Fic de unicornlitz. Temporada III
Capítulo 26 (Parte 1)
El coche en el que habían llegado mis padres seguía aparcado en la acera de enfrente, justo al otro lado del imponente portón de la verja principal. O bueno, eso fue solo durante los primeros segundos en los que mantuve la vista fija en él, porque, de repente, el chófer giró el volante de golpe, aceleró y se marchó a toda velocidad. Me preocupaba un poco la idea de que quien estuviera al volante pudiera reconocerme, pero… si mis padres me habían mandado llamar hasta la entrada, era por una razón de mucho peso.
Ambos estaban parados junto a las escaleras de la entrada principal, hablando entre ellos en voz muy baja, en una especie de murmullo apresurado. Dejaron de hablar de inmediato en cuanto se dieron cuenta de que me estaba acercando a paso rápido hacia ellos.
Mi madre fue la primera en salir a mi encuentro; me estrechó en un abrazo fuertísimo que me dejó sin aire y se dedicó a dejarme una lluvia de besos cariñosos por las mejillas, exactamente igual que solía hacerlo años atrás, cuando ella y mi padre tenían que ausentarse por viajes de negocios y me dejaban en casa durante una semana o menos.
Mi padre también me saludó con el mismo cariño de siempre, rodeándome con los brazos, pero en su rostro era imposible no notar una expresión extraña… ¿estaba consternado? No sabría descifrar bien qué clase de emoción lo dominaba en aquel momento.
—¿Qué pasa?— les pregunté a ambos en cuanto cesaron las muestras de cariño, notando el ambiente lleno de tensión.
Mi madre giró la cara hacia mi padre y alzó ambas cejas de golpe, mandándole una orden silenciosa con la mirada para que soltara la bomba de una vez. La interacción me pareció rarísima.
—¿Papá…?— insistí, dando un paso al frente.
—Oye, cariño… es que es una auténtica locura— murmuró mi padre tras un par de segundos de silencio espeso, pasándose la mano por la nuca —Un muchacho se me acercó hace un rato fuera de las oficinas de la empresa, asegurando que Tom es su padre.
Wow, wow, wow… ¿pero qué coño?
Sentí cómo el suelo se me movía ligeramente bajo los pies. El efecto de aquellas palabras fue demasiado fuerte para mí, como si me hubieran dado un martillazo en la cabeza.
—¿Cómo que su padre es Tom?— pregunté, parpadeando completamente alucinado —Papá, explícate bien, por favor.
—Pues eso me dijo, tal cual, cariño. Y, al parecer, Tom no tiene ni la menor idea de su existencia porque el muchacho nació y se crio en Colombia— explicó mi padre por encima, intentando ordenar las ideas con calma —Dice que su madre y Tom se conocieron aquí, en Alemania. Me contó una historia larguísima, pero es mil veces mejor que la escuches directamente de él…— echó la cabeza ligeramente hacia atrás en un gesto sutil, indicándome con la mirada la dirección de la calle —Es igualito a Tom, cariño. A simple vista es una fotocopia…
—¿El chico está solo fuera o viene acompañado por alguien más?— quise saber, conteniendo el aliento.
—Viene completamente solo, amor— me respondió mi madre, acercando los dedos para acariciarme el pelo mientras me contemplaba con una sonrisa tierna y melancólica en los labios. Desde que salí a su encuentro no había dejado de sonreír con los ojos cristalinos; me entraba una punzada de culpa al recordar el sufrimiento tan horrible por el que ambos habían pasado al creerme muerto durante todo este tiempo. Perder a un hijo es el dolor más horrendo del mundo… y yo, en mi caso, había perdido a dos.
—¿Tú le crees, papá?— le pregunté directamente a él, refiriéndome a la historia que aquel desconocido le había soltado en la calle.
—Su argumento tiene peso y resulta bastante válido si tienes en cuenta el impacto visual que provoca su parecido con Tom —respondió, meditando bien cada palabra —Aunque… bien sabes que en el mundo existen personas parecidas a nosotros sin compartir una sola gota de sangre. ¿Y si solo es un oportunista aprovechándose de que se parece a él para sacar tajada? No quiero que esto acabe montando un problema aún mayor…
—Vale…— suspiré profundamente, tratando de asimilar la información. —Yo me encargo…
Sin decir una sola palabra más, me di la vuelta y me dirigí hacia la verja de la entrada. Al otro lado del marco de hierro había un muchacho de espaldas a mí, con ambas manos metidas en los bolsillos de la ropa y tarareando entre dientes una canción que no conseguí reconocer de lo bajo que lo hacía. Llevaba unos vaqueros azules bastante desgastados, una camiseta blanca sencilla y una mochila negra colgada descuidadamente de un hombro. Al mirarlo desde atrás, me fijé en que tenía el pelo corto y que medía casi lo mismo que Tom… quizá tan solo un par de centímetros menos, pero con la misma complexión.
