Fic TOLL de unicornlitz
Capítulo 29
—Entonces se puede decir que somos novios oficialmente.
El chillido de un cerdo cuando lo arrastran al matadero que sale de la boca de mi mejor amiga casi, casi, casi, casi me deja sordo. ¿Y os imagináis yo, tan guapo, con una voz preciosa y sordo? Ni de coña. O sea, no, qué horror. Horror nivel dios. Yo tan perfecto en todo y sordo, puaj.
Adrianne aplaude como una foca loca. Estamos ahora mismo en mi habitación, todavía estoy esperando a que mi padre termine lo que tenga que hacer para podernos ir a comer. Antes de contarle a Adrianne lo que había pasado últimamente entre Tom y yo, le pedí que no se pusiera a flipar como una loca y la muy cabrona me prometió que no lo haría. Pero aquí está gritando como poseída, en cualquier momento sube alguien preocupado pensando que me están matando o algo.
—¿Puedes cerrar el pico?— pregunto, poniendo los ojos en blanco con su emoción.
—¡Perdón, Billie! Es que de verdad me ha pillado por sorpresa. Pensé que habría más movida de venganza por medio, pero te veo mejor que nunca— me dice, soltándome una de sus sonrisitas más sinceras —Y mientras tú estés feliz, yo estaré feliz.
—Qué cursi eres, tía— digo con guasa, ella se pone indignada y me da un golpecito en el antebrazo que me empuja un pelín. Nos reímos los dos a la vez —¿Sabes qué? Yo necesito verte feliz a ti también, así que te voy a buscar un par de pretendientes para que olvides del todo a ese cara de vaca.
Una sonrisa triste le cruza la cara —No lo creo. El primer amor nunca se olvida.
—¡Venga ya, por favor!— me levanto de golpe de la cama —No puedes decir eso, tú no lo amas. Lo vuestro es solo atracción física, nada más, aunque no sé qué le viste de guapo a ese gilipollas— hago una mueca con la boca —¿Quieres un novio? No necesitas a un tío para ser feliz, pero sí para tenerlo de complemento, ¿no? Entonces, ¿tienes a alguien en el punto de mira ya?
Suelta un suspiro —Es rubio…
—No empieces, suelta a Andreas ya.
—No hablo de Andreas— me dice y alza las cejas con una sonrisita traviesa —Tu primito Gustav es muy mono, ¿sabes? Y más todavía cuando está currando.
Mi boca se abre en una pequeña «o» —¿Te gusta mi primo, maldita zorra?— le pregunto intentando parecer enfadado pero sin conseguirlo cuando aprieta los labios en una sonrisa y suelta una risita que me contagia. Me siento otra vez a su lado —¿Cómo surgió? Quiero saberlo todo.
—Hemos estado pasando tiempo juntos, ya sabes— asiento con la cabeza —Y bueno, es imposible no darse cuenta de que está buenísimo. Pero no creo que él sienta lo mismo. Parece mosca cuando estoy cerca, pero me la suda— levanta la cabeza con orgullo.
—Gustav no es de expresarse mucho, tía.
—Ya se le nota— dice y luego suspira —Pero bueno, ¿me vas a llevar a comer hamburguesa?
—Sabes que sí, tonta.
Salimos de mi habitación al momento, eso sí, después de asegurarme de que sigo estando espectacular. Adrianne también se miró, e incluso se ha cogido una de mis chaquetas prestada. Aunque conociéndola, sé que no me la va a devolver porque es tan despistada que dudo que se acuerde y, bueno, yo tampoco me quedo atrás, también se me olvidará que existe esa chaqueta. Pero da igual, que yo me puedo comprar otra y mil más si me da la gana.
Al bajar me encontré a mi padre hablando con mi asistente, vete tú a saber de qué. Pero este se aleja después de decirle unas últimas palabras con una sonrisita y se va por el pasillo donde están las habitaciones de invitados. Mi madre tiene cara de mala leche, pero está arreglada, señal de que ella también viene.
—¿Listo, pequeño?— me pregunta mi padre cuando me ve acercarme, yo asiento rápidamente —Bien, pues nos vamos.
—¿Ya has saludado a la abu?— le pregunto a papá mientras salimos de la finca —Hoy no la he visto desde que me trajo la comida a la habitación. Ni al tío Tom.
Sospechoso.
—Quizá estén liados con algo— murmura mi madre con bastante indiferencia —O yo qué sé, yo tampoco los he visto. Estarán ocupados con algo importante.— muy en el fondo siento que no es eso. Pero no le doy más vueltas porque, de repente, me vuelve el antojo de algo dulce y rico.
