
Fic TOLL de unicornlitz
Capítulo 28
Bill se ha dormido. Se ve precioso, demasiado lindo, con los ojos cerrados y esos labios bonitos sellados. Respira suave, tranquilo, en paz. Yo no le quito ojo de encima. Mis ojos recorren sus cejas gruesas y bien depiladas, peinaditas como siempre porque Bill no deja ni un pelo fuera de sitio. Aunque incluso cuando va sin arreglarse se ve guapo, precioso en toda regla.
Veo sus pestañas rizadas, sin ni rastro de rímel y aún así están elevadas y curvadas. Siempre me ha flipado cómo se ve cuando pone esa miradita inocentona y abanica las pestañas, pareciendo tan sexy como adorable a la vez. También veo su nariz, pequeñita y un poco curvada. Sus mejillas regordetas con un colorcito rosa pálido. Sus labios bonitos, voluminosos, y ese lunar que tiene justo debajo del inferior. Mierda. Cómo me encanta. Hace un rato se quedó frito a mi lado después de nuestra «reconciliación». Ya me encargué de ponerle algo cómodo para que, si entra alguien, no lo pille desnudo. Yo también me vestí. Por si acaso.
Mientras lo miro me pregunto… ¿por qué Billie es tan guapo? Joder, es el chico más bonito que he visto en mi vida, su belleza opaca a cualquier tía que exista. Es brillante, majestuoso, divino. Podría repetir lo increíble que es para mí sin cansarme nunca. Mierda, cómo me tiene el corazón en sus manos, cómo me tiene a sus pies, cómo me tiene amándolo con todo. Puedo admirarlo todo el tiempo como si fuera el paisaje más bonito, ni siquiera el cielo en sus tonos dorados cuando amanece o en sus naranjas cuando anochece se ve tan perfecto como este crío que tengo ahora al lado. Es más bonito que una puta estrella o que la mismísima luna.
Billie, mi amor… si supieras que tu mirada me tiene el corazón cautivo todos los días. No quiero sentirme en abstinencia de ti nunca más, porque te necesito como el aire para respirar. Si supieras que me vuelves loco y me enamoras un poco más cada día, si supieras que mi corazón puede estallar algún día por el amor tan inmenso que siento por ti. Si supieras que eres mi todo… joder… quisiera que supieras que lo eres. Pero no quiero decírtelo con palabras, quiero demostrártelo con hechos.
¿Estás listo para recibir mi versión más cursi posible, mmm?
—Qué bien me complementas…— le susurro al oído y al separarme veo una sonrisita pequeña, muy pequeña, en sus labios. Se mueve un poco, buscando más comodidad a mi lado. Pero se mueve tan bruscamente que el pelo se le viene encima de la cara y, mientras me río bajito, le aparto esos mechones dejándole la carita libre —Tú y yo vamos a estar juntos y nadie lo va a evitar— murmuro —Nadie, mi bello durmiente.
Un suspiro suavecito se le escapa de la boca. Es como si incluso en sueños pudiera escucharme. Bill es mi todo, ¿ya ha quedado claro?
Me quedo un rato más a su lado, pero tengo que levantarme porque sé que en cualquier momento puede volver mi madre a ver cómo está Billie. Me aseguro de poner una almohada en mi sitio y veo cómo la aprieta entre sus brazos. ¿Por qué es tan adorable? ¿Por qué? ¿Por qué? Ahg, nunca tengo suficiente de él. Necesito tenerlo conmigo sí o sí.
Me dirijo a la puerta, cojo el picaporte y sin dejar de mirarlo salgo de la habitación a pasos lentos. Cuando estoy fuera cierro la puerta con suavidad, sin hacer ruido. Y justo cuando me doy la vuelta mi corazón da un vuelco del susto al ver a mi madre de pie frente a mí a unos metros. Su mirada es seria, y mientras me recupero del mini infarto, me pregunto desde hace cuánto estará ahí plantada. Me mira de arriba abajo y vuelve a clavar los ojos en los míos, su seriedad aumenta y yo trago saliva. No sé por qué, pero de repente me dan ganas de salir corriendo.
