Fic de unicornlitz. Temporada III
Capítulo 24
Con Xavier pisándome los talones, me dirigí con pasos muy firmes hacia la zona del jardín trasero. La escena que se desplegaba al aire libre era multitudinaria; de verdad que había una cantidad considerable de gente reunida por todo el césped. Por más que intenté mantener un perfil bajo para que pasáramos desapercibidos entre todo el alboroto, nos resultó imposible.
En cuanto cruzamos los ventanales, casi todas las miradas de los presentes se fueron girando poco a poco para posarse sobre nosotros, analizando nuestra presencia.
Xavier aceleró el paso de inmediato hasta ponerse a mi altura, ajustando su ritmo al mío sin apartar los ojos del perímetro. —Todos los que están aquí son criminales, ¿verdad?— me preguntó en un murmullo bajo y tenso, observando a los grupos con abierta desconfianza.
—No, ¿cómo crees? Son un grupo de misioneros Testigos de Jehová— solté con sarcasmo y un ligero tono de burla. Xavier, al oír mi respuesta, me lanzó una mirada fulminante al instante, evidentemente descontento con mi contestación. —Haces unas preguntas verdaderamente absurdas, querido Xavier— proseguí con naturalidad —Obviamente todos tienen un expediente o están metidos en la estructura; me imagino que la gran mayoría son familiares y allegados de los König.
Para ser sinceros, no reconocía ni a la mitad de los que andaban por allí.
—Humm…— se limitó a articular Xavier de forma gutural, masticando la respuesta en silencio.
—¡Billie!— resonó una voz a mis espaldas.
No me había dado cuenta de lo cerca que estaba Bach de mi posición hasta que pasó un brazo sobre mis hombros en un abrazo afectuoso, obligándome a reducir el paso.
—¿Dónde te habías metido, tío? Tenía unas ganas tremendas de hablar contigo, ¿sabes?
—¿En serio?— pregunté fingiendo inocencia, aunque por dentro ya me hacía una idea bastante clara del tema que se traía entre manos y de lo que quería averiguar —Quizás más tarde, Bachi. Ahora mismo estoy en pleno horario laboral y de servicio para la agencia, pero estaré libre por la noche— le comenté con calma, dándole un suave puñetazo amistoso en el hombro. —Mejor hazme un favor y ayúdame a encontrar a Catalina.
—¿Catalina… alias «Putilina»?— soltó sin dudarlo.
Arqueé una ceja, bastante divertido por el grotesco apodo que acababa de salir de su boca. —Así fue como la bautizó mi Channie— añadió Bach guiñándome un ojo.
—Channie es simplemente increíble— solté entre ligeras risas —Y sí, justamente me refiero a ella.
—Ah…— Bach recorrió con la mirada cada rincón del jardín, frunciendo el ceño al no detectar nada a simple vista —No la veo por ningún lado— murmuró.
Sin perder un segundo, se llevó dos dedos a la boca y soltó un silbido agudo y potente que retumbó por todo el patio, y sí, realmente se escuchó por todas partes. La ráfaga sonora captó en primera instancia la atención de Georg, quien estaba hablando a unos metros de distancia con Harry.
—¡Hagen! ¡¿Sabes dónde coño se ha metido la copia?!— le gritó al castaño a pleno pulmón.
Georg simplemente se encogió de hombros desde la distancia, negando con la cabeza en un gesto de desinterés. No caí en la cuenta de que Bach la había llamado «la copia» hasta que procesé sus palabras mentalmente, haciendo la inevitable analogía con mi imagen. Buah…
—¡Ahg, nunca sabes una mierda, Gigi!— refunfuñó Bach, volviendo a mirarme —Yo la vi hace un rato, estaba metida en el salón principal. La reconocí por la cara y por lo negra que es… aunque me quedé completamente con la boca abierta cuando le vi el pelo teñido como el tuyo…
—Ah, eso tiene una historia realmente larga detrás— suspiré con pesadez.
—Me lo imagino, nene, por eso mismo quería hablar contigo a solas, y también sobre otro asunto— musitó, bajando un poco el tono —Pero nada, me espero a que sea de noche.
—¿Tom está aquí en la casa?— le pregunté en un susurro imperceptible, únicamente para sus oídos.
—No, pero mandó un mensaje diciendo que venía de camino.
—Vale… entonces todavía estamos a tiempo.
—¿A tiempo para qué, Billie?
—Necesito llevarme a Catalina directamente a la base de la DEA; tengo que someterla a un interrogatorio formal.
Bach abrió los ojos de par en par, sumamente asombrado por el dato. —¿Y eso por qué o qué ha hecho?
—Porque le hizo una visita conyugal no registrada a Rodrigo en la penitenciaría— le revelé sin rodeos —Y necesitamos averiguar exactamente a qué fue y cuáles son sus intenciones.
—Ay, no me jodas… apuesto a que esa infeliz es una espía— soltó Bach con muchísima convicción en su propia teoría —Con razón nunca, desde que supe de su existencia, me dio buena espina esa mujer.
—No nos adelantemos a sacar conclusiones apresuradas sin pruebas, Bachi, pero definitivamente necesitamos sacarle hasta el último detalle de información.— murmuré —Tenemos la sospecha fundada de que Rodrigo está tramando un plan para escaparse de prisión; además, dentro de muy poco se celebrará su segundo juicio, donde finalmente se le dictará la condena que le corresponde— añadí con rigor —Échame una mano a localizarla rápido, no quiero montar un espectáculo ni armar un alboroto innecesario delante de todos.
—Cuenta con eso…— respondió Bach, dispuesto. Sin embargo, en cuanto levantó la vista por encima de mi hombro, una sonrisa socarrona y llenita de sorna se dibujó en sus labios. —Hablando justamente de la simia… mira nada más quién viene asomando la cabeza— comentó con tono burlón.
Me di la vuelta sobre mi propio eje y la vi. Catalina venía saliendo tranquilamente del interior de la mansión hacia el porche, completamente ensimismada mientras intentaba peinarse con los dedos aquel horroroso y maltratado pelo. El alisado le había sentado mal seguramente, ja.
—Nos vemos más tarde, Bachi— le dije, cortando la conversación antes de dar el primer paso en su dirección. Miré a mi acompañante de reojo, reajustando la postura. —Vamos, Xavier.
