Fic de unicornlitz. Temporada III

Capítulo 30

TOM

El olor a humedad siempre me había parecido el único perfume adecuado para un sótano como este. A diez metros bajo tierra, el mundo exterior no existía; la luz del sol jamás cruzaba estas paredes de hormigón y el único sonido constante era el goteo rítmico de una tubería oxidada en algún rincón de la estancia.

Caminé despacio. Me acomodé las mangas de mi camisa negra, arremangándolas con parsimonia hasta los codos. En la silla de metal dispuesta en el centro de la habitación, fuertemente atada con gruesas cadenas que le cortaban la circulación de las muñecas, Natalie comenzó a moverse. Tenía cinta adhesiva en la boca para que no gritara, al menos no todavía.

El golpe que le propiné el día anterior contra el suelo le había dejado un moratón violento, amoratado e hinchado en la sien izquierda. Abrió los ojos lentamente, parpadeando con pesadez, intentando enfocar la luz tenue de la única bombilla incandescente que colgaba del techo.

—Buenos días, Natalie…— saludé con un tono pausado, casi cordial. En cuanto reconoció mi rostro y procesó el lugar en el que se encontraba, el pánico inicial de sus pupilas intentó disfrazarse rápidamente de esa soberbia estúpida que tanto la caracterizaba. Extendí la mano y le quité la cinta de un tirón.

—Tom…— balbuceó con la voz rasposa, seca como el esparto cuando pudo hablar por fin. —Eres un imbécil… Si crees que me vas a asustar con esto…

No la dejé terminar. Me incliné hacia delante, le cogí el mentón con una mano y apreté los dedos con la fuerza suficiente como para escuchar el chasquido de su mandíbula. Su rostro se contorsionó en una mueca de dolor al instante.

—No hablas a menos que yo te lo ordene, ¿entendido?— le siseé al oído, sintiendo cómo su respiración agitada y caliente me chocaba contra la piel —Cometiste el error más grave de tu miserable existencia, que fue meterte con mi hijo. Rozaste a mi sangre, le provocaste el llanto a mi bebé y pretendías arrebatármelo. Igual que hiciste con mis gemelos…

La solté con brusquedad, haciendo que su cabeza rebotara hacia atrás. Me alejé de ella y me acerqué a la mesa lateral de acero inoxidable, donde descansaba un paño oscuro humedecido en una solución salina concentrada y un par de tenazas de hierro.

—Te tengo una excelente noticia— comenté mientras caminaba alrededor de su silla, disfrutando del sonido del arrastre de sus cadenas mientras intentaba en vano zafarse —No te voy a matar. Matarte sería un regalo demasiado piadoso, una salida rápida que no te has ganado. Vas a vivir, Natalie. Vas a vivir muchísimos años aquí encerrada…

—¡Maldito enfermo!— chilló ella, intentando escupirme, pero el proyectil apenas me rozó la bota —¡Brian te va a destruir! ¡Morgana va a aplastaros a ti y a ese estúpido de Bill!

¿Morgana?

Solté una risa baja, grave, que rebotó en las paredes del sótano. La cogí del pelo por la nuca, tirando de ella hacia atrás hasta obligarla a mirar hacia la puerta de hierro del fondo de la estancia.

—¿Ves esa puerta de ahí?— le pregunté con una calma casi escalofriante —Detrás de esa puerta lleva diez años viviendo Ría, ¿la recuerdas? Diez años en los que no ha visto la luz del día, diez años en los que cada mañana se despierta deseando no haber nacido, pagando por cada una de las estupideces que intentó contra mi familia. Hoy le voy a presentar a su nueva compañera de celda.

Los ojos de Natalie se desorbitaron de terror al comprender la magnitud de su destino. El color se le escapó por completo del rostro.

—Ayer te burlaste del dolor de Bill en ese vídeo— le recordé, cogiendo el paño empapado de sal y presionándolo sin piedad directamente sobre la herida abierta y sangrante de su frente.

El alarido de dolor que soltó Natalie fue tan agudo que rasgó el silencio del sótano. Fue un chillido desgarrador mientras se retorcía brutalmente contra las cadenas. Sostuve el paño con firmeza, mirando fríamente cómo se ahogaba en su propio llanto, sintiendo cómo la sal le quemaba la carne viva.

—Este es solo el primer minuto de los próximos años de tu vida, Natalie— le murmuré muy cerca de la oreja, sobrepasando sus gritos de agonía —Vas a aprender lo que significa tocar lo que es mío. Y cuando me canse de escucharte gritar hoy, te meteré en esa celda para que Ría y tú recordéis diariamente la lección. Te haré morir cien veces antes de que mueras de verdad.

El dolor la hizo convulsionar violentamente contra la estructura de hierro. Sus jadeos secos se escuchaban en el sótano, interrumpiéndose únicamente por sollozos ahogados mientras intentaba apartar la cara, pero yo no cedí ni un solo milímetro hasta que la sal hizo su trabajo por completo. Cuando finalmente retiré el paño, la herida de su sien estaba al rojo vivo, inflamada y sangrando con fuerza.

Uhg.

Ella gemía con la voz rota, la baba y las lágrimas le corrían por la barbilla. No aparté los ojos de ella, arrojando el trapo sucio sobre la mesa.

Cogí un par de guantes de cuero negro de la repisa y me los encajé con lentitud, dedo por dedo. Luego, agarré un frasco pequeño de alcohol antiséptico y una brocha de cerdas duras. Natalie me miraba con el pánico pintado en el rostro, atascada en aquella silla, comprendiendo al fin que no había negociación posible, no había rescate y no había compasión para ella.

—¿Sabes cuánto ha sufrido mi moreno?— le pregunté, caminando despacio hacia su espalda mientras abría el frasco —Le quitaste la paz, lo llenaste de pesadillas. Y ayer… ayer te atreviste a amenazar con una navaja a mi hijo.

Ella soltó un grito en un chillido agudo cuando derramé el alcohol directamente sobre la llaga de su frente y le pasé la brocha sin contemplaciones.

El alarido que soltó, ay, Dios, fue glorioso. Fue como el aullido de un animal en el matadero. Se retorció tanto que las cadenas le abrieron la piel de las muñecas, dejando hilos de sangre correr por sus brazos.

