Fic de unicornlitz. Temporada III
Capítulo 20 (Parte 1)
Sí que me había dolido. Mierda, sí que me había dolido de la forma más destructiva posible que pudiera existir en la vida. Aunque nada se comparaba con haberme enterado de su infidelidad, para mí una humillación tan enorme como esa era demasiado.
Llegué a casa de madrugada sin ser consciente en absoluto del trayecto; caminaba sumido en un gran trance, tan inmerso en la negrura de mis propios pensamientos que no me percaté de nada a mi alrededor. Era como si, de manera automática, mis piernas conocieran la ruta hasta casa a la perfección y se movieran por puro instinto de supervivencia.
Quizás haber cogido un taxi me habría hecho llegar mucho más rápido, pero necesitaba… buff… necesitaba tiempo. Tiempo para intentar tranquilizarme un poco, para tratar de regular la respiración desbocada que me quemaba en el pecho, para calmar el temblor de mi cuerpo y, sobre todo, para dejar de llorar como un idiota desquiciado.
Me sentía miserable, profundamente fatal, porque fue un acto tan absurdo e ingenuo haberme terminado acostando con ese mal hombre. ¿Esperando qué, exactamente? Si es que hasta por un segundo de debilidad se me pasó por la cabeza la estupidez de concederle el beneficio de la duda que me pidió. Qué ridículo me sentía. Recordar sus palabras en italiano, sus lágrimas falsas y mi propia docilidad me llenaba de ira, una ira hiriente, de una rabia tan sofocante porque me descubría como un ingenuo de mierda ante mis propios ojos.
Nuevamente mis sentimientos me habían ganado la batalla, pero esto tenía que parar de una puta vez; no podía seguir cayendo en la misma trampa o esto terminaría por destruirme por completo. Ceder y entregarme cada vez que me hablaba bonito era una estupidez propia de personas que no aprendían absolutamente nada de la vida. Y Tom… Tom no se merecía ni siquiera que yo le dedicara la más mínima mirada en lo que me quedaba de existencia.
¿Qué carajos iba a hacer ahora?
Le daba vueltas a toda esa tormenta mental mientras yacía tirado cuán largo era sobre el suelo frío de la sala de estar. Cuando crucé el umbral de la casa, apenas logré reconectarme un poco con el mundo que me rodeaba, saliendo momentáneamente del abismo mental para darme una ducha rápida y cambiarme de ropa; no quería por nada del mundo que, si a Sophia se le daba por levantarse temprano, me pillara con los rastros visibles e imperdonables de haber estado llorando. Sin embargo, en esos momentos me hallaba tendido en la alfombra, abrazando una botella de whisky entre las manos y tomando enormes y desesperados tragos directamente del pico.
Así que si Sophia me pillaba, habrían sido en vano mis intentos de lavar todo rastro de la tristeza.
Ya no quedaban lágrimas en mis ojos. No.
Solamente bebía sin parar mientras pensaba en lo mucho que estaba empezando a odiar al hombre que alguna vez amé con cada fibra de mi ser. Me quemaba el hecho de que jamás imaginé llegar a experimentar un sentimiento tan desastrosamente negativo e intenso hacia él. La decepción ya era lo suficientemente brutal y, mezclada con este odio que sentía, ya eran dos venenos que, al juntarse en el pecho, te hacían aborrecer a alguien con toda el alma. Y eso era exactamente lo que me estaba devorando por dentro en estos instantes.
Nunca pensé que se podría odiar tanto a quien alguna vez amaste muchísimo.
—¿Bill?— aquella voz masculina llamándome desde la ligera oscuridad de la sala no fue suficiente para hacerme regresar a la realidad.
Quizás ya estaba borracho o tal vez aún no; ni siquiera sabía qué hora era, solo continuaba ingiriendo tragos amargos de whisky. Manteniéndome con la mirada fija en las baldosas y vistiendo únicamente un camisón de manga larga en tono gris que me llegaba a la mitad de los muslos y apenas me cubría del frío nocturno, ni me inmuté.
—Oye…— insistió la voz, acortando la distancia.
Levanté despacio la vista y me encontré con Alex. Me miraba desde arriba con toda la preocupación del mundo pintada en el rostro, reflejada en sus ojos azules.
—¿Qué sucedió?— me preguntó con tono suave, inclinándose para quitarme con delicadeza la botella casi vacía de las manos. La dejó a un lado en el suelo y luego me sujetó con firmeza para ponerme de pie y ayudarme a sentarme en el sofá. —¿Por qué estás así? Dime qué pasó, por favor.