Les hice una señal sutil con la cabeza a los hombres que hacían de escoltas para que me abrieran el portón. En cuanto el mecanismo cedió, salí a la acera. Me aseguré de echar un vistazo rápido a ambos lados de la calle para comprobar que no hubiera miradas indiscretas acechando y me aclaré la garganta para llamar la atención del desconocido.
El chico se sobresaltó ligeramente al escuchar el ruido y se giró sobre sus talones al instante.
Mierda.
Verle la cara fue exactamente como hacer un viaje en el tiempo y ver a Tom de joven, justo en la época en la que yo lo conocí, solo que sin las trenzas. La estructura ósea, la forma de la mandíbula, las cejas… era impresionante. Sin embargo, si te quedabas mirándolo fijamente durante más de dos segundos, empezaban a aparecer diferencias marcadas que rompían el espejismo. Tal y como había dicho mi padre, a primera vista era una réplica exacta de Tom, pero bastaba con fijarse en sus expresiones para darse cuenta de que tenía un aura completamente distinta. Y a eso se le sumaba un detalle que me puso la piel de gallina, y era que yo ya había visto a ese chico en alguna parte…
Pero mi mente no conseguía ubicar dónde coño.
—Tú…— murmuró él, entrecerrando los ojos mientras me escaneaba la cara con atención. De pronto, sus facciones se iluminaron, sonrió de lado y dejó escapar una breve risita ahogada en medio de un jadeo de sorpresa —¡Eres ese chico!— exclamó con un entusiasmo que apenas contenía.
Levanté una ceja, intrigado.
—Eso depende… ¿quién crees tú que soy?— pregunté, cruzándome de brazos.
—¿No te acuerdas de mí? ¡Me chocaste con tu carrito de la compra!
Oh…
El recuerdo me vino a la mente en cuanto me dio ese dato. Fue en la tienda de mascotas, hacía dos años.
—Sí, ya me acuerdo de ti— aclaré de inmediato, echándole un vistazo rápido de arriba abajo —Pero no te choqué, ¿eh? Fue un golpecito sin importancia… no exageres— puntualicé, dándome cuenta en ese instante de un detalle en su cara. Aquel chico llevaba exactamente el mismo piercing que Tom solía llevar en sus años mozos, un aro negro con dos bolitas metálicas colocado justo al lado de la comisura de su labio inferior —¿Cómo es que has acabado llegando hasta aquí? Y, sobre todo… diciendo que eres hijo de… ya sabes quién.
—Cosas locas del destino, supongo…— contestó encogiéndose de hombros, pero la respuesta no me convenció del todo.
Alcé ambas cejas con evidente ironía y él terminó soltando una carcajada bien fresca.
—Está bien, digamos que llevo años investigando por mi cuenta— admitió, acomodándose la correa de la mochila sobre el hombro —Mi madre jamás quiso decirme el nombre de mi padre, siempre esquivó el tema… hasta que un día salió en las noticias de la televisión que el tío había muerto.
—¿Y tu madre es…?
—Elysa Berg— respondió sin dudar ni un solo segundo —Ella es alemana y conoció a mi padre aquí, en este país. Pero todo es un lío gigantesco. Yo podría contarte la historia completa con pelos y señales porque me la sé de memoria, pero… la verdad es que mi inglés es bastante malo y me cuesta expresarme bien.
—Ah, entiendo— asentí un par de veces, procesando sus palabras —¿Y sabes algo más relacionado con tu padre?
—Solo sé que está muerto… o, al menos, eso fue lo que se hizo público— contestó, volviendo a encogerse de hombros con tranquilidad —También sé perfectamente a qué se dedicaba; mi madre me contó absolutamente todo, sin censura.
—Al menos estás al tanto de eso, ¿y cuántos años tienes?
—Cumpliré diecinueve dentro de un par de meses.— contestó sin rodeos, relamiéndose los labios con parsimonia —No me están tomando por loco ni llamando a la policía, ¿verdad?
—Eres la viva imagen de ese hombre— murmuré casi para mí mismo —Joder, creo que ni siquiera haría falta una prueba de ADN…— pensé en voz alta.
