Fic TOLL de unicornlitz

Capítulo 16

By Tom

Resolver el problema con Heidi ha sido más tedioso de lo que esperaba, pero nada que no pueda manejar como lo he hecho durante todos estos años de «relación». La situación sigue bajo mi control, y puedo mantenerla así hasta que todo esté como debería. Pero para que eso se mantenga así tengo que pensar con la cabeza fría y tomar decisiones que… jamás pensé que tendría que tomar.

Aquí el verdadero inconveniente no es Heidi y sus «amenazas», es Bill y la actitud que se ha empeñado en tener ahora.

Ese pequeño descuido suyo desordenó más cosas de las que llegué si quiera a imaginar. Y aunque no fue un desastre total, porque controlar a Heidi siempre será facilísimo, sí complicó algunos detalles que ya tenía planeados para poder conseguir lo que tanto he querido durante todo este tiempo. Pero Bill… Bill es otro tipo de dificultad.

A ver… que me ignore me molesta, pero no a nivel extremo. De hecho, me conviene, me deja espacio para maniobrar y mantener a Heidi tranquila.

Lo que sí me irrita es que no haya entendido absolutamente nada de lo que intenté hacer. Nada de mis palabras en Los Ángeles, ni un gesto, ni una insinuación, ni la intención detrás de cada frase. Él realmente creyó que se lo decía en serio, ese es el nivel.

Pensé que al menos sospecharía. Que me conoce lo suficiente como para descifrarme, pero no. Olvidé lo mucho que le gusta interpretar el mundo desde su heridita personal y quizá sea culpa mía por no haberle dado alguna señal más clara… aunque, sinceramente, en ese momento pensé que no hacía falta. Parece que sobreestimé su capacidad de entenderme, aunque tampoco sería la primera vez.

Aun así, me sorprendió cuando me amenazó.

Qué ironía. Él, justamente él, diciéndome que me va a hacer sufrir… y sé que lo dice en serio. Sé que va a intentarlo y no pienso frenarlo. Si eso le sirve para calmar su ego herido, que lo haga. Me lo merezco, supongo.

Me excedí un poco con las palabras que le dije la noche anterior, sí. Conozco mis límites y los pasé. Pero Bill necesita que lo frenen, si no le marcas territorio, se te sube encima. Y yo no pienso dejar que arruine la única oportunidad que tengo de que esto vuelva a encarrilarse.

Su actitud altanera me perjudica. Toda la familia se acerca para preguntarme, sutilmente, como quien no quiere la cosa, por su cambio conmigo y ya no puedo seguir inventando excusas coherentes. Ahora, que me «odie»… me funciona. Así se mantiene lejos de mí, y eso mantiene a Heidi distraída. Pero no me gusta, joder, no lo disfruto. Sé perfectamente que ese resentimiento suyo va directo hacia mí y aunque no voy a hacer nada para arreglarlo ahora, tampoco es que me dé igual.

Que se enoje me sirve, pero no deja de cansarme.

Y lo peor es que no puedo hacer nada excepto dejarle creer que tiene el control, que puede herirme, que sus amenazas significan algo. Si quiere desquitarse, que lo haga pero en silencio. Que no me arruine los planes, por favor. Lo que le dije anoche… fue verdad. Cada palabra.

Sé que le dolió, lo vi en sus ojos aunque intentara disimularlo, y si soy sincero, no me gustó verlo así. Nunca me ha gustado, siempre he sido el que estaba ahí para él, para evitar que los comentarios de los demás le hirieran cuando era apenas un crío.

Yo más que nadie sé por todo lo que ha pasado Bill, y por eso siempre me he visto en la necesidad de protegerlo. A mi manera. Y eso es lo que sigo haciendo, quizá no de la mejor forma, pero es la única que me queda teniendo en cuenta cómo están las cosas ahora.

Él no tenía por qué mirarme así, no conmigo. Siempre he sido algo así como su refugio, y sé que ahora cree que estoy en su contra. Sé que ahora piensa que pasé de ser su “protector” a ser uno más de los que intentan joderle la vida y eso me jode, no quiero que piense eso, pero si quiero mantenerlo a raya, también tengo que hablarle de ese modo. No hay otra. Analicé la situación, todo de pies a cabeza, y no encontré otra salida del problema que esta. Tengo que hacerlo bien para que funcione mi método o todo mi esfuerzo de todos estos años se va a la mierda.

Bill es demasiado sensible, por eso se rompe con tan poco. Y a la vez, por eso mismo… se le puede manejar.