Caminé directamente hacia ella, ajustándome la chaqueta de la agencia. La insignia dorada de la DEA que llevaba en la parte delantera relucía bajo la luz del día, dándole a mi figura un aire de autoridad indiscutible. Realmente me encanta ser agente de la DEA.
—Catalina Montenegro— la llamé con un tono seco, perfectamente proyectado.
Ella dio un pequeño brinco de sorpresa, apartando las manos de su desastroso pelo para mirarme. Parpadeó un par de veces, visiblemente desconcertada al verme con el uniforme oficial y con Xavier «escoltándome» a menos de un metro.
—Se requiere su presencia de manera inmediata para prestar declaración en el marco de una investigación federal en curso— le notifiqué con desdén, manteniendo la voz firme y la postura erguida —Por favor, acompáñenos al coche patrulla. Va a ser trasladada a la sede regional para un interrogatorio formal.
Catalina me miró sin entender absolutamente nada de lo que estaba pasando. Su rostro pasó del descaro a la pura desorientación en cuestión de segundos. —¿Qué?— soltó con una mueca de incredulidad en los labios, dando un paso hacia atrás —¿De qué coño estás hablando? ¿Un interrogatorio de qué o por qué?
—Los motivos, así como la naturaleza de las preguntas, se le expondrán con todo detalle en cuanto estemos dentro de las instalaciones de la DEA, señorita— intervino Xavier, dando un paso al frente para cortar cualquier intento de evasión, con la voz grave y dura.
Catalina miró a Xavier, luego volvió a mirarme a mí y soltó una risa nerviosa y destemplada, cruzándose de brazos a la defensiva.
—No, no, no… estáis locos. Yo no voy a ir a ninguna parte con vosotros— se negó rotundamente, alzando el mentón con arrogancia. —Yo no tengo absolutamente nada que decirle a la DEA, ni tengo por qué rendirle cuentas a nadie. Así que, con permiso…
Iba a darse la vuelta para regresar al interior de la mansión, pero me crucé en su camino con un movimiento rápido y certero, bloqueándole el paso por completo.
—Va a acompañarnos, Catalina. Quiera o no— le advertí, mirándola fijamente desde mi altura con severidad, algo que no le dejó margen para dudar. —Las cosas son muy sencillas…— me relamí los labios. —O decide colaborar y lo hacemos por las buenas, saliendo de aquí de forma voluntaria… o la detenemos en este preciso instante y sale esposada delante de toda esta gente. Usted elige.
El tono amenazante que utilicé pareció tocarle la fibra más sensible. Catalina se descompuso al instante; las mejillas se le encendieron de pura rabia y los ojos se le llenaron de furia.
—¡Ja! ¡Sabía que todo esto era una puta patraña!— estalló de repente, elevando la voz sin ningún tipo de filtro —¡Claro que lo haces a propósito! ¡A mí no me vengas a engatusar con tu plaquita de federal ni con tu cuentito de la agencia, Benjamín! Lo que pasa es que me tienes un ardor insoportable atascado en el pecho… ¡Te mueres de ganas de castigarme porque no soportas que yo sí logré tener lo que a ti se te quedó grande!
La patética referencia indirecta a lo que pasó entre ella y Tom fue tan evidente que casi rozó lo ridículo.
A causa de sus gritos y del espectáculo barato que comenzó a montar en pleno porche, varias de las conversaciones en el jardín se cortaron de golpe. Las miradas de los König, de los conocidos y de los invitados empezaron a desviarse hacia nosotros con curiosidad.
—Pero… ¿qué demonios dices?— solté en un hilo de voz incrédulo, frunciendo el ceño.
—¡Somete a la sospechosa y ponle las esposas de una vez!— me exigió Xavier en voz baja, impacientándose ante el espectáculo público que la mujer estaba montando.
—No, no, Xavier, espera un segundo…— detuve a mi compañero con una mano en el pecho, girándome para mirarlo con la cara completamente desencajada de indignación —Es que esta niñita de verdad se está creyendo que esto es un numerito por un drama personal…— solté con ironía.
—Pues es lo que parece…— dijo ella.
Negué con la cabeza, soltando una risa amarga y llena de un profundo desprecio mientras volvía a girarme hacia ella.
—Te estás dando demasiada importancia con un asunto que me importa tres hectáreas de polla, Catalina— musité —Mi vida profesional está a años luz de tus inseguridades. Así que déjate de gilipolleces, porque aquí no hay nada personal… Es una orden federal.
—¡El de las gilipolleces eres tú!— gritó ella fuera de sí, dando un pisotón en el suelo, completamente indignada —¿Para qué cojones me quieres llevar a la DEA? ¿Qué hice según tú? ¿Acaso es un delito salir a la calle a caminar ahora? ¡Porque desde que puse un pie en este país no he hecho absolutamente nada!
—Benjamín…— me advirtió Xavier en un murmullo tenso, mirándome fijamente.
—Usted de verdad es demasiado descarada, Dios mío— murmuré, sacudiendo la cabeza, sumamente incrédulo ante semejante actuación —Si yo tuviera la menor intención de «castigarte» o de actuar en tu contra por un despecho que es realmente absurdo, te aseguro que buscaría métodos infinitamente menos… llamativos— solté en voz baja, escudriñando el perímetro y notando cómo la atención de prácticamente todos en el jardín estaba fija en nuestro altercado.
Ella soltó una carcajada estridente y carente de gracia. —¡Admite de una puta vez que solo estás buscando cualquier pretexto para joderme la vida!
—¿Qué está pasando aquí?— preguntó Travis, habiéndose abierto paso entre la multitud hasta quedar a pocos metros de nosotros. Llevaba una de sus manos presionando con cuidado el costado del abdomen, justo en la zona donde la herida de bala aún estaba cicatrizando. Ladeé la cabeza y me topé directamente con su mirada inquisitiva.
—No es nada grave, Travis. Simplemente la señorita se está negando rotundamente a colaborar y a acompañarnos a la sede de la DEA para un interrogatorio rutinario— le respondí sin darle mayor importancia al asunto.
—¡Porque no tengo absolutamente nada que decirle a la DEA!— volvió a vociferar Catalina.
—Baje el tono de voz de una puta vez— exigí con enfado —¿Sabe usted que faltarle al respeto o levantarle la voz a un agente federal en el ejercicio de sus funciones es un delito tipificado? Puede acabar perfectamente en una celda por desacato e intimidación.
