Fic de unicornlitz. Temporada III
Capítulo 33
Dos días habían pasado desde el operativo en la finca, ese fracaso estrepitoso que dejó a la DEA sumida en un ambiente de frustración e impotencia. Las cosas dentro de la agencia estaban al borde del colapso; la señal del microchip implantado en Natalie se había apagado por completo en el momento exacto en que Brian lo descubrió y lo redujo a chatarra en su nueva guarida.
No había nada que hacer, ni una sola coordenada que rastrear. El alto mando comprendía demasiado tarde que se habían arriesgado demasiado al lanzar una incursión tan agresiva con apenas unas pocas semanas de información previa.
Mientras tanto, la investigación por la muerte de Crawford seguía estancada en el mismo callejón sin salida. Nadie lograba dar con una sola pista sólida sobre la identidad de su «asesina». La mujer parecía haberse esfumado en el aire sin dejar rastro biológico ni dactilar. El recepcionista del hotel, interrogado una y otra vez por los agentes, se limitaba a repetir la misma versión, «que no le vio el rostro porque llevaba unas enormes gafas oscuras y la fusta calada hasta las cejas». Nadie sospechaba que esas respuestas exactas eran el resultado del fajo de billetes con el que Bill le había comprado el silencio la misma noche del crimen.
El pelinegro no estaba dejando un solo cabo suelto.
A pesar de las órdenes médicas de guardar reposo para proteger su embarazo, para Bill era una meta imposible. Con la montaña de papeleo, los informes de bajas y la presión política sobre la agencia, el descanso no existía. Estaba físicamente agotado, sofocado por la misma miseria, la misma mala suerte y la sensación de estar dando vueltas en círculos mientras el cuerpo le pasaba factura a cada minuto.
Brian se había salido con la suya otra vez.
Esa misma certeza mantenía a Tom consumido por la rabia. Cada vez que repasaba la escena del pasadizo subterráneo, una voz en su cabeza le repetía que si tan solo hubiera apretado el gatillo, las cosas serían distintas; Brian estaría muerto o él mismo habría caído en el intercambio. Sin embargo, la furia se disipaba en cuanto recordaba la razón por la que lo dejó marchar. Haberle dado la espalda a su enemigo para correr a sacar a su moreno de entre el fuego y las ruinas era una decisión que no lamentaba. Bill estaba vivo, y eso lo valía absolutamente todo.
A pesar de la atmósfera tensa que se respiraba en las calles, lo que parecía calma cubría la provincia. Pero era solo la víspera de una tormenta.
La emboscada que Brian estuvo afinando durante esas cuarenta y ocho horas no fue una persecución descuidada ni un choque improvisado. Los hombres enviados por El Zar eran sicarios de profesión, cazadores fríos entrenados en el dialecto de la violencia urbana, acostumbrados a trabajar en silencio.
Tom no estaba paseando ese día. Se encontraba en la terraza superior de uno de los galpones clandestinos del Clan Geist, en el corazón de la zona portuaria. Él, con la mandíbula apretada y la chaqueta de cuero bien ajustada, supervisaba el embarque de un lote pesado de armamento que sus hombres subían a las plataformas de dos camionetas.
Aunque la guerra contra el Clan Nox y la DEA ardía en todos los frentes, los negocios del cártel no podían detenerse.
Se acomodó contra el pretil de hormigón, sacó un cigarrillo, lo encendió cubriendo la llama con la mano y dio una calada profunda. Con la otra mano sacó el teléfono para revisar la pantalla. Leía un mensaje trivial que le acababa de enviar Travis, uno de esos textos rutinarios que estaba a punto de responder. Sus dedos apenas empezaban a moverse sobre el teclado digital cuando los sicarios ejecutaron la orden.
No hubo tiempo para la intuición. A trescientos metros de distancia, ocultos tras la estructura oxidada de un contenedor abandonado, dos tiradores de Brian lo tenían perfectamente encuadrado en la mira telescópica de un fusil de precisión con silenciador. Las instrucciones de El Zar habían sido claras… no quería nada de un tiro de gracia en la cabeza ni en el pecho; solo necesitaban un impacto directo que lo desarmara, lo dejara fuera de combate y lo mandara a una cama de hospital a debatirse entre la vida y la muerte.
El primer disparo cortó el viento produciendo un sonido parecido al de un silbido leve, casi imperceptible entre el ronroneo constante de los motores diésel en la planta baja.
La bala de alto calibre le atravesó el hombro derecho con una onda de impacto, proyectando su cuerpo hacia atrás contra el muro de hormigón. El dolor fue tan fuerte que el cigarrillo se le resbaló de los labios y la pistola que llevaba en la cintura cayó sobre el suelo.
