
Fic TOLL de unicornlitz
Capítulo 40
En cuanto regreso dentro de la casa, subo directamente a mi habitación pero antes de siquiera abrir la puerta y entrar en ella decido ladear la cabeza hacia atrás. La puerta de la habitación de Adrianne está cerrada, quién sabe si está ahí o no, pero nada pierdo con entrar. Necesito sí o sí preguntarle sobre ese secreteo suyo con Tom. Porque si él no me cuenta, yo lo sabré por mí mismo. Y sé que estoy siendo imbécil, que no debería husmear, pero ajá…
Es como pedirle a una vieja que durante toda su vida ha sido una chismosa que deje de serlo de la noche a la mañana. O sea, imposible.
Y en mi caso es imposible no dejarme llevar por la intriga. Perdón.
En todo caso, doy una vuelta sobre mis talones y me dirijo a la habitación de mi mejor amiga sospechosa. Toco dos veces y a los segundos escucho su voz murmurando un «pase». Una pequeña sonrisa se me instala en los labios mientras pongo mi mano en el pomo y lo giro suavemente, abriendo la puerta y acto seguido divisándola a ella sentada frente a su tocador mientras se peina el cabello. Lleva su típico pijama de seda color rosa chillón, que consiste en un short cortito sueltecito y una blusa de tirantes. Parece estar haciéndose dos trenzas al dejar el cepillo sobre la superficie del tocador.
—Tiempo sin verte, Adrie…— murmuro con un tonito burlón en la voz. Ella rápidamente me mira a través del espejo y puedo jurar que tragó saliva en seco —¿Tan buena es la compañía de mi primo que ya me has hecho a un lado? No te he visto en todo el día, lo cual es extraño.
—Ay Billie, perdón. Ya sé que te hago mucha falta— bromea, sonriendo mientras se da la vuelta para mirarme a la cara. Sus dedos trenzan hábilmente su cabello castaño. Le saco la lengua ante su tonito irónico y ella se ríe —¿Pues qué te digo? Gustav sabe entretener a la gente con sus charlas sobre los animales. ¿Sabías que si le coges los huevos a la gallina y se los quitas todos te persigue para que se los devuelvas? Pero si le dejas al menos un huevo no puede, porque se ve obligada a permanecer dándoles calor hasta que rompan el cascarón. ¡Es asombroso! Yo lo hice, pero tomé todos los huevos y comenzó a seguirme, ¡casi se me lanza encima! Si vieras como abría las alas…
La emoción con la que me cuenta esto no es normal. ¿Adrianne amando oír a Gustav hablar sobre los animales? ¿Adrianne riendo mientras me cuenta cómo una gallina la persiguió? ¿Adrianne cogiendo huevos de gallina y no de hombre? Dios, ¿dónde hago la raya?
—Woah, amiga, qué fantástico— digo con sarcasmo, a lo cual ella me mira mal con un pequeño mohín en los labios.
—¿No te importa? ¡Tonto!
—Oye, oye… sí que me importa.
—Mentiroso.
—Bueno, igual no es el tema— apresuro a decir, abanicando las manos en el aire para restarle importancia. Ya después me sentaré a oírla charlar sobre las gallinas y cómo paren —Yo venía por otra cosita…— suelto en un suspiro mientras me siento en la esquina de su cama. Pongo las manos en las rodillas y la miro fijamente —Es que hay un tema que me tiene algo intranquilo.
—Ah, ¿sí?— inquiere ella y obviamente noto lo tensa que se pone —¿Sobre qué?
—Ya sabes…— vacilo un poco para ponerla más nerviosa. Algo me oculta. Lo sé —Sobre el tema de la señora Monterreal…
—¿Qué sucede con eso?— mi mejor amiga desvía su mirada de la mía cuando entrecierro los ojos. Se rasca la parte trasera del cuello y eso ya es señal de que está nerviosa completamente —¿Algo no te gustó del sitio para tu cumpleaños? ¿No es lo suficientemente caro? ¿La señora Isadora no te quiso dejar el sitio?— niego con la cabeza ante cada una de sus preguntas y ella suelta un bufido preocupada —¿Entonces?— gimotea, poniéndose de pie para darme la espalda.
