Fic de unicornlitz. Temporada III
Capítulo 22
El trayecto en la camioneta hasta el complejo de la DEA en Berlín transcurrió en completo silencio, roto únicamente por el murmullo casi amortiguado del tráfico exterior. Jörg mantenía la mirada fija en el ventanal, con las manos entrelazadas sobre las rodillas. Las preguntas que quería hacer estaban atascadas en su boca, pero la postura imperturbable de Alexander Krüger le indicaba que cualquier interrogatorio previo sería en vano.
El agente no le diría nada hasta llegar al lugar indicado.
Al llegar a las instalaciones federales, el protocolo fue estricto. Pasaron varios controles de seguridad y torniquetes blindados hasta adentrarse en la zona residencial y de oficinas de alto rango. En el ambiente se respiraba una inmensa calma, ajena al bullicio de la ciudad. Alex guió a Jörg por un pasillo alfombrado hacia una pequeña sala de estar privada.
Era un espacio ampliamente iluminado por la luz natural que entraba por un ventanal de cristal templado, amueblado apenas con un par de sillones de cuero y una mesa baja.
—Espere aquí un momento, señor Wieger— pidió Alex con tono sereno antes de darse la vuelta y cruzar la puerta contigua.
Jörg se quedó de pie en medio de la estancia, sintiendo un peso inconmensurable por la incertidumbre que sentía en aquellos momentos, que era demasiada. Seguía confundido y su curiosidad aumentaba con cada segundo; no sabía el motivo por el que el agente lo había llevado hasta allí. Desde un principio se hizo a la idea de que abrir el caso de la muerte de su hijo podría traer ciertos problemas, pero no le importó demasiado.
Al otro lado del tabique, en la pequeña oficina contigua, Bill aguardaba de pie junto a la ventana. Llevaba una chaqueta ligera y unos vaqueros oscuros holgados; su silueta delgada lucía firme, pero sus manos temblaban de forma imperceptible. Tenía la mirada fija en el suelo cuando escuchó la puerta abrirse.
—Está en la sala, Bill— le anunció Alex en voz baja, apoyando una mano con ligereza en su hombro cuando estuvo lo suficientemente cerca del menor —Tómate el tiempo que necesites, ya sabes que nadie os va a interrumpir.
Bill tragó saliva con dificultad, sintiendo cómo se le formaba el nudo en la garganta otra vez, como últimamente le pasaba. Dio un asentimiento casi imperceptible con la cabeza y avanzó a pasos lentos hacia la puerta divisoria. Con cada paso que daba sentía como si arrastrara cadenas atadas a las piernas. Los doce años de ausencia y, a la vez, su inquietud se dejaban ver en lo difícil que le resultaba girar el pomo de la puerta.
Saber que al otro lado estaba su padre hacía que el corazón le latiera demasiado desbocado, secándole la boca y generándole más nervios de los que ya sentía desde el día anterior.
Y eso que solo había pedido la presencia de su padre; no se imaginaba cómo sería cuando tuviese que ver a su madre. Aunque, habiendo pasado el obstáculo que se le presentaba con su padre, sabía que cuando le tocase el turno a su madre él estaría más tranquilo.
El leve chasquido de la cerradura hizo que Jörg se girara despacio, bastante intranquilo al no entender qué estaba sucediendo.
La puerta se abrió y la figura del joven pelinegro apareció en el umbral. Por un segundo casi interminable, el tiempo pareció detenerse por completo.
Jörg se quedó atónito.
La luz de la tarde entraba de lado, iluminando los rasgos del muchacho frente a él. La mandíbula marcada, los ojos marrones, casi color miel, idénticos a los de su esposa, el porte… no era un recuerdo ni la desesperada ilusión de una madre en duelo, como había pensado. Era él. Con unos años más, con la madurez marcada en la estructura de su bello y angelical rostro y la postura de un hombre hecho y derecho, pero indiscutiblemente era Willem.
Bill contuvo la respiración al ver la expresión desconcertada de su padre. Quizás debió permitirle a Alex que lo preparara para aquel reencuentro y le contara lo que estaba pasando. Pero ya era tarde para ponerse a pensar en eso; ya estaba frente a su progenitor.
Llenándose de valor, fue el primero en abrir la boca y soltar solo dos palabras que le costaron demasiado, teniendo en cuenta lo ansioso que se sentía.
—Hola, papá…— susurró Bill. La voz le salió trémula, rasposa; denotaba la fragilidad que no pudo contener.
Al escuchar la voz de su hijo, no tan diferente a como la recordaba, pronunciar aquella palabra que hacía mucho tiempo que no oía y que, obviamente, había echado de menos, la tranquilidad que había sostenido a Jörg durante más de una década se desmoronó por completo. La vista se le nubló al instante por una capa de gruesas lágrimas que se acumularon en sus ojos.
—¿Willem…?— alcanzó a articular Jörg en un hilo de voz ahogado.
El padre dio un paso vacilante hacia delante, como si temiera que romper el aire entre los dos hiciera que la imagen de su hijo frente a él se disipara, como si se tratara de humo. El mayor no podía creerse lo que estaba viendo, no podía creerse que su hijo realmente estuviese frente a él. Eran tantas emociones, seguidas y mezcladas unas con otras, las que se arremolinaban en su pecho que no sabía cómo actuar o qué hacer.
No sabía qué decir, más que sentirse ahogado con el propio aire que respiraba.
Bill no retrocedió ni se arrepintió, por muchas ganas que tuviera de darse la vuelta y correr. Al contrario, dio dos pasos rápidos hasta acortar la distancia y, sin poder contenerse más, se arrojó hacia los brazos de su padre.
Jörg lo envolvió en sus brazos con ímpetu, teniendo dos segundos de retraso por su perplejidad, estrechándolo contra su pecho con todas las fuerzas que le quedaban en el cuerpo. El contacto fue demasiado. Podía sentir la espalda de su hijo, el calor de su respiración, el peso de su cuerpo pegado al suyo. Y cómo temblaba, señal de que estaba llorando.
El hombre mayor rompió en un sollozo mientras sepultaba su rostro en el cuello de Bill, respirando su aroma para convencerse de que no estaba soñando.