Yo sé perfectamente cómo debo hacerlo, cómo mantenerlo controlado. Por ahora, con lo que le dije anoche, sé que al menos se quedará tranquilo. Ahora hay algo más que me preocupa, y es el hecho de que su mejor amiga sepa todo lo que ha estado pasando entre nosotros este tiempo. Adrianne no es un obstáculo, al contrario, ella más que nadie es fácil de llevar también.

En este tiempo la he estado observando, es una buena amiga aunque sea tan loquita como Bill. Ella quiere lo mejor para él, yo también quiero lo mejor para él, y no hay nada mejor que acercarme a ella, hacerle ver que no soy el enemigo aquí, y hacer que se ponga de mi lado. Con alguien tan influyente en Bill como lo es ella, podré mantener a mi pequeño bien sujeto de la correa. Adrianne Hesse será una gran aliada. Lo sé.

—Tom…— escucho la voz de Heidi, con ese tono enfadón que lleva desde que ocurrió aquel problema en Los Ángeles. La tengo delante, con los brazos cruzados, mirándome fijamente con una expresión que deja clarísimo su cabreo. Sigue mosqueada por lo de anoche…

Porque Bill, al parecer, quiere ser el padrino de… mi hijo. Yo sé que eso es mentira, Heidi también lo sabe, solo que ella lo tomó más como una especie de intento de Billie por joderla. Y la verdad yo no creo que sea eso, ¿por qué? Bueno, Heidi dice que Bill ha intentado sacarla de sus casillas, hacerla enfadar, o cosas así porque «quiere perjudicar su embarazo» ya que la odia y más porque… yo la he elegido a ella y a él no. Y está dolido. Eso es falso, completamente falso, y diré por qué…

Támara y Nickole…

Ellas dos le enseñaron a Bill desde pequeño esas ideas que ahora tiene sobre el amor, y el hecho de que él puede conseguir lo que quiera si sabe mover bien sus cartas. Ellas le enseñaron a Bill a ponerse por encima de cualquiera y a verse a sí mismo como lo mejor del mundo. A tener un amor propio enorme, para que no se dejara manipular por nadie nunca, emocionalmente hablando.

Por esta razón sé que Bill, aunque odie y deteste a Heidi, jamás pelearía con ella por un hombre. Mucho menos por mí. Yo sé que él tiene ese pensamiento de que soy yo quien debe estar a sus pies. Y de alguna forma me tiene así, pero no voy a entrar en detalles sobre eso…

Volviendo al tema, sé que Heidi me miente y que solo quiere que me ponga de su lado a pesar de todo. Y ahora, con esto de que Bill quiere ser el padrino de mi hijo, pues lo usa como «prueba» de que él realmente está peleando con ella por mí. Lo curioso es que ella niega estar peleando con él. Heidi dice que ella no ha hecho nada, que quiere «intentarlo» y llevar las cosas en paz con él, a pesar de todo. Cosa que tampoco me creo del todo. Sé que ella ve a Bill como el enemigo.

Y no es para menos.

Lo único que debe pensar ahora es que me tiene de su lado, y que me creo cada una de sus mentiras.

—¿Qué sucede?— le pregunto, soltando un suspiro corto y levantándome de la cama para pasar por su lado. Me acerco a la ventana, corro las puertas y salgo al pequeño balcón que da a los cafetales.

—¿Cómo está eso de que ahora a todos les ha dado por montar a caballo?— pregunta.

—A todos aquí les gusta montar a caballo, Heidi— le respondo con mucha calma, apoyando los brazos en el barandal del balcón y dejándome caer un poco hacia adelante —No es algo nuevo, sinceramente. Y no sé qué problema ves con eso o en qué te molesta, no estás obligada a ir si no quieres. Puedo decirles a todos que no te encontrabas bien.

—No se trata de eso— espeta ella —Y mírame cuando te hablo, por favor.

Pongo los ojos en blanco y me doy la vuelta, apoyando la espalda contra el barandal y los brazos ligeramente extendidos sobre él. —¿Y qué pasa entonces?

Suelta un resoplido nasal y se frota los labios —Se trata de Bill.

Alzo una ceja —¿Qué podría pasar con él?

—¿Se te olvida todo lo que ha intentado hacerme en estas semanas que llevo aquí?— pregunta. Me cruzo de brazos con desgana —No voy a ir sabiendo que seguro empezará con su tiradera como hizo anoche, no quiero que me amargue el rato.

—Entonces, lo mejor es que no vayas…

—Y tú te quedarás conmigo.

Suelto una risita irónica en una exhalación, me relamo los labios y ladeo la cabeza —¿Y por qué tengo yo que quedarme aquí?— le pregunto. Me parece absurdo que me salga con cosas como estas —Mis padres estarán allí, Heidi. Quiero pasar tiempo con ellos en estos meses que estaremos aquí, ¿vale?

