Fic Twc de novaficacci. Temporada I
Cap 24: La noche en que llegó
Jadeando, Bill llegó hasta donde un segundo antes estaba seguro de haber escuchado a su hermano. Miró hacia los lados y localizó a Tom a unos tres metros, echado sobre la hierba, respirando con dificultad, y con las piernas abiertas. Cuando se acercó apresuradamente, Tom lo miró con alivio, pero no le dijo nada.
– Tom ¿qué te pasa? ¿Te hicieron algo? – dijo con el tono aún envuelto en pánico.
– ¿Quiénes? – le respondió el mayor con dificultad. Su respiración se tornó rápida de nuevo y soltó otro quejido – Bill… creo, que es el momento.
El menor abrió los ojos desmesuradamente y se apuró a tomarlo en brazos, para ir corriendo a casa con las pocas fuerzas que le quedaban.
Mientras iba lo más rápido que podía hacia la choza, iba rememorando su conversación con David, hacía años, cuando le explicó qué debía hacer en ese momento.
Siete años antes:
Ya había anochecido, y Tom dormía plácidamente. Bill aún comía algo dentro de la choza, pero no tardaría en acompañar a su gemelo. David había salido.
– ¡Hey, Bill! – Le gritó la voz del mayor fuera de la cabaña – Ven un momento.
El niño se levantó y salió, Jost estaba ahí fuera, sentado en la arena.
– ¿Qué pasa, David? – preguntó inocentemente.
– ¿Recuerdas nuestra conversación de ayer? – le preguntó sin mirarlo.
– ¿Sobre… que?
– Hmm… el embarazo – le explicó a regañadientes.
– Ohh, claro – se encogió de hombros y se sentó junto al hombre.
– Hay algo que debo… decirte – confesó el mayor.
– Pues dime – respondió ansioso, Bill, jamás había tenido la oportunidad de preguntarle cosas a David a solas.
– Bill – comenzó – si alguien no viene por ustedes en próximos años, y ustedes crecen, entonces… pasará.
– ¿Qué pasará? – interrumpió y el mayor hizo caso omiso.
– Entonces sabrás después de un tiempo que el… (O tú) – Lo miró con el rabillo del ojo, dudando de lo último que dijo – no está enfermo. Y tienes que prepararte, Bill.
– Pero ¿para qué?
– Y tienes que saber, que cuando el momento llegue – lo ignoró de nuevo – deberás hacer tú el trabajo del doctor.
– ¿¡Te refieres a abrirle la barriga a Tom!? – exclamó el niño, muy asustado.
–…Sí. Deberás hacerlo, o el a ti – no, seguro no – Pero no lo harás hasta que llegue el dolor. Cuando llegue el dolor sabrás que es el momento, y a partir de ese momento deberás esperar un poco. Media hora a lo mucho… luego lo harás.
– ¡Pero yo no sé hacer eso!
– Ya luego te lo enseñaré… a los dos. Pero debes aprender bien, Bill, tu sobre Tom, porque tú eres más fuerte, en sentido figurado. Recuerda, debes esperar un tiempo, y luego lo harás.
Sus ojos regresaron al presente, Tom gemía entre sus brazos. Sabía lo que tenía que hacer.
– Tom, ¿hace cuando comenzó el dolor? – pregunto seriamente.
– No lo sé… un rato – dijo acariciándose el vientre.
Bill tan solo asintió y continuó su camino.
Momentos después arribaron a la cabaña, donde, ya dentro, el menor tendió al de rastas sobre un lecho de tela, el mismo en el que dormían. Tom se movió y quedó de lado, tomando aire a bocanadas. Mientras, William comenzó a prepararse.
Fue por el caparazón de una tortuga, lo llenó de agua y lo puso sobre la fogata que había preparado horas antes, aún crepitaba. Esto sería para lavar al bebé. Sacó el maletín que contenía las botellas de alcohol, el algodón, las gazas, la cinta blanca, las vendas, las tijeras y el bisturí y lo acercó a dónde estaba Tom retorciéndose.
– Ya estoy listo, Tom – este lo miró y asintió con los ojos llenos de lágrimas.
