Irrevocable 26 Tom

Fic de unicornlitz. Temporada III

Capítulo 26 (Parte 2)

TOM

Las ganas de salir corriendo a mi apartamento y agarrar a Catalina de las greñas me hervían en la sangre. Sentía una necesidad enorme de hacerlo y, al mismo tiempo, sabía que no podía, así que la frustración me estaba carcomiendo vivo. Eso, sumándole que tenía un hijo aparte de Tyler… Dios mío, ¿cómo cojones era esto posible?

—… Vale, te llamaremos Thomas Jr.— escuché que le decía Georg al chico, quien había presenciado absolutamente toda la discusión acalorada con mi moreno y se había quedado mil veces más incómodo de lo que ya parecía desde que había pisado esta casa. Mi madre y mi padre se habían acercado a él; en realidad, todos lo habían hecho menos yo. No tenía ni el cuerpo ni la cabeza para eso. Me sentía sobrepasado.

—Para diferenciaros, ya sabes— añadió Georg con una ligera sonrisa.

—Sí, supongo que está bien— respondió el chico encogiéndose de hombros.

No sé por qué cojones se me hacía tan condenadamente difícil procesarlo y llamarlo «hijo». Simplemente era algo que no me salía. La maldita de Elysa jamás se dignó a decirme que se había quedado embarazada cuando desapareció, y ahora este chaval aparecía de la nada asegurando que llevaba mi sangre. Aunque claro, ¿cómo mierda iba a seguir negándolo si era una fotocopia exacta de mí a esa edad? Maldición.

—Tom, ¿a qué cojones estás esperando para acercarte al niño?— me recriminó mi madre con un tono tajante en su voz. —Ahora mismo no es momento para que te pongas a lamentarte por los rincones. Ven y acércate a tu hijo de una puñetera vez.

Solté un largo resoplido y me puse de pie a regañadientes; desde que mi moreno se había ido, mi cuerpo simplemente se había desplomado en el sofá. Las punzadas en la cabeza me estaban matando, no me dejaban en paz y toda aquella acumulación de mierda me tenía al borde del colapso. En mi desesperación por calmar aquella presión infernal, había estado yendo a visitar a aquellas curanderas y espiritistas; me habían atiborrado de brebajes y medicinas raras que, según sus palabras, me ayudarían a encontrar la paz y a debilitar la carga malévola que llevaba encima. Pero hasta el día de hoy no veía ningún puto resultado.

Me sentía torpe, aletargado, como si estuviera medio drogado todo el tiempo, y odiaba con toda mi alma aquella sensación de no tener el control.

—Así que tu madre es la zorra de Elysa, ¿eh?— fue lo primero que escupió mi boca al plantarme frente a él, cara a cara con mi propia réplica —¿Ella sabe que sigo vivo o cómo cojones diste conmigo?

—Mi madre no sabe absolutamente nada— respondió el chico mirándome fijamente.

—¡Por Dios, Tom, no seas tan jodidamente brusco!— me riñó mi madre al instante, horrorizada —Y haz el favor de no insultar a esa mujer delante del muchacho, santo cielo.

—Es la pura verdad, Elysa es una zorra— mascullé, girándome para encarar a mi madre —Se fue de aquí estando embarazada y nunca me dijo una sola palabra. Ya le están cogiendo el gusto a la puta costumbre de ocultarme a mis propios hijos— comenté con disgusto, volviendo a girarme hacia el muchacho —Entonces… ¿cómo fue que diste conmigo si nadie te dijo nada?

—Estuve investigando por mi cuenta durante años, eso es todo.

—Ese tipo de respuestas no me sirven para una mierda, ¿eh?

—No soy muy bueno expresándome en inglés, perdón— masculló él, dejando entrever una chispa de enfado en el tono —Quizá si buscas a mi madre, ella pueda contarte todo bien, y yo te hablo mediante un traductor.

Chasqueé la lengua con fastidio.

—Ya no importa. Mandaré a buscar a tu madre como sea. Y tú te vas a quedar aquí de momento; tengo varias cosas urgentes que resolver y, en cuanto termine, volveré a por ti.

—Genial. He pasado literalmente toda mi vida sin ti, unas cuantas horas no van a ser nada— me reprochó con una ironía calcada a la mía.

¿Esto era el karma?