—Tú… dijiste que no llegarías esta noche…— balbuceé como pude, con la voz arrastrada, casi sin aliento. Eché la cabeza hacia atrás sobre el respaldo del mueble y cerré los ojos con fuerza. —¿Qué haces aquí… eh?
Pensaba que no me encontraría en este estado porque llegaría al día siguiente; para entonces yo estaría en la cama, durmiendo como si nada.
—Son las cinco de la mañana, Bill— me contestó en un murmullo apesadumbrado.
Ouh.
Mierda. Podría haber hecho cuentas mentalmente sobre cuánto tiempo llevaba tirado en el suelo bebiendo, pero ni siquiera recordaba a qué hora exacta había salido huyendo del piso de aquel imbécil; el lugar donde la pesadilla de hacía dos años se había repetido punto por punto, solo que de una forma mucho más vil y humillante.
—¿Llevas toda la noche bebiendo?— volvió a preguntar Alex.
Solté una risita nasal y sin gracia, sin saber realmente el motivo de mi burla. Sentía una tristeza insoportable y un dolor muy punzante, mientras la rabia me burbujeaba en el pecho. Imaginaos una caldera a punto de estallar.
—No lo sé…— respondí en un hilo de voz.
Alex frunció ligeramente el ceño, dejando escapar un bufido pesado. —¿Cómo que no sabes, nene?— dijo con una ternura en su voz que denotaba angustia de alguna manera —Ven, te llevaré a la cama, ¿vale?
Asentí débilmente, ofreciendo poca resistencia y extendiendo los brazos para que me alzara. No fui consciente de nada más a partir de ese momento. Lo único que recuerdo es que, en cuanto sentí la superficie blanda del colchón, mi cuerpo colapsó de puro agotamiento; sentí los párpados pesadísimos, un mareo denso me envolvió la cabeza y me quedé profundamente dormido.
Recordaba todo eso de manera difusa, apenas como fragmentos borrosos, y prefería que fuese así o me moriría de la pura vergüenza si recordaba que hice o dije estupideces.
Horas después, cuando me desperté a las once y media de la mañana con la cabeza a punto de reventar, Alex no me hizo ninguna pregunta incómoda al respecto. Se limitó a darme una aspirina con un vaso de agua para la resaca, y yo me metí en la ducha para darme otro baño largo porque lo necesitaba desesperadamente.
Más tarde, le pedí a Sophia que fuera ella quien llevara a los niños a casa de la señora Charlotte, a mi pequeño hijo y al pequeño Abel.
Chantelle me había enviado un mensaje temprano avisándome de que estaría allí también, solo que yo me negaba rotundamente a poner un pie en ese lugar porque me negaba a volver a cruzarme con Tom.
Aunque, siendo realistas, sabía que lo más probable era que él estuviera en el hospital por todo lo ocurrido con Travis. Eso era algo que le había contado por encima a Alex por la mañana, omitiendo, por supuesto, la parte en la que me había acostado con Tom y me había entregado a él nuevamente como un estúpido sin dignidad.
«Eres un idiota, Bill», era lo que me repetía la voz de mi conciencia cuando recordaba eso.
No podía decirle a Alex que esa era la verdadera razón por la cual me había encontrado ebrio y destrozado en el suelo de la sala al volver del trabajo.
Desvié la mirada hacia el reloj del despertador sobre la mesita de noche. Eran apenas las doce y diez. No tenía ni un poco de apetito, así que solo me tomé a sorbos lentos una bebida de avena que Alex me preparó —ya que se negaba rotundamente a dejar que saliera con el estómago vacío—, pues tenía pensado salir a correr un rato.
Salir a trotar me ayudaba muchísimo en el pasado a evitar darle demasiadas vueltas a las cosas; era un método… bastante eficiente para escapar de mi propia mente.
Me vestí para la ocasión, me recogí el pelo en una coleta alta, me ajusté los auriculares y suspiré; necesitaba con urgencia despejar la cabeza, o quizás desaparecer un rato, lo que ocurriera primero.
—¿Seguro que quieres salir a correr?— preguntó Alex, entrando en la habitación con la toalla atada a la cintura, recién salido de la ducha —Sinceramente creo que no estás en condiciones y… quién sabe, podrías incluso desmayarte por el esfuerzo.
Lo miré a través del reflejo del espejo y le dediqué una pequeña sonrisa reconfortante.
—No te preocupes— murmuré —Estaré bien. Solo quiero tomar un poco de aire fresco y pensar en un par de cosas.
Él me devolvió la sonrisa, aunque sus ojos mantenían cierta cautela.
—Está bien, pero no dudes en llamarme de inmediato si te encuentras mal o ocurre algo.