El chico me observaba expectante, con muchísima fascinación, demasiada, diría yo, y con una curiosidad muy descarada en la mirada. Tenía esos mismos ojos intensos y aquella expresión coqueta que Tom solía ponerme cuando empezamos a salir, durante mi adolescencia. El paralelismo me produjo una punzada sumamente extraña en el estómago.
Me aclaré la garganta para romper el trance.
—Ven, acompáñame dentro.
—Sé que no debería fiarme tan fácilmente de un desconocido, pero… ¿qué más da? Ya estoy aquí.
—Tranquilo…— murmuré mientras le indicaba el camino y entrábamos en la propiedad, atravesando el amplio jardín delantero.
Varios de los escoltas apostados en la entrada se le quedaron mirando con la boca abierta, y no era para menos. Era como si estuvieran viendo caminar a la mismísima reencarnación joven de Tom. Dios mío, estaban pasando demasiadas cosas a la vez en un solo día y mi cabeza iba a reventar.
—No te va a pasar nada— añadí para tranquilizarlo —Esto no es un manicomio ni un centro de detención.
Él simplemente soltó una pequeña carcajada relajada como respuesta.
Mis padres aguardaban pacientemente en el recibidor. Les pedí que fueran delante y al chico le puse una mano suavemente sobre el hombro para indicarle que esperara un momento en el vestíbulo principal. Acompañé a mis padres hasta el gran salón, donde se encontraba el resto de la familia. Me encargué de romper el hielo presentándoles formalmente a mis exsuegros —Gordon y Charlotte— y, posteriormente, les enseñé a mi bebé.
Mi madre, haciendo gala de su carácter, no dejó ni que mi padre se acercara al niño; prácticamente lo apartó con el codo para coger a Tyler entre sus brazos ella primero. Mi padre solo negaba con la cabeza y se reía de la actitud celosa de su mujer.
Mientras ellos se entretenían con el bebé, sentí que el pulso se me aceleraba. Tenía que armarme de valor, y de mucho, para enfrentarme al desequilibrado mental de mi ex.
Me giré sobre mis talones y clavé los ojos en la esquina del sofá.
—Tom— pronuncié su nombre con pesadez. Sí, bueno, estaba exagerando un poquitito, ¿pero qué más daba? Simplemente me resultaba difícil hablarle a aquel tipo.
Él giró la cabeza de inmediato para clavar sus ojos castaños en mí. Me contuve con todas mis fuerzas para no poner los ojos en blanco ni deformar la cara en una mueca de disgusto.
—Necesito hablar contigo. Ahora mismo— espeté con un tono tajante en la voz, chasqueando los dedos en el aire para que se levantara sin rechistar.
—Uuuhhh…— abuchearon Andreas y Bach al unísono desde el sofá, soltando unas risitas pesadas. Giré el cuello de golpe y les lancé una mirada tan jodidamente fulminante que fue suficiente para que los dos cerraran la boca al instante, disimulando mientras mantenían la vista fija en el techo.
—¿Acaso vas a decirme por fin que puedo ver a mi hijo o algo por el estilo?— preguntó Tom en cuanto terminó de acortar la distancia entre nosotros.
Me di la vuelta y caminé a paso rápido hacia un rincón apartado del salón, un punto ciego desde el que pudiera hablar en voz baja sin que todo el mundo se enterara de la conversación; él simplemente se limitó a seguirme con las manos metidas en los bolsillos.
—¿No? ¿Me he hecho ilusiones antes de tiempo, verdad?— insistió con aquella sorna en la voz, la misma que me sacaba de quicio.
—Ahg, cállate la boca— mascullé con gran fastidio, cruzándome de brazos —¿Conoces o conociste a una tal Elysa Berg?
Tom apretó las facciones y frunció el ceño en el preciso instante en que aquel nombre le resonó en la cabeza. Se quedó en silencio durante un par de segundos, rebuscando en su memoria.
—Sí, la conocí… ¿qué carajos pasa con ella?
—Fue una de tus tantas novias, ¿verdad?— pregunté, clavándole la mirada.
—Uhm, no. Para mí no significó nada, era una más del montón. ¿Por qué la mencionas?
Claro, como era de esperar. Aquel estúpido tenía a todas de adorno, para un rato y nada más. Dios mío, ¿cómo iba a olvidarme de semejante detalle?
—Hay un chico en el vestíbulo principal que se acercó a mi padre por la calle asegurándole que tú eres su padre— le solté a quemarropa, sin tapujos.
La cara de Tom fue un poema digno de enmarcar. Se quedó petrificado, completamente desconcertado, con las cejas exageradamente fruncidas y los labios carnosos entreabiertos en un gesto de mucha incredulidad.