¿Cómo demonios se suponía que debía actuar en una situación como aquella?

Giré la cara hacia mi madre y me encontré con que me estaba fulminando con la mirada, echando chispas por los ojos. Dejé escapar un suspiro pesado. ¿Acaso tenía que mandar a la mierda todo lo que debía resolver y poner a «mi hijo» por encima de todo en ese preciso segundo? Vale, mensaje captado alto y claro.

—Vale… ¿estudias?— le pregunté cruzándome de brazos.

—Sí… bueno, no. En realidad no estoy yendo a clase en la universidad…

—¿Dónde estudiabas?

—En Estados Unidos. De hecho, allí fue donde conocí a ese chico que seguramente acaba de ponerte a parir por lo encabronado que se veía… Muy guapo, por cierto— soltó como si nada. Vaya, vaya… mira tú. Ahora solo faltaba que también se hubiese encaprichado de mi moreno —Pero nací en Colombia. Mi madre, con tal de deshacerse de mí, me mandó a ese país a estudiar la carrera de enfermería. Literalmente me obligó… yo ni siquiera quería ir.

—Si no quieres seguir, pues no estudias y punto— le hice saber sin rodeos —Mandaré a traer a tu madre hoy mismo; esa mujer me debe una jodida explicación. De momento, te voy a comprar un apartamento, porque en el mío no hay espacio. Y en cuanto me desocupe de esta mierda que tengo pendiente, lo voy a mandar a demoler por completo, así que… Hum, un apartamento y todo lo que necesites, ¿sí? Dime, ¿en qué condiciones has estado viviendo últimamente?— inquirí, aunque por los trapos desgastados que llevaba puestos ya me hacía una idea bastante clara.

Dios, tendría que comprarle un montón de ropa.

—¿A duras penas…?— contestó dubitativo —Mi madre se encarga de pagar la universidad, pero yo tengo que trabajar en lo que salga para mantenerme a mí mismo, así que…

—Vale…— murmuré, asintiendo varias veces mientras lo comprendía. Así que Elysa había dejado al chico a su suerte, qué zorra —Bueno, vámonos. Te voy a comprar el apartamento y todo lo que te haga falta hoy. No tienes problema con quedarte en esta ciudad, ¿verdad? Si tienes novia, te la traes para acá…

—Tengo tres, no puedo tenerlas juntas bajo el mismo techo.

—¿Estás saliendo con tres mujeres al mismo tiempo?— pregunté, alzando ligeramente ambas cejas. No me sorprendía, pero a la vez sí; era difícil de explicar.

—Lo normal, ¿sabes? Me llueven…— comentó con una sonrisa socarrona mientras echábamos a andar hacia la salida.

—Que no se note para nada de quién es hijo este muchachito— murmuró Andy a mis espaldas, desatando una oleada de risas entre los demás.

Decidí ignorar sus burlas. Tenía que poner «cómodo», por decirlo de alguna forma, a… mi hijo, y ya luego encargarme de la pila de problemas que se me venían encima. Necesitaba con urgencia tomarme otra pastilla para el dolor de cabeza, pero sabía que era tentar al peligro; ya me había atiborrado de demasiadas durante el día de hoy.

—Yo solía hacer exactamente la misma mierda hasta que conocí a Billie— murmuré en voz baja mientras cruzábamos el umbral de la casa —Estaba convencido de que tendría una vida de loco desenfrenado hasta el día de mi muerte, rodeado de un montón de mujeres por todas partes… pero todo aquel estilo de vida se fue directo a la mierda en cuanto puse los ojos en él.

—¿El chico que te puso a parir hace un rato?— me preguntó con curiosidad.

—Ese mismo— suspiré —Pero bueno, voy a ponerte un tutor privado para que aprendas inglés y alemán cuanto antes. Es vital. Y necesitas sacar la documentación legal de inmediato; no puedes quedarte aquí en calidad de turista.

—¿Turista? Yo llegué en autobús y lo único que tengo es un simple permiso de visitante.

—Uhg… También voy a darte un coche, pero tendrás que sacarte el carnet de conducir. Y por eso mismo necesitas tener la documentación en regla; esos permisos caducan rápido y la policía te va a meter en la cárcel si te pilla sin papeles— le advertí seriamente —No sería nada bueno. También voy a darte una tarjeta de crédito sin límite…

—La verdad es que no te estoy entendiendo casi nada de lo que dices— musitó, soltando una risita relajada —Mejor me lo vas enseñando sobre la marcha; ya tengo suficiente con saber que estás vivo, cosa que ya sospechaba.

