Fic de unicornlitz. Temporada III

Capítulo 28

[Un tiempo después ]

Las reuniones secretas con Madeline habían sido escasas durante las últimas semanas, pero sumamente fructíferas. Ella realmente era excelente en lo que hacía; había conseguido proporcionarnos información crucial sobre cómo se movían las cosas dentro del bar, según lo que le comentaban en el trabajo sus ahora «compañeros». Gracias a su inteligencia, estábamos elaborando un plan minucioso para infiltrarnos en una fiesta exclusiva que se celebraría en seis meses… ¿Por qué precisamente en seis meses? Bueno, porque se celebraría el cumpleaños de una de las hijas de Cabeza.

Ese hijo de puta resultaba tener familia, y la chica cumpliría veintidós años.

Queríamos infiltrarnos en aquel evento para ver qué tipo de información o contactos podíamos obtener. Madeline mantendría su papel de infiltrada por ahora, mientras nosotros seguíamos afinando cada detalle del plan operativo. El caso de Rodrigo sí que pude aplazarlo con éxito; de momento no había una nueva fecha estimada en el calendario porque todavía no conseguía reorganizar mis horarios para dedicarme de lleno a ello. Estaba hasta arriba de trabajo en la DEA, pero, sobre todo, absorbido por el tiempo con mi hijo.

Por otro lado, Tom se llevaba sorprendentemente bien con su hijo mayor, al que todos llamaban ahora «Thomas Jr.». Al parecer, Elysa sí había venido a la ciudad e intentó llevárselo prácticamente por la fuerza, pero Tom no se lo permitió bajo ninguna circunstancia. Me había gustado la firmeza con la que defendió al chico; Tom siempre había sido así, adoraba a sus hijos con devoción, incluso aunque este no fuera mío y suyo. Para mi sorpresa, se llevaban de maravilla.

También había completado su semana de prueba con respecto al régimen de visitas de mi bebé y, hasta ahora, todo marchaba sobre ruedas. Lo visitaba constantemente y Tyler ya empezaba a llamarlo «papá» con muchísima más naturalidad.

Incluso le daba aquellos besos cariñosos que antes me pertenecían de manera exclusiva… eso sí que me llenaba de indignación. Como yo me pasaba la mayor parte del día encerrado trabajando, parecía que ya se le había olvidado quién era su mami. Ahora que tenía a su «papi» presente, le daba exactamente igual si yo estaba en casa o no. Mierda, me dolía el corazoncito de los puros celos.

Pero bueno, al final solo era un niño, y yo me repetía a mí mismo que seguía siendo su favorito indiscutiblemente.

Estábamos organizándole su fiesta de cumpleaños; mi bebé cumpliría tres añitos y yo me sentía profundamente feliz, aunque con las emociones a flor de piel. Durante aquella última semana me había estado sintiendo desbordado por una sensibilidad extraña; todo me hacía querer llorar, y ni hablar de las cantidades ridículas de dulces que había estado comiendo por simples antojos repentinos. La situación se volvió alarmante cuando aparecieron los fuertes mareos y las náuseas matutinas, seguidas de vómitos cada vez que intentaba digerir algún alimento.

Traté de disimular mi malestar lo mejor que pude, pero Sophia me pilló con las manos en la masa cuando me hice la prueba de embarazo… La cual, desgraciadamente, dio un positivo contundente. Me había confiado ciegamente de la píldora del día después, aun sabiendo que siempre existía un margen de error, pero aun así me destrozó enterarme de que estaba esperando otro hijo. Echando cuentas, llevaba unas dos semanas y media de gestación. Maldije mi suerte entre lágrimas durante horas. ¿Cómo cojones iba a manejar esto?

¿Qué mierda iba a decirle a Alex en cuanto la barriga empezara a notarse? Dios mío. Era una situación que me tenía profundamente mal, abatido y con episodios depresivos.

Este secreto solo lo sabían Sophia y Bach; Sophia porque me había descubierto y Bach porque se lo confesé directamente, ya que me notaba sumamente extraño. Mis padres también percibían mi decaimiento, pero a ellos sí sabía cómo manipularlos para que no indagaran demasiado.

Por suerte… todavía sabía disimular la tormenta frente al resto del mundo.

Hoy era oficialmente el cumpleaños de mi bebé, y en ese preciso instante me encontraba conduciendo hacia la residencia de la señora Charlotte. No iba a mentir diciendo que Tom y yo habíamos hecho las paces, porque eso estaba muy lejos de ser verdad; él seguía siendo el mismo idiota de siempre, impredecible y con sus constantes cambios de humor. Catalina continuaba viviendo en su propiedad, aunque, para mi tranquilidad, no me la había cruzado en semanas.

Eso fue así hasta el día de hoy.

—Joven Benjamín— me saludó Nohemí, la chica del servicio, dedicándome una sonrisa amable al abrirme la puerta. —Qué gusto verlo por aquí, hace varios días que no se pasaba— comentó mientras se hacía a un lado para dejarme entrar.

—He tenido demasiado trabajo últimamente— le respondí, devolviéndole el gesto con simpatía.

—Oh, pase, por favor— me animó —Sus padres no tardan en llegar; los van a llevar directamente a la zona de juegos que mandó instalar el señor Tom por el cumpleaños del niño Tyler— con el paso del tiempo, Nohemí había dejado de lado la timidez y me hablaba con bastante soltura —Aunque… se lo digo ya para que no se lleve un mal trago, la señorita Catalina está en la casa.