—Su madre se llama así, Elysa Berg— añadí para rematarlo.
—No…— murmuró, sacudiendo la cabeza de un lado a otro con vehemencia —Eso es imposible, no puede ser verdad. Quién sabe con qué mierda de tío se metió esa mujer en su momento y ahora le ha dado por querer encasquetarme al muchacho a mí. Aunque es raro, porque se supone que estoy muerto para todo el mundo…
—Tom…
—Escúchame bien, la única persona con la que tuve y, actualmente, tengo un hijo eres tú— aseguró, clavando sus ojos castaños en los míos con una intensidad impetuosa.
—Tom…— solté un largo y agotado suspiro, pasándome una mano por la frente.
—¡Y eso porque contigo sí quería tenerlos! Además… con esa tía estuve hace siglos, casi veinte años atrás. Tenía dieciséis recién cumplidos y, en aquella época, yo era ridículamente estricto con el uso de preservativos, así que no hay manera…
—¡¿Quieres callarte la boca y escucharme de una puta vez?!— grité, con la voz destilando la rabia que ni siquiera me molestaba en ocultar, perdiendo completamente los papeles. Me frustraba hasta el límite que siguiera soltando excusas estúpidas sin prestarme la más mínima atención. ¡Qué pedazo de imbécil! —¡Hay un chico parado a unos metros de aquí que dice ser tu hijo y tiene tu jodida cara de mierda! ¡Es idéntico a ti! ¡Son como dos putas gotas de agua!
—Cálmate, por favor…— me pidió, bajando el tono y alzando las manos en señal de paz.
—¿Qué has dicho, Billie?— preguntó a nuestras espaldas la voz firme de la señora Charlotte. Cerré los ojos con fuerza y dejé escapar un suspiro pesado, cayendo en la cuenta del pequeño error que acababa de cometer al alzar la voz delante de todos. —¿Cómo que hay un muchacho fuera diciendo que es hijo tuyo, Tom?— le exigió esta vez su madre, avanzando hacia nosotros y clavándole una mirada severa que no admitía rodeos de ningún tipo.
—¡Y yo qué voy a saber, mamá!— soltó él, abriendo los brazos en un gesto de ignorancia. Qué tonto —¡Mierda…! Nohemí— llamó a la empleada, que justo cruzaba el pasillo sosteniendo una bandeja con tazas de café humeante y se detuvo en seco al oír su nombre, girándose hacia él.
—¿Sí, señor?
—Tráeme otra pastilla para el dolor de cabeza, pero date prisa— le ordenó con el ceño fruncido. La chica asintió un par de veces antes de desaparecer a paso apresurado en busca del medicamento.
Yo simplemente resoplé, poniendo los ojos en blanco.
—Yo no tengo más hijos, únicamente a Tyler. Al cual, por cierto, ni siquiera te dignas a dejarme ver— me reprochó el muy descarado, intentando cambiar el foco de la discusión, seguramente —Si tuviera más descendencia por ahí, lo sabría perfectamente. Dudo que esa zorra me lo hubiera ocultado durante tanto tiempo. Este imbécil que dice ser mi hijo tiene que ser un estafador de tres al cuarto, quién sabe. Y ahora que está dentro de la casa puede ser hasta un espía enviado por la competencia…
—¿Pero cómo puedes ser tan…?— iba a seguir echándole la bronca para cantarle las cuarenta, pero alguien apareció de la nada con sus gritos de loco, interrumpiéndome.
—¡Hey, acabo de ver a un chaval idéntico a Tom parado en el vestíbulo!— entró gritando Georg en el salón, profundamente impresionado y agitado —¡Es idéntico, Dios mío! ¡Y el muy cabrón se ha burlado de mí en mi cara por la impresión que me ha dado verlo!
Volví a suspirar, dejando caer los hombros con cansancio. Sin perder ni un segundo más en discusiones estériles, me encaminé de nuevo hacia el vestíbulo principal. Me acerqué al muchacho y le pedí amablemente que me acompañara. Él asintió en silencio y me siguió de cerca.
Segundos después, ambos irrumpimos en medio del gran salón.
La escena fue un impacto absolutamente brutal. Tanto los señores König como el mismísimo Tom se quedaron completamente boquiabiertos, rígidos en sus sitios, recorriendo al recién llegado de arriba abajo con la mirada. El chico, por su parte, empezó a sentirse notablemente incómodo bajo el peso de tantas miradas inquisitivas; su expresión era una mezcla evidente entre no saber si esbozar una sonrisa nerviosa o mantener una postura seria y distante.
—¿Cómo te llamas?— le pregunté con suavidad para romper el hielo.
