Fic Twc de novaficacci. Temporada I
Cap 4: Con un buen maestro se aprende rápido
Al siguiente día todos estaban desparramados en la arena, tomando el sol, esperando ver un barco en la lejanía, y sobre todo examinando las cosas que habían llevado con ellos, y las que seguían llegando.
Bill miraba algunas fotos que venían en el primer equipaje, concentrado.
– ¿Qué ves ahí, Bill? – preguntó David mientras hacía una red con el relleno de un vestido.
– Es la historia de unas personas graciosas que se casaron.
– Veamos – Jost se acercó y tomó las fotos las que aún estaban en blanco y negro.
Tom se encontraba a unos metros con una rama larga, con ella hacía figuras distraído en la arena.
– ¿Tú tienes hijos David? – le preguntó el mayor desde lejos.
– Sí claro, en San Francisco, jamás los veo pero sé que están bien. Yo no tengo tiempo para verlos, pero son increíbles – sonríe – son cómo ustedes… Y todos tienen mis ojos – presumió con una sonrisa autosuficiente.
– No veo el bote del abuelo – se quejó Bill mirando hacia el horizonte.
– Sobre eso niños… – era hora – No creo que su abuelo vaya a venir pronto, y mientras lo haga, ustedes deben de aprender cómo conseguir comida y qué hacer aquí en la isla. ¿Ustedes quieren aprender a sobrevivir?
Los niños se pusieron de pie, alegres por aprender mientras su abuelo iba por ellos, les emocionaba tener algo en qué ocupar su tiempo y no aburrirse.
– ¡Enséñanos lo que sabes, David!
Y así los niños empezaron a aprender del mejor maestro que pudieron haber tenido. Nada de modales, nada de aprender a tocar instrumentos, esto era algo más esencial, aprender cómo sobrevivir, cómo obtener comida, pescar, cazar, hacer un refugio etc. Y esas enseñanzas fueron lo que los mantuvieron vivos durante el tiempo que estuvieron ahí.
– ¡Vengan acá, cabrones! Tarde o temprano los alcanzaré.
– ¡No es que seas diferente de nosotros David!
– ¡Además no tenemos traje de baño!
– ¡No es correcto andar desnudos por toda la playa!
Los gemelos corrían sin ropa alguna por toda la orilla de la costa, la ropa comenzaba a molestarles en ese ambiente tan tropical, además, era difícil pescar, cosa que ya habían aprendido a hacer.
Y los días pasaron de prisa.
David les mostraba como una vez que tuvieras el pez en las manos, debías abrirlo por la mitad y sacarle todas las entrañas, porque podían traer enfermedades. Por la noche, con un pequeño catalejo observaban las estrellas, y Jost les mostraba cómo cambiaban y lo que pasaba cuando cambiaban. Ambos aprendieron a cazar cangrejos, y aves de la isla. Luego David les enseñó cómo hacer una atadura simple, por la que no pasaba ni una gota de agua, paso por paso. También aprendieron a hacer otras cosas, esta vez sin importancia, como motivo de distracción. En días de viento, ahí en su careciente refugio compuesto por una cortina, Jost los ayudaba a poner las cosas en su sitio. Después de un tiempo los gemelos pudieron aplicar el conocimiento de una atadura simple en un techo y paredes para un hogar más en forma. Todos contribuían, acarreando las paredes o en el caso de Tom, helechos para una mayor protección de la intemperie. La casa por fin estuvo en pie.
En una corteza de palmera, escribían los días que pasaban y casi sin que se dieran cuenta, habían pasado dos meses y medio desde que habían arribado ahí.
Los gemelos llegaron corriendo y riendo con David portando barcos de junco.
– ¡Mira David! – mostraron sus juguetes.
– Esta muy bien hecho ¿dónde lo encontraron?
– ¡No!
– ¡Los hicimos nosotros!
– ¿De verdad? Están muy bien hechos – sonrió – estoy orgulloso.
Los ojos de los niños brillaron, era la primera vez que hacían algo solos y habían tenido éxito.
La vida se tornaba realmente pacífica conforme las semanas avanzaban. Bill y Tom podían nadar tranquilamente en el mar, porque apenas había marea alguna ahí, era como una gran piscina. Solían nadar desnudos, no era nada raro ni malo, aunque Jost los riñera por no vestir apropiadamente.
Fue el día que cumplían tres meses de vivir en la isla, cuando ambos aprendieron la lección más importante.
David nadaba en el arrecife, desnudo y los niños dormían en la cabaña plácidamente. Cuando Jost salió y caminó hacia la cabaña, no se detuvo a observar el barco de uno de los gemelos, el cual estaba al lado de la piedra que él personalmente había afilado y con la que abrían a todos los peces, cuando reparó en ella era muy tarde y cayó de bruces en la arena, pero su pierna cayo justo sobre aquella roca, la que le abrió la piel dejando brotar su sangre que manchó todo de rojo.