Yo también me pongo de pie y me acerco a pasitos de caracol a ella. —Tú sabes…
—N-no, no sé— dice y su voz suena ligeramente temblorosa.
—¿Por qué mentiste sobre su nombre?— le pregunto directamente y ella parece quedarse inmóvil. Incluso contiene el aliento.
—Yo no…
—Sé que Isadora Monterreal no es su nombre real— le interrumpo rápidamente al ver que va a seguir negándolo. Obviamente no estoy completamente seguro de si es o no su nombre, pero en este caso es la única forma que conozco de sacarle información a Adrianne. Trampeándola —Y lo sé porque tú me dijiste su nombre la primera vez que me enseñaste Devilish…
—¿Y-yo hice eso?— pregunta tartamudeando.
No, no lo hizo.
—Sí— miento con facilidad —Así que dime, ¿por qué mentiste? ¿Por qué dijiste que su nombre es «Isadora» cuando no es así? ¿Por qué Tom y tú intercambiasteis esas miraditas cuando sucedió?
—A-ah… b-bueno, y-yo…
—¿Sí, Adrianne?— inquiero, incentivándola a continuar.
—Es que no puedo— gimotea nuevamente —Tom me pidió que no te dijera nada, bueno, nadie debe saber.
—¿Por qué?
—No sé la razón. Solo me dijo que por ninguna razón podía decir su verdadero nombre, mucho menos a ti, mucho menos a tu madre…
—¿Y por qué yo no puedo? Es la primera vez que veo a la señora, ¿por qué no puedo saber?— interrogo, acercándome más a ella —¿Qué hay de malo en que yo sepa?
—Es que…
—¿Es que qué?
—Ay, Billie…— gimotea en reproche. Se da la vuelta y me mira fijamente —Es que no sé qué es lo que ocurre, pero Tom dijo que algo malo podía pasar si la señora Simone se entera de quién es la dueña de Devilish. Así que si yo te cuento, no vayas a ir a decirle a tu madre. Eso sería peligroso. Es más, yo no debería contártelo, Tom me lo pidió.
—Pero yo soy tu mejor amigo, no nos ocultamos cosas, Adrianne— le recuerdo con suspicacia —Eso daña nuestra confianza, o bueno, la que yo te tengo a ti. Así que tienes que contármelo…
—Pero, ¿no se lo dirás a nadie?
—A nadie.
—¿Lo prometes?
—Ay, niña. Que sí, lo prometo— alzo mi mano mostrando el dedo meñique —Pinkie Promise.
Adrianne sonríe ligeramente y levanta su mano también, su dedo meñique y el mío se juntan y sellamos así la promesa. Como lo hacíamos cuando éramos más pequeños.
—Ahora cuéntame.
Adrianne toma una bocanada de aire y asiente con la cabeza, lista para contarme. —La señora Isadora en realidad es la muchacha que vimos en las fotos del álbum de tu familia— me dice y yo parpadeo lento porque, ¿cómo así? —Es Isabella Von Stein.
La forma en la que miro a Adrianne es imposible de describir, solo puedo decir que me he quedado loco. Asombrado. Atónito.
—¿Qué?
—Sí, tío— me confirma con una expresión de preocupación en su rostro —Es esa misma muchacha.
—P-pero…— estoy demasiado confundido. Una exhalación ahogada sale de mi boca e intento ordenar mis pensamientos. Mi mente es un lío pero logro calmarme las mil y una ideas que me he hecho. Porque esto es extraño —Espera, espera…— murmuro —Sabemos que esa niña, Isabella, y mi madre fueron amigas. Entonces, ¿por qué si mi madre se entera pasaría algo malo?
—No lo sé, tío. Yo se lo iba a preguntar a Tom porque me quedé igual que tú— me dice en voz baja —Pero él me pidió que no preguntara más. Porque entre menos supiera yo, mejor.
