Fic TOLL de unicornlitz
Capítulo 14
Adrianne y yo salimos fuera, había un montón de gente. O bueno, parejas, sentadas en sus mesas, charlando animadamente mientras sonaba la música de fondo. Suave y bajita, para no molestar a los invitados. Mis abuelos estaban en otra mesa, donde ahora no solo estaba sentado Tom, sino también la bruja, hablando con ellos tan tranquila.
He estado analizando a Heidi estas dos semanas. La tía está haciendo todo lo posible por caerles bien a mis abuelos, a mis tiastros, y encima le está funcionando. De hecho, Tom siempre recibe algún «halago» por parte de ellos y le sueltan lo «grandiosa» y «divertida» que es la bruja. Y como era de esperar, no paran de hablar del dichoso tema de la boda, aunque Tom todavía no le haya pedido matrimonio como toca. Pero ella ya está planeando cómo será la boda, lo cual me parece de lo más estúpido. Lo gracioso es que Tom nunca dice nada al respecto, siempre se queda callado cuando salen esos temas y solo abre la boca cuando toca para no parecer que está en la luna.
Me entero de todo aunque finja no estar pendiente de nada. Tom no quiere casarse, pero de alguna u otra forma tendrá que hacerlo, es la tradición familiar, es lo que «tiene» que hacer por haber dejado embarazada a alguien a quien ni quiere. Porque se nota que ni cariño le tiene a esa mujer, lo cual también me resulta raro…
En fin… mi querida amiga y yo nos sentamos en la misma mesa con mis abuelos y los otros dos. Da la «casualidad» de que me queda al lado Adrianne y, al otro lado, mi tan amado tío Tom. Pero vamos, que a él lo ignoro por completo, y siendo sincero, ni me cuesta. Adrianne y yo estamos haciéndonos un par de fotos para el recuerdo, mientras mis abuelos hablan con la «parejita» que tengo al lado.
—¿Vosotros qué queréis que sea?— pregunta mi abuela con toda la felicidad del mundo. Refiriéndose al género del bebé que me va a robar la atención de mi abue, porque será otro nieto con «sangre azul», o sea, otro nieto de verdad y no como mis primos, hijos de tres personas que no son nada suyo.
—Con una niña yo sería feliz— responde Heidi, justo cuando Adrianne pulsa el botón y hace la foto. El flash nos ilumina la cara unos segundos, sonriendo a la cámara —Sería nuestra princesa, ¿no lo crees, Tom?— le pregunta.
—Sí, claro…— responde él, sonriendo casi forzado pero sin que se note —A mí no me importa lo que sea, si es niño o niña igual… bienvenido será, ¿no?
—Así es, cariño— dice mi abue —Seréis unos padres estupendos, ¿eh?
—Aww, sí— asiente Heidi con una sonrisa ensanchada —Ya me muero por tener a este bebé en mis brazos, todo será perfecto— comenta con un tono tan dramático. Algo que también he notado es que Heidi odia estar embarazada, se le ve, a veces se queja porque lo que come lo vomita y fuma. —En nuestra boda haremos el baby shower.
—¡Ay, qué maravilla!— exclama mi abuela.
—Me parece una buena idea— dice mi abuelo Gordon, dándole un sorbo a su copa de champán —Así se celebran dos cosas y a lo grande, como debe ser.
—Eso quería— asiente la bruja —Lo planificaremos todo muy bien.
—Es estupendo— añade mi abuela —Buscad un sitio bueno, lo bastante grande como para que puedan venir todas las familias, amigos y demás. Algo tan especial e importante como una boda tiene que estar bien preparado. Menos mal que todavía os queda tiempo.
Yo suspiro, acomodándome en mi asiento tras la última foto, mientras Adrianne se asegura de subirla a Instagram. —Mmm, qué pena…— murmuro con un pequeño puchero, mirando a mi abue —Estaré en Londres y no podré estar en la boda ni en el baby shower. Una lástima, yo quería ser quien entregase los anillos…
—Oh, cielo… quizá lo hablemos con tu madre— dice mi abue con un ligero asentimiento.
