Fic de unicornlitz. Temporada III
Capítulo 3 (Parte 2)
BILL
De mí salió un suspiro prolongado. Le había contado a Sophia sobre mi día en la DEA, y entre una cosa y otra se me escapó la conversación con Alex antes de que decidiéramos salir temprano del trabajo después de llevar tantos meses dándolo todo para reducir todo lo que teníamos pendiente. Ella no estaba muy contenta.
—O sea, que el tipo te dice que eres atractivo y tú solo le respondes un «oh, gracias».— dijo en tono de reproche, imitando ridículamente mi voz, haciéndome reír.
—¿Y qué esperabas que le dijera?
—Bill, ¿hablas en serio?— dijo con obviedad mientras me servía una buena cantidad de arroz chino, ya que eso era lo que había pedido para cenar. Levanté ambas cejas sin entender a qué se refería. —Cariño, a ese hombre le encantas.
Oh, y ahí íbamos otra vez con ese tema.
—No pongas esa cara.— me dijo al ver mi expresión de fastidio, que había puesto falsamente con un mohín en los labios. —Lo digo en serio. Han pasado cinco meses, cinco jodidos meses largos, y puedo decir con muchísima seguridad que has sanado. Quizás un cincuenta por ciento, pero has sanado, y me parece una pérdida de tiempo que no te des una oportunidad con alguien más. Eres joven todavía, estás en tu mejor etapa, ¿te has visto en un maldito espejo? ¡Eres un monumento!
—Sophi…— murmuré, soltando un pequeño suspiro. —Para empezar, para iniciar algo con alguien más uno necesita tener la cabeza y el corazón en su sitio, y yo no tengo ninguno de los dos ahora mismo. A mí todavía me duele lo que Tom me hizo y…
—¿Y…?
—Todavía sigo pensando en él.— murmuré con toda la vergüenza del mundo, sin atreverme a mirarla a los ojos. —Es poco, pero sigue en mi mente, sigue en mi corazón. Y me jode porque tú más que nadie sabes que de verdad quiero arrancármelo del pecho, pero no sé cómo hacerlo.
—Yo sí lo sé. Intentando rehacer tu vida.
Negué con la cabeza.
—No voy a usar a Alex para eso.
—Amor, no.— ella suspiró y me pasó el plato con una buena cantidad de arroz chino. —Mira, solo usas a alguien cuando quieres evitar sentir la soledad, el duelo o la tristeza de una ruptura. Tú ya pasaste por eso y, conociéndote, no necesitas a nadie para hacer algo así. Te has ido levantando tú solo. Ahora, cuando quieres intentar algo con alguien, lo haces cuando ya has procesado o cerrado el ciclo anterior y estás listo para conocer a alguien nuevo desde la libertad, no desde la necesidad.
Mmm.
—Lo que intento decirte es que… vives con esa idea en la cabeza de que no puedes, de que no estás listo, pero sí lo estás. Solo tienes miedo.
—No es solo miedo.— murmuré, cogiendo la cuchara para remover el arroz lentamente. —Siento que si le doy una oportunidad a Alex estaría faltándole al amor que todavía le tengo a… a ese hombre.
—Pero él ya le faltó a ese amor y no le importó.
—Pero yo no quiero ser como él.
—No lo eres ni lo vas a ser nunca, cariño. Pero de verdad, tienes que seguir con tu vida. Lo tuyo con Tom ya no da para más, ¿o sí? ¿Has pensado en la posibilidad de perdonarlo?
—No.— respondí rápido porque era verdad. Nunca había pensado en la posibilidad de perdonarle lo que me hizo. En lo único que había pensado era en cómo dar por terminado lo nuestro, en qué le diría cuando tuviese el valor de verlo a la cara. En ponerle fin a algo que quizás… nunca debió empezar.
—Entonces, ¿qué? Tú mereces ser feliz. Y no digo que vayas a conseguirlo estando con alguien, no. Lo que quiero es que veas que con o sin Tom puedes enamorarte, y quizás… dándole una oportunidad a alguien más, consigas sanar por completo. Que te des cuenta de que no lo necesitas.
—¿Con Alex?
—Han pasado cinco meses más juntos que nunca, ¿no has sentido nada durante ese tiempo?
Podría pensarlo, y lo hice. En ese tiempo que había pasado podía decir que la confianza entre Alex y yo había aumentado muchísimo. De por sí siempre le había tenido cariño porque me sacó de la cárcel y porque siempre estuvo ahí para mí. Cuando entré por primera vez en la DEA y me sentía fuera de lugar, siempre se comportó como un buen amigo. Y durante estos cinco meses había sido igual. Era demasiado carismático. Encantador de cierta manera, y había que admitir que tenía su atractivo…
Había pasado estos cinco meses intentando sacarme a Tom del corazón, pensando que con el tiempo y tratando de no pensar en él lo conseguiría, pero… no había pasado nada. Los sentimientos seguían siendo los mismos y la rabia hacia él había ido aumentando más.
