Fic de unicornlitz. Temporada III

Capítulo 29

[Un día antes ]

BILL

—¡Feliz cumpleaños, Tyler! ¡Feliz cumpleaños a ti!— entonamos todos a una sola voz el final de la típica canción entre aplausos, risas y vítores.

Yo sostenía a mi bebé en brazos, sintiendo su cuerpecito emocionado, mientras Tom estaba pegado a mi lado sosteniendo la enorme tarta decorada en tonos azules con las velitas encendidas. En cuanto terminamos de cantar, incliné a Tyler un poco hacia delante y le hice una señal para que las soplara. Mi niño infló los mofletes y sopló con todas sus fuerzas, apagándolas casi al instante, lo que provocó una ola inmediata de ovaciones por parte de toda la familia.

—¡Owww, felices tres añitos, mi amorcito lindo!— fui el primero en consentirlo, apretándolo muy fuerte contra mi pecho mientras él se echaba a reír de pura emoción, dándole un beso sonoro en la mejilla —Te quiero, te quiero muchísimo… Por favor, ya no me crezcas más, ¿sí?— le sonreí al notar que tenía la mismísima puntita de la nariz manchada con un toque de crema pastelera azul.

Tenía la sospecha de que Tom le había acercado la tarta un poco más de la cuenta para hacer de las suyas.

—A ver, ya pásamelo a mí— protestó Tom, dejando rápidamente la tarta sobre la pequeña mesa de cristal para después coger a mi hijo de mis brazos sin pedirme el más mínimo permiso.

Fruncí el ceño ante su atrevimiento, pero no quise cargármelo el ambiente.

—Feliz, feliz, feliz cumpleaños, bebito mío…— le susurraba Tom, llenándole las mejillas de besitos cortos y ruidosos mientras Tyler se retorcía de risa en sus brazos.

A partir de ahí, la ronda de felicitaciones no se hizo esperar. Todos se acercaron a llenarlo de mimos: desde los más pequeños, como Abel y Cristina, junto a los hijos de Scar, pasando por los amigos de Tom, Sophia, Bach, Thomas Jr. y, por supuesto, sus cuatro abuelos. Tyler estaba absolutamente encantado siendo el centro de atención; a ese niño le chiflaba que lo mimaran. Pero claro, ahora mi hijo pasaba de brazo en brazo como si fuera un peluche comunitario, ¿y yo qué?

—De verdad, me arrepiento en el alma de habérselo presentado— mascullé con un recelo juguetón, cruzándome de brazos y haciendo un mohín dramático con los labios —Tyler era pura y exclusivamente mío antes de que todos vosotros supierais de su existencia.

—Mami está celoso, ¿ya lo has visto?— se burló mi madre, dirigiéndose al niño con tono picante —No te quiere compartir con nadie porque nunca aprendió a prestar sus juguetes.

—¡Oye, mamá! Eso no es verdad— protesté, fingiendo indignación.

—¿Cómo que no? Si yo recuerdo perfectamente que de pequeño todo lo querías para ti solo, y si no te daban lo que pedías, montabas un drama— comentó mi padre, acomodándose las gafas.

—¿Te acuerdas de cuando se tiraba hacia atrás en el suelo y se golpeaba la cabeza a propósito si le decíamos que no a algo?— añadió mi madre entre risas —Teníamos que darle las cosas por pura obligación porque, si no, sus berrinches se oían en toda la manzana…

—Bueno, mami, pero es que eso no fue culpa mía. Vosotros deberíais haberme enseñado a compartir desde que era un feto— solté, haciéndome el digno, logrando que toda la mesa soltara una carcajada generalizada ante mi expresión de orgullo.

—Ahora que lo recuerdo bien, tenemos un buen rapapolvo pendiente contigo, jovencito— dijo mi padre, entornando los ojos, pero con una chispa divertida en la mirada —¿Cómo carajos se te ocurrió la brillante idea de escaparte del internado, eh? Eso estuvo fatal por tu parte. Si te llevé a ese sitio fue pensando únicamente en tu bien.

Abrí la boca de par en par, exageradamente indignado.

—¡¿En serio?! ¿De verdad me estás echando la bronca hoy por algo que hizo mi versión de diecisiete años?— negué con la cabeza, mirando al cielo —No, no, esto es increíble.

—Increíble fue todo lo que nos hiciste pasar a nosotros, ¿eh, niño?— me regañaba mi madre en tono jocoso —Yo siempre le dije a tu padre que hacía muy mal en consentirte tanto.

—A ver, no podéis venir a echarme eso en cara ahora que tengo treinta años, ¿sabéis? Porque lo que es volver a tener diecisiete para corregirlo, lamentablemente ya no puedo…

—Pero óyelo…— jadeó mi madre, riéndose por lo bajo.

—Señor Jörg, yo siempre he querido hacerle una pregunta con total honestidad— intervino Sophia con los ojos brillándole de curiosidad —¿Usted cómo reaccionó cuando se enteró de que su hijo andaba liado con un criminal? Yo digo que, como mínimo, le tuvo que haber dado una paliza monumental.

Me relamí los labios en silencio. Mi padre se tomó un par de segundos para medir sus palabras antes de responder.

—En realidad… solo fue una bofetada— confesó con total serenidad.

—Pffff, yo me imaginaba una escena muchísimo peor…— susurró Sophia, soltando una risita.

—Ya, basta, por favor, qué vergüenza más grande— me cubrí el rostro entre las manos, fingiendo pena —Admito que mi yo de diecisiete años estaba como una cabra. Se merecía una buena dosis de azotes, ¿a que sí?

—Yo te los daba…— susurró Tom a mi lado, y menos mal que fue un susurro. Maldito, lo miré mal en cuanto dijo aquello.

—Mira cómo se sigue burlando, Jörg— renegó mi madre, negando con la cabeza, pero sonriendo —Ahora que eres un adulto hecho y derecho, mi vida, dime con la mano en el corazón… ¿Crees que hiciste bien en meterte con… este hombre?— preguntó, señalando a Tom.

—No… pero bueno, son pequeñas cositas que pasan en la vida— respondí con absoluta frescura.

La carcajada fue colectiva.

—Mejor ya no hablemos más de este tema porque no nos va a traer nada bueno— musité para cortar de raíz la conversación antes de que salieran más trapos sucios a la luz —Ahora, hazme el favor de darme a mi hijo…— le ordené al hombre a mi lado. Tom puso los ojos en blanco con cierto fastidio, pero terminó cediéndomelo —¿Listo para abrir todos los regalos que te ha comprado mami, mi amor? Apuesto a que son cien veces mejores que los que te ha traído el inútil de tu padre…

Le susurraba a Tyler en voz alta mientras lo llevaba en brazos hacia la zona del jardín del área de juegos donde habíamos apilado la montaña de regalos.

