Fic de unicornlitz. Temporada III
Capítulo 8 (Parte 1)
BILL
Me quedé de piedra, sin mover ni un solo músculo y casi sin parpadear. Miraba a ese hombre frente a mí y sentía cómo un montón de emociones volvían de golpe, una detrás de otra, oprimiéndome el pecho. El amor… ese amor que seguía sintiendo por él hizo que los ojos se me llenaran de lágrimas en cuanto mi corazón reconoció a su dueño.
Aun así, no me permití derramar ni una sola, porque él no las merecía. No merecía saber que seguía queriéndolo como nunca había querido a nadie y que me estaba muriendo por contener las ganas de correr y lanzarme a sus brazos. La necesidad que estaba sintiendo de tener el más mínimo contacto con él me hizo estremecerme y desearlo todavía más.
Pero no podía. No podía ceder a esas necesidades.
—Bill.— volvió a pronunciar mi nombre y regresé a la realidad a duras penas. Mi respiración empezó a acelerarse, pero la contuve y tragué saliva con esfuerzo. Mi hijo gimoteaba para que lo cogiera en brazos, removiéndose entre los brazos de Tom.
Sophia fue quien tomó la iniciativa y le quitó a mi bebé de los brazos, cogiéndolo ella para tranquilizarlo. Tom ni siquiera se dio cuenta. Su mirada recorrió todo mi cuerpo y empezó a acercarse a mí con pasos rápidos. En sus ojos podía ver el desconcierto, la incredulidad ante una situación que yo jamás había planeado que ocurriera de esa manera. Porque mi intención era hablarlo tranquilamente, como personas civilizadas, pero no pudo ser.
—Bill.— volvió a llamarme, esta vez con la voz más alta que antes. Mi mirada nunca se apartó de la suya. —¿Es tuyo?— preguntó, refiriéndose a Tyler.
Pero yo era incapaz de hablar.
Tenía un nudo clavado en la garganta. No podía pronunciar ni una sola palabra, ni siquiera formularla mentalmente. Me sentía estúpido.
—Tom, no lo presiones.— intervino Sophia mientras mecía a mi bebé en brazos, mientras el pequeño seguía llamándome. —Id a un sitio más privado y hablad. Aquí no.
Salí de mi bloqueo y asentí despacio con la cabeza mientras la miraba a ella. No era el momento de quedarme callado. Teníamos que hablar, fueran cuales fueran las circunstancias.
—Id al despacho.— sugirió Travis con calma, mirando fijamente a su hermano.
Tom no se movía. Su mirada seguía clavada en mí y distinguía perfectamente el destello de rabia en sus ojos marrones. La forma en que los tenía entrecerrados y la mandíbula completamente tensa.
—Tom.— lo llamó con firmeza. —Al despacho.
Tom giró lentamente la cabeza para mirarlo de reojo.
—Vale.— masculló entre dientes.
Solté un pequeño suspiro y fui el primero en empezar a caminar. Sophia había conseguido calmar al niño, así que eso me tranquilizaba un poco. Subí las escaleras que hacía menos de diez minutos había bajado y entré en el despacho donde antes había estado hablando con Travis y Bach.
Tom entró detrás de mí y cerró la puerta con más fuerza de la necesaria.
Cerré los ojos un instante, cogí aire y, antes de darme la vuelta, me senté apenas en el borde del escritorio para mirarlo.
Él no había apartado los ojos de mí ni un solo segundo.
Me sentía completamente abrumado.
—¿Quieres explicármelo?— preguntó con una voz extrañamente calmada. —Aunque tampoco hace falta. Es más que evidente que el niño es tuyo.
Me humedecí los labios.
—Sí, es mío.— respondí intentando sonar despreocupado.
Tom llenó los pulmones de aire y luego lo soltó despacio en un largo resoplido.
—Y también es mío.
—Sí.
—Y me lo has ocultado.— soltó mirándome con rabia. —Has mantenido en secreto a nuestro hijo. ¿Por qué, eh?
