Fic de unicornlitz. Temporada III
Capítulo 9 (Parte 1)
BILL
El aire se sentía pesado a mi alrededor, lleno de todo lo que no nos habíamos dicho en dos años. El ambiente en el salón se volvió denso, casi asfixiante, como si todo aquello fuese un luto que nos había destrozado a los dos en la distancia.
Tom irrumpió sin avisar, con los ojos enrojecidos y la respiración entrecortada. Tenía un aspecto destrozado, arrastrando un dolor que le desencajaba el rostro, pero a mí me daba exactamente igual. Antes de que pudiera abrir la boca para exigirle que se marchara otra vez, antes de que consiguiera reunir las fuerzas para echarlo de mi espacio, sus manos se aferraron a mi cara con desesperación y sus labios chocaron contra los míos.
Al principio me quedé completamente inmóvil. Mi cuerpo se quedó helado.
No.
No después de lo que hiciste.
El recuerdo de su infidelidad volvió a mi cabeza, golpeándome con fuerza, devolviéndome la fría realidad que había dejado tras de sí su traición, pero su boca era tan familiar, tan cálida y tan exigente, que mi mente se tambaleó por completo.
Me perdí en el choque de nuestros labios, sintiendo cómo toda la fortaleza que creía haber construido en Estados Unidos se desmoronaba en cuestión de un segundo. Sus labios se movían con urgencia, casi con dolor, succionando los míos, mordisqueando mi labio inferior como si tuviera miedo de que desapareciera, como si su vida dependiera de mantener aquel contacto físico. Sentí su lengua rozar la comisura de mi boca, pidiendo paso, insistiendo con una necesidad tan extrema que se me metía hasta los huesos, y un gemido ronco escapó de su garganta.
Dios… cuánto lo había echado de menos.
Todos aquellos meses soportando un anhelo que yo mismo me obligaba a reprimir, forzándome a enterrar mis sentimientos cada maldita noche, volvieron de golpe en una oleada imposible de controlar. Mis manos traicioneras ascendieron por su pecho, moviéndose por puro instinto, aferrándose a la tela de su camisa y, al final, cedí.
Dejé caer mis defensas ante el hombre que me había destrozado. Abrí la boca y lo besé con la misma voracidad. Nuestras lenguas se enredaron siguiendo el beso húmedo, profundo, casi salvaje; una colisión caótica de amor, pero también de toda aquella rabia acumulada.
Sentía su maldita desesperación, ese temblor en su cuerpo que delataba el infierno mental en el que estaba atrapado. Saboreaba el maldito sabor que me había mantenido despierto durante tantas noches. Lo besé como si quisiera castigarlo y adorarlo al mismo tiempo, descargando en su boca todo el desprecio de mi corazón roto y toda la pasión que me consumía por dentro; le mordí el labio, tiré de su pelo para echarle la cabeza hacia atrás y profundizar aún más, tragándome sus jadeos mientras él se tragaba los míos.
Su cuerpo se pegó al mío, firme y tembloroso, buscándome con una fuerza que amenazaba con derrumbarnos a los dos, y sentí cómo sus manos descendían por mi espalda hasta apretarme con fuerza contra él.
El calor entre nosotros era insoportable; era como un fuego que amenazaba con consumirme por completo, reduciendo mi orgullo y mi dignidad a cenizas. Su lengua recorría cada rincón de mi boca, reclamando el territorio que una vez le perteneció, y yo respondía con la misma intensidad, gruñendo contra sus labios mientras mis dedos se clavaban en su cuello, atrapado en una tormenta emocional que me superaba.
Te odio. Te quiero. Te necesito.
Pero, Dios… ¿cómo podía estar permitiendo algo así después de todo lo que me había hecho?
No podía. La razón intentaba abrirse paso en medio de aquella locura. Mi mente me hablaba, me recordaba que antes estaba mi dignidad, que no podía simplemente rendirme y caer otra vez en sus brazos como si nada.