Por eso empiezo a ponerme de mala leche, últimamente estoy tan sensible… pero nadie lo entendería. Dirán que es solo mal humor, sin embargo, yo no creo que sea solo eso. Algo me pasa, pero no sé qué.
Cuando llegamos a ese restaurante pequeño que se llama «Punto Naranja» donde venden de todo lo que hay en los puestos de la calle, me tranquilicé un poco. Claro que cambié de opinión, y en vez de pedir la hamburguesa pedí un postre de brownie que tenía una pinta brutal en la carta. Tanto que se me hizo la boca agua, y no pedí uno… pedí tres. Y ahora mismo me los estoy ventilando los tres a la vez. Pinchando un trozo con la cucharita en cada uno, mi padre, mi madre y Adrianne me miran flipando al verme comer así. Es que la textura es tan esponjosa, el sabor… joder, todo es demasiado bueno y para mí es como si fuera la primera vez que pruebo algo tan increíble.
—Billie— me llama mi padre con voz un poco preocupada —Pequeño, come más despacio. Vas a atragantarte.
—Te dije que últimamente está comiendo un montón de cosas dulces y como un desesperado— comenta mi madre mientras se limpia la comisura de los labios. Los tres pidieron hamburguesas menos yo —Si sigues así vas a acabar vomitando en cualquier momento, como ya te ha pasado varias veces últimamente.
—¿Vomita mucho?— le pregunta papá a mi madre, preocupadísimo. Creo que él no estaba al tanto del tema, supongo.
—Sí.
—¿Y por qué no has hecho nada, Simone?— la interroga, ya con tono de cabreo total —¿Por qué no lo has llevado a que lo vea un médico, eh?
—Esos vómitos son porque traga como si no hubiera un mañana, ¿no lo ves?— mi madre le contesta con mucho mosqueo. Me señala, pero yo paro en seco y mis ojitos se llenan de lágrimas. ¿Soy un muerto de hambre? Pero si no tengo la culpa de que me den ganas y ganas de comer algo dulce. ¿Por qué mamá es así? Nadie me entiende —Y ahí viene a llorar otra vez— resopla, poniendo los ojos en blanco. —Pareces una mujer preñada.
Ah, se me olvidó contar que monté un pollo porque mi madre no quería que me trajeran los tres brownies porque decía que me estaba llenando los ojos antes que la barriga y que al final los iba a dejar medio tocados y no me los iba a comer todos. Pero mi padre, al verme llorar y sufrir de verdad, dijo que sí, que me dejaran los tres.
—No puedo evitarlo— respondo en un gimoteo y me relamo los labios. Todavía lloriqueando bajito por lo cruel que ha sido mi madre.
—No pasa nada, Billie. Pero come tranquilo— dice papá, sonriendo con guasa. Ay, se está riendo de mí. Quiero llorar más, llorar un montón —Nadie te va a quitar la comida.
—Qué malo eres, papá— sollozo y sí, mis ojitos ya están a tope de lágrimas. Hago un puchero sin poder evitarlo —No te burles de mí, me duele el corazoncito.
—No me estoy burlando— papá se ríe bajito —Venga, no llores.
—Es que me da penita— sollozo otra vez, sorbiendo por la nariz.
—Owww, estás llorando un montón, Billie— murmura Adrianne con voz suave —Todo te da penita. ¿Sabes a qué me recuerdas? ¡A mí cuando estoy con la regla! O bueno, casi, porque a mí todo me cabrea, hasta el aire— y se ríe, intentando animarme pero sin éxito porque chillo más fuerte —Ay, no. Ya, no llores. Hazle caso a tu padre.
Nadie quiere a Billie.
Nadie me quiere por ser tan mono y perfecto. Wuaaa…
No sé cómo, pero ahora tengo a mi padre mimándome como siempre mientras mi madre está renegando de mi comportamiento de crío. Porque estoy montando berrinches en público. Pero no es mi culpa, de verdad. Todo me afecta un montón y todo me dan ganas de llorar, me da una penita horrible que se rían de mí. A veces lloro y resulta que no estoy triste, sino cabreado, pero las lágrimas salen igual. Y cuando me emociono, aunque eso le pasa a casi todo el mundo de vez en cuando. También cambio de humor de golpe, paso de estar llorando a sentirme indignado por cualquier tontería.
Recuerdo que cuando me desperté, Tom no estaba a mi lado y, el cabreo vuelve de golpe. Paro de sorber por la nariz y me pongo serio.
