
Fic TOLL de unicornlitz
Capítulo 26
Isabella delante de mí se ve serena a pesar de lo que ya le he contado. Parece que intenta disimular que todavía está en shock por todo, no es nada fácil que después de tantos años creyendo que tu hijo está muerto, venga alguien a decirte que no lo está, es para flipar. —¿Cómo es que es…?— empieza la pregunta pero la deja a medias, no la termina.
—No lo sé, tengo un par de teorías pero no es nada comparado con que me cuentes lo que sabes tú.
—¿Qué te puedo contar yo?— pregunta con un poco de desesperación en la voz —¿Mi historia con Jhörg? Lo que sé no es nada y no va a ayudar en nada, Thomas— suelta de golpe —Yo estoy tan confundida como tú. ¡He pasado diecinueve años creyendo que mi hijo estaba muerto!— se levanta de golpe —¡Celebrando cada septiembre su cumpleaños yo sola! Encendiéndole una vela, cantándole, pasándolo fatal porque me acuerdo de las palabras del doctor— las lágrimas le caen por las mejillas, pero se las limpia con el dorso de la mano que le tiembla un poco —Y tú llegas como si nada a decirme que está vivo.
—Perdón —susurro levantándome yo también, acercándome a pasos lentos—. Sé que te lo solté así de directo, pero es que no tenía otra opción —me doy la vuelta y resoplo frustrado—. Cuanto antes se resuelva este puzzle, antes podré estar con él.
—¿Cómo que estar con él? —pregunta Isabella pero no le contesto, me quedo callado mirando al suelo—. ¿Estás ena… namorado d… de él? —titubea un poco.
—Sí —es lo único que le digo—. Pero no voy a hablar de eso —me giro para mirarla—. Te pido, por favor, que me cuentes lo que sea que recuerdes. Por muy pequeño que sea.
—¿Por qué no estás simplemente con él y ya?
—Porque no puedo, él no sabe nada —respondo con cuidado—. No puedo llegar y decirle que Simone no es su madre, que le han estado mintiendo toda la vida. Él es muy rencoroso, no quiero que odie a mi madre, ella lo quiere muchísimo. Sin embargo, sé que si no le ha contado nada es por algo. Pero ella lo ama un montón, lo adora y sé que no va a soportar que Bill la odie si no se le explica bien qué pasó exactamente. Por eso quiero averiguar todo, tener toda la info para poder contárselo.
Ella asiente despacio con la cabeza, procesando lo que le digo. —Entiendo —murmura bajito, sorbiéndose la nariz—. Lo único que te puedo contar es lo que yo sé. Lo demás tendrás que ayudarme a averiguarlo.
—¿Tú quieres…?
—Se trata de mi hijo, Thomas —me corta con toda la obviedad antes de que termine la pregunta—. Obviamente quiero saber por qué coño me hicieron creer que estaba muerto, para que al final resultara que la maldita de tu hermana lo estaba criando junto al puto cabrón de Jhörg —suelta con rabia—. Así que sí, te ayudaré a averiguarlo —se acerca otra vez a su escritorio con una mirada fría. Se sienta y respira hondo para calmarse un poco—. ¡Thania! —grita.
La puerta se abre al momento. —Dígame, señorita Isabella —dice la chica al entrar.
—Investiga al doctor Gonzalo Trujillo, del hospital central en Heidelberg —le ordena con mucha dureza en la voz—. Quiero todo de él, si sigue trabajando o no y, muy importante, dónde vive. Cuando lo averigües, me lo traes todo ordenadito y al hombre también.
—Está bien, señorita —dice antes de hacer una pequeña inclinación con la cabeza y salir. Nos deja solos otra vez.
—Thomas.
—¿Hmm? —la miro al instante.
—Siéntate, quiero que me cuentes todo sobre él —me pide, suavizando un poco la voz y sonando algo desesperada—. ¿Cuáles son sus gustos? ¿Qué odia? ¿Cómo es? ¿Tiene amigos, amigas? ¿Qué tal es su relación con la gente cercana? ¿Lo quieren? ¿A quién quiere él? ¿Quiénes son sus personas favoritas? ¿Sus aficiones? ¿Sus sueños? ¿Su forma de ser? ¿Su actitud? ¿Su comida favorita? ¿Su color favorito? Quiero saberlo todo —me dice con la emoción contenida en la voz, luego se relame los labios y sonríe—. Y sobre todo, ¿le han hecho daño?
Parpadeo un poco aturdido por tantas preguntas pero no lo dejo ver en la cara. —Sabrás todo eso, ¿vale? —le digo—. Pero antes tienes que contarme tu versión de los hechos. Créeme, Bill tiene que saber la verdad, no es justo que viva sin saber que es un Von Stein. Él odia ser un Kaulitz, dice que lo único bueno de llevar ese apellido es por mi madre y mi padre, mis dos hermanas gemelas y yo.
