Fic de unicornlitz. Temporada III

Capítulo 21

OMNISCIENTE

Había pasado toda la mañana en la sesión del grupo de apoyo, ese en el que decenas de mujeres se reunían periódicamente para desahogarse y compartir sus penas tras la pérdida de sus hijos.

Era un círculo exclusivo para aquellas madres que, contra todo pronóstico y toda lógica del paso del tiempo, todavía se negaban a aceptar que la sangre de su sangre ya no pisaba este mundo. Para Simone, la realidad se había quedado congelada en aquel mismo estado de negación. A pesar de que habían transcurrido doce dolorosos años desde aquel día fatídico en el que su marido le dio la noticia que destrozó su vida para siempre, el duelo seguía tan fresco como aquella primera tarde.

Descubrir desde muy jovencita que su cuerpo era incapaz de concebir había sido un golpe devastador. Ver a sus hermanas criar a sus bebés, verlos crecer y escuchar cómo las llamaban «mamá» le llenaba el alma de una inmensa y asfixiante melancolía al asumir que jamás viviría aquel milagro. Hasta que la vida decidió desafiar a la medicina y, a los diecinueve años, una prueba de embarazo positiva la pilló completamente por sorpresa.

Recordaba con claridad las lágrimas de felicidad que derramó entre los brazos de Jörg, su marido, que compartió con ella aquella misma desbordante alegría. El baby shower fue una celebración multitudinaria, luminosa y llena de esperanza. Sin embargo, las advertencias médicas siempre estuvieron presentes; los médicos fueron tajantes al recalcar el altísimo riesgo del embarazo. El bebé podía no sobrevivir al parto o, en el peor de los casos, la vida de ambos podía apagarse en el intento.

Pero Simone se cuidó muchísimo.

Haber dado a luz a su pequeño Willem fue el mayor milagro de su vida. Era una criaturita pequeña, frágil y preciosa que iluminó cada rincón de su hogar. Lo quiso con toda su alma desde el instante en que sintió su peso sobre el pecho. Él era lo más preciado que ella y Jörg tenían en el universo. Más tarde, los especialistas le confirmaron que las posibilidades de volver a concebir eran absolutamente nulas, pero a Simone no le importó, porque con su pequeño Bill tenía más que suficiente.

Era su tesoro divino… hasta que el destino se lo arrebató de la manera más cruel. Por eso, aceptar su partida jamás fue una opción.

Había empezado a asistir al grupo de apoyo apenas unos meses atrás, cediendo a las súplicas desesperadas de Jörg. Simone había caído en una depresión abismal de la que apenas conseguía salir, avanzando a paso de tortuga. Aquella tarde, al salir de terapia, aceptó la invitación de Yhara —una de las madres del grupo, con quien había entablado una bonita amistad— para dar un paseo por el parque central y despejar la cabeza.

Yhara se había alejado unos metros hasta un puesto ambulante para comprar un par de polos de helado. Simone prefirió esperarla de pie cerca de la fuente principal, respirando el aire fresco mientras la nostalgia se apoderaba de ella. Recordaba perfectamente que a aquel mismo parque solía ir su hijo a correr durante sus años de juventud; incluso ella solía acompañarlo en más de una ocasión cuando se cogía días libres sin avisar a Jörg.

Con la mirada perdida, comenzó a observar el entorno. Veía a las familias reunidas, a las madres jugando con sus pequeños, a los deportistas corriendo y a la gente paseando a sus perros.

Todo transcurría con absoluta normalidad hasta que su recorrido visual se detuvo en un par de ojos color miel. Unos ojos intensos, expresivos y dolorosamente idénticos a los suyos.

Una oleada de confusión la dejó completamente paralizada mientras examinaba detenidamente el rostro del muchacho que estaba a varios metros de distancia. Entrecerró los ojos y frunció el ceño, sintiendo cómo un sudor frío le brotaba de repente en la nuca. El chico que tenía delante poseía exactamente las facciones de su Willem, la estructura de su hermoso rostro, la forma de sus labios, la nariz recta… Solo parecía un poco cambiado, apenas un matiz más maduro, pero su esencia era inconfundible.

Un escalofrío eléctrico le recorrió la espina dorsal.

Al fijarse en la expresión del joven, Simone detectó el pánico reflejado en su mirada; el chico la observaba atónito, con el rostro pálido y la respiración entrecortada, como si estuviera contemplando quizá a un fantasma o algo que jamás esperase encontrarse. El corazón de Simone comenzó a golpearle las costillas con fuerza. La cabeza se le llenó de un ruido ensordecedor.

¿Cómo era posible?

Su único hijo había muerto hacía doce largos años. Lo había llorado sobre una tumba vacía, porque no había cuerpo que enterrar, solo restos cremados… ¿Cómo podía estar allí, a plena luz del día, vestido con ropa deportiva y mirándola con semejante terror? ¿O acaso estaba alucinando?

Estaba tan profundamente perdida en la vorágine de sus pensamientos que no oyó los pasos de su amiga acercándose.

—¡Ay, querida, aquí tienes! He elegido el de limón para ti, que sé que te gusta…— dijo Yhara alegremente mientras le tendía el polo. Sin embargo, al darse cuenta de la rigidez corporal de su compañera, la mujer se detuvo en seco y la observó preocupada —Oye… ¿qué estás mirando? Por Dios, Simone, te has puesto pálida, cariño. ¿Te encuentras mal?

Simone tragó saliva con dificultad, sintiendo que se le había cerrado la garganta por completo. Intentó articular palabra, pero de sus labios solo salieron jadeos entrecortados e incomprensibles. La conmoción le impedía encontrar una explicación lógica a lo que sus ojos acababan de presenciar y, aun así, una pequeña sonrisa apareció en sus labios.

—Simone…— volvió a llamarla Yhara —¿Estás bien?

Simone la miró brevemente.

—Sí, sí…— dijo con la voz entrecortada —Yo creí haber visto a alguien parecido a…

Simone volvió a mirar al frente, pero ya no vio al chico allí.

Forzó la vista, parpadeando desesperadamente para romper la bruma de su fijación, buscando entre el sendero de piedra y la multitud… El chico ya no estaba. Aquella parte del parque se encontraba completamente desierta de su presencia, dejando únicamente el murmullo del viento que era fuerte en esos momentos y le revolvía el cabello de forma «brusca».

—¿A quién?— le preguntó Yhara, mirando en la misma dirección que Simone.