—No creo que ceda…
—Ay, pero Bill, cariño. No te preocupes— salta Heidi, que será una hipócrita pero yo tampoco me quedo atrás —A lo mejor tu madre sí que te deja venir a la boda. Nada sería tan encantador como tenerte ahí, presente.
Perra.
La miro y sonrío, soltando una risita nasal —¿A que sí? Es que yo sirvo para darle emoción a las cosas y que no parezcan tan básicas. Incluso pido ser el padrino del bebé, me haría mucha ilusión— digo con todo el sarcasmo del mundo, pero como sé disimular, mis abuelos no notan el tono irónico —Por cierto, ¿ya habéis pensado el nombre del bebé?
—Sí— responde Heidi, esta vez algo más tensa por mi petición de ser el «padrino» del bebé. Cosa que obviamente no quiero, ni siquiera quiero que ese bebé nazca. —Si es niña se llamará Lena, y si es niño, Tom quiere que se llame Nick— dice.
—Tom y su obsesión con ese nombre— comenta mi abuela con una risilla.
El susodicho está más que incómodo con la situación, y aun así no deja de mirarme. Mientras que yo hago como si ni existiera. Tengo la mirada fija en la cara horrible de la bruja. Me río también; conozco la historia de ese nombre. Tom siempre quiso llamarse así, de adolescente juraba que de mayor se lo cambiaría, pero aún no lo ha hecho, y ahora que quiere ponérselo a su hijo, dudo que se cambie nada.
—Sí…— ríe Heidi sin dejar de mirarme —¿Qué te parecen, Billie? ¿Te gustan?
—Muy bonitos…— asiento con mi sonrisa más falsa, que ya me duele hasta la cara —Qué bien que ya tengáis todo pensado, pero sigo triste por no poder estar en la boda. Qué desgracia…
—Hablaremos con Simone para que puedas venir, Billie— dice mi abuelo, mirándome a los ojos —No creo que diga que no, y si lo hace, pues se lo pides a tu padre.
—¡Es verdad!— exclamo bajito —Mi padre sí me dejaría venir. Entonces, ¿puedo ser yo quien entregue los anillos?— pregunto, mirando tanto a Heidi como a Tom, con esa carita de inocente que de pequeño me servía para conseguir de todo, pero que ahora solo uso para fastidiar a la bruja —Y padrino del bebé, seré el mejor, lo juro.
Adrianne a mi lado aprieta los labios para no partirse de risa. Con los ojos clavados en la pantalla…
—Claro…— acepta Tom, rígido, pero sin mostrarlo en público. Solo yo noto su mirada —¿Por qué no?
Suelto una risita, muy «feliz» por la respuesta de mi querido tío. —¡Qué guay!— chillo, aplaudiendo rapidito con las manos —Tendré un ahijado, Adrianne.— la empujo un pelín para que me mire y lo hace, enseñando una sonrisa. Esto solo hace que mis abuelos sonrían enternecidos al ver mi reacción tan mona. Eso significa que estoy fingiendo de lujo. —¿No te parece increíble, mani?
—Es súper mega increíble, Billie— afirma ella con un leve asentimiento —Hay que celebrarlo.
—En mi cumpleaños— confirmo —Haré una fiesta enorme, ¿qué os parece?— alzo las cejas mirándolos a todos. Mis abuelos siguen tan sonrientes, Tom también aparenta estarlo, y a Heidi se le nota lo mal que le sienta la idea. Pero no suelta ni pío porque no querrá quedar mal con nadie, en fin…
—Grandioso…— se ríe ella con una ironía que se huele desde lejos.
—Me parece perfecto, cariño— dice mi abue —Me hace feliz verte tan contento por ser el padrino del hijo de tu tío Tom. Algo me dice que ese niño va a estar muy consentido por ti.