—Le causaste mucho dolor, no solo tú, Brian también— le siseé cerca del oído, sintiendo cómo el temblor de su cuerpo sacudía la silla —Odio cuando hacen llorar a mi moreno, detesto cuando hacen algo que pueda lastimarlo. Y vosotros le hicisteis tanto daño, que mierda… esto que te estoy haciendo es muy poco. Es solo el principio. El espectáculo se acabó, Natalie.

Caminé hacia la puerta de hierro del fondo. Deslicé el pesado cerrojo. Tiré de la puerta hacia fuera. La penumbra del cubículo contiguo se iluminó apenas con la luz tenue de mi habitación. En la esquina del suelo, hecha un ovillo sobre un colchón raído y sucio, se movió una silueta huesuda, despeinada y con la ropa reducida a harapos. Ría levantó despacio la cabeza, cubriéndose los ojos de la luz con una mano temblorosa y flaca. Diez años de encierro la habían transformado en alguien irreconocible, un despojo humano que solo respiraba porque yo se lo permitía.

—Tenemos visita, Riri.— anuncié con voz tranquila.

Ría parpadeó, enfocando la figura de Natalie atada a la silla. Una sonrisa torcida, siniestra y grotesca se dibujó en sus labios agrietados al reconocerla, cosa que le llevó muchísimo tiempo.

—Natalie…— musitó Ría con una voz rasposa, arrastrada por la locura del aislamiento, en medio de una risa —Tanto tiempo… tanto, tanto, tanto tiempo. Mucho tiempo…

Natalie se puso completamente pálida. El terror que sentía por mí se multiplicó al mil por ciento al ver en qué se había convertido su antigua aliada.

—Dios…— soltó en un jadeo ahogado. —¿Ría?

—La misma.— respondí con una sonrisa en los labios. —Ría ha estado viviendo en el infierno, pero en vida, y eso mismo pasará contigo. Solo que a ti te haré algo mucho peor…

Ella comenzó a gritar fuera de sí mientras yo me acercaba a ella, pataleando con desesperación contra el suelo mientras yo desenganchaba las cadenas de la silla para arrastrarla hacia el interior del cubículo. Agarré a Natalie del pelo, arrastrándola por el hormigón mientras ella gritaba e intentaba aferrarse a mis botas con las manos ensangrentadas. La arrojé sin contemplaciones al suelo de la celda, justo a los pies de Ría.

Ría se arrastró hacia ella como una rata hambrienta, tocándole el rostro sucio con dedos temblorosos mientras soltaba una risita escalofriante.

—Te va a encantar estar aquí…— le susurró Ría al oído a la rubia, que lloraba desconsolada, encogida en posición fetal. —Te encantará…

—Que disfrutéis de vuestro reencuentro— sentencié.

Salí del cubículo y cerré la puerta de hierro de un portazo retumbante. Pasé el pesado cerrojo y le puse el candado. Los gritos de auxilio y los golpes desesperados de Natalie contra el metal comenzaron a sonar amortiguados desde dentro. Me quité los guantes de cuero, los arrojé al cubo de la basura y me limpié las manos con una toalla limpia. Subí las escaleras sin prisa tras cruzar el pasillo, dejando atrás el infierno que yo mismo había construido para ellas.

Al llegar a la superficie y abrir la puerta de mi despacho en el bar, solté un suspiro cansado. No había dormido nada la noche anterior, pero no importaba.

Me preparé para ir a casa de mis padres y ver a mi hijo. Claro que no sin antes hacer algo. Así que cogí el ascensor y me dirigí a mi apartamento. A mi Catalina me debía algo, y me importaba poco si me moría hoy mismo de la paliza que iba a darle. No me importaba si era mujer, esa estúpida no hacía más que meterme en problemas. ¿Cómo se le ocurría ir a casa de mis padres y decir que yo la había mandado? Lo cual era una vil mentira.

Las puertas del ascensor se abrieron al llegar a la planta. Crucé la estancia sin molestarme en encender las luces centrales y me dirigí directamente al fondo del pasillo de servicio. Allí, donde se encontraba el pequeño e incómodo cuarto de aseo que le había asignado para mantenerla aislada y bajo control, se escuchaba un leve murmullo.

Sin llamar, derribé la puerta de una patada seca.

El impacto de la madera contra la pared retumbó en el espacio reducido. Catalina, que estaba sentada en el borde de un pequeño catre de soltero, doblando una manta raída, se sobresaltó de golpe. El miedo inundó sus ojos en cuanto me vio parado bajo el marco, pero intentó disimularlo adoptando esa postura altanera que tanto me reventaba los nervios.

—Klaus… me asustaste— comenzó a decir, intentando esbozar una sonrisa falsa mientras se ponía de pie —¿Qué haces…?

—Cierra la boca— le espeté con una voz de ultratumba, dando un paso hacia el interior del cuarto.

El lugar olía muchísimo a desinfectante, e incluso a humedad concentrada. La cogí del cuello de la blusa antes de que pudiera dar un paso atrás y la estampé con fuerza contra la pared de hormigón. El golpe le sacó el aire en un quejido.

—¡Au! ¡¿Qué te pasa, Klaus?! ¡Estás loco!— chilló, intentando en vano zafarse de mis manos, queriendo apartármelas de encima.

—¿Qué me pasa?— pregunté, apretando el agarre sobre su cuello —Que te pasa a ti, pedazo de imbécil. ¿Con qué maldito derecho fuiste a casa de mis padres a meterte en mi vida? ¿Con qué autoridad te atreviste a decirles que yo te había mandado allí cuando te dije que te quedaras aquí encerrada?

—¡Es que… es que yo solo…!— balbuceó entre jadeos, desesperada por aire —¡Yo solo quería hablar con el niño… es… era t-todo!

—¡Tú no eres nadie!— le rugí en la cara, apretando más los dedos hasta que sus uñas comenzaron a clavárseme en las muñecas en un intento inútil por liberarse de mi agarre —Te di un techo de mierda para que te quedaras callada y no estorbaras, ¡no para que te tomases atribuciones que no te corresponden! Mis padres, mi hijo y mi familia no son asunto tuyo, ¿te ha quedado claro?

La solté de golpe. Catalina cayó de rodillas al suelo de baldosas frías, tosiendo violentamente y llevándose ambas manos a la garganta mientras intentaba recuperar la respiración. Le temblaba todo el cuerpo, pero la rabia todavía le quemaba en la mirada, podía verlo.