– ¡Maldición! ¡Bill, Tom! – gritó. No era grave, pero si no la desinfectaba, podría morir.
Los niños despertaron con el grito y no era para menos, era desgarrador y estaba a unos cuantos metros. Salieron corriendo dispuestos a ayudar, pero al llegar y ver a David así… no sabían que debían hacer, Jost debía decirles qué hacer en esa ocasión.
– B-Bill, Tom… tráiganme las botellas de cristal con alcohol, ya… saben dónde están – maldito dolor, complicaba las cosas.
El menos entró corriendo y salió minutos después con la primera maleta que habían encontrado y se tiró al lado de David.
– ¡Dime qué debo hacer! – tenía la preocupación marcada en el rostro y la incertidumbre. El miedo a algo desconocido.
– ¡Escúchenme bien los dos! … Esto que aprenderán ahora es muy importante… y necesito toda su atención – los niños asintieron con el ceño fruncido – Bill… moja tus manos con alcohol – El menor lo hizo rápidamente – Bien, ahora, toma el hilo transparente… y mételo por la aguja… – esperó a que el niño lo hiciera, le temblaban las manos – Bien, ahora, en… un extremo has un nudo, como te enseñe – y Bill lo hizo. Mientras, Tom miraba con atención y angustia – Bien, moja esa aguja… y el hilo en el alcohol… Ahora escúchame bien… vas a tomar la aguja y vas a introducirla en mi piel, justo en el extremo de la herida.
– ¿¡Qué!? ¿¡No puedes hacerlo tú!?
– No Bill, yo… quería enseñarles esto y-y no hay mejor manera que esta de aprenderlo… Tom.
– ¿Sí?
– Quiero que vacíes un poco de alcohol en la herida, hazlo.
El mayor se levantó y tomo la botella, fue vaciándola sobre la herida. La sangre se fue y David hizo una mueca horrible de dolor, acompañada por una de horror de Tom al ver lo que había bajo la sangre.
– Ahora es tu turno… Bill.
El niño tomó aire, conteniéndolo un par de segundos y cuando lo sacó, se lanzó por la herida. Metió la aguja con una mueca de asco y la sacó por el otro extremo.
– Ahora has lo mismo por toda la herida lo más… junto que puedas – hasta ese momento David había sabido cómo mantenerse tranquilo ante el dolor, pero eso no significaba que no le doliera.
Casi con los ojos cerrados, el menos siguió haciendo su trabajo. Tom se horrorizaba cuando veía la punta de la aguja salir completamente roja, y sin embargo, seguía vertiendo alcohol de vez en cuando. Después de un rato todo había acabado, la herida estaba cerrada, sólo faltaba vendarla.
– Bill, ahora rodearas con la venda toda mi pierna, pero cuidado, no aprietes mucho ni la dejes suelta.
Eso era ya lo de menos, no era difícil vendar una pierna.
– Bien, eso es todo, guarden las vendas y el alcohol – les dijo al terminar – Hey, vengan aquí – y los gemelos se acercaron, aún con el estómago revuelto – ayúdenme a ponerme en pie – ambos pasaron un brazo de Jost por sus hombros y lo ayudaron a incorporarse.
Caminaron lentamente hasta la cabaña y lograron sentarlo en una silla improvisada.
– Niños, estoy muy orgulloso de ustedes – les acarició el cabello – Ustedes son los hijos que jamás veo – sonrió, era verdad, les quería como a sus hijos.
Los gemelos se sonrojaron, ellos también le quería como a un padre, porque casi nunca veían al suyo.
– Y escuchen, esta – señaló su pierna herida – es la mayor lección que pudieron aprender conmigo. Y hay que cambiar las vendas a diario. Jamás – tragó – jamás la olviden ¿correcto?
Asintieron, imaginaban que si tenían cuidado nunca tendrían que utilizarla, pero Jost sabía, sabía que sí, algún día dentro de unos años.
– Ahora, ¿tenemos comida?
– Sí, bueno… – estaban realmente agotados, no querían tener que pescar… o cazar.
– Hay muchos plátanos aún ¿eso cuenta?
– ¡Por supuesto que cuenta! Ya es tarde, no saldremos más de aquí. Dormiré y ustedes… hagan lo que quieran, pero no salgan de la cabaña ¿de acuerdo?
– Sí David – dijo Bill.
– Sí, señor Jost – dijo Tom.
– Perfecto, ahora, ayúdenme a tenderme sobre las sábanas.
Comenzaba a anochecer y estaban agotados mentalmente. Ver una herida así y aún más, cocer una, no era fácil de sobrellevar. Ya no intentaron nada, simplemente se acostaron, Bill detrás de Tom, abrazándolo, como siempre hacían y durmieron, había sido un día muy cansado.
Continúa…
Gracias por la visita. Te invitamos a dejar un comentario.