—¡Eso es exactamente lo que estás buscando! ¡Asegurarte de que me encierren!
Dios mío bendito…
—¿Cuál es el motivo concreto, Bill?— me preguntó Travis con calma —¿A qué se debe la necesidad de este interrogatorio, mmm?
Tomé una bocanada profunda de aire antes de responder. En un principio no tenía intención de airear la línea de investigación delante de toda la familia, pero dado que ella misma me había acorralado hasta este extremo con su espectáculo barato, ya no me quedaba alternativa.
—Fuimos notificados oficialmente de una visita conyugal no registrada a Rodrigo Moratti en el centro penitenciario, visita realizada por la señorita aquí presente— expliqué con voz clara, mirándola a ella. Viendo cómo su expresión se desencajaba poco a poco —La razón por la cual requerimos su testimonio inmediato es porque las grabaciones de dicha reunión muestran patrones de conducta sumamente irregulares entre ambos. Sumado a eso, la agencia maneja sospechas fundadas de que Moratti pretende urdir un plan de fuga aprovechando su segundo juicio, que será pronto.
—Es una puta espía, no hay más vueltas que darle— intervino Bach desde atrás, observándola con desprecio y con las manos metidas en los bolsillos del pantalón.
—¡Eso es una puta mentira!— gritó Catalina al verse completamente acorralada ante la mirada acusadora de todos —Estás inventando todo esto para hundirme, Benjamín. Yo no le he hecho ninguna visita a nadie, ¡jamás en mi vida he pisado esa cárcel!
—Esto roza lo ridículo. ¿Cómo pretende negar los hechos cuando existen grabaciones en alta resolución que prueban su presencia allí? De verdad es usted demasiado estúpida— refunfuñó Xavier, perdiendo por completo la paciencia —Detenla de una vez, Keller. Me parece que le va a encantar pasar la noche en un calabozo de máxima seguridad por su falta de respeto, su altanería frente a la autoridad federal y por pretender dejarnos como unos mentirosos… odio este tipo de conductas.
—¡Que no me voy a ir a ningún lado con vosotros!
—¡Deja de gritar de una vez, muchachita!— la regañó la señora Charlotte, dando un paso al frente con una postura imponente y los ojos echando chispas de pura indignación —Esta residencia no es un gallinero para que vengas a cacarear como una loca de remate.
—Pero… señora Charlotte…— a Catalina se le llenaron los ojos de lágrimas casi al instante. Mierda, de verdad estaba intentando jugar la carta de la víctima delante de todos —Él está mintiendo… Benjamín me tiene manía, me odia— se atrevió a soltar con voz quebrada, alzando un dedo tembloroso para señalarme directamente —Yo jamás hice nada de lo que él me está acusando…
La chispa de la rabia empezó a encendérseme en el pecho.
—Benjamín jamás mentiría con un asunto de esta gravedad— sentenció la señora Charlotte con firmeza, dejando claro que no admitía réplicas.
Deslicé la mano hacia mi cinturón, cogí el walkie-talkie y pulsé el transmisor, generando un tono seco. —Aquí el agente Keller. ¿Me reciben?
—Atentos a su posición y a sus órdenes, jefe— respondió la voz nítida del agente al mando del perímetro a través del altavoz.
—Procedan con la contención e ingreso.
En caso de que la sospechosa presentara resistencia o se negara a colaborar voluntariamente, las órdenes estaban claras. Y mis agentes apostados fuera intervendrían de inmediato, entrarían en la propiedad y la sacarían por la fuerza. Que constara que le di la oportunidad de hacerlo por las buenas.
—¡¿Qué coño estás haciendo?!— chilló ella al ver a dos unidades tácticas fuertemente armadas cruzar el portón principal a paso rápido.
—Yo te lo advertí, Catalina— fue la única e indiferente respuesta que le dediqué.
Y como bien dicen por ahí… nunca falta la gota que colma el vaso. Uno de mis agentes apenas había conseguido sacar las esposas de su cinturón cuando Tom cruzó el umbral del pórtico. Su rostro reflejaba un gran desconcierto ante el despliegue que se estaba desarrollando en medio del jardín; con la mirada recorrió todo el entorno en cuestión de segundos antes de arquear una ceja con cautela.
—¿Buenas tardes…?— saludó en tono dubitativo, tanteando el terreno. Yo puse los ojos en blanco.
—¡Klaus!— chilló Catalina al instante, aprovechando la distracción para zafarse del cerco y correr despavorida hacia él. Sin embargo, mis hombres actuaron con rapidez y la interceptaron en dos tiempos, agarrándola firmemente por los antebrazos e inmovilizándola al instante antes de que pudiera dar tres pasos.
—¡Klaus, amor, ayúdame, por favor!— suplicó fuera de sí, forcejeando contra el agarre de los agentes; me dio una arcada escucharla llamarlo «amor» —¡Benjamín ha llegado aquí inventándose acusaciones terribles sobre mí y estos hombres me quieren detener!
«Ñiñiñi…» la remedé en mi mente. «¿Qué podría hacer tu amorcito al respecto, eh?» me burlé de ella.
Tom, aún sin terminar de encajar las piezas del espectáculo, clavó sus ojos directamente en mí. Mi expresión no titubeó ni un solo milímetro; le sostuve la mirada con muchísimo desdén. Me importaba una mierda si se enfadaba.
—¿Qué está pasando?— me preguntó, buscando una explicación.
—Son asuntos de la DEA que no te incumben en absoluto— fue la respuesta seca y tajante que le dediqué, sin darle el menor margen para intervenir —Detenedla de una vez y subidla a la unidad. No esperéis a que tenga que daros una segunda orden— exigí, dirigiéndome a los efectivos.
Los agentes acataron la orden sin dudar. De un movimiento certero, le llevaron los brazos a la espalda y el chasquido metálico de las esposas cerrándose en las muñecas de Catalina resonó con fuerza en medio del tenso silencio del porche. Me llenó de muchísima satisfacción ese sonidito, ¿para qué negarlo?
—Señorita Pushkin, queda usted formalmente bajo custodia federal— sentencié, mirándola desde arriba.
—¿Qué…?— soltó ella en un hilo de voz ahogado, ladeando la cabeza para mirarme con la cara completamente desencajada.