—No hemos tenido acercamientos…— dejé la frase en el aire sin terminar, y ella lo entendió al instante. —Pero es un buen amigo.
—¿Y ya?
Sonreí.
—Y tiene lo suyo.— añadí, poniendo los ojos en blanco con diversión. —Además, cuando me dijo que era atractivo yo… sentí algo extraño. No porque me dijera que soy atractivo, sino por la forma en la que lo dijo y cómo me miró. Sentí como… ay, ¿cuál sería la palabra correcta?
—¿Maripositas?
—Podría ser. Pero no quiero malinterpretar esa sensación.— me apresuré a aclarar y me mordí el labio inferior mientras sonreía. —¿Y si solo es esa sensación bonita de cuando un amigo te hace un cumplido? Algo normal.
Sophia me sonrió.
—Cariño, yo solo te voy a decir que te des una oportunidad a ti mismo. Además, sería un castigo enorme para Tom ver cómo aquello que creía suyo está con alguien más.
Ella tenía razón. Sería un golpe muy fuerte para Tom, porque él siempre había pensado que yo era suyo y, bueno, yo siempre se lo había dejado claro. Muchas veces, al principio de nuestra relación, siempre, siempre, siempre le demostré que era suyo y que siempre sería así. Toda la vida. Él había vivido confiado en que sería de esa manera. Le dolería muchísimo verme con alguien más. Verme sonreírle a otro que no fuera él, verme besar otros labios que no fueran los suyos y vivir en la miseria sabiendo que otro me tiene como él siempre me tuvo. Aunque nunca conseguiría amarlo como lo amo a él.
Y no solo eso. Sophia también tenía razón cuando decía que yo merecía rehacer mi vida. Yo quería hacerlo, pero no sabía si era el momento adecuado. Sin embargo, ¿cuándo sería entonces el momento adecuado?
Yo quería que Tom sufriera, pero también quería ser feliz. En ese caso, el castigo para Tom sería verme feliz con alguien más.
¿Debería darle una oportunidad a Alex?
Miré el arroz de mi plato, removiéndolo sin mucho apetito, aunque al mismo tiempo con ganas de probarlo, sintiendo el peso de mis propias contradicciones aplastándome el pecho. Odiaba admitirlo. Odiaba esa sensación de estar atrapado en un laberinto donde todas las salidas llevaban al mismo hombre.
Habían sido cinco malditos meses en los que me repetí que el tiempo lo curaba todo, que la distancia borraría su voz de mi cabeza y el recuerdo de sus manos. Pero ahí seguía Tom, clavado en mis pensamientos como si fuera una astilla que se infectaba cada día más. Lo amaba, sí, con un amor tan intenso y terco que me daba vergüenza, pero también lo odiaba con la misma intensidad por haberme roto de la manera en que lo hizo.
Como había dicho antes… yo de verdad no quería ser como él. No quería usar a las personas, no quería jugar con fuego. Alex no se lo merecía; él había sido mi apoyo, literalmente, el único que me miró con respeto cuando salí de la cárcel y entré en la DEA sintiéndome un maldito fantasma. Era, como ya había dicho antes, carismático, atractivo, y esa mirada suya… esa forma en la que me dijo que era hermoso me había removido el estómago de una manera que no sentía desde hacía meses.
¿Eran mariposas como había dicho Sophia? Quizás.
Pero el miedo a fallar, a manchar lo que Alex sentía por mí con los restos de mi propio desastre, me mantenía paralizado.
Sin embargo, cuando Sophia mencionó la palabra «castigo», tenía que admitir que algo cambió dentro de mí. Fue como una chispa fría encendiéndose en medio de mi tristeza. Imaginé a Tom descubriendo que ya no me tenía. Él, que vivía con la estúpida seguridad de que yo le pertenecería para siempre, de que podía pisotearme y verme volver. Imaginé su ego rompiéndose en mil pedazos al verme sonreír en brazos de otro.
Al saber que otros labios borraban su recuerdo, que ya no era el dueño de mi vida.
La idea me provocó un escalofrío que no era culpa, sino un placer oscuro y muy, muy, muy adictivo. Sabía que estaba jugando a un juego peligroso, que acercarme a Alex con la sombra de Tom detrás era caminar sobre un campo minado. Pero por primera vez en meses, sentí que recuperaba un poco el control. Quería ser feliz. La maldita verdad era que me lo merecía, pero si mi felicidad podía convertirse en el peor de sus infiernos, entonces el trato era perfecto.