—Claro— acepté, dibujando una media sonrisa.

Vale, todavía me estaba costando procesar que tenía un hijo con aquella mujer. Era demasiado de locos.

Mientras caminábamos hacia el coche, mi mente no dejaba de darle vueltas a cómo cojones iba a remediar aquel desastre. Madre mía… ¿quién me mandaba a mí desafiar a mi morenito precioso? Si es más terco, orgulloso y radical que nadie en este mundo, ahora mismo debía de estar mil veces más encabronado de lo que ya estaba. Tenía que arreglar las cosas con él como fuera, buscar la manera… y solo existía una única vía para conseguirlo.

&

Al día siguiente.

BILL

Nos encontrábamos en las instalaciones de la DEA. El ambiente en las oficinas era sofocante por la tensión que se respiraba. Teníamos un nuevo informe sobre los actos del narcotraficante que se hacía llamar «Cabeza», pero el problema central no era la falta de recursos, sino el hermetismo de la única clave que teníamos a mano: un niño.

El pequeño había sido rescatado tras permanecer secuestrado en manos de aquel sujeto despreciable. Desde el preciso instante en que una agente lo encontró, el niño se había encerrado en un mutismo; no pronunciaba una sola palabra, no reaccionaba a los estímulos y mantenía la mirada perdida en un punto fijo del suelo, completamente traumatizado por los horrores que le había tocado presenciar.

La psicóloga de la agencia llevaba días intentando ganarse su confianza sin el menor éxito. Sin embargo, a mí se me ocurrió una solución rápida y poco convencional para romper aquel hielo, hacerle creer que un peluche pequeño le hablaba y lo escuchaba atentamente. Sabía que la mente de un niño devastado busca desesperadamente un refugio seguro, así que la idea era convencerlo de que podía desahogarse con el muñeco sin temor alguno, confiando en que este mantendría sus secretos a salvo del resto del mundo.

Dejamos al niño solo en el despacho de la psicóloga, sentado en una silla pequeña mientras abrazaba a «Pinckie», el muñeco. Yo me atrincheré en la cabina de observación tras el cristal espía, sosteniendo el micrófono conectado a un intercomunicador cuyo receptor estaba oculto dentro del peluche. Mi voz salía del altavoz del juguete completamente distorsionada, aguda y modulada de tal forma que resultaba imposible que el niño adivinara que era yo quien le hablaba desde el otro lado de la pared.

Y funcionó.

Poco a poco, el pequeño comenzó a susurrarle al oído a Pinckie.

A través de aquella conversación que habíamos conseguido manipular, logramos desenterrar una cantidad escalofriante de información sobre las operaciones de Cabeza. Aquel infeliz no operaba como una red de secuestro común; lo que tenía montado era una macabra estructura donde los niños no tenían un nombre, sino un dígito. A aquel pequeño lo llamaban simplemente «Tres». La lógica inmensamente perversa de Cabeza consistía en robar a los bebés de los hospitales, esperar a qué crecieran un poco para introducirlos en un sistema similar al de un internado clandestino y militarizado.

El niño explicaba las cosas con una narrativa inocente y fragmentada, propia de su edad, pero nosotros, en la cabina, fuimos capaces de descifrar el horror detrás de cada metáfora. Cabeza no solo privaba a aquellos pequeños de su infancia, sino que moldeaba sus mentes desde la raíz para despojarlos de cualquier rasgo de empatía, adoctrinándolos progresivamente hasta convertirlos en frías máquinas de matar. Los adiestraban en el manejo de armas, tácticas de combate y defensa con el único fin de transformarlos en sus futuros escoltas personales, peones prescindibles que le profesaran una lealtad ciega e incondicional.

Pero la perversión de aquella red criminal no se detenía ahí; con las niñas, el destino era aún más horrible. Mientras a los varones los preparaba para la violencia, a las niñas las utilizaba como mulas humanas para traficar cocaína a través de las aduanas aéreas internacionales. «Tres» le contaba a Pinckie que a las niñas las hacían tragar «patatas grandes y blancas», una descripción que me congeló la sangre en las venas al entender que se refería a las cápsulas de droga sintética o clorhidrato de cocaína envasadas en látex.

