
Fic TOLL de unicornlitz
Capítulo 23
Al terminar lo primero que hago es sollozar, agarrándome con las pocas fuerzas que me quedan del borde del váter. Soltando gemiditos lastimeros, noto el mal sabor en la boca y me entran unas ganas enormes de lavármela. Me desesperan. Así que con ayuda de Tom, que tiró de la cadena para que todo rastro del vómito se fuera, me acerco al lavabo.
Abrí el grifo y me enjuagué la boca. Vomitar tan a menudo ya me está preocupando, esto no es normal, ¿o sí?
Y para decir que son cosas del estrés o algo por el estilo, no, porque yo no tengo ningún tipo de estrés. Ni siquiera en mi depresión por el problema con Tom me puse así, o sea, hello.
—Me voy a morir…— gimo otra vez, dejando que Tom me limpie la boca con una toalla por la humedad del agua cuando termino de enjuagarme. —Seguro que tengo alguna enfermedad y me moriré joven. Ya lo sabía— lloro de nuevo, dejando que Tom me abrace para consolarme. Es su obligación, consolarme. —Nunca me imaginé llegar a viejo, siempre supe que me moriría joven, pero no tan joven, ¿sabes? Todavía tengo toda la vida por delante, fiestas a las que ir, mucho sexo que echar…
Él se ríe. —¿Por qué incluso en el estado en que estás piensas en sexo?— pregunta.
—Porque es fundamental…— chillo sin exagerar mucho porque no tengo fuerzas para hacerlo.
—Bueno, pues si te sirve de consuelo, no te vas a morir…
—¿Cómo lo sabes, eh?— pregunto. Cerrando los ojos, sintiéndome desfallecer.
—Porque no tienes pinta de enfermo, solo estás un poco pálido y con síntomas de alguna chorrada— me dice. —No tienes nada, tranquilo. Además, mi madre me ha dicho que últimamente estás comiendo más y que te ha pillado varias veces en la cocina dándole a los dulces— vuelve a reírse. —Hacías berrinche por nada, seguro que es un catarro. Así te pones cuando te da eso. Aunque me hace gracia que te pongas como una mujer cuando está embarazada…
—¿Por qué lo dices?
—Porque así se ponía Heidi en sus primeras dos semanas de embarazo— me cuenta mientras me ayuda a salir del baño.
Me da asco la mera mención de esa bruja, tanto que hasta podría vomitar otra vez pero me contengo.
—Le he dicho a mi madre que venía yo a verte, porque ya iba a venir detrás de ti— musita mientras entramos en mi habitación. —Bajaré a contarle que estás vomitando otra vez, a lo mejor te prepara una de esas bebidas calientes que ayudan con cualquier malestar como le ayudan a Heidi— otra vez ese nombre de mierda.
Tom me deja tumbadito en la cama. —Que lleve azúcar…— él se ríe, es que mi abuela suele hacer esas bebidas sin azúcar porque «ayudan más». Yo odio eso, joder. —Y no creas que se me ha pasado el cabreo, ¿eh? Mañana sigo haciéndote la vida imposible.
—Vale, gracias por aclararlo— dice en tono burlón. Lo miro mal mientras sale de mi habitación y me deja solo.
Dios mío, no quiero morirme tan joven. ¿Por qué no me curas ya? Sé que he sido malo, pero también he hecho cosas buenas como… como… bueno, mejor no las mencionemos. Son tantas que la lista sería larga. Pero ayúdame, ¿vale? Te prometo que me portaré bien, si quieres voy a la iglesia. Pero no me pidas que deje de ser gay, tú me hiciste así, porque yo no lo pedí, ¿eh? Y tampoco me pidas que deje mi rencor contra mis tiastros, primos, la bruja, Tom y mi madre. Ellos se lo han buscado, aunque a Tom lo quiera también lo odio. Si me curas seré buen niño hasta que acabe el año. Venga, cuatro meses serían un montón de bondad viniendo de alguien como yo.
Aprovecha la oferta.
Una nueva arcada me deja claro que no, Dios no quiere hacer tratos con un alma tan buena como la mía.