—¿Y todavía lo preguntas?— dejé escapar una risa irónica mientras negaba con la cabeza. —Me hiciste algo horrible y no quería volver a verte.
—Ese era un problema entre tú y yo, Bill.— murmuró mientras daba un paso hacia mí. —Era un problema en el que no debiste meter al niño. Un problema por el que no debiste ocultármelo. No tenías ningún derecho a hacer algo así.— su expresión se endureció. —¡Es mi hijo, Bill! ¡Mi hijo! Tenía derecho a saber que existía, a verlo nacer, a estar allí. Pero decidiste jugar a ser Dios con su vida y con la mía por un estúpido rencor.
Las palabras «estúpido» y «rencor» juntas me golpearon el pecho con tanta fuerza que toda la tristeza y las ganas de llorar se transformaron al instante en una rabia abrasadora, haciendo que aquel nudo se apretara todavía más.
Me impulsé desde el borde del escritorio y di dos pasos rápidos hacia él, quedando a escasos centímetros de su cara. Ya me daba igual que la respiración se me hubiera descontrolado.
—¿Rencor? ¿Te atreves a llamarlo «un estúpido rencor»?— escupí, sintiendo cómo me temblaban las manos de la rabia. Mi voz, aunque baja por toda la tensión acumulada, arrastraba el enfado de aquellos dos años. —No tienes ni la más mínima idea de lo que estás diciendo, Tom. Ni la más remota idea.
—¡Tengo muy claro que me has quitado tiempo de su vida!— rugió él en medio de su desesperación, dando un puñetazo seco en la mesa auxiliar. —¡Me importa un carajo lo que pasó entre nosotros! Yo me equivoqué, te lo confesé, fui sincero. Pero esto… ocultarme a mi propio hijo pasa todos los límites. Fuiste un egoísta, Bill. Solo pensaste en ti.
Joder, este hijo de puta no podía estar hablando en serio.
—¡Pensé en sobrevivir, pedazo de idiota!— le grité de vuelta, perdiendo por completo los papeles. El grito retumbó por las cuatro paredes del despacho, lleno de un dolor tan desgarrador que a Tom se le desencajó la mandíbula durante un segundo. —¡Pensé en no volverme loco! ¡¿Egoísta yo?! ¡Tú me rompiste el corazón en mil pedazos! Me engañaste, Tom. Te acostaste con esa perra, no te atrevas a juzgarme…
—¡Estaba borracho, Bill! ¡No me acuerdo de nada!— se defendió él usando esa excusa tan barata; su pecho subía y bajaba con fuerza, manteniendo esa postura desafiante, negándose a dar su brazo a torcer. —Fue un error, no significó nada. Pero un hijo… un hijo es para siempre. No podías simplemente hacer las maletas, largarte a Estados Unidos y fingir que no tenía padre.
—¡Tenía todo el maldito derecho porque tú te lo buscaste!— le espeté, señalándole directamente el pecho con el dedo índice, casi rozándolo. —¡Todo lo que pasó después es consecuencia de tu maldita gracia! ¿Querías que te llamara? ¿¡Querías que volviera corriendo al sitio donde me destrozaste!?
Y lo más irónico es que lo intenté.
Tom no respondió.
—Cinco meses después de irme, Tom. Cinco meses estuve viviendo un maldito infierno, llorándote todas las noches, intentando curar una herida que tú me abriste, sintiéndome la persona más miserable del mundo.— le solté con rabia. —Y de repente, me entero de que estoy esperando un hijo del hombre que me destrozó la vida.
Tom parecía impactado por la crudeza de mis palabras, pero su orgullo y su rabia volvieron a imponerse. Dio un paso hacia mí, acortando aún más la distancia, usando su altura para intentar intimidarme, para seguir exigiendo.
—Podías haber odiado mi puta cara todo lo que quisieras, Bill, me lo merecía.— murmuró. —Pero tenías que haberme llamado. Tenías que haberme dicho: «Vas a ser padre». Tenía que haber estado ahí. No tenías por qué pasar por todo eso tú solo, no tenías por qué apartarlo de mí.
