Notas: Por motivos personales he tenido un par de retrasos con las actualizaciones. En fin, feliz navidad, bebesitas. Estos capis son mi regalito para ustedes, ailoviu.

Fic TOLL de unicornlitz
Capítulo 17
Siempre he tenido la mentalidad de que si hago algo, luego no voy a sentir eso que llaman «arrepentimiento» porque siempre tengo en cuenta las consecuencias de mis actos, aunque también me la suden una barbaridad. No soy de esos que hacen las cosas y después se sientan en la cama a lamentarse por haberlas hecho como si eso fuera a cambiar algo.
Y vale, últimamente sí que me he arrepentido de una cosa, y es de haberme permitido enamorarme de Tom. Pero creo que lo sentimental aquí no pinta nada.
El caso es que, justo ahora, después de lo que ha pasado, debería estar arrepintiéndome porque he dejado que vuelva a ponerme las manos encima, que me besara, que me follara y que yo gimiera como un loco desesperado por su roce. Pero la verdad es que no siento ni una pizca de arrepentimiento, porque en el fondo yo estaba deseando que pasara esto. Y no me esperaba que ocurriera tan rápido, y mucho menos que yo prácticamente me dejara hacer como si no hubiera pasado nada. Pero no vayáis a pensar que lo he hecho porque me dejé llevar por los sentimientos o por la abstinencia brutal en la que estaba.
No. Todo lo que hago yo tiene un motivo.
Y sé perfectamente cómo sacarle partido a lo que acaba de pasar. ¿Cómo? Pues es muy sencillo.
A ver. Tom es igual que yo, le flipa el sexo, eso lo he notado en todas las veces que hemos estado juntos en la cama. El descontrol que ha tenido hace un rato solo me confirma que no ha tocado a Heidi desde que pasó lo que pasó, ¿por qué? Porque estaba totalmente desesperado, como si echara de menos follar, estar conmigo, tener sexo. Fue salvaje, me tomó como si no hubiera echado un polvo en una eternidad. Estaba tan necesitado como yo.
¿Adónde vamos con esto? Bueno… él se ha estado conteniendo un montón de tiempo. Ha sabido controlarse. Pero ahora que me ha vuelto a hacer suyo, es como si esa necesidad de sexo que teníamos antes, porque follábamos casi todos los días, se hubiera despertado otra vez. Como cuando estás empezando a caer en la tentación y ya no hay marcha atrás. Como cuando pruebas la cocaína por primera vez y luego no paras aunque te digas a ti mismo que «va a ser la última».
Tom siempre me consumía, se volvió adicto a mí igual que yo a él. Pero con todo el tiempo que estuvimos separados, sin tocarnos, sin besarnos, sin mirarnos a los ojos un buen rato ni cruzar palabra, fue como si hubiera estado en rehabilitación intentando dejar la droga. Supongamos que lo consiguió, que su adicción a mí bajó un poco, pero hoy, al tenerme tan cerca, no pudo aguantar y volvió a consumirme.
¿Qué pasa cuando un yonki que lleva tiempo limpio sin drogarse vuelve a meterse?
Lo que pasa es muy simple: el cuerpo se acuerda.
Da igual cuánto tiempo haya pasado, da igual cuánto te hayas intentado convencer de que ya no lo necesitas. Con una sola «dosis», una sola probadita, todo se despierta de golpe. El autocontrol se va a la mierda, las defensas se derrumban y la necesidad, esa que creías que habías enterrado, vuelve multiplicada.
Eso le pasa a un adicto y eso mismo le ha pasado a Tom.
La sensación vuelve más fuerte, más ansiosa, más adictiva que la primera vez. Igual que el cuerpo se acuerda, la mente también, y lo que antes era control… se convierte en necesidad pura y dura. Eso es justo lo que yo quería conseguir.
Porque yo sé cómo funciona Tom, lo conozco mejor que nadie. Sé cómo respira cuando pierde el control y cómo intenta disimularlo después, cómo aprieta la mandíbula cuando se quiere convencer de que «no necesita nada». Y sé, mejor que nadie, que cuando toca algo que le gusta demasiado… no sabe soltarlo. Esa recaída que ha tenido conmigo no ha sido un error, ha sido una puerta que se ha entreabierto, una grieta, una debilidad. Y yo voy a aprovecharla.
