Fic de unicornlitz. Temporada III
Capítulo 23
El día siguiente llegó demasiado despacio. Al igual que la noche anterior, no pude dormir casi nada. Alex, a mi lado, descansaba tranquilamente después de haber vuelto completamente agotado de la sede.
Yo no pude descansar porque había algo rondándome por la cabeza, tenía una idea muy fija que no me daba tregua ni me dejaba pegar ojo… y era el hecho horriblemente espeluznante de que no recordaba haberme tomado la píldora anticonceptiva después de haber tenido intimidad con Tom.
Haciendo cuentas mentalmente en plena madrugada, llegué a la conclusión de que ya habían pasado casi setenta y dos horas desde aquel momento. Por más que exprimía mi memoria e intentaba recordar, a mi mente no venía ni el recuerdo más vago o lejano de haberme llevado una pastilla a la boca que no fuese una simple aspirina para calmar los dolores de cabeza.
Así que, en cuanto no pude aguantar más en la cama, me levanté en silencio y me encerré en el baño.
Terminé con las manos aferradas con fuerza al borde de mármol del lavabo. En una de ellas apretaba el blíster de anticonceptivos y tenía la cara empapada por la cantidad de agua fría que me había echado para espabilar el rostro y la mente. Respiraba con dificultad por la boca, casi hiperventilando, con la mirada clavada y aterrorizada en mi propio reflejo en el espejo.
Acababa de tragarme una de las pastillas. Tenía entendido que dentro del margen de las setenta y dos horas aún había tiempo para que hiciera efecto. Pero… yo no sabía si habían pasado una o dos horas de más. ¿Y si ya era demasiado tarde? ¿Y si no funcionaba? ¿Y si el medicamento no lograba cortar el proceso y yo acababa…?
—Oye, Billie…— escuché a Alex llamarme desde el otro lado de la puerta, después de dar un par de golpecitos suaves sobre la madera —Ya me tengo que ir. Recuerda que hoy verás a tu padre de nuevo… y a tu madre— añadió con ese tono cálido y comprensivo que siempre usaba —Te veo en la sede a las once, ¿sí?
Tragué saliva con dificultad, intentando deshacer el nudo que tenía en la garganta.
—S-sí… estaré ahí antes de esa hora— musité, incapaz de evitar que la voz me temblara ligeramente.
Hubo un breve silencio después de mis palabras.
—¿Te encuentras bien?— preguntó después de unos segundos. Quizás había notado la rareza y la inestabilidad de mi tono, por mucho que intenté sonar firme —Si no estás listo puedes esperar un poco más, no hay ninguna prisa y…
—No pasa nada, cielo— le respondí de inmediato. Era una mentira colosal, pero no podía permitir que Alex se preocupara ni que empezara a indagar en las verdaderas razones de mi estado de angustia —En serio, solo estoy un poco nervioso, pero estaré bien. Hablar con mi padre ayer me hizo sentir mucho mejor; hacerlo con mi madre hoy no será la excepción.
—Vale…— murmuró, muy poco convencido por mis palabras —Igualmente, no quiero que te sientas obligado a nada.
Cerré los ojos con fuerza y sentí mis labios temblar con muchísimo pánico.
—Bueno, me iré ya. Nos vemos luego, cariño— dijo finalmente.
No esperó una respuesta por mi parte; simplemente escuché sus pasos alejarse por el pasillo. Agradecí con el alma quedarme solo otra vez en el baño. Pronto se me llenaron los ojos de lágrimas. Tenía miedo, sentía el pánico devorándome por dentro. Rogaba en silencio que no fuese demasiado tarde y que la píldora aún cumpliera su función. Yo no podía tener otro hijo de ese mal hombre. No podía. Y aunque existiera la opción de abortar… sabía perfectamente que no tendría la valentía ni el corazón para llevarlo a cabo.
Dios… por favor. Por favor.
La vida no podía llegar a ser tan extremadamente cruel conmigo, ¿verdad?
Salí del baño después de obligarme a darme una ducha rápida para relajar los músculos con el agua tibia. Una vez vestido, fui directo a la habitación de mi bebé. Eran apenas las ocho de la mañana y él comenzaba a desperezarse en su camita, acurrucado entre las mantas, tumbado de ladito con sus ojitos grandes recién abiertos. Estaba medio adormilado, lo noté por la forma lenta y tierna en la que abría y cerraba las pestañas.
—Buenos días, amor de mi vida— lo saludé en un susurro dulce mientras me acercaba a la cama.
Mi hijo me regaló una pequeña sonrisa somnolienta, arrugando los ojitos en el intento, lo que me derritió el pecho de pura ternura y me dio un respiro en medio del tormento —¿Cómo ha amanecido lo más lindo que tengo en esta vida, eh?
Quité una de las barras de seguridad para sentarme al borde de la cama. Mi niño, sin soltar sus mantitas, se arrastró hacia mí hasta acomodarse sobre mis piernas.
—Vamos a arreglarte para que vayas a ver a tu abuelita Charlotte mientras mami hace unas cositas, ¿sí?— me puse de pie, sosteniéndolo firmemente en mis brazos, y caminé de vuelta a mi habitación —Y luego vas a conocer a tus otros abuelitos, y pasarás tiempo con los cuatro. Y pronto volveremos a Estados Unidos a ver a Alfia…
Le iba contando absolutamente todo con voz mimosa mientras él se frotaba un ojito con su manita hecha un puño. Quizás no entendía del todo cada palabra que le decía, pero me escuchaba atento. Lo aseé con cuidado y lo vestí precioso, como siempre me gustaba tenerlo.
Cuando estuvo listo, bajamos a la primera planta. Sophia no estaba; la noche anterior me había comentado que saldría temprano para verse con su amiga Fernanda. Así que le preparé de comer a mi hijo, me obligué a tragar algo rápido de desayuno y salimos hacia la casa de la señora Charlotte.
Ella nos recibió con una sonrisa enorme y los brazos abiertos, ilusionada porque ya lo estaba esperando. Le tenía preparados varios regalos, según alcancé a escuchar mientras lo mimaba.
—…vendré a buscarlo en cuanto termine de resolver unos asuntos pendientes en la sede de la DEA, ¿vale?— le hice saber a mi exsuegra, esbozando una leve y agradecida sonrisa. Luego me lo pensé un segundo. No estaba seguro de cómo se tomaría las siguientes palabras que saldrían de mi boca, pero no tenía más remedio que dejar las cosas claras —Y… por favor, Charlotte… no quiero a Thomas cerca de mi bebé.
