves, los portazos blindados y los gritos distantes de los reclusos sonaban en mi cabeza. Esto era una pesadilla de la que no podría despertar. El chantaje de Rodrigo con mi hermana pequeña me había acorralado por completo. Ya no había espacio para la duda, ni para el miedo, ni para la moral.
Tenía que hacerlo o… contarle a Klaus…
Quizás él me ayudaría.
Cuando crucé las últimas puertas de seguridad y la brisa fría de la tarde me dio de lleno en la cara, sentí un mareo muy violento. El complejo penitenciario quedaba a mis espaldas y era un gigante de hormigón, y justo al final de la acera, estacionada bajo la sombra de un árbol, vi la misma furgoneta blanca.
La puerta corredera del vehículo se abrió unos centímetros apenas me acerqué. La cara fea y maliciosa de Jota se asomó desde la penumbra.
—Súbase rápido, señorita, que no estamos de picnic— siseó con burla, mostrando sus dientes manchados.
Subí a la furgoneta casi por instinto y la puerta se cerró de golpe tras de mí. Gallo estaba al volante, observándome por el espejo retrovisor con una sonrisa torcida, mientras que Jota se acomodó a mi lado, tirando sobre mis piernas una bolsa de tela negra que pesaba bastante.
—Veo que el jefe la dejó bien aleccionada— comentó Gallo, poniendo el vehículo en marcha y alejándose a toda velocidad del recinto penal —Te ves más pálida de lo normal, muñequita.
—Déjate de estupideces, Gallo— lo cortó Jota, dándole un golpecito a la bolsa que reposaba en mi regazo —Ahí tienes todo lo que vas a necesitar, Catalina. Hay dos teléfonos encriptados, un par de unidades USB con software espía para clonar información de portátiles sin dejar rastro, y las indicaciones exactas de la frecuencia que Rodrigo quiere que interceptes.
Miré la bolsa con un asco infinito, como si contuviera una serpiente a punto de morderte.
—Klaus no es un imbécil…— musité con la voz rasposa y temblorosa, mirando a Jota a los ojos —Él no deja sus cosas al alcance de cualquiera. Si me pilla hurgando en sus cosas me va a matar él mismo antes de que Rodrigo pueda hacer nada.
Jota soltó una carcajada rasposa y se inclinó hacia mí, pegando su rostro al mío hasta que pude oler el hedor a nicotina rancia que emanaba de su ropa. Qué maldito asco, joder.
—Pues entonces vas a tener que ponerte creativa, zorrita— me murmuró al oído con pura malicia —Tienes el cuerpo, ¿no? Úsalo. Dale lo que pide, emborráchalo, drógalo o hazle lo que sea necesario para sacarle las claves. Porque si vuelves con las manos vacías cuando se cumpla el plazo, el jefe no va a mandar a matarte a ti… vas a recibir en un paquete la cabecita de tu hermana. Ya tenemos órdenes…
Cerré los ojos con fuerza, apretando los puños sobre la bolsa hasta que las uñas se me clavaron en las palmas. Las lágrimas volvieron a brotar en silencio, me picaba todo el cuerpo. El vehículo avanzó a toda prisa por la autopista rumbo al aeropuerto privado donde me embarcarían de regreso a Alemania.
El reloj ya estaba en marcha, y mi camino hacia el infierno apenas parecía comenzar.
.
BILL
¿Por qué sentía que se me estaba olvidando algo?
El césped fresco del parque me atravesaba la tela de la camisa apenas, pero ni siquiera el frío rozándome la piel lograba sacarme del sopor en el que me hallaba sumergido. Estaba tumbado boca arriba, con los brazos extendidos a los lados y la mirada perdida en la inmensidad del cielo grisáceo.
