La laguna azul 16

Fic Twc de novaficacci. Temporada I

Cap 16: Oportunidad desperdiciada

Amanecía, y a lo lejos podía observarse un arcoíris que se levantaba desde la superficie del agua.

Bill, que había tomado la decisión de no hablar con su hermano luego de que lo dejara «a medias» la noche anterior, tomó un mango de la canasta de alimentos y dedico una mirada severa y cargada de rencor hacia Tom, que lo miraba desde las escaleras, antes de salir.

– ¿¡Oye, qué te pasa!? – le gritó desde la ventana, pero este sólo paso de él.

El mayor torció el gesto y se apuró a vestirse con su clásico taparrabos. No entendía ¿qué había hecho mal? El creía que Bill sabía que no estaba preparado… para lo que estuvieron a punto de hacer, fuera lo que fuera y creía que entendía, claro, hasta que su hermano salió enojado por esa puerta.

Cundo terminó de colocarse su ropa, salió, dispuesto a seguir al menor y aclarar las cosas. Entonces descubrió que no estaba lejos, estaba justo ahí, apenas cien metros de donde se encontraba. Sentado sobre la roca, mirando hacia el océano, pero… ¿qué estaba haciendo? Sacudía su mano rítmicamente a la altura de su cintura y cuando lo hacía volvía la vista bruscamente hacia el cielo, con la boca abierta.

– ¿Qué estás haciendo? – gritó.

Bill dio un brinco tremendo, al punto de casi caerse hacia las olas a sus pies. Volteó con rostro furioso pero asustado, como quien se sabe pillado haciendo algo que le gusta pero es malo.

– ¿¡Qué es lo que quieres!?

–… ¿Por qué no me hablas? – preguntó con expresión triste y lastimera.

– ¡Estoy hablando contigo ahora! Y bien ¿¡quieres dejarme ya, SOLO!? – contestó con otra pregunta.

Tom frunció el ceño, negó y salió corriendo dejando a Bill con rostro arrepentido y queriendo decirle que lo perdonara, que no estaba enojado, que entendía que tuviera miedo, pues él también tenía miedo, que podían esperar todo el tiempo que fuera necesario, pero no, no pudo decírselo.

El mayor volvió a la casa y recogió todo trapo sucio que vio regado por la habitación, era hora de lavar. Cuando ya llevaba lo necesario subió al monte y se sentó en una pequeña roca, al borde de una lagunilla desde dónde bajaba toda el agua dulce.

En su mente pasaban muchas cosas, era un total lío. Sabía porque Bill se comportaba así: por su negativa la noche anterior… ¿acaso debía de haberle dicho que sí a lo que fuera lo que estuvieron a punto de hacer? Pero… es que tenía miedo, no entendía del todo bien lo que sentía. No podía explicar razonablemente qué eran esas mariposas en su estómago ¡por qué de repente su miembro se sentía tan caliente! Cuando Bill lo tocaba, o siquiera cuando lo miraba…

– ¡Tsk! – no entendía, y eso le frustraba. Tomó la prenda que lavaba desde hacía quince minutos y la golpeó contra una roca.

No podía seguir así.

– Seguramente no es nada malo, Tom… debes de tenerle confianza, es tu hermano, ¡jamás te lastimaría! – suspiró, en realidad le aterraba.

Mientras, Bill, que había terminado con su «trabajo manual» se dedicaba a buscar comida en las copas de los árboles. Estaba concentrado, pero algo en el horizonte cercano llamó su atención. Algo blanco que destellaba y contrastaba con el azul del mar. Volvió su mirada y lo vio. Un enorme barco, de velas blancas pasaba frente a la isla ¡Era una oportunidad única! Comenzó a hacer movimientos rápidos con los brazos desde la cima de la palmera.

– ¡Hey! ¡Hey, acá! – dejó caer dos cocos que había acumulado en sus brazos y se dejó caer sobre el césped.

No volteó atrás, tenía que llegar rápido a la cima del monte, dónde Tom lavaba ropa, ahí tenían una gran hoguera preparada para casos como esos ¡Sólo tenía que llegar! Corrió lo más rápido que pudo, esperando que su hermano viera el barco y encendiera la hoguera para salir de una vez de ese lugar.