No podía ser.

—¿En serio, Nohemí?— inquirí, frunciendo el ceño.

Ella asintió, haciendo un gesto de claro descontento con los labios. —Esa mujer no me agrada nada, joven. La señora Charlotte está encerrada en el despacho con el señor König y un socio y todavía no sabe que ella ha venido; si no, ya la habría mandado sacar— dejé escapar un suspiro pesado —Pero si viene por su niño, él está en el jardín jugando con la niña Cristina.

—Muchas gracias por avisarme, Nohemí— le dije, esbozando una sonrisa algo tensa.

Ella se retiró para continuar con sus labores y, en cuanto me quedé solo en el recibidor, saqué el móvil para mirar la hora. Eran exactamente las dos de la tarde; la reunión de mi nene empezaba a las cinco. No quise ir directamente al jardín porque prefería esperar a que llegaran mis padres, así que me acomodé en uno de los sofás del salón principal y me puse a escribirle a Sophia para saber a qué hora llegaría.

—Hola…— escuché una voz a mi espalda.

Reconocería el timbre de Thomas Jr. donde fuera; no era muy diferente al de su padre. Levanté la mirada y lo vi sentarse justo en el sofá de enfrente.

—Hey… ¿Cómo te trata la vida ahora por aquí, Thomas?— le pregunté, dejando el teléfono boca abajo sobre mis piernas.

—Digamos que bastante bien— respondió, dejando ver una leve sonrisa. —Oye, te quería preguntar cuántos años cumple mi hermano hoy— comentó con curiosidad.

Había olvidado mencionar que Thomas Jr. estaba absolutamente encantado con el pequeño Tyler; se comportaba como el típico hermano mayor protector que consentía al pequeño y lo defendía de todo. Y Tyler, cada vez que Georg o los demás le hacían alguna trastada jugando, corría a buscarlo a él. Mi hijo sabía perfectamente que Thomas saldría en su defensa de inmediato.

Sí, toda aquella dinámica familiar se había consolidado en cuestión de tres semanas.

—Cumple tres años hoy— le respondí, relamiéndome suavemente los labios mientras lo observaba.

—Yo pensaba que tenía apenas dos, todavía se ve pequeñito— comentó él con naturalidad, utilizando su español marcado por aquel acento colombiano tan característico que a veces me resultaba peculiar, pero que le daba un toque único a su voz —¿Tyler pasó sus otros cumpleaños aquí o cómo fue la cosa?

—Sus primeros dos años los pasó únicamente conmigo, con Sophia y con mi actual pareja— contesté, acomodándome en el sofá —Nadie de este círculo sabía de la existencia de Tyler porque lo mantuve completamente oculto por su seguridad. Fue hasta hace muy poco cuando todos se enteraron. Así que este vendría siendo oficialmente el primer cumpleaños que pasa con sus abuelos y con su padre.

—Ahora entiendo perfectamente por qué mi papá vive bromeando con que le esconden hijos— murmuró Thomas, con los ojos entrecerrados y una sonrisa divertida apenas dibujada en los labios —Tyler es el único hijo que tiene contigo, ¿cierto?

Omitiendo el secreto de mi embarazo actual…

—No, en realidad no— murmuré, bajando ligeramente la voz —Hace años tuvimos gemelos, una niña preciosa y un niño hermoso. Pero me los mataron.

—¿Qué…?— se le borró la sonrisa al instante, quedándose desencajado.

—Eso— sonreí con una melancolía pesada ante la expresión atónita y desencajada de Thomas —Seguramente ya sabrás que tu padre tiene un enemigo desde hace mucho tiempo, y yo también tengo a la mía. Solía ser mi amiga, pero me traicionó por pura envidia y demás cosas. A mí me secuestraron, los niños quedaron bajo el cuidado directo de Tom, pero se los robaron y… Bueno, los mataron tirándolos por un acantilado.

—Para… Por favor— me pidió, llevándose una mano a la cara con desconcierto —Joder, yo… De verdad que no tenía ni la menor idea de eso. Papá jamás me había contado nada al respecto.

—Es un tema sumamente delicado— expliqué con calma —Siento que Tom no habla mucho de eso porque, de alguna manera, se siente profundamente culpable. Como te dije… Los niños estaban bajo su responsabilidad en aquel momento. Pero como yo estaba secuestrado, él… Quizás no supo en quién centrarse primero, si en buscarme a mí o en proteger a los niños. Además, había un espía infiltrado entre su gente por aquel entonces.

—Mierda… De verdad que lo siento muchísimo, Bill.

—No te preocupes— susurré suavemente para que no se sintiera incómodo —Me encanta recordarlos. Aunque solo pude pasar dos semanas cortas con ellos, fueron, sin duda, las mejores de toda mi vida. Recuerdo perfectamente cómo parecían ponerse de acuerdo solo para llorar al mismo tiempo… Ouh, eran dos cositas verdaderamente preciosas.

—Y… ¿Puedo saber cómo se llamaban?— preguntó con un tono suave y cauteloso.

—La niña se llamaba Beverly, y el niño, Nick— musité, sintiendo una presión punzante pero cálida en el pecho. Recordar a mis bebés siempre me llenaba de nostalgia, pero, a la vez, de una alegría inmensa; eran dos emociones opuestas que se mezclaban en mi alma —La nena nació primero y, minutos después, el pequeñín.

