Fic de unicornlitz. Temporada III

Capítulo 31

BILL

Maldito Georg y su pelo de mierda.

Ush, no se suponía que nadie tenía que vernos. Agradecía, dentro de todo el cabreo, que el estúpido de Georg hubiera aparecido al final y no cuando Tom me tenía completamente acorralado contra la barra, porque fui incapaz de controlarme. El embarazo me volvía infinitamente más sensible; maldita sea la hora, hacía que cualquier roce masculino me encendiera la sangre y me dejara al borde del colapso. Por suerte no me pasaba con cualquiera, pero qué desgracia tan grande que tuviera que ser precisamente con Tom. Con él, justo con él.

Pero ya qué más daba. El daño estaba hecho y el calentón se me había cortado de golpe con la caída.

En ese momento tenía problemas mucho más importantes de los que ocuparme. Ya me había encargado personalmente de neutralizar el único fallo de mi plan, la chica que Crawford había contratado para esa noche. Me la encontré antes de que pisara el edificio, le pagué el doble de lo que ese viejo miserable pensaba darle por sus servicios y la mujer aceptó sin pensárselo dos veces, dándose la vuelta sin hacer preguntas.

Ahora era yo quien ocupaba su lugar. Llevaba una gabardina elegante que me cubría el cuerpo para protegerme del frío de la noche, y en el bolsillo lateral notaba el ligero peso del frasquito de veneno que Georg me había entregado, o bueno, que le había arrebatado. Me presenté en la recepción del hotel con el tono más dócil que pude fingir, anunciándome simplemente como «la invitada especial» del señor Crawford. La recepcionista ni siquiera dudó, me dio la bienvenida con una sonrisa complaciente y me entregó la tarjeta de acceso a la suite ejecutiva donde se alojaba aquel viejo verde.

En cuanto a mi voz… no me preocupaba lo más mínimo; podía forzarla sutilmente para que sonara más aguda y suave, lo suficiente para que no me reconociera bajo ninguna circunstancia.

Una vez dentro del ascensor, mientras los números de las plantas subían en la pantalla digital, metí la mano en el bolso y saqué la máscara. Era un diseño delicado pero inquietante, combinando a la perfección con el conjunto de lencería de conejito rosa que llevaba escondido debajo de la gabardina. Me coloqué la máscara sobre el rostro, ajustando las cintas detrás de la cabeza, mientras veía mi reflejo en el espejo del ascensor.

La cacería estaba a punto de comenzar, y Crawford no tenía ni la menor idea del infierno que le esperaba al cruzar aquella puerta.

Las puertas del ascensor se abrieron con un tintineo en la duodécima planta. El pasillo de la suite presidencial estaba alfombrado en tonos granate, iluminado por luces cálidas y silencioso como un cementerio. Caminé con pasos lentos pero firmes, sintiendo el roce de la tela de la gabardina contra mis piernas y el frío del pequeño frasco de cristal presionando contra mi muslo desde el bolsillo.

Me detuve frente a la habitación 1204. Ajusté la máscara de conejito rosa sobre mi rostro, asegurándome de que cubriera perfectamente la mitad superior de mi cara, dejando al descubierto únicamente mis labios pintados y la línea afilada de mi mandíbula. Me había tapado el lunar con un poquito de base. Solté un suspiro corto, acomodé la postura y llamé a la puerta con dos golpes suaves y rítmicos.

Esto sería rápido, no le daría muchas vueltas.

Apenas pasaron unos segundos antes de que se escuchara girar el pestillo. La puerta se abrió de par en par, revelando a Crawford. Vestía una bata de seda negra entreabierta que dejaba ver su pecho canoso y llevaba una copa de cristal medio llena en la mano. Su cara de estricto subdirector de la DEA había desaparecido por completo, reemplazada por aquella sonrisa babosa, repugnante y miserable que ponía cada vez que creía tener el control de la situación.

—Ay, pero qué grata sorpresa— musitó Crawford, recorriéndome con la mirada de arriba abajo sin el menor disimulo, deteniéndose descaradamente en mis piernas. —Debo decir que la agencia de acompañantes se ha superado esta vez. Pasa, preciosa… no te quedes ahí fuera.

—Gracias, señor…— forcé la voz, agudizándola sutilmente, dándole un matiz suave, sumiso y provocador que hizo que el viejo se relamiera los labios de inmediato.

Qué puto asco.

Crucé el umbral de la suite. El lugar era enorme, con muebles de piel, un ventanal gigantesco con vistas a las luces de la ciudad y un mueble bar completamente equipado en la esquina. La puerta se cerró a mi espalda con un chasquido.

—¿Te sirvo algo de beber, lindura?— preguntó Crawford, dándome la espalda mientras caminaba hacia el bar de la habitación para servirse más licor. —Me gusta que mis visitas entren en calor antes de empezar con la diversión.

—Un whisky con hielo estaría perfecto, señor…— dije con tono juguetón, quitándome lentamente la gabardina y dejándola caer con elegancia sobre el respaldo de uno de los sofás de cuero.

Crawford se giró justo a tiempo para verme quedarme únicamente en el conjunto de lencería rosa. Sus ojos casi se le salieron de las órbitas; la codicia y la lascivia descarada de su rostro eran tan patéticas que me provocaron un asco profundo, pero mantuve la sonrisa seductora en los labios.

—Dios santo… eres una maravilla— murmuró el viejo verde, sirviendo dos vasos de cristal grueso y dejando la botella sobre la barra. —Acércate, no seas tímida.

Caminé hacia él contoneando sensualmente las caderas. Me senté a su lado en el sofá y dejé que jugáramos durante unos minutos. Dejé que me tocara la cintura por encima de la tela, que se confiara, que creyera que tenía la noche servida en bandeja de plata. Me reía despacio de sus comentarios ridículos, deslizándome entre sus brazos con la gracia de un gato, manteniéndolo completamente encandilado con la lencería y los movimientos dóciles.

—Eres irresistible, pequeña…— resopló Crawford, respirando pesadamente sobre mi cuello mientras sus manos bajaban por mis caderas.

—Y usted es muy impaciente…— le murmuré al oído, rozando mis labios contra su mejilla. —Vaya a refrescarse al baño un segundo, lávese la cara… y yo le espero aquí en la cama, ¿sí?

Crawford soltó una risita boba, encantado con la propuesta.

—No tardo ni dos minutos, linda conejita… No te vayas a ir a ninguna parte.

