Fic TOLL de unicornlitz
Capítulo 41
El ambiente cambió drásticamente cuando mencioné ese nombre. O sea, fue brutal. Lilianne, David y Sabine contuvieron la respiración, mi abuela se llevó la mano a la boca, cubriendo apenas sus labios con la yema de los dedos y mirando todo con mucha, mucha preocupación. Mi abuelo pareció susurrarle algo para que mantuviera la calma, ¿por qué? No lo sé. Pero mi madre abrió los ojos como platos, con horror ante la mención de ese nombre.
—¿Isabella?— murmura mi padre con voz susurrante, confundido.
¿Acaso mi padre llegó a conocerla?
—Isabella Von Stein…— susurra mi tía Támara —Yo la recuerdo, solía venir de vez en cuando por aquí.
Mi tía Nickole asintió con la cabeza, confirmando las palabras de su gemela —De hecho, ella nos enseñó lo que nosotras te enseñamos a ti, Bibi. Pero un día dejó de venir, ya ni me acordaba.
—Estábamos pequeñas cuando dejó de venir— recordó mi tía Támara —No sabía que había fotos de ella en el álbum familiar. Fotos de ella y Simone. ¿Qué fue de su vida?— le pregunta a mi abuela, que se niega a responder a esa pregunta.
—Isabella, ¿por qué siento que la conozco?— murmura mi padre otra vez.
—No la conoces, Jhörg— le dice mi madre rápidamente, y luego me mira a mí. La mirada que me echó jamás se la había visto. Bueno, jamás hacia mí. Una mirada asesina, rabiosa, como si quisiera borrarme de la faz de la tierra por lo que dije —¿Ves lo que ocasionas?
—Pero yo no he hecho nada— aclaro rápidamente.
—¡Sí que lo has hecho!— exclama, poniéndose de pie —Te pedí que no tocaras el tema, Bill. Pero tú siempre haces lo que te da la gana, pasas de lo que yo te digo, ¡me tienes harta! Todo contigo son problemas. Problemas y más problemas. ¡Ojalá llegue el día en que te tengas que ir a Londres! Pero que llegue rápido. ¡Contigo lejos todo estará bien!
—¡Simone! ¡¿Qué te pasa?!— exclama mi padre al oírla decir esas palabras.
Yo solo opto por ponerme de pie, tirar la cuchara sobre la mesa y retirarme ignorando los llamados de Evan y de mi abuela. Camino rápido, hecho una furia fuera del comedor, con los ojos ardiendo por las lágrimas. Pero no lágrimas de tristeza, no, porque ya lo que mi madre me diga no me hiere. Son lágrimas de rabia, de impotencia, porque me jode que intente humillarme delante de personas que me tratan como si me bajaran el listón. Subo las escaleras rápidamente hacia mi habitación, ignorando las pocas fuerzas que tengo, ignorando que estoy a punto de desmayarme por el esfuerzo.
Menos mal que la bruja de Heidi no estaba en la mesa.
Maldita sea mi vida.
Cierro la puerta de un portazo y camino rápidamente hacia el armario, saco de las puertas grandes una de mis maletas, sin cuidado alguno, y los percheros que colgaban mis prendas más bonitas cayeron. No me importó. No sé ni qué estoy haciendo, solo sé que me quiero ir lejos. Tengo dinero suficiente para darme una vida excelente lejos de todos, ¿mamá me quiere lejos? ¡Pues bien! ¡Me largo! ¡Me voy!
Me iré a donde sea, y trataré de que nunca sepan dónde estoy. Me compraré una mansión enorme para mí solo, tendré un montón de empleadas que me dejen el suelo reluciente, y estaré solo sin que nadie me diga qué debo hacer, cómo debo portarme, vestirme, hablar, caminar, mirar. Sin nadie que me diga que hice algo mal, sin nadie que me diga que soy un inmaduro, un caprichoso, un bueno para nada. Sin nadie que… que me trate mal, sin nadie que intente hacerme sentir como una mierda. Sin nadie que me recuerde que soy la oveja negra de la familia. Sin estas personas que me tratan como si no fuese un Kaulitz como ellos.