Dejé la cuchara a un lado y miré a Sophia, dibujando una sonrisa que por fin se sentía real, aunque tuviera un toque de maldad. Sí. Iba a darle una oportunidad a Alex. ¿Por qué no?
Quizás con el tiempo podría llegar a quererlo. A quererlo mucho. Yo ya no quería nada con Tom. Él no me merecía, ni siquiera había intentado pedirme perdón en estos cinco meses, cosa que me decepcionaba todavía más de él, si es que eso era posible. Se suponía que cuando amas a alguien, pasara lo que pasara, harías lo que fuera para no dejarlo ir, aunque todos tus intentos fueran inútiles.
Pero Tom en cinco meses no lo había intentado. Entonces, quizás yo de verdad ya no le importaba. ¿Qué tenía de malo que yo siguiera con mi vida mientras reunía el valor suficiente para ir a Alemania, enfrentarme a él y decirle que lo nuestro terminaba ahí?
—¿Y esa sonrisita tan de chico malo?
Me relamí los labios.
—¿Sabes qué, Soph? Creo que tengo que dejar de ser tan estúpido, y voy a seguir tu consejo. Voy a darle una oportunidad a Alex.
Ella soltó un chillido por la emoción del momento.
—Me encanta cuando me haces caso. Quién sabe, igual acabas enamorándote de Alex…
—No creo que vaya a enamorarme de él, pero quiero dejar de amar a Tom. La cuestión es… ¿Alex querría estar conmigo?
—¿Qué clase de pregunta tan ridícula es esa, Willem Kaulitz?
Me encogí de hombros mientras me reía.
Hacía cinco meses estaba pasando por mi peor momento, por una depresión enorme de la que pensé que nunca saldría. Hace cinco meses intenté quitarme la vida, hace cinco meses me sentía miserable, llorando cada vez que lo recordaba a él y lo que me hizo. Y aunque seguía doliendo, aunque todavía lo amaba, tenía que seguir con mi vida. Y salir de dudas, porque durante toda mi vida había creído que sin Tom no podría seguir adelante, que no podría enamorarme o vivir cosas bonitas si no era con él.
Yo… ya no tenía nada que perder.
&
«¡Buenos días, ciudad! ¿Qué tal si hoy le subimos el volumen a la vida? Porque el sol no solo calienta, ¡también enciende la buena vibra! Este es el momento, el instante exacto para que la banda sonora de tu día empiece con toda la actitud.
Y como sabemos lo que quieres, en «Fantástica» no dejamos de sonar. Empezamos como se debe, con el temazo que está reventando cada altavoz, el himno que no puedes dejar de cantar. ¡Prepárate! Aquí, para que muevas la cabeza hasta el final, la imparable Sabrina Carpenter y su éxito: «Manchild».
¡Sube el volumen y a vivir! ¡Estás en «Fantástica»!»
La canción empezó a sonar por todo mi coche mientras conducía por las calles de Washington. Era mi día libre y esa mañana decidí salir a dar una vuelta enorme para despejarme. Tenía a Alfia ocupando el asiento del copiloto, con la lengua fuera mientras el viento le daba de lleno en su carita porque llevaba las ventanas abiertas.
Sabrina Carpenter siempre había sido una de mis cantantes favoritas, después de Britney Spears. Tenía varias cosas planeadas para hacer hoy, como comprarme ropa después de toda la que había estropeado, y cositas para Alfia. Necesitaba ambientadores para mi nuevo apartamento, algunos tapetes y cosas para cuando decidiera darme un baño en la bañera.
«Stupid, or is it… Slow?
Maybe it’s useless? But there’s a cuter word for it
I know.
Manchild…
Why you always come a running to me?
Fuck my life…
Won’t you let an innocent woman be?»
Hmm, la letra me recordaba a alguien, pero mejor no decir nombres.
Aparqué mi coche en el parking del centro comercial, bajé a Alfia después de ponerle la correa y salimos del lugar subterráneo, que olía realmente fatal. Esperaba que mi coche no se impregnara de ese olor tan horrible. Subimos arriba y paseamos por todo el sitio.
Entramos en la primera tienda que vi, que era de cosas para mascotas, y no dudé en coger un carrito para meter un montón de cosas.
—¿Qué opinas de llevar ropita, Alfia?— le preguntaba a mi bebé perruna mientras avanzábamos por cada pasillo. —¿Crees que eso arruina por completo tu naturaleza y acabas humanizándote como dicen tanto en la tele? Aunque si te compro ropa tendría que lavarla y apenas soporto lavar la mía, así que mejor no.