No podía, porque se suponía que ya no quería nada con él, que ya había empezado a trazar un camino lejos de su sombra.
Mi propia mente, como un castigo, me mostró imágenes de sus manos sobre otro cuerpo, de todas sus mentiras, deformando aquel beso hasta convertirlo en una pesadilla insoportable. Fue como si me diera una bofetada y me gritara: «No seas idiota, Bill».
Con un esfuerzo brutal, reuniendo el último gramo de fuerza que me quedaba en el pecho, separé mis labios de los suyos, jadeando, y lo empujé con fuerza por el pecho. Tom retrocedió varios pasos, trastabillando por el impacto, con los labios hinchados, rojos y brillantes por nuestra saliva, los ojos vidriosos por el deseo que desprendía su mirada y las lágrimas contenidas empapándole las pestañas.
—No…— logré decir con la voz ronca y rota, intentando recuperar el aire y la compostura —No puedes aparecer de repente y besarme como si aquí no hubiera pasado absolutamente nada.
Mi pecho subía y bajaba con violencia, latiendo desbocado por la adrenalina. Aún sentía el hormigueo en los labios, el pulso latiendo en cada rincón de mi cuerpo que había reaccionado a él como siempre lo hacía, entregándose sin pensar en las consecuencias.
Lo quería. Joder, lo quería con toda mi alma. Lo quería con una intensidad que me daba miedo y me revolvía el estómago al mismo tiempo. Pero no iba a permitir que volviera a destrozarme.
Tom me miró, respirando con dificultad, con la mirada perdida y los hombros caídos, como si estuviera a punto de arrodillarse delante de mí. Y yo… yo solo quería volver a arrastrarlo hacia mí, enterrar el rostro en su pecho y no soltarlo jamás, mandar el pasado a la mierda y perderme entre sus brazos. Pero no.
Podía controlarme. O dominaba mis sentimientos… o serían ellos quienes acabarían dominándome a mí, y terminaría perdiendo lo último que me quedaba de amor propio.
No podía permitirme eso.
—¿Cómo puedes hacerme esto?— le recriminé mientras los ojos se me volvían a llenar de lágrimas, sintiendo cómo el dolor volvía a transformarse en pura rabia —¿Cómo puedes, Tom?
—Bill…
Di un paso atrás para alejarme de él, poniendo distancia entre los dos para no flaquear por tenerlo tan cerca. Lo miré con desprecio, aunque su expresión reflejaba tristeza y, quizá, arrepentimiento por haberme besado. El muro de la desconfianza ya era demasiado alto y demasiado grueso entre nosotros. No podía creerle. Podría verlo arrodillado sobre clavos con las puntas hacia arriba, clavándoselos en la piel, y aun así sería incapaz de creerle.
—¿No entiendes que tu presencia me supera?— seguí diciéndole, dejando salir todo el rencor que llevaba tanto tiempo tragándome —No puedes venir a besarme como si no hubiera pasado nada. ¡Me fuiste infiel!— exclamé, sintiendo cómo la humillación me asfixiaba por dentro —¡Me engañaste! ¿Por qué? ¡Joder, ¿por qué solo vienes a amargarme la vida?!
—Bill…
—Ya, Tom, ya.— solté, con el cansancio reflejándose claramente en mi voz. El agotamiento me pesaba encima. Me pasé las manos por la cabeza, frustrado, despeinándome mientras intentaba apartar los fantasmas de mis pensamientos —Entiende que ya no quiero nada contigo, y aunque quisiera, no volvería a darte otra oportunidad. Te lo dije. Te lo advertí. Te dije que nunca te perdonaría una infidelidad, ¡pero estaba claro que te importaba una mierda!
—No es así.
—Y tampoco me importa cómo sea.— espeté enseguida, moviendo las manos en el aire para dejar claro que no me interesaba escuchar ninguna de sus justificaciones, que ya llegaban demasiado tarde —Lárgate de aquí.