Perdido en mi mente estaba que ni me di cuenta de que comencé a meter la ropa de los percheros sin doblar, y la de los cajones a tirones. Tampoco de que estaba llorando furiosamente, jadeando en medio del llanto silencioso.
Me quiero ir. Me quiero ir lejos de todo y de todos. No los soporto.
Escucho como alguien llama a la puerta y pongo los ojos en blanco —¡No quiero hablar con nadie! ¡Quiero estar solo!— grito con rabia. Pero sea quien sea la persona que está detrás de la puerta, no le importan mis gritos y simplemente abre la puerta. Estoy a punto de tirarle una de mis prendas pero no lo hago cuando veo que es mi abuela —Abue, no quiero…— le digo lo más calmado que puedo porque no quiero gritarle y sonar grosero.
—¿No quieres?— pregunta mientras entra en mi habitación y cierra la puerta detrás de ella —¿Qué no quieres, Billie?
—Hablar— digo y sorbo de la nariz —No quiero hablar con nadie.
—Ah, pero yo no soy «nadie», soy tu abuela— me dice severamente y yo suspiro resignándome a decirle que no quiero hablar porque sé que igualmente me obligará a hacerlo. Así es mi abuela —¿Por qué estás empacando tus cosas?
—Porque me voy, abue.
—¿Y adónde?
—No sé, pero me voy lejos.
—Bueno, pero con todas las cosas que tienes no creo que metiéndolas así en tus maletas te vayan a caber todas— me dice, y yo la miro, dejo de guardar las prendas a lo loco y noto que me sonríe suavemente. Un pequeño mohín triste aparece en mis labios y me limpio las lágrimas. Mi abue se sienta en la cama y palmea un lugar a su lado para mí, invitándome a sentarme a su lado y desahogarme como siempre. Así que no espero más y suelto las prendas que apretaba en mis manos, rodeo la cama y me siento a su lado —¿Qué es lo que aflige a mi nieto más pequeño, mmm?
—Ni tan pequeño, abue— sollozo un poco —Tío Tom tendrá un hijo con… Heidi, así que ya no seré el nieto más pequeño.
Mi abuela asiente con la cabeza —Es cierto, pero a ti te quiero más.
Ahora es mi turno para sonreír aunque quiera seguir estando enfadado. No puedo contenerme, intento que mi sonrisa no se muestre tanto pero vaya, ya es muy tarde. Aun así respiro hondo dispuesto a responderle a la pregunta que me hizo —Odio a mamá— murmuro —La odio por cómo me trata. O sea, ya sé que no me quiere pero, ¿qué necesidad tiene de gritarme esas cosas feas delante de personas que no me quieren tampoco? ¡Me humilla delante del enemigo, abue!— suelto un resoplido —Solo le hice una tonta pregunta y se pone así. Uhg, la odio.
—Ay, mi cielo…— suspira mi abue —Te he escuchado decir lo mismo tantas veces, desde que eres un chiquillo de siete años. Y siempre intenté despejar esos pensamientos de odio de tu mente porque no son buenos, vienen del rencor y el rencor es como un parásito horrible que te consume si no lo matas a tiempo— con sus dedos lleva un mechón de mi cabello detrás de mi oreja —Pero supongo que ahora no puedo hacer lo mismo, porque el rencor siguió y ahí permanece— dice, señalando con su dedo índice el lado izquierdo de mi pecho justo donde se encuentra mi corazón —Y ya no eres un chiquillo de siete años, eres un chiquillo de dieciocho… sabes lo bueno y lo malo. Tienes conocimiento de muchas cosas que a tus siete no, y eres difícil…
—¿De querer?
—No, mi amor, no— ella niega rápidamente, frunciendo el ceño un poco —Quererte es algo muy fácil porque quien te conoce sabe que eres un chico muy bueno.
—¿Entonces?
—Me refiero a tu forma de ser. Cuando algo se te mete en la cabeza de ahí no se va, así que eres difícil en ese aspecto— me dice con suavidad —Pero eso te hace único y especial también.
—¿Con todo y el parásito de rencor?
—Con todo y ese parásito— dice, y yo suelto una pequeña risita. Mi abue sonríe al verme con un poco de mejor humor —No dejes que las cosas que te digan te afecten.