Tom soltó una maldición ahogada, intentando arrastrarse hacia otro lado mientras la sangre caliente le empapaba la ropa, pero el segundo proyectil no tardó ni un segundo.
El impacto le dio de lleno en la zona lumbar lateral, destrozando masa muscular y haciendo que colapsara de cara contra la superficie metálica.
Antes de que la guardia de Geist en el patio pudiera asimilar el ataque o reaccionar al sonido sordo de las detonaciones, la célula de cuatro sicarios que ya se había filtrado dentro del perímetro irrumpió por la puerta de servicio de la terraza, neutralizando a los dos vigías de la entrada. Se abalanzaron sobre Tom mientras este, tendido sobre el charco de su propia sangre, intentaba incorporar el torso sobre los codos, lanzando zarpazos con la vista nublada.
Uno de los hombres le descargó un culatazo con el cuerpo de una escopeta directamente en el lateral del rostro. El hueso del pómulo cedió con un crujido, cortándole la respiración al instante. Tom cayó pesado, golpeándose la nuca contra el pavimento de la terraza mientras la sangre comenzaba a brotarle a borbotones por la boca y la nariz.
—Esto viene de parte de El Zar, König…— murmuró el sicario con voz neutra, contemplándolo sofocarse con su propio flujo sanguíneo antes de propinarle una patada seca en las costillas que terminó de apagarle la conciencia.
Los hombres de Brian iniciaron la retirada por la escalera de emergencia en cuestión de segundos, perdiéndose en el puerto justo cuando los escoltas que estaban abajo, subiendo la mercancía a los diésel, subieron tropezando por los escalones, alertados por el desorden en la parte superior.
Arriba, sobre el piso de metal manchado de sangre y muchos casquillos de las balas, Tom quedó tendido de espaldas. Tenía los ojos entreabiertos, fijos en el cielo claro de la mañana, mientras su pecho subía y bajaba con un estertor agónico y lento, hundiéndose en un shock severo que lo dejaba al borde mismo de la muerte.
La noticia se propagó en las filas del Clan Geist mientras los escoltas de Tom trasladaban su cuerpo ensangrentado a toda velocidad en una camioneta. Bastaron un par de llamadas cortantes y el despliegue de hombres armados en las entradas del hospital privado para que el equipo médico reaccionara sin dudar. Las advertencias al director del centro fueron concisas, si Klaus König no salía con vida de esa sala de urgencias, no habría un solo profesional, ni nadie en ese piso que quedara para contarlo.
Apenas media hora después de que lo ingresaran de emergencia a la unidad de cuidados intensivos, Gordon y Charlotte, junto a Thomas Jr. irrumpieron en la sala de espera. La madre de Tom llegó deshecha en llanto, sostenida del brazo por Gordon, cuya mandíbula estaba apretada e intentaba ocultar la rabia y la angustia que sentía. Detrás de ellos avanzaba Travis a pasos agigantados, con la mirada extraviada y una expresión indescifrable que oscilaba entre sensaciones que no podía explicar.
Durante horas, estuvieron en la incertidumbre. Los médicos entraban y salían a toda prisa con bolsas de sangre y equipos de reanimación, sin ofrecer un solo diagnóstico claro más allá de confirmar que el paciente había ingresado en un estado de extrema gravedad, debatiéndose minuto a minuto en la mesa de operaciones.
En medio de todo eso, Travis fue quien asumió la tarea de hacer las llamadas pertinentes para notificar a los allegados del clan. La primera de ellas fue para Bill.
El pelinegro no tardó más de veinte minutos en aparecer en el pasillo del hospital. Llegó con el rostro pálido, la respiración entrecortada y los ojos profundamente irritados y rojos, delatando el llanto contenido durante todo el trayecto desde la agencia. Al verlo cruzar las puertas, la señora Charlotte lo abrazó con desesperación, uniéndose ambos en silencio, mismo que reflejaba lo destructivo de la jornada.
Fue un día amargo, denso, lleno de temores que mantenían a todos al límite de sus fuerzas.
No fue sino hasta entrada la madrugada cuando las puertas dobles del quirófano se abrieron. El cirujano a cargo salió al pasillo, quitándose el tapabocas con el cansancio, no solo reflejado en su rostro, sino también en la mirada. Al ver que la familia se ponía de pie de inmediato, el médico detuvo su marcha y bajó la cabeza un segundo antes de hablar.
