Fic TOLL de unicornlitz

Capítulo 3

Bielefeld es, como ya he dicho antes, un pueblo de mierda. Pero la hacienda de mi abuela Charlotte y mi abuelo Gordon es otra historia completamente diferente.

Es enorme, ostentosa a su manera rural, y tiene ese encanto vintage de los años ochenta que mi abuela se niega rotundamente a cambiar porque, según ella, «así se fundó y así se quedará». Y bueno, tiene su gracia. Es como entrar en una cápsula del tiempo cada vez que vengo. Lo primero que se ve cuando llegamos es el portón principal: un arco gigantesco de hierro forjado con el apellido «Kaulitz» en letras cursivas doradas que brillan con el sol.

Muy sutil, ¿verdad? A los lados del portón hay dos columnas de piedra con farolas antiguas que se encienden automáticamente cuando anochece.

Cruzamos el portón y nos encontramos con un camino de grava que serpentea entre hileras interminables de cafetales. Y cuando digo interminables, lo digo en serio. Hectáreas y hectáreas de plantas de café perfectamente alineadas que se extienden hasta donde alcanza la vista. Es impresionante, lo admito, aunque el olor a café me tiene hasta los huevos después de cuatro días aquí.

El camino de grava sube por una colina y ahí, en lo alto, como si fuera un puto castillo, está la casa principal.

Es una construcción enorme de dos plantas, con ese estilo colonial alemán que tienen todas las casas viejas por aquí. Las paredes, blancas e impecables, permanecen así porque mi abuela las manda pintar cada año, con vigas de madera oscura que contrastan con el blanco, y un tejado a dos aguas con tejas rojas que, cuando les da el sol, parecen estar en llamas. Tiene balcones en la segunda planta con barandillas de hierro forjado llenas de geranios rojos que mi abuela cuida personalmente, porque dice que le recuerdan a su juventud.

La entrada principal es… preciosa. Cuenta con una puerta de madera maciza, de esas que pesan una tonelada, con tallados de hojas y flores que seguramente le costarían un riñón, o todos los órganos juntos, a cualquier persona de clase media-baja o baja del todo. A cada lado hay columnas blancas y jardineras gigantes con más flores. Porque sí, mi abuela tiene una obsesión con las flores, lo juro.

Cuando Gustav y yo entramos, lo primero que nos golpea es el calor.

Joder, hace un calor del demonio aquí. Me he tenido que duchar tres veces al día desde que llegué porque no soporto sentirme húmedo y pegajoso por el sudor. Bueno, hay otras formas en las que me gusta sentirme húmedo y pegajoso, pero esas son harina de otro costal.

¡Ja!

El vestíbulo es enorme. El suelo es de mármol beige con vetas doradas que reflejan todo como un espejo, y del techo cuelga una lámpara de araña de cristal de las de antes, que debe de pesar mil kilos según me contó mi abuela una vez. Es de esas con miles de cristalitos que tintinean cuando sopla el viento. Muy glamuroso, muy «Dinastía».

A la izquierda del vestíbulo está el salón principal, o como mi abuela lo llama, la sala de estar. Es un espacio gigantesco con ventanales enormes que dan al jardín. Los muebles son sofás de terciopelo color vino tinto con cojines dorados, mesitas de centro de cristal ahumado con patas doradas y una alfombra persa que cubre casi todo el suelo. En una esquina hay una vitrina antigua llena de porcelana fina que nadie puede tocar bajo pena de muerte.

Las paredes están empapeladas con ese papel tapiz con diseños florales en tonos crema y dorado que era súper moderno en aquellos años. Hay cuadros por todas partes de paisajes, retratos de la familia, fotos enmarcadas en marcos dorados. Mi abuela ama el dorado, por si no se nota.

No por nada la hacienda se llama «Aurum», que significa «oro» en latín.

En la pared principal hay una chimenea de mármol blanco con vetas grises que funciona de verdad. Encima está el retrato oficial de mis abuelos de cuando eran jóvenes. Mi abuelo Gordon con bigote y traje oscuro, mi abuela Charlotte con un vestido azul cielo y el pelo castaño ondulado hasta los hombros. Se les ve felices y muy enamorados.

Y hablando de mi abuela… joder, es idéntica a mi madre. Y cuando digo idéntica, no exagero. Tienen los mismos ojos, la misma forma de la cara, la misma nariz, los mismos labios. Supongo que es porque es su hija mayor, ¿no? La única diferencia es que mi abuela tiene la piel arrugadita, con esas arrugas que salen de tanto sonreír, y el pelo completamente canoso que lleva siempre recogido en un moño elegante. Dice que podría teñírselo, pero que le gusta así, que sus canas son su corona de sabiduría.

Y aun así, incluso con las arrugas y el pelo canoso, mi abuela es hermosa. Tiene esa belleza atemporal de las mujeres que envejecen con gracia. La amo tanto…

A la derecha del vestíbulo está el comedor. Es una mesa de madera maciza para doce personas, con sillas tapizadas en terciopelo verde oscuro, otra lámpara de araña de cristal, buff, mi abuela colecciona esas mierdas, y una vitrina antigua llena de vajilla de porcelana y copas de cristal tallado. Las paredes aquí son de un tono verde menta con molduras blancas.