El impacto de escucharme pronunciar su verdadero apellido, dejando al descubierto por completo la fachada con la que pretendía esconderse, la dejó helada y perpleja en el sitio. Eso me hizo muchísima gracia.
—Sorpresa…— murmuré cantarinamente en un susurro. —Lleváosla.
Los dos federales obedecieron la orden al instante sin mostrar un solo ápice de duda. Sujetando a Catalina con firmeza por los brazos esposados, comenzaron a escoltarla por la fuerza hacia la salida, obligándola a avanzar a trompicones sobre el césped.
—¡Suéltenme! ¡Dejadme en paz, cabrones!— comenzó a patalear y a retorcerse ella, fuera de sí, mientras las lágrimas de rabia le manchaban el rostro —¡Klaus, por favor, no permitas que me lleven! ¡Haz algo, amor, te lo suplico! ¡Klaus!
Sus gritos desesperados rebotaban por todo el jardín, pero eran completamente ignorados. Tom ni siquiera volvió la cabeza para mirarla; no movió un solo músculo para interponerse. Sus ojos permanecían completamente clavados en mí, fijos, densos y llenos de desconcierto. No comprendía absolutamente nada de lo que estaba presenciando. Ni la frialdad en mis órdenes, ni la presencia de las agencias federales operando bajo mi mando dentro de su propia casa.
Ignorando la tormenta de confusión en su mirada, me giré hacia mi compañero.
—Nos retiramos ya, Xavier. El objetivo está asegurado— le dije en voz baja, pero firme.
Acomodé la correa en mi hombro y me volví hacia los presentes en el porche. Recuperando mi presencia serena.
—Una disculpa sincera a todos vosotros por el exabrupto y por este alboroto en vuestra reunión familiar, no era así como debían llevarse a cabo las cosas— expresé, mirando brevemente a la señora Charlotte y a Travis —Que tengáis buena tarde.
Sin esperar respuesta, me di la vuelta para marcharme a paso firme hacia las patrullas que aguardaban fuera. Para salir, tenía que pasar inevitablemente al lado de Tom, quien seguía petrificado en el mismo punto, bloqueando ligeramente el paso. No me detuve ni hice ademán de rodearlo. Avancé con la frente en alto y, al pasar a su lado, choqué mi hombro con fuerza contra el suyo, provocando que se tambaleara un milímetro tras el golpe.
No me molesté en volver la cabeza para mirarlo. Seguí mi camino con paso firme, dejando atrás aquel caos que había montado Catalina y a un Tom completamente paralizado en la entrada.
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Al otro lado del cristal espía de la sala de interrogatorios, la escena era un retrato del rigor de la agencia. Catalina permanecía sentada frente a la mesa de metal, con las manos esposadas al raíl central de sujeción. Sus ojos iban de un rincón a otro de la habitación, desprendiendo una actitud paranoica, muy a la defensiva y con una evidente desorientación. Frente a ella, Xavier mantenía una postura rígida y distante, haciendo anotaciones breves en su carpeta mientras le formulaba las preguntas iniciales para dejar constancia de los datos.
Me crucé de brazos, dejando caer la espalda contra el panel de control de la zona de observación.
—No te imaginas el espectáculo tan bochornoso que me montó en la mansión esta mujer— le comenté a Alex en voz baja, sin apartar la vista del cristal —Gritó, pataleó, intentó hacerse la víctima delante de todos los que estaban allí y hasta pretendió hacer creer a todo el mundo que esto era una especie de vendetta personal. De verdad que fue una odisea conseguir meterla en el coche patrulla sin que aquello acabara en un circo todavía peor.
Alex, que permanecía de pie a mi lado observando atentamente el monitor de audio, esbozó una ligera sonrisa reconfortante y apoyó una mano sobre mi hombro.
—Has hecho tu trabajo de manera eficiente, como siempre, Ben— expresó con serenidad; su voz era suave y tranquila —No tenías por qué aguantar sus faltas de respeto ni sus desacatos estando de servicio. Si quieres presentar una denuncia formal por la actitud grosera que tuvo hacia tu persona como agente al mando, estás en todo tu derecho de hacerlo. Mi equipo tramita los cargos en un segundo.
Negué con la cabeza de inmediato, soltando un leve suspiro.
—No… no merece la pena— murmuré —Si procedo por desacato o difamación, lo único que voy a conseguir es que ella y los demás piensen que actúo movido por el despecho o por un odio contenido hacia ella. No quiero darles esa satisfacción, ni voy a permitir que desvíen la atención del verdadero foco de la investigación. Es mejor dejar pasar sus groserías y centrarnos en lo que sí importa.
Alex asintió en silencio, comprendiendo a la perfección mi punto de vista y respaldando mi criterio sin cuestionarlo.
—Entendido. Es una decisión madura y sumamente inteligente— comentó, ajustándose el reloj de la muñeca después de mirar la hora —El expediente de la visita ya está cargado en el sistema.
—Bien— dije, acomodándome la chaqueta y cogiendo la carpeta de pruebas —Voy a entrar. Es hora de unirme al interrogatorio y ver cuánto le dura la fachada a la señorita Pushkin.
Entré en la sala de interrogatorios, haciendo que el pesado cerrojo de metal resonara al cerrarse a mis espaldas. Catalina dio un pequeño brinco en la silla de metal y levantó la cabeza de golpe, clavando en mí una mirada llena de rabia que apenas podía contener.
—Entonces… señorita, podemos comenzar con el interrogatorio— murmuré.
Me tomé mi tiempo. Deslicé la carpeta de pruebas sobre la mesa, arrastré la silla frente a ella y me senté con mucha calma, apoyando los codos sobre la superficie helada y entrelazando las manos. A su lado, Xavier no levantó la vista de sus notas, manteniendo una presencia imponente. Dejaría que hiciera unas preguntas. Hasta ahora no me había dado quebraderos de cabeza.
—Vaya, vaya… pero si es el gran agente Keller— soltó Catalina con una sonrisa torcida y cargada de sorna, reclinándose contra el respaldo mientras hacía sonar la cadena de las esposas —¿Acaso ya has terminado de dar tu espectáculo ahí fuera o vienes a seguir haciéndote el importante conmigo? Porque te lo aclaro de una vez… estás perdiendo el tiempo. No tengo absolutamente nada que decirte a ti ni a tu agencia.