—¡Eres un desgraciado!— gritó desde el suelo, llorando de impotencia y furia —¡Lo hice por ti! ¡Mientras tú andas detrás de ese estúpido de Benjamín y arriesgándolo todo por él, cuando él ya ni siquiera te quiere… no te das cuenta de que yo sí! ¡Benjamín solo te mete en problemas! ¡Tú deberías estar enamorado de mí!

Pero qué clase de estupideces me estaba tocando escuchar…

Me agaché de inmediato, la agarré con fuerza por el pelo y le tiré de la cabeza hacia atrás con violencia, obligándola a mirarme de frente mientras ella soltaba un chillido agudo de dolor.

—Vuelves a nombrar a mi moreno con esa boca asquerosa y te juro por la vida de mi hijo que no vuelves a hablar en tu miserable existencia— le siseé a milímetros de su rostro, sintiendo cómo el temblor de su cuerpo aumentaba desenfrenadamente —No me importa si eres mujer, Catalina. No me importa si te mueres desangrada en este cuarto de aseo. A mí nadie me desobedece, y mucho menos una muerta de hambre que vive de mi maldita caridad.

Se lo dejé dolorosamente claro.

—Solo una persona en este mundo se da el lujo de desafiarme. Solo a una persona se lo permito, y esa persona es mi moreno. Nada más porque sí, da miedo cuando se enfada.— empecé a decir en voz baja, con densidad —Jamás me fijaría en ti, jamás. En mi mundo solo existe él. Es a él a quien amo con el alma, por quien daría mi vida en este preciso instante sin pararme a pensarlo un solo segundo. Él es el dueño de todo lo que soy, el único por quien soy capaz de hacer lo que sea… Nadie podría compararse con él, ni mucho menos tú, que no eres absolutamente nadie. Nadie va a ser como él jamás, ni aunque lo intenten. Él es mi rey, y así va a ser por el resto de mi vida…

—Klaus, por favor… me estás haciendo daño…— suplicó entre sollozos, perdiendo de golpe toda la soberbia al sentir la verdadera amenaza en mi voz.

—Te fuiste a meter donde nadie te llamaba, y ahora vas a pagar el precio— le advertí con frialdad —Incluso tuviste el descaro de hacer llorar a mi hijo en su propio cumpleaños; ya mi hijo, Thomas, me lo contó todo. Incluso lo insultaste a él.— apreté aún más el agarre en su cuero cabelludo —Por ahora no te puedo matar porque algo me lo impide… algo que tú, maldita perra, me hiciste. ¿O acaso crees que no sé perfectamente que me hiciste brujería?

Catalina abrió los ojos de par en par, desencajada por el pánico.

—N-no… yo…

—Ni se te ocurra intentar negarlo— la frené en seco con una sonrisa gélida e intimidante dibujada en los labios —Por tu maldita culpa ahora mi moreno me odia, pero… ¿sabes qué? Me importa una mierda, porque aunque él intente alejarse, va a terminar estando conmigo.

Catalina sollozó, incapaz de formular una sola palabra.

—Sé muy bien que no pasó nada entre tú y yo aquella noche. ¿Qué fue lo que me hiciste, eh? ¿Con qué me drogaste?— ella se quedó en silencio, temblando, así que le propiné otro tirón salvaje del pelo —¡Dime!— siseé en su oído.

—Eres un idiota…— gimoteó intentando soltarse —¿Qué tiene Benjamín que no tenga yo?

—¿Y todavía tienes el descaro de preguntarlo, estúpida?— solté con una burla despectiva —Definitivamente estás bien gilipollas… ¿Acaso no has visto bien a mi nene? Es una absoluta delicia. Su cara, su cuerpo… me vuelve completamente loco— me relamí los labios imaginándome su trasero, mierda —Todo de él me fascina, hasta cuando se cabrea y le dan ganas de matarme. No te vuelvas a comparar con él en tu puta vida, solo consigues humillarte tú sola…

Ella soltó un jadeo ahogado, con el rostro desfigurado en una mueca de dolor.

—Pero yo… yo te amo a ti.

—¿Y? ¿A mí qué carajos me importa?

—¿Cómo… cómo puedes ser tan cruel?

—Verás… nací siendo este monstruo, ¿qué le voy a hacer?— me burlé en su cara —En cuanto consiga romper y deshacerme de la mierda de amarre que me pusiste… te voy a matar, Catalina. ¿Te queda claro? Pero antes de enterrarte te voy a hacer pasar por un infierno enorme, porque tuviste el atrevimiento de meterte en medio de mi relación. No tienes ni la menor idea de lo sagrado que es mi moreno para mí…

La empujé de nuevo contra el suelo con desprecio y me puse de pie. Levanté la pequeña mesa de madera que estaba en la esquina y la arrojé con violencia contra la pared, haciéndola pedazos para dejarle claro que esto no era un juego. Me quité el cinturón de cuero de un tirón seco y lo doblé sobre mi mano derecha.

—No vas a volver a salir de este cuarto. No vas a volver a dirigirle la palabra a nadie de mi familia.— le ordené tajante, mientras ella se arrastraba de espaldas hacia la esquina del cuarto, llorando a mares y cubriéndose la cabeza con los brazos —Si me entero de que pones un solo pie fuera de esta habitación o de que intentas comunicarte con mis padres otra vez, lo que te hice hoy va a parecer una caricia comparado con lo que te espera.

Le propiné un par de cintarazos certeros y secos en las piernas y el hombro, los suficientes para dejarle marcas violetas que le recordaran diariamente quién mandaba allí, mientras sus gritos de dolor rebotaban en las cuatro paredes del espacio.

Cuando quedó hecha un ovillo en la esquina, sollozando sin control y temblando de terror, me recolocé el cinturón y me pasé una mano por el pelo con total indiferencia.

—Agradece que tengo asuntos extremadamente importantes que atender en este momento— le dije, mirándola desde arriba con asco —Si cuando regrese escucho un solo ruido saliendo de esta habitación, te juro que te saco a patadas de mi apartamento y te tiro a la calle para que los lobitos de Brian te encuentren… y sabes perfectamente a qué me refiero.

Giré sobre mis talones, salí del cuarto de aseo y le pasé la llave por fuera a la puerta, dejando encerrada a Catalina en la oscuridad con sus propios llantos.

Quería lavarme las manos, y pensaba en eso mientras caminaba a paso lento hacia el ascensor. La basura estaba bien encerrada en su lugar. Ahora sí era momento de ir a ver a mi hijo precioso… y a mi hijo mayor, que también estaba en casa de mis padres porque mi madre vivía pidiéndole que la visitara.