Al fondo del vestíbulo, pasando por un pasillo con más cuadros y fotos familiares, está la cocina. Es enorme. Tiene esos armarios de madera oscura que eran modernos en los ochenta, con encimera de granito oscuro y electrodomésticos que mi abuelo fue renovando con los años, pero que mi abuela insiste en que funcionan perfectamente, ¿para qué cambiarlos?

Hay una isla en el centro con taburetes altos donde, normalmente, cuando era más pequeñito y hacía travesuras inocentes, me sentaba a robarle galletas a Frida, la cocinera que lleva trabajando aquí desde antes de que yo naciera. Frida me adora y siempre me hace mis postres favoritos cuando vengo, o a veces los hace mi abuela.

En la parte de atrás de la cocina hay una despensa del tamaño de una habitación, llena de conservas, sacos de café, obviamente, especias y todo lo que puedas imaginar. También hay una puerta que da a un patio interior con lavadero, donde las chicas que trabajan aquí lavan y tienden la ropa. Sí, mi abuela sigue usando tendedero porque dice que la ropa huele mejor cuando se seca al sol. Y bueno, cada cual con sus manías.

Subiendo las escaleras principales, con barandilla de madera tallada y alfombra color burdeos sujeta con varillas doradas, llegamos al segundo piso. Aquí es donde están las habitaciones.

La habitación de mis abuelos es la más grande, obviamente. La he visto un par de veces y, según lo que recuerdo, tiene una cama king size con dosel de madera tallada, cortinas de terciopelo pesadas en tonos crema y un tocador antiguo con un espejo gigante donde mi abuela se sienta todas las mañanas a peinarse. Hay un vestidor del tamaño de una habitación normal lleno con la ropa de ambos, y un baño en suite con bañera de patas, ducha separada y esos azulejos vintage en tonos pastel.

Mi habitación está al final del pasillo. Es la que siempre uso cuando vengo y tiene una cama doble con cabecero de madera, mesitas de noche a juego, un armario enorme y un escritorio junto a la ventana y el balcón que da a los cafetales. Las paredes son de un tono melocotón pálido y hay cortinas blancas y vaporosas que se mueven con la brisa.

Siempre mantengo la ventana abierta durante el día; por la noche la cierro porque, para mi buena suerte, o la poca que me queda, hay aire acondicionado en cada habitación.

El baño es compartido entre mi habitación y la habitación de invitados de al lado, pero como casi nunca hay invitados, es prácticamente mío. Tiene esa bañera vieja de porcelana blanca, azulejos en tonos crema y marrón, y un espejo con marco dorado porque mi abuela no puede vivir sin el dorado. También hay otras cuatro habitaciones de invitados en este piso, todas decoradas de forma similar, con muebles de madera oscura, colores pastel en las paredes, cortinas pesadas y ese olor a naftalina mezclado con lavanda que tienen todas las casas de las abuelas.

Y también las que usan mis primos y tíastros. Pero no voy a hablar de esa gente…

Fuera, en la parte de atrás de la casa, es donde está el jardín. Y cuando digo jardín, no hablo de un jardincillo cutre con tres plantas. Hablo de un jardín enorme, con césped perfectamente cortado, parterres llenos de flores de todos los colores, caminos de piedra, fuentes y hasta una pérgola con enredaderas donde mi abuela toma el té por las tardes con sus amigas.

Y luego está la piscina. Una piscina rectangular gigantesca con azulejos azul turquesa, rodeada de tumbonas acolchadas en color blanco, sombrillas y hasta una pequeña casita de piscina con bar incluido. Mi abuelo la mandó construir hace años porque quería que mi abuela tuviera donde refrescarse en verano. Romántico y práctico. Es ahí, en esa piscina, donde paso la mayor parte del tiempo. O bueno, estos días más que nada.

Más allá del jardín están los establos. Tienen caballos. Mi abuela monta a veces, aunque ya no tanto como antes. Yo, en cambio, todavía no sé montar porque siempre me ha dado miedo. ¿Y si me caigo y quedo paralítico como Sabine? Joder, no, qué horror. Pero bueno, hay más animales, como por ejemplo gallinas, porque mi abuela insiste en tener huevos frescos todas las mañanas. Y más allá de los establos están los almacenes donde procesan y guardan el café, las oficinas administrativas de la hacienda y las casitas donde viven algunos de los trabajadores con sus familias.

—Billie, cariño…— mi abue, que está sentada en el sofá junto a mi tía Lilianne, con quien tenía una conversación que dejaron de lado al verme, sonríe y se pone de pie —Pero qué guapo has quedado, mi amor…

—¿Verdad que sí?— sonrío de oreja a oreja, poniendo las manos en la cintura en una pose chula —El estilista hizo un gran trabajo, y yo que no le tenía fe.