—Tendrás cuatro meses y las semanas que quedan de este mes de agosto— me dice.

—¿Y qué? Cuando regrese a Los Ángeles no creo que pueda venir— le aclaro —Voy a estar liadísimo, tendré un montón de trabajo acumulado, y no creo que vuelva dentro de mucho tiempo. Y cuando digo «mucho tiempo» me refiero a bastantes años. Lo sabes perfectamente.

Ella guarda silencio unos segundos, solo me mira directamente a los ojos y respira con una calma falsa. Sus ojos se entrecierran lentamente —Y tú sabes perfectamente que yo no te quiero cerca de ese mocoso— refunfuña, apuntando al vacío de repente —Eso es lo que tú quieres, ¿no? Ir y verle a él precisamente montar un caballo. Porque mucha falta te habrá hecho en todo este tiempo que lleváis separados, ¿eh? ¿Cuántas veces no te he pillado ya mirándole y casi babeando, mmm?

Trago saliva con parsimonia —Exageras.

—¡¿Que exagero?!— suelta, medio gritando —Si es más que obvio, Thomas.

—Ves cosas donde no las hay.

—¿Cómo me sales con eso? Joder.

—Pues porque es así, además… ¿no te has dado cuenta ya de cómo ha estado ignorándome? No tiene sentido que vengas a reclamarme.— tomo aire profundamente —Quédate tranquila, estoy cumpliendo con mi palabra. Lo alejé de mí por completo con todo lo que le dije en Los Ángeles, de lo cual fuiste testigo porque escuchaste absolutamente todo. Así que deja ya tus numeritos, ya pasó…

Heidi solo me mira. Ya quiero quitármela de encima —Claro, es muy fácil para ti decirlo— dice, suspirando —Fui yo la que os encontró en pleno…— aprieta los labios y cierra un poco los ojos, sin querer terminar la frase, aunque es más que obvio a qué se refiere —Sigo sin entender cómo acabaste en una situación así con tu propio sobrino…

Desvío la mirada hacia cualquier parte de la habitación que no sean sus ojos —No voy a tocar ese tema contigo otra vez— le aclaro directamente, ella me mira con enfado —Mejor descansa, no le hará bien al bebé que estés todo el rato de malhumor. Yo iré solo un rato a verlos montar a todos— espeto, marcando «a todos» —Y vuelvo en un rato.

—Tom, no vas a ir…

—Sí que voy a ir— musito mientras camino hacia la puerta y pongo la mano en la manija —Duerme un poco.

—¡Tom..!— dice mi nombre, amenazándome entre dientes.

Sinceramente, no le presté atención. Creo que Heidi se altera más por los síntomas del embarazo. Aunque hay algo en lo que tiene razón: mentiría si dijera que no me he quedado mirando a Bill más de la cuenta. Pero es que es imposible no hacerlo, él se roba toda mi atención, y es algo que no controlo. No es como si me fuera fácil ignorarlo como él lo hace conmigo, me resulta imposible. Y más si encima me provoca a propósito.

Bill es hermoso en toda la extensión de la palabra.

Si cierro los ojos, puedo recorrerlo sin necesidad de que esté conmigo. Es precioso, es un demonio con voz de ángel, es tan etéreo que si lo describo me quedaría corto, porque ninguna palabra explica exactamente lo tan imperfectamente perfecto que es.

Salgo de la habitación y bajo las escaleras. Se supone que ya todos deben estar en los establos viendo qué caballo usarán para montar. Yo, sinceramente, solo los veré y ya. Así también aprovecho para continuar la conversación que Bill y yo tenemos pendiente. Anoche se me escapó porque provocó a Heidi con sus cosas, seguro lo hizo a propósito para que yo me viera obligado a venirme con Heidi a «dormir» porque se encontraba mal. En realidad, solo explotó su ira conmigo, y yo tengo que dejarla que diga lo que quiera.

Al menos por el momento.

Salgo de la casa por completo y me dirijo a los establos.

&

Las caballeriza se alzan ante mí como siempre desde estas semanas que llevo aquí, imponentes y acogedores al mismo tiempo. Entro lentamente y la escena parece casi una pintura. Mis hermanos están ahí; Lilianne, reclinada contra una puerta de box con esa postura desinteresada que siempre tiene; David observando a sus hijos con ese orgullo paternal silencioso que casi nunca expresa.

Sabine no está, desde que quedó paralítica dejó de venir. Pero hubo un tiempo en que no salía de los establos con su caballo, que murió envenenado hace muchísimo. Nunca se supo quién fue, bueno… yo sí se.