Suelto un jadeo.
—Algo tuvo que pasar entre Isabella y mi madre, ¿pero qué?— pregunto con duda —O sea, si Tom te dijo que podía ser peligroso es porque así es. Él no se lo inventaría, no armaría una tormenta en un vaso de agua. Entonces realmente pasó algo muy chungo, chunguísimo, para que hayan acabado enemistadas. Porque se veían felices juntas en las fotos.
—Sí, pero mejor no indagues en eso, tío.
—Es que yo necesito saber— bufo, sintiéndome algo abrumado porque recordar a Isadora, o bueno, Isabella, es algo que aún me hace sentir extraño —Cuando tomé su mano para cerrar el trato sentí algo raro, Adrianne.
Mi amiga frunce el ceño visiblemente confundida. —¿Algo como qué?
—No sé— suspiro —Pero sentí una sensación rara, y acabé preguntándole si ya nos habíamos visto. Ella me dijo que no. Pero ahora sé por qué se lo pregunté, y es porque la vi en una foto de joven, ¿no?
—Ay tío, ¿pues qué te digo? Yo aún recuerdo cómo se veía de joven y déjame decirte que es igualita a ti…
Fue lo mismo que llegué a pensar.
—¿Por qué lo dices?— le pregunto y Adrianne me mira con cara de «¿es en serio?».
—Es que nada más la comparo contigo y sois iguales— susurra —Eres igual a ella. Y tú lo tuviste que haber notado, ¿o no?
Asiento con la cabeza en respuesta. —Es tan extraño…— murmuro, demasiado pensativo —Tengo tantas preguntas que quiero hacer, tanto que decir, tanto que quiero saber. Yo necesito preguntarle a mi madre sobre Isabella, al menos tantear el terreno y ver qué pasa. Ver su reacción, ver la reacción de todos— y más aprovechando que Tom estará en los establos. No se enterará —Necesito saber qué pasa, Adrie…
—Prometiste que…
—Sé lo que prometí, y no te preocupes, no diré nada al respecto— le aclaro —Solo le preguntaré a mi madre por Isabella, es todo.
—Vale— dice en un pequeño suspiro ahogado —Pero no levantes sospechas.
—No lo haré— determino, relamiéndome los labios mientras pienso en una idea para tocar el tema sin que se vea sospechoso para la analítica de mi madre. La conozco, y sé que si yo le hago la pregunta directamente me cuestionará el porqué lo hago y entonces no conseguiré saber nada —Tengo una idea— murmuro tras unos segundos y sin esperar más, me dirijo a mi habitación. Busco en mi tocador, en los cajones, la foto de mi madre y Isabella que tomé del álbum.
Ver la imagen me revuelve el estómago. Es una sensación de hormigueo que sube por mi pecho y ahí se instala, me hace sentir nervioso. Es que, mierda, la que fue amiga de mi madre se parece tanto a mí. Tanto. Demasiado. Y cuando tomé su mano sentí, dios, ¿cómo explicarlo? ¿Cómo se le llama? ¿Conexión? Mierda, hay algo extraño en todo esto.
—¿Qué harás con la foto?— me pregunta Adrianne desde la entrada de mi habitación.
—Mostrar una prueba a mi madre.
Porque sé que ella se negará, dirá que nunca tuvo una amiga. Es que desde ya tengo que analizar patrones, y si entre ellas pasó algo que acabó con la amistad que tenían, y eso me vincula a mí porque por algo Tom no quería que yo supiera del asunto, entonces mamá se pondrá a la defensiva. Debo ser precavido. Debo saber cómo manejar la situación, verme inocente en todo aspecto. Es todo.
—¿Tocarás el tema en la cena?— pregunta Adrianne y yo asiento. Desvío mi mirada de la foto y la observo a ella —Entonces habrá pelea.
—No creo.
Quizás sí.