Lo que jamás esperé fue encontrarme a mi moreno parado allí mismo, esperándome junto a la puerta del ascensor.

—Hola, cosita…— comencé a articular con una sonrisa ladeada.

—Tienes que ayudarme— me soltó de golpe, sin dejarme siquiera terminar de formular la frase.

Su expresión me dio mala espina al instante. No mostraba preocupación ni terror, pero sí frialdad y algo extraño. No sabría explicarlo del todo; tal vez el estrés brutal de las últimas horas lo tenía así. Pobrecito de mi nene.

—¿Qué pasa?— le pregunté, observando cómo se relamía los labios secos. ¿Estaba pálido o solo era una ilusión por la luz del salón? —¿Te encuentras bien?

—Crawford, el subdirector de la DEA, acaba de echarme de la DEA… Bueno, no. Yo renuncié— comenzó a contarme. He de admitir que me dejó completamente perplejo; alcé una ceja, bastante confundido —Él pretendía que yo aprovechara que mi hijo estaba en manos de esos imbéciles para montar un operativo y atraparlos. Usar a mi bebé de cebo, para resumirte la mierda que me propuso. Me dijo que por mi insubordinación me daba de baja, pero yo le tiré la placa a la cara y renuncié. Así que en unas horas van a tramitar mi traslado a Estados Unidos para que siga pagando mi condena…

—¿Quieres que lo mate?— le pregunté sin pestañear, mientras mi mente ya repasaba mil formas distintas de hacerlo desaparecer.

—No. Lo voy a matar yo— soltó con tranquilidad, haciendo que lo mirara sin poder creer lo que acababa de salir de su preciosa boquita. —¿Por qué me miras así?

—¿Cómo que lo vas a matar tú?

—Eso que oyes— musitó, dando un paso más cerca de mí —Alex no está; se fue a Washington esta madrugada para tratar los asuntos del operativo que se hará en la selva colombiana. Así que él no puede intervenir. Crawford no se lo va a comunicar, no le dirá que me dio de baja ni nada hasta que Alex regrese y se entere por sí solo… Yo podría llamarlo y contárselo, pero odio con el alma a Crawford…

—Está bien, pero entonces déjame que yo me encargue de ese infeliz. ¿Para qué carajos te vas a ensuciar las manos tú?

—No me voy a ensuciar las manos— comentó. Hablaba tan tranquilo que empezaba a resultar espeluznante. Pero, a la vez, no puedo negar que me excitaba de una manera… —Quiero que me consigas un veneno, algo lo bastante letal como para que sufra mientras se muere. Se lo daré de beber y veré cómo agoniza mientras escucho mi canción favorita…

—Vale… eso es muy psicópata por tu parte, nene.

—No me importa. ¿Me vas a ayudar o no?— preguntó de forma abrupta, cruzándose de brazos y clavándome sus bonitos ojos.

—Sabes perfectamente que yo jamás te diría que no a nada, a diferencia del estúpido de Alex— Bill puso los ojos en blanco con fastidio ante mi comentario —¿Y cómo carajos harás para darle de beber el veneno sin que te descubran?

—Iré hasta el hotel donde se está quedando y me haré pasar por una de las tantas putitas con las que se acuesta. Al viejo asqueroso le encanta meterse con menores, y yo aparento ser uno— musitó, esbozando una sonrisa leve y macabra —Usaré una máscara para cubrirme el rostro. Le daré el veneno, lo veré morir asfixiado, disfrutaré cada segundo… y solo después de eso hablaré con Alex.

—Alex, Alex, Alex…— refunfuñé entre dientes. Cómo odiaba escuchar ese nombre salir de su boca. Me di la vuelta y caminé a pasos pesados hacia mi mueble bar —Imbécil… Algún día lo voy a matar.

Y Bill ni siquiera va a sospechar que fui yo, porque parecerá un simple y trágico accidente; un camión descontrolado le va a pasar por encima y le va a aplastar la cabeza contra el pavimento. Conducido por mí, obviamente.

Ja, sonreí al imaginármelo.

—¿Qué dices?— preguntó Billie a mis espaldas al no alcanzar a oír mi murmullo.

—Nada, solo digo que lo odio— dije en voz alta, sirviéndome dos dedos de licor —Porque él sí te tiene cerca, le tengo una envidia que me carcome por dentro. Yo nunca le había tenido envidia a nadie en mi puta vida, pero a él sí. Él te puede follar cuantas veces quiera y yo no, porque no me dejas, porque me odias y quieres castigarme negándome la dosis diaria de ti que necesito para no volverme loco…— musité, dándome la vuelta para señalar la tensión evidente en mi entrepierna. —Para que este no se muera…

Bill apretó los labios. Podría jurar sobre la tumba de cualquiera que se estaba aguantando unas ganas tremendas de reírse.

—¿Por qué le pegaste a Catalina?— inquirió de la nada.

—¿Desde cuándo estabas ahí parado escuchando?— le respondí con otra pregunta, entrecerrando los ojos.

Bill chasqueó la lengua.

—Desde que entraste en ese cuarto— musitó con indiferencia —Yo dije: «Ah, mira… Seguro que va a follarse a esa perra». Pero no…

—¿Por qué no me llamaste?

—Porque iba a esperarme fuera para que, cuando terminaras, me negaras en la cara otra vez que no te la estabas follando y todo ese circo— fue la respuesta desdeñosa y despreocupada que me soltó —Pero qué sorpresita me llevé…

—Me estoy poniendo nervioso y eso no es normal en mí— me serví otro trago largo de whisky y me lo bebí de un trago —No sé por qué me hablas con ese tono tan suave, me das miedo. Y no estoy bromeando.

—Eso es bueno— comentó él, dando un paso lento en mi dirección —Entonces… Catalina te hizo un amarre…

Tragué saliva en seco. De pronto sentí una presión extraña en el pecho. No era como las punzadas o mareos que solía tener por la brujería, pero sí me sentía extrañamente agotado, débil. Los dolores de cabeza intensos solían cesar por momentos y este era uno de esos lapsos, aunque sabía que no tardarían en regresar. El caso era que esta presión no la provocaba el maldito amarre de esa infeliz… Esta presión me la provocaba Billie con esa mirada suya. Ponía nervioso a cualquiera. Hasta a mí, aunque jamás me permitiese demostrárselo.

