Fic de unicornlitz. Temporada III
Capítulo 25
Volví a mi apartamento sin tomarme la molestia de despedirme de nadie; el ambiente en aquella casa me asfixiaba. Solo me quedé a cierta distancia hasta asegurarme de que Sophia efectivamente había llegado a por el niño, cumpliendo la orden, posiblemente directa, que Bill le había dado. La vi llevarse a mi hijo después de dedicarme una mirada descontenta que simplemente decidí ignorar.
En cuanto salieron, cogí las llaves de mi coche y abandoné la residencia de mis padres a toda hostia.
Ahora estaba sentado en el sofá del salón de mi apartamento, sujetando un vaso bajo con dos dedos de whisky en una mano y un cigarrillo encendido entre los dedos de la otra. El humo denso flotaba en la tenue oscuridad del lugar. Aprovechando aquel brevísimo lapso en el que conseguía mantener el control de mis propios actos —por mucho que luchar por ese control me estuviera destrozando el cuerpo por dentro—, sabía que tenía que enfrentarme seriamente a Catalina en cuanto pusiera un pie aquí.
No me faltaban ganas de meterle un tiro entre las cejas o echarla a la puta calle después de darle el susto de su vida por jugar a ser espía; pero ¿de qué cojones me iba a servir actuar a lo bestia? Si la echaba ahora mismo, en cuanto Klaus volviera a tomar el control de mi mente, volvería a buscarla y a cagarla con sus decisiones de mierda.
No. Tenía que aguantar, resistir hasta encontrar la manera definitiva de romper aquel puto embrujo que esa zorra me había metido —porque sabía que había sido ella—, para quitármela de encima de una vez por todas… Y no solo eso.
Se merecía un castigo colosal por cada una de las desgracias que había provocado en mi vida.
La estaba esperando con un hilo prácticamente inexistente de paciencia. No tenía ni idea de si en la DEA la dejarían marcharse aquel mismo día; si había colaborado con las autoridades, quizá le habrían firmado la salida rápida, pero si se había puesto chula delante de Bill otra vez, seguro que la mantendrían encerrada en una celda de contención.
Sinceramente, esperaba que la muy zorra hubiese abierto la boca, porque necesitaba urgentemente que me diera una maldita explicación cara a cara.
Permanecí inmóvil en el sillón durante más de media hora —o quizá una eternidad, ya había perdido la noción del tiempo—, sirviéndome copa tras copa cada vez que el vaso se quedaba vacío y fumando un cigarrillo tras otro mientras diseñaba en mi cabeza la manera más cruel y entretenida de hacerla cantar.
Sentía que el cuerpo ya no me daba para esperar mucho más. Mantener la conciencia firme me estaba exprimiendo hasta la última gota de energía…
Hasta que el sonido del ascensor privado resonó en la entrada, las puertas dobles se abrieron y de ellas salió Catalina. Estaba pálida, con la mirada desorbitada, completamente agotada y… destrozada. No necesité observarla más de dos segundos para darme cuenta de que los federales la habían exprimido hasta dejarla hecha un guiñapo.
—A ti te estaba esperando…— murmuré con voz grave, llevándome el vaso a los labios para tragarme el whisky de un solo trago, apurando lo que quedaba.
—Klaus, yo…— titubeó ella, dando un paso torpe hacia atrás mientras yo dejaba el vaso de cristal sobre la mesa de centro con un golpe seco y aplastaba el cigarrillo contra el cenicero. Me puse de pie con parsimonia, haciendo crujir los hombros y arremangándome lentamente las mangas de la camiseta —Te juro que te lo puedo explicar todo… Lo de Rodrigo…— suplicó con un hilo de voz tembloroso y la culpa dibujada en el rostro.
—Eso es, precisamente, lo que estoy esperando que hagas.
Catalina dio otro paso hacia atrás, entrelazando las manos temblorosas a la altura del pecho mientras el miedo que sentía le desencajaba las facciones.
—Es que… es complicado, Klaus— empezó a balbucear con la voz rota y entrecortada, mirando fijamente al suelo para evitar el peso de mi mirada —Cuando yo estaba allí… con Rodrigo… él me obligó. Yo no quería hacer nada de esto, te lo juro por mi vida, pero es que él… él es un monstruo y me amenazó con…
El tono vacilante, sus pausas estúpidas y la evidente falsedad de sus palabras hicieron saltar por los aires la poca paciencia que me quedaba. La rabia, pura y enorme, que llevaba conteniendo se me encendió en la sangre a una velocidad brutal. Sin darle tiempo ni siquiera a pestañear, acorté la distancia entre los dos con un movimiento rápido y violento.
Deslicé la mano derecha hacia delante y cerré los dedos alrededor de su garganta con fuerza, levantándola un par de centímetros del suelo antes de estamparle la espalda contra la pared más cercana con un golpe seco.
El impacto resonó por toda la estancia y el adorno de la repisa de al lado tembló. Catalina soltó un chillido ahogado de pánico que se cortó en seco en cuanto le apreté el cuello, dejándola sin aire de golpe. Sus pequeñas manos comenzaron a arañarme el antebrazo desesperadamente, intentando inútilmente librarse de mi agarre.
—¡Déjate de rodeos y habla de una puta vez!— le siseé a centímetros de la cara, sintiendo el aire caliente de su respiración entrecortada —Si escucho una sola vacilación más salir de tu boca, te juro por Dios que te rompo el cuello aquí mismo y te mando en una bolsa negra de vuelta a Brasil. A mí no vengas a llorarme.
En el preciso instante en que aumenté la presión de mi mano sobre su cuello, una punzada dolorosa y atroz me atravesó el cráneo de lado a lado. El dolor de cabeza, cada vez más insoportable, como si me estuvieran clavando un piolet congelado directamente en el cerebro, me nubló la vista durante un segundo entero. Una oleada de mareo me sacudió; aquella fuerza oscura e invisible dentro de mi cabeza gritaba, castigándome por agredir a la mujer que, en teoría, debía «proteger».
Apreté los dientes con fuerza, sintiendo como el sudor frío comenzó a correrme por la sien. Me negué rotundamente a ceder. Ignoré el mareo y aquella migraña tan horrible que amenazaba con hacerme caer de rodillas, apretando la mandíbula con rabia. Sujetar a aquella zorra traidora por el cuello y ver el pánico en sus ojos era la única vía de escape que tenía en aquel momento para desquitarme, la única manera de cobrarle una mínima fracción del infierno que me estaba haciendo vivir.
—¡Habla!— exigí con la voz convertida en un rugido.
Catalina comenzó a ponerse morada; las lágrimas le caían a borbotones por las mejillas y los ojos parecían salírsele de las órbitas.