—¿Desde cuándo?— es la pregunta que sale de sus labios. Y no necesito darle vueltas para saber a qué se refiere, lo pone clarísimo en su cara.
Sí, ahora sé por qué tengo ganas de correr.
—¿El qué?— pregunto, aunque ya sé perfectamente a qué va. Pero quiero asegurarme, no vaya a ser que se refiera a otra cosa y la líe parda. Mamá alza una ceja, me mira con cara de «no te hagas el tonto, Thomas Kaulitz».
Me relamo los labios desviando la mirada al suelo. Ha pasado una semana desde que vi a Isabella y se suponía que debía hablar con mi madre cuanto antes, pero recordé el tema del regalo que ella quiere darle a Bill por su cumpleaños. Además, la señora ha estado saliendo mucho últimamente con mi padre a quién sabe dónde y vuelven a la hora del almuerzo. Si no es eso, está en la cocina haciendo postres con las demás cocineras. Es decir, he intentado varias veces acercarme para hablarle del tema acordado con Isabella pero siempre surge algo que lo impide. Supongo que hoy es el día. Aunque no debía enterarse de mi relación con Bill de esta forma.
—¿No me vas a responder?— pregunta y eso me trae de vuelta al mundo real. Me doy cuenta de que me he quedado callado un buen rato.
—Vamos a otro sitio, mamá…— le pido, evitando a toda costa su mirada acusadora. Paso por su lado y bajo las escaleras, sé que me sigue. Mientras camino pienso en qué le voy a decir exactamente, y sigo así hasta que llegamos fuera de la hacienda, a una zona apartada donde nadie nos puede ver ni oír. Nadie iba a escucharnos.
—Habla, Thomas. ¿Desde cuándo?
Aprieto los labios. —No vayas a enfadarte, ma.
—No te prometo nada, habla.
—Desde hace dos años.
Su mano derecha va directa a la frente, los dedos le acarician la piel mientras aspira aire profundamente. Se ha quedado flipando con mi respuesta.
—¡¿Cómo se te ocurre, Tom?!— exclama bajito, temo que se le suba la tensión de golpe —¡¿Cómo has permitido algo así, eh?!
—Te juro que intenté evitarlo a toda costa.
Suelta una exhalación. —¿Cómo ha pasado esto, Tom? ¿Cómo habéis terminado en esta situación, eh? ¡¿Por qué no me lo dijiste antes?!
—Cálmate, que te va a dar algo.
—No me pidas que me calme— me dice subiendo un poco el tono pero sin gritar. Está cabreadísima —Estamos hablando de Bill, y de que vosotros dos habéis estado teniendo algo durante dos años y nadie lo sabía. Muy bonita la situación— dice con sarcasmo —¿Desde cuándo se te ha dado por ocultarme cosas, eh?
—No me juzgues, tú también me has ocultado cosas, mamá.
—¿De qué hablas?
Me cruzo de brazos. —De que Bill no es hijo de Simone— la expresión de mi madre se vuelve desconcertada, ¿o preocupada? No sé describir bien su cara, y no sé si es horror lo que hay en sus ojos. Creo que son las tres: desconcierto, preocupación y horror —Que no es un Kaulitz, no lleva nuestra sangre, no es tu nieto y por tanto, no es mi sobrino.— mamá parece dar un paso en falso y yo reacciono rápido antes de que se caiga, sujetándola —Mamá… mamá— la llamo, ella intenta regular su respiración agitada.
Parece estar luchando por no desmayarse del todo, es como si le hubieran quitado las fuerzas del cuerpo. Como si se le hubiera bajado la tensión.
—Ma…
—Ya…— suelta en una exhalación, con la voz muy bajita. Débil —Ya…— la ayudo a ponerse de pie del todo, pero sigo sujetándole la mano —Oh dios…— gimotea, con esa voz delirante que ya me tiene preocupadísimo.
—Vamos dentro, ¿vale?— no espero ni a que conteste y la ayudo a caminar hasta la hacienda. Cuando entramos, dos de las chicas de la limpieza me echan una mano para llevarla a su habitación. Las veo subir las escaleras con cuidado, yo voy detrás por si pasa algo, y cuando la dejan en la cama me dirijo a una de ellas —Traed alguna pastilla para la tensión— les pido —Pero rápido, ¿eh?