—A ver si con esto recuerdas de una buena vez quién fue el que te dio la vida— le reprochaba cariñosamente por el camino —Porque últimamente parece que quieres más a ese desequilibrado mental, ¿y a mí qué? ¡Yo te quiero más que absolutamente todos los de esta casa juntos!

El resto de la tarde transcurrió de manera simplemente espectacular; el ambiente se volvió sumamente cálido y acogedor. Tyler comió tarta hasta hartarse, probó dulces y se pasó el rato jugando hasta quedar rendido. Durante unas cuantas horas, conseguí despejar la cabeza y olvidarme por completo del mal trago que nos hizo pasar Catalina más temprano.

Obviamente, Alex también se dejó caer por allí, aunque llegó casi al final del evento porque le fue imposible salir antes de la sede de la DEA. Entre los trámites de la agencia y la presencia molesta de Crawford metiendo las narices por todas partes, el trabajo se le había complicado bastante.

Y, por supuesto, mi pequeño Tyler se puso profundamente feliz al verlo cruzar la puerta y corrió a abrazarlo, una escena adorable que, evidentemente, no le hizo ni pizca de gracia a Tom.

Pero bueno… al final del día, ya estábamos en paz.

Volvimos cada uno a nuestras respectivas casas en cuanto la reunión llegó a su fin. Tyler se había quedado profundamente dormido en mis brazos durante todo el trayecto en coche, rendido por tanta agitación. Para no despertarlo y fastidiarle el sueño, preferí no bañarlo esa misma noche; sin embargo, a la mañana siguiente fue lo primero que hice. A primera hora lo aseé bien, lo vestí impecable y lo dejé al cuidado de Sophia.

Era domingo, y ellos tenían pensado salir a dar una vuelta como de costumbre.

Por mi parte, me dispuse a salir en dirección a la sede de la DEA. Desde el mismísimo instante en que me levanté, sentí una presión sumamente extraña en el pecho, un mal presentimiento que me pesaba. Mirando hacia atrás, quizás debería haberle hecho caso a esa intuición… pero decidí ignorarla por completo y continuar con mi jornada.

—Buenos días— saludé a Xavier en cuanto crucé la puerta de la oficina.

Él se encontraba reclinado en su asiento, tecleando algo, concentrado en la pantalla de su teléfono móvil.

—¿Listo? Tenemos que ir a entregarle al jefe los informes que hemos ido preparando esta semana.

—Sí, dame un segundo, solo le respondo a un mensaje de mi madre— me susurró sin levantar la vista de inmediato —Y buenos días para ti también… Por cierto, me he enterado de que la pequeña molestia cumplió años ayer— comentó con su habitual tono burlón y despreocupado.

Puse los ojos en blanco de inmediato. Xavier se refería a mi hijo de esa manera porque, según sus palabras, yo era «la gran molestia» de la agencia y mi bebé, por consiguiente, la versión en miniatura. En una ocasión anterior, en Estados Unidos, casi llegamos a las manos en el pasillo exactamente por esa misma estupidez.

—¿Quién coño te ha contado eso?— le pregunté, cruzándome de brazos.

—Alexander lo ha estado comentando esta mañana— me respondió mientras cogía las carpetas y se ponía de pie del escritorio que compartíamos debido al trabajo en equipo que nos habían asignado —Pero, en fin…

—Oye, Xavier… ¿de dónde son tus padres?— le pregunté con curiosidad en cuanto salimos de la oficina y comenzamos a caminar a paso firme por el pasillo principal.

—De aquí— respondió con sencillez.

—¿En serio?— pregunté, sorprendido, alzando las cejas.

—Sí. La verdad es que estarían viviendo conmigo en Estados Unidos, pero mi padre trabaja como chófer privado para una familia absurdamente rica… De hecho, es una familia con muchísimo peso aquí y bastante conocida a nivel internacional, así que no quisieron dejar el país por nada del mundo— me iba contando mientras guardaba el teléfono en el bolsillo interior de su chaqueta.

—Vaya… Tu padre debe de tenerles muchísimo cariño a esa familia como para quedarse.

—Sí, ni te imaginas el cariño que les tiene— asintió él con una mueca indescifrable antes de doblar la esquina hacia el despacho de Alex.

Mi jornada laboral acabaría a las dos y media de la tarde, así que esperé a que llegara esa hora con una enorme impaciencia porque se suponía que iría directo a casa a ver a mi nene. Sophia solía salir a pasear con él durante media hora o algo así, de modo que tenía el tiempo contado para dedicarle un par de horas de calidad a mi hijo antes de retomar el turno en la agencia desde las cuatro hasta las diez de la noche.

En cuanto dieron las dos y media, salí a toda prisa del aparcamiento de la sede a bordo de mi coche.

Mientras me incorporaba al tráfico, marqué el número de Sophia, llevándome el móvil a la oreja mientras esperaba pacientemente a que cogiera la llamada.

Quería avisarle de que pasaría a comprar algo rico para almorzar. Además, Tom había quedado en venir a buscar al niño más tarde para llevarlo a dar una vuelta junto a Thomas Jr. en el coche nuevo que acababa de comprarle. Se lo llevaría un rato antes de que yo tuviera que regresar a la DEA.

El problema fue que llegué a casa y no encontré a nadie; ni Sophia ni mi hijo estaban por ningún lado. Al principio no me pareció nada descabellado; supuse que quizá se habían alargado en el paseo o que estarían en la residencia de los señores König. Seguí llamándola insistentemente mientras volvía a subirme al coche y ponía rumbo hacia allí, pero la llamada volvía a irse directamente al buzón. Decidí entonces llamar a Tom…

—Hola, nene… Es la primera vez que me llamas desde que te di mi número, ¿sabes?— fue lo primero que soltó con ese tono pausado al cogerme la llamada.

Fruncí el ceño al instante, apretando el volante con una mano.

—Tom, ¿eso qué coño importa ahora? Te estoy llamando para preguntarte dónde demonios estás…

—Saliendo de casa de mis padres, ¿por qué? ¿Pasa algo?

—¿Sophia está ahí?

—Mmm, no…— me respondió, extrañado.

—¿Cómo que no?— musité, sintiendo cómo un frío helado comenzaba a recorrerme la espalda —Llevo llamándola al móvil sin parar y no me coge ninguna llamada. En casa no hay nadie. ¿Tú no sabes nada de ella?

—Nene, yo no he visto a Sophia desde ayer en la fiesta— me dijo, bajando el tono de voz —Espera, voy a llamarla yo desde mi número.

Me colgó de golpe.