—Es que realmente no me afectan, abue— confieso en voz baja —Es solo que me jode, porque solo le hice una tonta pregunta. Nada más. Y me gritó, prácticamente me dijo que no me soporta y que la única forma de deshacerse de mí es que me vaya a Londres. Y lo dijo delante de todos. Delante de mi novio. Eso sí que me cabreó. Pero no me dolió, ya estoy acostumbrado a su falta de cariño y a todas esas mierdas.
—Ya veo…— murmura mi abue.
—Además, no sé por qué tanto alboroto por aquella chica, Isabella— y sí, estoy tanteando el terreno, pero con mi abuela. A ver si cuela y me cuenta algo.
—¿Me muestras la foto?
Asiento lentamente con la cabeza, saco del bolsillo la fotografía y se la muestro. Mi abuela la toma y la mira con detenimiento, una pequeña sonrisa cruza por sus labios.
—Pensé que cuando me dijiste que querías ir al sótano te referías a ver las cosas guardadas allí, por eso te dije que podías coger cualquier cosita. Pero me imagino que ni siquiera viste las cajas, al menos no muy bien. Algo me dice que estuviste buscando el álbum…
—¿Qué comes que adivinas, abue?
—Mhmm… a veces me pregunto lo mismo— me dice entre risitas —¿Qué te llevó a querer buscar los álbumes de fotos?
—Vosotros me andáis ocultando cosas— mascullo con amargura —Y yo quiero saber por qué tanto misterio. Quiero saber por qué tío Tom quiere evitar que yo sepa sobre ese secreto que me ocultáis.
—Billie…— mi abue resopla —, no es tan fácil.
—¿Tú sabes qué es eso que no puedo saber todavía?
—Claro que lo sé, cariño. Y por eso te aconsejo que lo mejor es que te mantengas alejado de todo esto. Ya llegará el momento en que lo sepas.
—¿Tiene que ver con Isabella?— pregunto —Ella es muy parecida a mí, ¿por qué? ¿Por qué mi madre se alteró solo porque la mencioné? Y mi padre actuó raro, no entiendo nada.
—Lo sé, sé que es difícil vivir con la intriga— me dice —Pero confía en mí. Lo sabrás, pero ahora no es el momento.
—¿Y cuándo lo será, abue?
—No lo sé, mi amor. Todo a su tiempo.
Niego con la cabeza. —Eso no calma mi ansiedad, abue.
—Ay, ¿y ansiedad por qué?
—Porque yo quiero saber y me da ansiedad no saber lo que todos ya saben. Y que no puedo saber. Entonces eso me da más ansiedad porque, aparte de que quiero saber lo que no debo saber, quiero saber por qué no lo debo saber, ¿me entiendes?
—Más o menos.
—¿Y no me vas a contar ni siquiera algo pequeñito?
Ella suspira. —No, Bill— dice seriamente —Vas a tener que calmar esa ansiedad entreteniendo tu mente con otras cosas.
—¿Cómo cuáles?— pregunto en un gimoteo.
—Vamos mañana al club de campo— me sugiere —Iremos solo los del Team Billie.
—¡Abue! Te actualizas mejor que mi madre— digo entre risas, las mismas que mi abuela imita —¿Y mi tío Tom también irá? Por cierto, se fue a los establos a entrenarle un caballo a quién sabe quién, pero dijo que ese “alguien” es especial— digo con recelo —Tan especial es que ni siquiera se apareció para comer.
—Seguramente sí irá— me afirma —Y sobre lo otro, créeme cielo, sí es especial.
—Humm…— me cruzo de brazos —Entonces, ¿qué se supone que debo ponerme para un club de campo?
—Algo cómodo, Billie.
—¿Con algo cómodo te refieres a algo super llamativo, asombroso, pero no más asombroso que yo?
—Ese idioma ya no lo entiendo, pero supongo que sí.
Una sonrisa aparece en mis labios. —¡Vale! Entonces voy a prepararlo todo. ¿A qué hora nos vamos? Que no sea muy temprano, quiero despertarme tarde mañana.
—Como todos los días, querrás decir.