—Aquí voy a estar…— sonreí con dulzura.

En cuanto se dio la vuelta y se encerró en el baño, la sonrisa sumisa de mi rostro se borró de golpe. Me puse de pie de un salto, sin hacer el menor ruido. Corrí hacia el sofá que decoraba la estancia del otro lado, saqué el pequeño frasco de veneno del bolsillo de la gabardina y vertí tres gotas exactas en su copa de whisky al regresar al primer salón.

—Mhmm…— me lo pensé un poco y luego vertí todo el líquido del veneno en el vaso, dejando el frasco vacío. —Por si las moscas.

Cerré el frasco, corrí a dejarlo en la gabardina y luego regresé. Agité el vaso apenas un milímetro para que el líquido incoloro e inodoro se mezclara a la perfección.

Aproveché esos segundos para sacar también el pendrive del abrigo, conectarlo al sistema de sonido de la habitación y dejarlo preparado. Dejé la copa cargada sobre la mesa, exactamente donde él la había dejado, y me recosté en el sofá en una pose provocativa, esperando el momento exacto.

La puerta del baño se abrió y Crawford salió secándose las manos con una toalla pequeña, mirándome con aquella misma expresión de cacería.

—Listo, preciosa… ¿En qué nos quedamos?— preguntó, caminando directamente hacia la mesa para agarrar su vaso de whisky de un solo tirón.

—En que debía tomarse su trago de un buche para empezar la fiesta…— le dije en un susurro juguetón.

Crawford sonrió complacido, alzó el vaso hacia mí a modo de brindis y se tragó casi todo el contenido del whisky de un solo trago largo mientras yo sonreía, fascinada.

En cuanto supe que el líquido había pasado por su garganta, me erguí en el sofá. Pulsé el botón del mando a distancia de la música que tenía en la mano. Un segundo después, los acordes iniciales de piano y el ritmo pop inconfundible de «…Baby One More Time», de Britney Spears, comenzaron a resonar por todos los altavoces de la suite.

Me llevé las manos a la nuca, desaté las cintas de la máscara de conejito y me la quité despacio, dejando al descubierto todo mi rostro bajo las luces cálidas de la habitación.

—Sorpresa, Crawford…— musité con mi voz cantarina y maliciosa.

El viejo dio un paso atrás de golpe, casi tropezándose con sus propios pies al verme. La copa vacía se le resbaló de la mano, estrellándose contra la alfombra mientras la cara se le ponía completamente pálida, desencajada por el pánico de verme allí y de que se descubriera su secreto de que le encantaba acostarse con menores.

—¿K-Keller…? ¡¿Benjamin?!— balbuceó, señalándome con un dedo tembloroso. —¡¿Qué coño significa esto?! ¡¿Qué haces aquí?!

—Shh… Tranquilo, subdirector— le dije, poniéndome de pie con parsimonia, caminando despacio a su alrededor mientras la canción sonaba de fondo y yo marcaba suavemente el compás con la cabeza. —Debo confesarte algo… Yo no quería que las cosas terminaran así entre nosotros. De verdad que no.

Me detuve a un metro de él, mirándolo desde arriba con piedad, fingidamente cruel.

—Mi plan original era mucho más divertido, ¿sabe, señor?— continué, cruzándome de brazos. —Quería ver tu cara al ver cómo te quitaba el puesto de subdirector, quería verte perder tu placa, tu prestigio y dejarte en la absoluta mierda, sin nada a tu nombre, por todos los años de humillaciones que recibí de usted y, claro, por los cargos que me metieron para llevarme a la cárcel. Por cosas que no hice.— enfaticé. —Porque sí, recuperé mi memoria…

—Está demente…

—No, no, no.— musité, negando mientras movía el dedo índice de un lado a otro. —El demente es usted. Tristemente, las circunstancias de hoy me obligaron a tomar un atajo. No me dejaste otra opción.

Crawford intentó dar un paso hacia mí para reaccionar, pero, de repente, se llevó ambas manos a la garganta. Un ahogo seco y violento brotó de su pecho. El veneno no daba tregua. El viejo cayó de rodillas sobre la alfombra, intentando meter aire en los pulmones desesperadamente, con los ojos poniéndosele rojos y la piel volviéndose violeta en cuestión de segundos.

—Qué lástima que tengas que morir así, viejo podrido— le susurré, agachándome despacio a su altura sin perder la elegancia. —Pero cometiste un error… y ese error fue subestimarme. Te creíste muy listo aprovechando que Alex no estaba para aplastarme, pero se te olvidó con quién te estás metiendo. Soy un maldito Kaulitz, ¿entiende?

Crawford arañaba la alfombra, soltando espasmos violentos mientras la voz de Britney Spears retumbaba alegremente en las cuatro paredes del lugar. Intentó hablar, intentó formular una súplica o un insulto, pero solo le salía un goteo de saliva y un aire roto por la sofocación.

Qué bonito.

—Y lo mejor de todo… es que nadie sabrá jamás que fui yo quien te mató— añadí con una vocecita fingidamente inocente, casi infantil, inclinando la cabeza hacia un lado mientras movía el dedo índice en círculos juguetonamente frente a su rostro convulso. —Soy muy listo, ¿ya lo ve?— dije cantarinamente.

—M-mal-d-dito…

Fruncí los labios. —No se preocupe, me encargaré de que nadie lo eche de menos… y, en cuanto a su esposa e hijas… me encargaré de que se enteren de la calaña de hombre que es.— musité con una mueca en los labios. —Espero que tenga unos bonitos sueños, señor. Y recuerde, nadie se mete conmigo sin atenerse a las consecuencias…

Crawford soltó un último estertor ahogado, sus pupilas se dilataron por completo y se desplomó de frente contra el suelo, quedando inerte a mis pies mientras la canción llegaba a su coro principal.

Me puse de pie tranquilamente. Recogí la gabardina, me la puse sobre la lencería rosa, guardé la máscara y desconecté el pendrive para guardarlo. Miré el cadáver de Crawford por última vez con desprecio, me recolocé el abrigo y salí de la suite en el más absoluto silencio, dejando atrás el cuerpo del subdirector ya sin vida. Lo encontrarían cuando ya estuviese podrido, seguramente.

Humm.