&
Sentados en la mesa están todos. Evan se encuentra a mi lado degustando su plato de comida que, y no mentiré, se ve que está bueno. Lo que pasa es que a mí me dio asco, porque son costillas de cerdo, y el olor me produjo arcadas, lo cual fue extraño. Yo amo las costillas de cerdo y más si están bañadas en salsa barbacoa. Acompañado de puré de patata, ensalada cocida y Coca-Cola para beber.
Menos mal que mi abuela había pedido que me prepararan a mí otra cosa, como si predijera que la cena me daría asco.
Ella pidió que me hicieran caldo de pollo, y eso fue lo que me trajeron para comer cuando a los demás les sirvieron deliciosas costillas de cerdo que me dieron asco. Me odio. Me enfadé conmigo mismo porque yo quería comer de lo que los demás estaban comiendo y ahora estoy tomando caldo de pollo. Y está bueno, sí, pero yo quería costillitas. ¿Qué hay de malo en mí? Me refiero internamente porque externamente yo soy perfecto, sexy, atractivo, encantador y todo lo que nadie podrá ser ni aunque se operen y se inyecten los labios y queden con boca de bagre.
Pero bueno, volviendo al tema de la comida, ni siquiera me dejaron tomar Coca-Cola. Me sirvieron zumo de naranja, ¡zumo de naranja! Que porque eso me subirá las defensas. Y joder, ¡qué defensas ni qué nada! Está más que claro que tengo el sistema inmunológico de una nuez y no soporto una simple gripita, ¡entonces, ¿por qué quitarme el derecho de tomar Coca-Cola?!
Mierda.
—Bill, deja de llorar, por favor…— me reprende mi madre, mirándome fijamente. Ella está frente a mí, al otro lado de la mesa, y a su lado se encuentra mi padre. Quien me mira con una pequeña sonrisa en los labios.
Esnifo.
—Es que yo quiero Coca-Cola…
—Pero ya te dijeron que no puedes tomar eso, joder— me dice duramente, con seriedad —Haz caso, deja el berrinche que no tienes edad para ponerte en esas, ya no eres un niño, y come.
Más lágrimas se acumulan en mis ojos.
—Yo quiero…— gimoteo, moviendo con la cuchara el líquido que se encuentra en mi bol. Hay una pieza de pollo ahí, cocinada, pero no me atrevo a probarla todavía —¿Por qué no puedo tomar?
—Porque estás enfermo, recuerda— me dice mi padre.
—Yo estoy bien— sollozo nuevamente —Yo quiero refresco, no quiero zumo.
—Bill, estás actuando como un ridículo— oigo que dice Shermine —Solo come y ya. Tonto.
—Tú cállate, estúpida— suelto amargamente.
—Bueno, bueno, ya. No empiecen, por favor— dice mi abuelo Gordon rápidamente.
—¡Pero es que está actuando como un niño!— exclama con burla Chantelle, apoyando a Shermine —¡Está siendo otra vez Billie llorón! ¡Como antes!— y todos mis primos rompen en risa. Menos Gustav, es que él no está aquí esta noche, sigue trabajando fuertemente. Adrianne, que está sentada al otro lado mío, los mira mal. Evan me mira a mí, acariciando mi cabeza. Recuerdo que así, «Billie llorón», me decían antes cuando yo lloraba por las bromas pesadas que me hacían.
—¡Billie llorón!— empezó a decir, dándole a la mesa con el cubierto para hacer sonido de fondo mientras entonaba esas palabras —¡Billie llorón!
—¡Billie llorón!— se unieron los otros primos, riéndose de mi estado.
—¿Por qué le dicen así?— interroga mi novio número dos. Pero los demás solo siguen diciendo lo mismo. —Parenle, ¿no?
—Todos son unos insensibles— murmura mi amiga —No les hagas caso, Billie.
Mi padre los mira a todos, frunciendo el ceño por el corillo que andan haciendo todos y nadie dice nada. Mi abuela aún no se sienta a comer, está en su habitación. Creo que no bajará. —¡Ya basta!— exclama mi padre visiblemente enfadado, dándole un golpe seco en la mesa. Ellos dejaron de gritar pero siguieron riéndose —No me parece que se estén burlando de mi hijo, ¿qué les pasa?