—Thomas…— respondió en un hilo de voz bajo, que le tembló ligeramente al ver a Tom de pie frente a él.
—Se llama Thomas, igual que tú, pedazo de gilipollas— espeté, girándome hacia Tom y regalándole la mirada más enfadada de mi repertorio —Y tiene dieciocho años; cumplirá diecinueve dentro de un par de meses. Míralo bien, es tu puta réplica. Ahora… si la evidencia física no es suficiente para que tu cerebro dañado lo procese, echa las jodidas cuentas con las fechas. Tienes treinta y cinco años ahora mismo… ¿qué edad tenías hace dieciocho o casi diecinueve años?
—Dieciséis— intervino Travis desde el sofá, soltando el dato sin perder el asombro de su voz ni de su mirada, con los ojos fijos en Thomas.
—Exacto— confirmé, cruzándome de brazos mientras el silencio, que resultaba aplastante, inundaba la habitación —Es tu hijo, Tom. Atrévete a negarlo ahora que ya lo estás viendo.
—Hola— saludó Thomas, levantando apenas la mano para moverla un poco en el aire en un gesto torpe y muy tímido —¿Hay algún enchufe por aquí donde pueda conectar mi cargador? Necesito llamar a mi madre…
—Sí, ahí, mira— le respondió Sophia, extendiendo el brazo para indicarle la toma de corriente situada justo al lado de una de las cómodas decorativas del salón. Thomas no esperó más y se dirigió hacia allí; sacó sus cosas de la mochila y puso a cargar el aparato —Bueno, Tom, te cuento que le debes diecinueve años de pensión— soltó Sophia, cruzándose de brazos y mirándolo de arriba abajo —Más dos años con Tyler… ¡veintiuno! Y eso si no tienes más hijos desperdigados por ahí. ¡Menuda deuda!
—¿Qué dices? Eso de la pensión se arregla mediante las cuotas que fija un juez…— masculló Tom entre dientes, apretando los puños.
—En este caso… te tocaría dar lo que la madre pida— insistió ella, señalando a Thomas, que ya estaba encendiendo el móvil —¿Cuánto te pedirá la tal Elysa por Thomas? ¿Y cuánto vas a pedir tú, Billie?
—Bill no quiere nada, ni siquiera me deja estar cerca del bebé— refunfuñó Tom, soltando un resoplido tremendamente dramático por su parte.
—¡Por Dios! ¿Y qué carajos has hecho tú para estar cerca del niño, aparte de pedirlo como un estúpido?— estallé enseguida, encarando —¡Nada! ¡Absolutamente nada!
—Cada vez que te pido que me dejes verlo me sales con que no…
—¡Porque tú solo vienes a actuar con tu numerito barato de perrito arrepentido!— le espeté, dando un paso firme hacia él —Me dices que quieres ver al niño, que te deje, que es tu derecho porque eres su padre y no sé cuánta mierda más. Pero ¿acaso tú crees que mi hijo necesita ver tu cara de gilipollas para vivir? ¡No, no lo necesita!
—Si querías dinero solo tenías que pedírmelo, ¿eh?
—Ah, ¿entonces yo tengo que hacer de madre luchadora y pedirle dinero al padre desentendido, o sea, tú, que siempre sale con que no tiene nada y aun así quiere ver al niño una vez al mes? ¿En serio?
—Pues…
—¡Es algo que tienes que hacer tú solo, imbécil!— sentí cómo me hervía la sangre; quería pegarle, oh, Dios, de verdad quería partirle la cara a puñetazos —¿Por qué, en lugar de acercarte a mí y amargarme la vida con tu existencia, pidiéndome como un gilipollas que te deje ver al niño porque es tu hijo, no me dices: «Mira, Bill, aquí te traigo una maleta llena de dinero para que tengas al niño viviendo como un rey, porque como un príncipe ya lo tienes tú»?
Tom se quedó completamente callado, apretando la mandíbula sin saber qué responder.
—Cariño, ¿por qué no vais a otro lado y tenéis esa conversación, mmm?— intervino mi madre con voz suave —No está bien que discutáis delante del niño, no deja de miraros.
—¡Pao Pao, mami!— gritó de pronto mi bebé desde los brazos de mi madre, señalando entusiasmado —¡Papá, Pao Pao!
Me quedé mirando fijamente al niño durante un segundo, sintiendo un cubo de agua fría recorriéndome la espalda, y después fruncí el ceño de golpe, volviendo mi mirada envenenada hacia Tom.
—¿Por qué Tyler te llama «papá»?
Tom empezó a ponerse visiblemente nervioso ante la agresividad de mi mirada.