Mi madre también está aquí, sus ojos siguen cada movimiento de mis sobrinos con mucha atención. Últimamente está un poco rara, no sé qué tiene. Mi padre está entre los caballos, hablando con Gustav sobre la salud de uno mientras mi sobrino prepara a los caballos que usarán todos. Yo no voy a montar, hoy no me apetece.

Entorno los ojos cuando veo a Simone. Está supervisando algo cerca de los aparejos, con esa expresión tensa que tiene últimamente. A veces me pregunto si ella sabe algo, si de alguna manera ha intuido que hay cosas moviéndose por debajo, planes que no incluyen su versión de cómo deberían ser las cosas.

Probablemente no. Simone siempre ha estado demasiado centrada en su propio drama como para notar los detalles.

Nado mis emociones antes de avanzar.

—Veo que he llegado a tiempo— digo, mi voz corta la conversación de mi padre con Gustav. Todos se giran hacia mí, sonrío ligeramente.

—Tío Tom— me llama Chantelle, una de las hijas de Lilianne. Me mira con una sonrisa que casi le ocupa toda la cara —¿Vas a montar tú también? ¿Ya elegiste caballo? Yo quería el negro pero Ria lo vio primero y— sigue hablando sin pausas, como un torrente que no necesita que nadie le conteste.

Niego con la cabeza, sonriendo. —No, Channie— le digo —Hoy no me apetece montar a caballo. Quizá otro día— respondo mientras me acerco más hacia los caballos. Mi mirada recorre el espacio, observando sin que parezca que estoy observando. Es un hábito. Es una caballeriza grande y preciosa. A mí me gusta, la verdad. Mi padre mandó hacer algunas mejoras.

—Bueno, Gustav acaba de terminar de verificar los aparejos— comenta mi padre, señalando a los caballos que están preparando —Ya podéis montar, chicos…

Todos cogen a sus respectivos caballos, ya elegidos, felices. A todos aquí nos gusta montar, es divertido, y estando en el campo lo es todavía más. Me acerco a mi madre cuando la veo hacerme una seña con la mano y sonreírme dulce como siempre. Que nadie se entere de que soy su hijo favorito, claro, siendo el menor… mientras me acerco a ella, noto que ni Tamara ni Nickole están, y eso que dijeron que vendrían a ver.

—Hijo mío— me dice con entusiasmo contenido —Mira qué guapo estás— me dice.

Yo sonrío —Bueno, soy tu hijo— le digo —Tú sigues igual de hermosa y joven, parece que no envejece, señora Kaulitz.— ella se ríe y me da un golpecito suave en el brazo. Sus ojos se fijan en mi colgante, y los abre un poquito más.

—Qué lindo— dice, tomando el cuarzo entre sus dedos —¿Desde cuándo lo tienes? No te lo había visto.

—Es que siempre lo llevo dentro de la camisa— le respondo —Lo compré en Los Ángeles.

Mi madre frunce ligeramente el ceño —Creo que le vi uno igual a Bill cuando llegó, ¿o me lo estoy inventando? Porque ya no veo que lleve alguno puesto— pregunta, confundida.

—Compré dos iguales y le regalé uno— contesto y sonrío ligeramente —Pero creo que ya no lo usa mucho.

—Billie combina sus joyas, ya sabes— dice con voz muy suave —Te quería pedir un favor, cariño. Quiero regalarle un caballo al niño por su cumpleaños, pero no sé cuál le puede gustar, así que lo dejo en tus manos. Haz que elija el que más le guste, que lo monte hoy, y en estas semanas antes de su cumpleaños haré que lo entrenen— me dice en voz baja, para que nadie más lo oiga.

—Vale, lo haré— ella me sonríe.

—¿Ya arreglaste tu problemita con él, cielo?

—Ni siquiera sé por qué está enfadado— le digo, mintiendo obviamente. Pero tengo que seguir el hilo de la mentira que le dije hace días.

—Haz lo que te dije, amor. Habla con él— me aconseja de nuevo —Seguro está triste porque vas a tener un hijo y quizá piensa que dejará de ser tu sobrino adorado de siempre. Ya sabes cómo es Billie, ni hermanos quiere el condenillo…

Río un poco —Veré qué puedo hacer al respecto.

—Bien— sube una mano a mi mejilla y me acaricia suavemente —¿Y por qué no ha venido Heidi?

—Se sentía indispuesta…

—Oh, es normal por el embarazo— dice —Pero debería caminar un poco, eso le hará bien— aparta su mano de mi mejilla y procede a acomodarme mejor la camisa —Y no deberías dejarla sola tanto tiempo, te puede necesitar.