—Jhörg…— susurra mi madre —Cálmate.
—¿Cómo quieres que me calme? ¿No oyes cómo le dicen?
—Siempre han sido así, Jhörg— espeta mi tía Támara —Groseros y poco empáticos. Siempre se meten con Bibi, pero como han visto que Bibi está algo decaído y no tiene fuerzas para decirles sus tres cositas claras, entonces se aprovechan.
—Ridículos— agrega mi tía Nickole. —Actúan como ridículos.
—Uy, pero tampoco es para tanto— dice mi tío David —Solo están diciendo la verdad. Bill anda muy sensible, más que lo habitual. Miradlo, llorando solo porque no le dieron refresco, buff, no es un niño.
—Cierra la boca, David— demanda mi padre nuevamente —No sabes nada.
—Sé que tu hijo es un inmaduro— ataca David.
—Vuelve a decir algo así y…
—¿Y qué, cuñadito?
Ante la provocación de mi tío, mi padre hace amago de alejarse de la mesa e irse en contra de mi tío pero mi madre lo detiene.
—Basta, David solo cállate— masculla entre dientes —Quiero que la cena se lleve en paz, todos a comer.
—Por eso no los soporto a ninguno— susurro yo con mala leche, y me llevo una cucharadita del caldo a la boca. Lo tomo a sorbitos porque está caliente, soplando de vez en cuando.
—¿Qué dijiste Bill? ¿Qué no nos soportas?— inquirió Shermine —¿Se supone que nos debe doler que no nos soportes, Bill?
—Cállate perra.
—¡Bill!— exclama mi madre, mirándome mal a mí ahora.
—¿Qué? ¡Ellas comenzaron!
—¿Y acaso no puedes mantener la boca cerrada?
—¿Por qué lo haría, Simone?— pregunta mi tía Nickole —Déjalo que se defienda.
—No te metas, Nicky.
—¡Es que tú siempre reprendes a Bill cuando se defiende de las cosas que le hacen! ¡No seas tan insensible, por Dios! Es tu hijo.
—Por lo mismo, porque es mi hijo es que le pido que mantenga la boca cerrada. Cuando Bill habla solo es para echarle más leña al fuego…
La miro con completa indignación. No sé ni por qué me sorprende, la verdad.
—Simone— mi padre habla fuertemente.
—¿Pero qué está pasando?— se escucha la voz de mi abuela mientras entra al comedor a pasos lentos. Mi abuelo se levanta y le ayuda a acercarse a la mesa. Veo a mi abuela algo rara, es como si caminar le costara un poco —Sus gritos se oyen hasta arriba, ¿qué sucede?
—Lo mismo de siempre, mamá— dice mi tía Támara —Ellos metiéndose con Bibi— concluye, señalándolos a todos con su tenedor —Se ensañan con él de manera horrible. Si esto sigue así acabaremos en un problema grande, me he contenido de decir cosas porque quiero llevar la fiesta en paz. No quiero que esta Navidad sea como todas, donde no podamos celebrarla bien por las peleas. Pero es que ellos no colaboran. Bill se siente mal y se meten con él. Dah…
—Lo he dicho muchas veces y lo repetiré nuevamente— comienza a decir mi abuela —Lo que está quieto se deja quieto. Bill no se mete con nadie a menos que se metan con él, no me hagan enfadar.
—Pero abue…— intenta decir algo Sarah.
—Pero nada— asevera mi abuela y, no puedo evitarlo, una pequeña sonrisa se forma en mis labios. Para ocultarla, me llevo otra cucharadita de caldo a la boca —Llevemos todo en paz, por favor. Y dejen a Bill quieto, él no puede estar pasando por estrés, ni nada malo…
—Ni que su enfermedad fuese algo grave, mamá, solo es una gripe— reprocha Sabine.