—Como usted ordene, jefe— me responde una y las dos salen pitando.
Veo a mi madre tumbada en la cama, con los ojos cerrados mientras respira por la boca. Está intentando calmarse ella sola. —Mamá…
—¿Cómo te enteraste?— me corta de golpe, sin sonar dura ni nada por el estilo. Su voz suena muy preocupada —¿Cómo lo supiste, Thomas? Dime…— ahora suena casi desesperada.
—Es muy obvio— murmuro —Es idéntico a Isabella, pero igual tenía mis dudas y por eso fui a buscarla y…
—¿Qué?— mamá intenta incorporarse, para cuando me acerco a ayudarla ya se ha sentado en la cama —¿Qué acabas de decir?
—Fui a buscar a Isabella.
—Ay no…— se frota la sien —Esto no puede estar pasando, no todavía…
¿Eh?
—Madre…
—¿Le has dicho? ¿Le has contado, Thomas?
—Necesitaba asegurarme de que mis sospechas eran ciertas, estar cien por cien seguro de que sí es hijo de ella y sí… Isabella ya sabe que su hijo sigue vivo— mamá cierra los ojos con fuerza y se aprieta los párpados, se tapa la cara con las manos y empieza a murmurar cosas que no entiendo bien porque no la oigo —No te preocupes, por favor, ella no dirá nada. Al revés, está de mi lado y estamos haciendo lo posible para que Bill sepa la verdad.
—No entiendes, Tom…— gimotea —No comprendes la gravedad del asunto, cariño. ¿Qué has hecho? ¿Por qué no viniste a contármelo a mí?
—Tú no ibas a decirme la verdad, mamá— le respondo con sinceridad —Si yo te hubiera contado mis sospechas, tú habrías hecho todo lo posible para hacerme creer que estaba «confundido» y ahora, con lo preocupada que te veo, estoy más seguro de que lo habrías hecho. Y yo necesito que Bill sepa la verdad, no puede pasar toda su vida pensando que Simone es su madre cuando no lo es. Es demasiado cruel, mamá. Demasiado cruel ocultarle algo así…
—Bill no puede enterarse, mi amor— me dice —No de forma tan apresurada. La vida de Jhörg y la suya están en juego…
—¿A qué te refieres?
Solloza bajito. —A que has cometido un grave error, Thomas. No debiste contarle nada a Isabella, ella no podía saber sobre esto…
—Mamá, no te estoy pillando.— ella no me responde —Madre, dime por favor, no me estás ayudando. Solo me llenas de intriga…— me acerco a ella, me pongo de rodillas y le cojo la mano entre las mías —Por favor, por favor…— le pido desesperado —Dime.
—Simone…— suelta en una exhalación y luego sorbe por la nariz —Simone no ganó a Jhörg con amor, ni nada de eso, mi vida. Usó otro método porque sabía que su corazón le pertenecía a alguien más…
—¿Qué otros métodos, mamá?
—Brujería.
¿Qué?
.
Pov’s Bill
Cuando desperté y Tom no estaba a mi lado me cabreé, joder, me cabreé un montón. ¡¿Quién se cree que es para dejarme aquí solito, hostia?! Podría haber ido a buscarlo y echarle la bronca, y eso iba a hacer. Por eso me puse lo más guapo que encontré en el armario después de darme una ducha.
Obviamente no me iba a poner cualquier cosa, porque aunque esté sentado como si me diera igual todo, todo en mí cuesta.
Llevo un top blanco ceñido, limpio, sin esfuerzo aparente… pero que se pega justo donde tiene que pegarse, por ejemplo… mi bonita cinturita. Es de ese tipo de minimalismo caro y sofisticado. El tipo de prenda que me deja los hombros al descubierto, la piel clara contrastando, porque sí, porque puedo. El pantalón es celeste suave, cómodo, relajado, y eso me hace recordar que no podemos confundir comodidad con descuido. Quiera o no. Me cae holgado, despreocupado, como si el mundo tuviera que adaptarse a mí y no al revés. Ja, qué bien suena, ¿a que sí?