Joder. —Ouh…— gimo en medio de mi gran desgracia. —Yo sé que soy demasiado para este mundo, y que soy tu mejor ángel, pero todavía tengo almas a las que hacer la vida imposible con mi mera presencia aquí— le cuento en un susurro. —Déjame más tiempo, cuando me salga la primera arruga me llevas contigo. No quiero soportar la vejez, ¿please?
Otra arcada.
—No quieres aceptar nada, hombre…— resoplo. —Ya te di las opciones disponibles. Me moriré entonces…
Y otra arcada más.
Vale, perdón, Diosito.
Minutos después entraron Tom y mi abuela a mi habitación. Ella traía en las manos una tacita humeante de algo que no sé qué es pero que huele de maravilla. Me incorporo en la cama para quedarme sentado y le cojo la tacita. —¿Lleva azúcar, abuela?— le pregunto.
—Sí, cariño…— me dice. —Bébetela toda, ¿vale? Bajaré a pedir que te preparen algo más ligero para que comas— asiento con la cabeza como respuesta mientras soplo el té antes de darle un sorbito pequeño. Está ardiendo. —Tom, quédate con él por si le dan otra vez ganas de vomitar. Y cuidado con que no se eche el té encima si se marea de nuevo, se puede quemar fatal.
—Vale— acepta él sin pensárselo dos veces siquiera.
Yo paso de eso y sigo tomándome mi té. Está muy rico, la verdad. —Abuela…— la llamo antes de que se vaya y ella me mira mientras se abre la puerta. —Me apetecen fresas con un poco de nata, ¿puedes pedirlas para mí?
—Pero cariño, puedes volver a vomitar…
—No lo creo, normalmente cuando me da antojo de algo y lo como, no vomito— ante mi comentario ella y Tom se intercambian una mirada rara que me hace sentir raro a mí también. —¿Qué? ¿Es algo malo?— pregunto asustado.
Ella niega con la cabeza y me sonríe aunque esa mirada de extrañeza sigue en sus ojos. —No, no, pediré las fresas— me dice con cariño antes de irse, no sin lanzarle a Tom una mirada muy seria para que esté pendiente de mí. Como Dios manda, porque Dios manda en eso, influye en eso, ¿a que sí? Da igual, es su obligación cuidar de mí después de todo lo malo que me ha hecho el cabrón.
—¿Ya te encuentras mejor? ¿O quieres vomitar otra vez?— me pregunta.
—Si tanto te jode echarme un ojo como te pidió mi abuela, entonces lárgate— suelto ante su tono de voz, fue preocupado pero a mí me sonó de otra forma. —Si me pasa algo será culpa tuya, te quedará en la conciencia. Total, ni te necesito ni te necesitaré nunca. Así que lárgate.
—Oye, solo preguntaba— me dice, rascándose un poco la cabeza.
—¿Te pregunté yo?
—Pues no, pero…
—Entonces no hables— le corto. —Vete si no quieres vigilar que no me desmaye aquí mismo o me muera por el dolor de cabeza. Heidi debe estar más necesitada de tus cuidados, ¿a que sí? Como lo mío son simples mareos y simples vómitos entonces no importa, ¿qué tal que fuera yo el embarazado? Me moriría aquí y abandonado porque a ti ni te importaríamos ni yo ni tu hijo. Qué mala persona eres, irresponsable…
—Bill…— me mira muy desconcertado. —Yo sí me preocupo por ti, ¿eh? Por eso te pregunté si no te encontrabas mejor— me dice y yo pongo los ojos en blanco. ¡Miente! —Y sobre lo otro, ¿qué te hace pensar que no cuidaría de ti si estuvieras en el lugar de Heidi ahora mismo? O mejor aún, ¿qué te hace pensar que yo sería el padre?
¿Está insinuando que me acuesto con cualquiera? Maldito.
—¿Me estás llamando puta?— pregunto indignado.
—¿Qué? Claro que no, ¿por qué malinterpretas todo lo que digo?
Y me llama loco a mí.
—Ah, ahora soy un jodido paranoico.
Pedazo de mierda, inservible.