Tenía una maraña insoportable dentro de la cabeza. Los pensamientos se me cruzaban y chocaban entre sí como si fuese un tornado, aunque en el fondo sabía que, si quería sobrevivir a esta pesadilla, necesitaba obligarme a mantener la cabeza fría. Tenía que ponerme un escudo de hielo para no seguir cayendo en los brazos de Tom, para no volver a cometer el error de entregarme como un estúpido a la menor provocación.
Tenía que ser su enemigo, tal y como le había dicho a él…
Me sentía miserable. El recuerdo de lo sucedido de madrugada en su apartamento me quemaba por dentro, dándome arcadas por la pura humillación. Tom me había tratado de la forma más vil y despiadada posible; me hizo sentir como si fuera una más de esas putas baratas con las que se acostaba para llenar el vacío cuando me creía muerto.
Me había usado, me había desnudado por completo toda el alma para luego pisotearme con desprecio. Pero lo que más me jodía, lo que verdaderamente me devoraba, era saber que la culpa también era enteramente mía por no haber puesto un límite. Por haber cedido, por haber caído nuevamente en su trampa con los brazos abiertos.
¿Por qué mierda no podía frenar esto? Porque lo amaba.
A pesar de la traición, del engaño, de los gritos y de las palabras crueles con las que me desgarró el corazón, todavía lo amaba con desesperación. Y eso me daba rabia. Me producía una furia sofocante sentir este amor, este amor que también estaba hecho de odio. Lo amaba con rabia, lo amaba odiándolo con cada fibra de mi ser, y el no poder entenderme a mí mismo me estaba volviendo completamente loco.
Solté un largo y pesado suspiro que se perdió en el aire. Cerré los ojos un segundo, tomando una bocanada de viento fresco, y me obligué a sentarme en la hierba.
Ya era suficiente de compadecerme en el suelo. Tenía cosas más importantes de las que ocuparme. Decidí que ya era hora de ponerme de pie e ir a buscar a Tyler a casa de la señora Charlotte. Me levanté despacio, sacudiéndome briznas de hierba seca de los shorts deportivos, y comencé a caminar sin prisa.
Avanzaba por los senderos de piedra del parque, decaído, con los hombros hundidos y la coleta alta moviéndose al ritmo de mis pasos torpes.
Manteniéndome sumido en mi propia mente, apenas levantaba la vista del camino.
Fue entonces cuando, al mirar hacia el frente a una distancia considerable, distinguí la figura de una mujer de espaldas. Estaba parada cerca de una de las fuentes principales, mirando con cierta desorientación hacia los alrededores. Al principio no le di la menor importancia; asumí que era cualquier turista o una residente más disfrutando de la mañana. Y hasta sentí algo de envidia porque yo también quería estar en paz y, no salía de una para meterme en otro lío.
Seguí caminando en su dirección por pura inercia. Necesitaba cruzar el parque para salir.
Pero entonces, la mujer se dio la vuelta despacio.
Mi mente se detuvo en seco, los pies se me clavaron en el suelo como si hubieran echado raíces en el pavimento y el corazón me dio un vuelco tan violento contra las costillas que me dejó completamente sin aliento. Sentí un choque eléctrico recorriéndome la columna de arriba abajo. El tiempo pareció congelarse a nuestro alrededor mientras mis ojos, dilatados por la estupefacción, escaneaban cada uno de los rasgos de ese rostro.
Era imposible.
Sencillamente no podía ser real.
La mujer barría meticulosamente con la mirada todo el parque, observando los bancos, los árboles y a las pocas personas que transitaban a esa hora… hasta que, de repente, detuvo su andar y clavó sus ojos directamente en mí, entrecerrándolos un poco por los rayos del sol.
Y el mundo a mi alrededor colapsó en silencio.
—Mami…— solté en un jadeo tembloroso.
Continúa…
Gracias por la visita. No te vayas sin comentar 😉
Se me fue el internet un día 😭😭😭aquí estoy y solo puedo decir ya dejen a Bill con sus papás cuando actualiza no puede ser tan cruel de dejar asiii