Aceleré a fondo, ignorando un par de semáforos para llegar lo antes posible a la mansión de mis exsuegros. Aquel mal presentimiento con el que me había despertado por la mañana regresó con una fuerza demasiado grande, oprimiéndome el pecho hasta dejarme casi sin aire. Cuando llegué a la propiedad, aparqué el coche justo en el acceso principal. Tom ya estaba allí, de pie junto a su camioneta, con el móvil pegado a la oreja.

Me bajé del coche apresuradamente y cerré la puerta de un portazo violento que resonó literalmente por toda la calle.

—¿Te ha respondido?— le pregunté a bocajarro, acercándome a él a pasos agigantados.

Tom negó lentamente con la cabeza y apartó el teléfono de su oreja con la mirada ensombrecida.

—Nada. Tampoco me coge las llamadas.

—Dios mío…— jadeé, llevándome una mano a la cabeza mientras la desesperación empezaba a carcomerme por dentro —Tengo un pésimo presentimiento, Tom. Te lo juro por Dios. Sophia jamás en la vida ignora mis llamadas de esta manera. Incluso si está súper ocupada o cambiando al niño, me manda aunque sea un emoji rápido para avisarme de que está bien, ¿entiendes? Esto no es normal.

—Quizá han entrado en algún sitio y no tiene buena cobertura…

—La cobertura en esta zona es perfecta— siseé, pasando por su lado para adentrarme en la propiedad a toda prisa —Esto es muy raro. Demasiado raro para mi gusto.

—Pero no te precipites a sacar conclusiones trágicas todavía, Billie…

—¡¿Y qué coño quieres que haga?!— pregunté, dándome la vuelta tajantemente para encararlo, sintiendo cómo se me llenaban los ojos de lágrimas por la impotencia —Lo único que puedo hacer es pensar lo peor. No tengo más información hasta que Sophia se digne a responder. Tampoco es como si lleváramos una vida tranquila y normal… Sabes perfectamente que hay dos desquiciados ahí fuera buscando cualquier oportunidad para jodernos la existencia.

Tom guardó silencio, desencajado, y me siguió de cerca hacia la entrada mientras yo volvía a llevarme el móvil a la oreja, rindiéndome con las llamadas para dejarle un mensaje de voz directamente en el chat.

—Soph, ¿qué está pasando? Llevo llamándote desde hace un buen rato; en cuanto veas la pantalla te vas a dar cuenta de las miles de llamadas perdidas que tienes… Por favor, solo necesito saber si mi bebé y tú estáis bien. No tardes ni un segundo en devolverme la llamada, ¿sí? Me estoy volviendo loco de la preocupación…

Solté un suspiro amargo y pesado en cuanto terminó de grabarse el mensaje de voz.

—Ven aquí, no te vayas a poner mal por esto antes de tiempo, seguro que están bien— me decía Tom, sujetándome suavemente del brazo, intentando tranquilizarme para hacerme sentir mejor, pero sus palabras no lograban apaciguar el tornado que llevaba dentro.

Me guió hacia el interior de la residencia, donde la señora Charlotte se encontraba plácidamente sentada en el sofá, sosteniendo una fina taza de café mientras conversaba con Melanie.

—Tom, pensé que ya te habías ido a lo del coche— comentó la señora Charlotte al vernos entrar, antes de posar la mirada en mí y dedicarme una sonrisa tibia —Buenas tardes, Billie, qué gusto verte de nuevo.

—Buenas tardes…— murmuré con la voz apagada, acercándome a saludarla con un beso en la mejilla e imitando el gesto con Melanie. No me encontraba bien, no me encontraba nada bien.

—¿Qué te pasa, cariño? Tienes mala cara— preguntó la señora Charlotte al notar mi palidez y el temblor de mis manos.

—Sophia no aparece por ningún lado, no me responde al teléfono y se supone que solo había salido con el niño al parque un rato— le contesté, sintiendo un nudo opresivo en la garganta —Ya debería haber vuelto a casa desde hace rato, pero no hay nadie. Pensé que quizá se habían venido para acá, pero tampoco… La llamo y me manda directamente al buzón. De verdad, me estoy volviendo loco de la preocupación…

—Oh, Dios mío…— jadeó la señora Charlotte, llevándose una mano al pecho.

—Tranquilo, Billie, lo más seguro es que hayan entrado en algún restaurante o en un área de juegos con Tyler y no haya oído el teléfono— me decía Melanie, intentando calmar la angustia que me estaba consumiendo por dentro —No te precipites a imaginarte cosas horribles, ya verás cómo en un par de minutos te devuelve la llamada.

Y justo en el preciso segundo en que terminó de pronunciar esas palabras, mi móvil vibró con fuerza en mi mano al llegar una notificación. Lo cogí por puro reflejo, fijando la mirada en la burbuja flotante que mostraba la foto y el nombre de Sophia. Un suspiro de alivio quiso escaparse de mis pulmones… pero era un vídeo lo que me había enviado. Entré en el chat con los dedos temblorosos, le di a reproducir y mi corazón se detuvo en el acto en cuanto la imagen se aclaró y reveló el rostro de Natalie…

—Hola, Billie…— me saludó la muy perra con una sonrisa desquiciada, mientras yo contenía el aliento porque al fondo del audio se alcanzaba a oír un llanto desgarrador que reconocería en cualquier rincón del mundo —¿Cómo has estado aparte de feliz, pleno y dichoso, eh?

Tom me miró de inmediato con el ceño fruncido al notar cómo se me desfiguraba el rostro. Al ver mi parálisis, se acercó rápidamente y me arrebató el móvil de las manos. Ni siquiera me quejé; me había quedado completamente en shock, helado hasta la médula.

—Acabo de escuchar tu mensaje de voz… ¿y qué crees? Te voy a dar razones de sobra para que estés mil veces más preocupado todavía— continuó la voz amarga de Natalie a través del altavoz.

Me pegué al costado de Tom para enfocar la pantalla que él sostenía con los nudillos blancos.

Un jadeo ahogado por las lágrimas que ya no pude contener brotó de mi boca en cuanto la cámara enfocó a mi bebé, mi hijo, mi chiquito hermoso, en brazos de un sujeto desconocido, llorando desconsoladamente mientras el hombre le tapaba la boca con brusquedad para ahogar sus gritos. Segundos después, la toma se giró hacia el suelo del coche en el que iban, mostrando a Sophia tendida e inconsciente.

—No, no, no, no… ¡Por Dios, no!— empecé a hiperventilar, llevándome las manos a la cabeza mientras la realidad se me venía encima.