—¡K-Klaus…! ¡Por… favor…!— consiguió articular en un hilo de voz casi imperceptible, desesperada por conseguir una pizca de oxígeno —¡Te… te lo voy a contar todo…! ¡Suéltame… me estoy ahogando…!
La observé un segundo más, disfrutando de la agonía reflejada en sus facciones, hasta que la punzada de mi cabeza se volvió tan destructiva que sentí que el ojo izquierdo iba a reventarme. Solté una última bocanada de aire, relajé la tensión de mi brazo y aflojé el agarre de golpe.
Catalina cayó hecha un ovillo sobre la alfombra, llevándose ambas manos al cuello enrojecido y tosiendo descontroladamente, intentando recuperar el aire a violentas bocanadas.
—Tienes exactamente un minuto para soltarlo todo. Sin mentiras, sin adornos y sin victimismos estúpidos— sentencié desde arriba, dando un paso atrás y pasándome la mano por la cabeza mientras el latido punzante de mis sienes me ensordecía —O hablas como Dios manda, o la próxima vez no te voy a soltar.
Catalina se encogió contra la pared, limpiándose la saliva y las lágrimas con la manga del jersey, temblando como un perro apaleado. Me miró con un terror enorme; el disfraz de mujer sumisa e indefensa se le había caído por completo.
—Rodrigo… Rodrigo tiene planeado escaparse de la penitenciaría— confesó de golpe, hablando a toda prisa por miedo a que volviera a arremeter contra ella —Él… él se enteró de alguna manera, estando allí dentro, de que tú y el Clan tenéis conexiones directas con la DEA. Supo que tenías información y acceso a la red federal…
Hizo una pausa para tragar saliva, frotándose la marca roja de mis dedos sobre su piel blanca.
—Su plan desde el principio era enviarme a mí… Me exigió que me acercara a ti todavía más como fuera, que aprovechara que estaba metida en tu vida y en tu casa para sacarte los códigos de acceso— continuó con la voz quebrada y la mirada perdida —Me dijo que tenía que conseguir esas claves sin importar lo que tuviera que hacer… ¡Incluso me ordenó que, si tú te negabas o sospechabas algo, buscara la forma de acercarme al mismísimo Benjamín para sacárselos a él!
Solté una risa seca, amarguísima y carente de cualquier atisbo de gracia. La rabia me recorrió las venas. Así que este era el estúpido plan que Rodrigo había montado, y yo que lo creía un poco más inteligente, pero no, solo estaba utilizando a esta zorra para que ella jugara con el poco juicio que me quedaba, intentando conseguir que le entregara las llaves del reino a un desgraciado encarcelado.
Llaves que ni siquiera tenía.
—¿Y qué más?— exigí saber, cruzándome de brazos mientras el dolor de cabeza bajaba de golpe hasta convertirse en una especie de latido constante —¿Cómo piensa llevar a cabo esa locura Moratti?
—Tiene apoyo desde fuera…— prosiguió ella de inmediato, sin querer arriesgarse a hacerme esperar —Rodrigo cerró un trato con un narcotraficante de altísimo rango dentro de la Red Roja. Ellos van a financiar y a coordinar toda lo pesado. El escape no va a ser dentro del penal… van a reventar el operativo de traslado el mismísimo día de su segundo juicio, cuando lo estén llevando al tribunal federal.
Me quedé en silencio durante un par de segundos, procesando cada pieza de la información. El rompecabezas encajaba a la perfección con las sospechas de mi Bill y las alertas de la agencia.
—¿Y por qué cojones esperaste a que la DEA te arrastrara fuera de la mansión para venir a contármelo?— le cuestioné con desprecio, dando un paso hacia ella.
—¡Porque tenía miedo, Klaus!— chilló ella, encogiéndose de nuevo contra el zócalo de la pared —Te lo iba a decir, te juro que estaba buscando el momento exacto para decírtelo, pero tenía pánico de lo que Rodrigo o su gente pudieran hacerme si se enteraban de que los había delatado. ¡Estaba entre la espada y la pared!
Permanecí de pie frente a ella, observando cómo temblaba en el suelo. El odio que sentía por aquella mujer me quemaba por dentro; cada fibra de mi ser me exigía desenfundar el arma y borrarla del mapa por haberme tomado por imbécil. Pero en cuanto el pensamiento de ejecutarla se me cruzó por la mente, la fuerza oscura dentro de mí volvió a apretar las cadenas, enviando una descarga de dolor tan, pero tan jodidamente sofocante que me obligó a apretar los puños con impotencia.
Estaba atado. No podía hacerle el daño irreversible que se merecía por culpa del maldito embrujo que llevaba encima.
—Vas a darte un baño y vas a limpiarte esa cara de lástima— le ordené en un murmullo, dándole la espalda para caminar hacia la barra de la cocina —Te vas a quedar encerrada en esa habitación hasta que yo decida qué mierda voy a hacer contigo. Si intentas salir de este apartamento o hacer una sola llamada… te juro que ni el diablo va a salvarte de mí. ¿Te ha quedado claro?
—Sí… sí, Klaus. Lo que tú digas— susurró, toda sumisa, poniéndose de pie a trompicones para alejarse hacia el pasillo lo más rápido que sus piernas le permitieron.
Me serví otro vaso de whisky con la mano temblorosa, sintiendo un peso sobre mis hombros, más del que ya llevaba encima, y la impotencia ardiéndome en el pecho. Las cosas estaban sobre la mesa. Ahora la pregunta era cuánto tiempo me quedaba antes de que el juicio de Rodrigo se convirtiera, literalmente, en una guerra campal.
Si es que la DEA hacía algo antes para evitarlo.
.
BILL
Había terminado mi labor en la oficina por ese día; eran aproximadamente las nueve de la noche cuando crucé las puertas de la Sede. Bach me había preguntado por mensaje a qué hora saldría y, bueno, yo le indiqué el horario exacto. Tal y como le pedí, me estaba esperando en el aparcamiento subterráneo. Tenía la espalda apoyada contra una de las columnas de hormigón y un cigarrillo encendido entre los dedos, al que daba caladas pausadas mientras el humo subía en espirales hacia el techo.
Lo miré en silencio durante unos segundos antes de relamerme los labios y avanzar hacia él. Estaba parado justo al lado del coche que Alex me había prestado para moverme con libertad mientras permaneciera en Alemania.
—Hola— saludé tras inhalar una profunda bocanada de aire frío.
Bach me miró de soslayo al escuchar mi voz. La temperatura había bajado drásticamente al caer la noche; a estas horas el ambiente se ponía verdaderamente helado en el subterráneo, y la chaqueta de mi uniforme no me cubría lo suficiente para frenar el escalofrío.