—No te preocupes por eso, cariño— respondió la señora Charlotte con una sonrisa resplandeciente, desviando la mirada de mi hijo hacia mí —Tom ha viajado de urgencia para visitar a alguien en Heidelberg. Según lo poco que me comentó antes de salir, era un asunto importante relacionado con unos temas de salud.
Arqueé una ceja, procesando esa información.
—Bueno… al menos estará lejos— murmuré para mis adentros —De todas formas, si por alguna razón llega a aparecerse por aquí, por favor…
No hizo falta que se lo repitiera. Para mi suerte, Charlotte se lo tomó con mucha serenidad y me aseguró con firmeza que Tom no estaría cerca del niño bajo ninguna circunstancia, devolviéndome la paz mental. Se lo agradecí de corazón; me generaba un enorme alivio saber que, de alguna manera, ella respaldaba mi postura. Tras asegurarme de que mi niño quedaba en las mejores manos posibles y despedirme de él con un beso tierno en la frente, salí de la propiedad y me retiré rumbo a la sede de la DEA.
.
OMNISCIENTE
—…Sencillamente no entiendo el motivo de todo este misterio— refunfuñaba Simone con el ceño marcadamente fruncido mientras cruzaba el umbral de su enorme residencia.
En la entrada del jardín principal estaba aparcado el elegante vehículo de Jörg y, junto a la puerta trasera, esperaba Baldrich con su habitual postura erguida y su rostro inexpresivo.
—Se suponía que hoy tenía mi sesión presencial en el grupo de apoyo. Y tú no has querido decirme desde anoche por qué no puedo asistir…
Jörg, que caminaba a su lado mientras se ajustaba la chaqueta, dejó escapar un leve suspiro. La realidad era que no había encontrado la manera adecuada de abordar el tema con su esposa. Él mismo todavía estaba asimilando el impacto emocional de haber tenido a su hijo frente a frente después de tantos años creyéndolo muerto, escuchando su voz y manteniendo una conversación real.
Por un lado, sentía rabia hacia las autoridades federales estadounidenses por haber hecho pasar a su hijo por muerto, ocultándolo bajo una falsa identidad y manteniéndolo atado a una condena penal que aún pesaba sobre su expediente… aunque dicha condena hubiese quedado en pausa gracias al acuerdo de cooperación muy estratégica que Willem pactó con la cúpula de la DEA. Que constaba en capturar a Brian, alias El Zar, a cambio de su libertad.
Pero, por otro lado, la felicidad lo embargaba al constatar que su hijo estaba con vida; que, tras haber sufrido aquel severo episodio de amnesia, finalmente había recuperado la memoria. Sabía también que Willem tenía una nueva pareja y que tenía un pequeño, quien vendría siendo su nieto.
No obstante, Jörg no podía ocultar cierto descontento interno. No se debía únicamente a que Thomas Trümper le hubiese ocultado que Willem estaba vivo durante todo ese tiempo, sino al hecho de que le hubiese sido infiel. Jörg conocía de sobra el sufrimiento de su hijo, sabía lo profundamente que Willem había amado a Tom y lo doloroso que, seguramente, le resultó atravesar ese proceso completamente solo.
Siempre consideró que Thomas no era el hombre indicado para Willem, por su vida, por el peligro que lo rodeaba. ¡Era un delincuente! Ningún padre querría a su hijo con una persona así, pero no le generaba ninguna satisfacción comprobar que sus sospechas iniciales eran acertadas. La estabilidad de su hijo había estado en juego. ¿Por qué Thomas, después de todo lo que habían atravesado, lo había traicionado con alguien más? Era un detalle que, por más vueltas que le daba, no terminaba de digerir.
Tendría que encararse con ese muchacho cara a cara en su momento, pero no ahora. En ese instante, su prioridad era atender las constantes quejas de su esposa mientras subían al vehículo.
—¿Al menos has investigado algo de lo que te comenté sobre lo sucedido en el parque?— insistió la mujer con angustia en la voz —Dime que tienes alguna pista, lo que sea… O deja de guardarte las cosas y dime adónde vamos exactamente, Jörg.
Su esposo giró la cabeza para mirarla con una leve sonrisa en los labios, contemplando la incertidumbre pintada en el rostro de su mujer.
—He encontrado algo infinitamente mejor que una simple pista— le dijo con tono sereno —Vamos de camino a la sede central de la DEA aquí, en Berlín.
Luego alzó la vista hacia el espejo retrovisor, encontrándose con la mirada interrogante de su chófer.
—A la división regional de la DEA— confirmó Baldrich en un murmullo, visiblemente desorientado. Sin embargo, tras recibir un firme asentimiento por parte de su jefe, prefirió no hacer preguntas. Encendió el motor y puso el coche en marcha.
Simone permanecía igual de desconcertada.
—¿Qué se nos ha perdido en las instalaciones de la DEA, Jörg?— preguntó en voz baja, apretando su bolso contra el regazo.
—Tenías razón, Simone…— fue la única respuesta que le ofreció su esposo.
A pesar de la cascada de interrogantes que se le agolpaban en la mente, Simone guardó silencio durante unos segundos, procesando el peso de esas dos palabras. No tardó mucho en comprender el verdadero significado detrás de la declaración de Jörg. Con los ojos colmados de una súbita esperanza, alzó la mirada buscando la confirmación visual de su marido, quien, sin necesidad de articular palabra alguna, le ratificó la verdad que ella ya intuía desde que vio a Willem en aquel parque.
Un ligero jadeo se le escapó de los labios. Una sonrisa temblorosa se dibujó en su rostro mientras las lágrimas comenzaban a anegar sus ojos lentamente.
—Por Dios…— soltó con la voz quebrada y suspendida de un hilo —¿Tú cómo…?
—El hombre que actualmente desempeña el cargo de Director Regional de la DEA fue a buscarme personalmente a las oficinas de KAA— comenzó a relatarle Jörg en voz baja —Me trasladó hasta la sede sin darme detalles previos…
—¿Lo viste?— interrumpió Simone de golpe, sintiendo cómo el corazón le martilleaba contra el pecho.