—¿No quiere a tus hermanastros? —pregunta con el ceño un poco fruncido.
—Les tiene rencor a ellos y a sus primos —le contesto—. Y con mucha razón. Él no le guarda rencor a cualquiera por tonterías.
—Tampoco mencionaste a tu hermana… —susurra—. Se supone que él la cree su madre.
—Si te sirve de consuelo… muchas veces le gritó en la cara que ojalá ella no fuera su madre.
Ella alza las dos cejas, flipando con eso. —Woah, no me lo esperaba.
—Sí, es como tú. Contestón —ella sonríe con orgullo, no sé, creo que esa mirada vacía se le ha ido o son ideas mías. Pero la veo feliz y no es para menos, creo que en muchos años no se ha sentido así y por eso se le ve tan consternada y emocionada—. Altanero, arrogante… y precioso.
—Dijiste que no ibas a contarme nada de él hasta que yo te dijera lo que quieres saber, chismoso.
—Me es imposible no acabar hablando de él —digo con una media sonrisa, apoyando la espalda contra el respaldo de la silla—. Pero bueno, empieza… tengo que desenmascarar a mi hermana.
—¿Por qué quieres hacer eso, Thomas?
—Digamos que no ha sido buena con Bill.
Ella hace una mueca con los labios. —Seré yo la que le dé su castigo. ¿Quién le puso el nombre?
—Mi madre.
—Muy bonito —dice.
—Creo que lo hizo pensando en ti —le cuento.
—Ella sabía que yo le iba a poner “Billian”, porque así le decían a mi papá —dice. Y lo recuerdo, su padre se llamaba William—. Lástima que ni él ni mi madre estén vivos para… para saber esto, para emocionarse conmigo y decirme que al final la vida quiere compensarme por todo lo malo que he pasado.
—¿Qué les pasó a tus padres?
—Un accidente de coche —me dice—. Un camión de carga se les cruzó, mis padres iban a cruzar, se suponía que el camión tenía que esperar porque el semáforo de su lado estaba en rojo pero no. A mi padre le fallaron los frenos cuando el camión venía y… pasó lo que pasó —su voz suena triste pero carraspea al momento—. Sucedió durante mi estancia en el psiquiátrico.
—¿Por qué te llevaron ahí, Isabella?
—Hmm… —suspira un poco—. Después de todo lo que pasó quedé inestable emocionalmente.
—¿Vas a contármelo? Claro, si no te hace mal —me apresuro a decir.
Ella sonríe un poco. —Sí me hace mal pero… ya no me afecta como antes así que, ¿qué más da si te lo cuento? —musita—. A ver… mi padre era muy estricto conmigo. Crecí estudiando en un colegio solo de chicas, con mil reglas, ya te lo imaginarás —asiento despacio con la cabeza—. Pero yo no me dejaba, no le hacía caso. Si me prohibía algo yo iba y hacía justo lo contrario para retarlo, para llevarle siempre la contraria. Puedo decir que todo empezó una semana después de cumplir los quince, cuando me escapé a una fiesta donde me estaría esperando Simone. En esa fiesta… conocí a Jhörg.
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Pov’s Isabella – años atrás.
2004.
Correr de noche entre los árboles no era buena idea, pero era la única que me quedaba si quería llegar a esa fiesta. Me puse el vestido más bonito que encontré en el armario, Simone me estaría esperando en la fiesta porque así lo habíamos quedado días antes. Esa fiesta la organizaban en la plaza del pueblo, le había pedido permiso a mi padre pero, como era de esperar, no me dejó. Así que no me quedó otra y tuve que escaparme.
Lo hice por la parte de atrás de la hacienda, pero antes de irme monté algo que pareciera un cuerpo con las almohadas. Me acosté ya vestida, con la ropa puesta, y cuando mis padres me dieron el beso de buenas noches y me aseguré de que ya estaban dormidos, salí de mi habitación. Me escabullí por la cocina y salí al patio de la hacienda, empezando a correr hacia los árboles. Sin embargo, en una de las ramas se me enganchó un trozo de la manga del vestido y, bueno, se rasgó. Fue culpa mía.
Lo único bueno para mí era que había conseguido escaparme a la fiesta.
—¡Por fin! —dijo Simone cuando, al buscarla con la mirada, la encontré sentada al lado de dos de nuestras compañeras. Himelda y Bertha. Se levantó para acercarse a mí con una sonrisa enorme en los labios—. Estaba empezando a pensar que no lo habías logrado, amiga —me dijo dándome un empujoncito suave en el hombro—. Pero aquí estás, ¿algo de beber, señorita?