Mis ojitos se llenan de lágrimas. —Eres muy cruel conmigo, Tom…— le digo, con la voz empezando a temblarme. —¿Qué te he hecho para que me trates así? ¡Lárgate si tanto te estorbo y te parezco un coñazo! ¡No estás obligado a quedarte cuidándome!— doy un sorbo a mi té. —Te acusaré con mi abuela, para que te regañe y me echaré el té encima para que te caiga una buena. Te culparé, vendrá mi padre y te meterá en la cárcel.
—No serías capaz de echarte eso encima.
—¿Me estás retando?— dejo de llorar y lo miro cabreado.
—Cambias de humor muy rápido— murmura y luego suspira. —Escucha, Bibi, deja de malinterpretar todo lo que digo, ¿vale? No lo hago para hacerte sentir mal. Solo me preocupo, igual que mi madre, que mi padre, que tus tías…— mi labio inferior tiembla otra vez y él se acerca para sentarse a mi lado en la cama. —Tómate el té, te relajará un poco— yo lo hago, pero no porque él me lo pida, sino porque me da la gana. Doy un par de sorbitos antes de dejar la tacita en la mesita de noche y sonreír con picardía…
—¿No quieres hacerme sentir mejor si tanto te preocupas por mí?— le pregunto y él entrecierra los ojos un poco. —Podrías, no sé… ¿darme un poco de tu leche, quizás?
—¿No estabas llorando hace un rato?— me pregunta, pero yo lo ignoro y me acomodo en la cama para quedar de rodillas.
—Creo que estoy así por la falta de sexo— confieso y él parpadea flipado por mi cambio de humor tan brutal. He pasado de estar triste y débil por mi enfermedad, a estar cabreado y luego a empezar a ponerme cachondo. —Necesito a este amigo para curarme— le digo, pasándole la mano por la entrepierna cubierta por los boxers y los vaqueros. —¿Me ayudarías a bajarme la fiebre, tío Tom?
—Bill, no. No empieces— me dice con un tono que pretende ser firme pero no lo consigue. —Mi madre puede subir en cualquier momento.
—Pero yo quiero tu polla.
—¡Bill!— suelta alarmado. —¿Qué te pasa? ¿No estás enfermo?
—Sí— de un solo movimiento acabo sentado en su regazo con las piernas a cada lado de sus caderas, flexionadas, y nuestras entrepiernas juntitas. —Estoy enfermo de ti, quiero sexo— musito con desesperación. —Tu polla es la cura que necesito, así que venga, sácala.
—No haré eso.
—¡Sí lo harás!
—¡Que no! Mi polla no es un jodido juguete para entretenerte…
—Ah, pero yo sí lo fui para ti, ¿a que sí?— me bajo de su regazo de golpe y quedo de pie en la habitación mirándolo con rabia. —Yo sí fui un juguete para ti, un entretenimiento, algo que usabas para quitarte el estrés del curro, ¿no? Maldito, imbécil— escupo mirándolo. —Te acusaré de violador, acabarás en la trena, lo juro.
Él cierra los ojos un momento y respira hondo antes de mirarme de nuevo y ponerse de pie. —Te dije que todo eso fue…
—¡Me importa una mierda!— grito histérico.
—¿Pero qué son esos gritos?— entra diciendo mi abuela con suavidad mientras le indica a la chica del servicio que viene con ella que deje la bandeja en la mesita de noche. La chica lo hace mientras mi abuela nos mira a mí y a Tom, luego solo a mí y luego a la taza de té sin terminar en la otra mesita, me vuelve a mirar y se cruza de brazos. —Bill, ¿por qué no te has tomado la bebida?— me pregunta en tono serio, arqueando una ceja.
Yo suspiro. —Está caliente, abuela…
—Es que así hace mejor efecto— me dice ella resoplando y negando con la cabeza y, una vez que la chica del servicio se marcha, mi abuela me mira. —¿Cuáles eran los gritos de vosotros dos, eh?— interroga.
—Bill era el que gritaba, mamá— se excusa Tom quitándole importancia con un encogimiento de hombros. Lo miro super duper mega increíblemente mal. —Yo solo le estaba diciendo que se tomara todo el té, pero empezó a soltarme barbaridades. Anda muy sensible últimamente…
—¡Mentiroso!— exclamo yo.