Mantuve el rostro impasible, mirándola fijamente a los ojos sin concederle ni el más mínimo atisbo de alteración.
—A mí no me pagan por dar espectáculos, Catalina. Me pagan por desarticular operaciones criminales— le respondí en un tono pausado y perfectamente modulado —Y ahora mismo, la única persona que está dando un espectáculo patético y peligroso eres tú.
Abrí la carpeta con parsimonia y saqué un juego de fotografías impresas en alta resolución junto con un informe de ingresos del centro penitenciario. Fui deslizándolas una a una sobre la mesa, justo delante de sus ojos.
—Martes, catorce de Abril. Dos de la tarde— comencé a detallar, marcando cada dato con el índice —Entrada registrada bajo una identidad falsa al ala de máxima seguridad. En la foto número uno estás tú, caminando por el pasillo de visitas. En la foto número dos, tú, en la habitación de visitas conyugales junto a Rodrigo Moratti. Y fotogramas del vídeo de seguridad donde se observa una interacción sumamente sospechosa.
Catalina parpadeó rápidamente al ver las imágenes. La rigidez de su postura cedió apenas un milímetro, pero apretó los dientes y volvió a alzar el mentón con terquedad.
—Eso no demuestra nada— escupió con arrogancia —Esas fotos están borrosas. Cualquiera puede parecerse a mí. Además, no es ningún delito visitar a un conocido.
—El problema, señorita Pushkin— intervino Xavier por primera vez, alzando la voz con gravedad mientras se inclinaba hacia delante —es que Rodrigo Moratti no es un «conocido». Es un preso procesado por narcotráfico y crimen organizado a nivel federal. Incluso fue su pareja. Y cuando una persona utiliza credenciales falsificadas para entrar en un penal de máxima seguridad y reunirse a solas con un objetivo prioritario… deja de ser una visitante casual para convertirse en una cómplice directa.
—¡Yo no soy cómplice de nadie!— gritó ella, dando un tirón frustrado a las esposas —¡Ya os he dicho que no tengo nada que decir! No sé qué coño quería Rodrigo, no sé qué hace, ni me importa.
Xavier soltó un leve tarareo burlón y comenzó a hojear un expediente secundario.
—Entiendo… Es curioso, porque en la base de datos del centro penitenciario consta que la solicitud de esa visita conyugal fue aprobada mediante una clave de autorización interna. Una clave que solo maneja el personal de custodia corrupto de Moratti. Si tú no sabías nada de sus asuntos, ¿cómo es que tenías esa clave de acceso? ¿Quién te la proporcionó? ¿Acaso trabajas directamente para la red de sus socios?
—¡Yo no trabajo para sus socios!— soltó Catalina de golpe, cayendo redonda en la trampa. La rabia le ganó a la cabeza —¡A mí ellos dos solo me están presionando para…!
Se cortó la frase a mitad de camino. Se le congeló la respiración y los ojos se le abrieron de par en par al darse cuenta del garrafal error que acababa de cometer.
Xavier y yo ni siquiera pestañeamos. El silencio en la sala se volvió casi sepulcral, o al menos así lo percibí yo, bastante entretenido con aquello.
—¿Para qué te están presionando, Catalina?— pregunté, deslizando el cuerpo hacia delante, desarmándola por completo con la mirada —¿Para qué te tienen entre la espada y la pared?
—Yo… yo no he dicho eso— tartamudeó, intentando recomponer la fachada mientras el sudor frío empezaba a perlarle la frente —Lo habéis entendido mal. Yo no conozco a esa gente.
—Déjate de gilipolleces, Pushkin. Ya te has delatado tú sola— le solté con firmeza; a ella se le fue todo el aire de los pulmones —Escúchame muy bien, porque no te lo voy a repetir… estás metida en un problema de dimensiones federales. Como, por ejemplo, encubrimiento de un fugitivo de alta peligrosidad, conspiración, falsificación de documentos oficiales y colaboración con el crimen organizado. Con los cargos que tenemos listos para redactar en este expediente, vas a pasar los próximos quince o veinte años de tu vida pudriéndote en una cárcel de mujeres sin derecho a fianza.
A Catalina se le llenaron los ojos de lágrimas, pero esta vez no eran de actuación; eran de puro y verdadero pánico, pude notarlo. La soberbia se le desintegró en la cara.
—Tú sabes perfectamente cómo operan los socios de Rodrigo, y justamente él mismo— proseguí, bajando la voz hasta convertirla en un murmullo —Para ellos no eres más que un peón desechable. En cuanto sientan que esta investigación se les viene encima, lo primero que van a hacer es silenciarte. No vas a durar ni dos días en libertad ahí fuera.
Catalina bajó la cabeza, dejando escapar un sollozo ahogado. El temblor de sus manos hacía sonar las esposas contra la mesa.
—Tu única salida, la única que te queda para no acabar en una fosa o en una celda cochambrosa, es colaborar con la DEA— le ofrecí, marcando la palabra —Si hablas ahora mismo, si nos dices exactamente qué es lo que busca Rodrigo y qué te exigieron hacer, yo mismo me encargo de meterte de inmediato en el programa de protección de testigos. Te garantizamos seguridad total, custodia federal las veinticuatro horas y una reducción sustancial de cargos. Si te callas… te dejas ahogar sola. Es tu elección.
Catalina tragó saliva con dificultad. Se limpió una lágrima con el hombro, mirando a Xavier y después a mí, buscando desesperadamente una grieta en mi postura. No encontró ninguna. Éramos la ley, y la teníamos acorralada.
—Él… él quiere escaparse— susurró con la voz completamente quebrada y el orgullo hecho pedazos —Rodrigo tiene todo planeado para fugarse durante el traslado de su segundo juicio y contará con ayuda del más grande de los grandes.
¿Brian…?
Xavier cogió un bolígrafo, listo para registrar cada palabra.
—Sigue— le ordené sin perder el rigor.
—Jota y Gallo, sus dos socios, me enviaron aquí a buscar algo después de obligarme a hacerle la visita conyugal a Rodrigo…— prosiguió Catalina entre sollozos, apretando los puños sobre la mesa —Me exigieron que consiguiera unos códigos. Unos códigos de acceso de alta seguridad que tiene la DEA, y como Klaus tiene contacto ahora con vosotros, él me dijo que acercándome a él lo conseguiría… Con eso Rodrigo pretende financiar y abrir las puertas para su fuga. Me dijeron que si no se los entregaba a tiempo… me iban a matar a mí y a mi familia…
Xavier y yo intercambiamos una mirada rápida. Las piezas del rompecabezas finalmente encajaban a la perfección.