—Claro que sí— acepté enseguida —Y tú, ¿dónde estarás?— le pregunté, echándole un último vistazo a mi reflejo para asegurarme de que todo estuviera en su sitio.
—En la sede. El niño se niega a hablar de más, pero hay que seguir intentándolo— respondió. Asentí en silencio y él hizo una corta pausa antes de continuar —: Cualquier cosa que te esté agobiando, Bill… lo que sea que esté pasando por tu cabeza en estos momentos, sabes que puedes contármelo, ¿verdad?— inquirió, levantando las cejas con suspicacia.
Me quedé helado por un segundo. Me di la vuelta despacio para encararlo y le sonreí de forma forzada, haciendo un esfuerzo sobrehumano para que no se me notara la intensa tensión en los hombros y en el rostro.
—Sí… te lo contaré todo, pero no ahora— musité, dando un par de pasos hacia él para dejarle un beso rápido en los labios antes de salir de la habitación a toda prisa.
Sentía una opresión opaca en el pecho y la bruma de la desesperación amenazaba con envolverme de nuevo, pero intenté relajarme. Tenía un terror profundo de destrozar a Alex si le confesaba la verdad; por eso era infinitamente mejor que no supiera nada de la humillación que había vivido con Tom.
Bajé las escaleras casi corriendo, fijándome muy bien en dónde ponía los pies para no tropezar. Al salir de la casa, me encontré en la entrada a Sophia desactivando la alarma de uno de los coches de Alex, uno más sencillo. Tenía a mi bebé cogido de la manita, quien en cuanto me vio, me dedicó una sonrisa enorme.
—¡Mami!— me llamó con su voz aguda y alegre.
Oírlo y ver la luz en su carita logró calmar bastante las sensaciones sofocantes que me estaban ahogando. Me acerqué a ellos y me agaché a su altura para dejarle un beso tierno en la frente.
—Te vas a portar muy, muy bien, ¿sí, mi vida?— le pedí, sonriéndole con todo el amor del que era capaz.
—¡Chí!— exclamó con entusiasmo.
—Eso, mi amor— dejé otro besito, esta vez en su mejilla suave, y me puse de pie. Miré a Sophia con seriedad —Si Tom llega a estar allí… ya sabes, Soph. No dejes ni por un segundo que se le acerque o que vea al niño— musité en tono bajo.
Ella asintió con gravedad, muy lentamente y solo dos veces.
—Está bien, no te preocupes— respondió, para luego dudar un segundo antes de añadir —: Por cierto… ¿te has enterado de lo que pasó con Travis?
Yo suspiré pesadamente, entrecerrando los ojos con molestia por la luz dorada del sol que me daba de lleno en la cara.
—Sí, estuve allí justo en el instante en que Tom le disparó— admití con la voz apagada, sintiendo un escalofrío recorrerme el cuerpo al recordarlo —Tom estaba completamente loco, fuera de sí… parecía poseído.
—Aún no me cabe en la cabeza que haya sido capaz de semejante atrocidad— comentó Sophia, negando rotundamente —O sea, sí, sé que es un imbécil desquiciado, pero… ¿dispararle a su propio hermano de sangre?— chasqueó la lengua con profundo disgusto —A mí me estuvo contando el cotilla de Andreas que la señora Charlotte y el señor Gordon se pasaron toda la noche en el hospital con Travis. Melanie tampoco se despegó de su lado. Y Tom… Tom no se apareció por allí en ningún momento. Charlotte está furiosa con él, aunque la mandaron a casa un rato para que intentara descansar.
Eso era algo que ya sabía, pues la señora Charlotte le había pedido expresamente a Bach que me avisara de que deseaba ver a Tyler; ella se quedaría cuidando a la pequeña Cristina también y yo jamás podría negarle un gesto así en medio de semejante tragedia.
—Chantelle también está allí con ella— comenté para calmar el ambiente.
—¿Mi mamá?— preguntó de pronto el pequeño Abel.
Al escuchar la mención del nombre de su madre, el niño levantó de inmediato la mirada de la pantalla de su móvil, donde estaba entretenido con un juego. Una sonrisa brillante y genuina se le dibujó en los labios de oreja a oreja.
—¿Ya ha llegado, tío Billie? ¿Y mi papi también está allí?
—Así es, campeón— afirmé con ternura, estirando la mano para revolverle con cariño el pelo castaño, corto y ligeramente ondulado —Sophia te va a llevar ahora mismo a casa de la señora Charlotte, donde tu mamá te está esperando con los brazos abiertos.
—¿Eso significa que no voy a ir a clase hoy?— preguntó con los ojos muy abiertos.