—¿Porque… lo soy?— dijo con la voz temblorosa, dando un paso atrás.
—¿Has estado viéndolo a mis espaldas?— interrogué, sintiendo indignación, muchísima a decir verdad —¡¿Qué parte de que no quiero que lo veas ni que te acerques a él no te quedó clara después de todas las putas veces que te lo he dicho?!
—Bill, no me grites…
—¡Yo te grito todo lo que me salga de los cojones!
—Vale, grita como un loco si quieres.
—¡No intentes desviar el tema! Dime ahora mismo por qué Tyler te llama «papá». Él ni siquiera debería saber quién coño eres tú, ¡y ahora te llama papá como si de verdad te lo merecieras!
—Oye, es mi hijo… si el problema inicial era el dinero, puedo dártelo todo ahora mismo…
—No quiero tu puta mierda de dinero. ¿Por qué cojones vas a hacerlo ahora que te lo he restregado en la cara y no antes, eh?— le recriminé al borde de las lágrimas de pura rabia, no de tristeza; estaba tremendamente cabreado —¿Por qué coño tengo que decirte siempre las cosas que debes hacer sin que nadie tenga que mandártelas?
—Yo pensaba que no ibas a aceptar nada de mí… si no querías ni dirigirme la palabra…
—¿Tú estás escuchando la gilipollez que estás diciendo?
—Por favor, no sigáis discutiendo así— nos pidió la señora Charlotte, interponiéndose entre los dos —Billie, tu madre tiene toda la razón, cielo, no podéis tener esta pelea delante del niño. Aunque él parece bastante entretenido, ¿eh? Pero no es sano para nadie. Tom, coopera…
—¿En serio, mamá?
—Igualmente, ya no voy a decir ni una sola palabra más— solté, sin apartar los ojos del rostro de Tom —El niño es mío y punto. Se va a quedar conmigo y se va a olvidar de ti para siempre. No eres su padre si no te haces responsable por tu cuenta y no pienso aceptarte ni un solo céntimo ahora. Así que… qué pena, pero se te ha acabado la única oportunidad que, al parecer, tenías.
—Eres sumamente cruel, Bill. Todo lo haces a tu puta conveniencia— espetó el imbécil, encarandome de nuevo.
—¿Así que hago esto por maldad?
—¡Sí!— soltó en un grito contenido, desencajado y rodeado de pura desesperación —Sabes perfectamente cómo jugar tus cartas, te conozco como si te hubiera parido yo, Bill. Sabes cómo mover las cosas a tu puto antojo. Ahora me sales con que tenía la oportunidad de darte el dinero de estos dos años para estar con mi hijo. Es decir, pagar por verlo, literalmente… Estoy completamente seguro de que si antes te hubiera dado un cheque o diez, me habrías dicho exactamente lo mismo: que no.
Sonreí de lado, pero por la misma impotencia que me estaba carcomiendo por dentro.
«Respira…», me decía a mí mismo mentalmente.
—¿Sabes qué? Piensa la gilipollez que te salga de los cojones. Cree lo que te dé la gana creer, me da exactamente igual.
—¿Por qué no aceptas de una puta vez que es así, eh?— me provocó, dando un paso firme hacia mi espacio personal.
—Ya te lo he dicho, Tom, piensa la mierda que mejor te parezca y no sigas dándole vueltas, porque juro por Dios que te voy a partir la cara a golpes— le advertí, sintiendo cómo me picaban los nudillos de pura rabia.
—Escucha…— suspiró él, dando un paso al frente y bajando el tono de voz hasta una frecuencia muy grave, casi amenazante —O me dejas ver al niño por las buenas o esto va a tener que ser por las malas. Y tú sabes perfectamente que por las malas yo me desenvuelvo muchísimo mejor…
—Ah, ¿sí?— lo reté de inmediato, acortando la distancia entre los dos sin dudar ni un milímetro hasta quedar a escasos centímetros de su cara —¿Te crees muy valiente ahora? ¿Qué vas a hacer, eh? ¿Robarme a mi hijo?
—Si es la única alternativa que me dejas…— dejó la frase flotando en el aire, sosteniéndome la mirada altiva —Te lo voy a quitar si no me permites verlo.
—Inténtalo. Ponme a prueba— fue la única respuesta que le solté, rígido como una piedra.
—A mí no me retes, Bill, porque sabes de sobra de lo que soy capaz cuando me provocan.