—Escúchame…
—¡No quiero! ¡No quiero escucharte! ¡No quiero verte!— le grité, perdiendo por completo los nervios ante sus intentos de hablar —¿Por qué sigues haciéndome daño? ¡Incluso me has llamado «regalado»! ¡¿Qué coño te pasa?!
—No lo sé…— murmuró con la voz rota, bajando la cabeza de una forma que solo conseguía enfurecerme aún más —Yo… no lo sé, vida mía, te juro que no quiero hacerte esto, pero no sé qué me pasa.— me dijo mientras alargaba una mano temblorosa hacia mí —Por favor…
—¿Que no lo sabes?— pregunté con ironía, soltando una risa seca —Actúas como un idiota. No te bastó con serme infiel y hacerme daño. ¡No! ¡Además me destrozas con tus malditas palabras!
—Te juro que no lo hago aposta…
—¡No me interesa!— ya estaba completamente harto de todo, de sus promesas vacías y de unos juramentos que ya no valían absolutamente nada —¡Tú ya has decidido, Tom! ¡Ya has decidido quedarte aquí sin hacer nada durante estos dos malditos años! No te perdono ni te quiero.— espeté con firmeza, cerrando de golpe cualquier puerta entre nosotros —Ahora me toca decidir a mí, y ya no te quiero en mi vida. ¡Vete! ¡Lárgate!
—Lo siento.— murmuró, y aquel lamento me sonó tan injusto. ¿Por qué lo sentía justo ahora? ¿Por qué decírmelo cuando ya era demasiado tarde?
—¡Mentiroso!— bramé —Eres un maldito mentiroso. No me creo ni una puta palabra de lo que dices. No me creo nada. Te odio, ¿te haces una idea de cuánto? ¡Te detesto!
—No mientas, Bill.
—¡Te odio!— le repetí, perdiendo por completo la razón, rompiéndome en mil pedazos delante de él sin poder evitarlo —¡Te odio tanto que ya ni sé cómo pude enamorarme de alguien como tú! ¡No eres el hombre que conocí! ¡Odio a Klaus! ¡Odio que me hayas llevado hasta este punto porque siempre te he amado! ¡Pero ahora te odio! ¡Te odio con toda mi alma! ¡Y es culpa tuya! ¡Por tu culpa te odio, Klaus!
Él no respondió. Ante cada uno de mis ataques permanecía en un silencio sepulcral, mirándome con el dolor reflejado en los ojos, con esa mirada llena de culpa que antes me habría desarmado por completo. Pero ya no me importaba, porque a mí me dolía mucho más que a él.
Yo no quería odiarlo, pero de verdad sentía tanta rabia, tanto desprecio por todo lo que nos había hecho, que todo aquello me empujaba a decirle esas cosas, a escupirle todo el veneno que él mismo había sembrado dentro de mí con su ausencia y con su traición.
—Me tratas como una mierda, luego vienes aquí, me pides perdón y piensas que con eso ya está todo arreglado. ¡Pues no!— Tom cerró los ojos durante un par de segundos, apretándolos con fuerza, como si mis palabras fueran golpes de verdad, antes de volver a mirarme —¿Tú te crees que soy imbécil?
—No.— gimoteó, y vi una lágrima enorme resbalar por su mejilla, donde aún tenía un pequeño moratón.
—Piensas que porque te quise demasiado, porque en el pasado siempre encontrábamos la manera de volver el uno al otro, ¡porque yo siempre acababa regresando cuando venías a buscarme después de dejarme el corazón hecho pedazos, esta vez iba a ser igual!— Tom negaba con la cabeza desesperadamente, suplicándome en silencio que dejara de hablar —¡Estoy muy enfadado contigo, Tom! ¡¿Qué te ha pasado?! ¡Dímelo! ¡¿Qué has hecho contigo mismo?! ¡Te has perdido! No sé qué es lo que quieres de mí, pero siempre haces lo mismo.
—¿Lo mismo?