—Dios mío…— murmuró tras comprender lo que estaba pasando —Mi niño… mi pequeño, Billie…— murmuraba Jörg una y otra vez con la voz completamente rota, pasándole la mano con desesperación por la espalda y la nuca, aferrándose a la tela de su chaqueta como si temiera que el destino volviera a arrebatárselo y enterrando sus dedos en el sedoso cabello negro —Oh, Dios mío, estás vivo… Dios mío, estás vivo…
Bill se abrazó al cuello de su padre con una fuerza desmedida, escondiendo la cara en el saco del hombre. Las lágrimas le corrían sin freno por las mejillas, sintiendo la culpa y, a la vez, el alivio consolidándose dentro de su corazón. El olor del perfume de su padre, el mismo que recordaba desde que era un niño, lo transportó de golpe a una época en la que el mundo no era tan oscuro.
Donde todo, para él, era felicidad. Donde aún no era capaz de comprender cuánta maldad podía existir en el mundo, en las personas.
—Papá…— sollozó el pelinegro, aferrándose más, si es que eso era posible, a su padre —Mierda, te he echado tanto de menos— confesó con cierto enfado, porque sí se sentía culpable por no haberlos buscado antes. Pero tenía en cuenta que era por la protección de ellos —Perdóname… perdóname, por favor— gimoteó Bill entre hipidos entrecortados; se sentía tan agotado —Perdóname por no haber podido contároslo antes…
—No hay nada que perdonar, mi pequeño… nada— respondió Jörg, distanciándose apenas unos centímetros para tomarle el rostro entre las manos. Sus dedos temblorosos le secaron las lágrimas, recorriendo cada milímetro de la cara de Bill, reconociendo la mirada de su hijo —Por Dios, no me lo puedo creer…
Bill apretó sus manos sobre las de su padre, sintiendo el calor reparador de su piel. Sí, realmente lo había echado de menos, aunque muchas veces se había obligado a no pensar en ellos para que no doliera tanto no tenerlos cerca.
Como pudo, sonrió, sintiéndose realmente feliz de poder tener aquel abrazo que tantas noches había deseado.
—Mamá… ella me vio en el parque, ¿verdad?— preguntó Bill en un murmullo, bajando la mirada durante un segundo —Intenté ocultarme, pero cuando nuestras miradas se cruzaron supe que me había reconocido.
Jörg dejó escapar una risa ahogada en medio del llanto, volviendo a abrazarlo por la cabeza con un gesto protector.
—Casi me vuelve loco en la oficina diciendo que te había visto— admitió el mayor, besándole la coronilla con devoción —Ella lo sabía… ella decía que no había alucinado, aunque yo pensaba lo contrario— soltó una risita incrédula y entrecortada —Ella sabía que su niño no podía haber muerto así.
Bill cerró los ojos y respiró hondo, dejando que el calor del abrazo de su padre fuera el único refugio en medio del caos que aún le aguardaba fuera. Tendrían tanto de qué hablar…
.
TOM
Tras despertar y darme cuenta de que me había desmayado patéticamente en los pasillos del hospital, el médico que me atendió me dio el alta en cuanto me vio despierto. Bueno, en realidad no me la dio del todo; me advirtió de que tenía la presión arterial por las nubes y que debía quedarme en observación hasta regularla. A mí me importó una mierda.
Exigí que me dieran el alta para no firmar un traslado voluntario y me fui de allí sin rendirle cuentas a nadie.
Travis continuaba inconsciente hasta ayer, pero esta mañana Bach me notificó que por fin había despertado. No lo dudé ni un segundo y vine directo de nuevo. Me ardía la cabeza, pero estaba convencido de que, si mantenía la fuerza de voluntad suficiente, podía conservar el control.
Mierda, yo jamás me dejaría doblegar por nada ni por nadie.
Solo una persona en el mundo podría hacerlo.
Por mucho que me costara, estaba intentando mantenerme firme, con las riendas bien sujetas a pesar del punzante dolor de cabeza que me atravesaba las sienes.
El constante pitido electrónico de los monitores de signos vitales se oía por toda la habitación, cosa que me impacientaba a niveles inimaginables. Esperé en un rincón, sentado en el pequeño sofá, a que los demás se fueran, y con «los demás» me refería a mis padres, Melanie y la niña. Cristina ni siquiera se había atrevido a mirarme a los ojos; me esquivaba la mirada, seguramente por el terror que le provocó presenciar cómo casi le arrebato la vida a su padre.
Debió de quedarle algún trauma por mi culpa.
—…Vendremos a verte por la noche— decía Melanie mientras recogía sus cosas. Tenía una cara que dejaba ver su alivio al ver los buenos avances de Travis —La niña quería verte a toda costa; tuvimos que mover cielo y tierra para que la dejaran pasar.
—¿Vas a estar bien, papi?— le preguntó la pequeña a Travis desde el borde de la camilla.
Mi hermano le dedicó una sonrisa de medio lado, haciendo un esfuerzo por ocultar el malestar.
—Ya lo estoy, princesa— le aseguró con voz suave —Muy pronto estaré de vuelta en casa, ¿vale? Mientras tanto, pórtate bien, haz todos tus deberes del cole y da lo mejor de ti en las clases de ballet.
La niña asintió varias veces y se frotó un ojo con el puño, dejando en evidencia su cansancio.
Se despidieron de Travis y, antes de cruzar la puerta, mi madre me lanzó una mirada que dejaba muy claro su enfado y la decepción que sentía. Ya me había echado el sermón de mi vida en el pasillo y, de mi padre, ni hablemos; a estas alturas sentía que ambos me aborrecían.
Se notaba a leguas que no les hacía ninguna gracia dejar a Travis a solas conmigo por miedo a que le hiciera algo peor, pero mi hermano rompió la tensión burlándose y diciendo que, en mi estado actual, yo no podría contra él ni de coña. El chiste solo le hizo gracia a él; a los demás solo les sirvió para preocuparse todavía más. Los sedantes lo tenían un poco suelto de lengua.