—Sí. Hablé con él— respondió Jörg, aún conmocionado por el recuerdo.
Simone ahogó un sollozo y tomó una profunda bocanada de aire. No había sido una ilusión óptica ni una jugada de su mente dolorida; su hijo estaba vivo. Su intuición de madre no le había fallado. Las noches en vela que había pasado desde aquel encuentro espontáneo en el parque encontraban finalmente su respuesta. Se llevó una mano al pecho, presionando con fuerza para contener la marea de emociones que amenazaba con desbordarla, sin que la sonrisa desapareciera un solo segundo de sus labios.
Mientras tanto, en la parte delantera, Baldrich escuchaba el intercambio en silencio. Tampoco necesitaba formular preguntas, pues la revelación no le resultaba del todo ajena. De alguna manera, él intuía el origen de semejante conmoción.
—Hemos llegado, señor— anunció el conductor mientras aparcaba el automóvil en la zona reservada del aparcamiento subterráneo —¿Desean que permanezca aquí a la espera?
—Sí, Baldrich, por favor…— alcanzó a responder Jörg, pero Simone intervino de inmediato, secándose las lágrimas de las mejillas.
—Ayer me comentabas que tu hijo está de regreso en el país debido a un traslado temporal— mencionó la mujer con amabilidad —¿No prefieres aprovechar el tiempo para estar con tu familia, Baldrich?
El chófer ofreció una sonrisa respetuosa.
—Por desgracia, a estas horas mi hijo se encuentra cumpliendo con sus deberes operativos, señora Kaulitz— explicó con tranquilidad —De modo que no tengo inconveniente alguno en esperarles el tiempo que sea necesario.
Simone le sonrió con calidez.
—Está bien.
—No tardaremos mucho— añadió Jörg antes de bajar del coche.
Le abrió la puerta a su esposa, rodeó su cintura con delicadeza para brindarle apoyo y cerró el vehículo. Mientras caminaban hacia la entrada principal del complejo de alta seguridad, Jörg tomó una bocanada de aire fresco.
—No tenía ni idea de que el hijo de Baldrich estuviera destinado en Berlín. La última vez que vi a ese muchacho tenía apenas dieciocho años.
—Tengo entendido que realizó sus estudios para integrarse en la estructura de la DEA estadounidense— murmuró Simone, observando los controles de seguridad perimetrales con cierta incomodidad —¿Por qué me siento tan… intranquila? Esta clase de instalaciones gubernamentales siempre me transmiten malas vibraciones…
—A ti casi cualquier edificio institucional o cualquier persona te transmite malas vibraciones— bromeó Jörg para aligerar la tensión.
—Sabes perfectamente que tiendo a percibir la carga del ambiente, aunque siempre me hayas tratado de exagerada— refunfuñó ella suavemente, antes de volver a concentrarse en lo importante —Dios… solo quiero verlo ya.
Con la confirmación de Jörg de que su hijo estaba con vida, la ansiedad por abrazarlo alcanzaba su punto máximo.
Un par de guardias armados les abrieron el acceso a las instalaciones. Ya en la zona de recepción, notificaron sus identidades. Tal como Alexander le había indicado a Jörg el día anterior, el personal de entrada ya contaba con el aviso correspondiente. La recepcionista verificó los datos en el sistema, les entregó los pases de visitante y les indicó el ascensor de alta velocidad hacia la planta de mando donde Willem los estaba esperando.
Al salir del ascensor en la planta de la alta dirección regional, Simone apretaba con fuerza el brazo de Jörg. Ella sentía que estaba viviendo un sueño, uno demasiado perfecto para ser real, y temía despertar y encontrarse con que su hijo… realmente ya no estaba.
Pasaron por el pasillo de paredes grises, con cristales blindados e iluminación blanca, y Alexander los esperaba al final del corredor, de pie junto a la puerta de una sala de reuniones privada.
—Señora y señor Wieger— saludó el Director de la DEA con una leve inclinación de cabeza, manteniendo ese porte que lo caracterizaba —Gracias por venir. Él les está esperando.
Simone ni siquiera pudo formular una palabra de cortesía. Su mirada implorante se fijó en la puerta de cristal oscura. Alex, comprendiendo al instante lo que ocurría, colocó la mano en el pomo y lo giró, haciéndose a un lado para dejarles pasar solo a ellos dos y guiarlos hasta donde se encontraba Bill.
En la amplia sala de conferencias de la tercera planta de la sede regional, Willem vestía de nuevo el uniforme oficial de la DEA, impecablemente estructurado. La placa dorada relucía sobre la tela oscura de su pecho, dándole una presencia impecable que denotaba su autoridad y temple. A pesar del cansancio acumulado y de la tormenta interna que llevaba a cuestas, su postura era erguida.
Junto al ventanal panorámico, un agente joven de la división de inteligencia lo escuchaba con fascinación. El muchacho apenas podía disimular el entusiasmo de estar compartiendo espacio operativo con Keller, el agente que había logrado desmantelar redes complejas y capturar a capos del calibre de Rodrigo Moratti.
Realmente, Benjamín Keller era de los mejores agentes que la DEA había tenido nunca.
—…Sinceramente, agente Keller, cuando revisé los expedientes desclasificados del operativo en el sur, no podía creer la precisión con la que ejecutó dicha contención— comentaba el joven agente con mucha admiración, manteniendo los brazos cruzados delante del pecho —Varios en la academia estudiamos la logística de sus interrogatorios. Es todo un honor estar trabajando dentro de la misma estructura que usted, aunque sea temporalmente…
Willem esbozó una media sonrisa educada, aunque algo distante. Asintió despacio.
—¿Sabes? La teoría de la academia ayuda, agente Jones, pero sobre el terreno, siendo sincero, lo único que te mantiene con vida es la capacidad de anticiparte al movimiento del otro— respondió con calma —La reputación no sirve de nada si pierdes la concentración durante un solo segundo.
—Por supuesto, agente Keller. Pero aun así, lo que usted ha conseguido en tan poco tiempo…
El muchacho se interrumpió al escuchar el sonido del ascensor privado abriéndose al fondo del corredor. Dos figuras avanzaron escoltadas por su superior, Alexander. Simone caminaba con pasos apresurados, sujetando con fuerza el brazo de Jörg porque no se lo había soltado ni un solo segundo. La mujer observaba cada puerta, cada pared de cristal, con el corazón en la garganta y los ojos anegados en una marea de lágrimas contenidas.