Dios, ni siquiera me atrevía a contarle lo de la llamada con Catalina porque sabía que él lo iba a negar. Sabía que me diría que nunca recibió ninguna llamada, que pondría excusas, que me mentiría a la cara, y yo no iba a ponerme a llorar delante de él. Porque me daba cuenta de que ese tema, de alguna manera, seguía doliéndome un poco, porque sí quise contárselo y quien me respondió fue esa puta.
—¡No quería verte!— le grité a la cara, y esta vez una lágrima de pura impotencia consiguió escaparse, aunque me la limpié con rabia al instante. —¡Entiéndelo de una puta vez, Tom, estaba sufriendo tanto que solo pensar en escuchar tu voz me revolvía el estómago!
Cogí aire al notar que me estaba ahogando.
—Sabía perfectamente que si te lo contaba, te me ibas a plantar delante.— le confesé. —Me ibas a llamar, ibas a buscarme, ibas a meterte en mi espacio, pretendiendo que fuéramos una familia feliz después de haberme escupido a la cara. Y yo no podía con eso. No quería tenerte cerca, no quería saber nada de ti. Estaba destrozado. ¡Me rompiste! ¿Cómo pretendías que llevase un embarazo y, al mismo tiempo, tuviera al causante de mi desgracia delante?
Tom me miró; sus ojos recorrían rápidamente mis facciones. La vena de su cuello estaba completamente marcada y sus puños seguían apretados a ambos lados del cuerpo, rígido como una piedra, conteniendo la rabia y una repentina comprensión de la magnitud de todo lo que había provocado.
—Entonces me castigaste a mí utilizando al niño.— dijo casi en un susurro. —Decidiste que, como yo te hice daño, no merecía formar parte de su vida.
—No, Tom.— le respondí; mi voz se quebró un poco por el agotamiento físico y emocional de revivir aquel trauma, pero seguí sosteniéndole la mirada con firmeza. —Tú te castigaste solo el día que decidiste meter a Catalina en nuestras vidas. Tú nos separaste. Así que no vengas ahora a exigirme explicaciones, porque el único culpable de que no conozcas a tu hijo desde el primer día… eres tú.
Él bajó la mirada al suelo. Lo oí coger una bocanada de aire y se dio la vuelta para darme la espalda.
—No es justo, Billie.— continuó con la voz ligeramente temblorosa. —No es justo porque sabes que siempre he querido tener hijos contigo. No es justo porque los dos perdimos a nuestros primeros bebés. No es justo porque tú sí has podido formar parte de su vida… y yo no. No es justo porque también es mi hijo.
—No lo entiendes.— solté con un bufido. —No lo entiendes y no voy a perder el tiempo contigo así.— pasé por su lado para acercarme a la puerta. —Piensa en lo que te he dicho, ponte en mi maldito lugar y después ya veremos qué…
—No, tú no te vas a ninguna parte.— espetó, agarrándome del brazo y tirando de mí hacia atrás. —Yo no necesito meditar una mierda, porque una cosa es que te haya hecho daño a ti y otra muy distinta que tú, por el rencor que me tienes, porque sé que fue por eso, para castigarme, me hayas ocultado a mi hijo.
—Puedes pensar lo que te dé la gana, Thomas.— escupí con rabia, intentando zafarme de su agarre sin conseguirlo. No podía, no iba a poder controlarme si seguíamos estando tan cerca. —Puedes creer lo que quieras, si te ayuda a sentirte menos culpable pensar que te lo oculté por pura maldad. Pues muy bien. Hazlo. ¡Me da exactamente igual, y ahora suéltame de una puta vez!
Entonces me agarró de los dos brazos, sujetándome con fuerza por las muñecas.
—¿De verdad crees que pienso así para no sentirme culpable? ¡Estás fatal!
—¡Ya te he dicho que me da igual, Tom! ¡Suéltame o no respondo!