En la cabeza, un pañuelo delicado, casi de casa, casi vintage. Parece algo sencillo… hasta que pillas que es una elección. Yo no me tapo el pelo, lo enmarco.
Y en los pies, por favor, zapatillas negras y blancas, clásicas, limpias, nuevecitas. Mañana ya van a la ropa que no usaré más porque yo no repito prendas, iuhg, con una vez me basta. Solo los pobres usan algo que se llama «lavadora», yo no, yo uso y malgasto la pasta de mi papá.
Me maquillé un poquito, porque como ando bajoneado ni ganas me dieron. Pero aun así me veo guapo, las arpías dirán que no, pero ajá, que no ladren las perras. Joder.
Salí de mi habitación y me fui directo a las escaleras, las bajé corriendo y… la escena que ven mis ojos hace que se me forme una sonrisa enorme en mis labios bonitos. Ignoré el dolor en el culo cuando terminé de bajarlas a toda hostia y me lanzo a los brazos de mi padre, que me atrapa igual de contento que yo al verlo después de tanto tiempo…
Vale, sí, fue un mes y pico, pero para mí fue eterno y lo extrañaba un montón.
—¡Papi!— exclamo, apretujándolo con los brazos usando la poquita fuerza que tengo. Mi padre suelta una risita suave mientras me acaricia el pelo.
—¿Cómo ha estado el príncipe de papá, eh?— me pregunta con voz dulce. Iiihh, por esto amo a mi papá con todo mi ser —Dice tu tía Támara que has estado algo malito últimamente, ¿es verdad? ¿Ya te sientes mejor?
Me separo un poco de su abrazo para mirarlo a los ojos con un puchero triste en los labios. —No, pa… siento que puedo desmayarme en cualquier momento— empiezo a abanicarme la cara con mi mejor cara de agobio total. Mi papá solo sonríe, él sabe que soy muy dramático pero en vez de decirme algo feo se divierte conmigo. En cambio mi madre, que mira todo mi numerito y pone los ojos en blanco, abre la boca para soltar sus cosas de siempre.
—No exageres, Bill— me dice y solo cuando la oigo me doy cuenta de que está ahí, y junto a ella mis tías gemelas, mi abuelo Gordon, los otros que no me voy a molestar en nombrar y la bruja cachonda de Heidi. ¿Qué hace ella aquí? Ahg, pobrecitos mis ojitos —Solo has estado comiendo de más, es todo.
—Hoy me dio fiebre, casi me muero, mamá— no es verdad, pero ¿qué más da? Exagerar un poquito no está de más. Apoyo la mejilla contra el pecho de mi padre, sintiendo cómo me mima —Tuvieron que ponerme pañitos húmedos en la frente y arroparme con casi cinco sábanas. Estaba temblando, y todavía, mira— levanto una mano y la hago temblar a propósito —Y vomité— otro pucherito en los labios —Mi abuela dice que es algún resfriado, pero yo no me lo creo. Seguro es algo peor y me moriré dentro de poco— finjo un sollozo y me aferro a mi padre —Papá, llévame a comer una última hamburguesa, por favor.
Él vuelve a reír y mi madre solo pone los ojos en blanco soltando un suspiro. —Vale, iremos a comer esa «última hamburguesa».
—¿En serio, Jhörg?— dice mi madre con incredulidad no solo en la cara sino también en la voz —Durante el camino hasta aquí dijiste que estabas demasiado cansado.
—Solo iremos por unas hamburguesas— le responde mi padre, sonriendo ligeramente —Llevo mucho tiempo sin ver a mi hijo.
—Mañana puedes, tú y yo tenemos un tema pendiente del que hablar.
Papá bufa y yo hago una mueca con los labios. —Ándale, ma… no seas mala.
—A mí no me chantajearás, ¿vale?— me dice y su tono es algo brusco —Tu papá no solo se ha sentido cansado, sino que también ha estado notando punzadas en el pecho. Debe descansar, no vaya a ser algo serio y le dé algo en la calle.