Yo tenía que mantener mi papel del tipo pervertido, peligroso y goloso; no el de un imbécil que se pone a temblar solo porque el amor de su vida lo mira fijamente. No era un niño de colegio.

¿Nerd del narcotráfico? Humm…

«Klaus…» escuché aquella puta voz resonar en mi cabeza.

Ahora no, maldita perra. Ahora no.

—¿Qué más escuchaste?— pregunté, llevándome el vaso de nuevo a los labios para pasarme el whisky a tragos rápidos, sin sentirlo, como si estuviera tomando simple agua.

—Escuché todo, Tom— dijo él, manteniéndose erguido mientras observaba el vaso en mi mano —Y no deberías estar bebiendo; deberías estar haciendo las llamadas para que me consigan ese veneno. ¿Crees que tengo todo el tiempo del mundo? Pues no, me queda una hora y media…

—Georg lo consigue en un abrir y cerrar de ojos— le respondí, restándole importancia con un ademán —No te preocupes. De todos modos, tu querido y heroico Alexander va a mover cielo y tierra para evitar que te extraditen a Estados Unidos.

—¿Estás celoso?

—Sí. ¿Tienes algún problema con eso?

—Tampoco me hables con ese tonito, ¿vale?— me riñó, clavándome una mirada mala que, lejos de imponerme, me fascinó —Fui a ver a Tyler hace un rato. Está súper bien, parece como si ayer ni siquiera lo hubieran secuestrado. Mi niño…— suspiró, y por un microsegundo su rostro se suavizó —En cambio, el estúpido de Crawford ya está pidiendo a gritos un ataúd. Benjamín se lo aguantó durante ocho años… pero yo no pienso aguantarle una mierda a nadie.

—Sí, eso me queda más que claro— sonreí ligeramente —¿Quieres un trago de whisky?

—No puedo beber.

—¿Y eso por qué?— me burlé —Si es por el poco aguante que tienes para el alcohol, ni te preocupes. Este no pega tan fuerte…

—Tú dices eso nada más porque llevas casi toda tu puta vida bebiendo y ya ni notas el efecto— me soltó sin anestesia, y admito que me tocó el orgullo —Pero eso no importa ahora. Mejor dime por qué dijiste esa estupidez de que Catalina te hizo un amarre…

—Porque es la verdad, Billie.

—No seas tonto, Tom. Si de verdad te hubiera hecho un amarre, estarías completamente coladito por ella en este momento, ¿no?— argumentó con sarcasmo.

—Los amarres de magia negra no funcionan como en las películas o en las series de televisión, ¿sabes? Según lo que estuve investigando… depende mucho de cómo sea la dinámica previa con esa persona. Y mi relación con Catalina jamás ha sido amorosa; nunca me gustó, nunca le tuve ganas y la detesto con el alma…

—Bueno, tampoco es que me importe demasiado.

—Ya…

Dejé el vaso de cristal sobre la barra de madera, saqué mi móvil del bolsillo del pantalón y busqué el chat con Georg para escribirle un mensaje directo. Conocía un compuesto específico, indetectable y jodidamente voraz; con tres gotas bastaría para detenerle el corazón a ese viejo miserable.

—En unos quince minutos Georg estará aquí con el frasco— comenté mientras guardaba el móvil de nuevo —¿Hay algo más que quieras, nene? Lo que sea, solo pídemelo. O quizás… yo pueda pedir algo a cambio por conseguirte el favor del veneno y todo eso— vacilé, dibujando una sonrisa ladina.

—¿Qué querrías tú?— inquirió mi nene, alzando una ceja con desconfianza.

—Aparearme contigo…

—Ay, Tom, qué imbécil eres— reprochó poniendo los ojos en blanco mientras yo me reía.

Aún me dolía el alma de acordarme de cómo me había dejado a medias la última noche que lo tuve aquí encerrado. Bueno, a mí no… a Klaus. Fue extraño, realmente extraño.

—No te voy a dar ese lujo— sentenció, cruzándose de brazos.

—¿Por qué no, Billie?— pregunté, acortando la distancia entre los dos a pasos lentos y calculados.

Bill no se movió; permaneció allí, firme, observándome.

—Tú estás peleado conmigo, no con mi pene. Ya te echa de menos… Ya no suelta lágrimas de pene enamorado porque no tiene dónde echarlas para que haya fruto…

Mi moreno negaba con la cabeza, mirándome como si estuviera completamente demente. Y sí, estaba jodidamente loco por él. Estaba a punto de dar el último paso para eliminar por completo el espacio entre nuestros cuerpos cuando, de repente, me llevé una mano a la sien y solté un gruñido ahogado al sentir una punzada brutal perforándome el cráneo.

Maldición, ahora no… ¿Por qué carajos ahora?

—¡Ahg, mierda…!— gimoteé entre dientes, apretando los ojos —Vas a desear profundamente haberte echado un último polvo conmigo cuando me muera…

—No te preocupes. Si te mueres, haré exactamente lo mismo que tú hiciste en mi ausencia para quedar en paz— soltó él con frialdad.

—Eso sí que no, Bill. Sobre mi tumba— protesté de inmediato —Voy a hacer lo mismo que en el videoclip de mi canción favorita, voy a espantar a cada hombre con el que intentes meterte. Los voy a aterrorizar, me les voy a aparecer por la noche y créeme… no les van a quedar ganas ni de volver a pensar en ti.

—¿O sea que ni siquiera estando muerto me vas a dejar en paz? Lo que me faltaba…

—Es que te amo…

—Claro que sí— suspiró él, cargado de ironía —Y muchísimo.

Cómo me reventaba las pelotas cuando me hablaba con ese sarcasmo.

—Bebé, estás demasiado amargado hoy. ¿No quieres que yo te contente un poquito?— le sugerí en voz baja —Como Alex no está, úsame a mí.

—Yo no he venido hasta aquí para acostarme contigo. He venido por un veneno y me iré en cuanto lo tenga en mis manos.

—Oh, vamos…

Lo atrapé por la cintura de un solo tirón antes de que pudiera anticiparlo. Billie soltó un jadeo entrecortado por la sorpresa cuando nuestros pechos chocaron con violencia. Sus ojos color miel se clavaron en los míos y sus labios quedaron levemente entreabiertos mientras soltaba un aire caliente sobre mi rostro. Sus manos subieron a mis antebrazos, empujando suavemente para alejarse, pero sin aplicar una fuerza real.