—Ay, mierda…— suspiró Travis en cuanto la puerta se cerró, dejando caer la cabeza contra la almohada mientras clavaba la vista en el techo —Cómo detesto los hospitales, maldita sea— gruñó, y luego giró el rostro hacia mí —Y todo por tu culpa, idiota.
No había rencor en su voz y, si lo había, no lo percibí; era solo su forma de digerir el desastre.
Tragué saliva.
—Travis, yo…— comencé a decir, pero la garganta se me cerró. Me pasé una mano por el rostro, intentando reunir el valor para sostenerle la mirada —Quería pedirte perdón. Por el disparo…
Mierda, era la primera vez en la vida que le pedía disculpas por algo a mi hermano. Se sentía extraño, me costaba un trabajo enorme articular las palabras, y a eso había que sumarle el pesado mazo que no paraba de golpear dentro de mi cabeza. Todo me frustraba aún más.
—No hay justificación para lo que te hice.
Travis dejó escapar una pequeña risa que terminó en una mueca de dolor al resentir la herida del torso, pero su mirada se mantuvo tranquila, sin un solo gramo de resentimiento hacia mí.
—Olvídate de eso, Tom— respondió en un hilo de voz firme —Sé perfectamente que no eras tú… Aunque hay que admitir que estás completamente demente, ¿eh?
Hice un intento de respirar profundamente para aplacar el latido en mis oídos, pero sentí un hilo tibio deslizándose rápidamente desde mi fosa nasal izquierda hacia el labio superior. Pasé el dorso de la mano para limpiarme y vi la mancha roja y densa sobre la piel. Me irrité.
—Ahg, mierda…— gruñí entre dientes.
—Oye… te está sangrando la nariz— advirtió Travis, entornando los ojos con aprensión al ver la gota caer sobre mi barbilla.
—Es por el maldito esfuerzo— murmuré, inclinándome hacia delante y cogiendo un pañuelo de la mesa de centro frente al sofá para presionármelo con rabia contra las fosas nasales —Me resulta casi imposible mantener el control sobre mí mismo. Bloquear esos impulsos me exige tanta energía que el cuerpo me está pasando factura… Termino con la cabeza a punto de estallar y sangrando como si me hubieran dado un puñetazo.
Nos quedamos unos segundos en silencio. Me quedé observando la mancha carmesí en el pañuelo mientras el cabreo volvía a acumularse en mi pecho.
Detestaba cuando esto pasaba.
—Recuerdo lo que me dijiste hace días… sobre la brujería— continué con la voz tirante por la tensión —Si de verdad hay algún trabajo o alguna mierda negra detrás de cómo estoy actuando, necesito buscar la manera de destruirlo ya. Necesito dar con alguien que me saque esto de encima porque no voy a aguantar mucho más así.
—¿Ha pasado algo más mientras estuve sedado o qué?— inquirió Travis con prudencia, notando mi tono de voz urgente.
Apreté los dientes con tal fuerza que sentí el chasquido en la mandíbula. El recuerdo de la madrugada con Bill regresó de golpe a mi mente para clavárseme ahí, trayendo consigo la culpa que solo alimentaba el martilleo en mi cerebro.
—La noche en que me entró la locura y te disparé… Bill se quedó conmigo— confesé, sintiendo cómo la vergüenza y el remordimiento juntos me quemaban el rostro —Estaba totalmente desquiciado, pero de un momento a otro, mientras me duchaba, recuperé el control de mí mismo y, bueno… no te voy a dar detalles, pero ya te imaginarás…— Travis cerró los ojos y bufó, negando con la cabeza. Ya se hacía una idea —Lo humillé de la peor forma posible cuando… ya sabes, después de que estuvimos juntos. Lo traté con desprecio, fue asqueroso, fue despreciable todo lo que salió de mi boca porque perdí el control.
Yo quería darle mimos a mi nene, para que dejase esa idea tonta de que su Tom estaba muerto. ¡Si yo estaba más que vivito y con ganas de tenerlo en mi vida! Solo que preso en mi propia mente, con algo que me mantenía atado y que aquella noche en que lo hice mío, lo cual fue maravilloso, buenísimo e intenso, me dejó salir.
Hubiese sido genial si Klaus no se hubiese interpuesto entre mis geniales planes para hacerle olvidar a mi moreno tomarse la pastilla del día después, para dejarlo preñadito otra vez.
Cruzaba los dedos para que se le hubiese olvidado de verdad.
Un bebé unía familias, lo había leído en alguna parte.
No recordaba dónde, pero sabía que sí porque estaba grabado en mi memoria. Pero bah, Klaus me lo impidió. Pensé que odiaba a Brian con todo mi ser, pero es que esta otra personalidad mía le estaba llegando a la par con el odio que le tenía por todo lo que había hecho usando mi boca, mi voz, mi cuerpo… Ahg.
No le encontraba otra explicación. Sonaba a una puta locura, pero, en serio, Klaus y yo no éramos lo mismo.
Mi hermano me miró en silencio, compadeciéndose del infierno que llevaba yo por dentro.
—Con todo lo que ha pasado entre los dos y la basura que le dije esa noche…— murmuré en un hilo de voz quebrantado, enterrando los dedos entre mi cabello mientras las lágrimas de pura rabia me escocían los ojos —… sé que voy a tener que hacer verdaderos milagros si algún día pretendo recuperarlo.
Y si tenía que volar para conseguirlo, lo haría.
—Sabes que no hay ninguna posibilidad, ¿verdad?— inquirió él, haciendo un esfuerzo por acomodarse en la camilla hasta quedar semisentado. Lo miré mal al instante. Mi hermano bufó —Ya le has hecho demasiado daño, Tom. Dudo mucho que él quiera volver a estar cerca de ti.
Fruncí el ceño de inmediato.
—Él va a estar conmigo, así tenga que obligarlo, Travis— espeté, sintiendo el impulso bullir bajo mi piel —Él no va a estar haciendo lo que le dé la gana, ¿qué es eso de que tiene una relación con el imbécil de la DEA? Es una estupidez. Él no es de nadie, solo mío.
—Estás demente— soltó mi hermano con una voz que mezclaba la rabia y la incredulidad a la vez, negando otra vez con la cabeza —No puedes obligar a Willem a nada, ni siquiera a estar contigo, Tom.