Pero no podía hacerlo en ese momento, tenía que esperar un poco. Mientras lo hacía hizo un nudo con un pedazo de tela, que serviría como apoyo para Tom. También abrió una botella de alcohol y se lavó las manos. Su actitud envuelta en pánico, desorientada y sin saber qué hacer despareció y dejó paso a un aura seria y concentrada.
Mientras Tom se aferró a las sábanas mientras gemía. Bill le acarició la sudorosa frente, tratando de calmarlo.
– Debo acordarme de respirar – dijo el mayor riéndose de su propio dolor.
– Mírame – pidió Bill.
– No me hables ahora – respondió de la misma manera.
Lanzó un gruñido y se puso a lanzar patadas a diestra y siniestra. Se llevó las manos a las rastas y las jaló, con desesperación y dolor. Bill se inclinó y le tomó una mano, que de inmediato fue estrujada, hizo una mueca al sentir con qué fuerza le tomaba de la mano.
– Vas… muy bien – dijo el menor, tratando de controlar su voz debido al dolor que la presión de su hermano causaba en sus huesos – Tom… creo que voy a empezar.
– ¡Bill! – El rastudo se levantó y se acercó a menos de cinco centímetros del rostro de su gemelo – ¡El próximo bebé lo tienes tú! – exclamó, hecho una furia. Su voz le pareció a Bill la del mismísimo Demonio amenazándolo – ¡Sí, sácalo! – gritó, ya de nuevo con su voz y se desplomó sobre el lecho de espaldas, al mismo tiempo que le soltaba la mano.
– De acuerdo. – Se procuró tener todos los utensilios más cerca, y tomó el nudo que había hecho anteriormente – Muerde esto.
Tom abrió la boca y mordió el nudo fuertemente. También se enderezó un poco, apoyando la espalda en las «almohadas». Bill suspiró calculadamente y tomó el bisturí, que procedió a empapar de alcohol para desinfectarlo. Tomó algo de algodón y lo empapó también en la misma sustancia. Se inclinó y limpió el abdomen de su gemelo.
Tragó y acercó el bisturí, la mano le temblaba un poco. Estaba a punto de cortar, pero se detuvo y miró a Tom.
– ¿Listo? – Este asintió con una expresión, mezcla del miedo y la seguridad.
El menor suspiró e hizo el primer corte, desde el ombligo hasta la cadera, rápida pero profundamente. Tom gritó sofocadamente, un grito que aunque sofocado, se oyó en toda la isla y asustó a las aves; y su espalda se arqueó por el dolor.
– Tom – dijo su hermano con la voz herida, y una mueca sufrida – Tom, tienes que controlar tu cuerpo, no debes moverte… puedo hacerte daño – casi lloraba, sufría al ver al otro sufrir. El mayor lo miró con los ojos totalmente abiertos, aún gritaba, pero dejó que su columna se relajara. Se tendió de nuevo sobre las sábanas. Dejó de gritar, pero hiperventilaba.
Bill tragó de nuevo, lágrimas aparecieron en sus ojos. Reuniendo valor hizo otro corte igual de profundo. Tom estalló en gritos que no podían oírse bien debido al paño que cubría su boca. No hizo ningún movimiento, pero comenzó a sollozar lastimosamente. De sus ojos se derramaron las lágrimas.
– Lo siento… debo… debo seguir – se disculpó el menor.
Siguió cortando, ignorando por su salud mental los horribles sollozos y gritos agonizantes del otro, pero lloraba desconsoladamente. Sorbió con la nariz y tomó las tijeras, que sumergió en el alcohol.
No había mucha sangre, pero la que estaba presente chorreaba por los costados de Tom, y manchaba las manos del menor. Finalmente halló una zona que parecía diferente a todo lo que había cortado. Era lisa y suave, muy suave. También se transparentaba, y Bill pudo ver al bebé dentro. La sorpresa lo invadió y se dio cuenta de que había demasiado silencio.
