Fic de unicornlitz. Temporada III
Capítulo 27
Tom y yo nos fuimos en nuestros respectivos coches; ni de coña iba a irme con él en el suyo. No estaba soportando ni la simple idea de respirar el mismo aire dentro de un espacio tan cerrado. Si iba a jugar la carta que tenía pensada, debía saber jugármela con extrema cautela, teniendo sangre fría, y yo nunca fallaba cuando me proponía conseguir algo.
Llegamos al edificio donde estaba su piso, cruzamos el bar y avanzamos en silencio hasta llegar al dichoso ascensor. Admitía que pisar este lugar me traía recuerdos feos, crueles, tanto recientes como pasados. Pero era una carga emocional que sabría sobrellevar bastante bien. Para hablar con Tom teníamos que hacerlo en un sitio donde nadie nos oyese, a excepción, claro, de la estúpida de Catalina. A esa zorra sí quería verle la cara o que le hirviera la sangre en cuanto oyera absolutamente todo, porque me constaba que estaría pegada a la puerta escuchando cada palabra.
En cuanto las puertas del ascensor se abrieron con un leve pitido, el interior del lujoso piso de Tom quedó visible ante mis ojos una vez más. Todo estaba notablemente desordenado, y había un grupo de chicas del servicio limpiando a toda prisa, recogiendo pedazos de cristales rotos del suelo. Supuse de inmediato que Tom había tenido un ataque de rabia descontrolada o que, en su defecto, se había tirado a Catalina violentamente. Solo tenía una forma de tantear el terreno…
—Joder… parece que ha pasado un tornado por aquí— comenté con soltura mientras me adentraba en el lugar, paseando la mirada por cada adorno hecho añicos y el desastre en general. Las chicas se apresuraban en recogerlo todo sin atreverse a levantar la mirada del suelo; Tom las tenía profundamente intimidadas, al parecer.
—Digamos que le di una pequeña lección a Catalina… aunque eso casi me mata— me respondió él a mis espaldas, con un tono sombrío, mientras yo dejaba las llaves de mi coche y mi móvil sobre la fría encimera de la isla de la cocina.
—¿Una lección?— pregunté, dándome la vuelta despacio para encararlo, levantando una ceja con curiosidad —¿Y por qué le darías una «lección» a tu pareja, eh?
—Que no es mi puta pareja— masculló Tom entre dientes, apretando la mandíbula —Y no le di el tipo de lección que estás pensando, ¿vale? Esas solo te las daba a ti… ya recordarás, cuando te portabas mal.
Maldito estúpido.
Sentí el impulso inmediato de rechistar y ponerle en su sitio, porque se suponía que bajo ninguna circunstancia tocaríamos temas sobre lo «nuestro». Sin embargo, él leyó la furia en mis ojos y se apresuró a hablar antes de que yo pudiese soltar una sola sílaba.
—Pero no vamos a hablar de eso— interrumpió, alzando ligeramente las manos —Te dije que la conversación sería únicamente sobre Tyler y así se va a mantener.
Solté un suspiro nasal, lleno de hastío, y desvié los ojos hacia las empleadas que seguían recogiendo los cristales. Por suerte, no hizo falta que yo abriese la boca para exigir privacidad; Tom entendió la indirecta al instante y les ordenó con voz firme que se retirasen y nos dejasen a solas, indicándoles que podrían retomar el trabajo de limpieza en cuanto yo me fuese. Las chicas obedecieron inmediatamente, desapareciendo por el pasillo. Cuando nos quedamos completamente a solas —o al menos a medias, porque sabía que Catalina estaba atrincherada en alguna habitación—, Tom caminó despacio hacia su mueble bar.
—¿Quieres algo de beber?— me preguntó mientras cogía una botella.
—No, no es prudente que beba alcohol— murmuré rotundamente. Aún rondaba por mi mente la angustia de un posible embarazo. Confiaba ciegamente en que la píldora del día después que me había tomado haría su trabajo, pero la duda me causaba un nudo en el estómago —Mejor empieza a hablar, que el tiempo corre. Te quedan exactamente ocho minutos desde que cruzamos esa puerta.
Él se sirvió un vaso de whisky. Sin hielo ni agua, solo midió con la vista dos dedos del líquido dorado y se lo bebió de un solo trago largo y pesado.
—Bueno, nene… Yo sé perfectamente que he sido un imbécil de mierda y que cometí mil errores contigo, pero ese niño lleva mi sangre y no voy a permitir que crezca sin saber quién cojones es su padre, o pensando que otro imbécil lo es— empezó a decir, acortando la distancia mientras yo apoyaba la cadera contra el borde de la isla de la cocina, cruzándome de brazos para escucharlo y ver con qué clase de discurso pensaba salir —Sé muy bien que contigo no vive mal, me queda clarísimo que no le falta absolutamente nada porque tú te desvives por él… pero yo quiero asegurarme de que tenga la vida de un rey. Quiero estar en su vida, Billie.
—Ajá…
—Mira, te voy a firmar un cheque semanal de cincuenta mil dólares— soltó sin pestañear, clavando sus ojos castaños en los míos —Única y exclusivamente para los gastos del niño, ya sea su ropa, sus caprichos o lo que te dé la gana comprarle. Y no solo eso… Mañana mismo voy a poner a nombre de Tyler una residencia completa en la zona más exclusiva de la ciudad. Una mansión con todo el sistema de seguridad privada que tú mismo elijas, para que vivas ahí con él y te largues de una vez por todas de la casa del desgraciado de Alex. Me revuelve el estómago saber que mi hijo está durmiendo bajo el techo de ese gilipollas.
Entrecerré los ojos, evaluando su nivel de desesperación.
—Yo no voy a quedarme aquí en Alemania durante mucho tiempo, Thomas. Mi vida entera está ahora en Estados Unidos— le recordé, alzando una ceja con suspicacia —Comprarle una casa al niño aquí sería un desperdicio enorme de dinero.
—Pues también le compro una en Estados Unidos, no hay ningún puto problema— respondió como si estuviera hablando de comprar un par de zapatos —Supongo que al menos vendrás de visita a ver a tus padres, así que tendrás un sitio propio donde quedarte cuando estés aquí. No sería un desperdicio para nada. Y tienes que aceptarla, Billie; haré todos los papeleos legales mañana a primera hora.
Me relamí los labios despacio, saboreando el control de la escena.
—¿Sabes cuál es una de las tantas razones por las que no te quiero cerca de mi bebé?— le pregunté con voz suave pero fría —Es porque no quiero que lo relacionen contigo bajo ninguna circunstancia. Brian tiene ojos y oídos por todas partes. No quiero que le pase nada a Tyler; me muero si algo llega a ocurrirle a mi niño, es lo único que me mantiene en pie en este mundo. Es mi deber velar por su seguridad, y sé perfectamente que Brian no tardaría nada en enterarse.