—El tío Tom me debe una— suelto de repente, haciendo que mi padre me mire con esa sonrisa rarita en los labios. Sí, hace un rato estaba llorando y ahora no, qué extraño, ¿no? Seguro que eso está pensando mi padre, pero ajá —¿Nos vamos a casa?
Creo que esos días sin mí, mientras yo estaba concentrado en mi venganza, no le han servido de nada. Me va a oír.
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Regresamos a la finca y, como era de esperar, todo el mundo estaba durmiendo. O bueno, ni eso, la mayoría andaba por ahí en pijama pero no les hice ni caso porque no se merecen ni un segundo de mi atención. Mi tiempo es muy valioso. De verdad que lo es.
Al entrar, papá me dijo que mañana por la mañana llegarían las cositas que me trajo de cada uno de sus viajes durante este tiempo. Como eran tantas cosas que él solo no podía cargarlas, se las encargó a alguien. Me puse contentísimo porque mencionó que me traía cosas de Francia, unos modelitos que uno de sus socios me regaló exclusivamente para mí. Algo único de la próxima colección que va a lanzar junto con mi padre. Y como si eso fuera poco, papá también me comentó que entre esas cosas que me traerían vendría mi móvil nuevo.
Me puse feliz y todo el mosqueo que llevaba en el coche desde el restaurante se esfumó. Se disipó. Pero sigo inquieto porque Tom no se ha dignado a aparecer en todo el día, y ahora mismo estoy en mi habitación terminando de quitarme el maquillaje con las toallitas de agua micelar para después ponerme las cremitas y que mi cara siga guapa y perfecta.
—Eeellaaaa es una bandoleraaaa— tarareo bajito mientras me echo puntitos de crema en las zonas clave de la cara para luego extenderla —Me dijo que estaba soltera, y ahora resulta ser que en su casa la esperaaannn…
Las canciones que escucha Evan se me han quedado grabadas en la cabeza. Tiene unos gustos musicales un poco raros, que ahora también son mis gustos porque me molan las canciones que escucha él. Son tan guays.
Escucho que tocan a la puerta y automáticamente digo un «adelante» cuando termino de extender la crema. Mi piel ha quedado impecable. Me quito la bandana de maquillaje con orejitas de gatito en rosa y la dejo en la mesa mientras me arreglo el pelo suelto. La puerta se abre justo en ese momentito y, obviamente, a través del espejo veo que se cierra y también veo a Tom. Entorno los ojos y me giro para mirarlo con mi mejor cara de serio.
—Hola, Billie…— me dice pero yo no le contesto, solo arqueo una ceja y me cruzo de brazos. —Acabo de saludar a tu padre, mencionó que andabas preguntando por mí y que parecías mosqueado. ¿Por qué?— pregunta, apoyando el hombro contra la puerta, con los brazos cruzados también. Tiene cara de tranquilo. Maldito.
—¿Y a ti qué te importa?
Pone los ojos en blanco —¿Por qué estás cabreado?
—Porque me da la gana y punto.
—Ah, entonces no hay motivo.
—Sí lo hay, pero no es asunto tuyo.
—¿Por qué no?
—Vete ya, me estás fastidiando.
Alza las cejas flipando —¿Yo te fastidio?
—Sí.
—Vale, pues me piro— veo que pone la mano en el pomo y mi boca se abre de asombro y de cabreo a la vez.
—¿Te vas de verdad?— pregunto con toda la indignación y el dolor del mundo, ¿cómo se atreve? —Increíble, se nota que no me aguantas, ¿verdad?
—Pero si tú quieres que…
—Mejor cállate— le corto y camino hacia mi cama para tumbarme. Me siento agobiado, exasperado —Cuando me desperté no estabas, y no te he visto en todo el día. No es justo, tú tienes que estar conmigo, no haciendo otras cosas. Se supone que soy más importante que cualquier chorrada que estés haciendo.
—Estaba hablando con mi madre, pequeño.
—¿De qué?
—Temas de mayores, ¿eh?
—Idiota— gruño con asco. Siento cómo la cama se mueve, avisándome de que se acaba de sentar y enseguida noto sus brazos grandes y fuertes envolviéndome en un abrazo —Aléjate, se supone que estoy enfadado contigo.