Simone, en cambio, parpadeó algo aturdida y sacudió ligeramente la cabeza. ¿De verdad había sido una alucinación?

—A…— tomó aire y volvió a mirar a la mujer que tenía delante —A nadie— soltó entre una risa desganada y forzada —Yo… creo que el cansancio me hace ver cosas— se dijo más para sí misma que para cualquiera, pues ella misma no se creía que hubiese alucinado.

Así que tomó otra bocanada de aire.

—Querida, necesito hablar con mi marido. ¿Quedamos para la próxima?

Ni siquiera dejó que Yhara le diera una respuesta. Solo apretó el bolso contra ella y comenzó a caminar rápidamente hacia la salida del parque.

Todo aquello lo vio Bill, que había conseguido esconderse detrás de uno de los árboles que decoraban el parque, cuyo tronco era lo bastante ancho como para ocultarlo de cualquier mirada. Se incorporó después de asomar la cabeza para comprobar si su madre seguía allí, solo para verla alejándose. Soltó un suspiro y cerró los ojos. El corazón le latía demasiado deprisa y los ojos se le habían nublado por las lágrimas.

Su madre lo había visto y estaba más que seguro de que lo había reconocido. Había sido un momento que ni siquiera había podido procesar bien. Tomó aire, con los músculos del cuello tensos, y se dispuso a marcharse de allí.

&

Simone abandonó el parque en un estado de completa desorientación, sintiendo que apenas tocaba el suelo con los pies mientras caminaba. Sentía que necesitaba respuestas, pero no sabía cómo conseguirlas sin que, al hacer las preguntas, pareciera una loca.

Decidió dirigirse de inmediato a las instalaciones de KAA, la monumental firma empresarial que durante años había cofundado y administrado junto a su marido. Sin embargo, durante los últimos doce años, el edificio de cristales oscuros había estado dirigido únicamente por Jörg. Tras la trágica pérdida de su pequeño Willem, Simone había perdido por completo las ganas de vivir, abandonando su despacho, sus proyectos y cualquier aspiración laboral para encerrarse en sí misma.

Salvo por contadas excepciones, pisar la sede principal de KAA le resultaba una experiencia demasiado abrumadora.

Al cruzar las puertas giratorias del vestíbulo, los empleados la saludaron con respetuosas inclinaciones de cabeza. Simone no se detuvo a responder a nadie; subió en el ascensor privado directamente hasta la última planta, apretando el bolso contra su regazo, con los nudillos blancos por la tensión.

Recorrió el pasillo alfombrado hasta llegar a la imponente puerta de cristal que daba acceso al despacho presidencial. Sin llamar previamente, empujó la puerta con lentitud.

En el interior, iluminado por los ventanales que ofrecían una vista panorámica de la ciudad, se encontraba Jörg. El hombre vestía un traje muy formal de tres piezas, con las gafas de lectura sobre el puente de la nariz mientras revisaba, concentrado, una pila de contratos sobre su escritorio.

Por el rabillo del ojo, fue consciente de que la puerta se había abierto. Al ver a su esposa, sonrió ligeramente, aunque frunció el ceño. Se quitó las gafas, dejándolas a un lado sobre los documentos, y se puso de pie para rodear el mueble de madera.

—Cariño, no esperaba verte aquí— dijo con tono suave, acercándose a ella con pasos tranquilos —¿Por qué no me avisaste de que ya habías terminado tu sesión en el grupo de apoyo? Sabes que habría ido a buscarte, como siempre.

Simone lo miró a los ojos, pero de sus labios apenas salió un murmullo atropellado e incoherente.

—Yo… Yhara me acompañó un rato a caminar— consiguió articular con la voz rasposa, permaneciendo rígida —No quería molestarte en el trabajo.

Jörg se apartó unos centímetros para estudiarle el rostro, agarrándola delicadamente por los hombros. Su mirada no tardó en captar el temblor imperceptible de sus labios y la palidez casi cadavérica que le cubría las mejillas. Él la conocía mejor que nadie en el mundo; sabía descifrar cada uno de sus gestos, y la tensión anormal que la envolvía en aquel instante encendió todas sus alarmas.

Había visto avances en Simone, y verla así le hacía pensar que quizá… estuviera volviendo a encontrarse mal.

—¿Cómo te ha ido hoy en la reunión?— preguntó con prudencia, aunque su tono dejaba clara su inquietud.

Simone tomó una bocanada de aire.

—Bien, se unieron unas cuantas personas más, pero…— se relamió los labios —Yo no he venido hasta aquí para hablar de eso, Jörg, sino… de otra cosa.

—¿De qué?— indagó el hombre, entornando ligeramente los ojos.

Simone tragó saliva con enorme dificultad, sintiendo que un nudo espeso se le formaba en la garganta. La confusión y la culpa peleaban dentro de su pecho; temía sonar como una loca delante del hombre que durante doce años había hecho lo imposible por mantener a flote los pedazos de su cordura. No quería que acabara pensando que realmente había perdido la cabeza.

—No lo sé… Jörg, de verdad que no lo sé— comenzó a decir con la voz quebrada, mirando hacia el suelo antes de reunir el valor suficiente para sostenerle la mirada —No sé si es porque… si es por estas fechas, o porque los medicamentos no me están haciendo efecto, o por lo mucho que he estado echando de menos a Willem estos días… pero…

—¿Pero qué, cariño?— preguntó Jörg cuando Simone se quedó callada a medias.

La mujer soltó un sollozo ahogado.

—Yo creo que lo vi, Jörg…— le dijo, haciendo que el aludido la mirara sin entender a qué se refería —Lo vi en el parque hace apenas media hora. Te juro que yo vi a nuestro Willem.

Al escuchar semejante afirmación, el rostro de Jörg se descompuso por completo por la confusión. Durante un instante se quedó completamente inmóvil, mirando a Simone como si no pudiera dar crédito a las palabras que acababan de salir de su boca.

—¿Cómo… cómo que lo viste, Simone?— preguntó con la voz extraña, frunciendo el ceño mientras intentaba mantener la compostura —¿De qué estás hablando?

Simone, lejos de retractarse o mostrar la menor duda, dejó escapar una pequeña sonrisa temblorosa. Jörg vio en sus ojos una chispa de ilusión que no había visto en ellos desde hacía más de una década. Se aferró con fuerza a las solapas de la chaqueta de su marido, intentando convencerlo con la pura intensidad de su mirada.