Me abroché los botones de la gabardina mientras caminaba por el pasillo del hotel, asegurándome de no dejar rastro alguno detrás de mí. El eco de mis tacones sobre la alfombra era el único sonido en aquella planta desierta. En el ascensor, mientras descendía hacia el vestíbulo, saqué mi teléfono personal, marqué el número directo de Alexander y me llevé el aparato a la oreja.

Cerré los ojos un segundo para concentrarme, cambiando el chip de mi cabeza de inmediato.

Pasé de la frialdad al estado de una víctima al borde del colapso emocional. Respiré agitadamente, forzando un temblor en el pecho para que mi voz saliera rota, quebrada y sofocada desde el primer segundo.

Al tercer tono, la llamada entró.

—¿Bill?— la voz de Alex sonó profunda; seguramente estaba en medio de una reunión o en un despacho formal.

—Alex…— solté un sollozo ahogado, perfectamente ensayado, dejando escapar un jadeo de pánico. —Alex, por favor… dime que estás escuchándome.

—Bill, ¿qué pasa? Cuéntame, te escucho muy alterado— respondió él de inmediato. El tono de su voz cambió y se le notó preocupado.

—Es Crawford…— gimoteé, llevándome una mano a la boca para ahogar un falso llanto mientras salía por la puerta trasera del hotel hacia la calle fría. —Ese infeliz me hizo una emboscada, Alex. Tuvimos una discusión horrible en la oficina por el operativo… pretendía que usáramos a mi bebé como cebo para atrapar a Brian y Natalie. ¡A mi niño, Alex! ¡A Tyler!

—¿Qué?— el gruñido de Alex al otro lado de la línea fue casi animal y jadeante. —¿Ese imbécil sugirió qué?

—¡Le dije que estaba demente! Me enfrenté a él, le dije que era un monstruo y… y se descontroló completamente— continué, acelerando la respiración para que escuchara mi supuesto ataque de pánico. —Me quitó el arma, me quitó la placa y me dio de baja formalmente de la agencia… Pero eso no es lo peor, Alex… ¡Dijo que ya tiene los papeles firmados para extraditarme a Estados Unidos esta misma noche! Pretende mandarme a prisión para que cumpla el resto de mi condena…

Hubo un silencio tenso en la línea, seguido por el sonido de Alex apartando una silla bruscamente y caminando a pasos rápidos.

—A ver, Bill, escúchame bien y cálmate— ordenó, intentando transmitir una seguridad que en ese momento me servía en bandeja de plata. —Crawford no puede hacer eso. Absolutamente no. Para extraditarte o darte de baja de manera definitiva necesita obligatoriamente mi firma y mi autorización directa como director general. Él es solo el subdirector, no tiene el rango ni el poder legal para tomar una decisión de ese nivel a mis espaldas. Nada de lo que te ha dicho tiene validez hasta que yo vuelva.

—¡Pero él dijo que ya tenía todo listo!— chillé con fingida desesperación, abrazándome a mí mismo bajo la luz tenue de la calle. —Tengo miedo, Alex… tengo muchísimo miedo. No quiero ir a una celda en Estados Unidos, no quiero volver a ese encierro… ¡No quiero dejar a mi bebé solo! Tyler me necesita, acaba de pasar por un secuestro, no puede perderme… Por favor, Alex, haz algo…

—No te va a pasar nada, tranquilo— sentenció Alex con un tono suave, lleno de autoridad, la misma que me hizo sonreír para mis adentros mientras yo mantenía los sollozos por fuera. —No puedo cancelar mis reuniones aquí en este preciso instante ni coger el primer vuelo de vuelta. Pero te aseguro que nadie te extraditará a ningún lado. Si Crawford intenta hacer un solo movimiento en tu contra antes de que yo llegue, se las va a ver directamente conmigo. Voy a destituirlo yo mismo.

—Por favor, date prisa…— susurré con un hilo de voz frágil, jugando la carta del amante desprotegido hasta el último segundo. —No sé cuánto tiempo puedo aguantar sin colapsar. Te necesito aquí…

—Llegaré la próxima semana, Billie. Mantente resguardado y no le respondas a nadie de la agencia hasta que yo esté allí. ¿Entendido?

—Está bien, Alex. Gracias…

Corté la llamada.

En cuanto la pantalla del teléfono se apagó, dejé escapar un largo suspiro y la mueca de angustia de mi rostro desapareció de golpe, reemplazada por una sonrisa fría y victoriosa. Me empecé a reír. Todo había salido a la perfección. Alex no solo se había tragado el cuento entero, sino que estaba completamente ciego ante la realidad de que Crawford ya yacía helado en el suelo de aquella suite.

Vaya, qué divertido.

Llegué a casa de mis exsuegros un poco tarde. Para evitar cualquier tipo de sospecha, no fui directamente en coche; hice varias maniobras y desvíos estratégicos por la ciudad para asegurarme de que, si la policía, la DEA o quien fuera investigaba la presunta muerte de Crawford, jamás pudieran dar con mi paradero ni rastrear mi ruta. Estaba completamente tranquilo porque sabía perfectamente lo que hacía.

No me sentía mal, no llevaba la más mínima sombra de remordimiento sobre los hombros, y mucho menos culpa. Para nada. Crawford se merecía cada maldita gota de aquel veneno.

Por el camino me desvié hacia la casa que Tom le había regalado a mi hijo y me cambié de ropa por algo mucho más cómodo. Me até el pelo en una coleta baja; el cuerpo empezaba a pasarme factura y me sentía agotado. Aprovechando el trayecto, me compré un postrecito cuando se me antojó de repente y pedí unos cuantos más en una bolsita para llevar.

Dentro de poco tendría que hacerme una ecografía y todavía no tenía ni la menor idea de cómo coño iba a gestionarlo sin que nadie se enterara… Pero ya encontraría una solución; a mí jamás se me quedaba nada grande.

—Buenas tardes— saludé en cuanto crucé el umbral del salón principal, donde estaban casi todos reunidos como de costumbre.

La señora Charlotte nunca estaba sola en su residencia, y menos cuando el señor Gordon tenía asuntos pendientes que atender fuera. Mis padres ya no estaban allí; se habían marchado justo al mediodía, así que me apunté mentalmente pasar a visitarlos más tarde para compartir un rato con ellos. Mi trabajo en la agencia me absorbía demasiado y pasaba horas interminables cumpliendo con mi deber. Sabía que no me presionaban, pero me echaban de menos.

Siempre me mantenía en contacto y les escribía a diario, pero la verdad era que yo también los echaba muchísimo de menos.