—Yo sé de sobra que la seguridad del niño es lo primero— me susurró, dando un paso más y bajando el tono hasta hacerlo grave —Por eso yo mismo me encargaré de que nadie me relacione con él. Créeme, ya lo he planeado absolutamente todo. Puedes estar completamente tranquilo— aseguró, dejando escapar una pequeña sonrisa de alivio al ver que no lo había cortado de golpe —Tú vas a dictar las reglas, nene. Será como tú quieras y cuando tú quieras— remató, acortando aún más el espacio entre los dos —Tendrás el control de todo, justo como te gusta. Si decides que solo puedo verlo dos horas a la semana, acepto. Si quieres que sea bajo la estricta supervisión de tus padres, lo acepto. Si quieres ponerme a diez escoltas tuyos delante mientras lo sostengo en brazos, me importa un carajo, lo acepto también. Yo pongo el dinero, la casa, el apellido y mi vida entera si es necesario; tú solo pones el horario y las condiciones.
Había algo en su discurso que realmente me tentaba, y era esa parte en la que recalcaba que todo se haría estrictamente bajo mis términos. Pero no podía ceder tan fácilmente ni entregarle la victoria en bandeja de plata.
—Mmm… No sé, Tom— murmuré, alargando las palabras y jugando a dudar —Admito que me gusta lo que propones, pero… Aún no estoy del todo convencido. Tú estás metido en una relación con Catalina, aunque lo niegues hasta cansarte. Nada de lo que digas me hará cambiar de opinión, porque si ella no fuera nada tuyo, no la tendrías viviendo aquí como si fuera la dueña.
Tom bajó la mirada al instante y la desvió hacia un lado, demostrando con su silencio que yo tenía razón en ese punto y conteniéndose a duras penas de soltar alguna excusa.
—Y, francamente, no me interesa si estáis juntos o no— proseguí con desdén —; solo no quiero a esa mujer cerca de mi hijo. Sé perfectamente que va a estar de pesada. De una vez te lo aclaro, mi hijo no necesita ninguna «madrastra», y no voy a tolerar que Catalina se sienta con algún tipo de derecho por el simple hecho de ser tu mujer. Es más, me da rabia solo imaginarla mirando a mi niño. Simplemente no la quiero cerca.
—No lo estará— espetó Tom de golpe, volviendo a clavar sus ojos en los míos con determinación —Te lo prometo sobre mi vida.
—¿Y qué me asegura a mí eso?
—Billie…— jadeó con voz ronca, dando un paso desesperado hacia mi espacio —Puedo demostrártelo si quieres. Ponme a prueba y verás de lo que soy capaz.
—Vale…— susurré, ladeando la cabeza y regalándole una sonrisa enigmática —Tienes exactamente una semana para hacerlo. Y de una vez te advierto que, si no cumples al pie de la letra con todo lo que me estás prometiendo ahora, te voy a dejar de nuevo sin la más mínima posibilidad de ver a Tyler. Así como te la estoy dando en este segundo, te la puedo arrebatar para siempre y no volvértela a conceder nunca. Lo sabes perfectamente, y me va a importar muy poco si Tyler me reclama en un futuro. Quiero a Catalina lejos, Tom… Lejos de mi hijo.
—Yo me voy a encargar de que sea exactamente así— me aseguró de inmediato, respirando con dificultad ante mi cercanía —Entonces… ¿Ya oficialmente puedo ver a mi hijo?
Me quedé mirando cómo la esperanza y una chispa innegable de felicidad iluminaban su expresión. Realmente le hacía muchísima ilusión el simple hecho de ver a Tyler, de sentir que por fin había conseguido una grieta en mi muro. Solté un pequeño resoplido de cansancio antes de hablar:
—Mañana después del mediodía. Yo estaré trabajando, pero Sophia estará en casa. Puedes pasar a buscar al niño y, eso sí, tendrás que avisarme exactamente a dónde lo llevarás. ¿Entendido?
—Claro que sí— dijo con la voz ligeramente temblorosa, traicionando la enorme emoción que intentaba contener —Mierda, te lo agradezco muchísimo, en serio. Y… quiero disculparme también por… ya sabes… por haberte dicho que te lo iba a quitar. Fue jodidamente estúpido por mi parte. No vayas a desconfiar de mí, nene, te prometo que seré la persona más puntual del mundo, tanto a la hora de ir a buscarlo como al dejártelo de nuevo.
—Qué bien que hayas recapacitado— murmuré con ironía —Y que tengas bien claro que fue una completa estupidez por tu parte. Agradece también que la cosa no llegara a las manos porque me contuve como un santo, y que estoy aceptando tu patética disculpa por esa mierda— solté sin sonar a reproche; realmente estaba disculpándolo solo por ese pequeño arranque de sensatez. Mas no significaba que estuviéramos haciendo las paces en absoluto. Estaba haciendo un esfuerzo por mantener la calma —Y sobre lo otro, eso espero, Tom. Espero de verdad que no me salgas con ninguna trampa, porque tú sabes perfectamente que yo sí sé jugar a este juego y salir siempre ganando, ¿eh?
—Lo sé… Sabes bien que yo jamás te subestimo, Billie.
—Bien— sonreí, ensanchando los labios con burla —¿Y qué hay de tu otro hijo, eh? ¿Seguiste negándolo?
—Aún lo estoy asimilando, pero… Ya me encargué de que se quedase instalado aquí. Le compré un piso. Su madre llega mañana a primera hora— me contó en voz baja, esquivando un poco la mirada —En serio, nunca me imaginé que podría llegar a tener un hijo con otra persona, Bill. Yo solo quería tenerlos contigo.
—Ay, pues ya ves…— fingí un pesar exagerado, dramatizando la lástima —No te salieron las cosas como querías. Y con eso de que ahora le darás un hijo a Catalina…
—¿Qué dices? Claro que no— masculló de inmediato, con el ceño profundamente fruncido y el desagrado chorreándole en cada palabra —¿Qué parte de que solo quiero hijos contigo no captas? Y sé perfectamente que ya no estamos juntos, pero… Igualmente.
Puse los ojos en blanco con fastidio.
—¿Te puedo hacer otra pregunta, Billie?— añadió de repente, cambiando el tono.
—¿Qué quieres?— resoplé, cruzándome de brazos.
—¿Te cuidaste?— me preguntó sin rodeos.
La pregunta me dejó completamente pasmado. Me quedé mirándolo fijamente mientras sentía cómo todos mis músculos se tensaban de golpe. Apreté la mandíbula con fuerza al sentir cómo esa angustia que me venía carcomiendo en los últimos días regresaba de golpe a mi estómago.