Porque ahora él va a volver a sentir esa necesidad. Le va a quemar por dentro, como siempre le pasaba, va a pensar que puede resistirse, que puede hacer como si no hubiera pasado nada… pero yo sé que no va a poder. Sé perfectamente qué vacío tan grande le dejé y ahí está mi ventaja.
No voy a dárselo otra vez. No voy a caer, no voy a ir a buscarlo, no voy a darle el capricho. Voy a dejarlo con las ganas, con el recuerdo todavía calentito en la cabeza, con esa frustración que tanto odia sentir. Que lo coma por dentro, que lo ponga nervioso. Quiero que Tom empiece a pensar en mí aunque no quiera, que se quede pillado en su propia cabeza, preguntándose cuándo volveré a mirarlo, cuándo volveré a hablarle, cuándo volveré a dejar que se acerque. Quiero que dude de sí mismo, de todo lo que me dijo, de todo lo que hizo.
Quiero que se arrepienta.
De cada palabra que me soltó, de cada gesto feo, de cada desprecio, de cada vez que pensó que yo lo necesitaba más a él que él a mí.
Porque ahora… cuando esa necesidad le suba otra vez por dentro, y le va a subir, cuando se dé cuenta de que no tiene acceso a mí, cuando vea que lo estoy ignorando sin ningún remordimiento, cuando note que puedo estar perfectamente bien sin él… entonces, ahí sí, Tom Kaulitz va a caer de rodillas.
Va a suplicarme que deje de ignorarlo, que hable con él, que lo mire, que lo deje tenerme otra vez, que lo perdone, que vuelva a ser «su» Bill. Y yo, por primera vez en mucho tiempo, lo voy a tener justo donde quiero. No por amor, no por nostalgia, sino por justicia. Porque él ha despertado su propia adicción y yo seré quien decida cuándo, cómo y si vuelve a sentirla.
En estos momentos me estoy arreglando la ropa con mucha calma, todavía encerrados en el corral del caballo que está vacío. Tom ya se ha vestido del todo, se ha limpiado la mancha que dejé con mi semen en su camisa y aunque le ha quedado la marca oscura de lo mojado, parece que le da igual. Está apoyado en el marco de la puerta del pequeño corral, mirándome fijamente mientras yo me ato el corsé con mucha parsimonia. Oigo su respiración tranquila, igual que la mía.
—Bill…— me llama, pero yo de todos modos no lo miro.
—No aceptaré la tregua— le digo clarito otra vez, es un «no» rotundo. Yo no voy a hacer eso, aunque tuviera que fingirlo delante de todos y volver a ignorarlo cuando estemos solos, ¿qué gracia tiene? A mí me la sopla que todos le hagan preguntas, si él no sabe qué inventarse pues es su problema, no el mío. Yo voy a seguir ignorándolo, ahora más que nunca después de lo que ha pasado. —Así que ni lo intentes porque solo estarías gastando saliva.
—Al menos piénsatelo— me dice, con la voz baja y tranquila. —Ignórame si quieres, pero hazlo con disimulo.
Levanto la mirada de las cuerdas que estoy atando, suspiro cerrando los ojos un segundo y giro la cabeza para mirarlo. —No voy a disimular nada, Tom— le suelto, también con mucha calma. —Diles a todos que no sabes qué me pasa y listo, problema resuelto.
—Mi madre quiere que arregle este lío— dice, clavándome la mirada en los ojos. Yo vuelvo a mirar las cuerdas, las tiro para ajustar bien el corsé y que quede apretadito, y luego hago el nudo y el lazo. —No le gusta verte tan distante conmigo, antes no eras así, se preocupa. Yo no puedo decirle simplemente que no sé qué te pasa. Pensará que me da igual arreglarlo…
—Pero es que es la verdad— le digo con un tonito sarcástico, obviamente fingido. —¿Has intentado arreglar el problema, Tom?
—Lo estoy haciendo ahora.