—Qué nombres tan bonitos…— dijo él, soltando un largo suspiro.

—Sí… Preciosos— comenté con la mirada perdida durante un segundo —¿Y tú? ¿Tienes más hermanos por parte de tu madre?

—Sí, mi madre volvió a casarse en Colombia— me contestó, acomodándose mejor en el asiento —Y con ese hombre tuvo dos hijos más. Dos tontos a los que me alegro enormemente de no volver a verles la cara.

—¿Por qué dices eso?

—Porque siempre se portaron como una auténtica mierda conmigo— musitó, bajando la cabeza mientras se entretenía jugando con sus propios dedos —Mi madre me dejó completamente de lado en cuanto nacieron. A eso hay que sumarle el hecho de que mi padrastro me trataba fatal. Y esos dos mocosos, desde muy pequeños, siempre se metieron conmigo para hacerme la vida imposible. Miguel tiene dieciocho y Dion es el pequeño, con diecisiete. Fueron un dolor de cabeza constante para mí.

—Ay… ¿Tu madre tenía preferencias evidentes por ellos?

—Oh, sí. Yo era literalmente el tercero en discordia en aquella casa— se burló con ironía —A mí nadie me hacía ni puto caso. En el colegio al menos tenía a mis amigos… Pero luego dejé de ir con frecuencia y me pasaba más tiempo en la calle. Mi madre solo empezó a «preocuparse» el día que la llamaron desde dirección para decirle que me expulsaban por faltar a clase. Y peor aún cuando se enteró de la clase de gente con la que me juntaba en el barrio…

—¿Mala influencia…?

Él hizo un gesto cómico con los labios. —No, para nada. Ellos consumían de todo, ya te imaginarás, pero nunca me invitaron a hacerlo ni me obligaron… Yo con un cigarrillo tenía suficiente. Pero me metí en un problema serio con el malote del barrio y hasta me amenazó de muerte. Así que mi madre aprovechó la oportunidad perfecta para deshacerse de mí dejándome en Estados Unidos.

—Dios mío…— murmuré, consternado —¿Por qué hablas como si tu propia madre no te quisiera?

—Porque sencillamente no me quiere— respondió con frialdad —Me lo dijo muchísimas veces, directa o indirectamente. Siempre que cometía un error, me echaba en cara que era igualito a mi padre, que era un dolor de cabeza andante y mil cosas peores. Una vez me partió el palo de la escoba en la espalda de la paliza que me dio… Por poco y terminan interviniendo los de protección de menores.

—¿Y encima te pegaba de esa manera? Qué mierda de persona…

—Mi madre es una porquería de persona— dijo con un rastro de rencor contenido en la voz —Y aun así tuvo el descaro de querer llevarme de vuelta a la fuerza en cuanto supo que había localizado a mi padre. Por suerte, mi padre se lo impidió. ¿Tú sabías eso?

—Algo me llegaron a contar— susurré, regalándole una pequeña sonrisa comprensiva.

—Así que técnicamente ahora no tengo madre— soltó entre una risa ligera, contagiándome la gracia a mí también —¿A que no te gustaría adoptarme tú? Te juro que seré un buen chico.

—Anda ya— me reí —Me lo voy a pensar seriamente. O quizá prefieras que te adopte la pareja de tu padre.

—¿Cuál pareja? ¿Mi padre tiene pareja?

—Claro, ¿acaso no has conocido a Catalina?

—¿La pelada esa que tiene prácticamente encerrada?— preguntó, frunciendo el ceño —Ella no es su pareja, al menos que yo sepa. Mi padre la tiene como si fuera la chacha en su piso. Además, Sophie me contó un par de cositas sobre ella, así que me encanta hacerle la vida imposible a esa grilla.

Levanté las cejas con curiosidad. —¿Grilla?

—En Colombia les decimos así a las mujeres que son muy perritas— me explicó con naturalidad —Ordinarias, que se pasan el día coqueteando con medio mundo. Una forma despectiva de llamarla pilingui, por así decirlo. También se utiliza para referirse a esa forma exagerada en la que se maquillan, que parece que se echan tres kilos de base en la cara…

—Oh, ya entiendo— comprendí de inmediato, soltando otra risotada. El chico resultaba sumamente divertido cuando mezclaba sus modismos con el inglés.

Él sonrió, complacido por haberme sacado una carcajada.

—¿Quieres saber cómo les llamamos mi grupo de amigos y yo a los que se creen más listos o más castigosos que nosotros?— me preguntó. Asentí, divertido, en respuesta —Carechimbas— soltó. Aquella palabra tan extraña me hizo soltar un nuevo sofoco de risa —Carechimbas, triplehiju’eputas, pirobos. Pero, sobre todo, carechimbas. A ver, dilo tú…

—¿Eh?

—Di «carechimbas».

—¿Carechimbas?— repetí, modulando la pronunciación, resultando bastante fluido para ser la primera vez que la decía.

—¡Eso es! Así mismito les decimos a todos esos pirobos.

—¡Buenas tardes a todos!— escuché la voz resonante de mi madre desde el vestíbulo principal.