—Logramos detener las hemorragias internas y estabilizar la presión, pero el daño en la masa muscular, la pérdida de sangre y el traumatismo en el cráneo fueron demasiado severos…— explicó, tratando de mantener la calma —El señor König ha entrado en un estado de coma. Hicimos todo lo médicamente posible; a partir de este momento, su evolución y su despertar dependen única y exclusivamente de la fuerza de su propio cuerpo.
Y el llanto nuevamente no se hizo esperar.
&
[Un mes después ]
BILL
—Hola…— susurré, forzando una leve sonrisa al acercarme a la orilla de la cama.
La habitación estaba impregnada del olor a desinfectante y también del aire denso del respirador artificial, cuyos pitidos rítmicos marcaban el único pulso que mantenía a Tom atado a este mundo.
—Me dijo tu mamá que esta mañana le cogiste la mano… Eso es genial— comenté en voz baja, intentando convencerme a mí mismo de que era un reflejo con sentido —Quizás no me escuchas, o quizás sí y ya te has aburrido de mí por lo mucho que vengo a verte y a hablarte… Pero me da igual.
Llevé la mano a su cabeza y pasé los dedos suavemente por su pelo. Con el paso de las semanas se lo habían tenido que cortar; ahora le caía seco y apagado a la altura de los hombros. Estaba visiblemente más delgado, con los pómulos marcados y la piel pálida y fría.
Desde el momento en que los médicos diagnosticaron el coma, mi mundo se vino abajo otra vez. Una cosa era que lo nuestro hubiera terminado mal y cargáramos con el peso de tantos errores, y otra muy distinta era la impotencia de verlo reducido a esto.
Echaba de menos todo. Incluso la forma en que me desesperaba con sus comentarios.
—Tyler quiere verte…— murmuré, sintiendo cómo se me llenaban los ojos de lágrimas sin poder contenerlas —Pero no quiero arriesgarlo, lo sabes. Quisiera traerlo… Tal vez si él te habla intentes despertar. Pero tengo tanto miedo, Tom… Las cosas ahí fuera están mal y no quiero que le pase nada a mi niño. Bastante tengo con verte a ti atrapado en esta maldita cama.
Tragué saliva, intentando deshacer el nudo sofocante de mi garganta. Había sido un mes eterno, treinta días despertándome con la vaga esperanza de que el teléfono sonara para avisarme de que había abierto los ojos, pero la realidad se empeñaba en seguir exactamente igual.
—Hoy debo viajar a Colombia— susurré, inclinándome un poco más hacia él —Vamos a iniciar el operativo dentro de poco… Y quisiera que despertaras porque, si algo me llega a pasar allí… estaría tranquilo sabiendo que al menos Tyler se queda contigo. Que no se queda solito. Nuestro bebé nos necesita aún, es tan pequeño y no entiende nada de lo que está pasando…
Me sorbí la nariz y apreté los labios para no romperme del todo.
—Vine a verte una última vez para despedirme— continué en un murmullo roto —Y quiero que sepas que, aunque no te lo haya dicho antes por el enfado,… a pesar de todo, siempre serás el amor de mi vida. Para bien o para mal, no me importa.
Esbocé una sonrisa triste, dejando caer una lágrima sobre su sábana.
—Tienes que despertar, Tom. Debes hacerlo o me voy a enfadar contigo… Y sabes perfectamente cómo me pongo cuando me enfado.— le reproché con las lágrimas cayendo sin parar por mis mejillas. —Ya has descansado un mes entero, no es justo, ¿sabes? Tienes que volver. Todos están preocupados… Incluso Thomas Jr…, mira que apenas hace nada te recuperó, ¿y para perderte otra vez? No le hagas eso… No me hagas esto a mí, ni a nuestro hijo…
Apreté ligeramente su mano entre las mías. Durante estas semanas la tensión en el clan no había dado tregua; Thomas Jr. había puesto vigilancia permanente sobre Catalina por si intentaba mover sus fichas. No autorizaba que la mataran porque sentía que no era su deber, o quizás por razones que solo compartía con su padre. No lo sabía con certeza.
—Te quiero, ¿sí?— susurré con la voz temblando por el esfuerzo de contener el llanto —Te quiero… Y también te odio, pero te quiero.
En ese momento, se abrió la puerta.
—Bill…— llamó la voz de Travis desde el umbral.
Aproveché que me daba la espalda para erguirme rápidamente y limpiarme el rostro con el dorso de la mano. —Me han mandado a pedirte que salgas ya— continuó Travis con tono suave —Se tienen que ir.
—Sí…— murmuré, tomando una bocanada de aire profundo para recuperar la compostura —Yo… ya iba a salir. Solo me estaba despidiendo.
—Vale…— respondió él, ofreciéndome una sonrisa comprensiva antes de cerrar la puerta para darme espacio.