—Nombra a todos los involucrados, Catalina. Desde el primer nombre hasta el último detalle— le exigí, ajustando el micrófono de grabación de la mesa —Empieza desde el principio.
.
TOM
—Si esa mujer resulta ser una espía, estamos seriamente jodidos, ¿eh, Tom?— me reprochaba Travis, clavándome una mirada enardecida mientras avanzaba a pasos lentos por el despacho, presionándose todavía la zona de la herida —Bill fue bastante claro, esa infeliz le hizo una visita conyugal a Rodrigo en la cárcel. ¿Sí entiendes la magnitud de eso, o te lo tengo que dibujar? Quién coño sabe qué mierda están tramando a nuestras espaldas.
—¿Y por qué cojones me hablas como si yo tuviera la culpa de sus decisiones?— refunfuñé, cruzándome de brazos a la defensiva y apretando la mandíbula.
—¿Pues quién coño fue el imbécil que se la trajo arrastrando desde Brasil?— preguntó Bach desde el sofá, alzando una ceja con una obviedad bastante exasperante.
Solté un largo suspiro, pasándome una mano por la cara con impotencia.
—Sí, vale, fui yo. Pero jamás le he contado un solo detalle sobre mis movimientos operativos ni tiene acceso a nada que pueda revisar— musité, intentando buscar una grieta de lógica —Dudo muchísimo que sea una espía. Cuando me pidió ayuda en Brasil parecía realmente desesperada por escapar de aquel agujero…
—¿Hasta qué punto de gilipollez puedes llegar, Tom?— me recriminó Georg, frunciendo el ceño con profunda irritación —Todo pudo haber sido una maldita puesta en escena desde el primer día. Seguramente la estrategia inicial era que Catalina se te pegara como una garrapata, que sintieras compasión por su numerito, la sacaras de allí y luego se fuera ganando tu confianza para reventar al Clan desde dentro y quedarse con todo. Claro que el plan se le fue a la mierda porque jamás se esperaba que la DEA lo tuviera en el radar y lo atraparan…
Negué con la cabeza, sintiendo una punzada de rechazo ante aquella idea.
—Eso suena completamente ridículo.
—Klaus…— me llamó mi hermano, clavando sus ojos en los míos con severidad y también con una advertencia apenas contenida —No descartes ninguna posibilidad. En nuestra posición, la ingenuidad se paga con sangre.
Por más que mi cerebro intentaba procesar sus palabras y evaluar aquella hipótesis con frialdad, algo viscoso e invisible dentro de mi cabeza se negaba rotundamente a dejarme desconfiar de ella. Y aquella resistencia interna me frustraba hasta la locura. Quería obligarme a ver a Catalina como la amenaza que todos describían, pero mantener esa idea me producía una sensación de asfixia insoportable. Me ponía excesivamente irritable, y los dolores de cabeza… joder, eran una tortura diaria. Tenía que atiborrarme de pastillas para dormir por las noches, porque en cuanto caía la noche, mi mente traicionera volvía inevitablemente a Bill…
A su hermoso rostro… a la curvatura de sus labios carnosos, a la profundidad de sus ojos color miel. A su sonrisa, a la línea de su cuerpo, a la calidez de su piel… a todo él. Y pensar en él con aquel anhelo tan desmedido y enorme me dolía en lo más profundo del pecho.
La única forma que encontraba para calmar aquel dolor punzante era dejar correr aquellos pensamientos oscuros y distorsionados que me asaltaban una y otra vez, en los que me obligaba a convencerme de que Bill no significaba nada para mí. Pero odiaba aquella mentira. La aborrecía con toda mi alma, porque Willem lo era absolutamente todo en mi vida. Y, sin embargo, no entendía qué me estaba pasando…
—Lo siento…— murmuré apenas, desviando la mirada hacia el suelo barnizado —No puedo…
«Eso es, Klaus…», me susurró aquella voz ronca y ajena en el fondo de mi cabeza. «No te resistas…»
—Vale— dijo mi hermano, cortando el tema sin insistir. Se me quedó mirando durante un par de segundos, escaneando la palidez de mi rostro antes de soltar un suspiro pesado y retomar la conversación con el resto del grupo.
Yo me quedé allí, completamente desconectado y fuera de lugar.
Había una pulsión extraña en mi interior que me empujaba a salir corriendo en busca de Catalina, al mismo tiempo que una fuerza opuesta me contenía con brusquedad. Las palmas de las manos me escocían; el sudor frío me perlaba la nuca y odiaba con toda mi alma cuando aquella crisis se apoderaba de mí. Sentirme tan abrumado, agotado y frágil era degradante. Era como si un parásito me estuviera drenando la energía vital en cuestión de segundos. Y lo más aterrador era que, en medio de aquel colapso, mi propio subconsciente no dejaba de repetir su nombre en un eco completamente infinito…
Billie, Billie, Billie, Billie…
¿Por qué, por el simple hecho de pensarte, siento que me aprietan una soga alrededor del cuello?
Como si me estuvieran castigando por negarme a ceder ante ese odio que no siento por ti, pero que me fuerzan a tenerte a cada segundo. ¿Y por qué a mi propio subconsciente parece no importarle morir asfixiado con tal de sostener tu imagen? Mi propia voz en mi cabeza dice que tú eres su vida… pero para mí también lo eres. Eres mi existencia entera… pero pensar en ti de esta manera me destroza físicamente.
—Eh, ¿todo bien contigo, tío?— me preguntó Harry, observándome con evidente preocupación en la mirada mientras apoyaba una mano sobre mi hombro —Tienes una pinta horrible, estás pálido como un cadáver— añadió.
—Todo bajo control…— alcancé a articular, antes de que me sacudiera una tos seca y ligera.
«No te salgas de mi control…», exigió aquella voz, seguida de una punzada justo en el centro del pecho. «Catalina es la única que importa… Willem es a quien odias. Repítelo: lo odias.»
Mmm, no. Jamás.