Esto otra vez no. Por favor…

—Te he visto demasiado tranquilo últimamente, así que decidí acelerar el juego… Voy a disfrutar muchísimo viéndote sufrir otra vez— dijo Natalie, volviendo a enfocar su rostro lleno de malevolencia —Jamás vas a volver a encontrar a tu hijo. Solo lo vas a ver cuando yo lo decida… Y eso si es que lo ves vivo o muerto. ¿Acaso sobrevivirías si vuelves a perder a otro hijo, Billie?

El vídeo llegó a su fin, dejando la pantalla en negro.

—Esa maldita zorra de mierda…— gruñó Tom, fuera de sí. Su expresión era un mapa de puro terror y rabia. Yo estaba entrando en un ataque de pánico completo, sintiendo que el suelo se abría bajo mis pies.

—¡¿Qué está pasando?!— exclamó la señora Charlotte, poniéndose de pie de un brinco al vernos.

—Tiene a mi hijo…— sollocé, llevándome las manos al rostro, roto en mil pedazos —Natalie tiene a mi bebé… Se ha llevado a mi bebé y a Sophia…

—No…— jadeó Melanie, llevándose ambas manos a la boca mientras el color se le escapaba del rostro.

—Por Dios santísimo…— sollozó la señora Charlotte de forma ahogada, tambaleándose ligeramente.

En otro momento me habría quedado desplomado en el suelo, sumido en un llanto desconsolado, helado por el terror de no volver a ver a mi niño. Pero esta vez era diferente. Yo ya conocía el dolor de una pérdida y sabía perfectamente que este escenario siempre había sido una posibilidad real. Por esa misma razón, poco después del nacimiento de Tyler y con todo el peligro que nos rodeaba, tomé una precaución muy extrema…

… le implanté un microchip de rastreo de última generación en el brazo. Alex me ayudó a gestionarlo de forma completamente confidencial. Si algo amenazaba la seguridad de mi hijo, yo tendría una forma directa de dar con él.

En cuanto ese recuerdo me atravesó la mente, el pánico paralizante dio paso a una descarga salvaje de adrenalina. Una sonrisa temblorosa se dibujó en mis labios al saber que aún tenía esperanza de tener a mi bebé conmigo, mientras me ponía de pie de un salto.

—Tom… el chip— murmuré con la respiración agitada.

Tom me miró fijamente, con el ceño profundamente fruncido, sin terminar de comprender a qué me refería en medio del caos.

—Le puse un chip de rastreo al niño en el brazo derecho dentro, hace muchísimo tiempo— expliqué a toda prisa, sacando el móvil con manos temblorosas —Con la señal de ese chip podemos dar con la ubicación exacta de Tyler en este preciso instante.

Tom se quedó helado durante una milésima de segundo, solo una milésima, procesando mis palabras, hasta que sus ojos se encendieron de rabia, y yo conocía esa rabia; era esa asesina, con una determinación aterradora.

—Uhg, Billie… ¿por qué no has empezado por ahí?— suspiró —Abre la aplicación, vamos— me pidió con la ansiedad marcada en su voz.

Yo me quité el móvil de encima, él se acercó de golpe a mi lado, pegando su hombro al mío para mirar la pantalla.

Entré directamente en el software encriptado de la agencia; sabía cómo hacerlo y tardé poco. El mapa satelital tardó un par de segundos eternos en cargar; la pequeña luz roja parpadeó una, dos veces en el centro de la pantalla, hasta que finalmente fijó una coordenada exacta en tiempo real, en un complejo de naves abandonadas a las afueras de la ciudad, alejado de la carretera principal.

—Lo tengo…— susurré, y la voz me salió apenas como un hilo —Sé exactamente dónde tiene la muy zorra a mi hijo.

—De hoy no pasa esa hija de puta. Voy a acabar con ella— sentenció Tom de inmediato, dándose la vuelta con el rostro desencajado por la furia —Le encantará ver a Ria.

—¿A Ria?— pregunté. Tom apenas me miró. No me respondió.

Sacó su teléfono móvil a la velocidad de la luz y pulsó un contacto de marcación rápida mientras caminaba a pasos agigantados hacia el patio. Yo lo seguí porque no había tiempo que perder.

—Escúchame bien— bramó Tom por el altavoz en cuanto le contestaron al otro lado —Quiero a todos los muchachos armados hasta los dientes en cinco minutos. Os voy a mandar una ubicación. Si alguien se frena o llega tarde, lo mato yo mismo. ¡Moved el culo ya!

—¡Tom, espera! ¡No podéis iros a matar gente así como así!— intervino Melanie, tratando de detenernos mientras corría detrás de nosotros hacia el vestíbulo —¡Llamad a refuerzos primero! Quizá a la DEA, Bill. Pensad.

—A mi hijo no lo rescata la DEA, lo rescato yo— respondió Tom tajante, abriendo la puerta principal de un golpe. Me dio coraje su respuesta, joder —Y si esa loca quiere una guerra, le voy a llevar al ejército entero.

Mientras Tom seguía al teléfono coordinando el despliegue de sus hombres, yo abrí la línea de emergencia de la DEA y llamé a Alex, porque Melanie tenía razón. No podíamos irnos así como así, no era seguro. Al tercer tono me contestó.

—Benjamín, estoy en una reunión, ¿qué ha pasado?— preguntó Alex al notar mi respiración agitada.

—Natalie tiene a Tyler y a Sophia— solté a bocajarro, subíéndome al asiento del copiloto de la camioneta de Tom mientras él encendía el motor haciendo rechinar las ruedas —Acabo de rastrear el chip de mi bebé. Te estoy enviando las coordenadas exactas ahora mismo. Necesito que me mandes refuerzos, Alex. Voy para allá.

—¡¿Qué?! ¡Ben, no vayas a hacer ninguna locura! ¡Espérame con los refuerzos, no te metas tú solo!— gritó Alex, pero corté la llamada en cuanto salimos a la avenida principal a toda velocidad.

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OMNISCIENTE

—…de no ser por Viper, ni me entero— gruñó Brian, clavándole a Natalie una mirada cargada de desprecio y una rabia incipiente.

Detrás de la rubia, tirada de mala manera sobre el suelo de hormigón frío e inconsciente, yacía Sophia. Tenía la cara cubierta por el pelo desordenado, tal como la habían arrojado apenas llegaron al lugar. Brian le echó un vistazo rápido y una mueca de profundo disgusto se instaló en sus labios.

—¡¿Cómo coño se te ocurre traerlos sin consultármelo antes?!— escupió, fuera de sí, elevando el tono de voz con una exaltación al ver que Natalie estaba como si nada.

Natalie puso los ojos en blanco con aburrimiento, cruzándose de brazos.