—¡Estaba allí, Jörg! De pie, cerca de la fuente del parque central— contó con la respiración agitada, sintiendo que el corazón le latía a mil por hora —Llevaba ropa deportiva, estaba solo… Me miró directamente a los ojos y supe al instante que era él. ¡Era nuestro Willem, Jörg! No puedes imaginarte la luz que sentí en el pecho al volver a ver su cara…

Jörg la escuchó en silencio, visiblemente apesadumbrado, sintiendo que un peso gigantesco le aplastaba los hombros. Verla aferrada a aquella fantasía con tanta convicción le partía el corazón. Tomó aire despacio, acariciándole las manos con infinita paciencia para intentar devolverla a la realidad. Él no podía creerse aquello.

—Simone, escúchame con atención…— le dijo con tono suave —Sé perfectamente cuánto lo echas de menos, sé lo mucho que te cuesta levantarte cada día, porque para mí también es difícil, y sé que la sesión del grupo de apoyo de hoy debió de removerte muchas emociones. Pero tienes que tranquilizarte. Tu mente te ha jugado una mala pasada, cariño. Debiste cruzarte con algún chico que tenía unos rasgos parecidos a los de Willem, algún desconocido cuya apariencia tu cerebro asoció por la nostalgia de…

—¡No! ¡No fue una puta asociación ni una trampa de mi mente!— lo interrumpió Simone de golpe, zafándose bruscamente de sus manos y dando un paso atrás con indignación —¡No estoy loca, Jörg! Sé perfectamente lo que vi. Ese chico tenía la cara exacta de mi niño. Tenía sus mismos ojos, su nariz, la forma en que fruncía el ceño cuando se asustaba… ¡Era él! ¡No hay lugar a dudas! No me mires como si hubiera perdido la cabeza, porque jamás he estado más segura de algo en toda mi vida.

Jörg cerró los ojos durante un segundo y soltó un suspiro lleno de frustración y también de tristeza. Necesitaba ser firme; permitir que ella alimentara una falsa esperanza de semejante magnitud solo acabaría destruyéndola por completo cuando chocara de frente con la realidad.

—Simone, por el amor de Dios, razona un segundo— insistió él, dando un paso hacia ella para intentar hacerla entrar en razón —Es físicamente imposible que Willem sobreviviera a aquel accidente. Tienes que recordar lo que pasó hace doce años… El coche en el que iba con aquella basura de mujer se despeñó por un precipicio de más de cincuenta metros y se incendió al llegar al fondo. Las autoridades nos lo dejaron muy claro en su momento… no quedó nada… Es imposible que alguien saliera con vida de aquello.

Simone lo miró con los ojos muy abiertos, mientras un destello de perspicacia le cruzaba el rostro.

—¿Ah, sí? ¿Es imposible?— lo retó con los ojos entornados —¿Y qué me dices de esa mujer, de Natalie?

El silencio se hizo palpable en el despacho ejecutivo. Jörg se quedó helado en su sitio, con la boca ligeramente abierta y las palabras congeladas en la garganta.

—A Natalie también la dieron por muerta en ese mismo maldito accidente, Jörg— continuó Simone con seguridad, dando un paso al frente para encararlo —Nos dijeron exactamente lo mismo, que no había supervivientes. Y resulta que esa infeliz estuvo viva todo este tiempo… Se escapó de una cárcel federal hace dos años. Si Natalie no murió en aquel precipicio… ¿quién me garantiza a mí que mi hijo no corrió con la misma suerte? ¿Quién me asegura que esa gente de Estados Unidos no fingió su muerte, igual que hicieron con esa mujer?

Jörg no pudo responder de inmediato.

El argumento de su esposa le dio de lleno en la yugular. Era verdad. El expediente del accidente se había reabierto de manera extraoficial hacía dos años, al descubrirse que Natalie estaba viva y se encontraba prófuga de la justicia; aquel simple hecho había dejado una grieta enorme en todo lo que creían saber sobre la tragedia.

Simone se acercó de nuevo a él y le tomó el rostro entre ambas manos.

—Investiga, Jörg… Te lo ruego por lo que más quieras en este mundo, investiga— le suplicó con el alma en la mano —Revisa las cámaras de seguridad del parque central de esta mañana, contrata detectives, mueve a los contactos de la empresa… Haz lo que tengas que hacer. Pero no me pidas que olvide lo que vi, porque mi niño está ahí fuera. Lo sé, lo siento.

Jörg observó el rostro deshecho de su esposa, sintiendo una enorme presión en el pecho. Sabía perfectamente que, si se negaba a ayudarla o intentaba desacreditarla de nuevo, Simone no se quedaría de brazos cruzados y empezaría a actuar por su cuenta.

Soltó un largo y cansado suspiro, rindiéndose ante la mirada aplastante de su mujer.

—Está bien…— accedió finalmente, rodeándola con los brazos para estrecharla contra su pecho. —Voy a investigar, Simone. Voy a revisar las cámaras del parque y moveré cielo y tierra para averiguar quién era ese muchacho. Te lo prometo.

Simone cerró los ojos y se abrazó con fuerza a su cuello, dejando escapar un sollozo de alivio contra el hombro de su marido. Jörg, por su parte, mantuvo la mirada fija en el ventanal de su despacho, sumido en una profunda marejada de dudas y también de temor por lo que aquella investigación pudiera llegar a sacar a la luz.

Si resultaba que Willem realmente había muerto, quizá Simone no lo soportaría una segunda vez.

.

BILL

Saqué el teléfono del bolsillo al sentir la vibración prolongada y vi el mensaje de Sophia. Me informaba de que ella y Tyler ya estaban de vuelta en casa y me preguntaba si yo ya iba de camino o si tardaría más, porque mi hijo no paraba de llorar al no verme por ningún lado.

Agradecí muchísimo que me hubiese avisado a tiempo; de lo contrario, habría acabado llegando como un idiota a casa de la señora Charlotte, donde a esas horas no habría nadie más que los escoltas y el personal de servicio, ya que mi exsuegra había tenido que volver al hospital de urgencia hacía apenas media hora.

Apreté el paso. Sentía cómo el cansancio y la angustia me pesaban sobre los hombros.

Al cruzar el umbral y cerrar la puerta a mi espalda en la casa de Alex, fue el eco del llanto desconsolado de mi bebé lo que me recibió en el recibidor. Escuchaba a Sophia intentando calmarlo con voz suave mientras me acercaba al salón.