—¡Me haces daño y luego quieres volver como si no hubiera pasado nada!— respondí a su maldita pregunta, dando un paso al frente para plantarle cara con toda la frustración que llevaba dentro en aquel momento —¡Estoy harto de todo! Contigo todo es siempre complicado, Tom. Yo pensé que, al menos esta vez, podía ser diferente. Que la vida nos había dado otra oportunidad y que cuidarías de lo nuestro. ¡Yo te lo aguantaba todo! ¡Lo que fuera, y te lo dije! ¡Todo menos una infidelidad!
Cogí una bocanada de aire porque sentía que me faltaba. El aire se me escapaba y la garganta me ardía de tanto gritar, pero me daba igual. Necesitaba soltarlo todo, vaciar este pecho que llevaba dos años cargando un duelo.
—Puedes decirme que estás arrepentido, que lo que pasó con aquella zorra solo fue un desliz. Pero no voy a creerte. Y puede que seas sincero, puede que de verdad te duela, puede que tus intentos de pedir perdón no sean una excusa, ¿pero de qué me sirve a mí que ahora estés arrepentido? ¡Eso no cambia todo lo que he sufrido por tu culpa!— le grité, mientras las lágrimas terminaban por desbordarse y caer por mis mejillas —¡¿Crees que eso va a reparar mi corazón?! ¡El mismo que has roto en mil pedazos! ¡¿Crees que eso arregla la imagen que tenía de ti y que también destrozaste?! ¡Mi Tom jamás me habría hecho daño! ¡Que estés arrepentido no arregla absolutamente nada! ¡No cambia nada!
—¡Ya lo sé!— exclamó él, rompiendo su silencio con un grito desesperado —Estoy… tan arrepentido, y sé que eso ya te da igual, porque sé que no arregla lo que hice.— había vuelto a romperse a llorar, con los hombros caídos y el rostro completamente deshecho por el llanto —Y me frustra no saber qué hacer para arreglar esto.
—Ya no queda nada que arreglar.— murmuré —Eso es lo que quiero que entiendas. No quiero estar contigo. No quiero.
—Lo sé.
—¡No, no lo sabes!— Tom parpadeaba lentamente. Apenas podía respirar con normalidad, como si el aire le quemara los pulmones después de mi rechazo —Has cambiado tanto… que ya no queda ni rastro de…— la voz se me quebró, el nudo que tenía en la garganta se volvió insoportable y ni siquiera fui capaz de terminar la frase.
Me dolió en lo más profundo darme cuenta de que el hombre que tenía delante era un completo desconocido. Me limité a tragar saliva, sintiendo un peso insoportable en la garganta, intentando contener las lágrimas que amenazaban con desbordarse.
—Vete, Thomas… vete.
—Billie.— insistió, dando un paso casi imperceptible, arrastrando esa maldita voz que todavía tenía el poder de desarmarme.
Por favor, que se vaya. Quería que se fuera.
Necesitaba que desapareciera antes de terminar rompiéndome por completo delante de él.
—¡Vete!
—¿Y qué hacemos con el niño?— preguntó, buscando otra excusa para quedarse allí, aferrándose con uñas y dientes a lo único que le quedaba para no desaparecer de mi vida.
—¡Nada!— exclamé, sintiendo una oleada de pánico y rabia mezclarse dentro de mí. Di varios pasos hasta la puerta, la abrí de golpe y volví a mirarlo a la cara. Quería que se fuera. No soportaba tenerlo tan cerca, notar su calor, su olor y esa electricidad que seguía desprendiendo su cuerpo —¡Fuera, ahora mismo!
—No voy a dejar que me apartes del niño.— dijo en voz baja, negándose a largarse de una vez por todas —O hablamos de esto de una vez y decidimos qué vamos a hacer, o no voy a responder.
Arqueé una ceja. La adrenalina empezó a dispararse por mis venas al escuchar semejante atrevimiento.
—¿Me estás amenazando?— pregunté, con la indignación reflejándose claramente en mi voz, ofendido de que se atreviera a plantarse en mi propia casa —aunque no fuera del todo mía— para imponerme condiciones.
