Irrevocable 7 Catalina

Administración: Dividí el capítulo para asegurarme de que no se cortara, pero ya están las dos partes publicadas.

Fic de unicornlitz. Temporada III

Capítulo 7 (Parte 1)

CATALINA

Últimamente me sentía ligera, y no era para menos. Había conseguido apartar a Benjamín de la vida de Klaus tal y como me propuse, y no fallé.

Después de aquella llamada que hizo tan inesperadamente, que contesté yo y borré del historial después, tenía clarísimo que Benjamín ya no tendría ganas de volver con Klaus, y eso era exactamente lo que quería. El plan que monté al drogarlo fue lo mejor.

Además, Benjamín ya tenía la duda de que Klaus pudiera estar siéndole infiel; no confiaba del todo en él. Le hice un favor a él y me lo hice a mí misma. Debería darme las gracias, aunque seguramente me estaba odiando a muerte.

Pero eso me importaba bien poco.

—Catalina, estos vestuarios son horribles.— puse los ojos en blanco al escuchar a Jennifer quejarse como todos los malditos días. —El color amarillo no nos favorece a ninguna, me entran ganas de vomitar.

—Jen, querida.— bufé, dando unos cuantos pasos hacia ella. —Estos vestuarios son fabulosos. Que no os favorezcan ya es problema vuestro, ¿no?— les eché un vistazo de arriba abajo, viendo sus malas caras por mi respuesta. —Así que deja de quejarte. Recordad que tenéis que encantar a los hombres, no a vosotras mismas. Yo escogí estos vestuarios y me importa un carajo si os gustan o no. Así que moveos en lugar de estar abriendo la boca para perder el tiempo.

Dije chasqueando los dedos en el aire.

—Uf.— Jen me miró con mala cara, como todas. Ninguna allí me soportaba, pero me daba igual. Era su coordinadora y tenían que obedecerme, a menos que quisiera echarlas. Klaus me había dado ese poder. —Espero que te largues pronto, zorra. Porque no te aguanto.

Le sonreí con cinismo.

—Pues te vas a quedar esperando, porque de aquí no me va a sacar nadie.

—El jefe dijo que lo haría.— comentó Hanna mientras se colocaba las pulseras en las muñecas. —Que te mandaría a su otro bar en Múnich. Quizá al mismo al que mandó a Vanessa…

—A Vanessa la mandó al otro barrio, o sea, la mató.— la corrigió Giselle. —Después de meterlo en problemas con su pareja.

—Ex.— solté con desdén. —Ya no están juntos.

—Por tu culpa.— soltó Alexandra.

Las miré con superioridad, levantando la cabeza con orgullo.

—Fue algo que pasó en un momento de debilidad. No es culpa mía que Klaus se quedara embobado conmigo y le fuera infiel a su ex pareja. Hay que reconocer que… siendo yo más joven… tengo ventaja.

Las chicas soltaron una risa irónica y burlona, pero no me molestó. Sabía que era por la envidia que me tenían.

—Cariño…— dijo Maritza entre risas de burla. —Bájate de la nube en la que vives y abre los ojos. Ese chico, Benjamín, es una preciosidad, y lo digo yo, ¿eh? Que lo he visto alguna vez cuando pasaba por el bar.

Apreté la mandíbula con rabia.

—Rubio y con un cuerpazo que ya me gustaría tener a mí.— siseó encantada. —Es el amor del jefe y él lo dejó clarísimo después de lo de Vanessa. Si no nos mató fue porque le dimos pena; si no, ya estaríamos muertas.— murmuró. —Y lo que intento decirte con esto es que ese chico mueve el mundo del jefe. El jefe manda, sí, pero ese chico manda sobre él. Así que no te creas tan especial solo porque se acostara contigo seguramente borracho. Lo más probable es que estuviera viendo a Benjamín en tu lugar.

—Es verdad.— añadió Jen. —No sé qué edad tendrá, pero se le ve muy joven y sexy. Y a ti, Catalina, de nada te sirve ser joven y guapa si no tienes cerebro.