Me río sin pizca de gracia. —¿De verdad?— suelto con ironía. Lo miro otra vez a la cara y me paso la lengua por los labios mientras me coloco la chaqueta encima. —¿Ya me has pedido perdón por lo que me dijiste, no solo en Los Ángeles, sino anoche?
Tom se queda unos segundos callado. Segundos en los que aprieta los labios, mira a todos los rincones del corral, cierra los ojos y niega con la cabeza casi sin que se note. —No— susurra al final, entre dientes.
Yo levanto las cejas en cuanto él abre los ojos de nuevo. —¿Lo ves? No estás intentando arreglar nada. Solo quieres que dejen de hacerte preguntas, pretendiendo que yo acepte una tregua de mierda que me parece absurda de cojones— musito, cruzándome de brazos. —No te voy a dar ese gustazo, Tom.
—¿Va en serio?— dice. —¿Vas a seguir con esta actitud incluso después de lo que ha pasado hace un rato?
Suelto un bufido, burlándome. —Lo que ha pasado no ha sido nada— le digo, muy en serio pero a la vez con diversión. Él hace un gesto que deja claro que le hace gracia lo que he dicho, pero que también le ha tocado los cojones. Se pasa el pulgar y el índice por la barba, bajando y juntándolos cuando llega al centro de la barbilla. —Solo ha sido un pequeño desliz, nada más. No volverá a pasar.
—¿De verdad vas a usarlo en mi contra, eh?— suelta, también burlándose un poco pero cabreado.
Entrecierro los ojos y, así, serio, indomable y con una calma que da miedo, me acerco despacio mientras le hablo. —Recuerdo que me dijiste que yo solo fui tu entretenimiento, Tom— susurro. —Que lo que pasó entre nosotros fue por estrés del curro y más chorradas, son palabras que tengo aquí…— señalo mi cabeza, dándome golpecitos en la frente con el dedo índice. —No las voy a olvidar en la vida. Y igual que tú pudiste soltarme esas cosas, pues yo puedo decirte ahora, con toda la tranquilidad del mundo, que lo que ha pasado aquí no ha sido más que sexo.
Su cara se ha puesto dura, la mandíbula se le ha tensado un poco. Joder, le está mosqueando lo que le estoy diciendo.
—La calentura me pudo, no suelo estar tanto tiempo en abstinencia— sigo diciendo, parándome cuando estoy a un paso de él. —Cuando te largaste a Los Ángeles hace dos años, yo tenía a Evan para pasar el rato. No me faltaba sexo, y cuando hablaba contigo, no me faltaban los juguetes— me paso la lengua por los labios. —Cuando nos volvimos a ver, follábamos casi todos los días. Dejar de hacerlo fue jodido, aquí no tengo con quién entretenerme y… yo no me lío con cualquiera.
Tom se cruza de brazos, con una cara que intenta disimular que está cabreado.
—Todo eso solo hizo que perdiera el control hace un rato, no pude con las ganas— sigo. —¿Que si de verdad lo voy a usar en tu contra? Sí— asiento con la cabeza, confirmando. —Lo haré.
—Yo te dije anoche que las cosas que hago, las hago precisamente por ti, ¿cuántas veces te lo…?
—No me interesa lo que hagas ni por qué lo hagas— le corto rápido, subiendo un poco la voz. —El caso es que conseguiste hacerme daño con todo lo que me soltaste. Y yo te voy a decir tres cosas— musito, soltando un suspiro corto para controlarme y no explotar y ponerme a gritar. —La primera, yo no te he pedido que hagas nada por mí. Hubiera preferido que todo el mundo se enterara de lo que pasaba entre nosotros, antes que tener que escuchar esas cosas tan feas que me dijiste.
Aprieto los puños, no me voy a poner a llorar, todo lo contrario, le voy a hablar y me voy a defender como debí hacerlo anoche.
—Segundo, no voy a permitir que vuelvas a intentar dejarme por los suelos. No voy a dejar que vuelvas a humillarme y ahora me la sudan tus razones, o mejor dicho, las mentiras que me sueltes para justificar lo que hiciste— le suelto. —Y tercero, de ahora en adelante, yo te voy a devolver todas las piedras que me lanzaste. Te voy a pagar con la misma moneda con la que tú me pagaste a mí…
—¿Ah, sí?