—Hazlo y juro por mi vida que acabo contigo primero— le hice saber, clavando en él una mirada penetrante de desprecio —A mí no me va a temblar la mano para ir directamente a entregarte a la TEA; total, la DEA está comprada y aliada con tu puto clan y sé que no van a mover un solo dedo. Y me importa un carajo si esa alianza se va directa al infierno si te delato… vas a acabar detenido, encarcelado y extraditado de inmediato a los Estados Unidos. Allí te va a esperar una condena larguísima, quizá de cuarenta y ocho años de cárcel más una cadena perpetua encima. Sin la menor posibilidad de salir por buena conducta… y mucho menos bajo fianza. No, porque siendo el criminal que eres te van a querer sepultado bajo tierra de por vida. Y no solo a ti, sino también a tu padre, a tu hermano… Y ojo, no es que yo quiera hundirlos a ellos también; el problema no es con tu familia, pero… si tú te atreves a tocar a mi hijo, entonces yo, para recuperarlo, voy a entregar en bandeja de plata al clan Geist completo… y créeme que lo voy a hacer sin pestañear.
Tom se quedó completamente helado ante mis palabras. Cerró la boca de golpe y la mandíbula se le marcó tanto por la presión que pensé que se le iban a romper los dientes.
—No queremos llegar a eso, ¿verdad, Tom?— le pregunté con una voz falsamente suave, ladeando la cabeza y poniendo cara de no haber roto un solo plato —Ni tú ni yo, porque ellos son tu familia y yo, a diferencia de ti, les tengo un cariño enorme y sincero. A todos… menos a ti, claro está. Así que…— hice un chasquido agudo con la boca y me humedecí los labios antes de continuar —… vamos a evitarnos una desgracia de ese calibre. Porque los tres metidos en una celda de máxima seguridad no vais a poder hacer absolutamente nada para salir, ¿sabes? Ni aunque uno consiguiera fugarse por un milagro. Os vais a pudrir ahí dentro exactamente como dictan las leyes…
Tom apretó los puños a los costados con tanta fuerza que las venas de sus brazos parecían a punto de reventar.
—Piensa en tu madre, piensa en tu cuñada… ¡piensa también en tu sobrinita!— insistí, elevando el tono de voz, todavía con mi tono despreocupado —Imagínate lo que sería que esa niña creciera sin un padre presente, porque es mentira que vayan a dejarles veros en las salas de visitas. Los van a aislar por completo del mundo, sin oportunidad de nada, ni siquiera de una simple llamada telefónica. Porque los estadounidenses no se andan con rodeos, créeme…
—¿Me estás amenazando, Bill?— masculló entre dientes.
—No— dejé escapar una risita seca —Te lo estoy advirtiendo, que es muy diferente. Todo esto está en tus manos, querido, así que piensa muy bien cuál va a ser tu siguiente movimiento. Porque si tú quieres pelea conmigo, yo voy a defenderme con todo lo que tengo. Ya te lo dije una vez y te lo vuelvo a repetir… si me querías como enemigo, felicidades, ya me tienes como uno.
—¿O sea que yo también acabaría en la cárcel?— intervino Andy desde el sofá, con los ojos abiertos de par en par.
—Todos vamos a ir directos a la cárcel, Andreas, como basura a un cubo de basura— espetó Georg con seriedad —Solo si Tom sigue haciendo el gilipollas creyendo que va a poder contra Bill. No podía con él hace años, cuando estaban juntos, mucho menos va a poder ahora.
Uh.
Tom pasó lentamente la punta de la lengua por el borde de sus dientes superiores y, tras un segundo de tensión, esbozó una pequeña sonrisa desafiante.
—¿Así es como quieres jugar ahora, nene?
—¡Tom!— bramó Travis, poniéndose de pie de golpe.
—Travis, cariño, la herida…— se alarmó la señora Charlotte.
—Mamá, ¿es que no oyes a ese demente?— reprochó el mayor de los hermanos. —¡Deja de hacerle cabrear de una puta vez, joder!— gritó, mirando a Tom.
—Sí, Tom… hazle caso a tu hermano mayor por una vez en tu vida.
—Nunca le he hecho caso a nadie, ¿por qué coño iba a empezar a hacerlo ahora?— soltó él sin dar un paso atrás.
—Este cabrón es rematadamente gilipollas— murmuró Travis con disgusto, pasándose la mano por la cara —Escúchame bien, nadie le va a quitar el niño a nadie— zanjó con autoridad, mirando a su hermano —Además, Bill tiene toda la puta razón, Tom. Tenías la obligación de darle dinero para la crianza del niño desde el día uno. Pensaba que lo habías estado haciendo, joder, con la de dinero que nos llueve.