—Odio cuando te resistes tanto y no te dejas ser…— murmuré cerca de su boca.

—¿Dejarme ser? ¿Te refieres a dejarme follar para que luego me trates como a una mierda, eh?— reprochó, frunciendo el ceño con rabia.

—Te juro por Dios que ese no fui yo— susurré desesperado —¿Por qué carajos no me crees?

—¡¿Se te olvida acaso que me has mentido mil veces?! ¡Desde el primer día que nos conocimos! Siempre me has mentido, Tom. Siempre. Y teniendo en cuenta que me fuiste infiel cuando me juraste amor eterno y me pintaste un mundo perfecto… cuando me prometiste que jamás te meterías con ese moscorrofio… de todas formas me fallaste.

—¡Que no pasó nada entre nosotros, te lo juro!

—Sí, sí pasó.

—¿Y tú cómo carajos sabes? ¿Acaso estabas ahí mirando?

—Pedazo de idiota…

—Mi vida, acepta de una buena vez que te mueres por estar conmigo todavía— le dije, acorralándolo con mi cuerpo —Eso que dijiste de que ya no me amabas es una absoluta mentira. Tú jamás vas a dejar de amarme. Me lo dijiste una vez, ¿recuerdas? Dijiste que nada en esta vida haría que ese amor cambiara— él intentaba contener un puchero que amenazaba con hacer tambalear su dureza; últimamente Billie estaba extremadamente sensible, lo había notado en los pocos días que lo había tenido cerca —Me necesitas tanto como yo a ti. Porque puede que me estés matando al castigarme con tu ausencia, pero tú también te estás muriendo por dentro…

—Tienes una labia que te cagas…

—Te estoy hablando en serio, Bill…— acerqué mi rostro hasta rozar la punta de mi nariz con la suya. Bill soltó un suspiro tembloroso; yo sabía perfectamente que esta cercanía lo desarmaba —Muy en serio, nene… ¿Acaso no entiendes que no importa qué tan lejos intentemos estar, hay un hilo rojo de por medio que nos une?

—Dime dónde está ese maldito hilo, para cortarlo de una vez— gruñó, con la respiración agitada —Para… para acabar con esta tortura. Yo no te necesito en mi vida, Tom. Que tú seas dependiente de mí es muy diferente. Yo sin ti sí puedo vivir…

—Pero no quieres…

—Ay, ya cállate— jadeó cansado, cerrando los ojos un segundo —Eres tan estúpido que me da un coraje tremendo.

—¿O te excita?— indagué con un tono juguetón, pegando mi cadera a la suya —Quizás te estés muriendo por volver a montarme, así como yo me muero por sentir tus piernas rodeándome los hombros. Dios, eso me fascina…

El aire entre los dos se volvió denso, sofocante, lleno de una electricidad tan pura que hasta el roce de nuestras respiraciones quemaba. Billie tenía los ojos entreabiertos, oscuros, fijos en mis labios con rabia y también con un deseo destructivo que ya no podía contener.

—No voy a ceder, Tom…— musitó, pero su voz traicionera tembló en un hilo de voz, apenas un soplo contra mi boca. Sus dedos, lejos de empujarme, se aferraron con fuerza al cuero de mi chaqueta.

—Di lo que quieras, nene— susurré, bajando la mano con lentitud desde su cintura hasta la curva de su cadera, apretándolo contra mi entrepierna para que sintiera lo jodidamente duro que me tenía —Pero tu cuerpecito sabe perfectamente a quién le pertenece.

Bill soltó un jadeo ahogado, echando la cabeza ligeramente hacia atrás cuando inclinó el rostro para buscar aire. Ese simple movimiento dejó al descubierto la línea de su cuello, tan pálida, tan incitante, que fue una provocación directa a mi autocontrol.

No esperé. Me abalancé sobre su piel con un beso hambriento justo en el pulso de su garganta, succionando con fuerza mientras mi mano libre subía de golpe a su nuca, enredando mis dedos en su cabello para mantenerlo firme contra mí.

—Mierda… Tom, no…— gimió con impotencia, intentando ladear la cabeza, pero el sonido que salió de su boca fue un gemido ahogado que delató su rendición.

—Dime que me odias mucho— murmuré contra su piel, subiendo a mordisquear el lóbulo de su oreja antes de buscar descaradamente sus labios —Mírame a los ojos y dime que no quieres que te arranque la ropa ahora mismo…

Bill abrió los ojos, empañados por una bruma de lujuria. Intentó fruncir el ceño, intentó mantener esa coraza de indiferencia que venía construyendo, pero su resistencia se hizo pedazos. Con un insulto ahogado entre dientes, soltó los antebrazos de mi chaqueta y agarró mi rostro con ambas manos, tirando de mí hacia abajo para estrellar sus labios contra los míos en un beso desesperado, violento y brutal.

El choque de nuestras bocas fue un estallido, vaya delicia. Ya no había frenos ni discusiones. Bill ahogó sus propios jadeos en mi boca mientras me devolvía el beso con el mismo hambre que me estaba consumiendo a mí, devorándome, mordiendo mi labio inferior hasta sacarme un gruñido de pura satisfacción.

—Eres un maldito infeliz…— jadeó entre besos, sin romper el contacto, pasando sus brazos por encima de mis hombros para acoplar por completo su cuerpo al mío, arqueando la espalda para buscar más presión.

—Y tú eres mío, carajo— sentencié con la voz áspera por la excitación.

De un solo movimiento lo alcé por los muslos, con los dedos hundidos en la carne, obligándolo a enredar sus piernas largas y temblorosas alrededor de mi cintura. Bill soltó un grito agudo de sorpresa que se quebró en un gemido ahogado contra mi cuello cuando lo dejé caer sobre la barra del mueble bar. Las copas de cristal volaron, estallaron en el suelo haciendo lluvia de fragmentos brillantes, pero ninguno de los dos levantó la mirada. El sonido apenas existía comparado con el calor que nos consumía.

Billie tenía los dedos enredados con violencia en mi cabello, tirando hacia atrás hasta que el cuero cabelludo ardía, mientras sus caderas se movían con desesperación, buscando el roce duro de mi polla contra su propia entrepierna. Jadeaba desbocado, con la respiración caliente y irregular contra mi piel, tenía las mejillas encendidas, los labios hinchados y brillantes de saliva, rojos por la fuerza con la que los había devorado.