—Después de que estuvimos juntos… ¿Te tomaste la píldora del día después?
Tragué saliva en seco, sintiendo la garganta áspera.
—Claro que sí— solté con una dificultad que intenté enmascarar, mintiéndole —¿Por qué cojones me haces esa clase de pregunta? ¿Crees que se me va a olvidar algo tan básico? No quiero otro hijo tuyo, Tom.
Él esbozó una sonrisa diminuta, casi imperceptible.
—Te lo pregunto porque te conozco, sé que tiendes a olvidarte de las cosas cuando tienes la cabeza saturada con mil problemas. Y por la forma en que te fuiste aquella noche… Por mi culpa… Yo pensé que…
—Pues pensaste mal— aseveré, sintiendo cómo los nervios me traicionaban la voz.
Tom se me quedó mirando durante unos segundos eternos, escaneando meticulosamente cada micromovimiento de mis facciones, para luego entrecerrar los ojos.
—¿Sí recuerdas que fui yo quien te enseñó a mentir?— me preguntó en un susurro peligrosamente sereno —¿Y que sé perfectamente cuándo lo estás haciendo?
—No te estoy mintiendo.
—¿Y por qué estás tan jodidamente tenso y nervioso, entonces?— inquirió, dando medio paso hacia mí.
—No lo estoy. Solo me ha pillado por sorpresa tu puta pregunta, eso es todo— me crucé de brazos con brusquedad y me di la vuelta para darle la espalda, intentando cortar el control que él estaba tomando sobre mí —Pero si quieres pensar que miento, hazlo. Me da exactamente igual.
—Acabas de confirmarme que sí me estás mintiendo, Billie.
Maldije en voz muy baja entre dientes.
Me di la vuelta nuevamente para encararlo, dejando brotar una chispa de enfado en mis facciones porque ese tema ya me tenía al borde del colapso mental. Era una pesadilla que no salía de mi cabeza.
—¡No me la tomé en el momento, ya!— estallé en un susurro frustrado —Pero sí me la tomé después, así que espero que esa mierda haga su efecto. Y ya no me sigas preguntando sobre esto, que estoy bastante estresado con mil cosas como para encima soportar que me presiones con este tema…
Él pareció procesarlo y finalmente cedió, dando un asentimiento de cabeza casi sumiso mientras daba un paso hacia atrás para darme aire.
—Bien… Yo solo quería saber.
—Da igual— mascullé, moviendo la mano en el aire con desdén, quitándole importancia para no derrumbarme.
—Vamos a mi despacho. Te firmaré el primer cheque— me dijo.
En el fondo, yo solo esperaba que Catalina hubiese escuchado cada palabra desde el pasillo, y estaba segurísimo de que había sido así. Me encaminé de nuevo al ascensor y él entró justo detrás de mí. Bajamos en silencio. Una vez que cruzamos el bar, nos dirigimos hacia su despacho privado. A estas alturas me sentía agotado, con el cuerpo pesado; había estado trabajando casi todo el día, sumado a la pelea monumental con Tom y al cabreo con el que me había ido horas atrás.
Lo único que quería era llegar a casa, darme una ducha caliente y meterme en la cama a dormir junto a mi bebé, especialmente porque Alex tendría que trabajar de noche. Eso me preocupaba bastante; Alex casi no dormía por estar pendiente de todo y me aterraba que el cansancio terminara afectándole a la salud, aunque él me jurara una y otra vez que estaba perfectamente bien.
—Adelante…— murmuró Tom tras abrirme la puerta de su despacho.
Lo miré durante un segundo sin mostrar expresión alguna en el rostro y me adentré en la penumbra del lugar. Durante el trayecto por el pasillo del club me había percatado de un detalle, ya no había bailarinas por ningún lado. A estas horas deberían estar preparando sus espectáculos en los escenarios, pero el sitio estaba extrañamente desierto. Quizás estaban en su horario de descanso, o quizás Tom realmente las había echado a todas.
Al echar un vistazo al despacho, mis ojos se posaron inevitablemente en la pared principal, justo encima del enorme escritorio de madera oscura. Había un cuadro de gran tamaño colgado en lo más alto. Me quedé helado. Abrí la boca, completamente perplejo y sin aire, al reconocerme a mí mismo retratado en el lienzo.
Pero, por Dios…
Yo llevaba puesto un vestido negro… con mi cabello largo y suelto cayendo sobre mis hombros. Dios mío.
—¿Pero qué cojones…?— se me escapó en un hilo de voz, sintiendo que la sangre se me congelaba.
Tom, parado justo detrás de mí, dejó escapar una sonrisa baja.
—¿Qué pasa?
Giré sobre mis talones para encararlo al instante, con los ojos desorbitados.
—¡¿Desde cuándo cojones tienes eso colgado ahí?!— exclamé, intentando contener la voz, señalando con el dedo índice el maldito cuadro a mis espaldas.
—No lleva mucho tiempo, la verdad. Fue lo mejor que pudo haber hecho el imbécil de Klaus— fue la ridícula y descarada respuesta que me dio, sin un solo atisbo de vergüenza —Te ves hermoso, ¿o no? Me gusta quedarme mirando ese cuadro durante horas y horas cada vez que me encierro aquí. Te ves jodidamente fascinante… Y el pintor logró retratarte a la perfección solo con mis indicaciones, porque ni una sola foto tuya le pasé. Así de bien conozco cada milímetro de tu cuerpo.
Dio un pasito al frente sin apartar los ojos del lienzo, mientras yo me quedaba mirándolo, congelado, sin saber exactamente cómo reaccionar ante semejante nivel de locura.
—Mandaré a hacer otro en el que estés completamente desnudo… Abriendo las piernas para mí.
—Qué cínico eres— reproché, sintiendo cómo un escalofrío helado y caliente a la vez me recorría la columna vertebral —¿Cómo cojones se te ocurre?
—¿De qué te sorprendes, lindo? Si sabes de sobra de lo que soy capaz…
—Tom, estás mal de la cabeza— musité, dando un paso atrás, aunque la atmósfera del despacho se volvía cada segundo más pesada, más llena de electricidad, una que siempre nos consumía y que yo debía evitar —No puedes ir mandando a hacer cuadros míos así como así y sin mi consentimiento. Mucho menos uno en el que yo esté desnudo y en una pose tan descarada como esa que tienes pensada… ¿Qué cojones te pasa?
—Tranquilo, mataré al pintor después de que me termine bien el cuadro— soltó con frialdad, tan natural que me dejó sin aliento.
Por Dios Santo.
—¡Escúchate y escúchame a mí!— exclamé, alzando la voz —¡Eso no está bien!
—¿Por qué?— se giró despacio hacia mí, devorándome con la mirada de arriba abajo —Ya te he visto desnudo miles de veces.