Tanto Thomas Jr. como yo giramos la cabeza de inmediato para verla llegar. Se veía despampanante, luciendo un conjunto blanco sumamente elegante. Mi padre venía justo detrás de ella, impecablemente conjuntado con un traje claro del mismo tono.

—Han llegado los que van a ser mis otros abuelos en cuanto me adoptes oficialmente— murmuró Thomas de lado.

Me reí por lo bajo.

—Eres muy gracioso, de verdad— comenté antes de ponerme de pie para recibir a mis padres.

—Cariño, pero si aún no te has cambiado, amor— comentó mi mamá al acercarse, paseando la mirada por mi uniforme de la DEA.

—Aún me queda tiempo de sobra, mami— respondí, dejándole un beso en la mejilla y luego haciendo lo mismo con mi papá —Los estaba esperando.

En ese preciso instante, la señora Charlotte bajaba por la gran escalera acompañada por el señor Gordon y otro tipo que saludó brevemente y se fue. Me acerqué a saludar a mis exsuegros e inmediatamente ellos procedieron a darles la bienvenida a mis padres con efusividad. Thomas no se quedó atrás en absoluto; demostrando lo educado que podía ser cuando se lo proponía, se acercó a saludar a mis padres.

—¿Todavía no ha llegado Tom, cariño?— inquirió la señora Charlotte a Thomas, mirando hacia la entrada.

Thomas negó suavemente con la cabeza.

—Me mandó un mensaje al móvil hace un rato. Dijo que llegará en cuanto se desocupe, porque está esperando que le entreguen unas cosas importantes— musitó.

—Oh, comprendido, mi cielo— respondió la señora Charlotte, dedicándole una sonrisa afectuosa.

—Por cierto, jovencito, aún no nos has dicho cuándo es tu cumpleaños— le reprendió cariñosamente el señor Gordon en tono de broma.

—En agosto, señor. Exactamente el diez— respondió Thomas Jr., logrando que el señor Gordon soltara un suspiro dramático.

—¿Cuántas veces más tendré que repetirte que me llames simplemente «abuelo»?

—Lo siento— se rio Thomas, corrigiéndose al instante —Abuelo, abuela— enfatizó, mirándolos a los dos con verdadero afecto.

Era una escena sencillamente increíble.

—¡Abuelita!— llegó corriendo Cristina al salón, con la respiración entrecortada y un tono de voz lleno de angustia —Abuelita, esa mujer rara está haciendo llorar a mi primito…— acusó la niña, señalando hacia la puerta de cristal.

Sentí un brinco de alerta en el pecho y fruncí el ceño de inmediato.

—¿Cómo que lo está haciendo llorar, pequeña? ¿Quién?— le pregunté de golpe, aunque ella no me había hablado a mí.

—Esa señora que no deja a mi primito en paz… Tyler ya se puso a llorar y ella no lo suelta— explicó con inocencia, pero esas palabras fueron suficientes para que la sangre se me subiera a la cabeza.

Sin pararme a dudarlo ni un segundo, me encaminé hacia el jardín a pasos acelerados y firmes. Crucé el porche con los puños apretados y busqué furioso con la mirada hasta que di con ellos. Y, efectivamente, no estaba solo, Catalina… esa maldita estúpida e hipócrita estaba allí. Lo tenía en brazos, obligándolo a estar sentado sobre sus piernas mientras mi hijo chillaba incómodo, rojo de rabia y de tanto llorar, pataleando desesperado para que lo soltara.

—Ya no llores, Tyler… A ver, si yo voy a ser como tu segunda mami— le decía esa mugrosa con una sonrisa falsa mientras intentaba limpiarle las lágrimas a la fuerza —A ver, mi amor… Dime «mami».

Escuchar esas palabras fue el detonante.

El enfado me nubló la vista por completo.

—¿Qué puta mierda te pasa, infeliz? ¿Qué coño crees que estás haciendo?— gruñí, muy rabioso, en cuanto estuve lo suficientemente cerca.

Catalina dio un brinco del susto al escucharme. Aproveché el efecto para arrancarle a mi hijo de los brazos de un solo tirón violento, pegando a Tyler a mi pecho al instante.

—¡¿Cómo carajos te atreves a tocar a mi hijo y a meterle semejante basura en la cabeza, eh?!— la encaré, sintiendo cómo me hervía la sangre —¡Tú no eres absolutamente nada de mi niño, pedazo de ridícula! ¡Aprende a ubicarte, zorra de quinta!

—Benjamín…— articuló mi nombre en un hilo de voz tembloroso, haciendo un gesto victimista justo en el instante en que el resto de la familia llegaba al jardín.

Mi madre corrió a coger a Tyler en brazos para calmarlo, ya que mi bebé seguía hiperventilando por el llanto. Yo ni siquiera me despegué de Catalina; mis ojos estaban fijos en ella y la rabia contenida de semanas enteras me pedía a gritos reventarle la cara a golpes.

—¿Qué pasa? Por favor, no me hables así… Solo estaba intentando convivir con el niño, jugando con él…— murmuró, haciéndose la desentendida, pestañeando rápido con una falsa inocencia que me revolvió el estómago.

—¿Jugando? ¡¿Diciéndole que tú vas a ser su segunda mamá?!— inquirí a gritos, temblando de pura ira.

—¡¿Qué hace esta mujer metida en mi propiedad?!— intervino la señora Charlotte con tono imperioso y los ojos echando chispas —¡¿Quién carajos la dejó pasar?!