—¿Refresco? —pregunté con duda en la voz y Simone puso los ojos en blanco. Me cogió de la mano y me arrastró, haciéndome pasar por medio del montón de gente que bailaba, para cruzar y llegar a lo que parecía una barra. Detrás había un tío repartiendo las bebidas, Simone se acercó con su mejor sonrisa.
—Cerveza —pidió y yo me asusté al momento. Puede que yo fuera rebelde y todo, pero tenía mis límites y nunca en la vida había probado el alcohol.
—Creí que habíamos quedado en que no íbamos a beber estas cosas, Simone —recuerdo que le susurré al oído—. Están adulteradas, no quiero llegar en mal estado a casa.
—No pasa nada —me dijo ella, pasándome una de las latas que le había dado el camarero—. Toma y disfruta, Bella. Esto no pasa todos los años, además, tu padre ni se va a enterar.
Eso es lo que nosotras creíamos, porque yo había olvidado un detallito. Mi papá todos los domingos solía trasnochar en su despacho, dedicaba justamente la noche del domingo a revisar cómo iban las estadísticas de sus ventas. Importaba café al extranjero, a varios países incluyendo Latinoamérica y le iba bien. Esa noche de la fiesta era, precisamente, domingo. Pero yo no me acordaba. Sentía la adrenalina del momento, me había escapado antes, sí, pero no a una fiesta. No a un sitio que quedaba a una hora de la hacienda.
Aun así, decidí hacerle caso a mi “mejor amiga” y acepté la lata de cerveza.
Lo siguiente fue lo de siempre, bailamos juntas con la música que sonaba. Era suave, tipo reggaetón pero no tan heavy. Simone y yo nos partíamos de risa con cualquier anécdota que ella me contaba de sus hermanos, hasta que me empezaron a doler los pies y nos terminamos la primera cerveza.
Recuerdo que Simone se alejó para ir a por otras dos latas más y refrescarnos la garganta. A mí el sabor de la cerveza me parecía asqueroso, por ser la primera vez, pero no le di mayor importancia. Me senté en uno de los bancos que estaban libres, me sentía sudada y acalorada. Seguramente tenía las mejillas coloradas porque, cada vez que me acaloraba, se me ponían así. Estaba agitada del baile, sonreía viendo a la gente pasándoselo genial. Había chicas de mi edad divirtiéndose a tope, yo quería eso, pero mi padre no me daba suficiente confianza. Estaba tan perdida en mis pensamientos justo en ese momento que no me di cuenta de que alguien se había sentado a mi lado hasta que le oí hablar.
—¿No se supone que el señor Von Stein tiene a su hija encerrada bajo llave? —la pregunta me pilló por sorpresa y me asusté al instante. Me giré a mirarlo, estaba sentado a mi lado en el banco. No me miraba a mí, tenía los ojos fijos en la gente que bailaba entre risas. Tenía una cerveza en la mano, le dio un trago, luego sonrió y por fin me miró—. Tranquila, no le voy a decir nada, ¿eh?
—¿Y tú quién eres? —pregunté con desconfianza, frunciendo el ceño porque se había sentado ahí sin pedir permiso. Ignorando lo coqueta que era su sonrisa y lo bonito que arqueaba las cejas—. ¿Conoces la palabra “espacio personal”? Porque estás invadiendo el mío.
—Ah, ¿de verdad? ¿Y cuánto mide tu espacio personal, eh, morenita?
Lo miré indignada por cómo me había llamado. —Respétame, ¿cuándo te di permiso para tutearme?
—Oh, ¿no puedo?
—No, y ahora vete, estás sentado en el sitio de mi mejor amiga.
—¿Te refieres a la rubia con la que bailabas hace un rato? —preguntó pero yo no contesté—. ¿Cómo se llama? Me pareció muy guapa, aunque no tanto como tú, morenita.
Lo miré mal otra vez, poniendo los ojos en blanco con una mueca. —Se llama Simone —le solté en un suspiro—. Tiene mi edad y, igual que yo, no tiene permitido tener novio, así que… —chasqueé los dedos tres veces mirándolo con desprecio—. ¿A qué esperas para largarte?
—¿No puedes tener novio? Qué pena, morenita. Porque yo ya tenía pensado conquistar tu corazón…
—Pfff… —resoplé con mi mejor cara de burla—. ¿Tú? ¿Conquistarme a mí? ¡Ni lo sueñes! —exclamé, mofándome—. No estás a mi nivel, ¿okay? Y no quiero tener novio, sería perder el tiempo y mi tiempo vale mucho.