Al llegar a la entrada de la sala, Alexander se detuvo y les indicó que pasaran. Simone cruzó el umbral y su mirada recorrió el lugar hasta fijarse en la figura que esperaba de espaldas junto a otro muchacho.
Ambos llevaban la insignia federal, impecable, imponente… aunque, claro, sus ojos estaban puestos en la figura que le daba la espalda; su cabello negro estaba recogido en una coleta alta. Simone sabía que era él y casi se atragantaba con el propio aire que respiraba.
El joven agente no comprendía nada. Pensó en continuar la conversación, pero no era lo adecuado, y menos aún cuando su superior le indicó con un movimiento de cabeza que se retirara, así que miró a Willem.
—Si me permite, agente Keller… me retiro para que pueda atender sus asuntos— musitó el muchacho en voz baja antes de salir en silencio y cerrar la puerta tras de sí.
—Keller…— lo llamó Alex y Bill se dio la vuelta.
Lo que fue el choque de realidades se apoderó del espacio. Simone se quedó congelada a escasos metros de Willem, llevándose las manos al pecho en un gesto sofocado. Observar a su hijo vistiendo el uniforme y ostentando la autoridad de una agencia extranjera, tan diferente al muchacho que recordaba y, a la vez, tan dolorosamente igual, terminó por romper la última barrera de su contención.
Willem tomó una bocanada profunda de aire; por un instante, volvió a sentirse débil, dominado por la propia vulnerabilidad que le calaba los huesos. La sombra punzante de un posible embarazo no se había apartado de su mente ni un solo segundo. Hablar con aquel joven agente lo había distraído apenas un momento, pero la espiral de pensamientos invasivos siempre regresaba para ahogarlo.
Hizo un esfuerzo enorme por espantar el pánico de su pecho y centrar toda su atención en su madre, a quien finalmente tenía frente a él.
Willem le ofreció una sonrisa tenue, apenas dibujada en los labios.
—¿No vas a abrazarme, mami?— fue la pregunta que le formuló con la voz temblorosa al ver cómo la mujer permanecía inmóvil, petrificada como una estatua, contemplándolo como si estuviera frente a una aparición.
Dejó escapar un leve jadeo sin borrar la calidez de su rostro y abrió los brazos, ladeando un poco la cabeza. Simone reaccionó al instante. No iba a perder ni un segundo más intentando asimilar la milagrosa realidad que sus ojos estaban presenciando.
Dando un par de pasos frenéticos hacia Willem, lo envolvió con sus brazos con un agarre desesperado, y el llanto sofocado no se hizo esperar.
—Oh, mi bebé…— sollozaba la mujer, apretujando con fuerza a su hijo contra el pecho, como queriendo fundirlo con su propia piel —Mi niño precioso…— sus manos temblorosas acariciaban una y otra vez el cabello de Willem, quien dejó caer la frente sobre el hombro de su madre, sollozando en un murmullo bajo —No sabes lo terrible que fue atravesar todos estos años pensando que te había perdido, mi vida. Lo siento tanto… debimos cuidarte mejor, debimos protegerte…
—No es culpa vuestra, mami— murmuró Willem mientras se separaba apenas un par de centímetros. Sorbió por la nariz y le regaló una pequeña sonrisa reconfortante —Yo me lo busqué. Tomé decisiones equivocadas y…
—No, cariño.— Simone se negó de inmediato, cortando sus palabras con vehemencia —Si tan solo no te hubiésemos encerrado creyendo que eso solucionaría algo, o mandarte a ese internado en Australia… obligarte a separarte de aquel muchacho… Lo hicimos terriblemente mal al ejercer esa clase de presión sobre ti. Al final… no fuimos nada diferentes de lo que nuestros propios padres fueron con nosotros— musitó con decepción hacia sí misma.
Durante todos esos años de duelo, Simone se había cuestionado sin descanso su labor como madre. No había sido lo suficientemente buena; ni ella ni Jörg. Al final, habían repetido el mismo patrón rígido del que ellos mismos intentaron escapar.
A Simone se le fruncieron los labios en un puchero inestable de dolor y culpa. Tomando el rostro de Willem entre sus manos con delicadeza, le dedicó una mirada llena de devoción.
—Tengo una rabia enorme en el pecho, porque te hicieron pasar por muerto sin pararse a pensar un solo segundo en el sufrimiento de una madre— reprochó con la voz entrecortada —Así que espero que tu padre haga algo drástico al respecto.
Mirando de soslayo, le lanzó una mirada severa e imperiosa a su esposo. Jörg, de pie a un par de metros, solo dejó escapar un pequeño suspiro, aceptando el reproche en silencio.
Willem sintió un chispazo de calidez en la garganta, quiso reír y no se contuvo; una pequeña carcajada se le escapó de los labios. Al final del día, nada había cambiado del todo. Sus padres seguían siendo exactamente los mismos de siempre, y recuperar aquella dinámica familiar le devolvía el alma al cuerpo. Envolvió a su madre en otro abrazo y suspiró profundamente.
—Se suponía que no debíais enteraros de nada de esto— murmuró pegado a su oído —No quería poneros en peligro… ni a ti, ni a papá, ni a mis amigos. Pero la vida es tan jodida que Gustav estuvo a nada de descubrirme. Y resulta que Kenia es la esposa del presidente de este país… me la encontré de frente y a ella no pude engañarla como lo hice con Gus. Siento que todo me sale mal cuanto más me esfuerzo en que las cosas salgan bien.
—Es la mala suerte de los Wieger, mi amor— murmuró Simone en respuesta, sacándole una nueva risita a su hijo y provocando una mueca de desaprobación en los labios de Jörg —Pero también eres un Kaulitz, y lo que nos proponemos lo conseguimos, sea como sea. Lo sabes bien, mi bebé.
—Ese comentario sobre los Wieger sobraba por completo, Simone— reprochó Jörg, cruzándose de brazos con falsa indignación —Mi familia tiene una suerte excelente.
—Claro que sí, por supuesto— ironizó la mujer sin mirarlo.
—No vais a poneros a discutir ahora para defender vuestros apellidos, ¿verdad?— bromeó Willem, separándose despacio de su madre —Yo tengo un poco de ambos… y mi hijo también.