—¿Cuánto llevas aquí?— pregunté, frotándome las manos.
—Unos cinco minutos— respondió, curvando las comisuras de los labios hacia abajo con ademán despreocupado —¿Ya podemos hablar, verdad?
—Sí, sube.
Saqué las llaves del bolsillo y desactivé el cierre centralizado. Al instante, Bach abrió la puerta del copiloto y se acomodó en el asiento, mientras yo rodeaba la carrocería para ocupar el lugar del conductor.
—Pondré la calefacción— anuncié al cerrar la puerta. Encendí el motor y regulé el aire caliente; acto seguido me quité la chaqueta del uniforme porque sabía que en cuestión de minutos empezaría a agobiarme y no quería eso —¿A dónde vamos?— pregunté, acomodándome en el asiento mientras me abrochaba el cinturón de seguridad.
—A donde quieras— dijo y se encogió de hombros, ajustando el espejo retrovisor.
Bach bajó un par de centímetros la ventanilla para seguir fumando sin complicaciones y evitar que el humo denso se concentrara en el habitáculo. Puse el coche en marcha, salí del aparcamiento subterráneo y me incorporé a la carretera iluminada por las farolas de la ciudad.
—Sabes que yo no te voy a juzgar por nada, ¿verdad, nene?— comenzó a decir a mi lado, rompiendo el murmullo del motor —Solo quiero saber cómo estás. Es todo.
—¿Cómo estoy?— pregunté con un hilo de voz bajo, manteniendo la vista fija en el asfalto y sujetando el volante con firmeza.
—Te vi con Tom la otra noche— soltó de la nada, con cierta franqueza que me cortó la respiración, y no exageraba. Giré la cabeza de golpe para mirarlo brevemente antes de volver a prestar atención a la carretera. Me impactó su total sinceridad —Solo los escuché hablar… Yo iba llegando al apartamento y, al no ver a nadie en el salón, me puse a buscar y… bueno.
—Oh… no viste nada más— murmuré, soltando una exhalación de alivio que ni siquiera sabía que estaba conteniendo.
—A ver, teniendo en cuenta el tono de la conversación, me imagino perfectamente que pasó algo, pero no quiero detalles— se apresuró a aclarar, levantando una mano —Solo dime que estás bien, Willem. Que sea lo que sea que haya ocurrido, no te afectó porque te conozco…
—¿Qué podría decirte, Bachi?— susurré, tragando saliva con la garganta seca —No he estado bien desde el día en que me enteré de que me engañó. Es algo que, aunque me joda admitirlo y me muerda el orgullo, todavía no consigo superar.
Hice una breve pausa para evitar que se me quebrara la voz, apretando las manos sobre el cuero del volante.
—Lo único que me obliga a mantenerme en pie cada mañana es el hecho de que tengo un hijo. Tyler me necesita y lo amo con toda mi alma; mi bebé ha sido el único antídoto para este dolor… Pero no te voy a mentir, todo lo que tiene que ver con Tom me afecta de una manera terrible.
—Por eso mismo te pregunto si estás bien, nene.— insistió Bach, endureciendo ligeramente la voz con afecto —Sabes que para mí eres como un hermano pequeño. Me veo en la absoluta obligación de velar por ti como lo haría cualquier hermano mayor, compartamos sangre o no. Así que habla conmigo… o me voy a ver obligado a ir a buscar respuestas directamente con Tom, y te aseguro que no va a ser de buenas maneras.
Solté una corta risa.
—¿A golpes?
—A veces el impacto es el mejor diálogo— musitó él, medio en broma y medio en serio, sacándome una sonrisa más abierta a pesar de las lágrimas traicioneras que pugnaban por acumularse en mis ojos —Venga, desahógate con tu hermano.
—Es que…— suspiré, mirando el reflejo de las luces de la calle en el parabrisas —No es fácil, Bachi. Apenas pude contárselo a Sophia, y eso llorando como un gilipollas.
—¿Pasó algo grave?— preguntó, girándose hacia delante para mirarme con atención.
Asentí en silencio. Me relamí los labios con nerviosismo mientras tomaba una curva cerrada.
—Él y yo… nos acostamos— confesé en un murmullo diminuto, sintiendo que una marea de vergüenza me quemaba el rostro. Apreté la mandíbula al terminar la frase.
El semáforo cambió a rojo unos metros más adelante y presioné el freno hasta detener por completo el vehículo. Aproveché la parada para girarme ligeramente y mirarlo a los ojos.
—Supo perfectamente cómo jugar con mi mente, ¿sabes?— le dije con la mirada cargada de tristeza —Se aprovechó sin piedad de que todavía siento cosas por él…
—Ya veo…— murmuró Bach, dando un par de asentimientos lentos mientras procesaba la confesión que acababa de soltarle —¿Te dijo algo malo?
—Me trató fatal después de que pasó— admití, sintiendo un nudo opresivo en la garganta y la voz ahogada por la frustración de recordar cada segundo de aquella noche —Yo… jamás esperé esa reacción por su parte. Y es estúpido por mi parte, no sé ni de qué me sorprendo. Si fue capaz de liarse con una cualquiera delante de mis narices, ¿por qué demonios no iba a ser capaz de aprovecharse de lo que siento para humillarme de la forma en que lo hizo?
El semáforo cambió a verde. Pisé el acelerador con demasiada fuerza y las ruedas rechinaron sobre el pavimento mojado. Me sentía profundamente impotente.
—Me siento como un verdadero idiota… basta— murmuré, apretando los labios para aplacar el temblor de mi boca —¿Por qué tiene que ser así con él? ¿Por qué tiene que doler tanto?
—Uy, nene…— Bach dejó escapar un suspiro pesado, apoyando el codo en el marco de la ventanilla —Ya me han entrado ganas de ir a romperle la cara a ese imbécil por gilipollas, actúa como un estúpido.
—Lo mismo iba a hacer Sophia y tuve que frenarla— musité, sorbiendo por la nariz para recuperar la compostura —No quiero que nadie más se entere de esto, y mucho menos que llegue a oídos de Alex. Tampoco quiero que esa zorra se entere de que Tom se burló de mí, porque sé que se regodearía. Se metió hasta con mi bebé… lo llamó bastardo en mi propia cara. ¡Es una maldita! Si pudiera y no tuviera que obligarme a contenerme a mí mismo, te juro que la mataría con mis propias manos…
—Billie…— Bach pronunció mi nombre con un tono de advertencia —Esa mujer tiene un problema serio en la cabeza. ¿Tienes idea de lo descolocado que me quedé la vez que la vi después de volver de mi luna de miel? Basta con mirar el cambio de pelo que se hizo y la ropa que lleva para darse cuenta de que está obsesionada con parecerse a ti. Y ni siquiera lo consigue; se ve ridícula, y no lo digo solo por estar de tu parte. No entiendo qué cojones hace Tom teniéndola instalada en su apartamento.