—No lo dudes, abue…
Sí, qué bien sienta amargarle el día a la bruja con tonterías como estas, joder. El caso es que gracias a todo esto, Heidi acabó soltando la mentira más estúpida: que se encontraba fatal. Así que Tom tuvo que llevarla a la habitación. ¿Qué pasó después? Bueno, Tom apareció solo cuando tocó cantarle el cumpleaños a mi abuela, y luego volvió a irse con la excusa de que «Heidi seguía mal». Yo no sabía si reírme o celebrarlo… así que hice ambas cosas mientras me bebía un champagne con mi mejor amiga.
¿Y qué conseguí? Pues que la conversación «pendiente» entre Tom y yo no llegara a pasar. Y también que yo pudiera disfrutar la fiesta sin ellos presentes. La celebración del cumple acabó a las doce, pero la mía con Adrianne siguió hasta las cuatro de la mañana, bebiendo champagne mientras nos descojonábamos de las caras de Heidi y de cómo salió huyendo incapaz de aguantarse la rabia que tenía encima.
O sea, fue increíble.
Claro que al día siguiente amanecí con una resaquilla y dolor por todo el cuerpo, porque Adrianne y yo nos quedamos dormidos en el suelo con las tres botellas de champagne y otra de vodka, que saqué del minibar de mi abuelo del despacho, tiradas por ahí. El móvil de Adrianne apagado porque fijo lo dejamos poniendo música a volumen bajito toda la noche.
Cuando abrí los ojos por los rayos que se colaban entre las cortinas, me levanté y llamé a Adrianne para que se pasara a la cama. Puse a cargar su móvil también. Ni me molesté en recoger las botellas; ahí se quedaron tiradas. Lo único que hice fue meterme al baño, darme una ducha, y al salir cubrirme con un albornoz, y el pelo me lo enrollé en una toalla para que no chorreara. Necesito una aspirina, porque aunque no me duele la cabeza a matar, igual molesta.
Así que al salir, bajo las escaleras y me voy a la cocina. Le pido a una de las chicas que hacen el desayuno, que me dé una aspirina; una me la da, me la tomo, y salgo fuera con una taza de café que me han preparado.
Me voy al salón. No hay nadie. ¿Todos siguen dormidos? Sería rarísimo, porque siempre madrugan para hacer cosas del campo… ya sabéis, dar de comer a las vacas y tal. Camino despacio hacia el vestíbulo cuando escucho voces conocidas con eco. En mi campo de visión aparecen Gustav, con una camisa blanca impecable, bien metida en un vaquero azul oscuro. El cinturón con una hebilla enorme, y el sombrero negro como recién comprado. Igual que las botas, negras y tan brillantes que dan ganas de restregarlas en tierra solo para que parezca que las usa.
Y Tom…
Joder, está increíble con ese rollo oscuro y vaquero, pero pulido a la vez.
La camisa, ese color vino tinto profundo, le queda perfecta. Y que se haya remangado las mangas hasta los codos… ¡uff! Se le ven los brazos, pero en plan casual, como si estuviera listo para lo que sea. Y esos primeros botones desabrochados… Justo lo suficiente para el aire de chico malo, dejando ver el cuarzo rosa colgando. El mismo que yo tengo guardado. Él realmente sigue usándolo. Los pantalones negros, un pelín arrugados.
Las botas negras completan el vibe; rudas pero elegantes. Y el pelo, las rastas recogidas en un moño bajito y suelto. Y para rematar, el sombrero negro… Le da un aire de misterio y dramatismo. Es perfecto: rudo, sexy, y me cuesta apartar la vista, pero me obligo. Porque en esos segundos, joder… si las cosas no estuvieran como están, con solo mirarme sabría lo que quiero.
Nos iríamos a mi habitación y me tendría para él una y otra vez en mi cama. Ahora quiero que me folle vestido de vaquero. Delicioso.
Pero me calmo, de momento.