No esperé a escuchar nada más. Levanté la mano y, antes de que pudiera reaccionar, se la estampé en la mejilla con fuerza. La bofetada resonó por todo el camerino. Su cabeza se ladeó por el golpe y soltó un jadeo ahogado.

—Esta es la primera y última vez que me faltáis al respeto de esta manera.— Jennifer volvió a erguirse, con el pelo desordenado, para mirarme con todo el odio reflejado en sus ojos azules. —Que os quede claro, ¡a todas!, que soy vuestra coordinadora y tenéis que obedecerme. La próxima vez haré que Klaus os extermine y, para terminar de arruinaros la noche… no me iré a Múnich. Tenedlo por seguro.

Después de decir eso, me di la vuelta y salí del camerino a paso rápido, con toda la rabia hirviendo y corriéndome por las venas. Cómo odiaba que se refirieran a Benjamín como si fuera alguien increíble. Por Dios.

Yo era mucho más guapa que él.

El hecho de que me recordaran que Klaus me enviaría a Múnich me enfadó todavía más. Tenía que hacer algo para evitarlo, porque no aparté a Benjamín de su vida para nada. He tenido el camino libre durante cinco meses y ni aun así he conseguido nada con Klaus. Los acercamientos que hemos tenido han sido meramente por trabajo y él se ha mostrado tan frío…

Tenía que hacer algo más para que empezara a fijarse en mí. Me gustaba. Mierda, ese hombre me volvía loca como ninguno. Quería algún día restregarle a Benjamín en la cara que, al final… yo gané la apuesta que hicimos.

Iba tan enfadada y tan perdida en mis pensamientos que solo reaccioné cuando choqué con alguien que también iba con prisas. Al levantar la vista me encontré con una mujer rubia de ojos color avellana. Sentía que la había visto antes…

—Mira por dónde vas.— gruñó y, cuando una de las luces estroboscópicas me iluminó de lleno la cara, abrió los ojos de par en par, perpleja. —Tú.— bramó con rabia y me miró de la misma forma, recorriéndome con una mirada llena de un asco tan profundo que se me encogió el estómago.

—¿Perdón?

—Ah, no sabes quién soy.— murmuró entre una risa que no tenía absolutamente nada de divertida. —Déjame que me presente. Soy Sophia.

—Oh, mucho gus…— iba a extender la mano para que el saludo fuera más formal, pero no me esperaba que aquella loca me estampara el puño contra el pómulo, haciéndome trastabillar hacia atrás por la fuerza del golpe. El impacto sonó seco, como si se rompiera un hueso, y el dolor me cegó al instante.

No tuve tiempo ni de recomponerme cuando sentí una lluvia de puñetazos y tirones de pelo de los que no podía defenderme; era un torbellino de furia que me arrastraba por el suelo del local.

—¡Esto te pasa por zorra!— me estampó el puño en el estómago, dejándome sin aire con una violencia brutal que hizo que me doblara por completo.

De mi labio resbalaba un hilo de sangre y lo sentía arder y palpitar por el puñetazo que había recibido allí unos segundos antes. Ella me agarró un buen puñado de pelo y me echó la cabeza hacia atrás con fuerza, obligándome a mirarla desde abajo, completamente sometida. Jadeé de dolor.

—Pensé que aquel imbécil te había mandado lejos o que ya estabas muerta, pero mira la mierda de sorpresa con la que me encuentro.— dijo con muchísima rabia. —¿De verdad creíste que podías meterte en camas ajenas e ir por la vida como si nada, pedazo de basura?

Tiró todavía más fuerte, arrancándome varios mechones de pelo y haciéndome gemir mientras me retorcía debajo de su bota.

Ella sonrió con sorna, disfrutando de cada uno de mis sollozos.

—Pero casi que mejor, porque me moría de ganas de darte la paliza que te mereces por hacerle daño a mi amigo. No eres más que una muerta de hambre arrastrada que necesita usar el cuerpo porque el cerebro no le da para más.— su rostro se acercó al mío, quedando a escasos centímetros.