—¿Cómo?— Simone parpadeó, petrificada —¿Tienes un hijo, mi amor? ¿Tengo un nieto?
Willem sonrió con un brillo especial en los ojos y asintió despacio. La expresión de asombro en la cara de Simone no se hizo esperar; era una copia exacta de la reacción que había tenido Jörg el día anterior.
—¡Oh, Jörg, tenemos un nieto!— exclamó emocionada, llevándose las manos a las mejillas —¡¿Cómo se llama?! ¿Qué edad tiene? ¿Qué cosas le gustan, Billie? ¿Sería buena idea regalarle de una vez una de mis propiedades o debo esperar a que sea un poco más mayor? ¡Lo voy a llenar de regalos!— suspiró profundamente enternecida —¿Dónde está? Quiero verlo ya, mi amor…
—Calma, mami— rió Willem, tomándola suavemente por los hombros —Se llama Tyler, todavía es muy pequeñito. Cumplirá tres añitos el mes que viene y, en estos momentos, está al cuidado de su abuela paterna.
—Oh, Billie…— Simone abrió la boca, sintiendo una indignación monumental —¿O sea que ellos se enteraron y lo conocieron antes que nosotros?
—Sí…— admitió Willem con cierta timidez y pena —Lo siento, mami, es que… uhm…
—¿Estás casado, mi amor?— preguntó casi al instante. Tenía tantas cosas que quería saber de su hijo que no podía contenerse.
—No… todavía no…
—¿Entonces… quién es la persona afortunada? ¿Con quién tuviste al niño?— preguntó con curiosidad —Quisiera conocerle, porque quiero saber absolutamente todo de tu vida.
Willem desvió brevemente la mirada hacia su padre. Una punzada de duda le atravesó el pecho. No estaba seguro de si debía revelarle la verdad a su madre en ese instante. ¿Y si se decepcionaba profundamente de él al escuchar el nombre del padre del niño? Decirle que había vuelto a caer exactamente en los mismos errores del pasado, dejándose arrastrar por aquel amor tóxico y persistente hacia Tom que nunca llegó a morir del todo…
La mirada serena pero firme de su padre le indicaba que debía ser sincero con ella, pero Willem vacilaba. Simone notó de inmediato la duda en la postura de su hijo, miró a Jörg con el ceño levemente fruncido y presintió que algo no encajaba.
—¿Qué pasa, mi cielo?— le preguntó en voz muy suave a Bill.
—Mami, es que…— Willem suspiró, cerrando los ojos durante unos segundos para reunir valor —Es que su padre es… Tom.
Simone pareció no procesar las palabras al principio; su ceño se acentuó todavía más.
—Mi amor… ese muchacho fue dado por muerto. Salió en todas las noticias internacionales.
—En realidad…— Jörg resopló, interviniendo con pesadez —… está más que vivo. Nunca murió. Solo fingió su muerte junto a su padre y su hermano para desaparecer del mapa. Eso fue lo que me contó cuando lo pillé en la ceremonia que hicimos por la «muerte» de Billie.
—¿Qué?— soltó Simone en un hilo de voz ahogado —¡¿Y tú por qué no me dijiste eso?!— exclamó contenidamente, girando bruscamente la cabeza hacia su esposo para mirarlo con enfado —¿Cómo es que tú sabías esto y no me lo contaste, eh?
—Él me pidió que lo mantuviera en secreto.
—Así es— afirmó Willem con un asentimiento de cabeza casi imperceptible —Y yo cometí los mismos errores del pasado, mami… Solo que esta vez las cosas entre nosotros terminaron de una forma muy diferente— comentó con algo de tristeza en la voz —Tenemos un hijo, sí, pero no estamos juntos. Actualmente yo tengo una relación con alguien más…— ladeó la cabeza hacia atrás, buscando con la mirada los ojos azules de Alex, quien permanecía a una distancia prudente junto a la puerta. Willem le ofreció una pequeña y cálida sonrisa —Alexander es mi pareja. Llevamos juntos dos años…
El asombro de Simone escaló a niveles insospechados. Toda la información caía sobre ella dejándola con una marea confusa en su cabeza. Giró la cabeza para mirar al hombre alto y rubio que los había escoltado hasta la sala y después devolvió la mirada a su hijo, quien aguardaba visiblemente tenso, esperando algún juicio o rechazo por su parte.
Simone tenía mil reproches y preguntas agolpadas en la garganta, pero al ver la fragilidad en la mirada de su hijo, lo único que atinó a decir fue:
—Cariño… tienes muchísimo que contarme— su voz sonó infinitamente dulce. Se acercó a él, entrelazó su brazo con el de Willem y le regaló una sonrisa muy comprensiva —A solas, mi amor…
Willem no se lo negó.
.
CATALINA
Joder, llevaba apenas unas cuantas horas desde que había aterrizado en Alemania después de estar una eternidad en Estados Unidos, y el peso sobre mis hombros me estaba prácticamente asfixiando. La presión era brutal para mí. Tenía poquísimo tiempo para entregarle a Rodrigo exactamente lo que exigía, pero la tarea rozaba lo imposible. Dios, ¿cómo demonios pretendían que yo diese con esos dichosos códigos de acceso? Para mí era un terreno al que estaría entrando completamente a ciegas.
Y, por si fuera poco, Jota y Gallo no iban a darme ni un segundo de tregua. Iban a estar respirándome en el cogote, pisándome los talones hasta que tuviera esa información en las manos.
Mierda.
—¿…Y usted es?— escuché la voz de una chica del servicio, sacándome a la fuerza de mi espiral de paranoia.
La miré de arriba abajo con desdén, o quizá con desprecio. ¿En serio esta estúpida no sabía quién era yo? Estaba parada en el portal de la casa de mi… suegrita, por así decirlo. Había ido hasta allí con la intención de esperar a Klaus, ya que en el piso no había ni rastro de él. Le había mandado un mensaje hacía rato, pero ni siquiera se había molestado en responder.
Pensaba que estaría aquí.
—Catalina— le solté, poniendo los ojos en blanco con fastidio mientras me cruzaba de brazos —¿Cómo es posible que no sepas quién soy? Soy la pareja de uno de tus jefes, ¿o es que estás ciega?
La muchacha enarcó una ceja, mirándome con una expresión vacía que me encendió la sangre.
Resoplé con impotencia y prepotencia.