Y lo hizo. Me soltó tan bruscamente que juraría que casi me voy al suelo. Por suerte conseguí mantener el equilibrio y no pasó nada. Me había dejado las muñecas rojas de la fuerza con la que me había apretado.
—Eres un insensible, Bill. De verdad.— me miraba con rabia, pero joder, él no tenía ningún derecho a mirarme así. Me estaba sacando de quicio, y cuando me enfado digo cosas que no debería decir. —Me has mantenido alejado del bebé solo por rabia, nada más. No es justo.
—¿Y qué si es así?— bramé. —¿Qué si te lo oculté a propósito? ¿Y qué? A mi hijo tampoco le haces ninguna falta, porque ya tiene quien le dé «amor de padre».
Tom pareció confundido al principio. Su mirada vaciló, igual que su expresión, completamente desconcertado por mis palabras. Me observaba, recorriendo mi rostro en busca de algún indicio de que estuviera bromeando, pero no encontró ninguno.
—¿Qué estás diciendo?— preguntó. —¡¿Qué coño acabas de decir?!
Yo sonreí. Lo hice porque no iba a permitir que me dejara como el malo en una situación que él mismo había provocado. ¡Él me empujó a tomar la decisión de no contarle nada sobre mi bebé! No podía ser tan hijo de puta.
—Lo que oyes, cariño.— le solté con una dulzura completamente falsa. —¿Qué pensabas? ¿Que me iba a pasar toda la vida llorándote, sufriendo por ti, consumiéndome en la tristeza?— pregunté entre una risa llena de ironía. Iba a joderlo. Eso iba a hacer. Iba a destrozarle ese maldito ego de mierda. —Pues no. Jamás.— continué. —Pero es culpa tuya, ¿lo entiendes? Todo lo que ha pasado es culpa tuya. Me quitaste las ganas de querer tener algo contigo. Así que tuve que darle una oportunidad a otra persona.
Parpadeó, incapaz de creerse lo que estaba oyendo.
—¿Que tú qué?
—Eso mismo, cariño.— sonreí con una sorna inmensa, disfrutando muchísimo de verlo así, de contemplar cómo se iba derrumbando poco a poco. —Alex ha sabido darme lo que tú, Klaus, nunca pudiste.
El golpe al ego de Tom fue tan preciso que pude ver el instante exacto en el que sus ojos marrones se oscurecieron por completo. Dejó de respirar durante un segundo, inmóvil, como si su cerebro se negara a aceptar que otro hombre no solo había ocupado su lugar en mi vida, sino también en la de su hijo.
Aunque eso último era mentira y lo primero también, porque nadie podría ocupar su lugar nunca.
¿Pero qué más daba?
—¿Alex?— pronunció su nombre con un desprecio tan profundo que sonó como si escupiera la palabra. Dio un paso hacia mí, acortando la distancia de forma amenazante. —¿Me estás diciendo que el jefe de tu maldita agencia, el mismo que ha estado colado por ti todos estos años, ha estado criando a mi hijo? ¿Que le permitiste a ese desgraciado hacer de padre?
—Él estuvo ahí, Tom.— le sostuve la mirada, firme, disfrutando de ver cómo se retorcía por dentro. —Estuvo ahí cuando yo lo necesitaba. Él se ganó ese derecho. Tú lo perdiste el día que decidiste meter a Catalina en nuestra cama.
—¡No me hables de esa tía!— exclamó. Estiró la mano y golpeó la pared justo al lado de mi cabeza, haciéndome dar un pequeño respingo por el impacto. —¡Estamos hablando de mi hijo, Bill! ¡De ti y de mí! ¡Ese niño lleva mi sangre! ¡No voy a permitir que ese tío pretenda tener una familia con lo que es mío! ¡No lo voy a permitir! ¡Fuiste un maldito insensible metiéndolo en todo esto!