—No, hoy no; quizás mañana. Tu mami me dijo que te ha echado muchísimo de menos, así que va a pasar todo el día contigo. Al igual que tu papá.
—¡Yei!— exclamó el pequeño, dando un saltito de pura emoción en su sitio.
Sophia no pudo evitar sonreír ante la chispa del niño.
—Bueno, es hora de irnos. ¿Y tú adónde vas, Bill? ¿Vas a ir al hospital a ver cómo sigue Travis?
—No— negué rápidamente con la cabeza, sintiendo un nudo defensivo en la garganta —Solo voy a salir a correr un rato, pero prometo ir a visitarlo más tarde.
—Está bien, cielo. Ten mucho cuidado, ¿sí?— me pidió, acercándose para dejarme un beso cariñoso en la mejilla a modo de despedida.
La vi abrir la puerta trasera del vehículo para que Abel se acomodara emocionado en el asiento junto a mi hijo, antes de que ella tomara su sitio frente al volante. Puso el coche en marcha y se alejó lentamente por la avenida. Solté un pequeño resoplido al quedarme solo otra vez en la entrada.
El parque central no me quedaba tan lejos, así que decidí que iría trotando hasta allí. Correr en ese lugar… se sentía extrañamente desolador.
Como en los viejos tiempos.
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CATALINA
[Horas atrás…]
Salía del bar aquella mañana con la sangre hirviéndome en las venas y con unas ganas enormes de plantarle cara a la señora Ángela para echarle una buena lista de quejas. ¿Cómo carajos era posible que Klaus ni siquiera me dejara dormir en la misma cama que él? Prácticamente me había confinado a una segunda habitación al fondo del piso, un espacio reducido que antes solían utilizar para guardar cosas de limpieza… una especie de ático.
Obviamente, ordenó que lo limpiaran a fondo antes de que yo me instalara, pero el insulto no dejaba de enfurecerme. Ese hombre me trataba con un desprecio que me resultaba insoportable.
Me atendía, sí. Cumplía con darme techo y comida como si estuviera mecánicamente obligado a hacerlo, no porque le naciera de las entrañas. Y, en cierta forma, sí que estaba atado por órdenes superiores, pero yo quería que le naciera de verdad, ¡joder! Quería sentirme deseada por él.
Para mi desgracia…
…la señora Ángela no se encontraba en su residencia cuando fui a buscarla; o tal vez sí estaba y simplemente se negó a salir a recibirme, no tenía forma de saberlo. El caso era que, cuando salí del edificio hecha una furia, Gallo y Jota se me aparecieron de frente, cortándome el paso. Todo mi enfado se evaporó en un segundo, sustituido por una ola de terror al verlos apoyados despreocupadamente contra una furgoneta blanca, luciendo sonrisas ladeadas y burlonas.
Uno de ellos fumaba con desdén mientras el otro se mantenía con los brazos cruzados.
—¿Qué tal, señorita Catalina?— susurró Gallo con esa voz rasposa suya que me ponía los pelos de punta.
Nunca entendí la razón de esos apodos tan espantosos, pero así se hacían llamar entre ellos. Y bueno, la verdad es que le sentaba perfectamente a su apariencia, ya que Gallo llevaba el pelo rapado a los lados, dejando una cresta ridícula que parecía la de un… gallo de pelea, y tenía los dientes amarillentos por el consumo incesante de tabaco de liar, lo cual me resultaba repugnante.
—Hace mucho tiempo que no la veíamos por Múnich… se nos había perdido, ¿eh?
—Nada más mira cómo se ha pintado el pelo la muy perra— se burló el otro, escupiendo al suelo.
Tragué saliva pesadamente mientras ambos estallaban en una risotada estúpida por ese «chiste» de tan mal gusto.
—¿Qué… qué carajos queréis de mí?— les pregunté, haciendo un esfuerzo sobrehumano por mantener la voz firme y no demostrar el miedo instintivo que me provocaban estos idiotas.
Había salido de Múnich para perderlos de vista y no funcionó. Me habían vuelto a encontrar.
—Usted ya lo sabe muy bien, señorita— soltó Jota. El tipo llevaba un degradado extraño en los laterales de la cabeza, pero se dejaba la parte trasera del pelo muy larga, cayéndole sobre la nuca en una trenza grasienta. Se veía completamente ridículo —El señor Rodrigo exige verla.
Mis labios comenzaron a temblar sin control y apreté el bolso de mano contra mi pecho a modo de escudo.
—Yo ya les dejé claro que no… No voy a viajar a Estados Unidos a ver a ese desgraciado.