—Bien, lo voy a hacer ahora mismo— masculló Tom, mirándome con enfado. Me estaba mirando igual que me miraba mi padre cuando yo le desobedecía. Humm… —¿Cuánto quieres? Pon la cifra.
—Ya te he dicho que no voy a aceptar ni un solo céntimo de tu cochina pasta— le respondí, dibujando una sonrisa helada en el rostro —No te quiero cerca de Tyler. Ni a un metro de distancia.
—Bill, amor…— intervino mi madre con tono conciliador, acercándose a mí —Es su padre, al fin y al cabo…
—Mami, ¿y eso qué tiene que ver?— me giré para mirarla, sintiendo que la frustración me ahogaba —Él no se merece absolutamente nada, ¿sabes por qué? Porque nunca estuvo ahí cuando se le necesitó.
—Tú jamás te dignaste a contarme lo del embarazo— murmuró Tom.
—¡Pero sí te llamé!— solté inmediatamente, señalándolo con el dedo —Te llamé por teléfono y Sophia es testigo de ello.
—Yo nunca recibí una sola llamada tuya.
—¡Igual que tampoco recibiste mi mensaje cuando Brian apareció en mi apartamento hace años!— le grité con los pulmones llenos de aire, perdiendo el control —¡O esa fue la mentira barata que me vendiste para encubrir que ya te estabas acostando con aquella mujer por aquel entonces!
—Eso no es verdad— espetó él, dando un paso al frente —Y no sé de dónde coño sacas que me llamaste, cuando eso jamás pasó.
—¡Sí que lo hice! ¡Y me respondió Catalina!
El silencio que siguió a mi confesión fue tan denso que incluso se podía cortar con un cuchillo. Ya estaba. Se lo había dicho. Quizá debería habérselo soltado a la cara desde el primer día, pero en aquel momento pensé que sonaría como un pobre desgraciado dolido, o que no valía la pena porque seguramente él ya lo sabía y le había importado una mierda. La tenía metida en su apartamento porque estaban juntos; ella misma se encargó de dejármelo claro. Recuerdo cada una de sus palabras como si me las hubiera dicho ayer.
—¿Qué… qué estás diciendo?— consiguió articular Tom, perdiendo por completo el color del rostro.
—Lo que oyes, así que no te hagas el gilipollas ahora— solté, viendo cómo él negaba lentamente con la cabeza, cayendo aparentemente en estado de shock —Yo te llamé, y la que me cogió el teléfono fue esa mujer. Me dijo un montón de cosas asquerosas que no me voy a molestar en repetir porque no hace falta, ya te las imaginarás tú solo— dije con amargura —Ella estaba metida en tu apartamento, te la llevaste allí, estabais juntos, así que no vengas a negármelo a la cara. Y no te atrevas a volver a llamarme cruel… si no estás en la vida de Tyler hoy en día, es por tu pura y exclusiva culpa. Ya te lo había dicho…
—Pero, Bill… yo no…
—No me interesa absolutamente nada de lo que tengas que decir o inventarte— le aclaré por milésima vez, dándole la espalda de forma definitiva —Encárgate de tu hijo mayor, que bastante falta le hace, y olvídate por completo de Tyler. ¿Te ha quedado claro de una puta vez? A la próxima lo arreglamos a hostias…
Mierda, aquello jamás debería haber escalado hasta convertirse en una situación tan rematadamente incómoda. Pero ya había pasado y no había vuelta atrás; tampoco es que fuera a arrepentirme de una sola de las palabras que había escupido. Ya estaba hecho. Les pedí a mis padres y a Soph que nos fuéramos de inmediato con el niño, les ofrecí unas disculpas sinceras a los señores König por el bochornoso espectáculo y salimos de allí. No me arrepentía en absoluto de mi postura, pero sí sentía una vergüenza enorme; sentía que, después de semejante escena, no iba a poder volver a sostenerle la mirada a nadie durante mucho tiempo.
Tom había tenido la osadía de amenazarme con quitarme a mi hijo por la fuerza, y no me quedó más remedio que recurrir al único recurso que se me pasó por la cabeza para sembrarle el terror en el cuerpo. Y lo mejor de todo era que todos los presentes en aquella habitación sabían perfectamente que no estaba tirándome un farol, porque hablaba completamente en serio. Por mi bebé era capaz de absolutamente todo; nadie en este puto mundo iba a separarme de él. Nadie.
Y quien se atreviera a intentarlo, que se preparase para asumir las devastadoras consecuencias que aquello traería.
Continúa…
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Tom no aprende pero por lo menos esta a flote y no ha sacado las garras de klaus algo es algo