—Ay… —suspiró él—. Qué linda eres.
—Ya basta —gruñí—. Si no te vas tú, me voy yo —me levanté rápido, pero no me esperaba que me agarrara de la mano para impedir que me fuera—. ¡Suéltame!
—¿Cómo te llamas?
—¡Que me sueltes! —lo hizo.
Y yo resoplé súper cabreada por lo que había hecho, lo miré a los ojos, con ganas de soltarle los mejores insultos que había aprendido a escondidas de mis padres, porque si ellos se enteraban me caía una buena. Pero me contuve, ¿por qué? Ni idea, había algo en su mirada, en sus mejillas rojas de haber bailado antes, el pelo un poco húmedo por el sudor. La camisa beige de manga corta con botones algo desabrochada, y los pantalones de tela gastados que le llegaban un poco por debajo de las pantorrillas. Cuando se sentaba se le subían, señal de que ya no le quedaban bien pero seguía usándolos. Llevaba también un bolsito tejido cruzado. Y unas alpargatas que se veían viejas.
Todo en él gritaba: “soy de clase baja”.
Pero no me disgustó, la sonrisa que me estaba enseñando en ese momento me encantó durante unos segundos y me sentí tonta. Nerviosa de repente. Y la forma en que me miraba, había un brillo en sus ojos que me hipnotizó un rato. Me sentí como borracha aunque no sabía exactamente cómo se sentía estarlo. Quise sonreír yo también pero me contuve.
—¿Cuál es tu nombre, morenita? —volvió a preguntarme con voz suave.
—Isabella —le respondí.
—Qué nombre tan bonito —me dijo—. Yo soy Jhörg —y extendió la mano para que se la estrechara. Cosa que no dudé en hacer. Fue algo impulsivo, me salió cogerle la mano y estrechársela mirando la sonrisa que todavía tenía en los labios—. Y es un placer conocerla.
“Qué mono”, pensé en ese momento.
—¿Cómo sabes quién es mi padre? —le pregunté.
—Porque te vi una vez, bajando de su coche junto a su mujer. Iban a la iglesia, como todos los domingos a las ocho de la mañana —musitó cuando soltamos las manos—. Siempre paso por allí vendiendo mis limones con la carretilla de madera. De hecho, tu papá me compró algunos, pero tú estabas más pendiente de quejarte del calorazo que hacía que ni me viste. Pero yo a ti sí, preciosa.
Quise sonreír otra vez pero me contuve de nuevo, en su lugar me relamí los labios. —¿Pasas todos los domingos por ahí vendiendo limones? ¿O todos los días?
—Todos los días, morenita —me dijo.
—Oh…
—Oye, ¿y es verdad lo que dicen de tu padre? Ya sabes… que es muy bravo.
—Es peor que eso —le contesté—. Te juro que si me viera ahora mismo hablando contigo, no solo me castigaría al llegar a casa, sino que antes te pegaría un tiro. Siempre lleva pistola encima. No quiere que ningún tío se me acerque, como todo padre sobreprotector —comenté con desgana.
—Por ti me arriesgaría —me dijo ensanchando esa sonrisa suya.
Yo solo pude fruncir el ceño. —No sabes lo que dices, Jhörg —resoplé y justo en ese momento llegó Simone con las dos latas de cerveza en la mano. Al verme hablando con alguien frunció el ceño mientras se acercaba, ralentizando los pasos. Su mirada fue de mí a Jhörg. Y se quedó mirándolo fijamente.
—Hola —saludó el chico educadamente—. Y adiós —dijo mientras se acomodaba mejor la camisa, que llevaba los cuatro primeros botones abiertos—. Muy agradable la charla, señorita Isabella —me tomó la mano sin que yo se la ofreciera y besó los nudillos, todo bajo la mirada atenta de Simone—. Yo ya me tengo que ir, pero espero tener la suerte de volver a hablar contigo otra vez —me soltó la mano con suavidad—. Pásalo bien, morenita —miró a Simone e hizo una pequeña inclinación de cabeza—. Señorita Simone, igualmente, que tengan una buena noche.
Y se largó.
Tengo que admitir que su caballerosidad me dejó tan flipada como encantada. Parpadeé despacio mientras lo veía alejarse. —¿Quién es ese tío tan guapo? —preguntó Simone—. ¿Y cómo sabía mi nombre?
—Se llama Jhörg —le respondí y sonreí, pero borré la sonrisa al momento—. Y sabe tu nombre porque se lo dije yo.
—¿De qué hablabais?
—De algo sin importancia, Simone —le contesté—. ¿Has visto lo caballeroso que es?
—¡Claro que sí! Es monísimo.