Al sentirse acorralada, Catalina cambió ligeramente su postura. Se puso de pie con lentitud, sobándose los brazos y colocándose frente a la señora Charlotte con una sonrisita cínica y sumisa que me daba asco.

—Dios mío, pero ¿por qué os alarmáis tanto todos? Yo también tengo pleno derecho a estar aquí, soy la pareja de su hijo— dijo, intentando sonar digna —Klaus fue quien me pidió que viniera y lo esperara aquí.

Claro… ¿Cómo mierda no lo vi venir? El idiota de Tom la había mandado.

Luego, Catalina se giró a verme a mí, juntando las manos con una actitud santurrona y condescendiente que rozaba lo insoportable.

—Y tú no deberías ser tan grosero ni tan agresivo conmigo, Benjamín. Yo solo estaba tratando de ser amable y acercarme al niño. Acepta que al final voy a ser su madrastra, porque queramos o no…

No la dejé terminar la oración. La furia me cegó por completo, cerré la mano en un puño tenso y se lo estampé de lleno en la cara. El impacto resonó seco en el jardín. Escucharla decir con tanta soltura que pretendía ser la «madrastra» de mi bebé encendió la chispa que me faltaba para perder la cabeza.

—¡Aahh!— chilló ella dramáticamente, llevándose las manos a la mejilla mientras trastabillaba hacia atrás.

—¡¿Quién puta te crees que eres para hablar de mi hijo?!— solté en un bramido ensordecedor. Me abalancé sobre ella antes de que pudiera recomponerse, agarrándola de la cabellera con fuerza —¡Tú no eres NADA de mi hijo! ¿Lo entiendes, infeliz?— siseé entre dientes, pegando mi rostro al suyo mientras ella soltaba un alarido de dolor —Te metes en mi relación, tratas de copiarme en absolutamente todo porque siendo tú misma eres una patética insignificante, no dejas de buscarme la boca cada vez que me ves… ¿Y todavía quieres más?— inquirí desquiciado, dándole un tirón salvaje a su cabello hacia atrás —¡¿Ahora pretendes meterte en la vida de mi bebé como si tuvieras algún maldito derecho sobre él?!

Estaba completamente fuera de mí, poseído por el cabreo y la sensibilidad a flor de piel que mi propio estado me producía.

Mi padre tuvo que intervenir de emergencia, agarrándome por los brazos desde atrás para tratar de despegarme de ella. Tuvo que emplear toda su fuerza para lograr que yo le soltara el pelo, forcejeando conmigo mientras intentaba tranquilizarme, pero yo pataleaba descontrolado, queriendo zafarme a como diera lugar para destrozarle la cara a esa basura. Si hubiese llevado mi arma en la cintura, le juro a Dios que le habría pegado un tiro entre los ojos.

—¡Eres un salvaje, Benjamín! ¡Un demente!— chilló esa mustia, acomodándose el pelo desordenado, con cara de rata asustada mientras fingía sollozar para dar lástima.

—¡Te lo advertí, maldita rata! ¡Te dije muy claro que no te quería cerca de mi bebé, te lo dije!— le gritaba fuera de mí, lanzando golpes al aire mientras luchaba contra el agarre firme de mi padre —¡Y a aquel cabrón también se lo advertí!

—Ya, Billie, por favor, cálmate… Respira, hijo— me pedía mi papá, sujetándome del torso.

—¡No! ¡Déjame, papá! ¡Déjame, que a esta estúpida la voy a matar hoy mismo! ¡Voy a matarte, infeliz!— gruñí entre gritos desquiciados.

Georg, Bach y el señor Gordon tuvieron que correr a ayudar a mi padre a sujetarme, agarrándome de los brazos porque, a pesar del cansancio y del dolor en los músculos, mi único objetivo en ese segundo era erradicar a Catalina de la faz de la tierra.

—¡Mi hijo no es hijastro de ninguna puta barata! ¡Entiéndelo bien!— vociferé fuera de mí.

—Ya, mi amor… Tranquilo, el niño ya está bien— me pedía mi madre con la voz entrecortada, sosteniendo a Tyler bien protegido contra su pecho mientras mi bebé se calmaba al verla.

—¡Incluso lo hiciste llorar, pedazo de imbécil!— le seguía gritando a Catalina, casi quedándome sin aire por el ahogo de la rabia —¡Eres una maldita estúpida de mierda! ¡Estúpida, estúpida, estúpida!

—¡Klaus!— gritó de repente esa muerta de hambre.

Fue ahí cuando todos nos dimos cuenta de que Tom había llegado junto con Travis. Catalina corrió de inmediato hacia él, buscando refugio con una cara de angustia totalmente ensayada, mientras a mí mi padre lograba sujetarme y calmarme gradualmente.

—¡Klaus, por Dios! ¡Benjamín se ha vuelto loco, mira cómo me dejó!— chilló aferrándose a su brazo.

—¿Qué carajos haces tú aquí, Catalina?— fue lo primero que le preguntó Tom al verla, apartándola con un gesto frío y con el ceño profundamente fruncido.

—Se te escapó la perrita, papá— soltó Thomas Jr., cruzándose de brazos con tono sarcástico —Y vino directa aquí a hacer llorar a Tyler.