—Pues ya no lo estés, precioso— me dice con calma —Escucha, estuve hablando con mi madre de ti y tocamos el tema de esos malestares que has estado teniendo. Lo comentamos con tus padres hace un rato y creemos que lo mejor es llevarte a un hospital para que te hagan unos análisis, ¿vale?— su voz suena rara, distinta, no sabría explicar cómo, pero hace que me dé la vuelta para mirarle a la cara. Y veo preocupación en sus ojos —No creo que sea nada grave pero hay que salir de dudas.
—¿Qué dudas?
Se queda callado unos segundos. Piensa qué decirme —Nada, bebé. ¿Ya vas a dormir?
Me ha cambiado el tema.
Pero decido no preguntar más y solo asiento con la cabeza a su pregunta. Me acomodo a su lado para que me abrace mejor y cierro los ojos, disfrutando de las caricias que me deja en los brazos con las yemas de los dedos. —Tom…— le llamo y él hace un ‘¿Mhmm?’ que me deja claro que tiene toda su atención en mí. Como siempre. —En dos semanas es mi cumple, ¿qué me vas a regalar?
—No lo he pensado todavía, pero va a ser bonito, ya verás.
—¿Sexo?
Él se ríe bajito y yo también. Lo dije en broma, ¿vale? Siento que el sexo es lo de menos, solo quiero que sea bonito lo que sea que me vaya a dar. Aunque sexo también sería un regalazo —No, no será eso. Será una sorpresa.
Suspiro despacito —Estoy emocionado pero esa emoción se me va cuando recuerdo que el año que viene me tengo que ir a Londres a esa uni a estudiar.— bufo cansado mentalmente sin saber por qué, pero me siento así. Como agobiado. —Yo no quiero irme, dudo mucho que pueda tener tiempo libre con todas las movidas que tengo que aprender para ser el próximo dueño de las empresas de mi papá. Adiós a toda la «libertad». Me siento como un pájaro que en uno de sus vuelos lo pillaron y lo van a meter en una jaula. No podré volar nunca más. Qué mal rollo…
Tommie suelta una risita pequeña —Dile a tus padres que no quieres ir a Londres y ya, bebé.
—Mi papá me dejaría estudiar aquí en Alemania, pero mi madre… humm, ella es la que más se empeña en que me vaya. Y no sé cómo lo hace pero solo le habla a mi papá y lo convence— le respondo —Seguramente quiere quitarse de encima a mí durante estos años que estaré estudiando— digo en broma pero Tom no se ríe, y cuando me separo para mirarle a la cara veo que tiene el ceño un poco fruncido —¿Pasa algo?— me mira y su expresión se suaviza —Estás un poco raro, ¿sabes? ¿Estás pensando en la otra?
—No es nada, Bibi— esa es su respuesta en una risita que no tiene ni pizca de gracia. Tres palabras simples con las que intenta esquivar el tema que lo tiene así. Pensativo y cabreado. —¿Ya conociste a tu asistente francés?
—Uhg, sí. Es muy mono…
—¿Mono?
—Es guapo.
—Ah…
Sonrío al ver cómo se ha puesto de mala leche con mis palabras. Está celoso. ¡Ja! Es tan divertido hacerle cabrear con estas tonterías —Pero no tanto como tú— de un movimiento rápido acabo sentado encima de él, lo miro desde arriba con su cara seria —Mi tío Tom es más sexy y guapo, más todavía cuando se pone sombrero y parece todo un vaquerito.
—¿Quieres mucho a ese tío tuyo?— me pregunta. Una pequeña, pero pequeñísima sonrisa se le dibuja en los labios. Pero no le llega a los ojos.
—Mmm sí, muchísimo— contesto, atrapando mi labio inferior con los dientes —Lo quiero tanto que ya me han entrado ganas de follar, ¿podemos?
—No.
—¿Por qué?— hago un pucherito con los labios —¿Ya no te gusto? ¿No me quieres?
—A mí no me vas a chantajear con eso, ¿eh, Bibi?— con las manos me da un par de golpes en el culo. Del movimiento me impulsa hacia delante y acabo tumbado sobre su pecho. Suelto un resoplido —Venga, duerme. Ya es muy tarde y yo tengo que madrugar mañana, tengo cosillas que hacer.
—Nou…— gimoteo —Quiero tener sexo contigo, ahora, Tom.
—Bill, no— me pone sobre la cama, bajándome de su cuerpo —Estás cansado, se te nota. Has estado malo, ¿te acuerdas? Anda, duerme, ¿sí? Necesitas tener energías para mañana cuando te vea el médico.
—Bien— digo con todo el malhumor del mundo —Cuando quieras, quien se va a negar seré yo.— sí, porque será cuando yo diga, no cuando a él le dé la realísima gana.