—Y creo que yo le gusté —murmuré.
—Ah, ¿en serio?
—Sí —la miré y esta vez sonreí sin disimular—. Me dijo que vende limones en el pueblo, y que cada domingo pasa por delante de la iglesia minutos antes de que empiece la misa. Es encantador. Quiero volver a verlo.
—¿Tú? —me preguntó con sorpresa en la voz—. ¿Tú, que siempre vas diciendo que el amor es una mierda y que yo soy una pringada por creer que algún día conoceré a un buen chico que me quiera de verdad, porque todos son unos cabrones que juegan con los sentimientos de las tías y por eso tienes un corazón de piedra inmune a esas chorradas? —soltó un suspiro y puso los ojos en blanco.
—Mi abuela me dijo una vez que algún día conocería a alguien que me haría cambiar de opinión —le dije—. Pero yo le decía que no, aunque en el fondo sabía que podía pasar. Y ha pasado. Creo que me he enamorado…
—¿Tan rápido?
—Se llama “amor a primera vista” —le respondí con toda la obviedad del mundo mientras cogía la cerveza.
—Qué locura…
—Sí, qué locura…
El regreso a casa fue horrible, mi padre se había dado cuenta de que me había escapado y la paliza que me dio me dejó las piernas marcadas durante días. Pero eso no me paró en absoluto.
Unas semanas después, cuando cada domingo me fijaba en que Jhörg efectivamente pasaba por delante de la iglesia vendiendo sus limones, empecé a… emocionarme. De un día para otro era yo la que metía prisa a mis padres para llegar antes a la iglesia y tener unos minutos para verlo aunque fuera de lejos. Cuando mi padre no miraba, claro. Jhörg incluso se ponía al otro lado de la carretera frente a la iglesia y ahí se quedaba. No se iba. Así que semanas después podía verlo tanto a la llegada como a la salida de la misa.
Días más tarde, por medio de Simone me pasaba cartitas, y en una de ellas, un día, me pedía que nos viéramos. Y yo me escapaba. Lo que empezó siendo una vez se convirtió en muchas más. Con más salidas. Siempre en el mismo sitio donde nos encontrábamos y hablábamos de cualquier cosa. Yo le contaba cómo me había ido el día, cosas de mi vida, mis rollos. Él hacía lo mismo. Confirmé que su familia sí era de clase baja, que él ayudaba en casa vendiendo limones mientras su padre trabajaba, sorprendentemente, en mi hacienda.
Eso no me importó mucho, ¿que fuera pobre? Para nada, la verdad es que me dio bastante igual.
Jhörg supo conquistarme, aunque no tuviera mucho, me hacía regalos. Me escribía poemas. Era un coqueto y un romántico de los de verdad. Y su físico, joder. Todo él me parecía precioso. Me confesó sus sentimientos cinco meses después de habernos estado conociendo. Yo también lo hice. Acepté ser su novia, pero nuestra relación sería en secreto. Al menos hasta que yo pudiera contárselo a mi padre. Prepararlo aunque fuera un poco para la noticia.
—Prométeme que no vas a hacerme daño, porque si lo haces, te haré la vida imposible —le dije después de nuestro primer beso.
—Nunca haría daño a una chica tan bonita como tú —me respondió—. Te quiero mucho, pequeña Bella.
Estuvimos un mes siendo novios, y… bueno, no quiero entrar en muchos detalles de lo que pasó una noche, cuando quisimos dar ese “paso” importante. El problema es que nunca nos protegimos como deberíamos, solo estábamos amándonos aún más de lo que ya lo hacíamos. Yo nunca le conté a Simone lo de mi relación con Jhörg, pero una semana después de haber tenido mi primera vez con el amor de mi vida empecé a encontrarme fatal. Vómitos, mareos, antojos raros, me veía más pálida, pero nunca se lo dije a mis padres. Ellos no se daban cuenta porque yo lo ocultaba bien.
Un día, como si tal cosa, se lo comenté a mi abuela. Le pregunté qué podía ser eso, diciendo que era una amiga mía la que se sentía así, no quería decir que era yo, total, también se me daba bien mentir. Ella me dijo que podían ser síntomas de embarazo.
Me asusté un montón, no iba a hacerme una prueba de sangre porque de una forma u otra se enteraría mi padre. Así que tuve que contárselo a Simone.
—¿Cómo es que no tuviste cuidado? —me dijo con reproche—. ¡Eres tonta, Isabella! ¿Y ahora qué vas a hacer?
—Aún no sé si es embarazo o no —estábamos sentadas en el patio del instituto, lejos de las demás chicas.