—Ya, mi vida. Mami ya viene— le decía ella con paciencia, meciéndolo dulcemente entre sus brazos —No llores más, pequeñito…

—M-mami…— sollozaba mi bebé entre hipidos entrecortados, con la carita empapada en lágrimas y los puños apretados. Estaba rojo por los berridos que soltaba.

Se me encogió el corazón de golpe. Detesto con toda mi alma ver sufrir a mi hijo e, instantáneamente, me olvidé de Tom, del odio, de la confusión y de cualquier otra mierda que me estuviera carcomiendo por dentro para centrarme únicamente en él.

—¿Por qué llora el pequeñito más precioso de mami, eh?— pregunté suavemente, haciendo acto de presencia en el salón.

Sophia se dio la vuelta; estaba a punto de encender la televisión para distraerlo hasta que yo llegara, pero al verme soltó un largo suspiro de alivio. En cuanto Tyler escuchó mi voz y me vio delante, estiró desesperadamente sus bracitos hacia mí, pidiéndome a gritos que lo cogiera en brazos.

—¿Qué tienes, mi amor? Ven aquí…

Lo cogí al instante y lo pegué a mi pecho. Su llanto fue cesando de inmediato en cuanto sintió mi calor y mi olor; apoyó la cabecita en mi hombro y dejó escapar pequeños suspiros a causa de los espasmos que le quedaban del llanto, aferrándose a la tela de mi ropa como si temiera que fuese a evaporarme.

—Él pensaba que estarías aquí esperándolo cuando llegáramos— me comentó Sophia, dejándose caer sobre el sofá y estirando los brazos relajadamente por encima del borde del respaldo acolchado —Definitivamente tiene una mamitis aguda, Bill. Deberías empezar a plantearte seriamente meterlo en una guardería para que se acostumbre a estar sin ti.

Negué rápidamente con la cabeza, haciendo un puchero involuntario con los labios mientras le acariciaba la espalda a mi nene.

—Él solo echa de menos a su mami, ¿verdad que sí, mi amor?

En respuesta, mi bebé se abrazó con más fuerza a mi cuello, escondiendo la carita en la curva de mi hombro.

—Ay, sí… «el bebé echa de menos a su mami, ñiñiñi…»— se burló Sophia, imitando mi voz con una mueca graciosa.

Solté un suspiro pesado. El agotamiento emocional me estaba pasando factura.

—Es porque tiene sueño. Déjame, voy arriba, lo acuesto a dormir un rato y ya vuelvo. Tengo algo que… contarte— murmuré con la voz rasposa, recordando de golpe la escena tan surrealista del parque.

Sentía que no podía tener más mala suerte encima. ¿Qué demonios había hecho yo en mi vida pasada para merecerme todas las desgracias que me estaban cayendo juntas hoy en día? Sencillamente, no lo entendía. No comprendía qué demonios quería la vida de mí. Yo necesitaba desesperadamente proteger a mis padres de todo el mal y de toda la podredumbre que me rodeaban ahora; no quería por nada del mundo que Brian o la perra desquiciada de Natalie se fijaran en ellos y los utilizaran como un método retorcido para hacerme daño.

No quería que los usaran como carnada, no quería que les pusieran una sola mano encima, ni a ellos ni a mis amigos, solo para destruirme a mí.

Y por más que lo intentaba, por más que buscaba la manera de mantenerme al margen y alejarlos de este infierno… la vida se encargaba de plantármelos directamente delante. Primero con Gustav, luego con Kenia… ¿y ahora con mi madre?

Buah. Era una maldita pesadilla.

Subí las escaleras despacio y me tumbé en la cama con mi hijo a mi lado. Cuando Tyler tenía sueño y quería dormir, me buscaba con una necesidad casi instintiva; si yo no estaba presente, lloraba con fuerza. Me necesitaba para poder conciliar el sueño y, aunque en varias ocasiones había buscado la manera de romper aquella dependencia tan marcada, nunca salía bien.

Y eso me preocupaba muchísimo. Mi trabajo con la organización conllevaba riesgos mortales que había que asumir cada día. Si en algún operativo las cosas salían mal y yo… perdía la vida, ¿qué sería de mi nene? ¿Qué pasaría con mi pequeño Tyler?

Él apenas soportaba que yo estuviera lejos durante un par de horas. Cuando me tocaba salir a cumplir misiones, me veía obligado a sacar un hueco para llamarlo. Sophia lo cuidaba encantada y con un amor incondicional, pero mi hijo siempre me echaba de menos si pasaban las horas sin verme. Sacar unos minutos para hacerle una videollamada y hablarle con cariño era mi única opción; eso siempre lo calmaba y, cuando le prometía que le compraría un helado al volver, se ponía feliz otra vez.

Me quedé a su lado, acariciándole suavemente el pelo hasta que su respiración se volvió pausada y profunda. En cuanto me aseguré de que estaba completamente dormidito, me escabullí de la cama con mucho cuidado para no despertarlo y salí en silencio de la habitación.

Bajé las escaleras dispuesto a desahogarme con Sophia. Al llegar al salón, me la encontré ya bien instalada en medio del sofá, con un bol enorme lleno de frituras sobre las piernas mientras miraba la televisión completamente concentrada.

—¿Sabes? A veces me siento como una mantenida que está estorbando en esta casa— se burló ella de la nada, llevándose una patata frita a la boca con gran desenvoltura.

Me senté a su lado en el mullido sofá, exhausto, y ella me miró de reojo con una sonrisa socarrona dibujada en los labios.

—Pero me la suda, nadie me separa de mi Tyler hermoso. Aunque sea un llorón berrinchudo de primera.

Solté una pequeña risita ahogada a la par que ella, aunque por dentro me sentía completamente fuera de lugar. Sentía una presión extraña en el pecho. ¿Cómo cojones empezaba a contarle lo que había pasado de madrugada en el piso de Tom? Conocía muy bien a Sophia, sabía que podía montar un escándalo monumental, salir disparada y pegarle a Tom hasta cansarse.

En el fondo, eso no me molestaba —él se merecía eso y más—, pero… no quería que nadie más se enterara de mi humillación. Un espectáculo de semejante magnitud, sin duda alguna, haría que todo el mundo acabara enterándose de la estupidez que había cometido.