Sentí aquella cercanía tan asfixiante que me hacía sentir insignificante. Podía notar su aliento con olor a menta y me di cuenta de que estaba mascando chicle con una tranquilidad desquiciante, como si ir pegando palizas por ahí fuera su rutina de todos los viernes. Entonces entendí quién era aquella mujer. Sophia. Era amiga de Benjamín.

—Da gracias a que no llevo con qué hacerlo, porque te juro que ahora mismo te rajaba la garganta y fregaba el suelo con tu sangre.

Me soltó de golpe, dejándome caer como un saco de basura sobre el suelo mugriento.

Hiperventilaba. Aquella mujer seguramente me había roto alguna costilla. Me costaba respirar y me dolían una barbaridad todas las partes del cuerpo donde me había golpeado. Me di cuenta de que mucha gente había dejado de bailar o de beber en cuanto aquella loca empezó a pegarme, formando un círculo a nuestro alrededor, mirándome con desprecio, murmurando y disfrutando de mi humillación pública.

Sophia me miró desde arriba, como quien mira a una cucaracha antes de aplastarla.

—Procura no volver a cruzarte jamás en mi camino, maldita zorra. Porque te juro que no me importaría estrangularte hasta matarte.— me advirtió entre dientes, escupiendo cada palabra llena de rabia. —Puta de mierda. Das pena. Lo que necesitas son unas caricias en la cabeza con un martillo, putita.

Se colocó el abrigo con toda la elegancia del mundo. Ni un solo pelo se le había movido de su sitio, mientras yo la miraba aterrada, temblando en el suelo y sin poder creerme que me hubiera dado semejante paliza de la nada. Seguía completamente aturdida. Dios… mi dignidad y mi cuerpo estaban hechos añicos.

Se dio la vuelta con la cabeza bien alta y la vi caminar hasta el ascensor, empujando a cualquiera que tuviera delante para abrirse paso, imponiendo las reglas del lugar solo con su presencia.

Era una maldita loca.

Me las iba a pagar.

TOM

Vi entrar a Sophia hecha una furia en mi apartamento en cuanto se abrieron las puertas del ascensor. Venía con una cara de pocos amigos impresionante y, al verme en el sofá, frunció todavía más el ceño. Suponía que estaba así porque la mandé llamar; se la veía completamente reacia a venir a Alemania, pero en cuanto le mencioné lo del trabajo no pudo negarse. Era su deber.

Se cruzó de brazos, quedándose quieta frente al ascensor mientras las puertas se cerraban a su espalda y mirando en mi dirección. Yo estaba tumbado en el sofá, bebiendo whisky sin hielo mientras esperaba su visita.

—Llegas tarde.— dije con un pequeño resoplido mientras me ponía de pie. —Se suponía que llegarías hace una hora y media, Sophia.

Ella puso los ojos en blanco.

—Ya estoy aquí. Dime qué tengo que hacer para largarme de una vez.— soltó con brusquedad.

Suspiré hondo, sintiéndome abrumado por el cansancio.

—Como te conté por teléfono, necesito que te infiltrees en la organización de Salazar. No sé cómo te las vas a apañar, pero tienen que acabar confiando mucho en ti. Me vas a contar todos y cada uno de los pasos que den, todo lo que hagan, hasta que encuentre la manera de entregarlo.— murmuré.

—¿Eso es todo? ¿Y ya?

—Es más difícil de lo que piensas. Después de lo que pasó en Brasil, Salazar confía en el Clan Geist porque lo salvamos de que lo atraparan, pero aun así no termina de fiarse; sabe que tuvimos algo que ver con la captura de Rodrigo.— expliqué, dándole un largo trago a mi bebida. —No pueden saber que vas de mi parte, así que tendrás que inventarte algo para entrar en la organización.

—¿Como qué?

—No lo sé, tú eres lista. Ya sabrás qué hacer.