—¿Que no es evidente, Bachi? Tienen una relación.
—No…— soltó Bach, dejando escapar una risita seca y carente de gracia —No están juntos.
—¡Que sí!— resoplé con fastidio —Tom no la mantendría bajo su techo a menos que fuera por eso, o porque al menos la utiliza para satisfacer sus necesidades cuando le da la gana.
—Créeme, Willem… está a kilómetros de ser por eso— argumentó él con tal convicción que realmente me descolocó un poquito —Mira, así como te conozco a ti de toda la vida…— exageró, haciendo que pusiera los ojos en blanco con diversión a pesar de todo —… conozco a Tom. Él, Travis y yo crecimos juntos antes de que el resto se uniera al grupo. Te puedo firmar donde quieras que hay algo profundamente mal con él. Tom no actúa así. No sé si es un problema grave de salud o qué cojones le pasa, pero ese tipo está destrozado por dentro. Por así decirlo…
—Sea lo que sea que le pase, no me interesa— corté, apretando el volante con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos.
—Bill…
—En serio, Bach, no me importa— repetí, fijando la mirada en la carretera —Si está bien o si se está cayendo a pedazos, no es mi problema. Si quiere estar con ella, que se pudra; nosotros ya no estamos juntos. Si decidió quedarse con la mujer con la que me traicionó, que lo haga. Me da exactamente igual. Yo estoy rehaciendo mi vida con Alex…
—Vosotros dos y vuestros putos dramas…— refunfuñó, haciendo muecas divertidas con los labios —Os queréis con locura, pero al menor tropiezo os destrozáis. Así erais, así actuaba Tom antes, ¿recuerdas? Cuando te dejaba, no pasaba ni un día antes de que volviera arrastrándose porque no podía mantenerse alejado de ti. Y tú te cerrabas a creer cualquier versión, cualquier cosa o cotilleo que te contaran sobre él, que resultaban ser falsos…
—¡Es que esto no es un drama cualquiera, Bachi! ¡Me engañó!
—Ya… ¿y si todo es mentira?— preguntó con seriedad.
De mi garganta brotó una risa incrédula y negué con la cabeza varias veces.
—¿De verdad no te has parado a pensar en esa posibilidad, nene?— continuó él —¿En si realmente no hubo ninguna infidelidad y todo fue una maldita farsa orquestada por esa mujer desde que Tom se la trajo de Brasil?
—Haya pasado o no, la culpa sigue siendo de Tom— espeté con rabia —Porque yo no le pedí que se trajera a esa mujer desde el otro lado del mundo. Se lo advertí, le supliqué que se mantuviera alejado de ella y me ignoró por completo. ¡Le importó una mierda mi opinión! Así que, si se acostaron o no, la responsabilidad es enteramente suya por haber metido a esa víbora entre nosotros.
Bach volvió a suspirar, apoyando la cabeza contra el asiento.
—Yo ya ni sé qué pensar— murmuró —Obviamente estoy de tu lado, pero miro a Tom a los ojos y algo muy dentro de mí me dice que ese imbécil es inocente de lo que se le acusa. Me frustra, porque os quiero a los dos como hermanos y lo único que deseo es que esta pesadilla se aclare. Sé que vosotros sois la felicidad del otro.
—No hay nada que salvar ahí, Bachi— susurré, bajando el tono mientras la tristeza le ganaba terreno a la rabia —Lo nuestro se rompió definitivamente. Ya no existe ni la más mínima posibilidad de un futuro juntos. Se me quitaron las ganas de luchar por él; demostró ser un fanfarrón impulsivo y ya está. Lo voy a superar, solo necesito tiempo.
—Ay, Billie…— Bach me ofreció una sonrisa cálida y lanzó lo que le quedaba del cigarrillo a la carretera —¿Por qué siento que soy el único de este grupo que está despierto? ¿El único que se da cuenta de que aquí está pasando algo muy turbio?
—¿Quizá porque te has tomado el café esta mañana?— solté en broma para quitarle peso a la conversación.
Bach soltó una carcajada ante mi ocurrencia, rompiendo la tensión densa que nos rodeaba.
—Bachi, no te tortures, ¿vale?— añadí con mayor suavidad —Todo va a estar bien. Yo voy a estar bien.
—¿Seguro, nene?
—Segurísimo. Estos días voy a estar hasta arriba de trabajo en la agencia con los preparativos del juicio de Moratti, y eso me va a servir de distracción.
—¿Por qué tengo la sensación de que me estás mintiendo descaradamente?
—Ya, Bach… déjame respirar— me reí suavemente para aligerar el ambiente.
—Está bien. Pero si necesitas hablar, me llamas, ¿entendido? A mí, a mí primero, no a Sophia— exigió, con el ceño ligeramente fruncido. Eso me hizo reír también.
—Lo haré, te lo prometo.
Aceptó dar por cerrado el tema, cosa que le agradecí internamente. La charla se desvió hacia aspectos más técnicos, y le comenté los detalles de la confesión de Catalina sobre el plan de fuga de Rodrigo Moratti y las conexiones con la Red Roja, sobre las cuales él sacó sus propias deducciones. También le hablé de mis padres y del encuentro que tendrían al día siguiente con Tyler.
Continuamos circulando por la ciudad un rato más hasta que la noche se volvió demasiado pesada. Lo dejé en su residencia y puse rumbo a casa. Al llegar, encontré a Sophia cuidando el lugar; mi pequeño Tyler ya estaba bañado y había cenado.
Me di una ducha con agua caliente que ayudó a aflojar la rigidez de mis músculos y, tras ponerme el pijama, me acosté al lado de mi bebé para acurrucarlo hasta que se durmió plácidamente.
Sin embargo, tal y como había ocurrido la noche anterior, fui incapaz de conciliar el sueño. Ni siquiera cuando Alex llegó de madrugada y se metió a mi lado en la cama pude cerrar los ojos. Mi mente continuaba dando vueltas en un bucle que me era tormentoso, repasando una y otra vez las palabras de Bach, el rostro de Tom… y el recuerdo de la pastilla anticonceptiva que se me había olvidado tomar.
Joder…
.