—¿Quién dice que no?— indagué con recelo —Claro que puedo y lo haré.
Él puso los ojos en blanco, exhausto.
—Escúchame, las cosas entre vosotros están rotas, pulverizadas, hechas mierda— me recordó con obviedad en la voz, articulando incluso con las manos, como si yo no tuviera esa maldita certeza clavada en la cabeza a cada segundo, al menos cuando lograba recuperar la cordura —Tienes que pensar con coherencia por una vez, Tom, empatizar con él y entender de una puta vez que lo que teníais se acabó. No le hagas más daño…
¿Hacerle más daño?
Negué con la cabeza rotundamente, apretando los puños.
—Nada de eso. En cuanto me recupere, voy a…— apreté los dientes al sentir una repentina oleada de sofoco recorrerme el cuerpo, torcí un poco el cuello para hacerlo crujir ligeramente y suspiré —Haré lo que tenga que hacer para que me perdone y vuelva a mi lado. Yo sin él no puedo vivir…
—Lo hiciste durante diez años…
—Una cosa, Travis, es vivir con la idea de que está muerto y que no lo volveré a ver jamás. Y otra muy distinta es saber que está vivo, que tenemos un hijo y que está con alguien más. Que me odia y me desprecia, que no quiere nada conmigo— aclaré —¿Tienes idea de lo feo que es ver al amor de tu vida con otro, eh? ¿Que otro esté criando a mi hijo? ¿Que otro tenga las oportunidades con ambos que no puedo tener yo porque mi moreno no me deja?
—Tom…— Travis gimió en señal de queja —No hay nada que puedas hacer. ¿Crees que Bill te va a creer si le dices que no eras tú todo este tiempo quien hizo las cosas mal, sino otra cosa, mmm?
—No— respondí —Sé que no me creerá.
—¿Lo ves? No te queda otra más que resignarte a cualquier cosa que tenga que ver con vuestra relación— decía como si nada, como si fuese muy fácil —Ahora, con respecto a mi sobrino, que, por cierto, es una lindura… sí debéis hablar y acordar algo.
Sí, bueno, siempre me había pasado los consejos de Travis por el culo y aquella vez no sería la excepción.
Y con el tema de mi hijo, al que apenas había podido ver un par de veces y tener en brazos una sola vez… sí debía buscar la manera de que Bill me lo dejara. Él no podía prohibírmelo, yo también tenía derecho, debía hacerme cargo.
—Por tu cara sé que no piensas tener en cuenta lo de dejar a Bill en paz.
—Siempre tan inteligente, hermanito— bromeé sarcásticamente —Tú no cambias, porque, claro, solo a mí me hacen brujería. ¡Qué genial! Pero al menos ahora no soy solo yo quien sufre, ahora tú también.
—Oh, vamos, no puedes ser tan idiota— reprochó él en broma.
—¿Qué? Yo necesito estar con Bill. Sin Bill no funciono, Travis, no sirvo— precisé —Soy como la vida de un pobre, o sea, un miserable. No soy nadie; incluso la mierda tendría más importancia que yo sin mi moreno, ¿ya? Lo necesito conmigo y, si no lo consigo por las buenas… me las arreglaré para conseguirlo por las malas.
—Eso es lo que me preocupa— murmuró mi hermano, relamiéndose los labios —Sé que eres capaz.
Guardé silencio un momento, sintiendo la opresión en el pecho.
—¿Me creerías si te digo que hay algo más tomando el control de mis pensamientos?— le pregunté de pronto —Si te digo que, cuando pierdo el control, acabo encerrado dentro de mi propia mente… ¿sonaría a una locura de remate?
—Sonaría descabellado, sí… pero, viendo tus cambios de actitud tan drásticos, casi rozando la bipolaridad…— admitió Travis, dando un par de asentimientos pausados —, te creo. Te voy a ayudar a salir de esta mierda.
—Creo que no será necesario, Travis— musité, bajando la mirada al suelo —Últimamente he logrado mantenerme al mando a pesar de lo difícil que es. Solo necesito algo de ayuda espiritual… qué sé yo. Algo para erradicar a lo que sea que toma el control cuando me desplazo. Soy consciente de todo lo que esa cosa hace y dice, pero me resulta imposible detener sus acciones.
—Ya. ¿Y qué clase de ayuda espiritual piensas buscar para que lo mates de nuevo?
Puse los ojos en blanco.
—Iré a ver a alguien— murmuré —Pero no creo que sea hoy. Me siento jodidamente débil.
Busqué otro pañuelo limpio y me lo presioné contra la nariz cuando el anterior terminó completamente empapado de sangre.
—Entonces ve a descansar— me recomendó Travis, observando el pañuelo ensangrentado con preocupación —¿Te sangra la nariz muy a menudo?
Asentí despacio dos veces.
—Es como si sobrepasara el tiempo límite que tengo para mantener el control sobre mí mismo y entonces ocurre— admití. Ni siquiera yo alcanzaba a comprender la lógica de ese castigo —Lo raro es que… cuando estuve con Bill, fue como si esa fuerza me dejara completamente libre por un momento.
Era otra incógnita que me devoraba la mente, el porqué de ese paréntesis.
—Ya obtendrás respuestas a eso después. Ahora vete a descansar, porque la nariz te está sangrando cada vez más— insistió, dejándose caer de nuevo sobre la almohada —Le voy a contar a mi madre lo de esto, ¿vale?
Maldición, tenía que ser el chismoso de Travis.
—¡¿Qué?! ¡No!— exclamé de golpe, poniéndome de pie con brusquedad —Sabes que nuestra madre me tomará por loco y me meterá en un psiquiátrico, Travis.
—¿Le tienes miedo a las batas blancas o qué?— se burló él.
—Vete a la mierda— solté, lanzándole una mirada furiosa que lo hizo reírse más y, a la vez, doblarse de dolor por ello —Ya me voy. Nos vemos después, ¿eh?— me puse de pie y me encaminé hacia la salida.
—¡Cuídate, rata sucia!— me gritó cuando acabé de cerrar la puerta de la habitación al salir.