—Como siempre, lavándote las manos, ¿eh, Tom?— fruncí el ceño al escuchar el tono escéptico de su voz. Continuó sin darme tiempo a responder. —Da igual, entraré. ¿Cuánto tiempo voy a tener que quedarme en México?

—El tiempo suficiente para reunir la información necesaria y poder atacarles.— contesté, encogiéndome de hombros.

—Tengo que volver a Nueva York dentro de cuatro meses, o antes.— dijo con una impaciencia más que evidente. —Así que no puedes exigirme que me quede más tiempo.

—¿Por qué?

—Y a ti qué coño te importa.

—¿Te pasa algo?— pregunté al notar el enfado en su voz, ese mal humor constante. Creía que era por el tema de mi moreno, pero en realidad parecía ser otra cosa. —Tienes una actitud tan borde que me estás empezando a tocar las narices a mí también.

—¿Me estás amenazando? ¿Y qué vas a hacer al respecto?— soltó con desafío.

La miré de arriba abajo con desdén y fue entonces cuando me fijé en los nudillos de sus manos. Fruncí el ceño, confundido al verlos completamente enrojecidos y con pequeños restos de sangre.

—¿Con quién te has peleado ahora?— pregunté por pura curiosidad.

Ella bajó la vista hacia sus manos al notar que las estaba mirando y sonrió con sorna.

—Con la mosquita muerta de Catalina.— respondió. No sabría explicar cómo me sentí por dentro al escuchar aquella respuesta. —Pensaba que ya la habías echado o que estaba muerta, pero la muy zorra sigue aquí. ¿De verdad te la has estado tirando todo este tiempo?— preguntó, mirándome con un asco absoluto.

—No.— respondí al instante, sintiendo una punzada de pánico. —¿Cómo se te ocurre?

Ella se encogió de hombros.

—Es más que evidente. Te la has estado tirando.

—¡He dicho que no!— solté alterado, cogiendo una profunda bocanada de aire.

Ni siquiera se inmutó. Al contrario, soltó una risa despreocupada mientras negaba con la cabeza, irónica y burlona.

—Eres gilipollas perdido, Thomas.— dijo.

—Piensa lo que te dé la gana.— me crucé de brazos, intentando recuperar aunque fuera un poco la compostura. —¿Te hizo ella algo para que la pegaras?

—Sí.— dio un paso firme hacia mí, sosteniéndome la mirada con desafío. —Meterse con Bill.

Escuchar el nombre de mi moreno hizo que contuviera el aliento por completo. Me dolió el pecho. Desde que supe que Sophia había llegado a Alemania, me moría de ganas de preguntarle por él, pero sabía que ella no me diría nada. Al contrario, me insultaría y me escupiría todas las verdades a la cara; no me daría la información que necesitaba, solo me recordaría lo que yo ya sabía de mí mismo.

—Esa maldita se merece todos y cada uno de los golpes que le di, aunque me habría gustado estamparle la cara contra el suelo hasta matarla.— decía Sophia con una rabia desbordante. —No puedo creer que todavía la tengas aquí.

—La enviaré a Múnich.

—¿Y ahora para qué?— decía con total desaprobación. —Tom, ha pasado casi medio año y esa zorra con la que engañaste a Bill sigue aquí. ¿Qué coño tienes en esa cabeza en vez de cerebro? ¿Qué crees que pensaría Bill si supiera que esa putita sigue aquí? ¡Dímelo!

—¿Tú crees que he tenido cabeza para ponerme a pensar qué voy a hacer con ella?— estallé, sintiéndome acorralado.

—Dios, eres gilipollas.— gruñó.

Sabiendo que era mi única oportunidad, tragué saliva y solté la pregunta que me llevaba carcomiendo la cabeza desde hacía meses.

—Mejor dime cómo está él.

—De putísima madre, cabrón.— soltó de golpe. —Está tranquilo, está en paz y no te necesita.

Puse los ojos en blanco, ocultando el dolor que me provocaron sus palabras.