—Bill…— me llama mi abuela con suavidad, yo la miro con mi mejor carita de pena. —No grites, cariño. Tu tío Tom solo se preocupa por ti, ¿vale? Ya deberíais arreglar el problema que tenéis porque eso de que estéis enfadados el uno con el otro no me gusta nada. Vosotros tenéis una relación muy bonita, no la perdáis— me sonríe con suavidad. Si ella supiera que nuestra relación ya no va de «tío y sobrino» hmm… —Os dejaré solos, prepararé más bocadillos para que después Bill se los zampe todos.
—Es sin querer queriendo…— digo con voz bajita.
Ella se ríe. —Sí, ya lo sabemos…— me dice con voz tranquilita. —Come todo tu desayuno, te han preparado además un vaso de zumo de naranja natural para que tengas más energía, la naranja tiene vitamina, ¿eh? Y Tom se quedará a vigilar…— luego se gira a mirarlo a él. —No te molesta, ¿verdad, cielo? Aunque tienes que estar pendiente de Heidi también…
—Heidi está bien— le responde él. —Cuidaré de Bill, no te preocupes.
—Bien…— mi abuela sonríe. —Entonces me voy ya que estás en buenas manos.
Unas muy buenas.
Mi abuela sale de la habitación cerrando la puerta con suavidad detrás de ella. Yo, en cambio, miro a Tom y le enseño el dedo corazón antes de tirarme a la cama y avanzar de rodillas hasta el otro extremo donde está la otra mesita de noche y encima la bandeja de comida con un plato hondo, las fresas cortadas por la mitad y la nata encima cubriéndolas de forma riquísima. En un plato plano al lado hay un tenedor sobre una servilleta, y luego está el vaso de zumo de naranja.
Cojo el plato de fresas y lo pongo sobre mi regazo cuando me siento mejor en la cama con la espalda contra el cabecero de madera. Luego el tenedor y pincho tres trozos de fresa de un solo movimiento, llevándomelos a la boca.
—Hgmn…— suelto con deleite. Es que todo lo que tenga que ver con dulces y esas cosas me sabe a gloria, aunque pueda subir de peso si sigo así.
Tom frunce un poco el ceño mirándome. —¿Cuánto hace que no comes fresas con nata?— me pregunta.
—Hace poco, ¿por qué?— respondo con la boca llena sin apartar la mirada del plato mientras pincho otros trozos de fresa.
—Porque parece que llevases años sin probarlas— me dice. —Oye, come más despacio. Te vas a atragantar.
—Déjame…— resoplo. —Yo voy a comer como me dé la gana, si no quieres verme, pues lárgate…
—Deja la defensiva…— suspira. —Tómate el zumo también y después te acabas el té— me pide mientras se cruza de brazos. Yo solo lo miro un segundo y paso de sus palabras antes de volver la mirada a mi plato y seguir comiendo. Ya se me van a acabar. —Tu madre y tu padre ya deben estar al llegar. Y al parecer traen a tu «asistente» importado de Francia…
Lo miro con más atención ahora sí. —¿Desde Francia?— pregunto después de tragar lo que tenía masticado, él asiente con la cabeza mientras me chupo los labios. —¿Tendré a un francés como esclavo…? Digo, digo… como asistente— sonrío. —He oído que los franceses son muy guapos.
—No sabría decirte porque no he visto a ninguno— me suelta. —Y tampoco creo que te dure mucho tu tan ansiado asistente.
—Oh, me amará…— le aseguro con un pequeño asentimiento de cabeza. —Todos lo hacen, aunque quieran evitarlo no pueden evitar caer a mis pies… tú eres prueba de eso— sonrío con orgullo ante mis propias palabras, pero él solo chasquea la lengua poniendo los ojos en blanco. No lo afirma, pero tampoco lo niega, entonces es un «sí» rotundo. —¿O no?
—Estás subido en una nube muy alta, ¿eh?— me dice.