—No eres ningún estorbo, ¿eh?— le aclaré rápidamente, soltando un leve resoplido para intentar aliviar el ambiente —Tengo que contarte algo porque… necesito que me digas que no es para tanto para poder quedarme tranquilo. Ya sabes, tú siempre acabas justificando mis actos— comenté con una pizca de humor, casi melancólica, en la mirada, a pesar de lo terriblemente desanimado que me sentía.

—Vale, me prepararé para lo que sea, chiqui— murmuró ella, acomodándose de lado en el sofá y cruzando una pierna con mayor comodidad para mirarme de frente —Cuéntame. Aquí tu terapeuta de confianza justificará cada una de tus decisiones y acciones. Venga, habla conmigo.

Tragué saliva con dificultad, sintiendo la boca seca.

—No es cualquier cosa, ¿me oyes? Es una auténtica locura que todavía me deja un sabor de boca asquerosamente malo.

—¿Y eso?— preguntó, frunciendo ligeramente el ceño al notar cómo la sombra del abatimiento y la seriedad volvían a apoderarse de mi rostro.

—Sophia… ¿recuerdas que anoche salí a hacer algo? ¿Que fui a hablar con Tom?

—Sí…— hizo un lento y pequeño asentimiento con la cabeza, entornando los ojos mientras me estudiaba fijamente. Daba la impresión de que ya se hacía una vaga idea de por dónde iban los tiros, pero todavía no tenía las piezas suficientes para montar el rompecabezas completo —¿Qué pasó o qué?

—Pues… sí hablamos. Después de que le disparara a Travis, lo llevé a su piso para que se calmara. Y allí me reconoció, sin ningún remordimiento, que él había puesto las cámaras en la casa con ayuda del fontanero— empecé a contarle. Ella alzó ambas cejas de golpe; no parecía taaan sorprendida por la calaña de Tom, pero la confirmación aun así la dejó medio alucinada —Una cosa llevó a la otra… y, de repente, empezó a endulzarme el oído con sus cosas de siempre. ¿Te conté alguna vez que Tom tenía una forma única de pedirme perdón por algo, incluso cuando él no había hecho nada?

—Me contaste muchísimas cosas cuando pasó lo de la… infidelidad— me dijo, asintiendo suavemente sin apartar la mirada de mí.

—Pues… me habló en italiano— murmuré con la voz rasposa, sintiendo que un nudo espeso volvía a formarse en mi garganta, asfixiándome y haciendo que me atragantara con mis propias palabras —Me dijo tantas cosas que… como un completo estúpido, caí, Sophia. Y pasó lo que tanto temía que pasara.

—¿Y eso fue exactamente qué…?— preguntó ella en un hilo de voz. Ya intuía la respuesta, pero necesitaba escucharlo de mi boca para terminar de creérselo.

Solté un bramido ahogado, lleno de un dolor purísimo, y la miré con el arrepentimiento más amargo reflejado en los ojos.

—Sophia… nos acostamos.

—Oh my Good…— fue su única respuesta.

La patata frita que sostenía juguetonamente entre los labios cayó de vuelta al bol cuando abrió la boca de puro shock. Sus ojos recorrieron desesperadamente mi rostro, buscando cualquier rastro de que aquello fuera una broma de mal gusto, pero, al no encontrarlo, desvió la mirada hacia un punto fijo del suelo, completamente descolocada.

—Bill…— soltó en un jadeo ahogado —Cariño, pero…

—Me siento como un verdadero imbécil, ¿sabes?— susurré, sintiendo cómo las lágrimas amenazaban de nuevo con brotar. Me picaba la nariz por el esfuerzo brutal de contener el llanto —Porque justo después de que pasara eso… me trató fatal. Me trató como si yo fuera cualquier puta barata de las que se folló durante todo el tiempo en que me creía «muerto».

Sophia alzó la mirada de golpe, clavándola salvajemente en mí con los ojos encendidos de pura rabia.

—¡¿Te humilló?! ¡¿Pero qué puta mierda?!— exclamó, poniéndose de pie de un brinco tan violento que el bol de frituras salió disparado de sus piernas, cayó boca abajo sobre la alfombra y desparramó todo su contenido por el suelo —¡Oh, yo lo mato! ¡Lo voy a matar! ¡Voy a arrancarle el pene! ¡Las orejas! ¡Le voy a coser la puta boca para que no vuelva a decir una sola gilipollez en su puta vida! ¡Le voy a sacar los ojos! ¡Aaargh!

—No, no, no…— la detuve de inmediato, sujetándola con fuerza de la muñeca para impedir que saliera hecha una furia hacia la puerta. Tuve que ponerme de pie yo también para cortarle el paso —No quiero que nadie más se entere de esto, Sophia. Por favor.

—¡Pero, nene, ese cabrón…!

—Por favor— repetí en un suspiro quebrado, parpadeando rápidamente para intentar espantar las lágrimas que me nublaban la vista —Es culpa mía. Yo permití que pasara. Yo volví a caer como un gilipollas sin dignidad y ocurrió eso— murmuré, sintiendo que la garganta me ardía —Me dolió muchísimo todo lo que me dijo… Cada vez que pienso en ello, llego a la espantosa conclusión de que ese hombre no era mi Tom. Es que… me imagino al chico del que me enamoré hace años y soy incapaz de imaginarlo moviendo los labios para decirme cosas feas; de su boca solo salían palabras bonitas para mí. Pero veo al hombre que es ahora… al tipo idiota, cruel y malnacido en el que se convirtió, y… no entiendo cómo pudo cambiar tanto. Cómo pudo dejar de amarme después de todo lo que me lo demostraba antes.

Era como si Tom también me odiara a mí, como si me aborreciera.

Volví a dejarme caer en el sofá, completamente derrotado, sin un ápice de fuerza en el cuerpo. Solté la muñeca de Sophia y me llevé ambas manos a la cara, ocultándome detrás de las palmas mientras un sollozo se me escapaba de los labios.

—No puedo evitar sentir odio, Sophia— gimoteé con la voz rota por el llanto —No puedo evitar sentir rabia, asco… todo eso hacia él. Si yo lo amaba… si todavía lo amo… ¿cómo cojones es posible que también pueda odiarlo de esta manera? ¿Por qué este odio se siente mil veces más fuerte y destructivo?

—Billie…— murmuró ella, perdiendo toda la agresividad anterior para quedar sumida en una profunda pena por mí.