—¡Eres un hijo de puta!— le grité a la cara, empujándolo con fuerza por el pecho para apartarlo de mí. La indignación me abrasaba —¿Cómo tienes los santos cojones de llamarme insensible? ¡Yo solo intentaba proteger mi paz mental porque sentía que iba a volverme loco! ¡No quería tenerte cerca! No quería tus llamadas llenas de culpa, no quería tu lástima, no quería absolutamente nada de ti.
Di un paso hacia él, desafiándolo, obligándolo a enfrentarse al desprecio que había en mis ojos.
—Deseo con todas mis fuerzas que mi hijo no fuera tuyo.— confesé, soltando la verdad más dolorosa de mi alma. —Rezaba todas las noches para que Tyler no llevara tu maldita sangre, para que no tuviera nada que ver contigo ni nada que me recordara al hombre que me destrozó la vida. Por suerte no se parece en nada a ti. Así que no vengas ahora a exigirme una mierda.
Tom se quedó con la boca abierta, pálido, completamente impactado por la rabia de mis palabras. El dolor cruzó su rostro apenas un instante antes de que su orgullo volviera a imponerse. Negó con la cabeza y soltó una pequeña risa.
—No me vengas con esa mierda, Bill.
—Alex ha sido increíble conmigo.— murmuré. —Es comprensivo, encantador… y me quiere. Puede que yo también lo quiera a él.
—A mí no me vas a tomar por idiota. ¡Tú eres mío! Siempre has sido mío. No existe nadie más.— gritó completamente fuera de sí.
—Hubo un momento en el que me destrozaste, Tom.— le espeté, cruzándome de brazos y sosteniéndole la mirada con una frialdad que, por dentro, me estaba costando la vida mantener. —Alex estuvo ahí. Me devolvió el valor que tú me quitaste. Cuidó de mí y de mi hijo.
—¡No me hables de él como si fuera un puto santo!— Tom estaba perdiendo completamente el control. —Me dices que me ocultaste a mi hijo por «paz mental». ¡Venga ya! Menuda mentira te has inventado para limpiar tu puta conciencia. Seguro que allí te revolcabas con ese imbécil después de largarte de aquí. ¡Eso hacías! Usaste mi error como la excusa perfecta para abrirle las piernas a tu jefecito.
Sus palabras me dejaron sin aire durante un segundo. La indignación y el asco me revolvieron el estómago. Él me agarró bruscamente de los hombros, sacudiéndome apenas, con el rostro completamente desencajado y mirándome con una desesperación inmensa.
—¡Mírame, Bill!— me ordenó con un grito ronco. —¿Ahora vas a salirme con que fue tu héroe y que te has enamorado de él? ¿Vas a fingir que lo quieres? ¡No te lo crees ni tú! Tú no sabes estar con nadie que no sea yo. Ese tío seguro que solo fue un maldito consuelo, un despecho barato que usaste para intentar olvidarme, pero no puedes. No puedes, porque el único hombre de tu vida he sido yo. ¡No puedes meter a un puto desconocido en lo que siempre ha sido nuestro!
—¿Nuestro?— me reí al oír aquello. —De verdad que eres un descarado. ¿Cómo te atreves a decir que queda algo «nuestro»? Tú destrozaste lo nuestro el día que te acostaste con esa perra. Y si no puedes aceptar que me cansé de ti y le di una oportunidad a un hombre de verdad, ese es tu maldito problema. Alex me dio la estabilidad que tú nunca supiste darme.
Tom soltó una carcajada seca, completamente fuera de sí, negando con la cabeza mientras sus manos se cerraban con más fuerza sobre mis hombros, negándose a soltarme, negándose a aceptar la realidad de que yo ya no le pertenecía.
—¿Estabilidad, baby? No me hagas reír.— escupió con desprecio, recorriéndome de arriba abajo con la mirada. —Si me estás soltando toda esta mierda para darme celos, déjame decirte que lo estás haciendo de pena. No estás consiguiendo una puta mierda, peque. Lo único que me estás demostrando es que eres un regalado. Que cualquiera puede tenerte con solo darte un poco de atención cuando estás llorando.
Madre mía. Era un auténtico gilipollas.