—Hola, cariño…— me acerqué a la señora Charlotte para darle un beso cariñoso en la mejilla. —¿Te encuentras mejor? Lo de ayer fue una pesadilla terrible.

—Estoy bien, intento estarlo— respondí, dibujando una media sonrisa en los labios. —¿Dónde está mi príncipe?

—Con Cristina y Abel, jugando en el jardín. Acabo de dejarlo con ellos— respondió Tom desde su sitio, observándome atentamente.

—Mhmm… He venido a buscarlo— comenté, dejando la bolsa con los postres sobre la mesa. —De paso te aclaro que no pienso volver a pasar por un susto como ese. Si ocurrió fue porque me confié demasiado a pesar de todo, así que lo más sensato será reducir drásticamente las salidas de Tyler.

—¿Quieres encerrar al niño?— me preguntó Tom, entrecerrando ligeramente los ojos.

—Sí, es lo mejor— respondí en un murmullo, sin mirarlo a los ojos. Simplemente no me apetecía sostenerle la mirada. —No voy a permitir que vuelva a pasarle nada a mi bebé. Esa perra malnacida se lo llevó porque tus hombres no supieron reaccionar; todos fueron unos mediocres y acabaron muertos.

—Les tendieron una emboscada bien planeada, Bill. Intenta entenderlo— intentó argumentar Tom.

—¿Y para qué los pusiste a cuidar del niño entonces?— le repliqué, girándome esta vez para clavarle una mirada fulminante. —¿Para que estuvieran mirando hacia los lados y ya está? No, señor. Los pusiste para que estuvieran alerta en todo momento. Debieron prever lo que iba a pasar, pero estaban en las nubes…

Él apretó la mandíbula y no replicó nada más.

—No discutáis, por favor— pidió Georg, acomodándose a mi lado en el sofá, justo junto a la señora Charlotte. —Mejor dame lo que haya quedado del veneno que te conseguí.

Solté un suspiro pesado.

—No quedó nada. Se lo eché todo en la copa.

Georg pareció atragantarse con su propia saliva en cuanto me oyó decir aquello.

—Pero… Bill— soltó con la voz ahogada por el susto, mirándome con los ojos abiertos de par en par.

Cruzó una mirada rápida con Tom al ver que yo estaba como si nada. Tom simplemente se encogió de hombros con total indiferencia. Georg volvió a mirarme, tragando saliva con evidente dificultad.

—Era un veneno fuerte. Con dos o tres gotas bastaba para matarlo…

—Pero yo quería asegurarme de que no tuviera la más mínima posibilidad de sobrevivir— susurré con tranquilidad. —¿Por qué? ¿Necesitabas algo de ese veneno? Si era así, me lo habrías dicho y te habría dejado un poco.

—No… Solo pensé que…— Georg no terminaba de procesar lo que estaba escuchando, y la cara que tenía me hizo una gracia tremenda. —Olvídalo.

—¿Para qué era ese veneno?— interrogó la señora Charlotte desde el otro extremo, completamente ajena a la conversación.

—Era para unas plagas horribles que aparecieron en el jardín del piso, señora Charlotte— respondí sin pestañear, dibujando una sonrisa suave y completamente convincente. —Unas ratas gigantescas que no había manera de sacar con nada normal. Por suerte, Georg me consiguió ese producto tan efectivo.

Los chicos se rieron disimuladamente.

La señora Charlotte suspiró, llevándose una mano al pecho y asintiendo con total credulidad.

—Ay, cariño, qué horror… Hiciste muy bien. Con esos animales cerca del niño nunca se sabe, transmiten tantas enfermedades. Qué bien que lo solucionasteis.

—Así es…— dije en un suspiro, poniéndome de pie mientras me acomodaba la sudadera roja que llevaba puesta. —Bueno, voy a buscar a mi príncipe para llevármelo.

Apenas me giré hacia el pasillo que daba al jardín, escuché los pasos pesados de Tom siguiéndome de cerca. Salió detrás de mí al corredor exterior, alejándonos un poco del alcance del salón para que nadie pudiera escucharnos, al parecer.

—Bill, espera— me llamó, alcanzándome y poniéndose a mi lado.

—¿Qué quieres, Tom?

—Escúchame un segundo— me pidió, y yo resoplé. —No puedes encerrar a Tyler. No le va a hacer bien estar metido entre cuatro paredes todo el día; es un niño, necesita correr, salir, distraerse… Si lo aíslas por el trauma de lo que pasó, solo vas a conseguir hacerle daño tú mismo.

Me detuve un momento, acomodándome el pelo con parsimonia mientras lo miraba de reojo.

—Solo quiero la seguridad de mi hijo, Tom— le respondí con tono firme pero tranquilo. —Después de lo de ayer, no voy a arriesgarme a nada. Pero no te preocupes… no voy a prohibirle el mundo entero, y, por supuesto, vas a seguir viéndolo, si es por eso por lo que te preocupas. No voy a alejarlo de ti. Ya te quiere…

Tom pareció aflojar un poco la tensión de los hombros al escucharme.

—Está bien…— murmuró, pasándose una mano por la nuca. —Mientras no me lo apartes, respetaré cómo quieras manejar sus salidas por ahora.

—Bien— asentí. —Dime que hablaste con Georg…

—No dirá nada— me contestó.

—Pues qué bien, porque no quiero tener problemas con él— musité. —Suficiente con que nos haya visto; igual… eso no debe volver a pasar— aclaré y me sentí idiota, porque siempre decía que no debía volver a pasar y siempre… acababa pasando. ¿Por qué? Porque todo yo reacciona a todo él. Maldición. —Y te hablo en serio, no vuelvas a provocarme…

—¿Crees que yo podré hacer eso?

—Entiende que no está bien. Si yo cedo a acostarme contigo, solo sería por la pura necesidad— susurré como buena excusa. —Eso no está bien, no estamos juntos y lo único que nos une es Tyler. Pero hasta ahí, así que, si esto vuelve a pasar… tendré que tomar cartas en el asunto.

—Mghm…— emitió guturalmente en reproche.

—Por cierto… quiero ver a Natalie.

Tom me miró con atención, alzando ligeramente una ceja.

—A esa perra la tengo en el sótano de mi bar— contestó en voz baja. —Si quieres, podemos ir para allá de una vez. Nos pilla de camino.