—Tampoco te pongas así, Brian… Ya era hora de meterle algo de acción a esto— le contestó, y aquella respuesta enfureció aún más al hombre. El rubio apretó la mandíbula con tanta fuerza que los músculos de su rostro se tensaron violentamente.

—Natalie… ¿acaso esos diez años encerrada en la cárcel te han podrido por completo el cerebro, eh?— le reprochó, dando un paso amenazante hacia ella y alzando un solo dedo —Te dije una sola cosa. Una sola. Que esperases.

Natalie soltó un bufido de fastidio.

—¡Mírame a la cara cuando te estoy hablando, pedazo de imbécil!— le bramó Brian en un rugido.

La rubia lo miró a los ojos a regañadientes, hastiada de la reprimenda que él estaba a punto de echarle.

—Esto va a traer consecuencias nefastas. Y me imagino perfectamente que no has preparado un plan decente, porque, como siempre, te dejas arrastrar por la puta rabia— siseó él, acortando la distancia hasta quedar a centímetros de su rostro —Me imagino que solo pensaste en la estupidez de secuestrarlos, pero no tuviste la capacidad mental de planear qué coño hacer después…

Brian estaba dando justo en el blanco, y lo confirmó en el preciso instante en que notó cómo la expresión de Natalie se desencajaba sutilmente al verse descubierta.

—Eres una completa bruta— sentenció, negando con la cabeza, lleno de amargura —Ya que has hecho esta tontería sola y a mis espaldas, así te vas a quedar, sola. Si te atrapan, ni se te ocurra pensar que voy a mover un solo dedo o montar una guerra para rescatarte. Tú verás cómo te las arreglas.

Natalie soltó una risita seca, transformada en un bufido lleno de soberbia.

—¿En serio crees que me van a atrapar a mí?

—Sí— respondió el tipo sin pestañear, con las facciones del rostro endurecidas como la piedra —Tú cometes el gravísimo error de subestimar a Willem, y no deberías hacerlo jamás— le susurró con un tono denso, rasposo y ponzoñoso —Ese chico… ¿De verdad crees que va a traer un hijo al mundo y lo va a tener paseándose sin ningún tipo de seguridad sabiendo que nosotros vamos tras sus cabezas y la de Thomas? ¿Crees que pensar que perdió a sus gemelos no le enseñó absolutamente nada?

—Es un estúpido que se deja cegar por el dolor. Ya verás que no va a hacer nada— aseguró la rubia, intentando convencerse a sí misma.

Brian soltó una carcajada amarga y burlona justo en su cara.

—En serio eres más estúpida de lo que pensaba, Natalie— comentó con sorna, relamiéndose los labios —Más te vale que esta estúpida pataleta tuya no arruine mis planes iniciales. Morgana necesita conseguir su objetivo también. Si esto interfiere con lo que yo quiero y pierdo el respaldo de Morgana, te juro por Dios que te voy a matar yo mismo… eso si no lo hace Tom cuando te ponga las manos encima.

Natalie tragó saliva en seco, sintiendo por primera vez una ráfaga de duda recorrerle el pecho. Haciendo que su piel se erizara un poco.

—No me va a pasar nada. Puedo perfectamente con esto— le dijo, intentando mantener la firmeza —Lo único que quiero es recordarle a Bill que mientras yo siga respirando, él nunca va a tener un solo día de paz.

—Espero que de verdad te funcione…— fue lo último que soltó Brian antes de dirigirle una última mirada de desprecio a la mujer inconsciente en el suelo y darse la vuelta. Echó un vistazo general al galpón y caminó hacia la salida sin mirar atrás.

Viper le había informado con detalle sobre las maniobras impulsivas de Natalie. Brian estaba furioso porque ella había actuado por su cuenta, pero, en el fondo, sabía que a la rubia el movimiento le saldría terriblemente mal por no contar con una estrategia sólida. Al pasar junto a uno de los enormes cubículos de metal del galpón, escuchó el llanto ahogado de un niño.

Sabía perfectamente que se trataba del hijo de Bill, pero ni se molestó en detenerse o dirigir la vista hacia allí.

Salió al exterior y se recolocó la solapa de la chaqueta justo cuando una ráfaga de aire le azotó el rostro. Soltó un largo suspiro de irritación.

—Viper— llamó al sujeto que aguardaba pacientemente cerca del vehículo en el que habían llegado minutos antes.

—Señor— respondió el hombre, atento.

—Te vas a quedar vigilando esto. Obviamente, en un punto donde no te detecten— le ordenó con frialdad —Si vienen a por Natalie y la atrapan, dejas que se la lleven, junto con quienes hayan colaborado en esta mierda. No mueves ni un dedo por ella. A esta imbécil se le olvida que sin mí no es absolutamente nadie y que el único que manda aquí soy yo. Así que habrá que recordárselo por las malas…

—Entendido, señor. Haremos exactamente lo que usted ordene— musitó Viper, acatando la indicación de su jefe sin cuestionar nada.

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BILL

En menos de diez minutos, el trayecto hacia las afueras se convirtió en una procesión aterradora. Teníamos los nervios a flor de piel, o quizá era solo yo. Por el espejo retrovisor vi cómo se nos iban uniendo poco a poco más de ocho camionetas blindadas de cristales oscuros, formando un convoy masivo de hombres fuertemente armados y coordinados bajo las órdenes directas de Tom.

Él sujetaba el volante con tanta fuerza que se le veían los nudillos completamente blancos, y la mandíbula se le marcaba por la tensión, dejando claro la bestia rabiosa que llevaba reprimida por dentro. Yo, por mi parte, revisaba una y otra vez el cargador de la pistola reglamentaria que llevaba oculta bajo la chaqueta, sintiendo cómo el miedo paralizante a perder a mi hijo se transformaba poco a poco en una sed de venganza. Estaba hirviendo de rabia.

—Le he dado la orden a la gente para que rodee absolutamente todo el perímetro— me dijo Tom con una voz ronca, grave, casi irreconocible —Nadie va a salir vivo de este maldito lugar si llegan a tocarle un solo pelo a mi hijo, Billie. Te lo juro por mi vida.

Sí, eso me lo creía.

Veinte minutos después, el convoy detuvo la marcha de golpe, apagando las luces a un par de manzanas del complejo industrial. Era una zona solitaria, devorada por la maleza alta y envuelta en silencio bajo el cielo cobrizo del atardecer. Nos bajamos sin hacer el más mínimo ruido. Detrás de nosotros, decenas de hombres armados bajaron de las camionetas, formando una marea negra, apostándose estratégicamente a lo largo de los muros oxidados y preparando el armamento con movimientos mecánicos y precisos.

Frente a nosotros, custodiando la entrada principal del galpón abandonado, se alcanzaban a ver varios sujetos armados haciendo rondas con mucho nerviosismo.