—No, no, no…— niego con la cabeza mientras también muevo el dedo índice en plan no. —Yo sé perfectamente lo guapo que soy, y lo mucho que envidian mi belleza. Lo sé porque sin hacer nada ya tengo a varios comiendo de mi mano, incluyéndote. Que lo quieras negar solo demuestra que yo tengo razón quieras o no…
Tom suelta una risita pequeña en una exhalación. —Si tú lo dices…
—¿No?— pregunto mientras dejo el plato de fresas sobre la bandeja y me bajo de la cama lenta y seductoramente. Mirándolo a los ojos. Notando cómo pone esa pose de defensa por si intento algo, porque siempre intenta resistirse a mis encantos pero no puede. ¿Por qué? Porque es adicto a mí… ya lo dije, no me cansaré de repetirlo cada vez que pueda. —¿Por qué no dices directamente que es así y punto?
—¿Qué te hace pensar que estoy tan loco por ti como lo pintas, eh?— pregunta mientras me acerco a él a pasos lentos y con mirada felina. Sí, como esas que ponen las gatitas seductoras, una miradita afilada y encantadora. Profunda y sexy a la vez.
—Así es…— afirmo. —Estás loco por mí.
—¿Eso crees?
—No, no lo creo. Lo sé…— me detengo cuando quedo a centímetros de su cara. —Se te nota tanto, Tom. Aunque lo tuyo sea por mera atracción, tengo claro eso, sé que te gusta follarme y ya está. Que esa es la locura que sientes por mí, que esa es tu obsesión, lo que te hace perder los papeles cuando me tienes cerca. Lo que te vuelve absolutamente loco por tenerme desnudo y a tu merced— él ladea un poco la cabeza, me mira como si esperara que yo dijera algo más, como si estas palabras que he soltado no fueran exactamente lo que él esperaba. Como si no fueran exactamente lo que él siente por mí.
Con una de sus manos me sujeta por la cintura y la otra sube a mi cara, siento la yema de sus dedos deslizarse por mi mejilla hasta acariciar mi pelo mientras me mira a los ojos. —Si tú supieras lo que realmente siento no pensarías lo que acabas de decirme, tampoco lo dirías de esa forma— me dice. —Tú haces ver que lo que siento por ti son solo ganas de poseerte cuantas veces me dé la gana. Pero va más allá de eso…
—¿Y qué es lo que sientes, Tom?— le pregunto, bajando la voz lo suficiente para que salga ronca y suavecita, acercando mis labios a los suyos pero sin tocarlos. —Porque yo tengo clarísimo que amas el sexo conmigo…
—Amo el sexo contigo— me afirma con precisión en la voz. —Pero también te amo a ti…
En otras circunstancias le habría creído. Si me hubiese soltado estas palabras antes, cuando apenas yo estaba descubriendo que me estaba enamorando de él, todo habría sido diferente porque yo habría dejado que me endulzara el oído al decirme que, básicamente, me ama como yo a él. Que su «te amo» va más allá de lo familiar, de lo trivial entre el cariño de un tío con su sobrinito preferido al que adora. Que su «te amo» llega al nivel de mi «te amo», que ese amor es mutuo. Que no solo lo siento yo. Que no solo soy yo el enamorado.
En otras circunstancias me habría lanzado contra su boca, besarle como un loco por la confesión tan potente y flipante que me ha dado, podría estar llorando de felicidad al sentirme correspondido, podría haberle dicho que yo también lo amo con toda mi alma.
En otras circunstancias sí podría haber reaccionado así, pero tal como están las cosas ahora solo me queda claro que él no puede amarme de ese modo. Nunca lo hará porque él me lo dijo, solo fui su entretenimiento, no hay espacio en mi cabeza para siquiera pensar que me ha soltado ese «te amo» en serio. Que a lo mejor lo dijo porque me quiere como quiere un tío a su sobrino, lo trivial. Y es que es así. Tom no me ama como yo a él, eso jamás pasará. Aunque me duela, las cosas son así, y ya lo acepté hace tiempo.
En pocas palabras, Tom ama el sexo conmigo, pero todavía siente ese cariño familiar hacia mí. Ese que siempre me ha tenido.