—¡Tú, mugroso estúpido! ¡No digas mentiras!— le vociferó ella, perdiendo los papeles por un segundo.

—¡¿Cómo te atreves a hablarle así a mi nieto en mi propia casa?!— exclamó la señora Charlotte, dando un paso al frente llena de indignación —¡Gordon, por favor, haz que saquen a esta mujer de aquí inmediatamente! Qué insolencia… Qué desagradable es tener que pasar por este tipo de escenas en un día tan importante. ¡Sácadla ya!

El señor Gordon solo tuvo que hacer un leve gesto con la mano hacia los escoltas que custodiaban el perímetro. En un segundo, dos hombres corpulentos se acercaron y cogieron a Catalina firmemente por los brazos. La muy perra intentó forcejear fuera de sí, volviendo a pedirle ayuda a Tom a gritos como la vez en que yo fui a buscarla para llevármela a la sede, pero fue completamente en vano; él ni siquiera la miró.

Por mi parte, sentía las orejas ardiendo. Un sudor frío me cubrió la frente y, de pronto, me sentí ridículamente ido y débil. En medio de esa nebulosa entre la conciencia y la inconsciencia, mi madre intentaba darme aire abanicando suavemente su mano frente a mi rostro para que no me desplomara.

Maldición… Todo se volvió negro.

.

TOM

Había recibido una reprimenda monumental por parte de mi madre.

Catalina les había dicho que yo mismo la había enviado a la propiedad, cuando eso era una absoluta mentira. Incluso Travis tuvo que intervenir para atestiguar que yo no mentía; habíamos salido juntos desde muy temprano y ni siquiera había mirado el móvil porque lo mantuve apagado durante horas. Esa maldita mujer no hacía más que meterme en problemas.

Por la mañana, Travis me había llevado a buscar a una chamana a las afueras. La mujer me dijo sin rodeos que la energía negativa y pesada que llevaba encima era ridículamente fuerte. Me preparó un té amargo con hierbas extrañas, hizo una serie de ritos con varas de plantas secas y limpias de humo. Pasamos prácticamente todo el día en aquel lugar; regresé agotado, con la cabeza latiéndome a rabiar, solo para encontrarme con el tremendo espectáculo que había provocado esa estúpida.

Me iba a oír. En cuanto la tuviera delante, no me iba a contener.

En la sala principal, Matthew le pasaba un algodón impregnado en alcohol por la nariz a Bill para que mi moreno reaccionara, ya que se había desmayado por el pico de estrés. Me moría por estar a su lado, sosteniéndole la mano, pero sus padres estaban pegados a él, y el señor Jörg me lanzaba miradas llenas de rabia contenida cada vez que nuestras miradas se cruzaban. Ese hombre jamás me iba a perdonar.

—Mhmm…— gimoteó mi moreno, frunciendo el ceño a medida que recuperaba la conciencia —Mierda…— masculló, llevándose una mano a la sien —¿Qué ha pasado…?

—Dios, Bill…— jadeó Bach, aliviado.

—Mi vida, te has desmayado— le susurró su madre, acariciándole el rostro con ternura.

—Joder…— resopló Bill, incorporándose despacio —¿Dónde está mi hijo?— preguntó con la voz levemente agitada.

Al niño lo tenía yo en brazos; estaba entretenido tirándome de las rastas.

—Mami…— le llamó mi pequeño al verlo despierto —Mami depetó— murmuró Tyler, mirándome con sus ojitos brillantes.

—Así es, mi amor— le musité suavemente.

Me acerqué a Bill para dejarle al niño en el regazo en cuanto terminó de acomodarse en el sofá. Tyler abrazó a mi moreno al instante y comenzó a llenarle la cara de besos, una costumbre preciosa que siempre tenía cuando lo veía tristón.

—Yo… lo lamento muchísimo, Billie. Te juro que no sabía que ella vendría para acá— dije con un nudo de vergüenza en la garganta.

Bill me sostuvo la mirada con frialdad, una mirada que me caló hasta los huesos.

—Oye… ¿estás comiendo bien? Te noto demasiado pálido— le comentó Matthew de repente, analizando el rostro de Bill con preocupación.

—Es el estrés por todo el trabajo acumulado que ha tenido últimamente en la DEA— se apresuró a explicar Bach.

Hubo algo en ese instante que me encendió las alarmas, como la fugaz mirada de nerviosismo que cruzó los ojos de Bill cuando Matthew lanzó aquella pregunta, y la rapidez con la que Bach se apresuró a responder por él… No. Me estaban mintiendo. Bill tenía unas ligeras ojeras marcadas y se veía un poco más delgado y agotado en las últimas semanas. Dudaba seriamente que fuese solo por el trabajo.

Aquella escena me trajo un déjà vu inevitable; recordaba perfectamente a mi moreno durante su primer embarazo.

—Bill…— intenté llamarlo, pero él levantó una mano de inmediato, cortándome la palabra de golpe sin mirarme.

—No me hables— espetó con voz firme. Se puso de pie con el niño bien cargado en brazos, aunque todavía lucía un poco frágil al dar los primeros pasos —Debo irme a cambiar. Nos vemos a las cinco— murmuró, dirigiéndose al resto de la familia.

Sus padres le siguieron los pasos de cerca; era evidente que no lo dejarían solo después del desmayo.

—Sí, estoy bien, mami. No te preocupes— alcancé a oír que le murmuraba a su madre mientras salían de la casa.