—¡Obvio que es embarazo! —exclamó bajito—. Cuando tu padre se entere…
Se me llenaron los ojos de lágrimas.
—¿Jhörg lo sabe? —negué con la cabeza—. ¿Por qué no se lo has dicho?
—Tengo miedo de que no quiera hacerse cargo.
—Es culpa tuya —me soltó—. Todo culpa tuya.
—No lo hice a propósito —sollocé.
—Sí, claro. Tienes que quitártelo, Isabella.
—¿Cómo puedes decirme algo así, Simone? —dije horrorizada—. No voy a matar a mi hijo.
—Es un feto, no tiene vida.
—¡¿Cómo puedes decir eso?! —exclamé muy cabreada, llevándome por instinto las manos al vientre—. ¡Estás siendo cruel, Simone!
—Como sea —dijo levantándose de golpe—. Lo mejor será que ya no hablemos más. Pronto todo el mundo se va a enterar, te mirarán como la nueva puta del barrio, tu padre sentirá vergüenza de ti y yo no quiero que mi padre haga con el mío lo que el tuyo contigo, no quiero que piense que yo haré lo mismo —la miré alucinada por lo que me acababa de decir, nunca me lo esperaba de ella. Solo contaba con ella, con que estuviera a mi lado, acompañándome en esa situación tan complicada en la que me encontraba.
Sus palabras me dolieron muchísimo, que terminara nuestra amistad así me afectó un montón. Desde pequeñas habíamos estado súper unidas, porque nuestros padres eran socios. Ella se alejó de mí, con el paso de los días simplemente dejó de hablarme y empezó a juntarse con otras chicas, esas a las que antes criticábamos, yo me sentaba sola a la hora del almuerzo. Me sentía fatal, buscaba información sobre embarazos en los libros. Porque yo no tenía móvil, mi padre nunca quiso comprarme uno. Pasé mucho tiempo sin ver a Jhörg hasta que él me buscó.
Un día lo vi esperándome fuera del instituto, y como pude me escapé de la vista de todos para encontrarnos en un callejón. Se le veía preocupado, cuando me vio me abrazó y yo me dejé. Necesitaba eso después de sentirme sola durante semanas.
Y se lo conté.
—Estoy embarazada —gimoteé con mucho dolor, porque yo sabía los riesgos. Si mi padre se enteraba, podía obligarme a abortar, podía matar a Jhörg, y yo me quedaría sin nada. No quería eso. Yo quería a mi bebé, me cuidaba solo por él o por ella—. Me enteré hace dos semanas, no sé qué hacer. Simone ha dejado de hablarme porque dice que todo el mundo se enterará y yo quedaré fatal y ella no quiere verse involucrada.
Él me abrazó más fuerte, me consoló y dijo algo que no me esperaba. Porque yo había pensado en lo peor, en que Jhörg se negaría a hacerse cargo, pero no fue así. —Es nuestro hijo, y me haré responsable por él —eso me dio ánimos.
Mi relación con Simone se acabó del todo, nuestra amistad llegó a su fin, y poco a poco ella empezó a hacerme la vida imposible en el instituto. Me miraba fatal, se burlaba de mí con sus nuevas amigas, diciendo que me veía hecha mierda, y un montón de cosas más. Se comportaba como una auténtica hija de puta. Pero yo pasaba de ella, seguía en lo mío.
Sin embargo, no sé cómo coño fue, pero mi padre se enteró de mi embarazo.
—Dime que no es verdad —gruñó con una frustración que daba miedo al entrar en mi habitación mientras yo leía tranquilamente Romeo y Julieta. Me asustó su cara, mi madre estaba detrás de él, mirándome con miedo de que mi padre me fuera a hacer algo—. ¡Dime que no es cierto, Isabella!
—¿Q-qué, papá? ¿A-a qué t-te refieres? —pregunté titubeando, porque yo también estaba acojonada. Nunca había visto a mi padre así.
—¡No te hagas la tonta, Isabella! —gritó, dando zancadas hacia mí. Me levanté de la cama por reflejo para salir corriendo si hacía falta, aunque no tenía dónde ir—. ¡Estás embarazada!
—¿Q-qué? —sentí que me moría. Terror puro.
—¡Estás embarazada, joder! ¡¿Quién fue?! ¿Te hicieron daño, es eso? ¿Por eso has estado tan distante? ¡Dime! ¡Mierda, dime algo, Isabella!
Me quedé muda, escuchando los gritos de mi padre que no paraban. Su cara roja de la rabia, la vena marcadísima en la frente. Las manos apretadas en puños. Mi madre llorando detrás. Fue demasiada presión, mucha. Tuve tanto miedo de que mi padre hiciera algo que acabé desmayándome y cuando desperté estaba en una camilla de hospital. Al reconocer el sitio me puse histérica, pensé… pensé que mi padre había hecho lo que más miedo me daba. Que me había quitado a mi bebé, pero no.