Sin pensármelo dos veces levanté la mano y se la estampé en toda la cara. Le di una bofetada tan fuerte que la cabeza se le giró por el golpe y el sonido seco retumbó por todo el despacho. A mí no iba a faltarme al respeto de esa manera. Si había que hablar de regalados, a él le venía ese título como anillo al dedo.
—Repite lo que has dicho.— le ordené.
Se recompuso, me dedicó una sonrisa ladeada y acercó su cara a la mía.
—Te fuiste de aquí haciéndote la víctima, llorando por los rincones… ¿y qué hiciste en cuanto pisaste Estados Unidos? Ir corriendo a abrirle las piernas a tu jefecito.— repitió y yo volví a darle una bofetada.
—¡A mi me respetas!
—Me das asco, Bill. Pensar que guardé luto por ti mientras tú te revolcabas con el primero que te dio unas palmaditas en la espalda. Al final resultaste ser igual de barato que cualquiera.
Maldita sea, tenía unas ganas terribles de matarlo a hostias, pero esta vez la rabia no consiguió descontrolarme. Al contrario, algo dentro de mí se congeló por completo. Lo empujé otra vez por el pecho, con mucha más fuerza que antes. Él, sorprendido por mi repentina calma, dio dos pasos hacia atrás. Me coloqué bien el pelo sin apartar la vista de él.
—No te confundas, Thomas. Yo no soy como tú.— le respondí, y mi voz sonó pausada, suave y tranquila. —Yo no soy quien se mete con cualquiera en una cama ajena para llenar sus malditos vacíos existenciales y su mediocridad. Yo no necesito revolcarme con desconocidos para sentir que valgo algo, como hiciste tú con las bailarinas o con Catalina, porque ni siquiera tienes la madurez suficiente para sostener tus propios pantalones.
Tom apretó los puños.
—¡No te atrevas a compararlo!— exclamó, dando un paso hacia delante. —¡Lo mío fue una maldita noche de borrachera de la que ni me acuerdo! ¡Lo tuyo es meter a un desconocido a criar a mi hijo! Le diste mi sitio a un desgraciado que no significa nada para ti, solo por despecho.
—¿Tu sitio?— volví a reírme en su cara. —¿De qué puto sitio hablas, Tom? Tú no tienes ningún sitio. Alex no es ningún desconocido; yo estaba construyendo una vida nueva, una de verdad. Si a ti te ayuda pensar que estoy con él solo para darte celos… si esa estúpida fantasía te sirve para dormir por las noches y evitar aceptar la cruda realidad de que me perdiste para siempre, pues adelante. Créetelo.
Di un paso hacia él, obligándolo a retroceder, acorralándolo ahora yo con mi postura.
—Mírate, Tommie. Das pena.— murmuré, haciendo un falso puchero con los labios. —Estás mendigando atención, insultándome como un crío porque tu enorme ego de mierda no soporta saber que otro hombre disfrutó de lo que tú desperdiciaste… y que encima lo hace mil veces mejor. Alex me da en una sola noche el respeto y la seguridad que tú no fuiste capaz de darme. Ahora mismo eres tan insignificante para mí que ni siquiera tus insultos consiguen hacerme daño.
Tom se quedó inmóvil, con la mandíbula ligeramente desencajada, pálido y completamente desarmado ante mi tono. Le temblaban los ojos, totalmente en shock al ver el muro de hielo en el que me había convertido. El hombre arrogante que había entrado en aquel despacho había desaparecido, dejando solo a un fantasma herido en su orgullo.
—Te lo oculté porque te aborrezco, Tom.— solté, marcando cada sílaba para asegurarme de que le atravesara el pecho. —Te oculté a mi hijo porque te odio con todas las fuerzas de mi ser por lo que me hiciste. Y no hay un solo día en el que no me alegre de haberte borrado de nuestras vidas. Quédate con tus celos y con tu rabia, porque es lo único que te queda.
No esperé a ver su reacción. Me di la vuelta, agarré el pomo de la puerta y la abrí de par en par. Salí del despacho sin mirar atrás, cerrando de un portazo.