—Te lo juro, ese caballo hoy se ha levantado con el diablo metido— le escucho decir a Gustav, riéndose —Le pongo la manta y me la escupe en la cara, literal. Casi me la estampa en el barro.
Tom ladea la cabeza, escuchando tranquilo.
—¿Otra vez el alazán?
—Sí, ese. No sé qué le pasa, porque ayer estaba de lujo, y hoy en cuanto me ve, levanta la pata como si me fuera a arrear. Y yo pensando: «ah, bueno, empezamos bien».
Tom suelta una risa suave.
—Seguro no le ha gustado madrugar.
—Ni a mí— replica mi primo, levantando las cejas —Pero me tocó correrlo un rato y luego ya sí se calmó. Eso sí, cuando le revisaba la herradura, me dio un empujón que casi me tumba de espaldas. Ahora está Álvaro dándoles de comer a todos, porque hoy vamos a montar a caballo. Como Bill y su amiga tuvieron la idea, nos hemos animado todos.
—¡¿Qué?!— suelto yo sin pensar, apretando la taza caliente entre las manos. Ambos giran hacia mí, sobresaltados —¡¿Cómo que vais a montar «todos» también?!
—Ay…— resopla Gustav —Buenos días para ti también, Bill.
Ladeo la cabeza y levanto una ceja —Buenos días, Gus. Pero no me cambies de tema. ¿Por qué no podéis montar otro día?— pregunto —Se suponía que hoy seríamos solo Adrianne y yo. No estaba en el plan que se apuntara todo el mundo.
—Bueno…— Gustav se rasca la nuca, mientras Tom solo me mira, medio embobado —Pues díselo a la tía Lilianne, Billie. Ella y la tía Simone fueron quienes lo organizaron todo…
Aprieto los labios en un mohín casi imperceptible y gruño —Mi madre como siempre jodiéndome los planes— murmuro, indignado y cabreado —¿Para qué le dije que hoy montábamos a caballo?… por eso no le cuento nada. Joder, puta y maldita mierda.
Me doy la vuelta sin esperar respuesta y me largo hacia mi habitación, enfadado, pisando fuerte y moviendo las caderas. Me sale natural, no lo hago a propósito…
Dejo la taza de café, que ni me bebí, en la mesa de centro y sigo mi camino.
Entro en mi habitación y me visto, poniéndome lo primero que pillo en el armario sin fijarme en nada. Pero es cómodo, demasiado para lo que suelo llevar. Me pongo un hoodie beige de peluche, de esos suaves que parecen una manta. Debajo, una camiseta fina color crema, sin más. El pantalón es un chándal gris, ancho, sin ninguna intención de impresionar a nadie. El pelo suelto, desordenado después de quitarme la toalla.
Los mechones gruesos y medio enredados, porque no me apetece peinarme. Y que les den.
Salgo de mi habitación y me voy a la de Adrianne, encontrándola despierta, arreglada, con un maquillaje muy ligero. Está sentada en la cama escribiendo un mensaje. Me mira de reojo unos segundos sin dejar de teclear. —¿A qué viene ese enfado tuyo esta mañana, mi estimado?— pregunta con voz aún dormidilla.
Bufo y me cruzo de brazos. —Nos han fastidiado los planes, mani— le digo, con un puchero. Adrianne frunce el ceño, aparta el móvil y ahora sí me mira, ya sin escribir —Resulta que hoy también van a montar a caballo todos, Adrie. Ya no tendremos el día para nosotros, ahora les tendremos que ver el careto a mis primos. Jo…
Ella hace una mueca con los labios. —¿Hablas en serio, mani?
—Sí— asiento con la cabeza —Gustav me lo acaba de decir.
—Joder…— suspira ella también.
—Igual, no voy a dejar que este pequeño problema arruine nuestros planes, mamona— le digo firme —Vamos a montar a caballo y haremos como que ellos no están. Vamos a desayunar, luego venimos a prepararnos y nos vamos a los establos. ¡Va a ser super divertido!— exclamo contenidamente —Nunca he montado a caballo, pero hoy vamos a aprender.