Le eché un último vistazo al rostro inmóvil de Tom y salí al pasillo. Me despedí rápidamente de los presentes en la sala de espera y me acerqué a Thomas Jr. para recordarle una vez más que no dejara solo a mi pequeño Tyler. Le dejé claro que, aunque estuviera bajo el cuidado de Sophia, le haría falta la presencia de alguien más de la familia.
—Estaré viéndolo todos los días, no te preocupes— me aseguró el chico —Y voy a cuidar a mi papá en cuanto abra los ojos.
Él se mantenía firme en la esperanza, al igual que la señora Charlotte. Los partes médicos semanales eran cada vez más desalentadores, y si no habían desconectado los soportes vitales era únicamente porque Thomas Jr., Charlotte y yo nos habíamos opuesto rotundamente.
Al cruzar las puertas del hospital, Alexander ya me esperaba junto al vehículo. En todo este tiempo, Alex no había dejado de repetirme que todo saldría bien. Él sabía perfectamente lo mucho que Tom me importaba, por más que yo intentara negarlo ante los demás.
Me sentía deprimido, decaído, físicamente agotado. Era una repetición de lo que viví durante mi segundo embarazo, luchando contra una pesadez constante en el pecho y obligándome a comer solo porque sabía que el bebé que llevaba dentro dependía de mí. Odiaba necesitar a Tom. Odiaba esa dependencia y el temor de pensar en lo que Brian podría hacer aprovechando que él estaba en esa cama, postrado, con el corazón latiendo únicamente por el impulso de una máquina.
—¿Listo?— preguntó Alex cuando me detuve a su lado.
—Sí… Hagamos esto rápido— murmuré.
Me metí en el asiento del copiloto y Alex puso el motor en marcha, alejándonos del hospital rumbo a la terminal militar.
&
El viento helado de las alturas sustituyó de golpe el sopor de la pista de aterrizaje en cuanto el helicóptero de la agencia levantó el vuelo desde la base militar. Abajo, el verdor de la selva colombiana se extendía como un océano infinito de copas de árboles, sí, era bonito y a la vez espeluznante, tragándose cualquier rastro de civilización.
Dentro de la cabina, el ruido de las hélices era ensordecedor y se mezclaba con el calor que comenzaba a filtrarse por las escotillas. Llevaba el chaleco ligeramente flojo para no ejercer presión sobre mi abdomen, mientras el aire me daba de lleno en el rostro, revolviéndome el estómago y provocándome un mareo que tuve que aguantarme.
Alexander, sentado frente a mí, desplegó un mapa físico sobre sus rodillas y señaló una zona marcada en rojo cerca del cauce de un río.
—La información anónima que me llegó hace dos meses resultó ser exacta— explicó Alex, elevando la voz por encima del estruendo del motor —Don Germán, uno de los capos más pesados del bloque oriental, tiene su campamento en esa coordenada. Hoy mismo está cerrando la compra ilegal de miles de hectáreas para montar un laboratorio de procesamiento masivo. Si lo neutralizamos hoy, le cortamos los brazos a toda la red de suministro que alimenta a Jeffrey Fernandez.
Asentí en silencio, apretando el agarre sobre mi fusil de asalto. La humedad era casi insoportable; el sudor me corría por el cuello y la piel se me pegaba a la tela del uniforme, pero debía mantenerme firme ante todo.
Minutos después, la nave descendió a baja altura sobre un claro. Descendimos a través de cuerdas fijas, pisando un barro denso que amenazaba con hacernos resbalar entre la vegetación tupida. El aire en tierra olía a mera vegetación podrida, a humedad y a tierra mojada.
—En formación. Silencio de radio a partir de este punto— ordenó Alex por el intercomunicador, encabezando el avance.
Avanzamos durante veinte minutos cortando maleza. El calor era sofocante y la falta de aire hacía que cada paso pesara el doble o, al menos, así lo estaba sintiendo yo. Caminaba manteniendo el ritmo de la escuadra, respirando despacio para controlar las náuseas y el mareo constante que no me daba tregua.
De pronto, el murmullo de los insectos fue sustituido por voces masculinas y el rugido de plantas eléctricas a la distancia. Alex hizo una señal con la mano y nos desplegamos detrás de los troncos de los árboles centenarios. A escasos cincuenta metros, al borde de una estructura de madera y láminas de zinc, Don Germán —un hombre robusto, panzón, que usaba sombrero y tenía la camisa abierta, dejando su pecho asquerosamente peludo al aire— supervisaba a un grupo de veinte hombres fuertemente armados.
Sobre una mesa improvisada yacían planos, fardos de dólares en efectivo y escrituras de tierras.