—… Necesito tomar un poco de aire fresco— anuncié torpemente y, sin esperar la reacción de nadie, me di la vuelta y abandoné el despacho a toda prisa.
Bajé los peldaños de la escalera de mármol y crucé el majestuoso vestíbulo caminando casi como un autómata, tambaleándome con torpeza.
Últimamente, mi subconsciente y aquella maldita voz que pretendía doblegarme mantenían una guerra encarnizada dentro de mi cabeza. Sabía perfectamente que aquello no era normal; comenzaba a cuestionarme seriamente si mi salud mental se había desmoronado por completo, si me había vuelto más loco de lo que ya estaba. No tenía forma de medirlo, pero las batallas en mi mente eran brutales.
Peleaban ferozmente por ver quién tomaba el control de mis actos. Era como si mi verdadera conciencia fuera un ente independiente, una versión de mí mismo que se negaba rotundamente a someterse ante cualquier imposición externa; aquella faceta que me recordaba exactamente quién era yo antes de que nuestro mundo se fuera a la mierda…
Antes de llegar a creer que mi morenito estaba muerto.
«Oh, Klaus… no te salgas de mi control», me suplicaba y amenazaba aquella presencia. «No te salgas… no te salgas… no te salgas… Tus pensamientos y tu corazón me pertenecen.»
Al cruzar el ventanal y salir al aire libre, inhalé una bocanada gigantesca de oxígeno. Cerré los ojos con fuerza, tratando de recuperar el control de mi cuerpo y de vaciar mi mente, pero alcanzar la serenidad era una causa perdida. En cuanto el rostro de Willem se proyectaba sobre mis párpados, era imposible borrarlo. Me torturaba pensando en el odio que ahora sentía hacia mí… por cada una de las atrocidades que le escupí aquella noche. La noche en que lo tomé entre mis brazos, como en los viejos tiempos…
«Sentirlo estremecerse contra mi pecho, completamente perdido en el vórtice del placer…»
Humm…
«No te salgas de mi control, Klaus.»
«Escucharlo gemir descontrolado, suplicándome que no me detuviera…»
«Klaus…»
«Que me odie me corroe el alma, pero también me excita. Me fascina la idea de poseernos mientras nos estamos destruyendo.»
Mierda. El dolor de cabeza se intensificó hasta alcanzar un nivel casi insoportable; podría compararse con una migraña que ninguna dosis de analgésicos lograba aliviar. Había perdido la cuenta de cuántas pastillas me había tragado a lo largo del día desde que comenzaron aquellos episodios.
«No te salgas… no te salgas… no te salgas…», insistía la voz, rozando la desesperación. «Tienes que ir a buscar a Catalina.»
Debo buscarla…
«Catalina debe estar sufriendo, encerrada y desprotegida.»
¿Realmente debo buscarla…?
«¡No!»
Abrí los ojos de golpe, agitado y respirando entrecortadamente. Me llevé la mano al esternón, arrugando las facciones por la punzada de angustia. Era demasiado. Cada embestida de aquella fuerza me agotaba a niveles astronómicos, drenándome la vitalidad como si el simple hecho de aferrarme a mi verdad me exprimiera hasta la última gota de energía… Aunque, pensándolo bien, sería maravilloso si fuera mi moreno el que estuviera sobre mí, extrayéndome hasta el último aliento.
Con su boca en mi pene…
Guau… eso sería majestuoso.
—¡Ven aquí, Tyler!— escuché el grito risueño de Cristina proveniente de un rincón del jardín.
La pequeña se partía de risa. El ambiente festivo aún permanecía en el patio trasero después de que se marchara la mayoría de los invitados. Ni siquiera me había parado a comprobar quiénes quedaban; quizá algunos primos lejanos, ¿qué más daba? Mi mente solo estaba ocupada reproduciendo lo ridículamente atractivo que se veía mi morenito enfundado en su uniforme de la DEA…
Ese pantalón le marcaba el culo de una forma exquisita.
—Ouch…— gemí entre dientes, llevándome los dedos a las sienes al sentir un latigazo de dolor agudo —Maldita sea… la vida de cualquier desgraciado es mil veces más sencilla que la mía— me quejé en un murmullo.
Rodeé la estructura de la mansión y, en un par de minutos, me encontré en la zona del césped. Mis hombres de seguridad custodiaban el perímetro fuertemente armados; en una de las mesas de teca estaba sentada mi cuñada junto a mi madre, observando con ternura a los niños que jugaban a unos metros. Cristina sostenía un frasco para hacer burbujas, soplando con entusiasmo para verlas elevarse antes de estallar suavemente. Eran diminutas, y cada vez que flotaban en el aire… mi hijo soltaba una risita.
Mi hijo. La sola visión de su pequeña figura me sacó una sonrisa al instante.
Me moría por acercarme… pero Billie me había dejado clarísimo que no me quería cerca del niño. Y por más que le rogué, se negó rotundamente a concederme el derecho, haciéndome sentir como la peor basura sobre la faz de la tierra. Me lo merecía, por supuesto; merecía cada una de las palabras envenenadas que salieran de esa boquita deliciosa que jamás perdería su sutil toque a caramelo.
Así que, si sus desprecios dolían, daba igual, porque el odio también era una forma de pasión. No era el sentimiento más noble, pero estaba seguro de que me odiaba con vestigios de lo que fuimos. Siempre me había fascinado verlo furioso, y aunque la situación actual era trágica, mierda… absolutamente todo en él me provocaba un deseo irrefrenable. ¿Qué cojones podía hacer al respecto? ¿Acaso era un puto masoquista por disfrutar de que me tratara con ese desprecio? Podía destrozarme con sus palabras y acribillarme con sus miradas de asco, e igualmente conseguía que mi cuerpo reaccionara de inmediato.
Sí, definitivamente eres un masoquista sin remedio, Tom. Ese morenito te tiene perdiendo la cabeza.
Sentí el impulso de darme un golpe seco contra la pared; a menudo lo pensaba, tal vez un impacto fuerte lograría apagar la migraña. Pero ni el dolor más agudo iba a privarme de idear una estrategia para conseguir que Billie me regalara aunque fuera un beso más. Le suplicaría de rodillas si era necesario… tenía un arsenal de ideas en mente.