—No— negué de inmediato, retomando el paso hacia el jardín. —Prefiero ir primero a dejar a Tyler con Sophia en casa, asegurarme de que esté tranquilo y haya cenado, y luego nos vamos al bar. No quiero andar llevando al niño por esos sitios.

—De acuerdo. Me parece bien— aceptó Tom sin poner pegas.

Caminamos juntos hasta la zona del jardín trasero, donde se escuchaban las risas de los niños. Tyler estaba sentado sobre el césped, rodeado de bloques de colores junto a Cristina y Abel, haciendo correr cochecitos de juguete. En cuanto su cabecita se giró y me vio llegar, sus ojitos se iluminaron por completo.

—¡Mami!— gritó con alegría, dejando caer los juguetes para intentar levantarse, y lo hizo, aunque le costó un poquito.

—Hola, mi amor precioso…— me agaché con los brazos abiertos y lo recibí en un abrazo apretado, llenándole la mejillita de besos mientras él se reía pegado a mi cuello. —Mi príncipe precioso… ¿Cómo te lo has pasado, eh?

—¡Ben, mami!— contestó entusiasmado, señalando las figuras que había en el suelo.

—Qué bien, mi vida. Pero ya es hora de irnos a casita a descansar— le dije con dulzura, acomodándole el pelo. —Despídete de tus primos.

Tyler se giró hacia los niños, levantó su manita regordeta y les agitó los dedos con una sonrisa enorme.

—¡Chao!— dijo con su vocecita clara.

Los niños le devolvieron el saludo entre risas. Tom cogió a Tyler en brazos para llevarlo mientras yo recogía la pequeña mochila del niño, y los tres caminamos de vuelta hacia la salida para ir a dejar a nuestro hijo a salvo antes de ir a saldar cuentas al bar.

&

El frío del sótano se metía hasta los huesos, pero el peso del aire en aquel pasillo subterráneo era infinitamente peor, en serio. Las paredes de hormigón húmedo rezumaban humedad, y cada paso que dábamos resonaba con un ligero eco pesado y seco.

Me detuve justo frente a la enorme puerta de hierro reforzado. El cerrojo de acero brillaba tenuemente bajo la luz amarillenta y parpadeante del pasillo. Tom se colocó a mi lado, metiendo las manos en los bolsillos de su abrigo mientras me observaba con aquella mirada fija e intensa, midiendo cada uno de mis movimientos.

—Estás a tiempo de dar la vuelta, nene— musitó Tom, rompiendo el silencio con voz grave. —Te lo advierto desde ya, el olor de ahí dentro es una puta mierda. Entre la mierda, la sangre seca y los diez años de putrefacción de Ría… no es un espectáculo bonito.

—Me importa una mierda el olor, Tom— le respondí sin mirarlo, manteniendo la vista clavada en el pesado candado. —No he venido hasta aquí abajo para cuidar mis fosas nasales.

—Vale, como tú quieras— continuó él, dando un paso más cerca de mí. —A Natalie le di su primer castigo esta mañana, fue increíble. La quebré en un par de horas y Ría se está encargando de rematar lo poco que le quedaba de cordura con su mente loca y trastornada.

—Ría…— susurré. —Nunca tuve la oportunidad de venir a hacerle una visita.

—Y mejor, ¿para qué querrías hacerlo? Ya me he encargado yo de hacer que sufra todos los días— me dijo —Pero si quieres hacerlo es cosa tuya, no voy a interponerme.

—¿Qué tan mal están?

—Uff…— Tom suspiró —Lo mal que estaría una persona que lleva doce años siendo torturada física y psicológicamente sin descanso. Hasta que se muera y le toque continuar en el infierno, porque esa perra no se libra de ese destino en cuanto decida que ya me ha aburrido.

—¿Harás lo mismo con Natalie?

—Claro que sí, no la entregaré a la DEA. Cuando la encuentren, estará muerta.

Me relamí los labios. «Si tan solo hicieras esto con la perra de Catalina», susurré en mi mente. «Si tan solo la mataras y la alejaras de ti, pero no». Suspiré. «Aún sigue contigo… Así que todo lo que le dijiste sobre mí pierde valor si ella sigue ahí».

—¿Bill?

—¿Humm?— salí de mis pensamientos en cuanto él me llamó.

—Vamos…— sacó el juego de llaves de hierro del bolsillo, desenganchó el candado, que produjo un chasquido al abrirse, y deslizó el pesado cerrojo hacia un lado. Un hedor nauseabundo, espeso y metálico brotó de inmediato por la rendija, haciéndome apretar los dientes por el efecto. Era asqueroso, pero no di ni un solo paso hacia atrás.

Empujó la puerta de hierro hacia dentro y esta chirrió ruidosamente.

En el espacio no había nadie, pero sí un par de sillas y una mesa cubierta con todo tipo de herramientas grotescas. Sabía de sobra que aquí era donde Tom llevaba a cabo sus torturas; había manchas de sangre seca por todas partes y el ambiente estaba impregnado de un olor a putrefacción realmente insoportable. Traté por todos los medios de no marearme ni dejar que se me revolviera el estómago, optando por respirar superficialmente únicamente por la boca.

Dios, Tom definitivamente tendría que comprarme alguna mascarilla industrial para la próxima vez que se le ocurriera traerme a este calabozo. Él se adelantó un par de pasos, abrió una puerta contigua de hierro y, al instante, se escucharon un par de jadeos débiles acompañados por unas risitas secas, completamente desquiciadas.

—Riri, sal…— le ordenó Tom con un tono cantarín, suave pero falso, y acto seguido una figura famélica emergió de la penumbra a cuatro patas, obedeciendo a su llamada como un animal adiestrado —Eso es… Hoy te traigo a alguien que quería venir a verte, ¿sabes?

Verla en persona me produjo todavía más asco del que ya sentía.

—Hola, Ría…— musité.

Ver las condiciones deplorables en las que Tom la tenía me llenó de una satisfacción increíble y profunda.

Ella me miró a través de una cortina de cabello sucio y grasiento. Tenía el rostro demacrado, huesudo, sin una sola gota de carne en las mejillas; estaba aterradoramente delgada. A eso se sumaban los moratones violetas y las heridas aún abiertas que no habían sanado, visiblemente infectadas. Dios… Tom realmente se había esmerado en destruirla lentamente. Su ropa estaba hecha jirones y cubierta de roña. Verla allí tirada me causaba una enorme repulsión, era insoportable, así que tragué saliva con dificultad para mantener la compostura.