—Pero tú y yo ya no estamos juntos, Thomas.
—¿Y cuál es el puto problema?
Quería gritar de pura frustración. Tom me sacaba de quicio con esa actitud tan jodidamente despreocupada y posesiva; había olvidado por un segundo lo rematadamente loco que podía llegar a estar. Estaba demente, enfermo de la cabeza.
—Tienes una obsesión horrible, y lo peor de todo es que ni siquiera debería ser así— solté, encarándolo —Cambias demasiado de actitud; un día me odias con el alma y al otro te comportas así. ¿Qué cojones es eso? ¿Has pensado en ir a un puto psicólogo?
—¿Sabes qué, Bill? Estuve pensando… Y siento, y sé perfectamente, que la única cura para todos mis problemas… Eres tú— musitó, bajando el tono hasta un registro grave, rasposo. Yo no daba crédito a lo que estaba oyendo —Sí. Porque solo por ti es por lo que reúno fuerzas para tomar el control de las cosas, y solo por ti aguanto absolutamente todo. Quisiera que fueses consciente de lo mucho que me duele mantenerme cuerdo. Y no lo digo de forma metafórica, Billie; de verdad me duele la cabeza, los dolores son cada vez más fuertes, horribles. Y todo ese infierno lo soporto solo por ti.
—No sé ni de qué putada me estás hablando…
—Claro que no sabes, y tampoco quieres saberlo— interrumpió, dando un paso más y acortando la distancia con lentitud —Pero ya habrá tiempo para eso. Mejor dime si no te parece hermoso el cuadro.
Empujé con la punta de la lengua mi mejilla interna, conteniendo el aliento ante la cercanía de su presencia.
—Me parece algo enfermo.
—Eso significa que sí te gusta— aseguró con suficiencia.
—Claro que no me gusta.
—Sí, te encanta, nene— murmuró, inclinando apenas la cabeza y clavando sus ojos en mi boca —Próximamente tendré ese cuadro tuyo desnudo, sentado en un bonito sofá de terciopelo, abriendo las piernas para mí… Y, obviamente, no habrá censura de nada. ¿Qué tal si pido que se le vean restos de mi semen? Entre tus piernas, cayendo por tus muslos, en partes de tu cuerpo… Sería majestuoso.
—No me hace ni puta gracia, Tom— solté, aunque sentí cómo una corriente eléctrica me bajaba de golpe por el vientre. Mierda…
¿Dónde estaban esos pensamientos de odio y desprecio cuando los necesitaba?
—No es para que te dé gracia, morenito. Más bien quiero que te pongas cachondo, pero no haces más que hacerte el indignado— me decía el muy descarado, mirándome con una mirada libidinosa. Lo vi acercarse a su escritorio y coger el bolígrafo para comenzar a firmarme el cheque por el que habíamos bajado aquí —A menos que sí lo estés y eso sea lo que te tiene tan enfadado.
—Mejor cállate la boca, Tom— refunfuñé, extendiendo la mano con impaciencia para coger el cheque en cuanto me lo tendió. Ni siquiera me molesté en mirar la cifra escrita; simplemente lo doblé en dos y lo guardé en el bolsillo de mi pantalón —Como siempre, acabas saliendo con tus mierdas. Se suponía que solo hablaríamos de Tyler.
—Lo siento… Tú me pones mal, Billie. En serio. Te lo juro por mi vida.
Me eché a reír sin un solo gramo de gracia, echando la cabeza hacia atrás.
—¿Acaso Catalina no te satisface tan bien en la cama que por eso tienes que venir a buscarme a mí? Porque sé perfectamente que solo es por sexo que me buscas, fingiendo estar arrepentido por todo, no por otra cosa.
—Ya he perdido la puta cuenta de las veces que te he dicho que yo no estoy con esa mujer— dijo nuevamente, apretando los dientes.
Esta vez sí me reí con ganas, disfrutando de su molestia.
Tom rodeó el escritorio despacio, a paso de depredador, hasta colocarse justo frente a mí. Yo, para no ceder terreno, me apoyé de lado en el borde de su escritorio, quedando a una altura provocativa.
—Pero tampoco me vas a creer por mucho que te lo repita en la cara— continuó él, acorralándome.
—Es que todo lo que tú aseguras con la boca lo desmientes con tus jodidas acciones— le dije sin borrar esa sonrisa burlona, tensa y peligrosamente coqueta de mis labios —Admite de una buena vez que es solo por sexo. Me echas de menos en la cama, ¿a que sí?— solté, haciendo un pucherito falso, escandalosamente socarrón —Pobre Tommie… Qué lástima me das. Si tan solo no me hubieses tratado como una mierda aquella noche… La historia sería completamente distinta.
—¿Me habrías perdonado?— preguntó de golpe, con los ojos encendidos por una mezcla entre súplica y deseo.
—No— espetó mi voz rápidamente, moviendo el dedo índice frente a su rostro en un gesto de «no» tajante —Jamás te habría perdonado, aunque te hubiese dado el beneficio de la duda. Pero… Eso no quita que tal vez pasáramos un muy buen rato de vez en cuando…— musité en un susurro, dejando caer la voz mientras me relamía el labio inferior despacio, un gesto que Tom devoró con la mirada, fijando sus ojos en mi boca durante varios segundos que parecieron eternos —Pero la cagaste, Thomas. Y tú sales perdiendo, porque por más mujeres que te lleves a la cama y te folles… Ninguna va a ser como yo. Ni siquiera si intentas meterte con otro chico. En cambio, yo… Yo sí salgo ganando… No hay centímetros de diferencia— canturreé con malicia, disfrutando de la expresión de puro disgusto y rabia que se le formó en el rostro.
—Odio cuando me restriegas esa mierda en la cara— expresó con la voz rota por los celos, dando un paso más —Odio imaginarte con otros y lo sabes perfectamente. No haces más que decirme esas cosas para joderme la cabeza.
—No del todo, estoy siendo completamente sincero— aclaré, inclinándome levemente hacia él y sintiendo el calor que desprendía —Lo que a ti te jode en el fondo es que tú ya no puedes tocarme, porque perdiste cualquier oportunidad, por pequeñita que fuera. Vas a echar muchísimo de menos follar conmigo, Tommie.
—¿Qué cojones te hace pensar que yo te busco y te pido perdón solo por sexo?— inquirió, apretando la madera del escritorio a ambos lados de mis caderas, encerrándome en su espacio.
—Es lo único que demuestras…
—Eso no es cierto, Billie.
—Ah, ¿no?— arqueé una ceja —¿Y no es por eso por lo que querías «cachondearme», hablándome de todos esos cuadros enfermizos que quieres hacer de mí desnudo, en posturas descaradas? Ya no hay amor entre nosotros, pero te queda la atracción sexual… ¿Es eso, verdad?