THOMAS
Y bueno… no me había quedado de brazos cruzados. Yo necesitaba confirmar con mis propios ojos si mi padre realmente estaba tres metros bajo tierra o si, por el contrario, seguía respirando en algún rincón del mundo y podía hacerse cargo de mí por los casi diecinueve años en los que estuvo completamente ausente de mi vida. Seguía con la paranoia metida entre ceja y ceja, convencido de que aún pertenecía al mundo de los vivos; no lo sé, mantenía la fe intacta porque, según me repetía mi abuela Luz, la esperanza era lo último que se perdía en esta vida. O algo por el estilo me decía siempre la vieja.
El punto central era este, humm, decidí gastarme hasta el último céntimo de lo que mi madre me envió —tras semanas de rogarle y suplicarle sin parar, porque esa mujer, desde que me dejó tirado a mi suerte en Estados Unidos, pareció olvidar por completo que tenía otro hijo que también comía y respiraba— para costearme el viaje hasta Alemania. Mi objetivo era localizar a los padres de la última pareja que tuvo mi padre.
Gracias a las fotografías viejas tomadas por los paparazis —mismas que inundaron los periódicos de cotilleos y que terminaron guardadas en antiguos foros de internet—, pude comprobar que se trataba exactamente del mismo chico. Willem Wieger Kaulitz. Investigué más de la cuenta, rebuscando en hilos olvidados y registros digitales, hasta que di con la que se suponía que era la dirección exacta de su residencia familiar.
Él estaba oficialmente muerto según los primeros artículos que leí; sin embargo, después de haber visto a aquel chico idéntico a él en la tienda de mascotas dos años atrás en Estados Unidos, ya no sabía qué cojones pensar al respecto.
Pero bueno, ahí me encontraba yo, parado frente a las rejas de una propiedad imponente, intentando sacarle información a un par de guardias de seguridad con cara de pocos amigos y pinta de querer matarme.
—… Los señores no se encuentran en la residencia— masculló uno de ellos con fastidio y también con desprecio, ambos tonos evidentes en la voz —Por favor, retírese de la propiedad inmediatamente.
—Joder, al menos decidme dónde puedo encontrarlos— pedí con el tono rozando la desesperación.
Yo lo único que quería era que soltaran lo que sabían sobre mi padre; después de todo, de miguita en miguita se forma el pan entero. Era consciente de que me estaba arriesgando demasiado al meter las narices en terreno desconocido, pero me sentía como todo un detective privado intentando resolver el caso de su vida. Y no pensaba descansar hasta dar con la verdad. Quizá los padres de la última pareja de mi padre sabían algo sobre la familia de mis abuelos paternos. O sobre mi abuela Charlotte… algo que me llevara directamente hasta ellos y que les permitiera enterarse de mi existencia.
Quizá a mi abuela le hacía ilusión saber que tenía un nieto perdido por el mundo…
O quizá resultaba que tenía diez nietos más y yo le daba exactamente igual, para terminar echándome de la casa a patadas por ser un hijo concebido fuera del matrimonio y nacido por cesárea.
¿Quién cojones podía saberlo?
—En la empresa, KAA. Ahí puede encontrarlos— murmuró el segundo guardia, soltando el dato casi con desgana para quitarme de encima.
Solté un suspiro de alivio mezclado con frustración a partes iguales.
—¿Podéis darme las indicaciones para llegar hasta allí?— pregunté en un tono suplicante —En serio necesito hablar con ellos.
Por pura suerte, el tipo terminó dándome una serie de puntos de referencia para orientarme por la ciudad. Mi teléfono móvil estaba completamente apagado por falta de batería y no tenía datos móviles ni cobertura para buscar la ruta a través del GPS. Le pagué a un taxista con los últimos billetes que me quedaban para que me llevara hasta la fachada del edificio y, al encontrarme parado frente a semejante estructura de cristal, no dudé ni un segundo en cruzar a toda prisa la entrada principal para exigir hablar con el dueño. El señor Wieger.
Mi principal obstáculo en aquel momento era que mi inglés era bastante básico y chapurreado como para entenderme con aquella gente sin pasar vergüenza.
—Buenos días…— murmuré al acercarme al mostrador de recepción.
El joven que atendía ni siquiera se molestó en apartar la vista de la pantalla del ordenador mientras tecleaba con agilidad, aunque soltó un seco «¿Sí? Dígame» para que le explicara el motivo de mi visita.
—Estoy buscando al señor Wieger… Jörg Wieger. ¿Sí lo conoce?
El recepcionista levantó la cabeza y me miró con una obviedad tan aplastante que me dieron ganas de darme una palmada en la cara. ¡Obviamente lo conocía si era el puto dueño del lugar y su jefe directo!
—Es mi jefe, chico— me respondió con un atisbo de frialdad —¿Para qué lo busca? ¿Tiene alguna cita previa concertada? Le aclaro que el proceso de selección de personal terminó hace una semana; no hay vacantes disponibles en este momento si es que viene buscando trabajo.
¿Eh?
—No, no tengo ninguna cita concertada ni vengo a pedir trabajo. ¿Acaso esto parece un hospital o una agencia de empleo?— refunfuñé con fastidio —Solo necesito cruzar un par de palabras con él. ¿Se puede o no?
—El señor Wieger está a punto de abandonar el edificio; tiene asuntos personales de máxima prioridad que atender fuera. Si quiere, puede concertar una cita con la secretaria, regresar mañana por la mañana y será atendido encantado.
Maldición… ¿y dónde putas se suponía que iba a pasar la noche si no me quedaba ni un puto pesito?
—Pero es que no tengo dónde quedarme a dormir hoy…— murmuré en voz baja, dejando caer los hombros.
—Ah, pues ese ya no es mi problema, joven.
Maldito tipo estúpido, puto hijo de su madre.
Diosito, perdóname por la grosería pero es qué, ¡ahg!
¿Por qué la gente en esta ciudad era tan absurdamente borde y déspota? ¡Qué rabia de mierda! Eran unos putos cabrones, unos hijos de mierda. ¡Agg!
—Puta madre…— mascullé entre dientes. —Tendré que dormir bajo un puente, genial.
—¡Señor Wieger! ¿Ya se marcha?— escuchar de repente aquella pregunta desde el vestíbulo principal hizo que girara el cuello de golpe.
Frente a mis ojos apareció el mismísimo Jörg Wieger —a quien reconocí al instante porque me había aprendido de memoria su rostro en decenas de fotos—. Caminaba a buen paso hacia las puertas giratorias de salida, siendo abordado por un tipo que parecía ser el autor del grito.
—Así es, Marco. ¿Ocurre algo urgente?
—Solo quería consultarle un tema importante, pero viendo que está a punto de marcharse, prefiero esperar hasta mañana— le respondió el empleado, con una cara de necesidad que gritaba a voces que quería un aumento de sueldo.