Sonreí apenas un poco y me sentí mareado.
Quizás podría aguantar un poco más y ver a mi moreno, a mi hijo… quizás podría. Sí.
.
BILL
—No sé cómo se lo vaya a tomar mi madre cuando lo sepa…— murmuré, manteniendo la vista fija en mi padre.
Estábamos sentados frente a frente en los sofás de la sala privada. Él me miraba con una mezcla pura de felicidad e incredulidad que le iluminaba el rostro, y yo me sentía exactamente igual. Sin embargo, detrás de la calidez de nuestro reencuentro estaba lo frío de la realidad que, literalmente, amenazaba con empañarlo todo.
—Sé que va a querer estar conmigo, pasar tiempo juntos recuperando el tiempo perdido, y simplemente no puedo permitirlo— dije y luego suspiré —Mi vida ahora está más llena de peligro que nunca, y mucho más siendo un agente federal de la DEA.
—Si quieres, podemos esperar un poco más— me sugirió él con voz serena —O podemos intentar explicárselo juntos, con calma, cariño.
Llevábamos horas hablando. Había perdido por completo la noción del tiempo entre aquellas cuatro paredes, pero sabía que había sido una eternidad. Y no me importaba en absoluto; sentía que todavía me faltaban mil cosas por decirle, doce años enteros de vacíos que llenar.
Negué con la cabeza, dejando escapar una pequeña sonrisa resignada que apenas me curvó los labios.
—Mi madre no va a hacerme caso, ni a ti ni a mí, por mucho que le expliquemos la gravedad de la situación— comenté en un tono pausado —Recuerdo perfectamente lo terca que puede llegar a ser cuando se le mete algo en la cabeza.
—Y tú eres exactamente igual que ella— murmuró mi padre, logrando arrancarme una risa por ese hecho. Tenía toda la razón.
A esas alturas de la tarde, él ya lo sabía prácticamente todo. Le había contado cada detalle de lo que viví desde el instante en que desperté de aquel trágico accidente hasta el día de hoy, la reconstrucción de mi vida, mi entrenamiento, la memoria perdida y la fría realidad de mi trabajo. Lo único que me había guardado celosamente en el pecho era la historia con Tom. No hacía falta sacar a relucir fracasos en una conversación que debía ser bonita, ¿verdad?
—Creo que debes ir preparándola tú primero, papá— le pedí con voz suave, entrelazando los dedos sobre las rodillas —Prepararla para la noticia de que estoy vivo… Aunque, siendo francos, seguramente no hará mucha falta; ella ya debe de habérselo más que asumido después de haberme visto por la calle. Si hasta te puso a contratar investigadores…
Mi padre me observó en silencio durante un par de segundos. Tenía esa mirada analítica de siempre, la de un padre que conoce a su hijo a través de los ojos. Me estaba evaluando bastante bien.
—¿Qué es lo que realmente te preocupa, cariño?— me preguntó, leyendo la inquietud que intentaba disfrazar.
Bajé la mirada al suelo, sintiendo el mismo peso de siempre asentándose en mi pecho.
—No sé… Realmente no sé si es solo este miedo a que os hagan daño por mi culpa— murmuré cabizbajo —Intenté mantenerme oculto todo este tiempo precisamente por eso, porque no quería involucraros en la porquería que es mi vida ahora. Pero la vida parece empeñada en jugarme pasadas de zorra astuta…— mascullé entre dientes, sacándole un suspiro entrecortado y una ligera risa a mi papá. Levanté la cara para mirarlo directamente —Papá, de verdad… yo no soportaría que os pasara nada por mi culpa.
—No deberías cargar con esa preocupación, Billie. Sabemos cuidarnos.
—Sí debo, porque si algo os ocurre, la responsabilidad será enteramente mía— gimoteé con la voz apretada por la angustia —Vais a tener que ir con escoltas a todas partes a partir de hoy. Ya he buscado a los mejores hombres de mi entera confianza y les he asignado la tarea de cuidar de vosotros día y noche. Y vais a tener que aceptarlo, papá. Sé que cuentas con tu propio equipo de seguridad privada, pero yo solo voy a estar tranquilo si las personas que os cubren las espaldas salen directamente de la DEA, ¿vale?
Mi padre me sonrió con ternura, cediendo sin poner un solo pero.
—Está bien, Billie. No te azores ni te angusties— me pidió con un tono cálido y reconfortante en su voz —Todo se hará exactamente como tú lo veas mejor.
Solté un largo suspiro de alivio, sintiendo cómo se me desinflaba la tensión de los hombros.
—Qué bueno. Sabía que hablando contigo primero conseguiría que lo entendieras. Pero no sé cómo manejarlo con mi madre… Quizás si planeamos vernos en sitios neutrales, completamente alejados de cualquier mirada curiosa… Eso también sería ideal, porque lo último que quiero es que esos infelices tengan a mi hijo en el punto de mira…
—¿Hijo?— interrumpió mi padre de golpe, alzando ambas cejas en un gesto de absoluta sorpresa.
Mierda. Se me había escapado. En medio de toda la conversación, olvidé por completo mencionarle lo más importante.
—Sí…— dije, sintiendo que los nervios me erizaban la piel de nuevo —Mi bebito… se llama Tyler.
—¿Por qué no me habías contado esto antes?— preguntó. Su rostro y sus ojos volvieron a iluminarse con esa chispa de ilusión desbordante —Tengo un nieto… ¡Tengo un nieto y me lo estás diciendo ahora!
Me reí despacio, rascándome la nuca con cierta timidez.
—Se me pasó entre tanta cosa, lo siento…
—¿Y con quién?— preguntó de inmediato, con la curiosidad encendida —¿Quién es el padre? Porque debes de tener pareja actualmente aunque no me haz mencionado a una.
—Actualmente sí tengo pareja, es Alex— mencioné de pasada. Mi padre volvió a arquear las cejas con claro asombro al procesar que se trataba del mismo director de la DEA que lo había llevado hasta allí —Pero él no es el padre biológico de mi hijo…— tragué saliva con dificultad, sintiendo un nudo seco en la garganta —Papá, tu hijo no aprende de sus errores…— me burlé con amargura —Su padre es… Tom…
El rostro de mi padre cambió drásticamente.