—Lo odio p-porque… por un momento de debilidad pensé e-en darle la oportunidad de demostrarme que no me había enga-ñado— lloriqueé, sintiendo una presión asfixiante sobre el pecho, con el dolor clavándose directamente en el corazón —Pensé en d-darle la oportunidad de ganars-se mi perdó-ón porque… p-porque yo sí quería que estuviéramos jun-tos otra vez, Sophia. Y él me hizo creer que se podí-a. É-Él me hizo creer por un instante que todo se podía arreg-glar, que podríamos volver a estar bien, que podríamos retom-mar lo que quedaba de nosotros… pero todo fue una maldita mentira.

Apreté los puños contra mis ojos empapados, sintiendo que me ahogaba en mi propia miseria.

—Me mintió. Y supo exactamente cómo ha-cerlo… Supo cómo t-tocar cada una de mis fibras más sensibles para hac-cerme caer doblado. Lo odio… Sophia, lo o-odio más que a nada en este mundo, lo odio t-tanto que ni yo mismo me lo puedo creer…

«¿Cómo pude ser tan estúpido?», volvía a preguntarme mentalmente. «¿Cómo pude volver a enredarme en su misma red cuando ni siquiera había conseguido ponerme de pie después de mi caída anterior?»

Todavía me sangraba el alma por su primera traición y fui directo a buscar otra estocada. Deseaba con todas mis fuerzas dejar de sentir. Deseaba que me arrancaran el pecho para no experimentar ni un segundo más de aquel tormento.

—Pero, al mismo tiempo, lo sigo amando… y no me entiendo. No comprendo qué cojones está mal conmigo— sollocé de forma incontrolable.

En ese instante sentí cómo el colchón del sofá se hundía a mi lado. Sin necesidad de levantar la vista, supe que Sophia se había sentado junto a mí, rodeándome los hombros con un abrazo para sostenerme mientras me deshacía en pedazos.

Otra vez…

Sophia me estrechó entre sus brazos con firmeza, con tanta fuerza que parecía estar sosteniendo las piezas de mi cuerpo a punto de desmoronarse.

Se acomodó mejor a mi lado, apoyando mi cabeza sobre su hombro mientras me acariciaba el pelo con ternura, dejando que me desahogara contra su pecho hasta que mis sollozos comenzaron a perder la fuerza arrolladora del principio, convirtiéndose únicamente en hipidos.

—Escúchame bien, Billie— comenzó a decirme con voz suave, respirando profundamente antes de continuar —Es perfectamente normal que te sientas así. Y no, no eres ningún imbécil ni un gilipollas por haber caído, bebé.

—Lo soy, Sophia…— gimoteé, intentando separarme un poco para mirarla, pero ella me mantuvo sujeto por los hombros, obligándome a mirarla de frente.

—No lo eres— insistió con determinación en la mirada —Cayó el Billie que lo ama, nene. Caíste precisamente porque lo sigues amando con cada pedazo de tu alma; por mucho que te duela admitirlo, es así. Cuando amas a alguien a ese nivel, el amor domina a las personas por encima del raciocinio, de la lógica y del instinto de autoconservación. A todos nos pasa. El amor nos vuelve vulnerables, nos ciega y nos hace cometer auténticas locuras porque, en el fondo, una parte de ti guardaba la esperanza de que todo el infierno de estos años se desvaneciera con un simple abrazo. Cualquier persona en tu lugar habría caído bajo esa misma presión emocional.

Tragué saliva con dificultad, sintiendo que la garganta todavía me ardía y que aquella jodida sensación era insoportable. Me limpié las lágrimas de las mejillas de un manotazo, negando con la cabeza en un gesto que denotaba mi impotencia.

—Pero el amor no debería doler así, Sophia…— murmuré en un hilo de voz quebrado, sintiendo cómo, literalmente y sin exagerar, se me desgarraba el pecho al pronunciar cada palabra —Se supone que amar a alguien te da paz, te protege, te hace sentir seguro. Y esto… esto solo se siente como si me clavaran un cuchillo en el corazón y me lo retorcieran todos los días. Si me quiere como dice, ¿por qué me destruye de esta manera?

—Porque Tom también está podrido por dentro, Bill— respondió ella sin rodeos, bajando el tono, pero manteniendo la firmeza a la vez —No intento justificarlo, ya sabes que lo detesto, pero hay que tener en cuenta que él está roto a su manera, lleno de culpa, de rabia y de una arrogancia que roza lo tóxico y que hace que reaccione como un animal acorralado. Te hace daño porque no sabe qué hacer con la culpa de creerte muerto y con la realidad de tenerte de vuelta. Así es como lo veo yo. Pero eso no justifica lo que te hizo. Nada lo justifica.

Sophia se inclinó hacia mí y me sonrió un poco, pasándome los dedos por las mejillas para secarme los restos del llanto.

—No te culpes por tener sentimientos, Billie— me dijo —Sentir rabia no te hace débil, y seguir queriéndolo tampoco te convierte en un estúpido. Solo demuestra que tú sí tienes corazón, a diferencia de él. Ahora necesitas tiempo para curar esa herida y mantener la cabeza fría, que es lo que tanto necesitas, no solo por ti, sino por Tyler.

—Lo sé…— suspiré, apoyando de nuevo la frente contra su hombro. El silencio se hizo presente.

Por dentro, mis pensamientos continuaban girando en un remolino que rozaba incluso lo caótico. Intentaba procesar todo lo que Sophia acababa de decirme, tratando de aferrarme a sus palabras como si fueran un salvavidas en medio del océano inmenso en el que me encontraba sumergido, pataleando para no hundirme. Sin embargo, por mucho que intentara racionalizarlo, la rabia y el dolor seguían devorándome las entrañas con violencia.

Me daba rabia saber que Tom todavía tenía ese control absoluto sobre mis sentidos. Odiaba profundamente la facilidad con la que podía desarmarme, la forma en que unos cuantos murmullos en italiano y el bonito recuerdo de nuestro pasado habían bastado para derrumbar las murallas que me había costado dos años construir. Pero lo que más me dolía —lo que verdaderamente me ahogaba en la miseria— era saber que, incluso después de haberme pisoteado y humillado de la peor manera, si volviera a cruzar aquella puerta e intentara tocarme con la misma devoción, aunque fuese falsa, mi cuerpo y mi corazón volverían a traicionarme.