—Ay, abue, tampoco…— refunfuño, negando con la cabeza ante tal acusación que es cierta. Pero ajá —Pero sí, quiero levantarme tardísimo. Estoy muy agotado. Y así tendré más energías para seguir con los preparativos de mi cumpleaños. Quiero que los regalos que me traigan sean caros, o sino, que me den el dinero. Hablando de regalos, Adrianne dijo que me tenía una sorpresa hoy pero nunca supe…
Y cuenta la leyenda que nunca hubo sorpresa alguna.
—Seguro se refiere a las chicas que llegaron hace un momento— me dice, pero yo estoy muy concentrado en el esmalte de mis uñas que se ve horrible, así que no logro procesar bien sus palabras —Y no te preocupes, podrás dormir hasta tarde porque iremos después del mediodía. Creo que así vas a entretenerte un poco.
—Quizás, abue, aunque no creo, ¿eh?
Mi abue se pone de pie. —¿Vamos abajo? No terminaste de comer y si Tom se entera de eso va a cabrearse. Tienes que comer bien.
—¿Por qué se cabrearía?— pregunto mientras me pongo de pie también, porque sí tengo hambre.
—Esa pregunta se contesta sola, sabes que te cuida mucho— tiene un punto. Mi Tom es super protector, mega cuidadoso, y yo lo adoro. ¿Vale? —Cuando termines de comer todo puedes venir a acostarte, aunque las nuevas visitas quizás también te entretengan.
—¿Qué visitas?— bajo los escalones con cuidado, mi abue y yo nos sostenemos mutuamente mientras bajamos cada escalón —Evan ya llegó y no espero visitas.
—¿Tu amiga no te contó?
—¿Contarme qué?
El chillido que escucho cuando terminamos de bajar las escaleras no solo casi me deja sordo, sino que también sé de quiénes son porque reconocería esos chillidos así pasen cien años. Lo sé porque son chillidos que yo hago con mi grupo de amigas del instituto desde que estamos en primaria. Así que cuando levanto la mirada del suelo y me enfoco en la sala de estar, ahí las veo: a Valerie y a Violett, pero a ella no la veía desde tercer grado. Sus papás la sacaron del instituto. Éramos un grupo de cinco, amigos desde chiquillos. Pero con Violett no tuve más comunicación. También noto que está Georg ahí con ellas, el quinto miembro de mi círculo de amistad. Georg, el hijo del director Listing.
La sonrisa que se forma en mis labios es difícil de describir, estoy atónito pero feliz.
—¡N. P. S!— exclamo ahogadamente.
O sea, «no puede ser» para las mentes cortitas que no entienden mi vibra. La Billie vibra. La fantástica Billie vibra. ¡Ja!
—¡Surprise!— grita Adrianne.
Nos acercamos a toda prisa y nos fundimos en un abrazo. Valerie, Violett y yo. Riendo como locos solo por el hecho de vernos nuevamente después de tanto tiempo. Nos damos doble beso en las mejillas pero sin tocarlas, solo al aire. Es nuestra forma «decente» y amistosa de saludarnos.
—¡Billievelly!— exclama Violett tomando mis manos —Estás di-vi-no. O sea, ¡expectacular!
—¡¿Verdad que sí?! Como siempre. Pero tú estás genial, ¿eh?— digo, echándole un vistazo —¡Qué lindo tu cabello!
—¡No, el tuyo es lindo!
—¡Aww, te extrañé!— exclamamos al unísono antes de darnos otro abrazo fuerte de oso. Sí, así les llamaré desde ahora a los abrazos fuertes que te cortan la respiración y te ponen la cara morada por falta de oxígeno. Bueno, bueno, ni tanto así, pero ya os haréis una idea.
—¡Alto con el festejo!— interviene Valerie —¡Billie cumple diecinueve y hay que ayudarle con las preparaciones!
—Oh sí— confirmo.
—¿Y nadie saluda al pequeño Georg?— pregunta Georg con un tonito de voz triste que es falso, obviamente.
—Ay, Gigi— también hay abrazo de oso para él —Perdóname, aún le guardo rencor a tu padre por haberle echado del instituto. Fui mucho ambiente para él.