—Guarda silencio— le ordena mi abuelo —Vuestra madre os ha dicho algo, hacedle caso. Dejen de meterse con Bill.
Mi padre me mira, me está evaluando con detenimiento. Él sospecha algo, pero no sé qué es y tampoco me atrevo a verlo a los ojos. Me siento satisfecho porque me ha defendido, pero me siento estúpido por no haberles dicho hasta de lo que se iban a morir. Pero es que no tengo ganas, juro que no. Evan me mira de vez en cuando, es su primera noche aquí y presenció una de las tantas peleas que han habido en esta familia. Todas porque se meten conmigo y cuando me defienden o yo me defiendo se arma la de Troya. Y mi madre como siempre, sin estar de mi lado.
Pero no me importa. Yo estaba esperando por la cena para hablar de algo y no me voy a retractar. Sorbo de la nariz, levanto la cabeza y mientras limpio con el dorso de mi mano la humedad en mis mejillas, me preparo para soltar la pregunta que llevo atorada en mi garganta, bueno. Una de miles.
—Mamá…— le llamo y ella levanta la mirada despreocupada. Me mira brevemente mientras pincha los trozos de la carne de las costillas que picó, emitiendo un «¿mmhn?» —¿Te puedo hacer una pregunta?
—Ya la estás haciendo, Bill.
—Me refiero a otra, pero te estoy preguntando para que después no digas que soy un metiche y más cosas— ella me mira mal ante mis palabras y el tono arisco que empleo al decirlas. Suelta un suspiro pesado y asiente, dándome «permiso» para que le haga la pregunta que le quiero hacer, así que me aclaro la garganta. Siento la mirada vacilante de Adrianne sobre mí, y la mirada tranquila de mi padre que va de su plato hacia mí —¿Tuviste alguna amiga cuando eras joven?
Mamá mastica el trozo de carne que se llevó a la boca segundos antes, lentamente, mientras me mira detenidamente por unos segundos. Traga y menea el tenedor en el aire.
—¿Por qué lo preguntas?
Sabía que pasaría eso.
Pero es que la idea que tenía planeada no pude llevarla a cabo por la pequeña pelea reciente. Así que me tocó por este método. Al menos sé qué le voy a decir.
—Es que estuve viendo el álbum de fotos de la familia, y en unos te vi a ti, jovencita y con otra muchacha al lado.
Mamá se tensa un poco y aclara su garganta.
—No tuve ninguna amiga.
—Pero yo vi las fotos.
—¿Y? Te habrás confundido, Bill.
Ante su negación me siento impotente, miro a todos a mi alrededor vagamente notando que tengo la mirada entrecerrada de Sabine puesta en mí, y la preocupada de mi abuela también fija en mí. Mi abuelo igualmente. Solo que ignoré eso y solté un jadeo de descontento.
—Sí, seguro me sigo confundiendo— digo mientras saco del bolsillo de mi pantalón deportivo de pijama la foto que saqué del álbum y se la muestro a ella. Mamá mira la imagen y suelta el tenedor abruptamente —¿Sigo confundido, madre?
—¿Qué haces con…?
—Vi el álbum de fotos, te dije— espeto rápidamente antes de que empiece con sus preguntas cuyas respuestas son obvias.
Mi padre observa la imagen y frunce el ceño ligeramente, desviando la mirada.
—Deja esa foto donde la encontraste, Bill.
—¿Por qué?
—¡Porque te lo digo yo, coño!
—Bill, cariño…— mi abuela intenta intervenir —Guarda esa foto, ¿sí?— su tono de voz deja claro que está preocupada.
—¿Por qué, abue?— le pregunto, mirándola a ella ahora. Bajo la foto y la guardo en el bolsillo nuevamente. Ella me va a responder, pero mi madre se entromete.
—Deja el tema, Bill.
—¿Por qué me mientes y dices que no tuviste una amiga?
—¡Porque no la tuve!
—Ya, ¿entonces no sabes quién es la chica que aparece en esta foto contigo, que por cierto, se llama Isabella Von Stein?
Continúa…
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