Chupaba su boca con hambre, mordiendo el labio inferior hasta que soltó un quejido agudo, saboreando cada temblor suyo. Amaba comerle la boca, devorarlo, y esa necesidad nunca se apagaría. Quería arrancarle la ropa a tiras, voltearlo sobre la barra, ponerlo en cuatro con el pecho aplastado contra la madera fría, su trasero a la altura de mi cara y meterle mi pene hasta el fondo de un solo empujón.

Hacérselo duro, profunda, hasta que cada embestida le sacara gritos rotos y le recordara de quién era. Hasta que no pudiera pensar en otra cosa que en mí.

No esperé. Sin separar nuestros labios, le arranqué la chaqueta gris de un tirón, dejándola caer al suelo entre los cristales rotos. Mis manos bajaron inmediatamente a su cintura, abriendo el cinturón con dedos torpes de urgencia, desabrochando el pantalón y metiendo la mano dentro. Encontré su polla ya dura, caliente, latiendo contra mi palma. Lo apreté y lo acaricié de la base a la punta, sintiendo cómo se estremecía entero y empujaba las caderas hacia mi mano con un gemido ahogado que me envió una descarga directa a la entrepierna.

Las manos de Bill seguían aferradas a mi cabello, tirando con más fuerza, como si temiera que me alejara un solo centímetro de su boca. Me chupaba la lengua, me mordía el labio, me devolvía cada caricia con la misma desesperación.

Quería más. Quería oírlo pedir. Quería verlo destruido de placer.

Le bajé los pantalones y la ropa interior de un solo movimiento, dejándolos enredados en sus tobillos. Lo giré de golpe, obligándolo a inclinarse sobre la barra, con el pecho contra la madera y el culo expuesto, con su cuerpecito temblando. Pasé la mano por su espalda, bajando despacio hasta apretar un glúteo y separarlo, dejando al descubierto su agujero rosado y apretado.

Escupí sobre él, sentí cómo se contraía al contacto frío de la saliva, y luego metí dos dedos de golpe, abriéndolo sin piedad.

Bill gritó, soltando un sonido roto y precioso, y empujó hacia atrás, buscando más.

—Ay, mírate…— susurré contra su oído, moviendo los dedos con profundidad, abriéndolo, preparándolo —Tan putamente necesitado. Como me gustas…

Le quité los dedos, me desabroché el pantalón y me saqué mi miembro duro y pesado. Lo froté entre sus nalgas, untándolo con la saliva y el calor de su piel. Alineé la punta contra su entrada y empujé. Lento al principio, sintiendo cómo el anillo de músculo se resistía y luego cedía, tragándome poco a poco hasta que estuve completamente dentro, con los huevos apretados contra su trasero.

Bill se arqueó con un gemido largo, con los dedos agarrados al borde de la barra y las piernas temblando.

No le di tiempo a acostumbrarse. Empecé a moverme dentro de él, muy fuerte y profundo. Cada embestida hacía que la barra crujiera y que él soltara sonidos rotos, medio gemidos, medio ruegos.

—Más… por favor…— jadeó con la voz destrozada —Mhmm sí, mierda…— hiperventilaba, apretando sus labios y suspirando gustoso. —Más… más duro…

Y se lo di. Lo cogí sin piedad, con mis manos clavadas en sus caderas, marcándolo, reclamándolo, hasta que el único sonido que llenaba todo el salón entero eran el choque húmedo de nuestras pieles y los gritos de Bill pidiendo más.

De un solo movimiento lo giré de nuevo, arrancándolo de esa posición en cuatro. Sus piernas largas y temblorosas se enredaron instintivamente alrededor de mi cintura cuando lo levanté, y empujé su espalda baja contra el borde frío y duro de la barra. El contraste entre la madera helada y el calor de su piel le sacó un escalofrío que sentí yo también. Lo tenía exactamente como quería…

De frente, abierto, con las nalgas apoyadas en el borde y mi polla todavía enterrada hasta la base dentro de él.

Billie soltó un gemido ronco, casi un sollozo, cuando la nueva posición me permitió hundirme todavía más profundo. Sus ojos se abrieron desorbitados, vidriosos, con la boca entreabierta en una «o» perfecta, sus labios hinchados y brillantes de saliva. Las mejillas le ardían de un rojo intenso, tenía el ceño fruncido en ese gesto de placer-dolor que me volvía loco. Cada vez que empujaba, su expresión se deshacía un poco más.

Los párpados temblaban, las cejas se arqueaban, y esa mirada perdida, completamente entregada, me decía que no quedaba nada de coherencia en su cabeza.

—Mírame, Bill, carajo— ordené entre dientes, agarrándolo de la nuca para que no pudiera esconder la cara —Quiero verte.

Empecé a follarlo de verdad. Profundo, rítmico, y muy salvaje. Cada embestida hacía que su espalda baja se estrellara contra el borde de la barra y que su polla dura y goteante se frotara entre nuestros vientres. El sonido era obsceno, piel contra piel, húmedo, rítmico, acompañado de los gemidos rotos que se le escapaban cada vez que le daba hasta el fondo.

Humm…

Billie tenía la boca abierta, jadeando como si no pudiera llenar los pulmones. Los ojos se le iban hacia atrás en cada embestida especialmente fuerte, y un hilo de saliva le resbalaba por la comisura de los labios. Se veía destrozado. Hermoso. Completamente mío.

Sus dedos se clavaban en mis hombros con tanta fuerza que sabía que me iba a dejar marcas, y sus muslos temblaban alrededor de mi cintura, apretándome, intentando meterme todavía más adentro.

—Ah… ah, mierda… Tom…— jadeó con la voz completamente temblorosa y aireada —Así… así, no pares… me voy a…

No le di tiempo a terminar. Aceleré el ritmo, follándolo con todo el peso del cuerpo, usando la barra como apoyo para empujarlo más fuerte. Su expresión se quebró por completo. Los ojos se le llenaron de lágrimas de placer, dejando su boca abierta en un grito silencioso y el ceño fruncido como si le doliera lo bien que se sentía. Cada embestida le sacaba un sonido diferente, gemidos agudos, sollozos, palabras rotas que ya no tenían sentido.

Sentí cómo se apretaba alrededor de mi polla, cómo empezaba a contraerse de forma irregular. Su polla latía entre nosotros, empapada de pre-semen, y sujeta solo por la fricción de nuestros cuerpos.