Tom se detuvo un segundo, me miró fijamente y cargó su arma, mientras sus hombres aguardaban únicamente la señal para echar abajo el lugar entero.

—Lo mejor es que te quedes aquí vigilando desde la camioneta— me soltó de repente, y yo de inmediato lo fulminé con la mirada —Por favor… No quiero que te pase nada a ti también.

—¿Se te olvida por un maldito segundo que soy un agente federal de la DEA?— pregunté, entrecerrando los ojos, con la voz destilando irritación —No va a pasarme nada, Tom. Y ni se te ocurra pensar que vas a poder evitar que entre ahí. Mi bebé me necesita; solo estaré tranquilo si soy yo mismo quien lo saca de ese infierno. Tú encárgate de cazar a los responsables… a Brian y a Natalie, porque sé perfectamente que están metidos juntos en esto.

Tom sorbió por la nariz, apretando los dientes.

—Esto es demasiado fácil para ser verdad— comentó con desconfianza —Dudo mucho que Brian haya planeado una estupidez así, a menos que… a menos que sea una trampa.

Me quedé en absoluto silencio por un instante. La posibilidad de que fuera una trampa era altísima teniendo en cuenta cómo trabajaban ellos. Sabía que mi bebé estaba en medio del fuego cruzado; su vida pendía de un hilo, y esa simple idea activaba todas mis alarmas, llenándome de terror ante la sola perspectiva de volver a pasar por lo mismo. No podía soportarlo. Mi alma no resistiría una pérdida de esa magnitud otra vez.

Me relamí los labios secos, con el corazón martilleándome contra las costillas.

—Solo hay una forma de averiguarlo de una buena vez…— murmuré.

—Bill, por Dios…

—No me voy a quedar aquí esperando a ver qué pasa, Tom— espeté con determinación, dejándole claro que no iba a permitir una réplica más —Voy a sacar a mi hijo de ahí, cueste lo que cueste.

Él se me quedó mirando fijamente a los ojos durante unos segundos eternos, buscando alguna duda en mi expresión, hasta que comprendió que intentar detenerme era una batalla perdida. Ya no había vuelta atrás.

—A mi orden… entramos a matar a todos— siseó a mi lado con frialdad, dejando claro que se iba a montar una masacre y que nada en este mundo iba a impedirnos cruzar esa puerta.

Tom levantó dos dedos hacia delante y, en cuestión de segundos, la marea negra de hombres armados que nos rodeaba se desplegó en perfecto orden. La señal fue tan sutil como letal, y los primeros dos guardias que custodiaban la entrada cayeron al suelo soltando jadeos ahogados al recibir los impactos de las balas antes de que siquiera pudieran reaccionar o llevarse las manos al walkie.

Avanzamos a paso rápido, pegados a las paredes de chapa corroída del galpón. Podía percibir el olor a humedad y a aceite quemado, que era muy fuerte; sentí ganas de vomitar. Dios, pedía que eso no pasara, no podía marearme en medio de esto.

—Por la izquierda— le susurré a Tom, señalando un pasillo lateral que estaba, literalmente, en penumbra.

Él asintió con la mirada desencajada, empuñando su arma con firmeza. Sus hombres irrumpieron por las salidas traseras y las ventanas superiores, iniciando un tiroteo en la nave principal del edificio para distraer al resto de la gente de Natalie. Los gritos de confusión de los matones resonaban entre las estructuras metálicas, mientras nosotros nos colábamos en la zona de almacenamiento.

Doblamos la esquina del cubículo de metal y fue entonces cuando mi corazón dio un vuelco violento.

—¡Sophia!— exclamó Tom en un susurro áspero, abalanzándose hacia el cuerpo que yacía en el suelo.

La cogió por los hombros y la giró despacio. Sophia soltó un quejido débil, parpadeando desorientada entre la penumbra mientras se llevaba una mano a la cabeza, ensangrentada por el golpe que le habían dado al secuestrarla.

—B-Billie…— balbuceó con la voz rota y los labios temblorosos en cuanto me vio —El bebé… se han llevado a Tyler… un tipo lo ha agarrado y…

—Shh, tranquila, estás a salvo— le dije, apretándole la mano desesperadamente, mientras mi mirada escaneaba furiosamente el lugar —¿Dónde está? ¿Dónde lo han metido?— pregunté al aire.

De pronto, un llanto agudo sonó desde una pequeña oficina de pladur al fondo de la nave. Un llanto que reconocería hasta en la noche más oscura. Oh, Dios, era mi bebito.

—¡Cállate, pedazo de mocoso!— se oyó un grito a lo lejos.

—¡Tyler!— grité, perdiendo los papeles por completo.

Olvidé la precaución, olvidé las tácticas de la agencia y salí disparado hacia la puerta de madera. Tom me siguió a unos metros de distancia, cubriéndome la espalda mientras derribaba de una patada la puerta de la habitación.

El portazo hizo eco en la estancia. Allí dentro, tirado en una colchoneta de viaje vieja y sucia, estaba mi pequeño, pataleando con los ojitos hinchados de tanto llorar. A su lado, sosteniendo una navaja con la mano temblorosa y una sonrisa maníaca en el rostro, se encontraba Natalie.

Estaba sola, acorralada y con la mirada desorbitada.

—¡Mami!— sollozó mi bebé.

Dios mío.

—Vaya, vaya… Mirad a quién tenemos aquí— siseó la rubia, apretando el agarre sobre el arma —Sabía que no ibas a tardar, Billie. Pero diste un paso en falso… Si te acercas un solo centímetro más, le corto el cuello a tu precioso bastardo.

Una descarga eléctrica y fría me recorrió las venas, pero no retrocedí. Tom apareció a mi lado, apuntándole directamente a la cabeza con la pistola; el cañón no le temblaba ni un milímetro.

—Nos volvemos a ver.— le dijo con una sonrisa burlona en los labios. —¿Qué tal, Natalie?

—Tom…— se rio la estúpida.

—¿Dónde está Brian, eh?— interrogó Tom sin dejar de mirar fijamente a la mujer. —¿Ya se ha escapado y te ha dejado sola? Porque si está aquí, dile que salga. Llevo mucho tiempo esperando a que cumpla con su amenaza. Pero hasta ahora no he visto nada.

Natalie se echó a reír, mas no respondió.

—Entonces estás sola.— dedujo Tom. —Suelta esa porquería ahora mismo, Natalie— le ordenó con una voz rabiosa. —Tienes a más de veinte hombres armados rodeando este lugar. Al parecer, estás sola.

Natalie parpadeó, desconcertada durante un microsegundo, pero no bajó la navaja.