Resulta que me desmayé, se preocupó tanto que me trajo aquí. Me estabilizaron y me hicieron la prueba de sangre. Dio positivo de embarazo, pero mi padre estaba calmado. Por lo visto mi madre había hablado con él, se sentó en la camilla cuando desperté y se echó a llorar delante de mí. Preguntándose qué había hecho mal.
—Nada, papá —le dije con la voz ahogada por el llanto que estaba conteniendo—. Solo me enamoré y… y la cagué —intenté explicarle, él me dejó hablar todo el rato. Escuchándome pero sin mirarme a los ojos—. Quiero que entiendas. Él se hará cargo, me lo dijo, dijo que estaba dispuesto a casarse conmigo si hacía falta. Que hablaría contigo —él me miró y yo también empecé a llorar—. Lo siento mucho, papá. Debes estar decepcionado conmigo y me siento fatal por eso. Pero quiero tener a mi bebé, nada me hará cambiar de opinión, ¿puedes quererlo tú también? No tiene la culpa de nada.
—Es mi nieto o nieta, Isabella —me respondió—. ¿Cómo crees que te obligaría a deshacerte de él? Claro que lo vas a tener, porque tienes que ser responsable de lo que haces y en cuanto a ese muchachito que no ha hecho más que joderte la vida, quiero que me digas su nombre y dónde vive.
—No harás nada malo, ¿verdad? —le pregunté—. Es el padre de mi bebé, no le quites eso, por favor…
—Dime, Isabella.
Resignada, se lo conté. Según lo que me contó Jhörg después, mi padre solo le dijo que tenía que casarse conmigo cuanto antes. Y que él aceptó sin pensarlo dos veces. Mi padre le dejó las cosas claritas, le dijo que no iba a permitir que alguien como él me llevara a quién sabe dónde. Que no iba a dejar que yo pasara mi matrimonio matándome a trabajar en un rancho de mierda. Que viviríamos en la hacienda Cascabeles y él y mi madre se irían a Hamburgo a La Chinita. Pero eso sería cuando yo tuviera al bebé. Y también lo amenazó con que si me hacía daño se las vería con él.
Me puse súper feliz, te lo juro, al final todo salió bien. Me casaría con el amor de mi vida y estaríamos genial con nuestro bebito o bebita. Pero no fue así. Empecé a sangrar, el doctor me dijo que tenía riesgo de aborto espontáneo y que debía guardar reposo absoluto. Por eso la boda se fue posponiendo. Mi padre decidió internarme en el hospital para tenerme más controlada. Así estuve todo el embarazo. Mi relación con Jhörg iba bien, no sé qué coño cambió. En mi séptimo mes, un día me dijo que estaba emocionadísimo por casarse conmigo… y al siguiente. Sí, no exagero, al día siguiente fue todo distinto.
—Me he enamorado de otra —me soltó de golpe cuando le pregunté qué mierda le pasaba porque estaba súper distante y ya casi ni venía a verme—. Lo siento, Isabella, pero ya no me voy a casar contigo. Se acabó.
—¿Q-qué has…?
—Lo que has oído, siento que ya no tenemos lo de antes, Isabella. Me equivoqué contigo, con lo que sentía por ti, no quiero seguir así. No voy a estar atado a ti cuando ya no siento nada, así que no me voy a casar…
—Jhörg…
—Lo siento…
—¡Jhörg! —grité entre llantos cuando simplemente salió de la habitación sin mirar atrás. Yo me quedé ahí en esa cama, apretando las sábanas con los puños mientras chillaba con todas mis fuerzas. Tanto que acabé llamando la atención de las enfermeras, que entraron corriendo y al verme llorando tuvieron que sedarme.
Cuando desperté me sentía fatal. Me dolía la garganta, pero aun así se lo conté todo a mi padre. Se lo solté todo y él, furioso, se fue directo a buscar a Jhörg. Sabía que no iba a salir nada bueno de eso, y me quedé entre los brazos de mi madre, sollozando, mientras ella me consolaba. No entendía cómo. Cómo de un día para otro dejó de quererme, ¿o es que había dejado de hacerlo hacía tiempo y fingía cuando estaba conmigo? ¿Por qué decirme que estaba emocionado por estar conmigo y al día siguiente soltarme eso? ¿Me mintió? ¿El amor en sus ojos solo lo vi yo? ¿Él nunca lo sintió de verdad?
¿Solo me utilizó?