—Córrete— le gruñí contra la boca —Quiero sentir cómo te corres con mi polla dentro.

Billie gimió alto, muy alto, y su cuerpo se arqueó contra el mío, las piernas se le tensaron alrededor de mi cintura con una fuerza casi dolorosa, y se corrió entre nosotros. Espesas tiras calientes le salpicaron el estómago y el pecho, algunas llegándole hasta la clavícula. Su agujero se cerró alrededor de mí en espasmos rítmicos, apretándome, ordeñándome, y esa presión fue demasiado para un mortal como yo.

Empujé una última vez, lo más profundo que pude, y me corrí dentro de él soltando un gruñido gutural. Las embestidas se volvieron cortas y descontroladas mientras vaciaba todo dentro de su cuerpo, sintiendo cómo se estremecía con cada pulsación. Lo sostuve fuerte, con la frente pegada a la suya, respirando el mismo aire caliente y desordenado, mientras los últimos temblores nos sacudían a los dos.

Billie seguía mirándome con esa expresión destruida, los labios entreabiertos, los ojos vidriosos y las mejillas húmedas. Todavía se contraía a mi alrededor, suave, como si no quisiera soltarme.

—Mhmm…— gimoteó ido —Siento que me voy a desmayar…

—Ay, ¿tan bien te lo hice?

—No seas estúpido.— echo su cuerpo hacia adelante, pegándose a mi. Realmente parecía ido. —Tom, yo… yo me siento… mal.

—Ven.— antes de guiarlo al sofá arreglé nuestras ropas y lo limpié de paso, lo senté y luego me acomodé a su lado en el sofá. —¿Puedo saber a qué se deben esos mareos?

—No.— masculló.

«Klaus…» maldición, de nuevo.

—Nene…— yo iba a decirle algo, pero Bill se removió y se sentó sobre mis piernas. Tomó mi rostro y volvió a besarme. Mis labios se cerraron sobre los suyos con una hambre distinta, más calmada pero igual de intensa. Chupé su labio inferior, todavía hinchado, saboreandolos. Billie soltó un suspiro tembloroso dentro de mi boca y me respondió al instante, abriéndose, dejándome entrar. Nuestras lenguas se rozaron con pereza, húmedas, calientes.

Él se aferró más fuerte a mis hombros, como si el beso fuera lo único que lo mantenía en pie.

Lo besé despacio, profundo, sin ninguna prisa. Cada vez que movía apenas la cadera, Billie gemía contra mi boca por la fricción, a pesar de lo excitados que ya estábamos. El beso se volvió más sucio, más desesperado. Mordí su labio con saña, lo chupé y volví a besarlo hasta que a los dos nos faltó el aire y el pulso se nos desbocó.

—Ah, bueno… Yo solo dejo esto por aquí y me voy— soltó la voz de Georg de la nada.

El susto fue tan seco que mi moreno, presa del pánico por verse atrapado, dio un brinco torpe hacia atrás, perdió el equilibrio con el mueble y terminó estampándose contra el suelo.

—¡Ahg, mierda!— soltó entrecortadamente, llevándose las manos a la cadera. Fui rápido a su rescate, agarrándolo de los brazos para ayudarlo a levantarse mientras él refunfuñaba entre puro dolor y vergüenza. —Joder… Joder, mierda— murmuró entre dientes, con las mejillas encendidas.

—¿Dónde dejo el veneno?— preguntó Georg con la tranquilidad más descarada del mundo, sosteniendo el frasco en la mano.

Bill me empujó con fuerza en el pecho, evitando que lo ayudara a sentarse en el sofá, y se alejó de mí con pasos pesados. No sin antes clavarme una mirada fulminante. Le arrebató el frasco de veneno de las manos a Georg de un tirón seco y caminó a paso firme directamente hacia el ascensor para largarse de allí.

Guau… Qué rápido cambió de humor.

—Se ha enfadado— murmuró el castaño, viéndolo cruzar las puertas del ascensor.

Yo lo miré con ganas de matarlo.

—¿Ya ves lo que provocas, Georg?— refunfuñé de mala gana, ajustándome la ropa. —¿Qué coño te costaba entrar, dejar el frasco en la isla de la cocina y largarte sin hacer el más mínimo ruido?

—Perdón, es solo que me he quedado alucinado— se justificó, alzando las manos, y de pronto frunció el ceño con pesadez. —Otra apuesta perdida… Voy a tener que pagarle a Andreas.

—Vosotros dos y vuestras putas apuestas— gruñí, caminando a su alrededor. —¿Ahora por qué coño habíais apostado?

—Andreas juraba que vosotros dos follabais a escondidas desde hacía semanas, pero yo juraba que no porque Bill te demostraba demasiado odio— me comentó con total soltura. Yo puse los ojos en blanco, exasperado. —Pero ya ha ganado el Andreano, qué putada.

—Pues ya ves, no hagas más putas apuestas y no me sigas jodiendo momentos así con Bill. ¿Acaso tienes la menor idea de lo que me cuesta conseguir tenerlo así de entregado?

—Me hago una ligera idea…— susurró, y luego bajó el tono de voz con curiosidad. —¿Para qué coño era ese veneno que se acaba de llevar?

—Va a matar a alguien.

Georg se echó a reír de golpe, soltando una carcajada limpia. —Qué buen chiste— decía, bastante divertido. Pero al ver mi expresión completamente seria, sin el más mínimo atisbo de broma en los ojos, su carcajada se apagó de golpe. La cara se le transformó por completo, desencajándose en una mueca de pura confusión y desconcierto. —No… No era una broma— soltó casi asustado, dando un paso atrás. —¿Qué coño? ¿Nuestro ángel caído, Billie, va a matar a alguien? No jodas… Tengo que contárselo a Bach ahora mismo…

Solté un largo suspiro y negué con la cabeza, viendo cómo se daba la vuelta para ir a esparcir el cotilleo de inmediato.

Estaba encabronado. Quizás podría haberme follado a mi nene por segunda vez allí mismo, en el sofá, pero tenía que ser Georg quien lo arruinara todo con sus llegadas inoportunas. En fin… Iba a hacer lo que quería hacer desde el principio, y eso era ir a ver a mi hijo pequeño y al mayor.

Así que, después de unos minutos en los que aproveché para darme una ducha rápida de agua fría y echarme un buen trago de whisky para espabilarme, salí finalmente de mi apartamento.

Continúa…

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por unicornlitz

Escritora del Fandom

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