—¡Mentira! ¡Vosotros no vais a salir vivos de aquí!— gritó fuera de sí, dando un paso más cerca de la colchoneta.

Ese fue su último error.

Antes de que pudiera rozar a mi hijo, un disparo seco resonó desde la ventana rota a espaldas de Natalie. La bala le atravesó el hombro, haciéndola soltar un alarido de dolor y soltar la navaja, que cayó al suelo produciendo un tintineo. Tom no esperó un segundo más, avanzó veloz, la agarró del pelo con violencia y la estampó contra la pared de hormigón, desarmándola por completo y manteniéndola sometida bajo su peso mientras ella chillaba e insultaba.

Yo ni siquiera miré la escena. Me abalancé directo hacia la colchoneta, metí las manos y cargué a Tyler contra mi pecho.

—¡Mami! ¡Mami!— gritaba mi bebé, aferrándose a mi chaqueta con sus manitas temblorosas y escondiendo su carita en mi cuello.

—Ya ha pasado, mi amor… Ya ha pasado, aquí está mami. Ya estás a salvo, mi vida— sollocé, abrazándolo con todas las fuerzas de mi alma, sintiendo cómo el alma me volvía al cuerpo con cada respiración agitada de mi hijo. —Perdóname.— sollocé —Prometo que te cuidaré mejor, mi amor…

Tom mantenía a Natalie pisoteada contra el suelo, mirándome por encima del hombro con los ojos llenos de rabia, pero con alivio al ver a Tyler en mis brazos. En ese instante, las sirenas de la DEA y del equipo de Alex comenzaron a sonar en el exterior del complejo, iluminando las paredes oxidadas con luces rojas y azules.

—La DEA no se la llevará.— soltó Tom abruptamente. —Me la llevaré yo.— añadió para luego mirar a Natalie —¿Recuerdas a Ría? Quizás quieras tomarte una taza de café con ella.

—¡Maldi…!— ella no terminó de gritar. Tom, con el pie sobre su cabeza, se encargó de estamparle la frente contra el suelo, tan fuerte que cayó inconsciente. Pensé que la había matado, pero no.

—Vete, moreno. Yo me encargo de lo demás…

No esperé a que me lo repitiera. Apreté a Tyler contra mi pecho, sintiendo el calor de su cuerpecito tembloroso y su respiración aún agitada contra mi cuello. Salí a pasos agigantados de aquella oficina podrida, esquivando los escombros y a los hombres de Tom que custodiaban el pasillo en perfecta formación.

Al salir de la nave, el efecto de la escena de fuera me hizo detener el paso durante un segundo. La zona industrial estaba completamente tomada.

—¡Benjamín!— escuché la voz potente de Alex sonar por encima del ruido de los motores y las sirenas.

Lo vi correr hacia mí vistiendo el chaleco táctico de la agencia, con la linterna en la mano y la mirada desencajada. Al llegar a mi lado, sus ojos bajaron directamente hacia el bulto que sostenía en mis brazos.

—¡Dios bendito, lo tienes!— jadeó Alex, llevándose una mano al pecho en un gesto de alivio mientras inspeccionaba a mi bebé —¿Está bien? ¿Está herido?

—Está bien, Alex… está asustado, pero está entero— mi voz salió raspada, con un hilo de temblor que ya no pude disimular —Sophia está dentro, golpeada en la cabeza pero consciente. Necesito que los paramédicos la atiendan ya mismo.

Alex hizo una señal rápida hacia la ambulancia que acababa de aparcar y dos médicos corrieron de inmediato al interior del edificio. Luego, fijó la vista en la entrada por donde yo acababa de salir, entrecerrando los ojos con sospecha al notar cómo los hombres de la red de Tom cargaban algo envuelto en una manta oscura hacia la parte trasera de una de las camionetas antes de arrancar a toda velocidad.

—Bill… ¿dónde está Natalie?— me preguntó Alex, bajando el tono de voz hasta convertirlo en un murmullo muy inquisitivo —Mis hombres están entrando a asegurar el área.

Me relamí los labios secos. La lealtad a mi trabajo en la agencia y el instinto hacia el padre de mi hijo chocaron en mi mente durante un microsegundo, pero al recordar la frialdad con la que Natalie había amenazado la vida de Tyler, no tuve dudas.

Ella tenía que pagar por todo y solo Tom podía conseguirlo.

—Se escabulló antes de que entráramos a la oficina, Alex— mentí sin pestañear, sosteniendo la mirada de mi superior —Cuando llegué al cuarto solo estaba ella con el niño, pero hubo confusión con el tiroteo del exterior y logró escapar por los conductos traseros. Tom salió a rastrearla.

Alex apretó los labios, sabiendo perfectamente que había cabos sueltos en mi historia, pero decidió no presionar. Vio a un padre destrozado sosteniendo a su hijo rescatado y prefirió priorizar la seguridad.

—De acuerdo. Vamos a montar un perímetro de búsqueda de inmediato— sentenció Alex, dándome un apretón firme en el hombro —Sube a la unidad médica para que revisen al niño de todos modos. Yo me encargo del informe oficial aquí.

Caminé hacia la ambulancia, donde ya tenían a Sophia sentada en la parte posterior, colocándole una compresa fría en la frente. En cuanto me vio subir con Tyler, rompió a llorar otra vez, extendiendo los brazos.

—Billie… perdón de verdad, te lo juro por Dios que intenté defenderlo…— sollozó Sophia, deshecha por la culpa.

—Shh, tranquila, Soph. No fue tu culpa. Hiciste todo lo que pudiste y estás viva, eso es lo que importa— la consolé, acomodándome a su lado mientras el paramédico comenzaba a revisar los reflejos y los signos vitales de Tyler.

El niño no se despegó de mí en ningún momento. Sus manitas apretaban la solapa de mi camisa como si temiera que, al soltarme, la pesadilla volviera a empezar. No quería que se quedase con traumas. Mientras la ambulancia nos trasladaba bajo escolta hacia el centro médico para la valoración de rutina, miré por la ventana hacia la noche que caía sobre la ciudad.

Sabía perfectamente hacia dónde se dirigía la camioneta de Tom en ese preciso instante. Natalie iba a pagar caro cada lágrima de mi hijo, y no solo eso. Tom no tendría piedad con ella.

&

Al día siguiente, la calma en la residencia König era solo superficial. Tras el torbellino de violencia de la tarde anterior, las aguas parecían haber vuelto a su cauce, pero la tensión flotaba densa en el ambiente. Había dejado a Tyler bajo el cuidado amoroso de los señores König y de mis padres, quienes, al enterarse de lo sucedido, casi sufren un colapso.