Apenas era capaz de sostenerme la mirada. La culpa seguía pesándole, pero el orgullo y la desesperación por perder a su hijo lo estaban empujando.
—No me estás dejando otra opción, Bill.— me hizo saber, encogiéndose ligeramente de hombros. Fue un gesto casi imperceptible, pero lo bastante firme como para dejar claro que no estaba bromeando —No quiero llegar a eso, pero de verdad, si no me dejas por las buenas, lo haré por las malas.
Me crucé de brazos, intentando ocultar el temblor de mis manos y plantándole cara con toda la firmeza que fui capaz de reunir.
—¿Y qué coño vas a hacer, eh?— pregunté con desafío, retándolo a sacar al monstruo al que todo el mundo temía.
—Deberías hacerte una idea.— respondió, y aquella advertencia pronunciada con tanta frialdad me heló la sangre durante un instante. Después dio unos pasos hacia mí, volviendo a quedarse muy cerca. Aquel juego constante de alejarnos y volver a acercarnos empezaba a marearme de una forma extraña, alterando todos mis sentidos y confundiéndome por completo.
Sus ojos recorrieron mi rostro de arriba abajo, examinando cada uno de mis rasgos.
—Deberías limitarte a colaborar. No puedes ser tan cruel como para apartarme del niño. Sabes que tengo derecho a formar parte de su vida, Billie.
—Tú no me dices lo que tengo que hacer.— protesté, sintiendo el calor de su cercanía quemándome la piel, pero sosteniéndole la mirada sin ceder ni un centímetro.
—¿Entonces qué?— replicó, exasperado, pasándose una mano por el pelo revuelto en sus escasas rastas —¿Esperas que me quede de brazos cruzados y acepte esa absurda idea tuya de no formar parte de la vida de MI hijo, y que además haga como si no hubiera oído lo que me dijiste sobre ese cabrón ocupando mi puto lugar?
—Puedes hacerlo, sí.— sentencié, golpeándolo justo donde más le dolía, utilizando sus propios errores como un arma —Igual que pudiste quedarte de brazos cruzados aquí, en vez de hacer algo para arreglar todo lo que tú mismo provocaste.— le eché en cara, viendo cómo la mandíbula le temblaba mientras la apretaba para contenerse, completamente acorralado por sus propios demonios —Ya te lo dije. Si todo esto está pasando es por tu maldita culpa, por nada más. Así que lárgate. No quiero verte, ni oírte, ni sentirte cerca. Nada. Si coincidimos en algún sitio, haz como si no nos conociéramos y olvídate de que Tyler es tu hijo. Imagina que lo tuve con Alex.
Tom soltó una risa mezclada con un resoplido, un sonido vacío, completamente falto de gracia y lleno de incredulidad.
—Estás como una puta cabra, Billie.
—Aquí el que está como una puta cabra eres tú.— repliqué, señalándolo con el dedo y con la voz llena de desprecio —Vienes aquí a intentar joderme la vida. Te jode que esté con otra persona, que sea feliz, que esté tranquilo. Te jode porque no eres tú quien consigue eso. Te jode porque sabes perfectamente que lo único que me has traído han sido desgracias. Pero, ¿sabes qué más podemos añadir a la lista de todas las cosas que te joden?— Tom arqueó una ceja, invitándome a seguir, sin apartar la vista de mí —Que con Alex todo es mucho más fácil. Él no me trae mala suerte como tú. Tú ya no me interesas…
La respiración se le cortó durante apenas unos segundos. Fue algo tan fugaz que llegué a pensar que quizá me lo había imaginado, pero el dolor cruzó claramente por sus ojos.
—Pues no era eso lo que parecía mientras te besaba.— soltó. Su voz sonaba áspera, recordándome la forma en que me había entregado a él apenas unos minutos antes.
—Ay, Tom…— bufé, poniendo los ojos en blanco, frustrado por su cinismo y por mi propia debilidad —Eso no significó nada.