—La he dejado durmiendo, mamá— le digo suave —Igual, solo estaré aquí un rato y luego voy a ver cómo está.

Mamá se preocupa por absolutamente todo, es normal en ella. Después de unos segundos, todos salen con sus caballos. Gustav iba a quedarse junto al resto de los vaquero, para preparar los de Bill y su amiga, pero preferí hacerlo yo, así tengo un poco de tiempo a solas con Bill. Necesito hablar con él. Y ellos deben estar pendiente de los caballos, que no se lastimen o algo por el estilo.

Cuando me quedé completamente solo, empecé a preparar el caballo de Adrianne. Dejaré que Bill escoja el suyo, tal como me pidió mi madre. Pasé unos quince minutos en esto, nada más para asegurarme de que no haya ningún accidente con la amiga de Bill.

Todo se mantuvo en silencio, solo interrumpido por los relinchidos ocasionales de los caballos, hasta que escucho unas voces lejanas que identifico en cuanto se acercan más. Son Gustav, Bill y seguramente la chica Adrianne.

—Necesito un sombrero, Gus… ¿no tienes uno?— escucho a Bill decir.

—Usa el mío.

—¡Vale!

Y ahí vienen, entrando al establo, con Bill poniéndose el sombrero de Gustav y caminando por el sendero de tierra con esos tacones altos que no tienen ningún sentido en una hacienda de cafetales. Su pelo está ligeramente revuelto, las mejillas rosadas, las rastas bicolor, los piercings recién puestos reflejando el sol. El tatuaje de estrella apenas visible con la falda cortita que lleva.

Mierda.

Se ve demasiado bien, radiante. Como siempre. Lleva un corsé que le marca esa cintura bonita, y la falda corta deja completamente expuestas sus piernas largas y preciosas. Joder, me gustaría controlarme pero es imposible si aparece vistiendo así de espectacular y sexy. El movimiento de sus caderas al caminar es parsimonioso. Esa actitud de «acabo de llegar y ya soy el centro del universo» grabada en cada línea de su cuerpo.

No debería mirar, pero lo hago.

—Gus— dice Bill, su voz suave pero con ese filo que perfeccionó con el tiempo. Su mirada recorre todo el establo hasta posarse en la mía. El contacto solo dura un par de segundos antes de que desvíe la mirada como si nada hacia el rubio a su lado —Adrianne y yo queremos montar, pero necesitamos caballos que no nos maten, ¿sí?

Gustav se ríe —No te preocupes— me mira —¿Están listos, tío Tom?

—El de la chica— respondo, señalando vagamente a Adrianne, que sonríe —Aún estoy terminando de preparar todo con esta belleza— paso la mano por el pelaje del caballo a mi lado, que está firme, relinchando y sacudiendo la melena —Mi madre quiere que Bill escoja un caballo— digo, sin entrar en detalles.

El aludido solo pone los ojos en blanco y se cruza de brazos. Gustav toma las riendas del caballo —Bueno, entonces que Bill escoja, yo me llevo a Adrianne y le voy enseñando.

—¡¿Qué?!— exclama él, con los ojos abiertos como platos —¿No me puedes esperar, Gus?

—Bill…— suspira —Iré adelantándome con Adrianne, ¿sí? Elige al caballo, ya oíste, la abuela Charlotte quiere que lo escojas bien, hazlo.

Con esas palabras, sale del establo sujetando al caballo firmemente, mientras Adrianne lo mira embelesada. ¿Nunca ha visto un caballo antes? Creo que no. Se le ve impresionada. Cuando se van y los pierdo de vista, observo a Bill, que se mantiene distante, con la mirada en los caballos, los brazos cruzados y esa pose de estar totalmente en desacuerdo. Realmente no quiere verme ni en pintura, lo cual es comprensible, después de lo que le dije anoche.

Pero no le presto atención.

—Tú y yo tenemos una conversación pendiente— le recuerdo.

Él bufa —Yo no tengo nada más que hablar contigo— me dice con un tono frío y desinteresado —Ya me dijiste todo anoche, ¿acaso falta algo más para intentar manipularme, tío Tom?— pregunta con sorna.

—No estaba manipulándote…

Bueno, sí, en realidad sí lo hice.

Bill suelta una risita irónica, negando con la cabeza y clavando su mirada intensa en la mía —Me parece gracioso que digas que no, cuando fue demasiado evidente, Tom.

—¿Por qué te manipularía, Bill?

—No lo sé— responde seco —Pero tampoco me importa, como tampoco me interesa tener esta conversación contigo, así que por favor, quiero elegir al caballo y largarme de aquí.