Miro a mi padre con preocupación. —¿Te sientes mal, papi? Porque si es así entonces mejor descansas y mañana, si te encuentras mejor, vamos.
—Estoy bien, cariño— me dedica una sonrisa corta y luego mira a mi madre —Podemos ir todos, Simone. No tienes que enfadarte. El niño quiere hamburguesa y yo lo voy a llevar…
—Te recuerdo que está a nada de cumplir los diecinueve. Es todo un señorito hecho y derecho.
—Por lo mismo, mi pequeño está creciendo. Y no me importa, así tenga cincuenta años va a seguir siendo mi bebé.— deja un beso en mi frente.
Mi padre suele consentirme mucho, ¿ya lo dije antes? No importa, me gusta recordarlo y sobre todo dejarle claro a las huérfanas de mis primas que yo sí puedo tener estos tratos y ellas no. Por perras. Por eso mismo, ladeo la cabeza hacia el otro lado y las miro cuchicheando entre ellas. Chantelle es la primera en verme, quién sabe qué les dice a las demás que hace que todas volteen a mirarme y yo sonrío con arrogancia.
—Papá, tú me quieres mucho, ¿verdad?— le pregunto sin apartar la mirada de aquellas almas en desgracia que dicen ser mis primas.
—Claro que sí, cariño— me dice suavemente —¿Vamos por esa hamburguesa, mmm?
—Sí— les hago una expresión de «en vuestras caras, zorras» con mi sonrisa arrogante todavía en los labios. Me río al ver cómo Shermine articula un «idiota» con los labios —Pero antes, ¿dónde está mi tío Tom? Necesito hablar urgentemente con él— pregunto mientras me separo del abrazo de mi padre y miro a los demás —¿Y mi abue?— recorro toda la sala con la vista, y me detengo cuando mis ojos se posan en un muchachito… muy guapo.
Lo miro y me paro en cada detalle, porque es imposible ignorarlo.
Sus ojos son de un azul hielo, claros, fríos, penetrantes. Te atraviesan sin hacer nada, como si leyeran todo lo que piensas, y aun así logran ser irresistibles. Cada vez que parpadea siento que el mundo se ralentiza. Su nariz es recta, tiene un perfil limpio, perfecto en proporción con el resto de su cara. Nada exagerado, nada fuera de lugar, simplemente armonioso. Y sus labios… ni finos ni gruesos, exactos, con un color natural que me hace querer verlos sonreír, pero no sonríe y eso lo hace aún más intrigante y sexy.
Su mandíbula es marcada, con pómulos definidos. Su piel es lisa, clara, cuidada. El pelo, rubio casi blanco, desordenado de manera perfecta, le enmarca el rostro y resalta sus ojos y labios.
Lleva una camisa clara con las mangas remangadas que deja ver sus brazos delgados pero firmes; la camiseta a rayas negra y blanca añade contraste, sin robarle protagonismo. El pantalón beige cae recto, limpio, mostrando proporciones correctas; el cinturón negro marca la cintura sin exagerar. Y la pose… ay, mierda, tiene las manos en los bolsillos, la espalda recta, su mirada fija en mí cuando me ve… noto su confianza silenciosa, sin esfuerzo, que hace que todo lo demás se vea aún más perfecto. Cada línea, cada sombra en su rostro y cada pliegue de su ropa, hace que parezca que nació perfecto.
Pero eso es imposible, el único perfecto aquí soy yo.
Es inevitable no mirarlo, imposible no analizarlo… es muy sexy, aunque claro… no tanto como mi tío Tommie, él es… tsss, es un macho alfa, joder. Y lo amo con todo mi ser. Ni siquiera puedo compararlos, este chico desconocido es lindo pero no llena mis estándares como lo hace mi lindo Tom. Que por cierto, me debe una jodida explicación. ¡Se supone que debe cuidarme!
—¿Quién eres tú?— pregunto al rubio desconocido, que sonríe ligeramente ante mi ceño fruncido porque no sé quién es.
—Billie, hijo…— me llama mi padre —Él es Óliver Dubois, tu asistente.
Ay, madre mía.