—Vale. Entonces puedo volver a hacerlo…
Dio un paso hacia delante con toda la intención de cumplir su amenaza, acortando todavía más la distancia, pero enseguida me aparté todo lo que pude, retrocediendo hacia el pasillo. No iba a permitir que eso ocurriera. También tenía que controlarme yo, porque él no se merecía absolutamente nada. Nada después de la mierda de trato que me había dado.
No iba a volver a ser su juguete.
—Ni se te ocurra.— afirmé entre dientes, mirándolo con una rabia que intentaba ocultar el miedo que me daba volver a caer en sus redes —Y ahora lárgate. No quiero volver a verte.
—Está bien, me iré.— dijo finalmente, cediendo por fin, mientras daba un paso hacia el umbral con los hombros hundidos —Pero no se te olvide que tenemos un asunto pendiente por el bebé.
—Vete a la mierda. Mi peor error fue volver. Todo estaba perfectamente sin que tú lo supieras.— le solté, sintiendo cómo el peso del arrepentimiento me aplastaba el pecho, mientras volvía a abrir la puerta de par en par —Fuera.
—Nos vemos luego, Billie.— murmuró por última vez antes de salir definitivamente de la casa.
No lo miré. Mantuve la vista fija en cualquier otro punto, pero cuando me aseguré de que ya estaba completamente fuera, cerré la enorme puerta de un maldito portazo que retumbó por toda la casa. Mi pequeño estaba durmiendo en la habitación principal de arriba. Por suerte, no se había despertado con los gritos. Al menos él estaba a salvo de toda aquella tormenta.
Caminé hasta la cocina arrastrando los pies, sintiéndome extrañamente vacío y agotado. Me serví un vaso de agua y me lo bebí de un trago, intentando apagar el incendio que Tom había prendido dentro de mí con aquel maldito beso.
Sentía demasiado, y no debería ser así. ¿Por qué? ¿Por qué mi maldito cuerpo seguía reaccionando a él de esa manera?
No podía dejar de quererlo, pero necesitaba hacerlo. Necesitaba arrancármelo del pecho de una vez por todas antes de que terminara consumiéndome por completo.
¿Cómo pude ser tan imbécil de seguirle el maldito beso? ¿Cómo?
Quería dar de hostias a esa parte de mí que seguía queriéndolo con locura. Quería hacerle entender que Tom no se merecía ese amor, que me había destrozado, que me había engañado. Pero esa parte de mí no entendía, ni quería entender. Estaba ciega, sorda, completamente perdida en el recuerdo del hombre que solía protegerme.
Mi Tom. Echaba de menos a Tom, a ese chico que habría hecho cualquier cosa por mí… que jamás me habría engañado ni siquiera con el pensamiento porque solo existía yo para él, que siempre conseguía demostrarme lo mucho que me quería, no solo decírmelo.
Mi Tom, mi querido Tommie.
¿Cómo era posible que hubiera cambiado tanto? Pasó de ser completamente devoto a mí a convertirse en un hombre como cualquier otro. En todo aquello que me prometió que jamás sería.
Mi corazón solo lo quería a él, sin importar el daño, sin importar la traición. ¿Cómo iba a dejar de quererlo?
¿Cómo iba a hacerlo?
Subí a la habitación y me tumbé al lado de mi hijo. Lo atraje hacia mi cuerpo y él se acurrucó contra mí, soltando un adorable ronroneo que consiguió arrancarme una sonrisa. Mi bebé era lo más bonito del mundo, lo más precioso. Incluso podría decir que sería igual de guapo que yo, o más todavía. Había salido completamente a mí.
No quería que él pasara por lo que yo estaba pasando, por eso iba a cuidarlo tanto y a enseñarle tantas cosas para proteger ese corazón…
Siempre estaría a su lado, lo consolaría y sacaría de él sus mejores sonrisas. Le enseñaría lo que era el amor propio, y también el amor que se entrega a los demás. Igual que hicieron mis padres conmigo. Esperaba que mi hijo lo entendiera y que no cometiera el mismo error que había cometido yo.