A pesar de todas esas preguntas solo sabía una cosa: a partir de ahora solo seríamos mi hijo o hija y yo. Los dos. No dejaría que Jhörg lo conociera. No lo iba a permitir y mi padre tampoco.
¿Qué pasó? Pues que un día Simone decidió aparecer. Como si nada. Sin avisar. Quién sabe qué les diría a las enfermeras para que la dejaran pasar. Pero cuando me vio lo hizo con tanto desprecio que me dolió un poco, aunque pensaba que ya lo había superado. —Así que es verdad lo de tu problema con esa cosa —dijo con asco señalando mi barriga cubierta por la sábana—. Estarías bien ahora si lo hubieras abortado, Isabella, y a lo mejor todavía tendrías a Jhörg contigo.
La miré confundida. —¿Cómo sabes de…?
—¿Qué? —soltó con burla—. ¿Él no te lo dijo? Pensé que lo había hecho, el muy tonto —dijo riéndose—. ¿Te contó que se ha enamorado de otra? Pues esa “otra” soy yo.
Explicar lo que sentí en ese momento es complicado, no sé, fue como un shock total. Podría no haberla creído, podría haber pensado que mentía. Pero yo conocía tan bien a Simone que sabía cuándo decía la verdad, y ella no mintió en ningún momento. La sonrisa de orgullo que puso al decirlo me dejó aún más descolocada. Me sentí morir, fue un dolor brutal. Nunca esperé esa traición de ella. Ya me había hecho bastante, ¿por qué eso? ¿Por qué decírmelo así?
Fue tanto lo que sufrí que, bueno, acabé en la sala de partos dando a luz a mi hijo. Un niño, dijo el doctor. Un niño que, no sé cómo, pero tenía un útero desarrollándose dentro de él. Eso me lo contó el doctor y me mostró las ecos tiempo antes de todo, nunca pude decírselo a Jhörg porque me salió con su traición. Maldito. Maldito mil veces.
Mi bebé nació prematuro, yo temía por su vida, el doctor me dijo que tenía que estar en incubadora hasta que se terminara de desarrollar todo.
Por boca de mi padre me enteré de que Simone y Jhörg habían huido, que hubo un enfrentamiento entre él y Gordon. Simone y Jhörg se largaron y nadie sabía dónde, ¿qué pensaría la señora Charlotte de todo eso? Ella se enteró de mi embarazo después de que mi padre lo supiera y ya se estaba organizando la boda con Jhörg, le comenté que si era niña quería llamarla “Bella” como me dicen a mí, y si era niño, quería ponerle Billian en honor a mi padre.
La señora Charlotte siempre fue muy buena conmigo, y su hijo pequeño, Thomas, me preguntó por qué ya no iba de visita. No iba a contarle que su hermana había dejado de ser mi amiga, era un crío de seis añitos, empezaría con sus preguntas. Al contrario, le dije que estaba embarazada y tenía que cuidarme porque corría riesgo de perderlo. Pero el pequeño Thomas siempre fue muy despistado y olvidadizo. Sus hermanas gemelas también eran unas niñas preciosas. A los que no tragaba ni un poco eran a sus hermanastros, al ser mayores se creían los mejores y la mirada de Sabine hacia mí no me gustaba nada.
Lo hacía con un desprecio total, como juzgándome por tener un bebé a mi edad. Perra.
En fin… ¿qué pensaría la señora Charlotte sobre lo que hizo su hija? ¿El señor Gordon la encubrió? ¿Por qué hacerme todo eso a mí? ¿Qué les hice yo? ¿Qué le hice a Simone?
Como si no fuera el colmo, dos semanas después del nacimiento de mi bebito, Billian, el doctor entró en mi habitación sin mi bebé. Como hacía todos los días, él mismo me lo traía para que yo pudiera darle de comer. Entró sin él en brazos, y negó con la cabeza al verme. Sus palabras fueron: “Lo siento…” y no pude oír más. El grito tan desgarrador que salió de mí lo oyó todo el mundo, seguro. El dolor, joder, tan intenso que no pude. Perdí el control total. Mi bebé, ni siquiera pude pasar tiempo con él, nada, absolutamente nada. Solo unos minutos.
No podía ser la vida tan hija de puta conmigo.
Intenté suicidarme tantas veces que mis padres se acojonaron y decidieron mandarme a un psiquiátrico. Yo acepté. Estuve ahí metida quince años, hasta que por el accidente de mis padres tuve que salir para hacerme cargo de mi herencia. La que le tocaría a mi hijo si estuviera vivo.
La cosa es que sí está vivo, y yo tengo que averiguar cómo coño es posible eso.
¿Qué mierda hicieron Simone y Jhörg?
Esos hijos de puta.
Continúa…
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