—¿Qué?
—Ajá.
—¿Tom?— repitió, frunciendo el ceño severamente y a medias —¿Él sabía que tú estabas vivo y nunca dijo una sola palabra cuando se enteró?
—Era lo mejor para todos en aquel momento, papá.
Él bufó, soltando un aire pesado por la nariz, claramente inconforme.
—¿Y cómo es que tenéis un hijo juntos pero no estáis juntos?— me cuestionó, buscando una lógica que, claramente, no existía.
—Porque cuando nos reencontramos pasaron demasiadas cosas— expliqué, sintiendo cómo el estómago se me revolvía —Creí que todo estaría bien cuando recuperé la memoria, pero no fue así…— apreté los puños sobre mis muslos al recordarlo —Se le dio por ponerse de idiota y traerse a una brasileña; me fue infiel con ella.
La expresión de mi padre era un poema.
—Yo tenía que viajar a Estados Unidos por asuntos de mi trabajo, discutimos un par de veces, tuve que sacar a un amigo de la cárcel y, cuando regresé…— resoplé con disgusto —me salió con la gracia de que se la había follado, terminamos. Y bueno… meses después me enteré de que estaba en embarazo de Tyler. Ni siquiera tuve malestares al principio, así que no tenía forma de adivinarlo…
—Oh…— mi padre dejó escapar un jadeo corto, visiblemente consternado por lo que acababa de contarle.
—Igual ese tema ya no importa, no quiero hablar de él ni de nada que tenga que ver con su existencia— espeté con frialdad, haciendo un gesto despectivo con la mano en el aire para cortar el asunto de raíz —Lo que verdaderamente me importa es que mi mamá te crea, que ambos conozcáis a mi hijo, que Tyler sepa que vosotros también sois sus abuelos y que podáis pasar tiempo de calidad con él. Yo dentro de unos meses tengo que regresar a Estados Unidos.
—¿Por qué tan pronto?— preguntó papá, detectando el peso en mi voz.
—Porque tengo pendiente un operativo grande y arriesgado en la selva de Colombia— contesté, dejando escapar un suspiro lleno de incertidumbre —Del que espero salir vivo…— murmuré para mis adentros, casi en un hilo de voz, antes de retomar el hilo de la conversación —¿Cuándo crees que podremos contárselo todo a mi madre?
—Cuanto antes lo sepa, mucho mejor para todos— asintió él con firmeza.
Estuve completamente de acuerdo con eso.
—Vale, papá… ¿Qué tal si lo hacemos mañana?
—¿Mañana mismo? ¿Estás completamente seguro, Billie?
—Sí. Tú mismo lo has dicho: «cuanto antes, mejor»— sonreí, sintiendo una mezcla electrizante de emociones que se me desbordaban y también la ansiedad recorriéndome las venas de nuevo —Así que ve a prepararla mentalmente esta noche. Yo haré exactamente lo mismo por mi lado.
La charla con mi padre se alargó un rato más, hasta que, con pesar, tuvimos que despedirnos. Alex se encargó personalmente de coordinar su regreso seguro a la empresa, dejándolo bajo la estricta custodia de nuestros protocolos de escolta. Me sentía notablemente más ligero después del encuentro. La calidez de haberlo tenido delante todavía me reconfortaba el pecho; había sido un momento emocionante, bonito y profundamente sanador.
Sin embargo, en el fondo, esa pequeña espina de angustia me pinchaba las entrañas. Solo esperaba que aquel acercamiento no atrajera desgracias; no soportaría jamás que algo les pasara a mis padres por mi culpa. El miedo a exponerlos me impulsaba a acelerar la asignación de los mejores agentes de la DEA para proteger cada uno de sus pasos.
Me despedí de Alex antes de marcharme, ya que él aún debía quedarse para continuar con el trabajo operativo. Yo, en cambio, busqué las llaves del coche en el bolsillo de mi pantalón y salí a conducir para desestresarme un poco. Estuve dando vueltas por las calles de Berlín bastante pensativo, intentando que el aire me enfriara las ideas, pero estaba claro que la calma no duraría mucho.
Bueno, nunca la hubo.
Cuando finalmente llegué a casa, me percaté de un vehículo aparcado al otro extremo de la carretera; era una imponente Cadillac Escalade negra.
Quise ignorarlo y convencerme de que era un coche cualquiera, hasta que apagué el motor, me bajé del coche y, acto seguido, vi salir a Tom de la otra camioneta.
Cerré la puerta de mi coche de un portazo en cuanto mis ojos lo enfocaron. El simple hecho de verlo me generó un latigazo instantáneo de rabia, descontento y un profundo asco. Lo miré con todo el desagrado que podía acumular en el pecho al tenerlo de frente otra vez. Le di la espalda sin pensármelo dos veces y comencé a caminar a pasos apresurados hacia la entrada de la casa. Pero él corrió hacia mí hasta quedar pisándome los talones, literalmente.
—Bill…— me llamó con la voz algo entrecortada y agitada.
—Lárgate— espeté sin frenar el paso.
Obviamente, no conté con que él estiraría la mano y me agarraría fuertemente del brazo, haciendo que me girara bruscamente en contra de mi voluntad. Apreté los labios en una mueca de puro rechazo y me solté de un tirón violento de su agarre. Sentir el contacto directo de su piel contra la mía me hizo estremecer, y no de gusto.
—Te he dicho que te largues, imbécil— mascullé con la garganta apretada por el cabreo —¿Aparte de idiota, estás sordo?
Él dejó escapar un suspiro pesado, abatido.
—Bill… solo quiero ver al niño, nene.— me dijo con un tono de voz agotado, casi suplicante.
Fue en ese instante cuando me percaté de que llevaba un pañuelo arrugado apretujado en la mano derecha, y la punta de la nariz lucía ligeramente rojiza. No me importó lo más mínimo.