—Sí— confirmo con un asentimiento de cabeza. —Tú me trataste como si yo solo fuera un juego para ti, pues ahora tú eres un juego para mí, y voy a jugar a llevarte al límite, ponerte al tope y luego apartarme— le digo. —Yo no necesito liarme con un montón de tíos para joderte dándote celos, Tom. Me basta y me sobra con ser tan guapo como soy, con saber que te vuelvo loco y que todavía babeas por mí.
Aprieta los dientes, la mandíbula, y parece que respira con algo de dificultad. ¿Por cabreo? Oh, sí.
—Yo sé lo que valgo, lo que me merezco, y también sé cómo conseguir lo que quiero— digo. —Soy más listo de lo que te piensas, y tu castigo va a ser muy doloroso para ti, Tom— giro un poco la cabeza sin dejar de mirarlo. —Y no voy a necesitar la influencia de mi padre para que mi plan salga bien. También dijiste que mi orgullo le besa los pies al tuyo— sonrío con burla. —Eso fue un chiste malísimo, Tommie…
Niego con la cabeza, riéndome bajito y divertido, entre dientes.
—Tu orgullo podrá ser muy grande, incluso más que el mío, pero… ¿sabes qué le gana?— pregunto. Él entrecierra un poco los ojos, ladea la cabeza y me mira de forma amenazante, pero yo no me inmuto ni un pelo. —Mi putamente maravilloso ego.
Su nuez se mueve despacio cuando traga saliva. Yo me mantengo firme, con la cabeza bien alta y la valentía a tope. Esta vez no me voy a quedar callado.
—Yo soy el que lleva las riendas aquí— le aclaro. —Y soy el que decide cómo van a ser las cosas. Y ahora, quiero verte de rodillas delante de mí, suplicándome que te perdone— separa los labios para coger aire, pero sigue serio y amenazante. —Y créeme que lo voy a conseguir, porque tú caes ante mis encantos, Tom— me acerco más, ya solo nos separan unos centímetros.
Pongo mis manos en su pecho, sintiendo la suavidad de la tela de seda en las palmas, mientras las bajo despacio. Sin dejar de mirarlo a los ojos, provocándolo.
—Tú…— subo las manos otra vez. —Amas tenerme debajo de tu cuerpo, amas follarme, amas verme retorcerme de placer por ti, amas hacerme tuyo— me muerdo el labio de abajo. —Y no te voy a mentir, a mí también me flipa eso. Pero hay una diferencia enorme y es que yo sí sé aguantarme. En cambio tú, pierdes el control cuando me tienes cerca y eso me lo has demostrado con todas esas veces que me has estado mirando fijamente, sin ni siquiera disimular, aunque tuvieras a la idiota de tu mujer al lado.
—Para ya…
Sonrío con chulería. —¿Qué pensaste, Tom?— le pregunto. —¿Creíste que yo de verdad me iba a quedar de brazos cruzados después de todo? ¿Que porque hemos echado un polvo ahora, iba a olvidar lo que me soltaste? ¿Que sería yo el que iría a buscarte, como siempre, planeando cómo vernos para estar juntos?— suelto una risita nasal burlona. —Pues te equivocaste de cabo a rabo, porque eso no va a pasar.
Esta vez su cara se suaviza solo un poquito, pone esa expresión que puso mi madre la primera vez que le grité en la cara que no iba a hacer más lo que ella me mandara. Esa cara de cuando alguien ve que la persona que creía tener dominada, rebelándose.
—Yo no tengo que mendigar amor ni tiempo a nadie, cariño— le digo. —Yo solo me encargo de hacer que los que me hacen daño paguen por ello. Porque soy así, soy rencoroso y sí, Tom, también me flipa restregarles en la cara a los demás lo que yo sí tengo y que ellos nunca podrían tener. Por ejemplo, mi belleza y mi inteligencia— vuelve a tragar saliva. —Yo soy perfecto, mi amor. Soy todo lo que todos querrían tener, pero que ni aunque lo intentaran podrían alcanzar. Yo soy el cielo, y vosotros los críos que creéis que alzando los brazos ya lo estáis tocando.