Solté un largo suspiro, pasándome la mano por el rostro con impotencia.

—Esto es una completa mierda…

—Esa mujer tiene un solo objetivo en la vida, y es joder a Bill cada vez que se le presenta la oportunidad— comentó Bach —Y Bill no puede estar pasando por estos niveles de estrés. ¿No vas a hacer algo, Tom?— me cuestionó —No sé… ¿Deshacerte de ella de una vez por todas?

—No puedo matarla, Bach…— murmuré, apretando los dientes, sintiendo rabia por tener que dar esa respuesta cuando lo único que deseaba era meterle un tiro a esa estúpida —No puedo hacer nada porque esa mujer me tiene… ahg…— me quejé, llevándome la mano a la sien por una punzada violenta que me atravesó el cerebro. Me daban sin previo aviso y cada vez eran más agresivas.

—¿Te tiene qué?— preguntó mi padre, extrañado.

—Creemos que Catalina le hizo algún tipo de amarre o trabajo sucio a Tom— respondió Travis por mí, sentándose en el sofá al lado de su hija para dejarle un beso en la frente.

Todos en la sala se miraron entre sí con desconcierto. El jadeo de sorpresa de mi madre no se hizo esperar.

—Hemos estado consultando con gente que entiende de estas cosas, pero en todos lados nos dan la misma respuesta… Que la energía negativa que le metieron encima es demasiado fuerte para romperla así como así— añadió mi hermano.

—¡¿Cómo es posible que no me hubierais dicho esto antes?!— exclamó mi madre, alarmada —¡No teníais por qué ocultarme algo tan grave!

—Mamá, por favor, no te exaltes— le pedí, desgastado.

—¡Por Dios, Tom!— ella se acercó a mí, tomándome del rostro con preocupación —Cariño, debiste contármelo desde el primer momento…— miró a Gordon y luego volvió a mí —Estos temas espirituales no son un juego, tu salud se puede deteriorar gravemente.

—Estoy bien… Puedo controlarlo.

—No, ya casi no puedes— intervino Travis con frustración —Cada vez que intentas forzar la mente o romper el impulso te sangra la nariz, o esa porquería te roba toda la energía. Lo mejor es que no sigas luchando contra eso a la fuerza hasta que encontremos una solución real.

—¡¿Y cómo pretendes que me quede de brazos cruzados?!— exclamé, exasperado —Si me dejo dominar por esa porquería termino haciendo cosas horribles, ¡y siempre terminan siendo contra Bill!

—Pues es eso o te vas a terminar muriendo lentamente, Tom. ¿O ya se te ha olvidado lo que nos dijo la mujer hoy?

Negué con la cabeza, soltando una risa irónica y amarga. Estaba agotado, destruido mentalmente. Solo quería que las cosas mejoraran para mi familia, pero sentía que cada paso que daba hacia delante me arrastraba diez metros hacia atrás. Odiaba aquella impotencia. Sin embargo, no iba a dejarme doblegar; no iba a permitir que aquella cochinada me obligara a hacerle daño a mi moreno otra vez, arriesgándome a perderlo para siempre.

Aunque técnicamente ya lo había perdido, sentía que en el fondo aún me quedaba una última oportunidad para recuperarlo… Solo necesitaba resistir un poco más. Un poco más.

La curandera que visitamos aquella tarde nos había explicado que ese tipo de brujería era una energía maligna, densa y destructiva, diseñada exclusivamente para someter la voluntad de la víctima. Lo peor del caso era que no podían retirármela sin consecuencias catastróficas.

Según ella, solo la persona que había elaborado el trabajo tenía la clave para deshacerlo. Si alguien más intentaba romperlo a la fuerza, aquella entidad podía transferirse a otra persona cercana. Para erradicarla sin dañar a nadie más, había que sellarla de forma progresiva, como encerrar a un insecto venenoso en un frasco. Apenas logré entender la mitad de la metáfora con la que me lo explicó.

También me advirtió que cuanto más resistencia mental ejerciera yo para no cumplir los mandatos de aquel trabajo, más energía vital me drenaría esa cosa, intensificando los dolores de cabeza hasta matarme lentamente.

Pero a mí me importaba un carajo morirme. Lo único que me quitaba el sueño era no volver a hacerle daño a Willem.

—No es nada, mamá… No pasa nada— respondí secamente.

—¡¿Cómo que no es nada, Tom?!— insistió ella, al borde de las lágrimas.

Negué con la cabeza y me giré hacia mi hijo mayor.

—Vamos, Thomas. Te prometí que hoy te entregaría tu coche. Vamos a buscarlo y regresamos a celebrar el cumpleaños de Tyler— dije, cambiando de tema radicalmente.

Thomas miró a Travis y luego a mis padres antes de ponerse de pie, algo dudoso.

—¿Ya has decidido bien el color?— le pregunté, pasándole un brazo por los hombros y dándole una palmada afectuosa.

—Sí, el Ferrari azul oscuro que vimos— asintió el muchacho.

—Hecho.

—¡Tom!— me llamó mi madre en un tono firme, lleno de advertencia.

—Nos vemos a las cinco, mamá— fue lo único que dije antes de dar media vuelta.