Por eso tenía que saber controlarme, recordar los viejos tiempos, cuando él me dejaba «para protegerme» y yo sufría. Recordar la última vez, porque me había cansado de que siempre me dejara y volviera a buscarme al día siguiente, hasta que fui yo quien dio por terminada la relación y nunca lo busqué.

Fue él quien lo hizo después de no aguantar verme desde lejos ni soportar que otros se acercaran a mí.

Porque había una diferencia, de pocas, entre Tom y yo. Y es que yo podía soportar estar lejos de él; si tenía que morir por no buscarlo, moriría. Pero él, en cambio, no lo soportaba y siempre iba detrás de mí.

Igualmente… tenía el alma fracturada en dos mitades irreconciliables… una que lo amaba con la nostalgia presente por todo lo que fuimos y por todo lo que nunca llegamos a ser, y otra que lo aborrecía con cada fibra de mi ser por haberme convertido en la sombra de lo que alguna vez fui.

Tom me estaba destruyendo y yo se lo estaba poniendo en bandeja de plata.

—Igual… hay algo más— murmuré, separándome despacio de ella. Sorbí por la nariz y me limpié la punta con el dorso de la mano para intentar calmar la respiración y recuperar un poco la compostura —Vi a mi madre.

—¿Eh?— soltó Sophia, quedándose sin aire de golpe.

Asentí varias veces de forma corta y continua, limpiándome los restos de lágrimas de las mejillas. En momentos así agradecía no llevar ni una gota de maquillaje, porque a estas alturas tendría la cara hecha un desastre de lo corrido que estaría.

—Me la encontré en el parque— solté con la voz gangosa por el llanto reciente —Intenté esconderme antes de que me viera, pero no sirvió de nada; mierda, ella me miró directamente a los ojos. Y, conociéndola como la conozco… a estas horas ya habrá tenido que ir a contárselo todo a mi padre. Temo que se pongan a investigar los detalles de mi supuesta muerte, Sophia. No quiero meterlos en toda esta mierda…

—Ay, Bill… te están pasando demasiadas cosas de golpe— murmuró ella con una enorme preocupación en la mirada, apretando los labios —¿Qué vas a hacer ahora?

—No me queda más remedio que hablar con ellos— solté en voz baja, sintiendo todo el agobio de aquella decisión caer sobre mí y, era un peso insoportable —No tengo otra alternativa. Si se ponen a investigar por su cuenta, tarde o temprano acabarán dando con la verdad de la peor manera.

Me puse de pie con esfuerzo, tomé una bocanada enorme de aire para llenar los pulmones y la solté despacio por la boca, buscando serenarme.

—Tengo que contarle esto a Alex; él sabrá cómo encargarse de la situación y mover los hilos sin exponerlos.

—¿Estás preparado para verlos cara a cara?

—No— susurré con la voz trémula y las manos temblándome por el pulso —Pero tengo que hacerlo sí o sí. Tendrá que ser a escondidas, pero debo hacerlo.

—Vale…— jadeó mi amiga rubia, dando pequeños asentimientos con la cabeza mientras procesaba la bomba. De pronto, hizo una pausa y me observó fijamente —¿Alex sabe lo que pasó con Tom?

—¡No!— exclamé de forma contenida, sintiendo cómo la voz se me tensaba hasta convertirse casi en un hilo tirante por los nervios —No, no, para nada. Él no puede saber esto bajo ninguna circunstancia— mascullé con temor —Prefiero que se quede completamente al margen de esto, no quiero destrozarlo ni hacerle daño al contárselo. Nosotros estamos bien… él y yo estamos tranquilos, y así es como debe seguir.

—Bill…— musitó mi nombre con un tono lleno de advertencia, mirándome con una de sus cejas perfectamente perfiladas ligeramente alzada —Sabes perfectamente que, tarde o temprano, la verdad siempre sale a la luz, ¿no?

—Esto solo lo sabemos tú, aquel idiota y yo— sentencié con seguridad —No tiene por qué saberlo Alex.

—Y me imagino que Bach también— añadió ella de repente.

—¿Eh?— solté, descolocado, frunciendo el ceño con pura confusión.

Sophia soltó un largo suspiro y se cruzó de brazos.

—Bebé… anoche, después de dejar a Travis y a Melanie en el hospital, se pasó por el piso de Tom porque quería asegurarse por sí mismo de que tú estuvieras bien— me comentó, dejándome con la boca abierta, incapaz de creérmelo —No quiso contarme gran cosa, solo mencionó eso… que se había pasado por allí a ver qué tal estabas y ya.

—¿Sobre qué hora?— pregunté, sintiendo un vuelco en el estómago.

—No me especificó la hora exacta, pero dijo que fue como una hora después de haber dejado a Travis en urgencias— murmuró.

Maldición. La puta madre.

—Bueno… Bach también— murmuré, inundado de vergüenza, llevándome una mano a la frente para cubrirme los ojos mientras soltaba un suspiro pesado.

De verdad, solo a mí me pasaban semejantes desgracias. En serio, no existía un ser más miserable sobre la faz de la tierra que yo. Un miserable sin una sola pizca de suerte en la vida. O, al menos, así era como me sentía, porque era mi dolor, eran mis cagadas y eran mis propios problemas los que me estaban ahogando.

—El caso es que no creo que ni Bach ni tú vayáis por ahí contando nada— continué, intentando recomponerme —Y dudo mucho que Tom vaya a abrir la boca para decirlo.

—Por favor, Bill… si ese imbécil odia a muerte a Alex— bufó mi amiga con toda la obviedad del mundo.

—No, él no va a decir nada, ya verás— aseguré tajante.

Pasando a otra cosa…

Contárselo a Alex fue lo más difícil que pude hacer, y me refería al tema de mi madre. Al principio se mostró algo frustrado y, con toda la razón del mundo, porque él sabía tan bien como yo que, si mis padres se ponían a investigar, aquello acabaría llegando a manos de la prensa y sería una auténtica locura. Mi padre, siendo un magnate, uno de los más grandes entre los grandes del mundo de la moda, y mi madre pisándole los talones como su diseñadora… aquello iba a llamar la atención.

La gente, por un poco de dinero, vendería información a los medios.

Eso no nos vendría nada bien.

Sin embargo, Alexander se tranquilizó cuando le comenté que yo estaba «listo» —al menos a medias— para contarles la verdad. Pero teníamos que ser súper cautelosos y no levantar sospechas; el reencuentro tenía que ser en un lugar donde nadie pudiera vernos ni escucharnos.