Para ese momento, el mayor había acabado de lavar la «ropa» y estaba tendiéndola sobre lazos improvisados, a unos metros tan solo de la gran hoguera. Un graznido de Durkas, su ave mascota hizo que mirara hacia la costa. El barco ya estaba bastante lejos, pero si encendía la hoguera aún era posible que la vieran. Miró la montaña de ramas y luego al barco, a la hoguera y luego al barco, una y otra vez.

No podía ser posible, era la primera vez que veían un barco en muchos años, era una clara oportunidad de salir de la isla… pero es que no quería salir de la isla. Era si hogar, estaban ya acostumbrados a ese modo de vida. Si lo dejaban todo en ese momento, las enseñanzas de David se perderían para siempre. Seguramente al llegar a San Francisco los tratarían como dos héroes… o como dos fenómenos, al igual que Tarzán. Sus padres… n sabrían si estarían vivos aún ¿Y si no era así? Si estaban muertos, no habría nadie que los apoyara, ellos no sabían nada de cómo vivir en sociedad, excepto lo poco que aprendieron cuando eran niños… No, era mejor quedarse ahí.

No pasó mucho tiempo antes de que Bill entrara al claro donde tendían sudando y respirando con algo de dificultad.

– ¡Tom! – gritó alegre al entrar al claro… pero fijo su vista en la hoguera, sin encender, tal y como había estado desde hacía años. Luego miró el barco, que ya era solamente un punto en el horizonte, apenas visible. Entonces su rostro tonó en ira – ¡La hoguera! ¿¡Por qué no la encendiste!? ¿¡Por qué!? – Llegó corriendo con los brazos en puños – ¡Sabes bien que deseo irme, que es lo más importante para mí! – le replicó cuando estuvo frente a él y puso sus brazos en jarras.

Tom calló por un momento, con la mirada baja, pero luego habló.

– Lo sé – dijo con un tono muy suave.

Bill se llevó las manos al rostro, tratando de tener paciencia.

– ¡Primero lloras de miedo, después te alejas de mí, pasa un barco, UN BARCO, el primer barco desde que llegamos y lo dejas pasar! Lo dejas pasar tranquilamente – dijo haciendo una reverencia con la mano – Pues ya basta ¡estoy harto! Estoy cansado de tus niñerías ¡Te detesto! ¿Me escuchaste? ¡Te detesto! ¡Me iré a San Francisco sin ti! – era su última palabra. Frunció el ceño y se fue de ahí, aun injuriando a su gemelo, que se quedó con la mirada baja.

Una hora después Bill ya había reunido todo lo que necesitaba: llevaba cocos, bananas, uno que otro pavo y peces. Por otro lado tenía armado un prototipo de una balsa, sencilla, sin protección alguna, diseñada solamente para flotar cortas distancias, pero eso Bill no lo sabía, el llegaría a San Francisco y dejaría a su gemelo ahí, solo.

Tom observaba acostado en la arena y recargado en un árbol, sabía que Bill no podría ir a ningún lado.

El menor se colocó atrás de su gran creación (el bote) y empujo con fuerza, moviéndolo poco a poco y logrando que se adentrara en la espuma del agua. Minutos después yacía flotando sobre el mar, apenas unos 20 metros lejos de la orilla. ¡Y ahí iba! Camino a San Francisco ¡Y lo iba a lograr! Su bote resistía las olas que lo golpeaba y cada vez avanzaba más.

Tom observó con paciencia y suspiró.

– Tres, dos, uno…

La balsa comenzó a hundirse, primero de un lado. El agua rápidamente llenaba su superficie y Bill trataba de arreglarlo, pero si se inclinaba para subir ese pedazo de barco, el otro extremo se sumía. De repente el medio de la balsa se rompió y comenzó a entrar más agua. Momentos más tarde la única vela que tenía crujió y se estrelló contra la espuma.

Thomas reía desde su cómodo lugar mirando como su hermano trataba en vano de restaurar la barca. Pero este ya no podía, en cuanto se puso de pie totalmente perdió el equilibrio y calló al mar.

Minutos después Bill salía del mar empapado, con la gran vela entre sus brazos y maldiciendo en vano. Ni siquiera se limitó a ver a su hermano, pasó de largo camino a casa. Tom se levantó y lo siguió.

– Admítelo, jamás vas a construir un bote lo suficientemente resistente para ir a San Francisco. Deberías de aceptarlo.

– ¡Cállate!

– ¿Por qué no te rindes? ¡Ni siquiera sabes dónde está San Francisco!