Joder… necesitaba un abrazo de mis padres.
Ni siquiera me había dado cuenta de que estaba llorando hasta que tuve que sorber por la nariz. No podía evitarlo. Me dolía todo lo que estaba pasando y era absurdo. Ya había llorado más que suficiente. ¿Por qué seguía haciéndolo? ¿Qué quería la vida de mí?
—Bill.— Sophia apareció en el umbral de la puerta, que había dejado abierta al entrar. Como pude, me limpié las lágrimas con el brazo que tenía libre, porque sobre el otro descansaba la cabecita de mi peque —¿Qué ha pasado? ¿Por qué lloras? ¿Se ha comportado otra vez como un idiota?
—¿Tú le diste la dirección?— le pregunté mientras me levantaba con cuidado para no despertar a mi hijo.
Ella asintió.
—Yo iba con toda la intención de darle una patada en los huevos, pero Bach me paró y me dijo que lo mejor era hacer que Tom viniera a pedirte perdón.
Maldita sea.
—Pues ha resultado ser lo peor que podíais haber hecho.— murmuré con la voz ligeramente tomada. Me puse en pie y pasé a su lado para salir de la habitación y bajar las escaleras —Ha venido a pedirme perdón, sí, pero es que no puedo creerle. No ha servido de nada.
—¿Y por qué lloras?— me preguntó mientras me seguía.
—Porque el muy idiota me besó.
—¿Qué?
—Eso, Sophia. Me besó.— me detuve en mitad del salón, mirándola mientras cruzaba los brazos —Y yo, como un completo gilipollas, le seguí el beso… aunque no duró mucho.
—Ay, Dios mío…
—No sé qué me pasó.— le dije.
—Espera.— me detuvo, acercándose hasta quedarse frente a mí —¿Te besó y tú le correspondiste? ¿Por qué?— preguntó con suavidad.
Solté un pequeño suspiro.
—Porque…— ni siquiera sabía qué responderle —Todavía lo quiero, y mi cuerpo reaccionó. No sé, Soph… Solo sé que ese hombre es como una droga para mí. Me basta con tener una mínima parte de él para acabar queriendo más y más. Siempre ha sido así.— murmuré —No puedo creer que, después de dos años, siga siendo igual. Y más aún después de todo lo que me hizo.
¿Existía alguna forma de anestesiar el corazón?
—Es porque lo quieres.— me respondió con total naturalidad —Esa es la respuesta, cielo. Lo quieres, y ese amor que sientes por él es demasiado fuerte. Tienes que tener mucho cuidado con eso…
—¿Por qué?
—Porque a la primera has caído. Da igual que después recuperaras el control, has caído.— murmuró —¿Y la próxima vez? ¿Qué pasa si no consigues controlarte y acaba ocurriendo algo de lo que luego puedas arrepentirte?
Sí… tenía razón.
—Necesito a ese hombre lejos de mí.
—¿Y cómo piensas conseguirlo, cariño?
—Haciéndole daño. Hiriéndolo.— respondí, levantando la vista del suelo para mirarla directamente a los ojos —Creo que es la única manera que tengo, porque él nunca ha entendido razones cuando se trata de mantenerse alejado de mí.
Sophia me miró como si no terminara de creerse aquello.
—¿Y si eso solo consigue que quiera aferrarse a ti todavía más?
Me quedé pensándolo. Dudaba muchísimo que, a estas alturas, fuera así, así que negué lentamente con la cabeza.
—Créeme. Es la mejor forma. Mañana es la boda de Bach. En cuanto termine la fiesta, volvemos a Estados Unidos.
—Ese hombre no va a quedarse quieto, y lo sabes.
—Ay, Soph… créeme, acabará alejándose.
Ella no estaba nada convencida.
Y, siendo sincero… yo tampoco.
Pero era la única forma que tenía de conseguir que se alejara de mí. Incluso de lograr que terminara odiándome.
Continúa…
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