Bueno, yo no entendía casi nada de lo que hablaban.
—Bien, lo revisamos a primera hora— dictaminó el señor Wieger, retomando su camino hacia la calle.
Por supuesto que no iba a quedarme quieto viendo cómo se me escapaba la única oportunidad. Salí corriendo detrás de él, empujando con brusquedad las pesadas puertas de cristal para salir a la acera. El señor Wieger consultaba impaciente su reloj de pulsera mientras se acercaba a un vehículo de alta gama que lo esperaba junto al bordillo.
¡Caminaba rapidísimo!
—Simone está tardando demasiado…— lo escuché murmurar para sí mismo mientras acortaba la distancia con el coche —Baldrich, creo que vas a tener que ir a buscarla a…
—¡Disculpe! ¡Disculpe, señor!— interrumpí su indicación, tropezando ridículamente con mis propios pies mientras me sujetaba el tirante de la mochila negra que llevaba colgada del hombro, lo único que había traído conmigo junto con unas cuantas prendas de ropa —¿Jörg Wieger, verdad?
El hombre se detuvo en seco al verse interceptado. Me miró de arriba abajo con atención, pero su expresión no reflejó enfado ni alteración; mantenía la serenidad, completamente tranquilo.
—Sí, ese soy yo. ¿Y tú quién eres, jovencito?— me preguntó con un tono de voz sorprendentemente amable.
Guau… este viejo definitivamente no era ningún pirobito como el de recepción.
—Primero que nada, le pido mil disculpas por mi inglés, es bastante malo— advertí apresuradamente para curarme en salud —Y segundo…— le tendí la mano con cierto nerviosismo —Soy Thomas Berg y vengo viajando desde Estados Unidos. Bueno, en realidad soy de Colombia, pero eso ahora mismo no viene al caso. ¿Cree que podría regalarme un minuto de su tiempo, señor? Mi padre fue la pareja de su hijo… el que falleció. Bueno, el único que tuvo, porque no leí que tuviese más…
El señor Jörg arqueó ambas cejas de inmediato, arrugando la frente.
—No logro comprender…— murmuró con confusión —¿A qué te refieres exactamente con que tu padre fue pareja de mi hijo, muchacho? No… no estoy entendiendo a dónde quieres llegar.
Solté un hondo suspiro para ordenar las ideas en mi cabeza.
—Mi padre se llamaba Tom… Thomas, igual que yo. Murió hace doce años… exactamente el mismo tiempo que hace que murió su hijo— le expliqué, intentando mantener la firmeza en la voz —Yo nunca tuve la oportunidad de conocerlo en persona, señor, pero sé que algún familiar suyo debe de andar por ahí. Me preguntaba si usted llegó a conocer a alguien, a algún pariente de mi padre al que yo pueda localizar.
Jörg Wieger me observaba como si se hubiera encontrado con un loco fugado de un manicomio, pero bastó con que fijara la mirada con mayor detenimiento en las facciones de mi rostro para que su postura se congelara. Los músculos de su cara temblaron imperceptiblemente por una mezcla de asombro y desconfianza. O, al menos, eso quise interpretar yo en aquel instante.
—Perdone si vengo a molestarle y a soltarle esta historia de la nada, pero me urge encontrar respuestas— añadí finalmente, apretando los labios con algo de vergüenza.
Aunque, pensándolo bien, recordé de golpe que mi abuela siempre decía que vergüenza solo debía dar robar o matar, así que se me pasó en un segundo.
—¿Dices que vienes de Colombia?— preguntó él, sin apartar los ojos de mi rostro.
—Nací allí, sí, señor. Pero mi madre conoció a mi padre precisamente aquí, en este país— le contesté, dibujando una sonrisa tensa en los labios.
El hombre situado a su espalda, que tenía toda la pinta de ser su chófer privado, no dejaba de examinar mis facciones con la boca entreabierta.
—Se parece muchísimo, señor…— le murmuró el chófer a Jörg en voz baja pero audible. Jörg asintió despacio en respuesta, sin apartar la mirada de mí.
—¿Hace cuánto tiempo llegaste a la ciudad?
—Llegué esta misma madrugada, señor— mencioné.
—¿O sea que te has pasado toda la mañana recorriendo las calles en busca de información?
Asentí con la cabeza de inmediato.
—Y buscando dar específicamente con usted. Siento que es la última alternativa real que me queda para encontrar a mi familia paterna. No se pueden haber muerto todos, ¿no?
—Ay, muchacho…— suspiró el señor Jörg, pasándose una mano por la cara con pesadumbre.
—Ya estoy lista, cariño. Podemos irnos cuando quieras— anunció una voz femenina, elegante y madura a mis espaldas.
Giré la cabeza para observar a la mujer que se acercaba a nosotros. Era una señora muy guapa y bien arreglada, la misma que, al fijar la vista en mi cara, se quedó completamente paralizada en su sitio. Su expresión era un poema de perplejidad e incredulidad. Era la mismísima cara de alguien que está viendo un fantasma.
—¿Pero qué clase de brujería es esta…?— alcanzó a articular con un hilo de voz entrecortado.
—Cariño, por favor, sube al coche un momento— le pidió el señor Jörg a su esposa, a quien afortunadamente conseguí reconocer por las fotos de internet.
Ella, sin dejar de mirarme con todo el desconcierto y la estupefacción del mundo, obedeció y se deslizó en el asiento trasero del vehículo.
—¿Sí me va a poder ayudar, señor?— le pregunté, aferrándome a la última chispa de esperanza que me quedaba.
Tenía un hambre voraz rugiéndome en el estómago, porque en este país una miserable empanada costaba el equivalente a tres o cuatro en Colombia. O quizá más. No me quedaba casi nada de dinero en los bolsillos; todo se me había ido en los billetes de autobús, dado que ni siquiera tenía la documentación necesaria para viajar en avión.
—Voy a ayudarte. ¿Quieres acompañarme?— me preguntó el señor Jörg.
Y mierda… obviamente no iba a negarme.
Así que me indicó que subiera a la parte trasera del coche junto a su esposa, quien de vez en cuando me lanzaba miradas discretas llenas de incredulidad, mientras él ocupaba el asiento del copiloto. No tenía ni la menor idea de adónde me llevaban; quizá directamente a un hospital psiquiátrico donde me atarían a una camilla para aplicarme descargas eléctricas por paranoico… O quizá a algo mucho peor. Pero me daba exactamente igual; no es como si a mi madre fuera a importarle demasiado lo que me pasara.
Mmm…
.