—Yo jamás voy a dejar de amarte— soltó, mirándome directamente a los ojos con intensidad, una intensidad que me hizo tragar saliva —A diferencia de ti, claro.
—¿Vas a ponerte a llorar ahora, Tommie?— me burlé en un susurro provocador, rozando casi su boca con la mía mientras me deleitaba viendo cómo se le iba la última gota de cordura —Porque últimamente estás muy llorón, aparte de salido.
—¿Te estás burlando de mí?— preguntó Tom, entornando los ojos con indignación y fijación a la vez.
—¿Cómo crees?— solté entre una risa baja —Ya quítate, que me tengo que ir.
—Te has dejado las llaves de tu coche y el móvil en el apartamento— soltó él con media sonrisa en los labios.
Chasqueé la lengua, mirándolo con exasperación.
—Si has visto eso, ¿por qué coño no me lo has dicho antes?
—Se me pasó…— murmuró, fingiendo una inocencia ridícula que no le salía ni un poco.
Sonreí de medio lado y, poniendo las dos manos firmemente sobre su pecho, lo empujé lejos de mí para salir de su despacho, con él pisándome los talones a muy pocos centímetros. Tenía una mueca de fastidio en los labios; tendría que volver a subir en el ascensor para buscar mis cosas. Era una completa mierda. ¿Quién coño me mandaba dejármelas olvidadas allí arriba? Joder. Aunque… con lo que tenía pensado hacer, de verdad merecía la pena cada segundo.
«¿Y todo esto por fastidiar a Catalina?», me preguntaba la voz insistente de mi subconsciente.
La verdad es que me importaba un carajo.
Catalina me las debía todas, y no solo por haber tenido la osadía de meterse con mi hijo llamándolo bastardo, sino por intentar hacerme sentir menos diciéndome que ella conseguiría que Tom le diese un hijo a ella, como si eso pudiese alterarme. Yo realmente soy capaz de hacer cosas terribles cuando me dejo llevar por el cabreo; por algo mis padres me llevaron a terapia en mis tiempos de instituto.
—Oye, ¿te he dicho alguna vez lo bien que te queda el uniforme de la DEA?— la pregunta que me lanzó Tom mientras volvíamos a subir en el ascensor me sacó de golpe de mis pensamientos. Ladeé la cabeza para mirarlo sin perder la seriedad ni un solo segundo —Recuerdo cuando solías llevar el pelo rubio, estabas jodidamente bueno… Aunque, obviamente, me encantas muchísimo más cuando eres moreno.
—¿Te he dicho alguna vez lo guapo que estás con la puta boca cerrada?— pregunté yo con voz pausada.
—No… ¿No quieres callarme y luego decírmelo?
Tom era un estúpido sin remedio. No sabía ni cómo expresar lo que estaba sintiendo por dentro, porque, de por sí, el asco hacia él seguía intacto. Lo miraba a la cara y sentía perfectamente cuánto lo odiaba, sentía esa repugnancia desgarrándome el pecho… Y, a la vez, sentía con la misma fuerza cuánto lo seguía amando. Por lo cual, sus palabras provocaban un efecto directo en mí, me ponían caliente. Y es que siempre… esa actitud de Tom, tan pervertida, dominante y provocadora, siempre me ponía así. Lo único que no me dejaba disfrutar del todo de aquella electricidad era la sombra de los recuerdos de todo lo que me había hecho y ese odio que llevaba atragantado.
¿Realmente se podía amar y odiar al mismo tiempo y con la misma violencia a una misma persona?
Las puertas del ascensor se abrieron justo en el segundo en que Tom terminó de decir aquellas palabras. Aproveché de inmediato para entrar en el ático a buscar mis cosas, sintiendo que el ambiente volvía a agobiarme, y eso no me gustaba nada. Pero Tom aprovechó que le di la espalda al llegar a la isla para abrazarme por detrás sin previo aviso.
Sentí sus brazos gruesos rodearme la cintura por encima de los míos, aprisionándome por completo contra su cuerpo, y sentí también su entrepierna literalmente hundida contra mis nalgas.
—Tom, suéltame— siseé entre dientes, sintiendo la fuerza de su agarre —Suéltame ahora mismo o vamos a tener problemas muy serios.
—No soy Tom…— murmuró aquel estúpido a mis espaldas, deslizando su voz ronca hasta apoyar el mentón sobre mi hombro. ¿Quién más iba a ser? ¿Spiderman? —Y solo estoy abrazándote, nene.
—Ya, pues no quiero que me abraces— refunfuñé, intentando marcar distancia, aunque la calidez de su cuerpo me atravesaba la ropa.
—¿Qué hay de malo en que te abrace? ¿No quieres perdonarme por las cosas feas que te dije aquella noche?
—No— gruñí, empezando a forcejear como podía para liberarme, pero Tom me tenía demasiado bien sujeto —Ya suéltame, Tom. Esto no tiene gracia. Ya hemos hablado estrictamente de lo que teníamos que hablar y me tengo que ir de aquí ya.
—¿Por qué? ¿Te estará esperando aquel pedazo de estúpido, mmm?— me preguntó al oído con un tono lleno de celos —¿Vas a ir a acostarte con él? ¿Por qué no te quedas mejor aquí conmigo?
No sabía qué coño le estaba pasando a aquel gilipollas, pero no quería soltarme por nada del mundo, y su entrepierna ya estaba completamente dura. Podía sentir la rigidez de su miembro presionándome directamente contra las nalgas y eso me ponía extremadamente raro; me sentía incómodo, invadido en mi espacio, pero a la vez sentía una pulsación caliente en el vientre.
Con un movimiento brusco y experto, consiguió darme la vuelta por completo y pegar mi cadera de nuevo contra el borde duro de la isla de la cocina. Sus brazos aún rodeaban mi cintura; seguía aprisionándome sin darme escapatoria.
Incluso la forma en la que me estaba mirando en ese preciso instante… Era radicalmente diferente a la de hacía unos momentos. Había una voracidad en sus ojos.
—¿Qué coño te pasa?— le pregunté, mirándolo a la cara sin terminar de entender la demencia de su expresión —Necesito irme…
—Perdona que te lo pregunte, pero… ¿No quieres follar antes de irte?
Abrí la boca, separando ligeramente los labios mientras fruncía el ceño, estupefacto. ¿Tom en serio me había preguntado eso? ¡¿Había tenido el descaro de preguntar semejante cosa después de todo el infierno que me había hecho pasar?! ¡¿Era en serio?! Me sentía profundamente indignado por su desfachatez, pero mi cuerpo traidor reaccionaba de inmediato ante él. Ante su toque, ante lo grave y ronco de su voz, ante aquella mirada libidinosa que me devoraba. La forma en la que me estaba sonriendo…
Todo eso me estaba desarmando otra vez.