Mi abue se acerca y toma una de mis rastas —Están preciosas y delgaditas, te quedan de maravilla, cariño— me elogia, como siempre lo hace —Gustav estuvo contigo todo el rato, ¿verdad que sí?— me pregunta a mí, pero mirando a mi primo, quien asiente lentamente con la cabeza —Qué bien…

—No deberíais haberos ido sin desayunar antes— comenta Lilianne en su modo de «persona correcta». Obviamente, se preocupa falsamente por mí, se le nota en la amargura que hay en su voz. Yo la miro directamente a los ojos, igual que hacen mi abuela y mi primo. —El estilista podría haberse esperado, pero no, tenías que arrastrar también a Gustav y obligarle a esperarte todo este rato.

—No pasa nada, tía— le responde Gus —Yo me ofrecí a acompañarle.

—Bueno…— ella suspira —Para la próxima, asegúrate de comer, no vaya a ser que te dé algo estando por ahí— yo pongo los ojos en blanco —Lo mismo va para ti, Bill.

—Ni te molestes en fingir «preocupación» por mí— le aclaro rápidamente. Ella alza las cejas ante mi respuesta.

Va a decirme algo, pero mi abue interrumpe: —Lilianne, querida… no empecéis a discutir, ¿vale?— dice con calma —Billie, Gustav, id y decidle a Frida que os dé vuestra comida, ¿sí? Y ya después hacéis vuestras cosas de siempre— ríe suavemente —Lilianne y yo seguiremos hablando, venga, id…

Yo obedezco, pero antes de irme le dedico una sonrisa orgullosa a mi querida tía, y con Gustav nos encaminamos hacia la cocina.

Algo que se me olvidó mencionar es que aquí, en la hacienda, también hay una capilla pequeña, porque mi abuela es religiosa. Yo no tanto, pero bueno. Es una construcción blanca con techo de tejas rojas, campana incluida y bancos de madera dentro. Huele siempre a incienso de lavanda y solo se usa para ocasiones especiales como bodas, bautizos o… funerales.

Ah, y no puedo olvidarme de la biblioteca. Está en la planta baja, en un ala lateral de la casa que casi nadie utiliza. Es una habitación oscura con estanterías de madera del suelo al techo, llenas de libros viejos, algunos en alemán, otros en inglés, otros en francés. Hay un escritorio antiguo, sillones de cuero desgastados y esa típica lámpara de escritorio con pantalla verde que sale en todas las películas.

Es un lugar tranquilo. Demasiado tranquilo para mi gusto, pero a veces voy allí cuando necesito estar solo y pensar. O cuando quiero evitar a ciertos miembros de la familia que prefiero no ver.

En resumen, la hacienda de mi abuela es enorme, está anclada en los años ochenta, hace un calor infernal y es bonita. Es el único lugar donde ahora puedo sentirme realmente… no sé, ¿en casa? Más que en mi propia casa, la verdad. Aquí mi abuela me trata como si fuera lo más valioso del mundo, Frida me hace galletas. Aquí puedo tirarme en la piscina y olvidarme de todo. Aquí puedo ir al riachuelo que queda bajando una colina y simplemente… existir.

Así que sí, Bielefeld es un pueblo de mierda. Pero esta hacienda… es su mejor accesorio.

Después de pedirle amablemente a Frida que nos pusiera el desayuno, Gustav y yo esperamos en el comedor mientras nos lo traen. —¿Sabes cuándo llega la tía Simone con el tío Thomas?— pregunta él, jugueteando con la servilleta que yacía perfectamente doblada sobre la mesa. Tiene bordado el apellido Kaulitz en una esquina.

Me encojo de hombros, fingiendo que no he sentido una punzada dolorosa en mi corazoncito al escuchar el nombre de ese hombre, al que ya ni como tío quiero. —Según lo que me ha dicho mi madre… faltan solo un par de días. Antes de que acabe la semana ya estarán aquí— le respondo.

—¿Y es verdad que viene la esposa del tío Tom?

—Aún no es su esposa, Gus…— le aclaro rápidamente —Y sí, ella viene.

Por desgracia.

Gustav asiente lentamente con la cabeza. —La tía Nicki y la tía Tammy también vienen— asiento con la cabeza confirmando sus palabras —Va a estar toda la familia reunida por, ¿qué? ¿Cuatro o tres meses?— levanto la mano y con los dedos le indico que son cuatro —¿Tu padre viene?

—Sí. Pensé que vendría esta semana también, pero no— comento —Se le presentó una reunión urgente porque está planeando algo con un nuevo socio— digo con una pequeña sonrisa —Pero vendrá. Y si no lo hace, pues voy yo donde esté él. No pienso quedarme mucho tiempo aquí, no voy a tolerar a tanta gente.

Gustav se ríe. —Pero podrías traer a tu amiga, ¿no? O a tu novio…

Mmm…

—Tal vez, lo tendré en cuenta.

Y justo en ese momento llegan varias chicas con nuestro desayuno. La conversación breve que teníamos queda de lado y yo pienso en la opción de traer a Evan y a Adrianne. Aunque no creo que mi mejor amiga quiera venir a un sitio como este; odia tanto como yo el campo. Pero quizás si la convenzo, viene…

Sería increíble…

Continúa…

Gracias por la visita. No te vayas sin comentar 😉

por unicornlitz

Escritora del Fandom

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!