—Pues vas a tener que seguir queriéndolo— aseveré con sorna, sin perder ni un miligramo de la impaciencia que me devoraba en esos momentos. Quería alejarme de él, verlo me generaba sentimientos negativos y eso no le hacía bien a mi rostro. Pasar enojos sacaba arrugas. —No lo vas a ver ni ahora ni nunca. Mi hijo es solo mío. ¿Tú quién eres, eh?
Tom se relamió los labios secos. Abrió la boca para intentar articular alguna palabra, pero no le salió absolutamente nada por más que lo intentaba. Su mirada titubeaba de manera extraña, yendo de mis ojos a cualquier punto azaroso del entorno. Estaba… ¿nervioso? Y se le veía sudoroso; su piel estaba pintada de una palidez rara, cubriéndole incluso el rostro.
—Mira, yo…— comenzó a decir con la voz ligeramente jadeante —No tengo cómo pedirte disculpas por lo que pasó.
Me crucé de brazos sobre el pecho y solté una risita irónica, amarga y entrecortada.
—A mí no me vengas con tus mierdas— lo detuve de golpe, cortándolo en seco —¿Te crees que voy a ser tan estúpido como para creerte una sola palabra de lo que digas después de cómo me trataste y de todo lo que me dijiste en tu maldito apartamento?— interrogué, totalmente incrédulo —No seas cabrón, Tom. Vuélvete por donde viniste y rompe cualquier conexión que tu cabeza haga con las palabras «Tyler» y «hijo». Mi bebé no es nada tuyo.
—Tú no me vas a entender y mucho menos me vas a creer si te lo cuento, Bill— mencionó con un tono cansino, derrotado —Lo sé porque te conozco. Si te doy una explicación real del porqué pasó lo que pasó después de…
—Cállate— siseé entre dientes, dando un paso al frente —Cierra esa maldita boca, no te quiero oír.
Me di la vuelta decidido a seguir mi camino hacia la puerta, pero él volvió a estirar la mano y me sujetó del brazo por segunda vez.
—Lo siento, Billie… en serio— murmuró con la voz quebrada —Todo eso pasó sin que yo tuviese el control… lo lamento tanto.
Me zafé bruscamente de nuevo y, con la misma mano que liberé de su agarre, la levanté con rabia y la estampé de lleno contra su mejilla. El sonido seco del impacto se escuchó bastante. La bofetada que le propiné fue tan fuerte y cargada de rabia que hasta la palma de mi propia mano me quedó ardiendo.
—¿Cómo te atreves?— refunfuñé con el ceño fruncido al máximo y la respiración completamente alterada —¿Cómo te atreves a venir hasta aquí a decirme todo esto, eh? ¿Cómo puedes tener los huevos, Tom, los putos cojones de plantarte frente a mí, pedirme ver al niño y luego pedirme disculpas por la mierda que hiciste?
Maldita sea, quería gritarle hasta desgarrarme la garganta, pero me estaba conteniendo como podía. Mi voz sonaba proyectada y dura, pero no lo suficiente como para considerarse un grito descontrolado; era un reproche furioso que denotaba la indignación que sentía. Tom apretó los labios en silencio, desviando la mirada hacia el suelo mientras el golpe se marcaba en su piel.
—¿No te ha quedado claro acaso? ¡No te creo ni una puta mierda!— exclamé esta vez sin frenos, liberando el grito —¡Me tienes harto! ¡Siempre haces lo mismo! ¿Quién crees que soy, eh?— alcé ambas manos y las estampé con fuerza contra su pecho, empujándolo hacia atrás para marcar distancia —¡Me hiciste sentir horrible, maldito idiota! ¿Piensas que puedes arreglar todo lo que me has hecho y dicho con solo poner tu mejor cara de perro arrepentido? ¡Vete a la mierda, Tom!
—Esta situación se me está escapando de las manos, Bill…— dijo él, respirando con dificultad.
—¡No me…!— apreté los labios con fuerza para no perder los estribos por completo, obligándome a respirar. Me relamí los labios y no dejé de clavarle la mirada llena de rabia —No me tomes por idiota— completé la oración con la voz tensa y vibrante —Me sentí usado, desgraciado. Me sentí la persona más estúpida del mundo por pensar, aunque fuera por un segundo, en…— tomé una bocanada de aire helado y parpadeé rápido para espantar las lágrimas de coraje que comenzaban a agolparse en mis ojos —Eres la peor rata que puede haber en este mundo. Mira que aprovecharte de lo que sentía por ti para llevarme a la cama…
Negué con la cabeza, consumido por la decepción que me calaba hasta los huesos. Veía al hombre parado frente a mí y simplemente no podía evitar preguntarme en qué momento se había vuelto así, qué clase de monstruo lo había habitado. Y esa sola pregunta me llenaba de frustración, de tristeza, de una melancolía amarga y de una rabia descomunal. De mucho odio.
—Que ya no me ames está bien— continué diciéndole, sintiendo el nudo apretarse en mi garganta —¡Y mírame a la puta cara cuando te esté hablando, pendejo!
Él, al instante, levantó la vista lentamente hasta posarla en mí, dejando ver la tormenta en sus ojos. Di un paso adelante, acortando la distancia para encararlo de frente.
—Que ya no me quieras como solías hacerlo antes está súper…— mi voz comenzó a quebrarse traicioneramente —… pero mentirme y aprovecharte de que yo aún lo hacía para que cediera a tener intimidad contigo… te hace la persona más cruel que pueda haber en este maldito mundo.
Su maldita expresión de abatimiento me daba más rabia todavía, porque se veía genuinamente arrepentido y no tenía ningún derecho a verse así. ¡Me había tratado de las patadas, me había pisoteado el corazón y el alma misma! ¡No podía simplemente venir a mi puerta y actuar como si su remordimiento fuera a borrar la porquería que me hizo vivir y sentir!
—Me has llevado a odiarte— sentía los ojos ardiéndome, inundados en lágrimas pesadas y calientes que luchaban por brotar por mis mejillas —Tú me has hecho esto a mí, Tom… Me has obligado a contaminar un sentimiento tan puro y bonito con algo tan asqueroso como el odio y el desprecio. ¡Tú provocaste que te aborrezca como a nadie en esta vida!