Sonrío burlonamente —No lo creo— le digo, y él entrecierra los ojos, mirándome fijamente —Anoche hiciste de todo para que Heidi se enfadara y se fuera a la habitación, y yo también tuve que irme. No pudimos terminar la conversación que estábamos teniendo antes de que Simone interviniera. Estaba poniéndose interesante.

Camino despacio hacia él mientras hablo, pero Bill no se mueve, se mantiene firme —Yo creo que ya dijiste suficiente, ¿no?— dice —Lo único que haces al abrir tu puta boca es que yo te deteste más y más, como no te imaginas.

—Mhm…— asiento lentamente, hasta estar frente a frente, a un paso de distancia.

—¿Qué más tienes que decirme? Te juro que esta vez no voy a mostrarme vulnerable— me dice. Lo analizo detenidamente, ¿será que está nervioso? Esa actitud rebelde contra mí solo me gusta, me intriga.

—Me faltó decirte que te veías increíble anoche— le comento, relamiéndome el labio inferior lentamente. Noto cómo contiene la respiración —Ya sabes, con tu ropa, que te quedaba perfecta… pero, ¿sabes qué no vi? El colgante, ¿dónde lo tienes, Bill?

—Ah, con que era eso…— susurra y se encoge de hombros —Lo tiré al riachuelo, como en las novelas, fue épico. Después me quité la ropa y me metí al agua para hacer lo que Bella en Crepúsculo, pero como sé nadar, no funcionó, no me ahogué. Entonces aproveché, ya que estaba empapado en el agua, ¿por qué no nadar, así, completamente desnudo?— suelta una exhalación burlona —Una pena que no estabas allí para verlo— dice con falsa tristeza y un puchero exagerado.

Me río sin gracia —Qué gracioso— Bill sonríe de manera fingida —¿Dónde está el colgante?

—¿Qué te importa?

Tomo aire profundamente —Billie… no hagas que tío Tom se enfade— le digo con tono bajo y serio —Se suponía que nunca te lo quitarías.

—¿Para qué iba a tenerlo?— pregunta —Solo me traía malos recuerdos. Me lo quité y lo guardé, algún día lo tiraré a la basura junto con la mierda. ¿Lo entiendes?

—Si haces eso, tendrás problemas conmigo.

—Ah, ¿sí?

—Sí— espeto —No quiero más problemas contigo, Bill. Quiero que hagamos las paces, un acuerdo de tregua, algo temporal— le digo —Mi madre y todos sospechan, no me gusta eso, ¿entiendes, bonito?— entrecierra los ojos —El acuerdo solo consiste en intentar llevar las cosas en paz mientras nos miren, luego puedes odiarme todo lo que quieras.

—¿Cómo puedes pedirme eso como si nada?— me pregunta indignado —Eres un imbécil, Tom. Primero me tratas horrible y luego quieres una tregua temporal, no me jodas— se ríe sarcásticamente —No voy a aceptar ningún acuerdo, ¿vale? Hasta aquí la conversación.

Él intenta irse, alejarse de mi, pero yo soy más rápido y lo tomo del brazo. De un solo jalón hago que vuelva al lugar donde estaba antes, jadea por la sorpresa. Controlar mis impulsos me es difícil cuando lo tengo cerca, me pasó anoche, por eso tuve que ser un poco brusco, para bajarme la calentura que sentía en esos momentos por verlo vestido se esa forma tan vulgar, como ahora. Vulgarmente provocativo. Bill hace que mis demonios más oscuros y pensamientos más perversos salgan a la luz, con tan solo ser él mismo. Y está vez no es diferente.

Tengo mi entrepierna completamente despierta desde que lo vi aparecerse aquí. ¿Imaginais como fue cuando lo vi esta mañana con tan solo un albornoz puesto?

Abre la boca para insultarme, pero no le doy tiempo. Lo empujo contra la pared de madera de la caballería, el olor a paja y cuero viejo nos envuelve, y le como la boca sin pedir permiso. Es un beso violento desde el primer segundo. Mis labios aplastan los suyos, mi lengua entra a la fuerza, buscando la suya como si quisiera castigarla. Bill gruñe, intenta empujarme con las manos en mi pecho, me muerde el labio inferior hasta que siento el sabor metálico de la sangre. Me da igual.

Le agarro las muñecas con una sola mano y se las clavo contra la pared por encima de su cabeza. Con la otra le aprieto la nuca, obligándolo a abrir más la boca. Forcejea unos segundos más, patalea, intenta girar la cara, pero yo no aflojo. Le chupo la lengua con fuerza, le muerdo el labio de abajo hasta que gime sin querer. Ahí está. Ahí está el primer resquicio, su cuerpo se tensa y luego, muy despacio, se ablanda contra el mío.