Bill ni siquiera lo escuchó, se puso a cortar nuevas ramas para armar otra balsa. – Deberías de aceptarlo, jamás saldremos aquí.

– ¡Sí, gracias a ti! – exclamó furioso.

– ¡Aquí es donde vivimos! Es nuestro hogar ahora.

– ¡¡No!! ¡No puedo pasar mi vida aquí contigo! ¡Ni siquiera me gustas! – Le gritó fuera de sí – ¡Siempre te estás burlando de mí, jamás me cuentas tus secretos!

– ¡Pues tú no eres lo que se dice perfecto, Bill! He visto cómo te la sacudes, y se lo contaré a nuestros padres cuando vengas por nosotros – amenazó.

– No lo harías – aseguró Bill con algo de miedo, el mayor enarcó las cejas y Bill abrió la boca – ¡Te odio! – se agachó y recogió un coco, el cual le lanzó con fuerza.

El mayor apenas y lo esquivó.

– ¡Casi me golpeas!

– ¡No me importa, retráctate de lo que dijiste!

– No. He visto todo por completo y sé que lo haces desde un tiempo para acá.

– ¡Oh, cállate! ¡No es justo! ¿¡Por qué me espías!? ¡Yo no te espío!

– ¡No es cierto! ¡Siempre estás mirando mi cuerpo!

– ¡Como si fueras diferente a mí! ¡De seguro tú también te la sacudes y me estás echando la culpa! – Esta vez fue el turno de Tom de sonrojarse y de abrir la boca – ¡Además es porque te ves muy gracioso! Con esos músculos ¿¡sabes a quién te pareces ahora!? – El mayor miró su cuerpo sin encontrar nada defectuoso – ¡Te pareces a las mujeres de las fotos de David! ¡A esas mujeres desnudas!

– ¡No es cierto! ¡No me veo así!

Bill se agachó de nuevo y recogió otros dos cocos, para ponerlos contra su pecho, como si fueran senos de mujer.

– ¡Cuchi, cuchi, cuchi, cuchi! – exclamó mientras los bamboleaba repetidamente.

– ¡Deja de hacer eso! – Exclamó y bajo de la roca donde estaba – ¡Si no dejas de hacerlo no volveré a hablarte!

Pero Bill no dejaba de hacerlo, así que fue el mayor quién tomó uno de los cocos entre sus manos, y se lo lanzó con fuerza, logrando atinarle en la frente. El menor soltó los cocos, cerró los ojos y cayó al suelo.

– Oh, Dios… – dijo Tom y corrió a su lado – Bill, perdóname ¿estás bien?

Este abrió poco a poco los ojos y se puso alerta de inmediato, sentándose con seguridad.

– Perdóname Bill, no era mi intención golp… – fue interrumpido por una enérgica bofetada que resonó fuertemente.

El menor lo había golpeado… jamás antes lo había golpeado. Tom se llevó una mano a la mejilla, la cual estaba roja y se hinchaba más a cada segundo.

– ¡Como desearía que hubieras comido esa baya! – se levantó y se fue, muy enfadado hacia la casa.

Thomas se quedó unos minutos ahí, sentado, recapacitando lo que había pasado… tenía ¡tenía que arreglarlo! Se levantó y siguió a su hermano camino a casa. ¿Y qué fue lo que encontró cuando llegó? A Bill lanzando toda su ropa (la de Tom). Viendo esto, todas las ganas que tenía de arreglar las cosas se esfumaron.

– ¿¡Qué estás haciendo!? – Bill no contestó – ¿¡Qué demonios estás haciendo!? – Gritó y el menor salió a dar la cara.

– ¡Es mi casa, yo la construí!

– ¡Yo te ayudé!

– ¡Yo hice la mayor parte! ¡Y tú puedes buscar otro lugar para vivir! – dijo sin dejar de tirar su ropa afuera.

– Ya te pedí disculpas, ¿¡qué más quieres que haga!?

– Quiero que te largues – dijo con la ira reprimida en la voz.

Tom se quedó helado… su hermano lo decía en serio y el impacto fue mayor porque se lo dijo calmadamente, no a gritos, eso significaba que estaba pensando muy bien las cosas.

– ¿Qué? – preguntó aún sin comprender lo que le había dicho.

– No quiero verte más – dijo serio de nuevo.

Y ahora ¿qué era lo que iba a hacer?

Continúa…

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por novaficacci

Escritora del Fandom

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