—¡Qué guay, Billie! ¡Tu papá se ha lucido!— escucho que exclama Adrianne, ¿desde cuándo está aquí que no la vi? O quizás sí la vi pero ni me di cuenta por perderme en este desconocido cuyo nombre es Óliver. El tipo se me acerca a pasos lentos y extiende su mano para tomar la mía, yo pienso que vamos a darnos un apretón como los saludos entre hombres machos, pero no, él toma mi mano suavemente y la lleva a sus labios, besando mis nudillos. Iiihhh, ¿de qué película ha salido este hombre?
—Es un placer conocerlo, joven— dice.
Yo sonrío, me siento como todo el príncipe que soy. Han besado mi manita, esto debe hacerlo Tom, ya se lo exigiré después.
—Igualmente— respondo con profesionalidad, o eso intento. Ay, es mi asistente —¿De dónde eres? Tu acento es algo raro…
Ahora recuerdo lo que me dijo mi tío Tom. Qué tonto soy, ¿cómo lo olvidé? Es francés, por eso su acento es algo raro, sin embargo habla muy bien el alemán. Él suelta una risita suave mientras deja mi mano.
—Soy de Francia, joven Bill.
Le sonrío también.
—Señor Jhörg, ¿de dónde lo sacó? Yo también quiero uno— Adrianne le pregunta a mi papá con algo de desespero, haciéndolo reír —O bueno, no. Yo quiero un colombiano.
—¿Un qué?— pregunto, mirándola con el ceño ligeramente fruncido.
—Un colombiano. Que me diga: «uy mor, usted para donde es que va, cosita rica»— no sé que dice pero seguramente miente.
Me ahorro mi comentario. —¿No prefieres a Andreas?— pregunto burlón.
—No me menciones a ese ser despreciable— me pide, poniendo la mano en alto —No me amargues el momento, Billie, mucho que ha costado superar a esa rata inmunda. Como dijo nuestra querida Paquita del barrio: «¡Me estás oyendo, inútil!»
Ay, Adrianne… ha hecho reír a todos.
—¿Sabes hacer de esclavo?— le pregunto a Oliver, pero antes de que pueda responder, mi madre interrumpe.
—¡Bill!— exclama, en modo regaño.
—Ay, ma…— gimoteo. Llevando mis manitas a mis orejas —No me grites que yo sufro de los oídos.
Ella alza las cejas. —¿Ah, sí? ¿Y desde cuándo, eh?
—Desde hoy. Ya te dije, he estado muy enfermito. Por cierto, papá…— ladeo la cabeza para verlo —¿Vamos por la hamburguesa?— pongo mis ojitos de gatito, papá me sonríe. Está muy feliz.
—Iré a arreglarme, espérame tantito— me dice.
Mientras se va, con mi madre siguiéndole los pasos, me dedico a mirar a Oliver. —¿Qué edad tienes?
—Veinticinco.
Lo mismo que Evan.
Asiento despacio con la cabeza.
—Me gusta, espero que sepas hacer bien las cosas que te diga, ¿eh?
—Créame, soy muy profesional. Quedará maravillado conmigo, se lo aseguro.
Woah.
—Bill con asistente, qué ridículo— oigo susurrar a Chantelle.
Ante sus palabras atino a olfatear, y frunzo el ceño para mirar a mi mejor amiga que se planta a mi lado sin dejar de ver a mi asistente. —¿No hueles?— ella, confundida, olfatea como yo pero niega con la cabeza —¿En serio? Porque hasta aquí me llega el olor a envidia que tiene Chantelle.
Adrianne y yo explotamos en risas.
—Escucha, Oliver. No todos aquí son de mi agrado, ¿vale? Te iré explicando todo, poco a poco— le digo cuando paro de reír completamente, y él asiente a cada una de mis palabras —Tengo enemigos que yo veo solo como insectos insignificantes— sí, esa fue para Heidi —También tengo envidiosos, como Chantelle. Mi prima. Bueno, todos mis primos son así. Ya te diré quiénes me agradan y quiénes no, a partir de ahora mis enemigos son tus enemigos. No solo estás aquí para hacer de asistente, ¿vale?
—Entendido, joven.
Sonrío satisfecho.
Continúa…
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