—Me amas…— repito sus palabras con cierta amargura en la voz. —Se nota que todavía me quieres, tío. Tanto es tu amor por tu sobrino que me has dicho cosas horribles…
—¿Otra vez con lo mismo?
—Sí— digo al instante, apartándome de él, saliendo del abrazo que me dan sus brazos, de su calidez, de lo reconfortante que es tenerlo así solo para mí. Apartando todo rastro de añoranza, de amor, de todo eso. —Nunca voy a olvidar todo lo que me dijiste, cómo lo dijiste y el dolor que me provocaste. Mismo dolor que te haré pasar a ti también…
—No deberías tenerme tanto odio…
Increíble.
Aprieto los labios un poco, Tom no pilla nada. Nunca pillará si no se pone a mirar la situación hasta el fondo, si no se da cuenta del daño que me ha hecho. Porque no le importa, por eso no se ha parado a analizar de qué tipo es mi cabreo con él. Porque no es cualquier cabreo, de esos que le tengo a cualquiera, no. Eso es lo que él no sabe porque no es consciente de lo mucho que me hizo sufrir. No es normal que yo haya caído en una especie de depresión por él, que yo haya acabado liándola parda con mi pelo que es lo que más cuido de mí.
Él me dejó prácticamente inestable durante un tiempo, hasta que pude recomponerme otra vez y aun así cada vez que recuerdo sus palabras me da un poco de bajón. Pero él no lo entenderá, así que tengo que hacérselo ver de una forma u otra.
Suelto un suspiro pequeño antes de abrir la boca para decirle lo que toca. Hmm…
—Tú dices que te odio, es la única respuesta que le encuentras a mi enfado— empiezo a decirle mientras me abrazo a mí mismo. —La realidad es que no sabes exactamente lo que siento porque no te has molestado en preguntarme. Para ti es muy fácil, porque dices que todo lo que me soltaste es parte de… lo que sea que estés intentando hacer— aclaro con cierto desprecio. —Pero para mí no, me pilló desprevenido tu ola de malas palabras. Jamás me lo esperé de ti, pero supongo que cuando confías tanto en alguien suele pasar que al final te den la espalda— cruzo los brazos. —El caso es que no sabes nada, no sabes lo mucho que sufrí porque nunca estarás en mi lugar y nunca sentirás lo que yo. Y eso me cabrea porque no es justo que yo sí tenga que ponerme malo por las mierdas que haces y tú vayas por la vida tan tranquilo pensando: «lo arreglaré todo y será como antes», olvidando que me has hecho daño con todo lo que me dijiste…
—No fue verdad lo que te dije, Bill.
—¡Pero eso no me lo aclaraste desde el principio, joder!— exclamo, sin atreverme a alzar del todo la voz. —De nada me sirve que a estas alturas me digas que no eran ciertas tus palabras porque ya me las creí, ¿vale?— suelto. —Desde el momento en que salieron de tu puta boca, me las creí porque no vi ni rastro de mentira en tu cara. Por eso que me digas que lo hiciste por mi bien o cosas así no me ayudan, no me consuelan, ni siquiera te has disculpado por eso…
Mi voz sale bajita, revelando mi dolor interno pero no me permito llorar. Solo me pongo un poco melancólico. Sin ganas de pelear, solo… solo quiero que sepa el daño tan grande que me ha hecho… que le ha hecho a mi corazón.
—Odio que te hagas el tonto con la situación— le sigo diciendo, notando cómo su expresión se vuelve comprensiva. Pero que sea comprensivo no me ayuda en nada. —Y odio que te importe tan poco como para pasar de el daño que haces con lo que dices, aunque busques hacer algo que parece bueno, Tom— él va a decir algo pero lo corto. —No me digas nada, solo… escúchame y ya— me chupo los labios con cierta desesperación.
Odio ponerme sentimental aunque no haya lágrimas.
—No te odio, no podría hacerlo… pero estoy decepcionado, y me duele más de lo que imaginas— le confieso. —Dime, Tom, ¿qué es peor… el odio o la decepción?
Continúa…
Gracias por la visita. No te vayas sin comentar 😉