Como aquella noche en la que estuvimos juntos, como todas las malditas veces en las que hemos estado demasiado cerca. Mi cuerpo estaba reaccionando a la dosis de él, y eso era peligroso; mi cuerpo y mi mente parecían no estar conectados en absoluto.
Sentí la presión brutal de su miembro contra el mío a través de la tela de la ropa cuando se pegó por completo a mi cadera. Hundió la nariz en mi cuello y comenzó a inhalar mi aroma con desesperación; mi respiración empezó a salir ligeramente entrecortada y jadeante de mi boca. Necesitaba apartarlo de un golpe y, a la vez, deseaba desesperadamente tenerlo aún más cerca.
Así de confusos y retorcidos eran mis pensamientos en aquellos momentos…
—Tom…— iba a replicar, iba a exigirle nuevamente que se alejase e iba a empujarlo lejos de mi cuerpo.
Pero fue nada más girar ligeramente la mirada hacia el pasillo y vi a Catalina. Estaba allí, de pie, ni siquiera se había molestado en esconderse. Estaba presenciando toda la escena con una expresión grotesca que ni siquiera sabría describir. Tenía un par de golpes en la cara. Juraría que la perra estaba a punto de echarse a llorar de pura rabia. Estaba absolutamente indignada.
Tom se separó de mi cuello y buscó mi mirada, así que volví los ojos hacia él rápidamente para que no se le ocurriese girar la cabeza y mirar hacia atrás. Como el puto demente y rencoroso que era, no iba a apartar a Tom todavía. Tampoco dejaría que pasara nada más allá, claro que no; solo quería jugar despiadadamente con ambos.
—Eres un cabrón… ¿Cómo se te ocurre pedirme que follemos, eh?— exigí saber en un susurro tenue, y cuando yo hablaba muy bajo y, a la vez, pausado, mi voz salía sumamente aterciopelada, grave, como si estuviese profundamente excitado.
Y teniendo en cuenta mi respiración descompuesta… Todo eso hacía estragos inmediatos en Tom. Él tenía un aspecto terrible, completamente descontrolado, como si de pronto sintiera la necesidad física e incontrolable de devorarme allí mismo.
Parecía un adicto con meses de abstinencia, mirando la droga delante de sus ojos sin saber si dejar de consumirla o morir en el intento.
—Lo siento…— me dijo con la voz rota —Pero de verdad quiero follarte, Billie.
—Oww…— volví a poner morritos con falso pesar, acariciando su ego como yo ya sabía hacer y no había olvidado. —Si tantas ganas tienes…— incliné el rostro despacio hasta quedar cerquita del suyo, sintiendo su respiración tibia y acelerada chocar de lleno contra mis labios. Eso me encendía por dentro, y mucho, pero podía controlarme a la perfección —…Ve y busca a la perrita con la que me engañaste— susurré contra su boca, rozando apenas nuestros labios en una tortura de lo más deliciosa.
—Yo no la quiero a ella… Te quiero a ti— me dijo sin dudar ni un solo milisegundo, deslizando sus manos grandes por mis brazos hasta llegar a mi espalda baja, descendiendo y agarrándome las nalgas con fuerza para apretarme contra su pelvis.
Ese gesto brusco me arrancó un jadeo audible. Sentía cómo todo el calor que me recorría el cuerpo se concentraba violentamente en mi entrepierna, enviándome ligeros y suaves espasmos de puro placer, haciendo que la punta de mi miembro empezara a palpitar y toda mi masculinidad se despertara.
—Te quiero a ti y solo a ti… Nada más que a ti. Siempre te he querido a ti, y siempre será así…— repetía una y otra vez, enloquecido, pegando sus labios calientes contra mis mejillas, bajando hasta mi mandíbula. —Billie…— murmuró mi nombre en un susurro.
Se separó lo suficiente para mirarme a la cara. Sus ojos oscuros e hipnotizados iban de los míos a mis labios, subiendo y bajando frenéticamente. Soltó un leve jadeo y tomó mi boca con la suya, empezando a besarme con, hambre, a lo desesperado. Apoyé los antebrazos en sus anchos hombros y mantuve los ojos entreabiertos, observando por encima de su cabeza cómo Catalina seguía mirando con una mueca de puro horror, el hecho de que Tom estuviera comiéndome la boca y yo respondiera al beso mientras me burlaba literalmente en su cara.
Oh sí, era increíble verla así de descompuesta.
Tom, cegado por el deseo, empezó a desabrocharme el pantalón con manos torpes y ansiosas. No me lo bajó ni nada por el estilo; simplemente metió sus manos grandes por debajo de la tela, dentro de mis bóxers de encaje, y las llevó directamente hacia atrás. Empezó a masajearme las nalgas con vehemencia antes de sentir la yema de sus dedos rozando peligrosamente mi entrada.
—Tom…— jadeé pegado a su piel, apartándome de su boca al instante. Al separar nuestros labios, estos chasquearon de una forma obscena —Saca tus manos de ahí— le ordené, clavando mi mirada en la suya —¿Qué dijiste? ¿Navidad?
—Billie…— gimoteó Tom con un hilo de voz rasposo, acatando la orden y sacando sus manos de mis bóxers a regañadientes.
Sin dejar de clavar mis ojos en los suyos ni un solo segundo, volví a abrocharme el pantalón con parsimonia. Miré de soslayo hacia la penumbra del pasillo y me di cuenta de que Catalina ya no estaba allí de pie; la rata finalmente había huido para esconder su rabia. Perfecto. Ya podía irme.
—Te dije muy claro que ya no tenías la más mínima oportunidad— le recordé, marcando cada palabra con frialdad, con un tono tajante en mi voz —Ahora me iré a mi casa, y tú tendrás que buscarte la forma de bajarte esa calentura tú solito o… Usando a la zorrita aquella. Eso ya es enteramente problema tuyo. Pareces un perro en celo, ¿eh?
—¿Entonces no quieres follar?— insistió con esa terquedad, mirándome con la respiración descompuesta.
—Qué descaro el tuyo— me reí, genuinamente entretenido por su tontería —Obviamente que no. No voy a follar contigo después de todo lo que ha pasado entre nosotros.
—Conmigo no, pero con aquel idiota sí, ¿verdad?— soltó de golpe, con la mandíbula tensa y la voz llena de indignación. —Con aquel gilipollas sí vas a revolcarte.
—Pues claro… Es mi pareja— musité, encogiéndome de hombros.
Esas tres palabras fueron el detonante. Tom, fuera de sí, me agarró bruscamente por los antebrazos y me zarandeó un poco, rompiendo mi espacio.