BILL
—Mis padres están a punto de llegar— murmuré, levantando la vista de la pantalla de mi móvil.
Había recibido un mensaje de mi padre hacía apenas diez minutos avisándome de que ya estaba esperando a mi madre para venir juntos hasta aquí, a la residencia de los señores König. Dios, en serio necesitaba que cambiáramos de sitio.
Por suerte, le había comentado con antelación a la familia que mis padres vendrían a visitar al niño y aceptaron encantados. Lo verdaderamente malo de la situación era volver a tener a Tom en el mismo metro cuadrado que yo. Y, para rematar, había algo que me estaba descolocando aún más la cabeza desde el día anterior… Tyler no paraba de balbucear la palabra «papá» a cada rato. Me resultaba completamente extraño, pues mi bebé nunca antes había escuchado ese término como para empezar a repetirlo de la nada. Lo más seguro era que le hubiese oído decir esa palabra a la pequeña Cristina al llamar a Travis, o qué sé yo.
Nos encontrábamos en el enorme salón. Sophia estaba sentada a mi lado, sosteniendo con delicadeza a mi hijo. La señora Charlotte me observaba atentamente con su habitual dulzura, mientras el señor Gordon charlaba animadamente con Travis sobre un tema al que no le presté la más mínima atención. En la otra esquina, Tom se dedicaba a sorber whisky tranquilamente en uno de los sofás. Qué vergüenza de hombre, de verdad.
—Al menos no es la primera vez que os veis— comenté, rompiendo el hielo y fijando mi mirada en la señora Charlotte.
—Recuerdo que la única vez que coincidí con tu padre fue cuando ocurrió aquel accidente tuyo con Tom, cariño— me recordó ella, trayéndome de golpe a la memoria aquel suceso espantoso y la posterior imagen de Tom dejándome tirado para regresar arrepentido al día siguiente —A él sí lo vi en el hospital, pero a tu madre no tuve el placer de conocerla.
Lo más probable era que mi madre hubiese estado conmigo dentro de la habitación mientras yo continuaba inconsciente.
—Oh, entonces la conocerá hoy— murmuré, dibujando una pequeña sonrisa en los labios —Ella es una mujer increíble, estoy segurísimo de que os vais a llevar genial.
—Seguro que sí, corazón— asintió Charlotte.
—Hola…— me saludó de pronto una voz finita. Bajé la mirada para encontrarme a la pequeña Cristina observándome con una sonrisa tímida y curiosa desde el suelo —¿Es verdad que eres pareja de mi tío Tom?— me soltó a bocajarro, sin ningún tipo de filtro —Y, si es así, ¿por qué vosotros no os dais besitos como hacen mis papás?
—Ah…
—Cristina, ¿qué clase de preguntas son esas?— la riñó de inmediato Travis, quien acababa de tomar asiento al lado de su ilustre hermano tras terminar su charla con Gordon. La niña simplemente puso los ojos en blanco con dramatismo.
—Déjame, papi. Solo quiero saber.
—Hay que ver con esta niña…— refunfuñó Travis ante la respuesta desafiante de su hija —Te voy a castigar, ¿eh?
—No te preocupes, Travis— intervine, dejando escapar una risita —Déjala que pregunte, a esta edad los niños son hipercuriosos. Solo quiere salir de dudas, ¿verdad, Cristi?
—¡Sí!— exclamó la nena con entusiasmo. Luego me miró fijamente, con los ojos brillándole de la mera especulación, quién sabe qué ideas tenía en mente —Es que, si mi primito es hijo tuyo pero también es hijo de mi tío Tom, eso significa que vosotros dos sois pareja. ¡Pero yo nunca os he visto juntos! ¿Vosotros ya no os dais besitos?
Ay, mierda.
Solté una breve risa tensa, sintiendo cómo se me calentaba el cuello de los puros nervios.
—Pues…— tragué saliva con dificultad —Lo éramos, cielo.
—¿Mhm? ¿Ya no?— preguntó, ladeando la cabeza con inocencia.
—No, nena— respondí, forzando una sonrisa más amplia para disimular la incomodidad y aparentar que me daba exactamente igual —Ahora estamos separados.
—¡Ihhh! ¿Como los papás de mi amiga Laura?— comentó, llevándose las dos manitas a la boca con exageración —Ella me contó que sus papás ya no están juntos porque ya no se quieren. ¿Vosotros tampoco os queréis?
—Mhmm, no.
—¿Y por qué?— preguntó con la voz entristecida.
—Es culpa de tu tío por ir de perro infiel. Pregúntale a él para que lo veas— le respondí con toda la naturalidad del mundo, señalando disimuladamente a mi ex.
Tom me dirigió una mirada de perplejidad ante la respuesta que acababa de darle a su sobrina. Por su parte, la cara de Travis era un poema de pura diversión que apenas conseguía contener. La niña giró el rostro a la velocidad de la luz hacia su tío y le lanzó la acusación sin una pizca de anestesia:
—Tío, ¿es verdad que tú ibas de perro infiel?
Todos los que alcanzaron a oírla en el salón soltaron la carcajada por el tono tan serio y melodramático con el que formuló la pregunta. La nena apenas tenía diez años y era ridículamente inteligente, aunque dudaba bastante que entendiera el significado real de «perro infiel». Divertido por la situación, ladeé la cabeza para mirar a Tom con burla. Él simplemente negó con la cabeza, desaprobando mis palabras con fastidio.
—Tío Tom, te he hecho una pregunta— refunfuñó Cristina, cruzándose de brazos y arrugando el entrecejo.
—¿No se suponía que tú no me hablabas a mí?— le respondió Tom, devolviéndole el balón con otra pregunta.
La niña soltó un suspiro dramático.
—Pues nada más estoy haciendo una excepción porque quiero saber. Ya después vuelvo a dejar de hablarte otra vez— y, acto seguido, le sacó la lengua —¡Dime si es verdad que fuiste un perro infiel!
—No digas eso, Cristina— la regañó Tom, acomodándose en el sofá —Es una palabra muy fea.
—Pero dime…— gimoteó la nena, dando un pisotón contra la alfombra —.O no te perdono por hacerle daño a mi papi con tu arma horrible. ¡Casi se va al cielo y me deja solita por tu culpa!
—Mmm…— Tom entrecerró los ojos hacia ella —A mí no me chantajees, pequeña mocosa.
—¡No soy una mocosa!
—Sí lo eres— se burló él.
—¡Papi, dile que no soy una mocosa!— chilló Cristina, súper indignada, girándose hacia Travis. Y luego, encarando de nuevo a Tom, remató —¡Tú sí eres un mocoso, tío Tom! ¡Y un perro infiel!