En cuanto estuve fuera… ya no pude evitar que los ojos se me llenaran de lágrimas. Bajé las escaleras corriendo y, sin mirar a nadie, salí de aquella casa. Ni siquiera esperé a Sophia, aunque sabía que me había visto y que vendría detrás de mí. Corrí hasta el coche y me dejé caer en el asiento que me correspondía, rompiéndome en un mar de lágrimas. Golpeaba el salpicadero con los puños una y otra vez porque sentía una rabia inmensa.
Sentía rabia por tantas cosas, joder.
¿Por qué? ¿Por qué tenía que acabar así?
Justo esto era lo que quería evitar: que termináramos peleándonos, haciéndonos daño el uno al otro. Pero ya había pasado y yo no había sabido controlar la ira. Había acabado diciéndole cosas que ni siquiera eran verdad, pero tampoco podía quedarme callado mientras me lanzaba toda esa mierda.
—Bill.— Sophia entró en el coche con mi bebé en brazos. Me limpié la cara rápidamente y extendí los brazos para coger a mi niño y llenarlo de besitos, porque sentía que solo él podía calmar el dolor que me estaba destrozando el pecho. —¿Qué ha pasado, peque?
—Ha salido mucho peor de lo que esperaba.— murmuré con la voz temblorosa. —Por favor, vámonos a casa, ¿sí? No quiero seguir aquí ni un minuto más.
Ella asintió, cerró la puerta, se abrochó el cinturón y arrancó el coche enseguida para volver a casa de Alex. Cuando llegamos, dejé a mi bebé en el parque con sus juguetes y me senté en el sofá. No dejaba de sentirme fatal después del enfrentamiento que habíamos tenido. Nunca antes nos habíamos dicho cosas tan horribles.
—Oye…— susurró Sophia, tendiéndome una taza de lo que parecía ser té. La cogí y soplé un poco antes de darle un sorbito. —¿Quieres hablar de ello, Billie?
Solté un bufido tembloroso.
—Nos dijimos muchas cosas horribles, Sophia.— le confesé. —Empezó a juzgarme por haberle ocultado al bebé, me llamó egoísta, me llamó insensible, me dijo que lo hice solo por rabia, por castigarlo. Que no debería haberle ocultado a Tyler, que fui un injusto. Y yo, con la rabia que me dio su maldita ignorancia y la poca empatía que tuvo, le dije cosas todavía peores…
—¿Qué le dijiste tú, cariño?
—Que Alex ocupaba su lugar en la vida de mi hijo.— Sophia cerró los ojos y suspiró. —Le dije que estaba con él, que era mucho mejor que él, y él me dijo que soy un regalado. Que me fui de aquí y utilicé mi dolor como excusa para abrirle las piernas a Alex.
Sophia me miraba sin dar crédito.
—¿Ese maldito idiota te dijo eso?
Me sorbí la nariz y asentí.
—Nos tratamos fatal, Soph. Yo no quería que acabara así, pero es que él me habló muy mal. Me echó toda la culpa.
—Joder.— gruñó. —¿Y no le contaste lo de la llamada?
Negué con la cabeza.
—¿Para qué? No quiero que piense que me estoy inventando las cosas. Tal y como reaccionó, si se lo hubiera dicho, no me habría creído. Habría dicho que eran excusas y vete tú a saber qué más…
Sophia cogió una bocanada de aire. Sus ojos recorrieron toda la enorme sala de la casa de mi pareja. Estaba enfadada.
—Ahora vuelvo.— murmuró, poniéndose de pie al instante.
—¿Qué vas a hacer?— pregunté con temor entre una exhalación.
Sophia se colocó bien su melena rubia y me miró de reojo. Juraría que una sonrisa asomó a sus labios.
—Sophia…
—Confía, no voy a hacer nada malo.— me dijo. —O bueno, sí, pero no te preocupes, no va a haber muertos.
Oh, Dios mío.
Continúa…
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