—Soy la novia de Klaus.
—¿Mhmm? Lo dudo…
—¿Acaso me estás llamando mentirosa hasta con la mirada?— pregunté, avanzando un paso con evidente molestia al ver que no se movía del umbral —Déjame pasar ahora mismo o te juro que hago que te pongan de patitas en la calle.
—Pero… es que usted no…
—¡Que me dejes pasar, joder!— exclamé, dando un taconazo seco contra el suelo que se escuchó literalmente en todo el porche —Si no abres esa puerta ahora mismo, llamo a Klaus en este instante y le digo que te eche a la calle por igualada, mugrosa sirvienta.
La chica soltó un largo suspiro de resignación, viéndose claramente agotada por la escena.
—Pues pase, señorita— dijo con un marcado matiz de sarcasmo en la voz, abriendo la hoja de la puerta lo suficiente para dejarme pasar a la enorme residencia.
Había estado muy pocas veces en aquel lugar y, honestamente, jamás me había parecido gran cosa. Para ser la casa de los König, la encontraba bastante cutre… demasiado moderna, fría y poco ostentosa. Parecía cualquier mansión del montón.
—¿Dónde está mi suegra?— le exigí saber a la empleada, quien ya pasaba por mi lado para retomar sus labores. Se detuvo un segundo antes de responder.
—La señora Charlotte está atrás, en la zona del jardín. Hay una reunión familiar, pero el joven Klaus todavía no ha llegado— me explicó de forma escueta.
Apreté los labios con satisfacción y una sonrisa enorme se me dibujó en el rostro. Klaus no estaba… pero había reunión familiar.
—¿Benjamín… lo conoces?— la mucama asintió sin demasiado entusiasmo; parecía aburrida de escucharme —¿Está metido aquí?
—No, señorita. Vino temprano a dejarle al niño Tyler a la señora König, pero volvió a salir.
—Mhmm…— asentí despacio, masticando la información mientras las ideas empezaban a encajar en mi cabeza de forma brillante.
Benjamín no estaba. Sin embargo, su mocoso bastardo sí. Tampoco había ni rastro de aquella mujer rubia a la que le fascinaba repartir golpes, lo cual era una ventaja enorme. Esta era mi oportunidad perfecta para acercarme al niño. Después de todo, yo venía siendo algo así como su madrastra; si jugaba bien mis cartas y conseguía que el chaval me cogiera cariño, me ganaría la confianza de Klaus de inmediato. Él vería lo buena que era con su hijo, se daría cuenta de mi entrega… ¡y hasta podría servirle de puente para que pasara tiempo con el niño!
Ay, Klaus iba a adorarme. Se pondría tan agradecido conmigo que me tendría en un altar.
Y ese era, exactamente, el pase libre que necesitaba para rastrear esos benditos códigos que me exigía Rodrigo y quitármelo de encima de una buena vez. La verdad, pensándolo bien, contarle a Klaus que Rodrigo planeaba fugarse de la prisión era un billete directo a la tumba; poner a temblar la estructura solo iba a poner mi propia vida en peligro, y yo no me quería morir. Tenía que asegurar mi propio pellejo primero.
Esta era la estrategia perfecta… claro, me acerco al bastardito, me gano su cariño, le abro el camino a Klaus para que lo vea —haciendo quedar a Benjamín como el villano desalmado que no le deja ejercer como padre— y, una vez que Klaus tenga la guardia completamente baja y confíe ciegamente en mí, le saco los códigos para Rodrigo.
Todo encajaba a la perfección.
.
BILL
Contarle todo a mi madre —absolutamente todo, sin guardarme los detalles más oscuros— fue una prueba infinitamente más compleja que la conversación que mantuve con mi padre. Mamá me acribilló a preguntas, pero jamás me juzgó. No lo hizo cuando le hablé de la tormentosa reconexión con Tom al reencontrarnos, ni por las decisiones erráticas que tomé después de su devastadora traición. Mi madre me entendió, aunque su necesidad de indagar respondía a un deseo desesperado por comprender cada pedazo de mi sufrimiento.
Mi padre, por el contrario, se mantuvo en un discreto margen de silencio, limitándose a escuchar la historia. No me pareció algo negativo; al contrario, le agradecí internamente que me ahorrara el mal trago de responder a más interrogatorios.
Después de alargar la conversación durante un buen rato y de presentarles formalmente a Alex como mi pareja —acto que mi madre procesó con suma elegancia y caballerosidad por parte de él—, decidí dejar que se marcharan de nuevo. Mi madre no quería separarse de mí, pero mi padre supo convencerla. Yo tampoco quería que se fueran tan pronto, anhelaba pasar mucho más tiempo con ellos… pero tenía trabajo que hacer. Mis días de descanso habían acabado, y mi grupo de agentes ya estaba aquí, en Alemania. No sabía qué estaba planeando Alex con todo esto…
Pero bueno…
Debido a un asunto crítico relacionado con Rodrigo —uno de los capos más peligrosos que había logrado capturar a lo largo de mi carrera y de lo cual seguía sumamente orgulloso—, tuve que reincorporarme de inmediato a las labores operativas desde la sede regional de Berlín. En ese preciso momento me encontraba recibiendo una actualización de inteligencia a través de una videoconferencia encriptada, transmitida en los monitores de alta resolución de la Sala de Operaciones e Inteligencia Global.
—…Rodrigo Moratti recibió una visita conyugal hace aproximadamente veinticuatro horas— notificó Delia, la jefa de la División de Inteligencia Internacional, desde la pantalla principal.
Fruncí el ceño de inmediato, sintiendo un latigazo de molestia recorriéndome el cuello.
—¿Cómo es posible?— reproché con dureza, cruzándome de brazos mientras el enfado me tensaba la mandíbula —Fui sumamente claro al prohibir cualquier tipo de visita para ese sujeto. Incluidas las conyugales. ¿Qué clase de fallo en la cadena de mando es este? ¿Desde cuándo la gerencia del penal ignora las restricciones del caso?
—En la penitenciaría de máxima seguridad se rigen por un reglamento interno en el que las visitas conyugales son un derecho procesal estándar, agente Keller— me explicó Delia con calma —Dado que el juez no emitió una orden restrictiva específica para esa categoría durante su audiencia preliminar, la administración le permitió el acceso. Agente Keller, sabemos perfectamente que no podemos bajar la guardia con él.