Ella sonríe un poquito —Pues yo ni tanta emoción tengo ahora.
—¿Qué? ¿Por qué?— le pregunto, haciendo otra vez un puchero con los labios al ver su cara algo triste.
—Andreas casi ni me escribe— me dice y yo, que con solo oír su nombre ya siento arcadas, pongo los ojos en blanco —Le mandé mensaje ayer por la mañana, como no me respondió lo volví a hacer por la noche, y hasta ahora me está contestando.
—¿Qué te ha dicho ese idiota ahora?— le pregunto, recostando la espalda contra la madera de la puerta.
—»Hola princesa, perdona por no responder antes. Estaba ocupado. Hablamos luego.»— dice, con mucha decepción en la voz al leerme el mensaje lo suficientemente alto para que lo escuche claro. Arrugo la frente al instante —Esperaba algo más… ¿bonito? ¿Una disculpa de verdad, quizás? Odio cuando tarda tanto en escribirme.
—Adrianne, Adrianne, Adrianne— repito su nombre con desgana mientras niego con la cabeza —¿Cuántas veces te tengo que decir que Andreas no te merece?
—Bill…
—No, es que tú no quieres entender— le interrumpo antes de que suelte lo de siempre —¿Recuerdas la conversación que tuvimos hace días en la plaza?— ella asiente —Bueno, mani, entonces, ¿de qué te quejas? Tú sabes cómo es este cabrón y aun así sigues con la esperanza de que algún día cambie. Eso no va a pasar, Adrianne. Hombres como Andreas solo piensan con la cabeza de abajo, ¿cuántas veces no te ha sido infiel ya?
Ella desvía la mirada al suelo —Pero yo lo quiero…
—No, tú no puedes querer a alguien así— camino hacia ella y le extiendo la mano —Dame tu móvil, si tú no puedes ponerlo en su sitio, entonces yo lo haré por ti.
—¿Qué vas a hacer, Bill?— pregunta preocupada.
—Tú solo dame el móvil— le exijo —Ahora, Adrianne.
Ella bufa con un puchero en los labios y me lo da. Al cogerlo veo el mensaje que le ha dejado y hago una mueca. Andreas se cree muy importante, sabe que puede hacer y deshacer con Adrianne porque ella le perdona todo. Pero este jueguito ya tiene que acabarse. Si Adrianne no puede mandarlo a tomar por culo, lo haré yo por ella, y Andreas no tiene que enterarse. Lo voy a bajar de la nube donde está.
Así que borro lo que Adrianne ya tenía escrito, que era un: «Andy, sabes que no me gusta que…», y escribo yo mis humildes y sinceras palabras:
«¿Sabes qué, Andy? Me da exactamente igual, ¿por qué no mejor te metes el dedo en el culo y me dejas tranquila? Gracias, tan amable.»
«Por favor, ya ni intentes escribirme más. Ya no me interesas, eres un rubio oxigenado con cara de vaca y, aparte, bizco, igual de feo que un pez bagre. Y ni hablemos de tu mal aliento, que ni con mentas se te va. Y tu cuerpo esquelético… ni yendo al gimnasio logras tener los pectorales de Channing Tatum. Me das pena ajena y cada vez que te veo, pienso en lo bendecidos que son los ciegos.»
Ahogo la risa mordiendo la lengua mientras escribo. Adrianne me mira espectante; sabe que conmigo nada bueno viene y que lo que le escribo a Andreas no son simples palabritas.
«Por cierto, deja de ir por ahí diciendo que eres ‘el mejor que he tenido’. Cariño, si eso es lo mejor, no quiero ni imaginar lo peor. Tienes la autoestima tan inflada como tu ego, pero no te preocupes, ambos están tan vacíos como tu cerebro… si es que tienes.»
«Además, cada vez que abrías la boca para opinar de algo, confirmabas que tienes la misma capacidad intelectual que un ladrillo mojado. Y tu actitud… por favor. Ni en oferta te querrían. Eres ese tipo de persona que, si fuera un producto, tendría una etiqueta que diga: defectuoso desde fábrica, no se aceptan devoluciones.»