Planearlo le llevó un día entero. Yo pensé que tendría más tiempo para prepararme, pero no.

Solo obtuve veinticuatro horas, y no fueron suficientes para controlar los nervios. Ni siquiera pude dormir; no dejaba de pensar en cómo hablarles cuando los tuviera delante. Pero no encontraba nada, me quedaba completamente mudo incluso dentro de mi propia cabeza al imaginarme la escena. Creo que no sería capaz de articular una sola palabra.

El reencuentro se llevaría a cabo en una de las áreas de la DEA que había sido desalojada expresamente para dar la noticia, así que me encontraba sentado en el banco acolchado, mirando directamente al suelo.

.

OMNISCIENTE

—Señor Wieger…— anunció la asistente, Marielle, con una voz suave y contenida justo después de recibir la autorización para abrir la puerta del despacho.

El mayor se encontraba sentado detrás de su imponente escritorio de cristal, observando algunos informes en su portátil sin verdadero interés. Llevaba la corbata ligeramente desanudada, un claro indicio del estrés que lo había acompañado durante toda la mañana, algo que se había vuelto trágicamente cotidiano en su vida. A sus sesenta y tres años, el señor Jörg era un hombre sumamente eficiente en su trabajo, pero sus ganas de retirarse de la presidencia de KAA y cederle el mando a alguno de sus sobrinos eran cada vez más evidentes.

William, el hijo mayor de su hermano Killian —el del medio, dos años menor que él—, representaba el candidato perfecto para la sucesión. Jörg le tenía un aprecio enorme y no dudaba de que dejaría la empresa en buenas manos.

Se sentía exhausto, agobiado por el peso de los años y sobrecargado por la frustración tras lo ocurrido el día anterior, cuando su esposa irrumpió en su despacho jurando haber visto a su hijo.

Siendo completamente sincero consigo mismo, no lograba creerse del todo las palabras de Simone. Sin embargo, ella se había encargado de devolverle una diminuta y peligrosa chispa de esperanza y la remota posibilidad de que su niño realmente siguiera con vida.

Había hecho un par de llamadas discretas durante la mañana para poner en marcha una investigación preliminar, pero no contaba con lo que vería al levantar la mirada de la pantalla. Al frente, junto a su asistente, aguardaba un hombre imponente, rubio, de ojos azules y complexión robusta y atlética, vestido con el uniforme de la DEA.

—Le aclaré al señor que no podía entrar sin una cita previa, pero insiste en que se trata de un asunto de extrema urgencia— se excusó rápidamente la mujer, temiendo la reacción de su jefe. Marielle era nueva en el puesto y sabía que la rotación de personal era despiadada; pocas asistentes conseguían superar la primera semana sin quedarse cortas ante las altas expectativas de Jörg.

—Señor Wieger, soy el agente Alexander Krüger… Quizás me recuerde.

Por supuesto que Jörg lo recordaba. La estructura de aquel rostro y la firmeza de su voz estaban grabadas a fuego en su memoria, ya que él había sido uno de los dos oficiales que, doce años atrás, llamaron a su puerta para entregarle la trágica noticia sobre la muerte de su hijo.

—Déjalo pasar, Marielle— ordenó Jörg a su asistente, utilizando su nombre con desdén —Y retírate, por favor. Cierra la puerta.

Marielle asintió al instante, acatando la orden sin dudar. Se hizo a un lado para permitir el paso al oficial y abandonó el despacho ejecutivo, dejando tras de sí el chasquido seco de la cerradura. Jörg soltó un largo y cansado suspiro, cerró el portátil de golpe y señaló con la mano una de las sillas acolchadas de cuero blanco frente a su escritorio.

—Cuénteme, agente Krüger… ¿qué es lo que le trae por aquí después de tanto tiempo?— inquirió con educación, aunque con una distancia casi tajante.

—Como director de la DEA, soy notificado de inmediato cada vez que se reabre un expediente que involucra asuntos de nuestra jurisdicción— explicó el rubio mientras tomaba asiento con soltura —Y tengo conocimiento de que usted acaba de iniciar una investigación privada sobre la muerte de su hijo, Willem Wieger Kaulitz.

Jörg alzó una ceja, entornando los ojos con evidente desconfianza.

—¿Ha viajado desde los Estados Unidos únicamente para tratar este asunto, agente?— preguntó con sospecha.

No lograba comprender por qué la máxima autoridad de la DEA se tomaría la molestia de cruzar el Atlántico solo por una investigación privada. Además, le había exigido absoluta discreción al detective contratado. ¿Cómo demonios se había enterado el hombre sentado frente a él?

Alex dibujó una sonrisa tenue y ladeada, manteniendo una postura serena.

—No, señor Wieger. Por suerte, me encuentro de comisión en Alemania desde hace una semana— respondió con calma —Así que aquí me tiene.

—¿Y qué es exactamente lo que desea saber?

—La razón precisa que lo llevó a reabrir un caso que se daba por cerrado desde hace doce años.

Jörg volvió a suspirar, pasándose una mano por el rostro cansado.

—Mi esposa asegura haber visto a nuestro hijo en la ciudad, agente. Y teniendo en cuenta que ahora hay una prófuga de la justicia federal que presuntamente también había fallecido en ese mismo accidente… su asesina, para ser claros… entenderá que mi mujer tiene motivos de sobra para dudar de la versión oficial.

Alex guardó silencio durante varios segundos, clavando una mirada densa en el padre de Bill.

—Necesito que me acompañe a la sede de la DEA. ¿Dispone de tiempo ahora mismo?— solicitó rotundamente tras la pausa.

El mayor lo miró descolocado, desconcertado por el giro de la conversación.

—¿Por qué iba yo a hacer algo semejante?

—Tiene que ver directamente con su hijo— sentenció Alex en un murmullo —No estoy aquí únicamente por la notificación sobre la reapertura de su caso. Si me lo permite, le pido que me acompañe. No puedo revelar más detalles en este lugar; dentro de la sede estaremos completamente seguros.

Tanto la curiosidad como el temor se entrelazaron en el pecho de Jörg. Incapaz de sofocar la duda que empezaba a devorarlo por dentro, aceptó sin dudar un solo segundo más.

Continúa…

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por unicornlitz

Escritora del Fandom

Un comentario en «Irrevocable 21»

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