—Fuego a mi señal— susurró Alex.
Un segundo después, el infierno se desató. Abrimos fuego simultáneo contra la guardia perimetral del capo. Las ráfagas eran cortas, derribando a varios de los sicarios antes de que pudieran reaccionar. El griterío de los hombres y el estruendo de los disparos se escucharon en medio de la selva.
—¡Nos cayeron los gringos! ¡Fuego, jueputa!— rugió Don Germán, cubriéndose detrás de la madera mientras sus hombres devolvían el ataque a ciegas hacia la espesura.
Las balas impactaban contra la corteza de los árboles a nuestro alrededor, levantando astillas y tierra. Me parapeté tras un tronco grueso, devolviendo el fuego cuando podía. A pesar del cansancio físico y del esfuerzo que me exigía la batalla, mis reflejos permanecían intactos. Abatí a dos de los tiradores que intentaban flanquear la posición de Alex, cubriéndole la espalda.
Alex y dos agentes arrojaron granadas aturdidoras hacia el centro del campamento. Las explosiones secas y los destellos desorientaron por completo a la guardia colombiana.
—¡Avancen, no los dejen rearmarse!— gritó Alex, saliendo de la cobertura mientras abatía al último de los escoltas.
Don Germán, acorralado y con el hombro sangrando, intentó correr hacia la maleza buscando la ruta del río, pero me crucé en su camino emergiendo de entre los helechos, cortándole el paso con el fusil levantado y la mirada fija en él.
—Ni un solo paso más— dije con la voz firme, aunque por dentro sentía que el pulso me iba a mil.
El capo, al ver mi mirada y notar que la totalidad de su guardia yacía sometida o muerta en el suelo, soltó su arma con un gesto de amargura y levantó lentamente las manos, respirando de manera agitada. Alex llegó de inmediato por el costado, pateando el arma lejos de él y colocándole las esposas rápidamente.
—Don Germán, queda detenido por cargos federales de narcotráfico y conspiración internacional— sentenció Alex, mientras el resto del equipo aseguraba los ordenadores y los mapas incautados.
El olor de la pólvora, más la vegetación quemada, se dispersaba lentamente entre las copas de los árboles. Habíamos ganado la pelea y el operativo en la selva era un éxito, pero mientras me apoyaba sobre las rodillas intentando recuperar el aire, sentí cómo el agotamiento y mi cuerpo me recordaban violentamente que no podía seguir exigiéndome de esta manera por mucho tiempo más. Por suerte ya había acabado y podría tomarme un descanso…
—Aseguren el material incautado y suban al tipo— ordené con la respiración aún agitada, ajustándome la correa del fusil sobre el hombro mientras los agentes arrastraban a Don Germán, ya esposado, hacia la parte trasera del helicóptero.
Me adentré en la nave y me dejé caer pesadamente sobre uno de los asientos laterales. El esfuerzo físico, el calor y el estrés de la balacera me tenían al límite; me llevé una mano al abdomen por puro instinto, sintiendo una punzada ahí nuevamente que me obligó a cerrar los ojos unos segundos y apretar los dientes en silencio.
Alexander abordó al final, asegurando la compuerta lateral antes de tomar asiento frente a mí y ajustarse los auriculares tácticos.
—Centro de Mando, aquí Alfa Uno— notificó Alex por el canal principal, con la voz firme a pesar del cansancio —Operativo en zona de selva completado con éxito. El objetivo principal, Don Germán, está bajo custodia. Aseguramos documentación confidencial, equipos informáticos y coordenadas de la red de suministro. Solicitamos ruta de extracción hacia la base militar.
—Recibido, Alfa Uno. Excelente trabajo. Tienen luz verde para el trayecto de regreso.— respondió la frecuencia desde el cuartel general entre leves chispas de estática.
El helicóptero comenzó a ganar altura rápidamente, dejando abajo la alfombra infinita de árboles y el humo que aún salía del campamento destruido. Me recliné contra el respaldo de metal, soltando un largo suspiro de alivio al sentir la brisa más fresca que entraba por las pequeñas rendijas de la cabina. Por un momento pensé que lo peor del día había pasado, que finalmente podríamos regresar y procesar toda la información para cerrarle el cerco a Jeffrey, otro capo que estaba escalando demasiado rápido, de una vez por todas.
Me equivoqué.
Un estallido retumbó justo sobre nuestras cabezas, seguido inmediatamente por una segunda explosión mucho más violenta que sacudió la estructura entera de la nave como si fuera de papel.
—¡Maldita sea! ¡Cargas adhesivas en el rotor superior!— gritó el piloto por el intercomunicador, su voz tapada por el ensordecedor sonido de las alarmas rojas que comenzaron a destellar en el panel de control.