«Ah, y deja de hacerte el interesante, que lo único misterioso en ti es cómo alguien puede soportarte más de cinco minutos sin quedarse dormido del aburrimiento. En serio, Andy, date por notificado: eres insoportable, ridículo y cero impresionante.»
Hmm…
«Y ahora que lo he dicho, me siento más ligera que después de una limpieza espiritual. Adiós, y terminamos.»
Envío el mensaje, completamente satisfecho, y le devuelvo el móvil a Adrianne —Ni se te ocurra borrar los mensajes si no quieres que te vaya mal, ¿eh?
—Vale…— susurra mientras lee lo que he escrito, y obvio, con cada palabra sus ojos se agrandan, se tapa la boca con la mano libre y parece flipada —Bill, pero…— intenta decir algo, pero sus palabras se ahogan en la garganta —Dios mío, ¿cómo puedes decirle cosas tan crueles?
—¿Se te olvida cómo soy?— le pregunto —Lo que le he dicho en esos mensajes es verdad, así que ni me reproches y más bien agradéceme. Te he sacado de una relación que no tiene ni pies ni cabeza y que solo te tiene en una jaula. Te pierdes las maravillas de chicos que hay en el mundo por mirar a semejante criatura creada por el mismo científico que hizo a Frankenstein.
—Qué malo eres, Billie…
—Es, desde el amor— comento, sonriendo ladinamente —Ahora levántate, apaga el móvil y vamos a desayunar, que tenemos un caballo que montar.
—En estos momentos me gustaría montar otra cosa…
—Yo igual…— le digo, mientras ella hace lo que le digo, apaga el móvil y lo deja sobre la mesita de noche antes de ponerse de pie —De montar algo de casi treinta centímetros, con un grosor exquisito, venoso, palpitante… joder, llevo tres semanas sin tener sexo salvaje. Siento que voy a perder la cabeza en cualquier momento…
—Tú y tu obsesión con los penes grandes y el sexo, Bill— refunfuña —Yo me refería a montar un pony, para cantar: «¡pony salvaje, aaah, con cuerpo de pony, aaah! ¡Ay vida en tu vida, aaah, pero igual eres pony!» Pero sales tú con tus guarradas solo porque te estás marchitando por no tener un pene nuevo en el que hacer cardio.
—Perdona, pero entiende que llevo tres semanas… desabastecido, sin actividad física de pareja, semanas de sequía, ¿sí?— salimos de la habitación —¿Entiendes? Ya estoy viendo colores que no existen. Estoy a nada de empezar a hablarle bonito a las paredes, ya me está afectando la paciencia y no soy un monje. Tenme un poquito de compasión.
Bajamos las escaleras con calma, mientras ella se ríe por mis palabras.
—Lo que tienes se llama «síndrome de cama vacía». Los efectos son: sentir que te mata la abstinencia, la necesidad de un tipo para rebotar encima urgentemente, el deseo de un pene decente para usar de trampolín— la miro con una expresión divertida —Si tuvieras un buen pene a mano, ya no estarías llorando. Te conozco.
—Así es…— asiento con la cabeza —Llevo semanas sin mi terapia sexual. Y mi terapia sexual consiste en: un pene— aclaro, como si no se supiera ya —Punto.
Nos echamos a reír.
—Llama a Evan…
—No, con Evan aquí no podré concentrarme en hacer sufrir a… ya sabes. Así que mejor me espero. Cuando se acumulan las ganas hasta que llega el momento, se sentirá exquisito cuando tenga un pene de nuevo enterrándose en…
—Sí, ya entendí— me interrumpe ella —Y luego dices que tú no me das detalles de nada de tu vida sexual, pero que yo sí lo hago, maldito.
—Cállate.
—Perra.
Continúa…
Gracias por la visita. No te vayas sin comentar 😉