Miró rápidamente a su hermano. Tom tenía la cabeza echada para atrás, sus mandíbulas ya no presionaban la tela, y sus ojos estaban cerrados. Su corazón se contrajo de miedo, pero pronto se calmó un poco al ver que respiraba, solo se había desmayado a causa del dolor. Esto reanudó con renovada fuerza el llanto del menor.
Tomó de nuevo el bisturí y cortó la capa que cubría al bebé y salió a borbotones un líquido ambarino, que se derramó por todos lados. Bill hizo una mueca de asco… ¡pero podía ver al bebé! Metió las manos y tomó la cabeza del bebé que fue halando poco a poco, hasta que estuvo afuera. Después de eso solo tuvo que hacer palanca y el cuerpecito salió del todo. Era un niño. Estaba morado y algo lo unía al cuerpo de Tom. El rubio dudo, pero al final decidió cortar ese… cordón. Tomó las tijeras y cortó a una distancia segura del cuerpo del recién nacido.
En ese instante el bebé soltó un berrido ensordecedor y agitó sus manitas llenas de algo viscoso en el aire. Bill sonrió, aún con las lágrimas brotando de sus ojos.
– ¡Hola, David! – saludó con la alegría contada. Porque se concentró de nuevo un segundo después y dejó al bebé en las sábanas, para levantarse y quitar el caparazón del fuego. El agua estaba apenas tibia, perfecta. Tomó al bebé de nuevo en brazos y lo sumergió en el agua, que le llegaba a los hombros.
Regresó donde Tom yacía y se volvió a enjuagar las manos en alcohol. Tomó aquello que había unido a su gemelo y al bebé ¿debía removerlo? Su instinto le decía que sí. Jaló con extremo cuidado aquel cordón y salió del cuerpo del mayor, pero venía agarrado a algo más grande que parecía una bolsa. Su rostro se llenó de pánico ¡no sabía si también aquello debía de salir! Miró a Tom, quien se encontraba respirando normalmente. Lo observó por unos segundos, hasta cerciorarse de que no le hubiera ocurrido nada malo. Luego dejó lo que había sacado a un lado. Tomó hilo y aguja, ambos pasaron por el ya clásico procedimiento y comenzó a cocer, con paciencia, pero con prisa la piel de su gemelo.
Cuando terminó de cocer como tan bien lo recodaba tomó una gasa y cubrió la herida; y la sujetó con la cinta. Luego procedió a vendar todo el abdomen de Tom. Veinte minutos después ya estaba todo limpió y Bill lavaba bien a su bebé mientras sonreía, ahí a unos metros del mayor, quien comenzó a recuperar la consciencia.
Abrió los ojos poco a poco, tenía la mente en blanco. Trató de levantarse, pero un dolor punzante le perforó los nervios. Soltó un quejido bastante audible y se miró el vientre vendado.
– ¿¡Qué…!?
– ¡Tom! – Bill se había vuelto y lo miraba con extremo alivio. Dejó al bebé (que Tom aún no había visto) y fue donde su hermano. Le tomó de las mejillas y le plantó un enorme beso.
– ¿¡Qué pasó!? – gritó, confundido.
– ¡Ya está aquí! – le respondió, emocionado y señaló con la mirada el caparazón.
Tom miró el caparazón sin comprender y luego miró su vientre. Ora el caparazón, ora el vientre. De pronto su mirada se iluminó y miró a Bill.
– ¡Quiero verlo! – gritó.
El menor rio y se levantó a por el bebé. Lo tomó en brazos y lo llevó donde Tom, quien agitaba los brazos y cerraba y abría las manos con ansias. Por fin, el rastudo tuvo a su bebé en brazos y se perdió en sus ojos color chocolate y miel.
– Se parece a nosotros – dijo en voz de hipnotizado.
– Naa, ¿tú crees? – Bromeó Bill – ¡Pues claro que se parece a nosotros!
– Hmm, no, es más, se parece a mí. Míralo, es guapo, y ambos sabemos que el guapo soy yo.
– Ja, ja, ja – rio el menor con ironía.
Ahora tenían que probarse como padres, y eso, después de un tiempo, descubrirían que era muchísimo más complicado que ser «abierto como un pescado» y «abrir a un humano como a un pescado».
Continúa…
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