—Iré a verlo.

—No, tú no vas a ir a ninguna parte.— me advirtió, señalándome con el dedo índice de forma acusadora. —No has ido en estos cinco meses, ¿y ahora sí quieres ir a verlo? ¿Para qué? ¿Porque sabes que está bien y quieres ir a joderle la vida?

Mierda. Joder con esta mujer y con todos los que siempre me echaban cosas en cara cada vez que quería hacer algo con respecto a él. Si iba a buscarlo, estaba mal; y si no lo hacía, también. Era un puto callejón sin salida.

—No es eso.

—Pues lo parece.— murmuró. —Te voy a decir una cosa, da por terminado todo lo que había entre Bill y tú, porque dudo muchísimo que él te perdone o quiera volver contigo.

—¿Por qué dices eso?

Ella empezó a caminar despacio a mi alrededor, como un buitre acechando a su presa, hasta quedarse justo a mi espalda.

—¿De verdad tienes los huevos de hacer esa pregunta después de lo que hiciste? Bill ya no quiere saber absolutamente nada de ti, y con toda la razón del mundo, porque le fuiste infiel. No solo le rompiste el corazón, pedazo de cabrón, sino que tú nunca sabrás lo que se siente porque a ti nunca te han hecho algo así. Tú eres de los que rompen a alguien y luego se sienten culpables como si eso fuera a arreglar el daño que han hecho.

Cerré los ojos con fuerza y apreté los párpados, sintiendo que me faltaba el aire.

—Estaba borracho, Sophia. Y sé que eso no es una excusa, pero te juro que no recuerdo absolutamente nada de lo que pasó con Catalina.

—¿Ahora vienes con excusas? ¿Esa es tu defensa? ¿Y qué? El hecho de que no lo recuerdes no significa que no pasara.

—Tampoco significa que pasara.— respondió mi propia desesperación.

Ella volvió a reír, y aquella risa no tenía ni una pizca de humor.

—Aun así sigue siendo culpa tuya por meter a esa mujer en tu vida. Bill te dijo que te alejaras de ella, pero te pasaste sus palabras por el puto culo. Te importó una mierda.

Y yo sabía perfectamente que ese había sido mi mayor error. Pero en aquel momento, cegado por mi propia soberbia, jamás pensé que las cosas pudieran llegar tan lejos. Ya se lo dije a Melanie en su día: confiaba, y sigo confiando ciegamente, en el amor que siento por mi moreno. Por eso no escuché las advertencias. Creí que éramos invencibles. Pero tendría que haberle hecho caso a mi niño; toda la culpa ha sido mía, sin ninguna duda. Eso ya lo sabía. Y cada vez que me lo recordaban, yo… me venía abajo.

Bastante tenía ya con soportar la dolorosa ausencia de mi moreno, porque lo necesitaba desesperadamente a mi lado para poder estar bien, para poder respirar.

Soy como un edificio que se va derrumbando poco a poco sin su soporte.

Lo necesitaba a él para estar bien.

—Ahora te toca cargar con las consecuencias de eso.— la oí decir después; su voz destilaba burla. —Te mereces sufrir mucho. ¿Sabes cuál es el mejor castigo para los perros como tú?— preguntó, pero no respondió enseguida, dejándome con el vacío de la incertidumbre. —Mañana a primera hora viajaré a México y conseguiré toda la puta información que tanto quieres antes de tiempo. Será el último trabajo que haga para ti, Tom.

Me giré de golpe para mirarla directamente a la cara.

—¿De qué estás hablando?

—De lo que has oído. Será mi último trabajo.

Sonreí de medio lado, forzando una arrogancia que ya no sentía.

—No seas ridícula. Vas a trabajar para mí hasta que yo decida que ya no me sirves.