—¡Eso no es cierto! ¡Ese puto idiota no es nada tuyo!— siseó con rabia, descontrolado, mientras sus ojos empezaban a cristalizarse y a llenarse de lágrimas amenazantes. De pronto, la furia se le desmoronó y acabó apoyando pesadamente la cabeza en la curvatura de mi hombro, derrumbándose contra mi cuerpo —Te necesito, Billie… Ya no me odies más, por favor…— me suplicó en un murmullo roto que me erizó la piel —Yo necesito a mi morenito precioso, a mi princesita en apuros, a mi terroncito… Tú sabes perfectamente que sin ti yo no puedo vivir. Me muero lentamente cada maldito día que no te tengo a mi lado…
—Tom, basta…— exigí con voz firme. Apoyé las manos en su torso y lo alejé de mí de un empujón seco, mirándolo con seriedad esta vez —No vas a volver a endulzarme el oído. ¿Acaso eres idiota? Caí una vez, y eso solo porque me dejé llevar por mis sentimientos, por las ganas, por el momento… Pero caer dos veces ya me convertiría a mí en el verdadero imbécil. No va a volver a repetirse jamás lo de la última vez, así que puedes estarte muriendo en vida, como dices, que a mí me va a dar exactamente igual.
Le di la espalda de golpe, caminé a paso rápido hasta la isla, cogí de una sola tirada mi móvil y las llaves de mi coche, y me encaminé a toda prisa hacia el ascensor. Pulsé el botón frenéticamente, una y otra vez, desesperado porque las puertas se cerraran de inmediato, aunque, en el fondo, sabía que insistir así era una tontería.
Tom no se movió ni un solo milímetro del lugar donde lo había dejado plantado. Se me quedó mirando desde la distancia con una profunda tristeza pintada en el rostro… O al menos eso era lo que quería hacerme creer. A mí no me volvía a ver la cara de estúpido jamás.
Había llegado la hora de invertir los papeles y tomar el control del juego.
.
OMNISCIENTE
Morgana sonrió divertida; jugar de aquella manera con el control de Klaus era, sin duda, lo que más le fascinaba. Sabía perfectamente que aquella otra personalidad dentro de Tom se estaba debilitando a pasos agigantados, y no precisamente por el embrujo que ella misma mantenía sobre él.
Esa personalidad había nacido del dolor más rancio y desgarrador de Tom, eso ya se sabía. Pero ahora que Bill estaba vivo y Tom lo sabía, caminando y respirando en este mundo, la raíz de aquel tormento se había esfumado. Lo único que mantenía a Klaus con vida era el sufrimiento de Tom al no poder tener a su moreno a su lado.
Le encantaba retorcer la mente de ambos. Sin embargo, era plenamente consciente de que la fuerza de voluntad de Tom era descomunal, y que muy pronto se le terminaría yendo completamente de las manos, tal y como se lo habían anunciado sus visiones.
Lo que acababa de hacer momentos antes no había sido más que un acto de pura crueldad; liberar a Klaus del amarre durante un breve parpadeo. Solo unos cuantos segundos bastaron para que ella sintiera la desesperación y el sufrimiento tan sofocante que lo ahogaban en cuanto le retiró las cadenas invisibles, antes de volvérselas a imponer con fuerza en cuanto Willem abandonó el lugar.
Pero no solo sintió a Klaus; también sintió a Tom. El hombre estaba sufriendo doblemente. La agonía se intensificaba hasta niveles inhumanos porque ambas personalidades estaban completamente devastadas por el mismo amor descompuesto. Morgana podía sentir la energía volcánica de Tom, sus ansias salvajes por recuperar el control de su cuerpo una vez más.
Sabía de sobra que Tom había estado buscando ayuda a sus espaldas con todo tipo de brujas y curanderas. Aquellos brebajes que le habían dado realmente estaban consiguiendo debilitar su fuerza. Era como si, de alguna forma extraña, parte del dolor y el cansancio físico de Tom se transfirieran a su propio cuerpo. Solo una pequeña fracción, por supuesto, razón por la cual Tom aún no percibía ningún cambio significativo en su estado.
Morgana sabía que iba a echar de menos manejar a Klaus como a un títere en cuanto este terminara por extinguirse —faltaba tan poco para ello—, pero, al mismo tiempo, sentía la ansiedad de adentrarse en la mente de Willem…
¿Qué tan fuerte resultaría ser él? O, mejor dicho, ¿qué tan poderoso sería el amor que sentía por sus seres queridos para evitar hacerles el daño monstruoso que ella le ordenaría infligirles? ¿Lograría contenerse, tal y como lo estaba haciendo Tom y como intentaba hacerlo Klaus sin éxito alguno?
Ella lo dudaba seriamente. Willem estaba en una condición mental muchísimo peor, roto en mil pedazos. Había sufrido en exceso a lo largo de su vida, y las grietas provocadas por su dolor eran abismos profundos.
Sabía que para Willem sería infinitamente más difícil resistirse a sus órdenes; simplemente no podría contenerse. Podía sentir en lo más profundo de él algo verdaderamente malévolo, era una faceta oscura, una bestia capaz de causar la peor de las ruinas en cuanto perdía los estribos. Y a Morgana le fascinaba la idea de sacar a pasear a esa bestia y verla destrozar todo a su paso.
—Mi señor…— comenzó a orar en un susurro cavernoso tras encender la última vela sobre la mesa del altar. Cerró los ojos despacio y concentró toda su energía en la llama fluida —Permíteme salir victoriosa en cada uno de mis planes… Permíteme cumplir con mi sagrada promesa de hacerles pagar con sangre por lo que me hicieron en el pasado. Simone Kaulitz, Charlotte König y Gordon Trümper… Permíteme tener el placer de verlos arder en su propia miseria al presenciar cómo destruyo a sus hijos uno por uno. Permíteme salir victoriosa…— repetía —Y, sobre todo, permíteme encontrar a mi hijo… Puedo sentir la llama de su vida aún encendida en alguna parte de este mundo.
Soltó un largo suspiro que hizo oscilar las sombras de la habitación y continuó rezando fervientemente a su Dios. Al finalizar con un «amén», sopló lentamente sobre las mechas, apagando las velas y dejando el lugar sumergido en la oscuridad.
&
[ Al día siguiente ]
La mañana en la DEA estaba siendo una auténtica locura, súper agitada, como absolutamente todas las anteriores desde que me había integrado al equipo de trabajo. El caso de Cabeza nos tenía a todos corriendo y trabajando a mil por hora, con los nervios a flor de piel. A eso había que sumarle que yo estaba moviendo mis cartas para retrasar un poco más el juicio de Rodrigo; necesitaba ganar tiempo, quizás esperar hasta que se llevara a cabo el operativo en Colombia, el cual se sentía más cerca con cada día que pasaba.