La exclamación tomó por sorpresa a media sala.
—Cristina, cariño, ¿sabes qué significa eso?— intervino la señora Charlotte, aguantándose la risa.
—No, abue. ¿Qué es?
—Es cuando una persona engaña a la otra con alguien más, cielo— se apresuró a contestarle Travis, muy educadamente —En este caso, tu tío Tom engañó a Bill. Por eso ya no están juntos, ya no se quieren y solo se dedican a odiarse y despreciarse mutuamente.
—¿Y eso no se puede hacer, papi? ¿Engañar?
—No— sentenció Travis —Ya cuando seas más grande lo entenderás mejor.
—¡Qué mal, tío Tom!— le gritó la niña en tono de severo reproche, mirando a su tío con decepción.
Tom estaba absolutamente indignado con la lección familiar que le estaban montando a costa suya. Él era el único descarado que se negaba a aceptar que realmente me había sido infiel, manteniendo su postura de negarlo todo y buscando siempre las excusas más estúpidas que pudieran existir sobre la faz de la tierra.
—¡Eres un adulto muy malo! ¡Te deberían castigar por eso!— añadió la pequeña.
—Y a ti por estar gritándome, mocosa— masculló Tom, pasándose una mano por la cara —Y dejad de meterle ideas absurdas en la cabeza sobre cosas que NO SON CIERTAS.
—¿Y lo vas a seguir negando, desequilibrado mental?— reproché con profundo disgusto, cruzándome de brazos para clavarle la mirada más rabiosa que tenía.
—No hay nada que demuestre que realmente pasó algo, Bill. Y no me llames así, que no soy ningún «desequilibrado mental»— replicó él en voz baja —Igualmente, de nada sirve que te diga mi versión, porque tú siempre piensas lo que te da la gana. Nunca me crees cuando trato de darte una explicación ni me dejas hablar bien. Cosa que haces desde hace mucho tiempo, en realidad…
Solté una risa muy amarga, sin una pizca de humor y jadeante.
—¡Ja! ¡Claro! ¡Ahora resulta que la culpa es mía!
—Yo no estoy diciendo eso. ¿Ves cómo te montas tus propias películas tú solo?— dijo, encogiéndose de hombros, para luego mirarme con una chispa peligrosa en los ojos, que digo peligrosa, más bien con sorna —Aun así, me encantas, ¿eh?
Mierda. Cómo me reventaba que hiciera eso.
—Mira, Tom, no empieces con tu mierda haciéndote el desentendido— exigí, sintiendo cómo la rabia me hervía en las venas. ¿Quién cojones se creía? —Lo mejor que puedes hacer por tu salud es cerrar el hocico.
—Hocico tienen los perros, amor.
—Sí, por eso mismo te lo digo— rebatí sin pensarlo —Y no me llames «amor», que yo no soy ningún amor tuyo.
—Sí lo eres, bebé— murmuró. Y, sin ningún pudor, me lanzó un beso al aire, regalándome después una sonrisa cargada de pura burla.
Maldito. Maldito. Mil veces cínico y maldito.
—Me encanta la mirada de bombastic side eye que le echa Billie— comentó Andreas, soltando una carcajada desde su asiento —Parece que te odiara con toda su alma, Tom.
—Ah, me odia— respondió ese cabeza hueca sin perder la sonrisita burlona de los labios —Me odia, me aborrece, le doy un asco terrible… pero todo eso viene del amor que aún me tiene aunque lo niegue, también.
—¿Qué «del amor», pedazo de idiota?— refunfuñé, llenándome de todo el desagrado que pude reunir en el cuerpo —¿Acaso te ha dejado de funcionar el cerebro por completo? ¿Quieres que te lo ponga a funcionar de un solo golpe, eh?
—Ponme a funcionar este…— soltó sin vergüenza alguna, ¡señalándose la entrepierna delante de toda su familia!
—¡Eres un estúpido repugnante!— exclamé, sintiendo cómo me ardían las orejas de pura rabia.
Busqué desesperadamente con la mirada lo primero que tuviera a mano para borrarle aquella sonrisa de idiota de la cara. Sin pensarlo dos veces, agarré un cojín del sofá y se lo tiré con todas las fuerzas de mi cuerpo, directo a la cabeza. El problema fue que Tom, con sus reflejos estúpidos, levantó la mano en el último milisegundo y atrapó el cojín en el aire antes de que siquiera le rozara un pelo.
Mi cara de frustración debió de ser un poema.
Tom sostuvo el cojín con una mano, bajándolo lentamente mientras su sonrisa socarrona se ensanchaba aún más. Me miró fijamente, entornando los ojos y poniendo una voz fingidamente aguda y dramática, imitando a la perfección el gesto que yo hacía cuando me indignaba por algo.
Qué perro, más perro no podía ser este cabrón.
—¿Me ibas a lanzar esto a la cara?— dijo. Literalmente parecía estar remedándome, exagerando los ademanes y cruzando la otra mano sobre el pecho con puro teatro —No, no, mal ahí, Billie. No tienes buena puntería, ¿captas? Si me vas a agredir, al menos hazlo bien, bebé.
—¡Deja de imitarme, pedazo de ridículo!— le espeté, al borde de la desesperación.
—Es que te sale tan natural el drama que me contagias— se burló, acomodando el cojín detrás de su espalda como si nada hubiera pasado y dando otro trago a su vaso de whisky —Y si me vas a tirar cosas, procura que sea algo que de verdad me duela, ¿eh? No una almohadita.
—A la próxima te tiro el florero de cristal para ver si así te acomodo las neuronas— amenacé, apretando los puños.
—¡Pao Pao!— gritó mi bebé.
—Tío Tom, Bill te va a pegar— intervino la pequeña Cristina, mirándolo muy seria y con los brazos aún cruzados —Y te lo mereces por grosero y por perro infiel.
—¡Tú te callas, mocosa, que nadie ha pedido tu opinión!— le respondió Tom.
—¡Papi, me ha vuelto a llamar mocosa!— chilló la niña, dramática a más no poder.
—Disculpe que los interrumpa…— anunció una de las chicas del servicio. Nos miraba algo nerviosa, quizá porque había interrumpido el momento. Aunque yo lo agradecí, no tenía ganas de seguirle el juego a Tom. Lo único que él buscaba era hacerme enfadar… me recordaba a Xavier. ¡Qué estúpidos! —Los señores Wieger están aquí.
—Oh, déjalos pasar, querida— le pidió la señora Charlotte.
—Es que me han pedido que por favor, el joven Benjamín vaya hasta allá un momento…
¿Pero qué…?
Continúa…
Gracias por la visita. No olvides comentar 😉