—A mí no me vengas con mierdas, Tom.— bramó, mirándome con absoluta indignación. —Yo me largo cuando me salga de los cojones. No formo parte del Clan Geist; solo te hago pequeños trabajos por los que me pagas y punto. Soy libre de decidir si quiero seguir haciéndote favores o no, y ahora mismo me da la gana decirte a la puta cara que dejo de trabajar para ti con este último encargo en México. ¿Te ha quedado claro?

Me quedé mirándola unos segundos en silencio, intentando asimilar el golpe.

—Eres una chula de mierda. Ya veremos si te vas.— me burlé, intentando no flaquear, y di otro largo trago a mi whisky.

Ella solo torció los labios con desprecio.

—Al menos, estando en México, estarás lejos de Bill. Tu influencia no le hace ningún bien.

Sophia se quedó procesando mis palabras durante un instante, analizando mi ataque, y luego volvió a sonreír con sorna.

—Creo que tendrías que haberme mandado a México antes, cariño.— soltó, para mi absoluto desconcierto.

—¿A qué te refieres?

No me respondió. Simplemente se encogió de hombros, me dio la espalda y caminó hacia el ascensor, dejándome con la maldita duda metida bajo la piel como un parásito. Las puertas se cerraron y se marchó.

La muy… ¡Joder! A veces odiaba a Sophia con toda mi alma por lo orgullosa y engreída que podía llegar a ser, y aun así me quedaba corto. Su personalidad era una auténtica mierda. ¿Qué demonios había querido decirme con eso? ¿Qué significaba ese puto comentario sobre Bill?

El silencio que inundó el apartamento tras su marcha se volvió sofocante, denso, casi sólido para mí. Dejé el vaso de whisky sobre la mesa de centro; el cristal del vaso chocó contra el cristal de la mesa con un golpe seco.

Me pasé las manos por la cara, frustrado, enterrando los dedos en el pelo mientras caminaba de un lado a otro del salón. Sentía una presión brutal en el pecho. Sophia tenía razón en una cosa: yo estaba acabado. Completamente destrozado.

¿Qué se suponía que tenía que hacer ahora? Me sentía atrapado en una red invisible de culpas y reproches que yo mismo había tejido. Si decidía tragarme el orgullo, reunir el valor e ir a buscar a Bill para suplicarle perdón, el mundo entero y mi propia conciencia se me echarían encima gritándome que era un egoísta, que solo iba a joderle la paz, que no tenía ningún derecho a irrumpir en su vida después de haberle roto el corazón con Catalina. Me echarían en cara el haber ido.

Pero si me quedaba aquí, quieto, ahogándome en alcohol en Alemania y respetando su espacio, el reproche era exactamente el mismo: «Han pasado cinco meses y no has movido un dedo, no te importa, eres un cobarde». Haga lo que haga, estoy condenado. Si voy, soy el monstruo; si me quedo, soy el desalmado.

Cerré los puños con tanta fuerza que los nudillos se me quedaron blancos. La culpa me estaba devorando por dentro de una forma espantosa. No recordar aquella maldita noche con Catalina no aliviaba el dolor; al contrario, lo hacía todavía más perverso. Era una sombra difusa que se interponía entre Bill y yo. Sabía que le había fallado a la única persona que daba sentido a mi jodida existencia.

Sin él, todo lo que construía carecía de cimientos. Me estaba derrumbando. Sentía que las paredes de mi propio apartamento se cerraban sobre mí. Necesitaba ir a buscarlo, necesitaba volver a ver sus ojos, escuchar su voz, aunque solo fuera para recibir sus gritos o sus insultos. Necesitaba a mi niño para poder respirar, porque estar sin él no era vivir, era simplemente arrastrar un cadáver.

Había revisado las cámaras del bar pero no hallé nada porque en el lugar donde estábamos Catalina y yo la gente nos rodeaba, y hizo imposible ver qué pasó durante el tiempo que me fui por cervezas.

Me detuve frente al enorme ventanal que mostraba las luces de la ciudad, sintiendo un vacío absoluto en el estómago. Estaba desesperado, perdido en mi propio laberinto, consciente de que el tiempo seguía corriendo y de que, quizá, Sophia tenía razón.