—¿Ya no me recuerdas?— le pregunté al ver cómo sus ojos desorbitados me escaneaban de arriba abajo, quedándose fijos en mi rostro inexpresivo.

—Responde— exigió Tom, dando un paso amenazante hacia ella.

Ría se encogió en su sitio de inmediato, cubriéndose la cabeza a la espera de un golpe que nunca llegó, mientras comenzaba a temblar descontroladamente como un perro aterrorizado.

—Tú…— susurró con una voz rasposa, rota por la falta de uso —Tú estabas muerto… Sí…— decía al borde del delirio —¿Has venido a torturarme? ¿Acaso ya me he muerto y el infierno aún no se acaba? ¿Vienes hecho un demonio a continuar con mi castigo?— preguntaba, desvariando por completo, con las pupilas moviéndose en todas direcciones y la voz trémula, apagada, devorada por el pánico —Estabas muerto… Eres un fantasma…— sollozó de la nada, pegando la frente al suelo —Lo lamento… Lamento muchísimo todo… Pero él no me cree, él no quiere matarme de una vez… Sufro, sufro y sufro…

Miré a Tom al instante. Él se relamió los labios sin mostrar el más mínimo atisbo de pesadumbre o remordimiento.

—Es tu puta condena por todo lo que hiciste, y aún te espera mucho más— le respondió con una voz neutra —Y no solo a ti; al menos alégrate de que ya no vas a estar sola en este agujero.

—¿Dónde está Natalie?

Al pronunciar ese nombre, un grito desgarrador resonó dentro de la habitación a oscuras y, de la nada, una figura salió disparada hacia mí con la clara intención de abalanzarse sobre mi cuello. Reaccioné por puro instinto y me hice a un lado con agilidad; Natalie perdió el equilibrio y cayó de bruces contra el suelo de hormigón, soltando un gruñido lleno de rabia.

—¡Maldito! ¡Malditos seáis los dos!— repetía fuera de sí, girándose bruscamente en el suelo para mirarme de frente desde abajo —Maldito estúpido… No vas a salirte con la tuya ni vas a arruinar mis putos planes.

No me inmuté ante sus gritos, y mucho menos ante su rostro magullado y esa mirada cargada de un odio puro dirigido hacia mí.

—Nath, me das una lástima enorme— murmuré con voz calmada y despectiva —¿Acaso no te das cuenta de que estás tirada en esta mierda por tu propia culpa? Nadie te mandó a meterte con mi bebé— comenté, pasándome un dedo por los labios —Cuando mataron a mis gemelos no pude hacer nada; estaba secuestrado por vosotros, atado a cadenas, siendo torturado y viviendo un maldito infierno— tomé una bocanada de aire, sintiéndome abrumado por el ambiente. El olor nauseabundo me estaba superando —Pero ahora no estoy atado, y tuviste el atrevimiento de tocar a mi hijo.

—¿Y qué vas a hacer al respecto, perra?— escupió con la voz quebrada por la furia, hiperventilando en el suelo.

—¿Yo? Nada— murmuré, dibujando una sonrisa lenta en mis labios —Vas a tener más que suficiente con todo lo que te va a hacer pasar Tom.

Ganas no me faltaban de agarrarla a golpes hasta dejarla inconsciente, pero no pensaba arriesgarme a pasar un mal rato que pudiera perjudicar mi embarazo. A pesar de todo, de mí dependía nuevamente una vida, una de la que jamás sería capaz de deshacerme. Me vino a la cabeza el recuerdo de cuando quise abortar a mis gemelos, para terminar perdiéndolos trágicamente semanas después de que nacieran…

Me sentía mal por eso; aún llevaba una carga de culpa enorme en el pecho.

—¡Cobarde!— me gruñó ella desde el suelo —Estáis metidos en la mierda hasta el cuello. Cuando Brian se entere de que me tenéis encerrada aquí, va a armar una guerra y vais a morir todos… ¡Todos!— exclamaba la muy estúpida, desvariando también —No va a quedar nada de vosotros, solo vuestras cabezas cercenadas que usaremos como trofeos.

Me eché a reír sin una pizca de gracia, mirando su figura miserable.

—No creo que Brian se preocupe tanto por una alimaña tan insignificante como tú. No vales absolutamente nada— solté con una mueca de burla en los labios —Créeme, no va a perder el tiempo armando guerras por ti; no deberías sentirte tan importante.

Ella también soltó una carcajada estridente, propia de una demente.

—Ya veremos, Billa…— murmuró con sorna —Vamos a ver si te sigues riendo tanto cuando ejecutemos todo lo que tenemos planeado. ¡Vosotros dos vais a caer! Vais a sufrir tantísimo que vais a echar de menos la poca paz que habéis tenido este tiempo… Y vais a echaros de menos mutuamente, aunque ya sabemos perfectamente que no estáis juntos. ¿Qué pasó, eh?

—Eso no te importa, pedazo de perra— espetó Tom, dando un paso al frente.

—Ouh, claro…— Natalie suspiró con dramatismo, esbozando una sonrisa ladina y socarrona que le deformó el rostro —Tiene mucho que ver la muchachita esta… Catalina— susurró para clavar sus ojos en mí —Ya sabemos que no estáis juntos por ella, porque logró hacer exactamente lo que Ría no pudo años atrás… meterse entre los ojos de Tom cuando él siempre juraba que el único en su mundo eras tú, Billa. Qué triste, ¿verdad? Te debió doler en el alma su engaño. Apuesto a que caíste en lo más profundo de la depresión por su culpa… Porque por mucho amor propio y orgullo que presumas tener… cuando se trata de Tom, tú te desmoronas por completo.

Era una maldita arpía.

—Te equivocas…— comenté tras unos segundos de silencio tenso en los que ella me miraba con burla y malevolencia, disfrutando al imaginarse mi dolor por Tom. Se le notaba la fascinación en la cara —Pero no me voy a molestar en explicarte en qué te equivocas, porque no merece la pena desgastarme contigo. Si quieres consolarte pensando que tienes razón, hazlo… Siempre has sido una ignorante. Yo te dije todo lo que tenía que decirte la última vez que nos vimos, ¿te acuerdas? Estabas pudriéndote en la cárcel… Pronto vas a volver allí y yo mismo me encargaré de que no vuelvas a ver la luz del sol en lo que te queda de vida.