El impacto destrozó el sistema hidráulico y partió dos de las hélices principales en mil pedazos. El helicóptero perdió toda estabilidad en cuestión de milisegundos, inclinándose bruscamente noventa grados mientras la cola del vehículo comenzaba a dar vueltas sobre su propio eje en una espiral fuera de control.
—¡Sujétense! ¡Nos vamos abajo!— retumbó la voz de Alex en medio del caos.
Los cables y los equipos salieron volando por el habitáculo. El estruendo del viento, el crujido del metal retorciéndose y el pánico dentro de la cabina se volvieron ensordecedores. Apresuré las manos para aferrarme a las correas de seguridad de la pared, usando la otra para proteger instintivamente mi vientre mientras la fuerza centrífuga nos empujaba con violencia hacia las copas de los árboles que subían a toda velocidad a nuestro encuentro.
Lo último que escuché antes de que el impacto contra las ramas gigantescas aplastara el fuselaje y la oscuridad me tragara por completo fue el ensordecedor crujido del metal estrellándose contra la tierra.
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OMNISCIENTE
En una de las tantas propiedades de seguridad que el Clan Nox mantenía ocultas en el sector fronterizo, las cortinas tupidas bloqueaban la luz del mediodía y el único resplandor de la habitación provenía de las pantallas de vigilancia alineadas sobre la mesa de centro.
Brian permanecía de pie junto a la ventana, sosteniendo un vaso de whisky en la mano mientras observaba la niebla espesa que bajaba de los cerros. Morgana estaba sentada en el sofá, fumándose un cigarrillo. El sonido rítmico de un teléfono satelital rompió la quietud que había en la estancia.
Brian no se apresuró. Giró sobre sus talones con lentitud, dejó el vaso sobre la madera y pulsó la tecla del altavoz en el dispositivo encriptado.
—Habla— ordenó con voz neutra y baja.
—Señor, el trabajo en la selva está hecho— informó una voz distorsionada desde el otro lado de la línea, acompañada por el murmullo lejano de la vegetación y el viento nocturno —Las cargas magnéticas colocadas en el rotor principal durante el abordaje de la guardia se activaron exactamente al alcanzar los quinientos metros de altitud.
Brian no cambió el gesto, pero sus ojos se entrecerraron ligeramente.
—Confirmación de impacto— exigió.
—El sistema hidráulico colapsó al instante y las hélices principales quedaron destruidas en el acto.— continuó explicando —Vimos la aeronave perder el control y estrellarse en picado contra el sector más denso del dosel forestal, a más de diez kilómetros del punto de extracción. La estructura impactó contra el suelo a toda velocidad. No hubo supervivientes visibles antes del impacto. El helicóptero cayó.
Morgana alzó la mirada, cruzando una sonrisa con Brian desde el fondo de la habitación.
—Él sigue vivo… y su criatura.— comentó, dejando algo confundido a Brian.
—Buen trabajo— respondió el tipo con voz gélida—Borren cualquier rastro de la posición, destruyan los detonadores y replíguense a la base secundaria de inmediato.
Desconectó la llamada sin esperar respuesta y guardó el teléfono en el bolsillo de su chaqueta. La DEA creía tener la iniciativa tras el asalto al campamento de Don Germán, sin sospechar que cada paso dentro de la selva colombiana había sido calculado como una trampa súper mortal para empezar con sus planes de una vez por todas.
—Contraté a una pareja que me traerá a Willem.— musitó Brian, mirando a Morgana. —¿Estás seguro de que sobrevivió?
—Te digo que sí, mejor dime para qué tienes a Natalie aún si ya no te sirve.
—Aún puede servirme para una última cosa que tengo en mente.— comentó con desdén. —Iré a ver si la jaula está lista…
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Un día entero había transcurrido desde el impacto en la espesura de la selva colombiana. En la sala de espera privada del hospital, el único sonido persistente era el zumbido rítmico del respirador artificial que venía de la habitación contigua, donde yacía Tom.
Travis permanecía de pie frente al televisor empotrado en la pared, con los brazos cruzados sobre el pecho y una taza de café frío olvidada sobre la mesa auxiliar. Sus ojos, enrojecidos por la falta de sueño y el cansancio acumulado, no se despegaban de la pantalla, donde la franja roja de «Última Hora» parpadeaba en bucle. No le gustaba ver las noticias, pero al encender la tele era el primer canal que había aparecido.
A la izquierda de la imagen, una reportera en directo informaba desde la base militar de San José del Guaviare, con la pista de aterrizaje y varios helicópteros de rescate en segundo plano.