—Pero yo no tengo culpa— me dice —¡Ni siquiera un emoji me enviaste! Yo pensé: «oh, okay, está ocupado siendo follado».
—Más o menos— confirmo nuevamente.
—¿Por un año entero?
—Tengo una vida sexual muy activa.
—No quiero detalles— me detiene con una expresión de horror antes de que yo pueda decir algo más.
Woah. Nunca pensé que tendría a mis mejores amigos de toda la vida aquí. O sea, Adrianne es la primera pero a los demás también los quiero. Y woah, estarán presentes para mi cumpleaños. ¡Qué guay!
Obviamente les presenté a mi abuela, a mi abuelo, a mis tías gemelas, y a mi primo Gustav que llegaba junto a mi tío-novio Tom. Mi madre obviamente puso sus caras de amargura, pero no le di importancia. Quedamos en que compartirían la habitación para visitas que quedaba. Ellas y Georg. Espero que puedan convivir bien los tres, no creo que haya problema. Pero bueno, Oliver, mi asistente, estuvo todo el día trabajando. Bueno, haciendo lo suyo ahora que es mi asistente y eso fue estando en Devilish organizando lo de la música y esas cosas. Como ya todo está pagado él solo tiene que asegurarse de que todo vaya bien.
No sé si llegó tardísimo a la casa o qué, porque yo me encerré en mi habitación. Dejándome mimar por Tom. Porque sí, está aquí conmigo justo ahora. Abrazándome mientras yo le cuento todo lo que pasó durante la cena. Por suerte no me dijo nada por preguntarle a mi madre sobre Isabella Von Stein. Lo único que hizo fue poner una cara de enfado cuando le mencioné lo que mi madre me dijo sobre que quería que llegara el día en que me tuviese que ir a Londres.
—Tu madre y yo tendremos una muy buena conversación— me dice con un tono de voz serio —Se supone que tú no debes pasar por estrés.
—Pero no te vayas a ir ahorita— le pido —Le dije a Evan que mañana pasaríamos el día para que tú te quedarás conmigo ahorita. Sino, le habría pedido que viniera a hacerme compañía…
—No me digas.
—Hujum…— subo mi pierna sobre las suyas, abrazándolo más fuerte para rozar con mi rodilla intencionadamente su miembro sobre la tela de su pantalón.
—Bill— pone su mano sobre mi rodilla y baja mi pierna de encima suyo —No empieces.
—Ay…— gimoteo —Tú ya no quieres follarme.
—¡Pero si lo hicimos en la tarde!— exclama en un susurro —Dos veces.
—No lo recuerdo.
—Increíble— chista sin una pizca de gracia, cosa que me hace sonreír inocentemente —No habrá nada de eso.
—¿Ni siquiera quieres manosearme? Lo que sea es bien recibido.— mi tío Tom se ríe, pero esta vez sí hay humor en su risa. Yo solo puedo hacer un pucherito con mis labios. ¿Qué hago yo rogando por alguna mínima caricia? Me desconozco —Mejor no, no estoy para migajas de tu parte— espeto rápidamente, levantándome y alejándome de su abrazo de oso —Vete si no vas a follarme. Bye, bye…
—Eres cosa seria, Billie…
Me cruzo de brazos y lo ignoro, dándole la espalda. Siento como se mueve la cama, señal de que se ha levantado. Pero no, no oigo pasos, solo siento como me toma desprevenido y me empuja hacia atrás para que caiga sobre él. Un gritito ahogado sale de mi parte ante ese movimiento rápido, él me hace rodar y acabo yo bajo su cuerpo y él encima. No me da ni tiempo de parpadear cuando ya está devorando mis labios con los suyos, metiendo su lengua para enredarla con la mía y besarme vorazmente. Yo amo la sensación de su boca contra la mía, de sus labios succionando los míos, de su lengua rozando la mía. El peso suave de su cuerpo sobre el mío, el golpeteo de su corazón contra su pecho que puedo sentir a pesar de todo.
Suelto un pequeño suspiro y dirijo mis manos hasta su cuello, abrazándolo y atrayéndolo hacia mí. Fundiéndonos en el otro mientras nos besamos como locos hambrientos.
Continúa…
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