—Bill…
—Voy a hacer que te arrepientas de todo, Tom— sigo. —Y cuando te des cuenta de lo que perdiste al cambiarte de bando, ya será demasiado tarde. Y recuperarme no te lo voy a poner fácil. Vas a necesitarme tanto que sé que te morirás, literalmente— me río otra vez.
—Solo… cállate ya.
Levanto las cejas, divertido por su reacción tan… alucinado. Como si no se lo esperara. —Da igual, ya he dicho todo lo que tenía que decir— musito, mordiéndome el labio de abajo sin perder mi cara divertida. —Te metiste con la persona equivocada, tío Tommie. Tú más que nadie sabe que yo no me dejo pisar por nadie…
Acerco mi cara a su oído.
—Y mucho menos por ti— susurro, con la voz un poco ronca. Atrapo el lóbulo de su oreja entre mis dientes y tiro suave. —No supiste valorarme, así que no mereces tenerme.
Acerco mi cara a la suya, mis ojos recorren todo su rostro, mirándolo de muy cerca mientras siento su respiración contra mis labios, calentita, suave, y la punta de mi nariz roza la suya. Contengo la respiración, lo miro a los ojos, luego a los labios, y vuelvo a los ojos. Me acerco solo un poquito más, lo justo para que nuestros labios se rocen apenas… y justo antes de que él tome la iniciativa de acercarse para besarme, yo me aparto. Y sonrío mordiéndome el labio de abajo, provocándolo.
—Y a pesar de todo, mi mejor venganza va a ser verte todos los días obligado a fingir que amas a alguien a quien en realidad no amas— susurro. —Porque a quien quieres de verdad… es a mí.
Suelto una risita mientras me alejo, le guiño un ojo y salgo del corral pasando por su lado, chocando mi brazo a propósito con el suyo. Llego al centro de las caballerizas, recojo el sombrero negro del suelo, le quito la tierra de un sacudón y me lo pongo después de arreglarme bien el pelo. Luego me pongo a mirar a los caballos en sus corrales, son tan monos. Les acaricio la cabeza a algunos que asoman el cuello pidiendo mimos.
Mi abue quiere que elija un caballo para montar, así que eso voy a hacer.
Los miro todos, son adorables. Pero hay uno en concreto que me deja totalmente embobado. Es negro azabache, con solo un poco de pelo blanco al principio de las patas y ya está, lo demás todo negro. El caballo asoma la cabeza y me relincha, busca mi mano para que le haga lo mismo que a los otros. Sí, que le rasque la cabecita, y eso hago. Parece un cachorrito buscando la atención de su dueño, su cariño, joder, es tan lindo.
Miro su nombre escrito en letra cursiva en una placa dorada, atornillada a la puerta. —Kodiak…— murmuro su nombre y luego sonrío mirándolo al caballo. —Qué mono eres, ¿a que sí?
El caballito parece entenderme, porque me relincha otra vez, soltando resoplidos roncos por la nariz. Bello, precioso.
—¿Corremos un poco?— le pregunto. —Va a ser muy divertido.
Tom sigue ahí plantado en el otro corral, dándole vueltas a mis palabras seguro. Me flipa, he conseguido dejarlo igual que él me dejó a mí anoche. Sin palabras, sin poder creerse lo que le he soltado, mi declaración de guerra total. Cómo me pone esto, joder.
—Tom— lo llamo con la voz un poco cantarina. —Deja de comerte la cabeza para luego y prepárame a Kodiak.
Él apenas reacciona a lo que le digo y lo sé porque he visto cómo su cuerpo se ha estremecido un poquito. Lo que le he dicho se lo merece de sobra, y lo que le voy a hacer de ahora en adelante, todavía más. Todo lo que hago tiene su motivo, yo no le haría nada a nadie si esa persona no me hubiera hecho algo antes. Y Tom me ha hecho muchísimo daño, me tiró piedras cuando menos me lo esperaba y ha llegado la hora de devolvérselas.
Tengo todo un saco lleno de ellas y de todos los tamaños, ¡ja!
Continúa…
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