Mi madre no había parado de llorar mientras abrazaba al nene, y mi padre mantenía una expresión sombría y vigilante. Dejar a mi hijo rodeado de tanta protección me dio el respiro que necesitaba para encarar lo que venía, aunque sabía perfectamente que la tormenta apenas comenzaba. El verdadero infierno me esperaba en las instalaciones de la sede de la DEA.

Caminé por el pasillo principal. Alex había tenido que viajar de emergencia a primera hora de la mañana hacia la sede central en Washington para atender una reunión a puerta cerrada con el comité de Asuntos Internos por el tema del operativo en Colombia, dejando el mando operativo local temporalmente en manos del subdirector Crawford.

Y Crawford no tardó ni dos segundos en hacer notar su presencia.

—Cierra la puerta, Keller— ordenó con una voz helada, sin levantar la vista de una carpeta que hojeaba con brusquedad sobre el escritorio de Alex. Me había mandado llamar y aquí estaba, en su oficina.

Cerré la puerta de cristal a mis espaldas, manteniendo una postura erguida. Crawford finalmente se reclinó en el sillón ejecutivo, entrelazando los dedos sobre el vientre mientras me clavaba una mirada llena de desprecio, uno que apenas se esforzaba en disimular.

—¿Me puedes explicar qué carajos fue el espectáculo deplorable que montaste ayer?— espetó, elevando el tono de golpe —Tenías una pista directa sobre el paradero de Natalie y, en lugar de reportarlo de inmediato a la cadena de mando para estructurar un operativo como Dios manda, decidiste actuar como un vigilante de poca monta.

Apreté los dientes, sintiendo cómo la sangre me empezaba a hervir en las venas.

—Subdirector, la situación no admitía dilaciones— respondí intentando mantener la compostura —Secuestraron a mi hijo. Había un riesgo inminente contra su vida y…

—¡Me importa un carajo la excusa que quieras inventar!— me interrumpió, dando un puñetazo violento sobre el escritorio que hizo retumbar los papeles —¡Eres un agente federal, Benjamin! ¡Tu deber primordial era informar a esta agencia! Si hubieses tenido la decencia y el profesionalismo de hablarlo aquí en la sede, habríamos desplegado una fuerza de interceptación masiva. ¡Teníamos la oportunidad perfecta para capturar al Zar y a Natalie en un solo movimiento y la dejaste escapar por tu soberbia!

Una carcajada llena de rabia se me escapó de la boca. Crawford no tenía la más remota idea de la realidad. Desconocía por completo la alianza secreta que Alex había pactado con el clan Geist, ignoraba que la gente de Tom había rodeado la nave antes que nadie y, por supuesto, no sospechaba en lo más mínimo que Tom Trümper estaba vivo y que era el verdadero padre de Tyler.

Para él, yo solo era un agente rebelde que había arruinado una captura de alto perfil.

—¡Estaban amenazando con matar a mi bebé, Crawford!— le grité, encarando, dando un paso al frente sin dejarme intimidar por su rango —¡No me jodas con tus putos procedimientos de oficina! Si me ponía a rellenar formularios y a esperar a que tus comités aprobasen un operativo, a mi hijo me lo devolvían en una bolsa de plástico. ¡No iba a arriesgar la vida de mi peque por regalarte a ti un titular en las noticias!

—¡Natalie es una prófuga de la justicia federal!— bramó Crawford, poniéndose de pie, rojo de furia, usando toda la imponente autoridad de su puesto para tratar de aplastarme —¡Tu obligación era poner a la agencia por encima de tus impulsos emocionales! Pero claro, ¿qué más se podía esperar de alguien como tú? Te dimos una oportunidad de redimirte y sigues siendo el mismo delincuente inestable de siempre.

—A mí me hablas con respeto…

—¡Tú te callas y escuchas!— me rugió en la cara, aprovechando vilmente la ausencia de Alex para volcar toda su autoridad sobre mí —Te creías intocable porque Alexander te cubre las espaldas y te consiente cada pataleta, ¿verdad? Pues adivina qué, Krüger no está aquí hoy para defenderte. Yo soy el subdirector a cargo de esta oficina, Keller, y no voy a tolerar que un sujeto insubordinado pisotee el nombre de la DEA. Por tu falta gravísima, por violar el protocolo operativo y dejar escapar a los objetivos prioritarios… quedas oficialmente expulsado de la agencia.

El silencio que siguió a sus palabras fue denso, pesado, lleno de una tensión casi eléctrica. Crawford me sonreía con petulancia, disfrutando cada segundo del poder que ejercía sobre mi destino. Pero se equivocaba rotundamente si pensaba que me vería suplicar. Mi orgullo era muchísimo más grande que su placa.

Lo miré fijamente a los ojos, dejando que una sonrisa helada y llena de desprecio se dibujara lentamente en mis labios.

—No te molestes en redactar la orden de expulsión, Crawford— le espeté con frialdad, lo que pareció pillarlo por sorpresa —No hace falta que me eches. Yo renuncio a esta porquería.

Sin desviar la mirada ni un solo milímetro, me llevé la mano a la cintura. Desenganché la placa metálica de la DEA que llevaba en el cinturón y desenfundé la pistola reglamentaria con movimientos pausados pero firmes. Con un gesto lleno de soberbia y asco, las arrojé con fuerza sobre el escritorio. El arma y la placa chocaron contra la superficie, provocando un leve estruendo seco que hizo eco en las cuatro paredes de la habitación.

—Quédate con tu placa y con tu puesto de mierda— le siseé, acercándome al escritorio y apoyando ambas manos sobre la madera para quedar a escasos centímetros de su rostro —Mi hijo está a salvo en mis brazos, y eso vale mil veces más que cualquier título o medalla que tú me puedas ofrecer.

La sonrisa de Crawford se borró al instante, transformándose en una mueca de pura malevolencia. Apretó la mandíbula y soltó una risita amarga mientras se recolocaba la chaqueta.

—Qué bonita escena dramática, Benjamin… pero parece que se te olvida un pequeño detalle— dijo con un tono pausado y macabro —Ya no eres un agente especial. Al renunciar, el acuerdo de inmunidad condicional que tenías con la DEA queda automáticamente rescindido y cancelado.

Dio un par de pasos alrededor del escritorio hasta quedar frente a mí, cruzándose de brazos con autosuficiencia.

—A partir de este preciso segundo vuelves a ser lo que verdaderamente eres: un convicto federal. Voy a coordinar personalmente tu traslado inmediato a una prisión de máxima seguridad en los Estados Unidos para que termines de cumplir hasta el último día de tu condena original. Disfruta los últimos minutos que te quedan de libertad, Keller, porque de esta no te salva ni Dios.

Era un maldito.

Continúa…

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por unicornlitz

Escritora del Fandom

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