No quería seguir alimentando la angustia de nadie, y esperaba de corazón que Travis mantuviera la boca cerrada. Ya le había dejado claro que me daba exactamente igual si mi vida se apagaba en el proceso; lo que jamás soportaría sería volver a hacerle daño a Billie. No podría vivir con esa culpa sabiendo que, además, él nunca me creería si tratara de explicarle la verdad.

—¿De verdad estás bien, papá?— me preguntó Thomas Jr. en cuanto subimos a la camioneta.

—Todo está perfecto— le contesté, regalándole una leve sonrisa mientras ponía en marcha el motor.

Ayer mismo había pasado su prueba de conducir con honores. Ya tenía el carnet en el bolsillo y ahora iríamos a por su primer coche.

.

OMNISCIENTE

Natalie había estado furiosa. La impaciencia la carcomía por dentro. Brian recibía informes detallados sobre cada movimiento de Willem gracias al infiltrado que mantenía en su entorno más cercano. Al final, Bill tenía toda la razón del mundo al advertir que Brian tenía ojos y oídos en todas partes; ellos lo sabían absolutamente todo.

Durante la última semana, se habían enterado de aquellos breves y sospechosos recorridos que Tom hacía solo en su coche, habían descubierto la existencia de un posible hijo suyo al que calculaban unos diecinueve años y, lo más valioso de todo, habían confirmado su vínculo con el pequeño Tyler.

Sin embargo, Natalie se sentía profundamente frustrada porque Brian aún no tenía intención de mover un solo dedo. Su excusa recurrente y desesperante era repetir que «todo a su debido tiempo». Ella no quería esperar más; deseaba ver a Willem sufrir de inmediato, verlo llorar lágrimas de sangre y morirse en vida, en lugar de estar disfrutando de la buena vida. Por esa razón, había comenzado a orquestar un plan a espaldas del hombre…

Sabía que el niño quedaba habitualmente al cuidado de una mujer a la que habían identificado como Sophia, y que cada domingo ella salía a pasear con el «mocoso». Por supuesto que la chica no iba indefensa; habían detectado comportamientos inusuales en varios hombres que merodeaban por la zona. Siempre eran los mismos sujetos cada vez que ella cruzaba la entrada del parque, por lo que no tardaron en identificarlos como los escoltas de Tom. Natalie había estado contando las horas para que llegara el domingo, y el día finalmente había llegado.

Por eso se encontraba allí, en el concurrido parque donde solían llevar al niño.

Iba acompañada por sus propios hombres, quienes obedecían cada una de sus órdenes sin cuestionarlas, pues ya la reconocían abiertamente como la socia principal de su jefe. En número, superaban con creces a los guardias que custodiaban a Sophia; los triplicaban. El éxito de su plan estaba garantizado. Si Brian se enfurecía al enterarse, a ella le daba exactamente igual.

Lucía una chaqueta gris con la capucha levantada sobre la cabeza, gafas de sol para protegerse del sol radiante de la tarde y unos vaqueros oscuros ajustados a sus delgadas piernas. Con las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta, sus ojos escudriñaban meticulosamente el entorno hasta dar con la rubia que «jugaba a ser la niñera», según sus propios pensamientos de desprecio.

Una sonrisa maliciosa se curvó en sus labios en cuanto la divisó. Sophia llevaba al pequeño de la mano, ayudándolo a dar pasos torpes a lo largo del pintoresco sendero del parque.

Natalie ni siquiera tuvo que dar una orden en voz alta; sus hombres ya tenían a los objetivos perfectamente identificados. En cuanto los vieron, supieron exactamente cómo actuar. Uno de ellos se acercó a Sophia fingiendo estar desorientado y le pidió la hora. Lo que sucedió a continuación fue un espectáculo que Natalie presenció con deleite; vio cómo los escoltas de Tom intentaron reaccionar, pero fueron abatidos uno a uno de forma letal por su gente.

Sophia luchó con ferocidad, protegiendo al niño con su propio cuerpo hasta el último segundo; sin embargo, la desventaja numérica era aplastante.

No pudo hacer nada para evitar que la redujeran, mientras el pequeño Tyler no paraba de llorar, aterrorizado por el estruendo y la violencia. Las personas que pasaban por el lugar huyeron despavoridas entre gritos de pánico.

Una vez que Sophia cayó inconsciente tras los golpes, la subieron a rastras a la furgoneta junto al niño. El móvil de la rubia no dejaba de vibrar y sonar; era Bill, llamándola desesperadamente cada dos segundos, colgando justo antes de que saltara el buzón de voz para insistir una y otra vez. Un mensaje de voz entrante le dio a Natalie una idea perversa…

Cogió el dispositivo de la chica, lo desbloqueó utilizando la huella dactilar de la joven inconsciente y procedió a grabar un breve vídeo.

Primero enfocó su propio rostro con una mueca cruel; luego giró la cámara hacia el pequeño Tyler, quien pataleaba y lloraba desconsoladamente mientras uno de los hombres le presionaba con fuerza la mano sobre la boca para ahogar sus chillidos.

Finalmente, mostró a Sophia, ensangrentada e inmóvil en el suelo del vehículo. De vuelta a su rostro, Natalie pronunció una frase lapidaria, diseñada para destrozar la cordura de Bill en cuanto supiera que habían tomado a su hijo.

Sin dudarlo un segundo, pulsó enviar.

Continúa…

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por unicornlitz

Escritora del Fandom

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