Me separo apenas dos centímetros. Nuestras respiraciones se mezclan, rápidas, húmedas. Lo miro fijo, tiene los labios hinchados, rojos, un hilo de saliva brillando en la comisura. Los ojos negros, dilatados, furiosos… hiperventila con rabia.

—¿Quieres que haga que aceptes el acuerdo, Bill?— susurro contra su boca.

Él no contesta, solo me mira.

Mis ojos se mueven de sus ojos a sus labios, y vuelvo a besarlo. Pero esta vez no hay resistencia. Su boca se abre sola, su lengua sale a buscar la mía con la misma desesperación que siento yo. Es sucio, sin control, nos mordemos, nos chupamos, nos tragamos los gemidos del otro. Hay saliva por todos lados; siento cómo me baja por la barbilla, cómo él la lame de mi labio superior como si estuviera hambriento.

Le suelto las muñecas por fin y sus manos van directas a mis rastas, tirando fuerte, atrayéndome más. Yo le agarro el culo con las dos manos y lo alzo contra mí. Camina hacia atrás sin dejar de besarme, tropezando con baldes y monturas viejas, hasta que llegamos a una de las jaulas vacías del fondo. Empujo la madera con el hombro y entramos. La cierro de un puntapié.

Dentro huele a lo típico, caballo y a heno seco, pero ya no importa nada. Lo empujo contra la pared de tablones, lo levanto con brusquedad, sus piernas se enroscan en mi cintura, la mini falda de jean se le sube hasta dejar al descubierto el encaje negro de sus ligueros. Nuestros sombreros cayeron en algún momento del camino; le muerdo el cuello mientras él me araña la espalda por debajo de la ropa.

—Eres un cabrón— jadea contra mi oído, pero sus caderas ya se pegan a las mías buscando fricción.

—Lo sé— gruño, y vuelvo a devorarle la boca como si fuera la última vez que me deja tocarlo.

Y quizás lo sea.

Pero ahora mismo, aquí, en esta jaula vacía donde nadie nos ve, los dos estamos demasiado perdidos como para parar. Lo tengo clavado contra la pared de madera, mis manos bajo sus muslos, apretando esa piel suave que tanto extrañé. Su corsé marrón está tan ajustado que cada vez que respira rápido siento el roce de la tela contra mi camisa. Le muerdo el cuello por encima del borde del corsé y él echa la cabeza hacia atrás, gimiendo como si le doliera el placer.

—Tom… joder…— su voz sale rota, fina, como de putita en celo. —Mierda.

Empiezo a mover las caderas, lento al principio, solo para torturarlo. Mi erección, ya dura como piedra dentro de los pantalones negros, se frota contra la suya a través de la tela. Bill está igual de duro; lo noto palpitando bajo la falda, caliente, húmedo incluso a través del encaje.

—Ah… ¡ah, mierda…!— gime alto, descarado, clavándome las uñas en la nuca.

Acelero. Empujo más fuerte, más sucio, sintiendo cómo su pene se desliza contra la mía con cada embestida. La tela de mi boxer y la suya se empapan rápido; le meto una mano entre nosotros, aparto de un tirón la tela de la falda y el encaje de su ropa interior hasta liberar su miembro. Está rojo, brillante, goteando. Está empapado de una forma increíble, mojadito a más no poder, liberando una gran cantidad de semen.

Con manos temblorosas, pero firmes, logro desabrochar mi pantalón y sacar mi entrepierna. Al liberarla, se la agarro con fuerza a él y la froto contra la mía, piel con piel ahora. Bill grita, un sonido agudo y roto que me pone más loco.

—Tommie… por favor… más…— lloriquea, moviendo las caderas como si quisiera follarme el puño.

Con la otra mano le bajo el corsetito lo justo para morderle un pezón por encima de la camisa. Chupo, muerdo, tiro. Él se retuerce, las piernas apretándome más fuerte la cintura, los tacones clavados en mi espalda. Sigo frotándonos, rápido, brusco, sin ritmo. Nuestros penes resbalan uno contra el otro, empapadas, haciendo sonidos obscenos que rebotan en la jaula vacía. Bill ya no habla; solo gime como una perra, cada vez más alto, más desesperado.

—Vas a correrte así, ¿verdad?— gruño contra su oreja, lamiéndole el lóbulo —Sin que te folle. Solo con mi polla rozando la tuya…

—Sí… sí, joder, Tom…— gimotea, y siento cómo empieza a temblar entero.