—Bill, si tan solo me escucharas…
—¡Tan solo nada!— le corté con violencia, sin dejarlo respirar —Me has envenenado por completo…— solté en un hilo de voz ahogado —Te odio como no tienes una puta idea, me das asco, no te soporto— siseé entre dientes, apretando la mandíbula —Si lo único que querías era follar, me lo hubieses dicho a la cara. No tenías por qué hacerme creer que había una pequeña esperanza para los dos— musité, sorbiéndome la nariz segundos después para no quebrarme del todo —Pero claro, eres una basura, estás podrido de la cabeza y ya no te quedan sentimientos. Tus disculpas me las paso por los huevos, y que te quede bien claro que si antes no tenías la menor oportunidad de ver al niño, mucho menos la tendrás ahora. ¿Qué mierda te hace pensar que sí?
Él tragó saliva en seco, con la garganta visiblemente contraída.
—Es mi hijo— fue la respuesta más estúpida y vacía que pudo darme.
—Tú no eres nada de él— le solté con frialdad.
—Entiendo que me odies, Bill. Me lo merezco, créeme…— levantó despacio la mano que apretujaba el pañuelo y se la presionó con fuerza contra la nariz durante unos segundos; poco a poco, ese pañuelo se fue tiñendo de rojo. Pero, nuevamente, no le di importancia a eso —Soy consciente de todo lo feo que te dije esa noche y no sabes cuánto me está matando eso por dentro ahora, porque me siento culpable hasta la médula… a pesar de que no fui yo.
Y dale con la misma estúpida cantaleta. ¿Es que acaso no le quedaban excusas más ridículas para justificar su basura?
—Sabré remediarlo, pero justo ahora no tengo tiempo, yo…
—Vete. A. La. Mierda— siseé, enmarcando cada palabra con desprecio, uno que resultaba bastante abrumador —No necesito tus disculpas, no te creo absolutamente nada así que no te molestes en «remediarlo». Te puedes ver todo lo arrepentido que quieras, puedes arrodillarte sobre brasas ardiendo frente a mí y, aun así… no te creería ni una sola palabra— el paso que había dado hacia adelante momentos antes para encararlo, lo di hacia atrás, alejándome de golpe porque su sola presencia me estaba agobiando hasta el sofoco —Olvídate de Tyler, olvídate de mí, y vete a continuar tu miserable vida con la perra con la que me engañaste.
Tom no dijo nada más. Pude notar cómo sus ojos se anegaban en lágrimas traicioneras y cómo apretaba los puños a los costados con impotencia, tal vez lleno de rabia hacia sí mismo o hacia mí. No lo sabía y me importaba un carajo. Me giré sobre mis talones; al no poder contener más el llanto, las lágrimas comenzaron a rodarme lentas y espesas por las mejillas, pero me las limpié con violencia usando el dorso de la mano. Justo cuando di los primeros pasos hacia la puerta, su voz me alcanzó:
—Morenito, yo te amo…— expresó el muy mentiroso, sonando bastante sincero. Pero yo sabía que eso no era verdad y… era lo que más me cabreaba.
¿Por qué tenía que mentirme? Si no había nada, ¿qué más se podía hacer? No tenía por qué fingir que aún sentía algo por mí, era estúpido.
Quise reírme con fuerza, pero la carcajada se me ahogó en la garganta. En mis labios solo se instaló una mueca amarga, desprovista de cualquier atisbo de calidez. Me detuve en seco y apenas ladeé la cabeza, mirándolo por el rabillo del ojo sobre mi hombro.
—Yo te amaba.
Fue todo lo que le respondí antes de retomar el paso y cruzar la entrada. Cerré la puerta de golpe lo más rápido que pude, previniendo que se le ocurriera seguirme e impedir que la cerrara como aquella otra vez. Apoyé la espalda contra la superficie fría de la misma y dejé escapar un largo suspiro, cerrando los ojos y apretando los párpados con fuerza.
No estaba llorando de tristeza; era pura rabia. Estaba hirviendo por dentro porque aborrecía a ese hombre, e indignado conmigo mismo por permitirme experimentar semejante sentimiento tan feo.
Lo que siempre había habitado en mi corazón para Tom era… amor. Un amor incondicional e inmenso. Pero ahora, ese sentimiento tan noble había sido contaminado, como un río de agua cristalina arruinado por toneladas de basura tóxica.
Lo odiaba demasiado, de verdad.
Este sentimiento amargo y desgastante se había instalado en lo más profundo de mi pecho. Y me daba rabia conmigo mismo por sentir odio, precisamente hacia el hombre que alguna vez amé. Pero, a la vez, me enfurecía el hecho de enfurecerme por odiarlo.
Porque, sencillamente, Tom se merecía todo mi desprecio desde el segundo exacto en que de su boca salieron las palabras confesándome su engaño. Sin embargo, en aquel momento no fui capaz de aborrecerlo; en su lugar, mi alma se llenó de una tristeza abismal, caí en la agonía y en una depresión horrible. Lloraba todos los días y todas las noches sin descanso porque el corazón se me partía en pedazos sin parar…
Pero ahora era diferente. Era como si hubiese llegado a mi límite biológico o lo hubiese rebasado por completo. Y lo odiaba de una manera que jamás creí experimentar… Yo… lo odiaba más que a Brian, más que a Natalie… Y eso no estaba bien. Claro que no.
¿Cómo carajos podía estar odiándolo a él más que a los propios asesinos de mis gemelos? ¿Más que a los infelices que me torturaron y me hicieron pasar un infierno en la Tierra cuando me secuestraron? ¿Cómo podía estar odiándolo con semejante saña y, al mismo tiempo, sentir en el fondo el fantasma atascado de lo que un día nos unió? Simplemente no podía comprender este maldito juego mental.
«No te sientas mal, se merece que lo odies», me repetía la voz dura de mi subconsciente. «Se merece conocer tu peor versión, porque a la buena la destruyó sin piedad».
—Dios…— bufé en la soledad del recibidor, sintiéndome completamente agotado.
«Guarda para ti tus ganas de llorar. Ya no se las regales».
No pensaba darle el gusto nunca más.
Continúa…
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