Lo escucho suspirar cuando me pongo de lado dándole la espalda. Siento cómo me deja un beso en la mejilla antes de bajarse de la cama y salir de mi habitación, no sin desearme buenas noches, que no le contesté. Cuando oí el clic de la puerta al cerrarse resoplé cabreado otra vez, realmente se ha ido. Ya va a ver. Cuando quiera estar conmigo íntimamente no le voy a dejar, maldito. Maldito hombre sexy. Así va a aprender que aquí se hace lo que yo diga y punto, joder.
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Apenas abrí los ojos y me arreglé, tanto mis padres, como mi abuela y mi tío—novio Tom estaban esperándome en el salón. Adrianne seguía frita, la muy zorra, y los demás haciendo sus movidas. Obviamente no me acordaba de que Tom me había dicho que me llevarían a que me revisaran. Al consultorio entraron primero mi abuela y mi tío, diciendo que el doctor revisaría a mi abue primero. Aunque eso duró dos minutos, porque salieron y después entré yo con ellos dos. Mis padres se quedaron fuera.
Yo no le tengo miedo a estas cosas, ¿vale? Solo es un simple resfriado, eso me dijo mi abuela el día anterior. El problema es que, joder, ¿no se suponía que solo me harían unas preguntas y me recetarían algo para la gripe? Entonces, ¿por qué me obligaron a tumbarme en una camilla después de contarle al doctor mis síntomas y este ahora me está echando algo asquerosamente frío en mi vientre?
—¿Qué me está haciendo?— es lo primero que sale de mi boca. No veo nada porque hay una cortina que tapa la mitad de mi cuerpo hacia abajo. Por eso no veo qué coño me está pasando por el abdomen ahora mismo —Esto es raro, ¿eh?
—Tranquilo, solo son chequeos— es lo que me responde.
Y bueno, yo no sé si esto será normal.
¿La gripe viene del vientre o qué?
—No te preocupes, cariño— me dice mi abue con voz calmadita. Lo que me tranquiliza un montón —Tú solo estate quietecito, ¿vale? El doctor está haciendo su trabajo.
—Sí— respondo como el buen niño obediente que soy. Aunque bueno, no puedo estarme quieto. O sea, me están pasando algo raro por el abdomen que se resbala por la cosa fría que me echaron hace un rato. ¿Qué tiene que ver con la gripe y mi malestar? Aquí hay gato encerrado. Pero, ¿cómo hago que ese gato salga si no sé dónde está? O bueno, en mi caso, si no sé qué me están haciendo. Necesito que el gato empiece a maullar, o sea, que la verdad salga a la luz —Me siento incómodo, ¿sabéis?
—Ya terminamos— dijo el doctor.
Me limpian lo que sea que me hayan echado en la piel, y tras oír un par de susurros al otro lado que no pillé bien, me quitan la cortina. Veo que le dan la vuelta a la pantalla que había ahí y, puedo jurar que la imagen que mostraba parecía una ecografía, aunque solo la vi de refilón. Gracioso, pero no gracioso de risa, gracioso de raro. De muy raro.
—¿Entonces?— pregunto, ignorando todo porque ya me está empezando a doler la cabeza —¿Qué tengo, doctor? ¿Y qué tiene que ver con lo que me estaba haciendo hace un rato? Por cierto, ¿la gripe viene del vientre? No soy bueno con estas cosas de medicina, pero si usted me dice que sí, pensaré que es muy extraño. Si me dice que no, entonces tendrá que explicarme qué me estaba haciendo— le suelto mi sonrisa más resplandeciente de niño bueno.
Él también me sonríe —No es nada malo, ¿vale?— me dice —Tu abuela tiene razón, solo es un… resfriado.— ellos se miran de una forma rara, y Tom, bueno, ese parece estar en su mundo. —Todo es parte de una rutina, quería asegurarme de que todo estuviese bien en ti.
—¿Todo en orden entonces?— pregunto ya un poco acojonado —No tengo ninguna enfermedad que me vaya a matar, ¿verdad? Mire que aún soy muy joven y tengo muchos corazones que romper…
El doctor se ríe junto con mi abuela —Todo está en orden— me dice y yo suelto un suspiro de alivio total —Ya puedes salir, yo hablaré con tus padres en un momento.
—¡Bien!— ensanché la sonrisa, pero frunzo el ceño cuando una punzada en la cabeza me corta la felicidad porque ya voy a salir de aquí —Ouh…
Iré a llorarle a mi papá.
Continúa…
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