—Estos tipos siempre encuentran la manera de orquestar una fuga desde dentro; no sería la primera vez que Rodrigo intenta un movimiento así— comentó Xavier a mis espaldas. Había entrado en la sala unos minutos atrás, pero yo no me había molestado en saludarlo ni en dirigirle la mirada desde que llegó. No estaba contento con su presencia aquí, ¿eh? —Hay que intervenir de inmediato. Señorita Delia, ¿lograron identificar a la mujer que ingresó?
—Así es, agente Müller— confirmó la analista al otro lado de la transmisión, acompañando sus palabras con un leve asentimiento. Tecleó una serie de comandos en su tableta táctil y, al instante, la pantalla gigante desplegó la ficha táctica con la fotografía de la sospechosa.
Al ver el rostro proyectado, me quedé sin aire durante un segundo. La impresión me golpeó de lleno, lo juro. Era mi copia… o bueno, Catalina. En medio de todo el caos reciente, mi cerebro había archivado el detalle de que esa mujer era, en efecto, la pareja de Rodrigo.
—La mujer ingresó bajo el nombre de Catalina Montenegro— continuó Delia —Posee documentación brasileña, pero los rastreos de biométricos faciales nos dirigieron a Rusia. Lo verdaderamente alarmante es que en Moscú su familia la mantiene registrada como persona desaparecida. Tras profundizar en el expediente, dimos con el testimonio de la madre… La joven viajó hace siete años a Brasil en calidad de turista, acompañada por una amiga, Kristaly Vasiliev, pero jamás regresó ni volvió a comunicarse con sus allegados.
—Interesante…— musité, entornando los ojos hacia la pantalla —¿Y «Catalina Montenegro» es su verdadera identidad?
—Negativo, agente Keller. Su nombre real es Ekaterina Pushkin— respondió Delia —El algoritmo de reconocimiento facial cruzado nos llevó directo a su acta de nacimiento rusa. La policía de Moscú cerró el expediente de búsqueda tras tres años sin obtener pistas. Poco tiempo después, la mujer reapareció registrada legalmente en Brasil bajo la identidad que utiliza hoy. Actualmente tiene veinticinco años; el rapto o reclutamiento ocurrió cuando apenas tenía dieciocho…
La historia detrás del expediente me dejó un mal sabor de boca. Todo esto olía a una red de trata o coacción de la que Rodrigo se había aprovechado. Sería otra cosa que añadir a su expediente.
—¿Qué se sabe sobre el entorno familiar de Ekaterina en Rusia?— intervino Alex, manteniendo su postura autoritaria al lado del escritorio de mando.
—Una familia de escasos recursos— precisó Delia sin perder la compostura —En la vivienda solo residen su madre, su abuela materna y una menor de quince años que presumimos que es su hermana pequeña. No hay ninguna figura paterna presente. La adolescente asiste a una escuela pública, la madre trabaja jornadas dobles en una lavandería comunitaria y la abuela padece una enfermedad degenerativa.
—Benjamín…— me llamó Alex en cuanto terminó de procesar la radiografía social de la sospechosa. Me miró fijamente —Sabes perfectamente lo que hay que hacer ahora, ¿verdad?
Solté un suspiro pesado, sintiendo cómo se me encogía el estómago.
—Sí— afirmé, dejando escapar una mueca que evidenciaba mi incomodidad —Pero no creo que sea lo más adecuado, y tú sabes de sobra la razón… Lo ideal es que otro agente se encargue de llevar a cabo el interrogatorio— comenté con cierta pesadez —No tengo el menor interés en entablar una conversación cara a cara con esa mujer.
—¿Y se puede saber cuál es el problema?— interrumpió Xavier, dando un paso al frente y cruzándose de brazos para mirarme de arriba abajo con escepticismo —Eres el agente a cargo del expediente de Rodrigo. Si tu trabajo implica interrogar a la principal conexión del reo, cumples la orden y punto. ¿A qué le tienes tanto miedo, Keller?
Ahí estaba él, metiendo las narices donde no lo llamaban, como de costumbre.
—Eso no es asunto suyo, Müller— espeté en un tono helado, cortándolo en seco.
Xavier dibujó una sonrisa burlona y amarga, pero antes de que pudiera soltar cualquier otro comentario impertinente, la voz firme de Alex se dejó oír en la sala.
—Suficiente, los dos— aseveró el Director, frenando el roce de golpe. Luego giró la vista hacia mí —Estás al frente de la operación de Rodrigo, Ben… Te guste o no, tienes que interrogarla tú. Solo estarás haciendo tu trabajo. Y si la mujer se niega a cooperar o intenta tomarte el pelo, te otorgo plena autoridad para aplicar la presión que consideres necesaria para hacerla hablar.
Me relamí los labios en silencio. Tenía razón. Era mi responsabilidad legal como agente principal, especialmente ahora que la fecha para el segundo juicio de Rodrigo estaba a la vuelta de la esquina. Necesitábamos desarmar cualquier plan de fuga antes de que fuera demasiado tarde.
—Agente…— me dirigí de nuevo a Delia, quien reanudó su atención hacia la cámara de inmediato —¿Detectaron algún comportamiento anómalo en las grabaciones del área de visitas?
La analista asintió.
—Mantuvieron una conversación durante aproximadamente quince minutos; lo malo es que no sabemos de qué hablaron porque no hay audio. En un par de minutos les transferiré los fragmentos de vídeo procesados, agente Keller.
—Perfecto, muchas gracias— le respondí.
Delia me dedicó una breve inclinación de cabeza a modo de despedida y cortó la señal, dejando la pantalla gigante en su menú de espera. Le di la espalda a la pared de monitores y solté un bufido lleno de frustración.
—¿Quién va a ser mi apoyo en el interrogatorio?— le pregunté a Alex, aunque en el instante en que vi cómo desviaba la mirada hacia Xavier, me temí lo peor. Negué con la cabeza bruscamente —No. De ninguna manera.
—Ambos son agentes excepcionales de esta agencia— recalcó Alex, mirando a Xavier, quien también desvió la cara con marcado disgusto —Así que van a tener que aprender a trabajar en equipo y dejar de lado esa rivalidad ridícula de una buena vez.
—¿Tengo que recordarle, Director, cómo terminaron las cosas la última vez que tuvo esa «brillante» idea de juntarnos?— indagué con enfado, recordando el desastre del último operativo.