La red se aprovechaba de la pura imagen de inocencia de criaturas de entre cinco y diez años, sabiendo que las autoridades aeroportuarias rara vez sospecharían de una niña pequeña viajando con la mirada cansada.

Llegó un punto en el que la crueldad de la narración me tocó fibras tan íntimas y dolorosas que me vi obligado a apartarme del micrófono. Pensar en la monstruosidad de someter a niños a semejante degradación me sobrepasó. No era solo la violación de sus vidas y sus infancias, sino la aterradora probabilidad de que una de aquellas cápsulas reventara en el tracto digestivo de una niña de siete u ocho años, causándole una muerte agónica y prematura en cuestión de minutos. Sentí un nudo sofocante en la garganta y tuve que dar un paso atrás, cediéndole el intercomunicador a Xavier.

Xavier continuó con el interrogatorio velado a través de Pinckie y logramos extraerle al niño hasta el último detalle que conservaba en la memoria. Con aquella valiosa cantidad de datos sobre la mesa, Alex comenzó a estructurar un plan de inteligencia para mapear el territorio hostil en el que estábamos a punto de adentrarnos.

Entre sus relatos, el pequeño describió un establecimiento al que había sido llevado durante una de sus fases de entrenamiento para poner a prueba su templanza y ver hasta qué punto estaba «preparado» para presenciar la violencia del mundo adulto. Cruzando las referencias espaciales y los nombres comerciales con la base de datos de la agencia, logramos ubicar el lugar exacto.

Era un exclusivo bar conocido como «Lax».

El objetivo trazado por el equipo era claro, teníamos que infiltrarnos de incógnito como fuera para obtener pruebas directas y ubicar a los altos mandos de la red. Sin embargo, acceder a Lax era una maniobra casi imposible debido a los rigurosos filtros de seguridad, listas privadas y controles de acceso que manejaban en la entrada. Teníamos que tomarnos el tiempo necesario para hacerlo bien…

Por eso contratamos a una prostituta que llegaría a aquel bar pidiendo trabajo; sería nuestros oídos y nuestros ojos.

Salí de la sede de la DEA con el cuerpo molido por el cansancio y la mente saturada de horrores. Alex se había quedado dentro afinando un par de detalles operativos, así que caminé solo hacia el aparcamiento. Saqué las llaves del bolsillo de mi pantalón para quitarle el seguro al coche, pero jamás conté con que la puerta de uno de los coches aparcados justo alrededor del mío se abriría de golpe, revelando una silueta indeseada para mis ojos: Tom.

Dejé escapar un suspiro pesado al verlo avanzar hacia mí. Joder, lo que me faltaba.

—Billie, hablemos, ¿sí?— me pidió en cuanto acortó la distancia, alzando ligeramente las manos —No quiero que sigamos metidos en esta guerra, por favor…

—No tenemos absolutamente nada de qué hablar— mascullé, apretando los dientes y buscando la manija del coche sin dedicarle una sola mirada.

—Por favor, nene… ven conmigo— insistió, metiéndose en mi espacio, con una voz extrañamente suave —Si no lo haces, voy a seguir jodiendo, voy a insistir en todos lados, dondequiera que vayas, y sabes perfectamente que soy capaz de hacerlo. Solo quiero que hablemos del niño, ¿vale? Prometo no incomodarte con nada más, únicamente de Tyler.

¿Era cosa mía o aquel imbécil me lo estaba suplicando? Estaba a nada de arrodillarse sobre el asfalto.

—¿Qué cojones quieres ahora, eh?— inquirí, ladeando la cabeza para clavarle la mirada, sintiendo mucha rabia —Es ridículamente arriesgado que estés aquí plantado, debajo del edificio de la DEA. Cualquiera podría vernos…

—Entonces ven conmigo— volvió a pedirme.

Me eché a reír en su cara. ¿Cómo cojones se le ocurría que yo iba a ceder a sus manipulaciones tan fácilmente? Estaba completamente demente.

—Te llevo donde tú quieras, nene. Solo necesito que me escuches diez minutos, nada más. O, si quieres, lo hablamos aquí mismo. Me importa una mierda si nos ven o no.