—Estás tan convencido de eso que me das risa.

—Ríete todo lo que quieras, pero recuerda que yo aún no lo hago… y tú ya te sabes el dicho, querida— al ver la mueca desabrida que se le formó en los labios al quedarse sin argumentos, me sentí satisfecho. Me di la vuelta para observar a Ría, que no era más que un alma en pena hecha pedazos —Ya quiero que Brian esté aquí…

Y Catalina… Joder.

—Yo lo quiero aún más— dijo Tom a mi lado con la voz sombría —A ese infeliz le tengo algo verdaderamente especial preparado.

Sonreí de lado.

—Bien, ya me voy. Siento que me voy a desmayar con este olor pestilente…

—Adelante, nene. Sal tú, yo te alcanzo arriba después de asegurar a estas dos.

Asentí con la cabeza y salí del calabozo, cerrando la pesada puerta a mis espaldas. Aunque el aire del pasillo subterráneo era pesado, no se comparaba con la peste del interior, así que pude respirar con relativa normalidad. Caminé a paso constante y subí las escaleras. Un par de minutos después, Tom me alcanzó arriba tras haberse asegurado personalmente de que Natalie y Ría quedaran completamente bajo llave.

—¿Te sientes bien?— me preguntó Tom en cuanto cruzamos la puerta trasera del bar y salimos al pasadizo exterior. Dentro, la gente disfrutaba de la noche, completamente ebria, bailando bajo las luces de neón rojas, con la música electrónica a todo volumen retumbando en las paredes y haciendo vibrar el suelo.

—De maravilla…— murmuré, tomándome un par de segundos para inhalar profundas bocanadas del aire fresco de la noche y limpiar mis pulmones de la peste subterránea.

—¿Y qué hay del problema con tu condena y la extradición?— inquirió, apoyándose contra la pared con los brazos cruzados y la mirada fija en mí.

—Alex ya debió mover sus influencias desde Washington— comenté con desidia, restándole importancia al asunto —Así que puedo estar completamente tranquilo; regresaré a la DEA en cuanto él vuelva de su viaje.

En ese preciso instante, mi teléfono vibró dentro del bolsillo con la llegada de un mensaje. Lo saqué con todo el desgano del mundo para revisar la pantalla mientras Tom continuaba hablándome.

—Bueno, si tú dices que todo está bajo control…

—Todo está súper bien— lo interrumpí con una voz casi en piloto automático, con los ojos clavados en la vista previa de la pantalla.

Era un mensaje de Xavier. Me pedía que nos viéramos de inmediato en el apartamento donde se estaba hospedando; decía que tenía una idea importante que proponerme, pero que necesitaba discutirla cara a cara conmigo. Para rematar, había adjuntado su ubicación en tiempo real. Fruncí ligeramente el ceño ante la prisa del mensaje.

—¿Qué ocurre?— preguntó Tom al notar el cambio en mi rostro.

—Debo irme ya— me apresuré a decir, guardando el móvil de nuevo en el bolsillo de mi abrigo —Si piensas pasarte más tarde a ver a Tyler, me avisas antes.

—Claro— respondió.

Di la vuelta sobre mis talones para encaminarme hacia la calle, pero antes de dar tres pasos, su voz me detuvo unos segundos:

—Por cierto… el rojo te queda increíble. Mis dos cosas favoritas juntas…

Ladeé la cabeza despacio para clavarle una mirada seria, pero preferí no responderle nada. Él simplemente mantuvo la mirada con esa sonrisa burlona y confiada dibujada en los labios. Buff… Realmente no lograba comprender sus bruscos cambios de humor. Últimamente mostraba esa faceta astuta y seductora que me hacía recordar dolorosamente al hombre del que me enamoré perdidamente años atrás, y no al desconocido disfrazado de conocido que me había obligado a odiarlo. Sin embargo, al observarlo bajo la luz tenue del callejón, no pude evitar notar que se veía visiblemente más débil, bastante más delgado.

¿O solo eran imaginaciones mías?

&

Estando frente a la puerta del apartamento de Xavier, levanté la mano hecha un puño y di tres golpes secos sobre la madera. Esperé unos segundos en el pasillo silencioso, pero, al no escuchar movimiento alguno dentro, asumí que tal vez no me había oído. Miré el botón del timbre iluminado a un lado y lo pulsé varias veces seguidas, creando una ráfaga de zumbidos molestos. Justo en ese momento, la puerta se abrió de golpe y apareció Xavier con una cara de muy pocos amigos.

Para joderlo un poco más y sacarlo de quicio, estiré el índice y pulsé el timbre una última vez justo delante de sus narices.

—Hola…— saludé, dibujándole una sonrisa perfecta, dulce y descarada en los labios.

Xavier soltó un gruñido exasperado, poniendo los ojos en blanco con rabia.

—¿Qué mierda tienes con tocar el timbre tantas veces, Benjamín? Con una sola vez es más que suficiente— me espetó de mala gana, haciéndose a un lado para dejarme espacio.

Aún llevaba puesto el uniforme operativo de la DEA, con la funda del arma ligeramente desabrochada y las mangas arremangadas; era evidente que acababa de terminar su jornada laboral.

—Pasa de una vez.

Di tres pasos dentro del lugar y eché un vistazo a mi alrededor con un desinterés casi insultante. El apartamento era sobrio, de líneas rectas y colores oscuros, bastante funcional.

—¿Y bien…?— comenté, dándome la vuelta sobre mis talones para mirarlo mientras él cerraba la puerta con llave y pasaba por mi lado rumbo al salón. Obviamente, lo seguí a pasitos rápidos y ligeros —¿Para qué me pediste que viniera con tanta prisa? ¿Acaso tenías muchísimas ganas de verme?

—No seas estúpido— soltó él sin mirarme, frunciendo el ceño con fastidio, lo cual me sacó una risita burlona.

En la mesa de centro de su salón había un caos perfectamente ordenado, tenía un par de carpetas abiertas con sellos oficiales, su portátil encendido proyectando una luz blanca, un cenicero de cristal con un par de colillas apagadas, una cajetilla de cigarrillos a la mitad y un mechero.

—Mira, me enteré de todo el desastre que pasó con tu hijo ayer— comenzó a decir Xavier, apoyando las manos en la mesa mientras se giraba hacia mí —… y quiero saber exactamente adónde se llevaron a Franz.