Para rematar mi suerte, Alex me había asignado a Xavier como mi compañero directo para esta investigación, y era una completa mierda. Estaba enfadado hasta los huesos por ello, pero no podía rechistar ni un poco; al final del día eran órdenes directas de Alex como mi jefe, y yo tenía que acatarlas como el agente que era, me gustara o no.
Trabajar codo con codo con Xavier era un verdadero calvario, un tormento en vida. En serio que ese hombre me haría envejecer diez años más rápido de la rabia que me provocaba a cada segundo. No alcanzaba a entender por qué narices se parecía tanto a Tom; eran idénticos en lo exasperantes y no me refería a lo físico. Así de estúpido era aquel otro, como si los dos compartieran la misma y única neurona.
—… ¿Tu mente está aquí o dónde narices la has dejado?— preguntó Xavier de golpe, impaciente, chasqueando los dedos de forma tajante justo delante de mis ojos.
Parpadeé rápidamente, saliendo de mi trance al instante.
—Deberías estar ayudándome en lugar de perder el tiempo, ¿sabes?— continuó refunfuñando, señalando el mar de documentos sobre el escritorio —Prácticamente todo lo estoy haciendo yo solo mientras tú estás con cara de idiota.
—Ya, perdón…— mascullé, poniendo los ojos en blanco con fastidio —Solo estaba pensando en lo ridículo que resulta tu odio hacia mí, cuando yo jamás te he hecho nada.
—¿Y qué narices te hace pensar a ti que yo te odio?— inquirió, girando la cabeza despacio para clavarme una mirada cargada de escepticismo, con el ceño severamente fruncido —Que me caigas mal es una cosa muy distinta, el odio está reservado para los estúpidos.
Uy. Vaya revelación.
—¿Entonces nada más te caigo mal?— inquirí, inclinando levemente la cabeza, entrecerrando los ojos mientras lo escudriñaba con curiosidad de depredador —¿Y eso por qué? ¿Cuál es la razón exacta?
—Ahg, cómo jodes, de verdad.
—¡Pero dime!— insistí, apoyando los antebrazos sobre la mesa, buscando su mirada. Xavier volvió a poner los ojos en blanco, dejando escapar un resoplido de pura frustración. —Tiene que haber una razón con pies y cabeza— agregué en un murmullo.
—¿Si te lo cuento de una puta vez ya te callas la boca y me dejas en paz?— preguntó, mirándome de reojo con los párpados caídos. Asentí suavemente en respuesta, dibujando un gesto dócil que no me creía ni yo. Él suspiró hondo, pasándose una mano por la nuca. —Vale, pues soy homosexual… Pero odio a los homosexuales, ¿ya?
Parpadeé por un segundo, totalmente perplejo. ¿Pero qué mierda acababa de escuchar? ¿Cómo narices se podía ser homosexual y, al mismo tiempo, odiar a los homosexuales? Aquello no tenía el menor sentido en mi cabeza.
—No sé por qué pones esa cara de sorprendido— añadió él de inmediato, cruzándose de brazos al notar mi cortocircuito mental —Hay heteros que odian… A otros heteros.
—Bueno, sí, pero… Eso es completamente estúpido.
—No sé, a mí me da exactamente igual— dijo, encogiéndose de hombros con indiferencia —La cosa es que no los soporto, y muchísimo menos a los afeminados como tú. Pareces más mujer que hombre en todos los sentidos— abrí la boca, indignado hasta la médula, mientras sentía el calor de la rabia subirme por el cuello —A eso hay que sumarle el hecho de que puedes tener hijos y todo eso. El caso es que… Tú no me provocas ese fastidio que me provocan los demás homosexuales, y eso me fastidia, ¿sí entiendes?…
Me quedé flotando en una confusión aún más profunda.
—Ah, ¿no?— solté, inclinándome despacio hacia su lado de la mesa. Dejé caer la voz a un tono bajo, aterciopelado y rozando lo provocador, mirándolo por debajo de las pestañas. En realidad estaba súper perdido, no entendía nada de lo que él estaba hablando pero… me comencé a hacer una idea —Entonces… ¿Te caigo mal porque no me detestas como a los otros homosexuales? ¿Es eso?
—Sí, precisamente por eso…— admitió, apretando la mandíbula.
—Entonces, si no me detestas por ser homosexual, sino porque te frustra no poder detestarme…— murmuré con una sonrisa casi felina, ladina y coqueta curvándose en mis labios, disfrutando enormemente de cómo su compostura empezaba a agrietarse —¿Significa que…? ¡Oh, Dios mío! ¿Significa que yo te gusto?
Ándale.
—Eso no lo sé, y ese el maldito problema— murmuró entre dientes, esquivando mi mirada mientras un matiz tenso cruzaba su rostro —Igualmente no te eches flores, seguro es por otra razón, y no voy a hablar de esa mierda contigo, así que ya cierra el pico y ponte a trabajar.
Era un bruto de mierda en toda regla, pero no podía negar que me había dejado absolutamente mudo por un segundo. Yo siempre había teorizado que quizás Xavier sentía algo sin resolver por Alex, y que por esa razón me tenía semejante resentimiento; o tal vez porque yo había logrado ascender y posicionarme rápido en la DEA a pesar de la cantidad de porquerías que había estado hablando a mis espaldas… Pero esto no me lo esperaba para nada.
—Alex nos dio de plazo estricto hasta mañana para entregar los avances de este caso, así que hay que coordinar la reunión con Madeline— agregó para cortar de golpe el momento, volviendo la vista a las hojas de la carpeta.
—¿Quién narices es… Madeline?— pregunté, recobrando mi postura profesional, aunque sin perder esa chispa de burla en los ojos.
—La mujer que está infiltrada en el bar Lax— me respondió de mala gana, hojeando los folios con agresividad —Si tan solo prestaras un poco de atención a las reuniones de la mañana, lo sabrías de sobra.
—Bien— refunfuñé, entornando los ojos, apoyando la barbilla en mi mano mientras le dedicaba una mirada de lado, deliberadamente insinuante —Pareces uno de esos señores amargados que andan de un humor de perros solo porque llevan meses sin echar un polvo. ¿Tú llevas meses sin sexo acaso?— pregunté burlonamente.
Xavier soltó una carcajada, carente de la más mínima gracia, mirándome de arriba abajo con pura exasperación.
—Yo prácticamente follo todos los días.— me respondió —Y tú eres estresante a niveles insoportables, ¿sabes… Benjamín?— soltó mi falso nombre con mucho énfasis —Eres exactamente igual que un niño de cinco años que no se cansa de poner de los nervios a su madre con sus tonterías.
Ahg, era un estúpido e imbécil en toda regla.
Continúa…
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Gracias por los capi
No le digas Morenito precioso ni terroncito que me pongo a llorar Tom😭