El daño ya era irreparable y yo estaba condenado a pagar las consecuencias de mi propia estupidez.

Me serví dos vasos más de whisky y me los bebí casi sin respirar, sintiendo cómo el alcohol me abrasaba literalmente la garganta sin conseguir anestesiar el caos que tenía en la cabeza. La maldita duda que Sophia había sembrado me estaba volviendo loco. Necesitaba moverme, hacer algo, liberar la presión que amenazaba con hacerme estallar el pecho.

Dejé el vaso vacío sobre la mesa y salí de mi apartamento. Decidí ir directamente al bar, concretamente al despacho de Catalina.

Ni siquiera me molesté en llamar cuando llegué a la puerta. Simplemente la empujé y entré.

Catalina estaba sentada detrás de su escritorio, revisando unos papeles mientras sujetaba con una mano una bolsa de hielo contra un lado de la boca. Al oír el portazo, se puso de pie inmediatamente por el sobresalto y dejó la bolsa sobre la mesa. Con la luz directa del despacho pude apreciar mucho mejor la herida de su rostro; tenía el labio partido e hinchado. No esperaba menos. Conocía perfectamente el temperamento de Sophia y sabía que, cuando pegaba, lo hacía para destrozar.

No la saludé. Me daba igual cómo estuviera.

—Este espectáculo que van a dar las chicas será el último.— solté con brusquedad, mirándola con escepticismo. —Quiero que las reúnas a todas en el aparcamiento del local en cuanto terminen.

Catalina parpadeó, completamente confundida por aquella orden tan repentina.

—¿El último, Klaus? Pero… ¿por qué? Tenemos fechas programadas para el próximo lunes y…

—No te he pedido que me cuestiones ni que me hagas preguntas.— la interrumpí, alzando la voz y clavándole una mirada que la hizo callarse al instante. —Limítate a hacer exactamente lo que te acabo de decir.

Guardó silencio unos segundos, asimilando el golpe de autoridad. Entonces la confusión desapareció de su rostro y fue sustituida por una sonrisa. Rodeó el escritorio, acortando la distancia entre los dos.

—Está bien, si eso es lo que quieres, se hará a tu manera.— murmuró, deteniéndose a solo unos centímetros de mí y mirándome fijamente a los ojos. —Aunque… estás muy tenso, Klaus. ¿Ha pasado algo?

—No.

Soltó un suspiro.

—Hace un rato una loca me dio una paliza. Me dijo que se llamaba Sophia y lo hizo, según ella, porque le hice daño a Benjamín. Me pareció fatal por su parte. Yo no hice nada a propósito, por Dios.— puso los ojos en blanco.

Me quedé completamente rígido al instante.

—Mejor olvida eso, Catalina.

Ella me miró perpleja por mi respuesta.

—Oye, Klaus, no sé por qué estás enfadado conmigo, pero yo…

—No quiero oír una palabra más.— la miré de arriba abajo con desprecio. —Cumple la orden que te he dado, ¿estamos? Sé a qué hora termina el espectáculo y, calculando el tiempo, no tardaríais menos de diez minutos en llegar al aparcamiento. No quiero retrasos.— solté con un tono tan despectivo que le borró la sonrisa de inmediato.

Me di la vuelta sin esperar a que respondiera y salí del despacho a grandes zancadas.

Mientras caminaba por el pasillo, Catalina no tenía ni idea del verdadero motivo detrás de mi orden. Nadie lo sospechaba. Aquellas bailarinas no volverían a pisar un escenario, ni en Múnich ni en ningún otro sitio. Iba a matarlas a todas. Si mi vida se estaba viniendo abajo y me estaba quedando sin mi soporte, iba a empezar a demoler todo lo que tenía a mi alrededor, limpiando el terreno desde la raíz.

Quizá eso no fuera suficiente, pero al menos estaba haciendo las cosas bien.

O eso creía.

Continúa…

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por unicornlitz

Escritora del Fandom

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