Aprieto más fuerte, froto más rápido, mi propia respiración hecha pedazos. Lo beso otra vez, tragándome sus gemidos, su lengua, su saliva. Y cuando siento que ya no aguanto más, cuando sus piernas tiemblan y su pene palpita como loco contra el mío, los dos explotamos al mismo tiempo.

Caliente, sucio, sin control.

Bill se corre primero con un grito ahogado contra mi boca, chorros blancos manchando mi camisa vino tinto. Yo lo sigo un segundo después, gruñendo su nombre mientras me vacío contra él, mezclando todo, marcándolo otra vez. Nos quedamos así un rato, jadeando, pegajosos, temblando. Sus piernas siguen alrededor de mi cintura, mi frente apoyada en su hombro.

Lo bajo despacio al suelo, pero solo para girarlo de un tirón. Bill se tambalea, apoya las manos en la pared de madera, arqueando la espalda sin que yo se lo pida. Sabe perfectamente lo que viene. Le subo la mini falda hasta la cintura con una sola mano, el encaje negro está empapado, pegado a su culo. Lo aparto a un lado con rudeza, dejando al aire ese agujero que tanto me ha vuelto loco durante semanas.

—Mira qué puta estás, Bill— susurro contra su oído, mordiéndoselo —Todo mojado y abierto solo de pensar en mi pene. ¿Y así dices detestarme? ¿Eh?

Él gime alto, un sonido tembloroso y desesperado. —Sí haces esto le sacaré provecho después— dice con su voz entrecortada —Lo sabes. Vas a querer más, y te lo negaré. Lo sabes…— repite.

—Sí, lo sé.

Le meto dos dedos de golpe, sin aviso. Está tan resbaladizo por el sudor y lo que quedó de antes que entran fácil, pero igual se contrae alrededor de mí, apretándome. —Joder, sí…— lloriquea, empujando el culo hacia atrás —Más…

Añado un tercero, abriéndolos dentro, girándolos, buscando ese punto que sé que lo vuelve loco. Lo encuentro rápido y Bill grita, un chillido agudo de putita que casi me hace correrme otra vez sin tocarme. —¿Te gusta, eh?— gruño, follándolo con los dedos rápido y fuerte —¿Te gusta que te abra como a una zorra en una cuadra?

—¡Sí, sí, sí…! Tom, métemela ya, por favor…— su voz se quiebra, está llorando de placer.

Saco los dedos de golpe. Me bajo el pantalón por completo y los boxers lo justo, mi polla sale dura, roja, todavía brillante de lo de antes. Agarro sus caderas, le separo aun mas las nalgas, dejando su culo a la vista y me pego a él. La punta de mi miembro queda alineada en su entrada, siento un cosquilleo ante el roce, y la primera embestida es brutal. Entro hasta el fondo de una sola estocada, Bill grita tan fuerte que tiene que morderse el antebrazo para no alertar a medio rancho.

—Así, así…— jadea, temblando —Fóllame duro, Tom, rómpeme…

Y eso hago.

Empiezo a moverme sin piedad, rápido, profundo, cada golpe haciendo que su cuerpo se estrelle contra la madera. El sonido de piel contra piel, mis huevos chocando contra su culo, sus gemidos cada vez más altos, más rotos. —Eres mío, Billie. ¿A que sí?— gruño, agarrándole el pelo junto a un par de sus rastas y tirando su cabeza hacia atrás para morderle el hombro —Aunque te portes como un hijo de puta conmigo, sin saber las razones por las cuales hago las cosas, este culo es mío. Siempre va a ser mío.

—¡Tom… Tom… voy a correrme otra vez…!— grita, y siento cómo se aprieta alrededor de mí, imposiblemente más.

—Hazlo. Córrete con mi pene dentro, como la puta que eres.

Un último empujón fuerte, hasta el fondo, y Bill explota otra vez. Se corre sin tocarse, chorros cayendo al heno, temblando entero, gritando mi nombre como si fuera una plegaria sucia. Yo lo sigo casi al instante, enterrándome hasta las bolas y vaciándome dentro de él, marcándolo por dentro también. Gruño contra su hombro, sintiendo cómo me aprieta, cómo lo lleno hasta la última gota.

Nos quedamos así, yo todavía dentro, él temblando contra la pared, los dos respirando como si hubiéramos corrido una maratón.

—No creas que se volverá a repetir tan fácil, ¿eh?— me dice.

Yo suelto una risita —Ya me lo dijiste, Bill.— le recuerdo —No sé qué tengas planeado ahora en mi contra, pero supongo que me lo merezco, ¿no?

—Cada puta cosa…— murmura.

Continúa…

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por unicornlitz

Escritora del Fandom

Un comentario en «Love me 16»

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