—Reiteramos la información que llega desde el sur del país— anunciaba la periodista con tono grave —Las autoridades militares e inteligencia federal han confirmado hace apenas unos minutos el hallazgo de los restos del helicóptero de la DEA que sufrió un grave accidente el día de ayer, tras completar una operación contra el narcotráfico en la región selvática.
Travis apretó la mandíbula con fuerza, sintiendo cómo algo le recorría la espalda. Se acercó un paso más al televisor, subiendo ligeramente el volumen con el mando a distancia.
—Según los informes preliminares del equipo de búsqueda y rescate que logró acceder a la zona del impacto, la aeronave presentó un fallo estructural en el sistema de hélices a más de quinientos metros de altura, precipitándose a tierra en una franja inaccesible. Las imágenes captadas por los drones de reconocimiento muestran el fuselaje completamente calcinado y destruido tras la colisión.
La pantalla mostró una toma aérea borrosa, filtrada por el ejército; era nada más que una mancha negra de vegetación quemada y fragmentos de metal retorcido esparcidos entre las copas rotas de los árboles gigantescos.
—Oh, no…— jadeó Travis, con los ojos abiertos desmesuradamente.
—Hasta el momento no se han confirmado supervivientes entre los tripulantes y los agentes de alto mando que componían la comitiva oficial— continuó la presentadora —Entre la lista de personal a bordo figuraban altos mandos y coordinadores de la lucha contra el crimen organizado internacional. Las labores de extracción de restos continúan bajo extrema reserva.
Travis soltó un suspiro pesado y áspero, pasándose ambos puños por el rostro para frenar la rabia impotente que le quemaba por dentro. No necesitaba escuchar nombres para saber exactamente quiénes iban en esa nave. Sabía que Bill estaba ahí.
Giró la cabeza lentamente hacia la puerta entreabierta de la habitación de Tom. Al fondo, la silueta inmóvil de su hermano seguía tendida sobre la cama, atrapada en ese coma del que no despertaba, mientras la única persona que había corrido a despedirse de él antes de partir ahora yacía entre los restos ardientes de una emboscada en la selva.
Travis sabía que quizás no había sobrevivido.
—Maldita sea…— murmuró para sí mismo en medio de la sala, con los nudillos blancos de apretar la mano contra el borde de la mesa —Maldito seas, Brian. Maldito seas…
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Todo estaba sumergido en oscuridad, como si caminara en el fondo de un pozo sin fin. No tenía ni idea de cuánto tiempo llevaba avanzando. Para mí apenas habían sido unos minutos, aunque sentía las piernas de plomo, incapaces de coger impulso por mucho que intentara correr. Daba pasos largos, pero no avanzaba ni un solo metro. La nada me tragaba a cada segundo.
Durante ese trayecto había escuchado ecos lejanos, voces apagadas que transmitían una angustia que no terminaba de reconocer. Intenté responder, gritar, pero de mi garganta no salía el menor sonido. Estaba atrapado en el silencio de lo que parecía ser mi propia mente. De pronto, la oscuridad empezó a fracturarse.
Una especie de marea blanca y brillante se desbordó sobre la oscuridad, barriendo el vacío hasta dejarme atrapado en una sala infinita, rodeado por paredes de espejos. Adondequiera que mirase, solo me encontraba con mi propia figura.
—Hola, Klaus…— murmuró mi propia voz, resonando de manera escalofriante desde todas partes.
Giré sobre mis talones, pero no vi a nadie.
—Así que por fin tengo la oportunidad de acabar contigo, como tanto lo deseé…
—¿Qué?— exclamé, dando un paso atrás.
De la nada, el espejo principal que se alzaba frente a mí se alteró. La imagen distorsionada de mi presente se resquebrajó para devolverme el reflejo de mi verdadero yo, la silueta con trenzas pegadas al cuero cabelludo, la mirada desafiante y esa expresión burlona que me perteneció antes de que todo se fuera al infierno.
Recordaba vagamente haber pasado por un trance similar, pero el trauma lo había borrado.
¿Qué me estaba pasando?
—¿Qué clase de pesadilla es esta?— reclamé con la mandíbula apretada.
—Es una pesadilla para ti, pero un sueño cumplido para mí— respondió el reflejo, dando un paso al frente dentro del cristal, acortando la distancia como si la barrera de vidrio fuera simple agua —¿Tienes la menor idea de toda la mierda que has causado desde que dejaste que esa bruja te metiera la mano en la cabeza?
¿Mi propio subconsciente me estaba encarando?