Uy, aquí vamos…

—Ella se escapó —mentí sin pestañear, cruzándome de brazos con total naturalidad.

—No, Benjamín. A mí no vas a venir a tomarme por gilipollas— musitó con voz baja y peligrosa, clavando su mirada en la mía —Sé perfectamente que los del Clan Geist la tienen encerrada. Y no te lo estoy preguntando para arruinarles el juego ni para delatarlos. Solo se me ha ocurrido una idea sumamente descabellada y arriesgada… pero que puede convertirse en nuestra mejor oportunidad.

Entrecerré los ojos, analizando su tono de voz antes de dar un paso al frente.

—¿Una oportunidad para qué exactamente, Xavier?

—Para atrapar al Zar de una buena vez por todas— me respondió sin rodeos —Escúchame, si vosotros la tenéis en vuestro poder, podemos usarla a ella como carnada para dar con el paradero exacto de ese infeliz.

—¿Y cómo demonios sería eso?

—Haciéndole creer que ha conseguido escapar de sus captores. Dejaremos que huya y, por puro instinto de supervivencia, buscará refugio directamente donde está Brian. Pero antes de soltarla… le implantaremos un rastreador indetectable sin que se dé cuenta.

Lo miré fijamente durante tres segundos en silencio y luego negué con la cabeza con rotundidad. Era una maniobra demasiado peligrosa.

—No, Xavier… Brian no es ningún imbécil y Natalie es una prófuga— murmuré, dando un paso atrás —Si intentamos algo tan improvisado, Natalie podría escapársenos de las manos y perderíamos el único control que tenemos sobre ella…

—Pero es la única alternativa real que tenemos en este momento— mencionó Xavier, interrumpiéndome con vehemencia —Además, no hay absolutamente nada que perder con ella. ¿Acaso sabías que Natalie tiene SIDA?

Me quedé helado en mi sitio, completamente perplejo.

—…¿Qué?

—Como lo oyes. Mira esto…— Xavier extendió la mano hacia la mesa, tomó una de las carpetas confidenciales y me pasó un par de hojas firmadas.

Eran unos análisis clínicos detallados realizados a Natalie hacía… once, casi doce años. El diagnóstico era claro: VIH/SIDA positivo.

—Esta mujer está gravemente enferma y ni siquiera lo sabe— continuó Xavier, señalando las firmas al pie del documento —¿Quieres saber por qué? Porque el difunto director Krüger, el padre de Alexander, ocultó y selló esta información médica bajo llave. Él sabía perfectamente que, si se hacía público el diagnóstico, Natalie tendría que haber sido trasladada a un tratamiento antirretroviral obligatorio. Habrían tenido que mantenerla bajo custodia médica en un hospital especializado por derechos humanos básicos, y Krüger no iba a arriesgarse bajo ninguna circunstancia a que se le escapara o a que su caso llamara la atención de la prensa.

Miré los papeles en mis manos y luego alcé la vista hacia Xavier con el desconcierto pintado en el rostro. La cabeza me daba vueltas.

—¿Cómo es que…?— no pude formular la pregunta completa a la primera, profundamente impresionado por la revelación —¿Cómo carajos ocurrió esto, Xavier? ¿Cómo contrajo el SIDA si en la penitenciaría de máxima seguridad para mujeres no hay hombres?

—El SIDA no se contagia únicamente por vía sexual, Benjamín. Basta una pequeña herida de una persona infectada que entre en contacto con una herida abierta de otra— me explicó pacientemente —Natalie tiene un historial disciplinario aterrador en prisión; siempre estaba metida en riñas violentas, apuñalamientos y peleas a puñetazo limpio. No me sorprende en absoluto que se haya infectado en una de sus tantas agresiones. De hecho, hace menos de una semana se notificó la muerte de una presa por complicaciones de esta misma enfermedad en ese centro penitenciario… Compartía el mismo pabellón con Natalie y tenían un historial de violencia mutua.

Me quedé en silencio, procesando cada palabra, frotándome la barbilla despacio mientras conectaba las piezas en mi cabeza.

—Quizás la infectó a propósito en una de sus peleas, o fue un accidente biológico sin que nadie lo previera…— murmuré para mí mismo —Si está en esa fase y sin tratamiento… ¿cuánto tiempo de vida le queda a Natalie?

—Según los especialistas de la agencia que revisaron el expediente histórico, poco menos de un año— me respondió Xavier con total frialdad —Su sistema inmunológico está colapsando en silencio.

—Y por esto mismo dices que no perderíamos absolutamente nada si dejamos que se «escape», ¿cierto?— inquirí, alzando una ceja.

—Exactamente. Tan solo piénsalo detenidamente, Benjamín— Xavier se puso de pie, rodeó la mesa de centro y se plantó directamente frente a mí, mirándome a los ojos con intensidad, casi de manera arrolladora —Tenemos en nuestras manos la oportunidad perfecta para capturar al pez más grande de toda la organización criminal, y tú finalmente podrías obtener tu libertad y limpiar tu nombre… aunque algunos sepamos que eres inocente.

Solté un suspiro largo y pesado, pasándome una mano por la nuca. La idea era arriesgadísima, un juego de póker donde un solo fallo podía desatar una masacre. Pero Xavier tenía toda la razón del mundo… no había nada que perder. Si Natalie, de todos modos, iba a morir en cuestión de meses, no importaba si jugábamos esa última carta con ella. Si escapaba, nos llevaría directamente al escondite del Zar; y si intentaba traicionarnos, la cacería terminaría con Brian y ella bajo tierra.

Sin embargo, esto no podíamos ejecutarlo solos. Tendríamos que coordinarlo detalladamente con Alex en cuanto pisara la ciudad, hablarlo con los cabecillas del Clan Geist —especialmente con Tom, para que soltara a su presa sin sospechar— y estructurar una logística tan perfecta y creíble que Natalie se tragara el cuento de que alguien la estaba ayudando a huir por lástima o corrupción, y no que caminaba directamente hacia una trampa mortal.

Y, por supuesto, encontrar el momento preciso para implantarle el micro-rastreador bajo la piel sin que se diera cuenta.

—¿Y…?— presionó Xavier, observando el debate interno en mi mirada —¿Qué dices?

Apreté los labios, sosteniéndole la mirada con determinación.

—Vale…— murmuré con voz firme —Vamos a hacerlo.

Continúa…

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por unicornlitz

Escritora del Fandom

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