Probar una mínima dosis de su presencia me devolvería la vida, aunque durara apenas un par de segundos; solo él tenía el poder de otorgarme paz. Una migaja de sus labios… o incluso una bofetada propinada por su mano… Cualquier contacto sería bienvenido y recibido con devoción.
Con pasos pausados, fui acercándome a la zona del jardín donde estaban los niños. Cristina, al percatarse de mi presencia, se puso de pie y corrió presurosa hacia donde estaba su madre. La observé por un instante antes de fijar la vista en el pequeño, que permanecía sentado sobre la hierba sosteniendo el recipiente de las burbujas, soplando con el ceño fruncido al no conseguir que salieran.
—Mhmm…— se quejó el pequeño, alzando la cabecita y haciendo un tierno puchero mientras sus ojitos se llenaban de lágrimas de frustración.
—Ouh… ¿qué pasa, mi amor?— le pregunté con dulzura, poniéndome de cuclillas para quedar a su altura.
—No sibe…— me dijo con su vocecita sumisa y entristecida —No hace bubusa…— y, en un arrebato de impotencia, lanzó el plástico lejos de él —¡Malo!— protestó —Quero mi mami…— refunfuñó, cruzándose de brazos como mejor podía, abrazándose el tórax con un mohín adorable en los labios —¡Quero mi mami!
—Mami no está aquí en este momento, mi cielo— le hablé con el tono más suave que pude articular, tomándolo en brazos con extrema delicadeza. El niño no se resistió; se dejó coger con confianza. No era la primera vez que lo hacía, quizá me recordaba. —Pero estoy yo aquí contigo… yo soy tu papá, ¿sabes?
—¿Mhmm?
—Papá… Soy tu papá, pequeño— le repetí al ver cómo me examinaba con unos ojos curiosos y enormes. Deposité un beso tierno en su frente; una oleada de emoción me inundó por completo, haciéndome inmensamente feliz de poder sostenerlo y hablarle sin el pánico constante de que Bill apareciera para arrebatármelo, como sucedió en la boda de Bach —Y papá te va a comprar todos los juguetes que se te antojen.
—Uguetes…— susurró el niño, dejando escapar una risita tímida —¡Quero uguetes!
—¿Sí? Pues te voy a llenar de regalos; vas a ser el niño más mimado de todo el planeta, mi vida— le sonreí —Aunque tu mami sea un poquito difícil, porque no quiere que te llene de juguetes. Pero no te preocupes, yo me las voy a ingeniar para convencerle.
El niño se llevó el puñito a la boca mientras reía entusiasmado, sin comprender del todo la complejidad de mis palabras, pero contagiándose de mi afecto. Me invadió una ternura inmensa solo de verlo.
—Tom…— resonó la voz de mi madre a mis espaldas.
—Por favor, mamá…— suspiré sin girarme, adivinando el motivo de su intervención —Solo quiero disfrutar unos minutos con mi hijo, es lo único que pido.
—Sabes perfectamente que Bill no está de acuerdo y deberías respetar su postura…
—Soy su padre, joder…— mascullé entre dientes —Y Bill no está presente en este instante. Concédeme unos momentos a solas con él, solo quiero que empiece a reconocer mi presencia.
Mi madre dejó escapar un resoplido resignado, pero decidió no insistir.
—¿Papá…?— repitió el pequeño, vocalizando la palabra de una forma bastante adorable.
Mierda, sentí cómo el corazón me dio un vuelco violento en el pecho, henchido de emoción al escucharlo pronunciar esa palabra. Jamás había tenido la dicha de oírsela; a mis gemelos me los arrebataron antes de que pudieran articular su primera sílaba. Esa herida jamás se cerraría.
—¡Papá, papá, papá, papá!— exclamaba el niño entusiasmado, como si le fascinara el sonido de la palabra.
—Sí, mi vida… yo soy tu papá, ¿de acuerdo?— confirmé, pegando mis labios a su mejilla regordeta mientras luchaba por contener las lágrimas que me nublaban la vista —Muy pronto vamos a estar juntos tú, tu mami y yo. Y no me voy a despegar de ti ni un solo segundo en cuanto consiga que mami me permita estar a su lado…
—¡Mami, amo mi mami!— gritaba alegremente.
—Sí, mi amor… yo también le quiero y muchísimo…— murmuré con la voz quebrada.
—Ya es hora, cariño…— intervino mi madre con tono apesadumbrado, extendiendo los brazos para coger al niño.
Con profunda renuencia, se lo entregué lentamente, parpadeando para disipar la humedad de mis ojos.
—… Sophia no tarda en venir a por él.
Cogí un poco de aire por la nariz.
—¿Lo has oído, mamá? Me ha llamado «papá»— musité con un hilo de voz tembloroso.
Mi madre me observó con compasión y una débil sonrisa se formó en sus labios al verme tan conmovido por un gesto tan simple.
—¡Papá!— chilló el pequeño nuevamente desde los brazos de su abuela, soltando una carcajada —¡Mami, papá! ¡Mami, papá!
Contemplar a Tyler era como tener delante al propio Willem cuando era un bebé. Algo muy dentro de mí me decía que, al crecer, se convertiría en el vivo retrato de mi Billie hermoso, fascinante, con sus mismos ojos expresivos, su sonrisa encantadora… ¡e incluso ese distintivo lunar debajo del labio inferior! Mierda, qué hijos tan espectaculares me mandó el destino.
Definitivamente, todo lo que se concibe con amor sale perfecto.
—Despídete de papá, mi cielo…— le indicó mi madre dulcemente.
Tyler me buscó con la mirada al instante. Alzó su manita y la agitó en el aire con cierta torpeza.
—Chao, papá— repitió con esa vocecita adorable que me derretía. Y todo esto lo disfrutaba Bill él solito, humm…
—Mándale un beso volado, como te enseñó Cristi, mi amor…
El niño juntó los labios y lanzó un beso al aire con sus manitas, despertando en mí no solo un deseo voraz por volver a cogerlo y llevármelo lejos para no separarme de él jamás —siendo esa la única alternativa para ejercer mi paternidad—, sino arrancándome una risa en medio de tanto caos.
Mi madre celebró su gesto entre risas mientras empezaba a caminar hacia la casa. Yo me quedé inmóvil en el centro del jardín, observando cómo se alejaban con mi pedacito de cielo.
Dios bendito, Billie… ¿cuándo cojones va a terminar tu castigo, amor de mi vida?
Continúa…
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