—Pues o hace eso, o se muere aquí mismo, señorita— amenazó Jota con una tranquilidad muy escalofriante, encogiéndose de hombros como si fuese algo de lo más normal. —El jefe está pidiendo su presencia y usted va a ir sí o sí. Si se niega, la matamos en este instante por traidora.
—¡Ya os dije miles veces que yo no lo delaté con la DEA! ¡Mucho menos tuve nada que ver con el Clan Geist!— exclamé desesperada.
De repente, Gallo se abalanzó sobre mí a bastante velocidad. Antes de que pudiera siquiera intentar huir, me atrapó entre sus brazos de un tirón. Mi espalda chocó con violencia contra su pecho y su mano asquerosa y sudada se cerró con fuerza sobre mi boca, presionándome también la nariz e impidiéndome respirar con normalidad.
—¡Mmhfgg!— intenté gritar y zafarme, pero sus brazos eran como tenazas, demasiado fuertes.
—Cierra la puta boca de una vez— gruñó Gallo pegado a mi oreja, emanando un hedor rancio —El jefe está encabronado como nunca. Todos sabíamos que eras una zorra, pero jamás imaginamos que te creyeras tan astuta— su voz salía áspera, contenida y sofocada por el esfuerzo físico que hacía para sujetarme mientras yo me revolvía —Rodrigo quiere verla, y usted le va a hacer la visita conyugal porque las visitas normales se las prohibieron por culpa del hijo de puta del agente que lo capturó.
—Sí, de ese tal Benjamín Keller— comentó Jota con una mueca en los labios.
Cerré los ojos con fuerza, sintiendo cómo las lágrimas de impotencia se me derramaban por las mejillas.
—Si quiere seguir respirando… tiene que ayudarlo a escapar de esa prisión— añadió. Intenté forcejear una vez más, pero él apretó su agarre contra mi abdomen con más violencia. Gemí de puro dolor, sintiendo que el aire no me llegaba a los pulmones —¿Entendió la orden?
—Yo en su lugar le haría caso— comentó Jota con absoluto desdén, mirando hacia los lados de la calle —Ya quítale la mano de encima, Gallo. La vas a asfixiar antes de tiempo.
El tipo obedeció al instante, soltándome el rostro. Caí un par de centímetros hacia delante, tomando una bocanada desesperada de aire fresco mientras me masajeaba la boca.
—Usted nos va a acompañar por las buenas…— sentenció Jota.
—No…— sollocé aterrorizada, retrocediendo un paso —No, no… por favor, no…
Les suplicaba entre sollozos, con las lágrimas ardiéndome en los ojos y corriendo sin control por mis mejillas. No quería ir a Estados Unidos por nada del mundo; me aterraba la sola idea de volver a tener a Rodrigo delante, porque sabía perfectamente que si eso sucedía no me quedaría más opción que ayudarlo a quedar libre. Y si Rodrigo pisaba la calle de nuevo, lo haría con la única intención de cobrarse la venganza de la forma más sangrienta posible, porque así de despiadado era él.
Además de que buscaría a toda costa recuperar los territorios que el Clan Geist le había «robado».
—No llores tanto, muñequita— decía Jota con una ternura falsa y nauseabunda en la voz —Mejor guarda todas esas lágrimas para cuando estés delante del jefe pidiéndole piedad; a ver si de milagro siente algo de compasión por ti y decide dejarte con vida. Zorrita.
—Por favor…— solté en un hilo de voz temblorosa, sintiendo cómo el pánico me oprimía el pecho —N-no puedo viajar así como así… Klaus va a sospechar y…
—A ese tío no le importas una mierda, no te hagas ilusiones— escupió Gallo con pura sorna, soltando una carcajada seca —Ya vamos a dormirla de una vez, Jota, que se nos hace tarde.
El mencionado asintió en medio de una risita maliciosa y, metiendo la mano en el bolsillo de su pantalón, sacó un pañuelo doblado. Por más que intenté suplicar desesperadamente que me dejaran en paz, por más que pataleé y traté de resistirme con todas las fuerzas que me quedaban cuando presionaron la tela impregnada de aquel químico contra mi nariz y mi boca, me fue rotundamente imposible liberarme.
Intenté aguantar la respiración, pero el hedor era tan penetrante que me quemó la garganta.
Poco a poco, los ruidos de la calle comenzaron a distorsionarse, mi vista se llenó de manchas oscuras y el cuerpo dejó de responderme, hasta que caí por completo en una profunda e inevitable inconsciencia.
Continúa…
Gracias por la visita. No te vayas sin comentar 😉
Porfavor que se la lleven a la Catalina es una gata daña hogares que tanto daño ha hecho ya es hora de que pague 😡