—A ti te importará una mierda, pero a mí sí— bufé, poniendo los ojos en blanco con obviedad —Y estoy demasiado cansado como para ponerme a discutir contigo.

—Moreno, por favor… solo serán unos minutos…

Solté un resoplido de pura frustración.

—Es que tú nunca entiendes nada, Tom— murmuré, negando con la cabeza mientras me apretaba el puente de la nariz —Ya te dejé claro que no te quiero cerca de Tyler y mucho menos voy a aceptar tu cochina pasta ahora.

—Lo haremos exactamente a tu manera— repitió, dando un paso más, desesperado por no dejarme marchar —Como tú quieras y digas, bajo tus estrictas condiciones. Solo déjame ver al nene, te voy a firmar los cheques que quieras… Acepto que fui un imbécil y debí hacerlo desde el primer día, pero pensé que no me los ibas a aceptar. Y lamento muchísimo haberte hecho cabrear, prometo sobre mi vida que no va a volver a pasar.

Me crucé de brazos, entornando los ojos y chasqueando la lengua con desdén.

—Vamos, bebé…— insistió con la voz raspada —Dame un par de minutos y lo hablamos con calma. Quizá lo nuestro… quizá lo nuestro ya no tenga puta solución, pero… solo quiero estar cerca de mi hijo. Es lo único que me queda de ti— dio otro paso hacia mí, manteniendo los ojos fijos en los míos —Sé que eso sí lo puedo conseguir. Y, como te dije, lo hacemos bajo tus reglas. Como tú lo dictes. Aunque sean cinco míseros minutos al día, me da igual.

Me lo pensé detenidamente durante unos segundos. La cabeza me dio un vuelco rápido y una idea macabra empezó a tomar forma.

—¿Como yo quiera?— repetí en un susurro, con la voz aterciopelada.

—Sí, como tú digas, nene.

Di un par de asentimientos lentos con la cabeza, fingiendo estar considerando su propuesta con resignación.

—Bien. Te voy a dar diez minutos exactos para que me des un argumento lo suficientemente bueno como para convencerme de considerar, aunque sea, dejarte ver al niño— musité, marcando cada palabra con distancia —Nos vamos a tu apartamento…

—No. Ahí está Catalina.

—¿Y? ¿Tienes miedo de que la muchachita se sienta incómoda con mi presencia o qué?— me burlé, arqueando una ceja.

—No, no, para nada… no es eso— comenzó a excusarse atropelladamente, sacudiendo las manos en el aire —Cómo se sienta ella me importa tres hectáreas de polla. Lo decía por ti, para que no pases un mal rato.

Si de verdad le importara mi comodidad, no la tendría metida en su casa viviendo como una reina, así que no le creía ni la mitad de lo que salía de su boca. Era un mentiroso compulsivo. Pero no iba a amargarme la existencia enganchándome con eso; simplemente solté un suspiro cansado y agité la mano en el aire para restarle importancia.

—Solo vamos y ya, igual de camino necesito comprar un par de cosas…— murmuré fríamente —Y cuidadito con que te me desvíes del tema o intentes mencionar algo sobre «usted y yo». Tienes una suerte tremenda porque me has pillado de buen humor, pero eso no quita que me sigas dando asco. Si te estoy dando la oportunidad de que intentes convencerme de ver al niño es únicamente porque mi madre habló conmigo, y mi padre también me hizo entender las cosas. Lo hago estrictamente por el bienestar de mi bebé; no quiero que el día de mañana me guarde rencor por haberte arrancado de su vida.

—Creo que más tarde les voy a mandar un regalo enorme a tus padres, bebé…— soltó él, dejando escapar un suspiro de alivio.

Puse los ojos en blanco. La verdad era que quería ir a su apartamento por una sola razón… quería que Catalina escuchara todito de mi propia boca. Ella fue la que me restregó en la cara que le daría un hijo a Tom y lo convertiría en el segundo heredero de los König —porque la primera era Cristina—. Bien… vamos a ver cómo le queda el teatro a la muy zorra.

Lo de la charla con mis padres era cierto, ellos habían hablado conmigo y mi madre me dió un consejo… y Sophia otro. Así que, para no dejar de lado ninguno, los uní. Tenía una gran idea en mente.

Continúa…

Thomas Jr. 😍🔥

por unicornlitz

Escritora del Fandom

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