Alfia me ladró. O bueno, no exactamente; simplemente olfateó sus croquetas y seguramente las quería. Así que cogí una de las bolsas más grandes que había. Aunque, pensándolo bien, ¿cómo iba a caminar por todo el centro comercial con tantas cosas? No podría yo solo.
—Vale, cielo. Tendremos que bajar a dejar tus cosas en el coche.— dije soltando un resoplido.
Iba a cruzar al siguiente pasillo y, sin darme cuenta, casi atropello a alguien con el carrito. O bueno, llegué a golpearle sin querer en un costado del abdomen.
—¡Oh, mierda! Lo siento muchísimo.— me apresuré a disculparme.
El chico soltó un gruñido bajo por el golpe y levantó la mirada. Y joder, sentí como si mi alma saliera de mi cuerpo durante unos segundos en cuanto vi el rostro del chico frente a mí.
Dios mío.
¿Qué clase de mala jugada me estaba haciendo mi propia mente?
—No pasa nada.— me dijo, y yo parpadeé aturdido. —Pero sí deberías mirar por dónde vas, ¿eh?— el chico esbozó una sonrisa ladeada.
No, no, no, no podía ser una alucinación porque, por más que parpadeaba, su imagen no desaparecía. Frente a mí tenía a un chico de unos veinte años, o incluso menos, pero… ¿sería una locura decir que era como ver a Tom cuando lo conocí con veintidós?
Mierda.
—¿Estás bien? Tienes una cara como si hubieras sido tú quien recibió el golpe.— me comentó con algo de diversión en su voz.
Tragué saliva.
—S-sí, perdón, es que…— no encontraba las palabras para explicarle, y sentí que ni siquiera tenía sentido hacerlo. —Discúlpame.— dije negando con la cabeza, intentando procesar todavía el hecho de que ese chico era una copia exacta de mi ex cuando lo conocí con diecisiete años.
Solo que no tenía rastas. Su pelo era corto y castaño, algo despeinado, pero era así por el corte, porque ya había visto ese estilo antes. Lo llevaban muchos chicos de ahora.
—Tranqui.— me dijo. —Mi alemán no es muy bueno, pero mmm, todo bien.
—Dios, Thomas. ¿Para qué te mandé, dime?— una mujer mayor se acercó, aunque bueno, tampoco tanto. Podría jurar que era unos años mayor que yo, o quizás de la misma edad que mi ex. Se veía bastante joven y guapa. Y obviamente estaba enfadada con el chico al que casi atropellé. —¿Es que no sabes dónde está la comida?
—Ya, mamá.— bufó el más joven. —Eso iba a hacer.
—Pues no te veo moviéndote.— le reprochó ella, y después me miró a mí, frunciendo ligeramente el ceño al verme. —¿Por qué no dejas pasar al chico?— le dijo a Thomas, porque así se llamaba el muchacho. —Hazte a un lado.
—Sí, Elysa…— respondió él.
El chico se apartó y yo sonreí como pude.
—Buenos días.— saludé al pasar al lado de la mujer.
—Buenos días.— me devolvió ella el saludo. —Anda, Thomas. Busca la comida para Alvin.— fue lo último que le escuché decir.
Me di cuenta de que mi corazón estaba latiendo como loco, y no era para menos. Aquel chico no solo tenía la misma apariencia que mi ex, sino que además prácticamente tenía su mismo nombre. Aunque existían muchos «Thomas» en el mundo, me parecía demasiado extraño.
—¿Qué pasó con ese chico?— le preguntaba su madre, y podía escucharla porque había entrado en el pasillo de al lado, donde estaban ellos. No había casi nadie en la tienda, no había ruido.
—No me vio y me golpeó con el carrito, pero fue sin querer, ¿por qué?
—Me recuerda a alguien, pero es imposible.
—¿A quién, madre?
La mujer se quedó en silencio durante unos segundos.
—Tu padre salió una vez en una revista con un chico conocido por ser hijo de un hombre importante. No recuerdo mucho, pero fue más como un cotilleo. Aparecía tu padre con aquel chico. Me recordó a él, pero no puede ser.
—¿Por qué?
—Porque se supone que ambos están muertos.
Una descarga eléctrica me recorrió el cuerpo, y no fue precisamente agradable. Con toda la confusión del mundo decidí dejar las compras de Alfia para otro momento.
Salí de la tienda después de pagar todo y bajé con Alfia al aparcamiento para meter las cosas en el coche. Incluso las ganas de comprarme cosas a mí desaparecieron. Sentía un nudo en la garganta y no entendía nada de la situación.
Mierda.
Continúa…
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