—Cuento con que no volverá a repetirse. Esta vez apelaré a la madurez y el profesionalismo de ambos— sentenció Alex sin dar espacio a réplica.
Maldita sea.
&
Xavier ya estaba al tanto de la alianza que se había consolidado entre la DEA y el clan Geist. Por fortuna, supo digerir la noticia con profesionalismo, aunque confieso que esperaba que fuera el primero en pegar el grito en el cielo. Xavier siempre había sido uno de los agentes que más rabia y desprecio sentía hacia las cúpulas del narcotráfico; jamás entendí si se debía a un trauma personal del pasado o a un código moral inflexible.
Poco después, la división de inteligencia nos remitió el archivo comprimido de la visita entre Catalina y Rodrigo. Desafortunadamente, las cámaras de la sala de locutorios del penal no contaban con receptores de audio nítidos; el archivo de sonido solo contenía interferencia estática. Tendríamos que sacarle la información evaluando sus gestos en la grabación y presionándola directamente durante el interrogatorio.
Si no cooperaba o admitía su complicidad en un plan de fuga, no me temblaría la mano a la hora de arrestarla allí mismo.
Por lo que recordaba, la mujer se estaba hospedando en el apartamento de Tom. Presentarme personalmente en aquella propiedad era lo último que deseaba, así que pedí ayuda a Georg para que me facilitara el poder interrogar a Catalina. Su respuesta fue que la estúpida estaba en casa de mis exsuegros. Así que, tanto Xavier como yo, nos encontrábamos llegando a la residencia principal de los König, una de las tantas propiedades de la familia; la misma en la que estuve la última vez y donde Alex sostuvo la primera reunión de alto nivel con el clan.
—Xavier…— le llamé en voz baja mientras cruzábamos el umbral. Él estaba concentrado en inspeccionar cada rincón del imponente vestíbulo con una mirada escrutadora y desconfiada —¿Puedes disimular un poco la actitud? Pareces un sabueso en terreno enemigo.
Él chasqueó la lengua con fastidio.
—No me digas cómo hacer mi trabajo, joder— refunfuñó con fastidio.
Me giré sobre mis talones para encararlo al instante, clavándole la mirada.
—Te guste o no, yo soy el agente a cargo de la operación, ¿entiendes? Tú…— lo señalé con el índice, marcando el límite —…te limitas a obedecer. Soy tu superior en este expediente, por si lo habías olvidado, y tú te limitas a ser mi compañero de apoyo y ya.
Él dejó escapar una risa amarga y burlona, negando con la cabeza.
—Vete a la mierda, Keller.
Puse los ojos en blanco, sofocando la tentación de responderle.
—Joven…— me llamó una de las muchachas de la limpieza, acercándose a pasos apresurados por el amplio corredor —¿Viene a buscar a su hijo?— preguntó al detenerse frente a mí.
Reconocía perfectamente su rostro; era la misma chica que en múltiples ocasiones me había abierto las puertas de la residencia para dejarme pasar con el niño. Ya me ubicaba sin problemas, aunque, para ser sincero, no me sabía su nombre… ni el de casi nadie del personal, en realidad. Sin embargo, siempre se mostraba sumamente amable y respetuosa.
—No, nena…— le respondí, esbozando una pequeña y educada sonrisa —¿En dónde se encuentran los señores? Quisiera hablar con ellos.
—Afuera, en la zona del jardín, joven. Es que hay una reunión familiar, por así decirlo— me notificó en voz baja —El señor Travis ya ha recibido el alta…
Aquel dato me tomó por sorpresa. No me lo esperaba en absoluto, de verdad que no, pues me parecía demasiado pronto para que le dieran el alta médica tras semejante cuadro. Sin embargo, no tardé en hacerme una idea del porqué… probablemente Travis tampoco toleraba la frialdad de las instalaciones hospitalarias, exactamente igual que el desequilibrado mental de su hermano.
—…Y están todos reunidos allí afuera— prosiguió la chica —¿Gusta pasar?
De soslayo miré a Xavier, quien permanecía a mi lado con la espalda erguida, la mano en el cinturón y los ojos escudriñando los rincones con recelo; al sentir mi mirada, solo se encogió levemente de hombros. Volví la vista hacia la empleada y le sonreí.
—Claro que sí. Avísales de que estoy aquí, por favor. Yo voy en unos momentos.
—Con permiso, joven— asintió la muchacha, acatando la indicación antes de dar media vuelta para dirigirse hacia los ventanales que daban al jardín posterior.
En cuanto nos quedamos a solas en la estancia, me giré para encarar directamente a Xavier.
—Catalina Montenegro debe de estar junto a los demás, allí afuera— le comenté en tono reservado —La vamos a interrogar de manera preliminar y, dependiendo de lo que declare, decidiremos cómo actuar.
Xavier frunció el ceño de inmediato, dejando en claro su total desacuerdo con mi planteamiento.
—¿Depende de lo que nos diga?— repitió con tono incrédulo y severo —No me parece una buena estrategia, Benjamín. No estamos en posición de perder el tiempo ni de darle margen de maniobra. Hay que sacarle la información como sea. Venimos hasta aquí con el objetivo claro de localizarla; lo correcto es trasladarla bajo custodia e interrogarla formalmente en las instalaciones de la DEA. Es un entorno blindado, neutral y muchísimo más seguro que este lugar.
Conocía de sobra el rigor operativo de la agencia y la efectividad de sus protocolos de contención. Llevar a Catalina a una sala de interrogatorios federal significaba someterla a un aislamiento controlado, donde cada gesto, vacilación o inconsistencia en su discurso sería registrado por los espejos de visión unilateral y analizado por el equipo. Allí, despojada de cualquier red de protección o del respaldo de la familia König, la presión psicológica jugaría completamente a nuestro favor, obligándola a quebrarse rápido.
Solté un suspiro pesado. Lo último que deseaba en ese momento era enfrascarme en una discusión de criterios con Xavier dentro de aquella casa. Además, era evidente que él no confiaba en la neutralidad de nadie en esa residencia y, en el fondo, le sobraban razones.
—Bien…— acepté sin muchos ánimos, cediendo ante la lógica de lo profesional —Haremos el traslado.
Continúa…
Gracias por la visita. No olvides comentar 😉