—Yo…
—No, no tienes la menor idea— interrumpió el reflejo de mi yo joven, soltando una risa nasal, fría y malévola —Como tampoco sabes lo jodidamente furioso que estoy, amigo. Nunca me escuchaste. Te adueñaste de mi vida, de mis decisiones… Me arrastraste a esta miseria y dejaste ir a lo único que de verdad nos importaba. Eres una mierda, Klaus.
El reflejo cruzó el plano del espejo. Atravesó el cristal como si fuese un fantasma y pisó la misma superficie blanca sobre la que yo estaba de pie. Su presencia pesaba el doble; desprendía un rencor acumulado, podía sentirlo.
—Pero no te preocupes— continuó ese reflejo, esbozando una sonrisa mientras sus ojos brillaban con rabia —Así como el dolor te creó…— chasqueó los dedos con lentitud —… yo mismo me voy a encargar de hacerte desaparecer.
Antes de que pudiera reaccionar o llevarme la mano a la cintura para buscar un arma que no tenía, ese reflejo de mí mismo se abalanzó sobre mí con ferocidad, parecía una bestia encadenada. Me sujetó del cuello con ambas manos, estampando mi espalda contra la superficie fría de uno de los espejos, que se agrietó en mil pedazos tras el impacto.
—¡Suéltame, maldita sea!— grité, intentando zafarme de su agarre, clavándole los dedos en las muñecas mientras el aire se me escapaba de los pulmones.
—¡No puedes hacer nada! ¡Aquí mando yo, amigo!— me decía. —¡Te dejaste manipular por una bruja! ¡Dejaste que Brian se saliera con la suya y hiciste que Bill nos odiara!— rugió él sobre mi rostro, apretando el agarre con fuerza descomunal —¡Te alimentaste de la paranoia y del dolor, me dejaste encerrado mientras todo lo que me costó tener se me iba! ¡Se acabó, Klaus! ¡Vuelvo a tomar el mando!
Con un movimiento seco y brutal, metió su mano directamente en mi pecho. No hubo sangre, solo dolor, mismo que me desgarró desde dentro. Sentí cómo sus dedos se cerraban alrededor de la esencia misma de la identidad que me había mantenido en pie durante todo este tiempo.
—Esto es por todo lo que nos quitaste…— susurró el Tom verdadero al oído, pegando su frente contra la mía mientras tiraba hacia atrás con violencia.
Un alarido mudo se me atascó en la garganta. Sentí cómo la figura de «Klaus» se desintegraba como ceniza al viento, resquebrajándose desde las extremidades hasta el rostro. El espacio blanco empezó a colapsar, rompiéndose en mil pedazos de cristal que cayeron al vacío. Mi reflejo me vio desaparecer entre sus manos, absorbiendo cada fragmento de mi fuerza, recuperando el control de su mente, de su cuerpo y de su destino.
Buff…
Cerré los ojos y el vacío volvió a tragarme por un instante, dejándome flotando en una quietud donde ya no había espejos, ni dolor, ni el peso de Klaus sobre mi cabeza.
—Tom…— me llamó una voz dulce, suave y femenina, resonando con calidez.
Abrí los ojos despacio. Frente a mí, envuelta en la penumbra que se disipaba, se encontraba la figura de una joven que desprendía una luz blanca y tenue, similar al resplandor sutil de una nebulosa dibujando el contorno de su silueta. Intenté enfocar los detalles, analizar su rostro o entender dónde estaba, pero mi mente se negaba a procesar nada más. A pesar de tenerla tan cerca y verla con claridad, me sentía en un trance, con el pensamiento en blanco y el pulso pausado.
—Es lindo tenerte de vuelta…— susurró, observándome con serenidad, una que transmitía una paz inusual.
—¿Eh…?— apenas pude articular, intentando descifrar su presencia.
—No sabes quién soy, pero yo sí sé perfectamente quién eres— murmuró con dulzura, acercándose un paso sin tocar el suelo —Puedo sentir lo que hay en tu pecho, puedo sentir lo que deseas… y lo vas a conseguir— aseguró, regalándome una sonrisa amable —Créeme que lo vas a lograr…
—¿Me casaré con mi morenito y tendremos los diez hijos que quiero?
Ella se echó a reír. —No puedo asegurártelo, pero tampoco te lo negaré. Lo que sí puedo decirte es que lo tendrás de vuelta…
—¿Y tú quién eres?
—Eso no importa.
—Ash, tanto misterio.— puse los ojos en blanco.
Ella volvió a reír. —Es aquí cuando despiertas, Tom.
Esas fueron las últimas palabras que pronunció la joven antes de que su luz se disolviera en un destello bastante cegador que me empujó de golpe hacia la realidad. Abrí los ojos de golpe.
Continúa…
¿Sorpresa…?