
Fic TOLL de unicornlitz
Capítulo 48
Hoy amanecí increíblemente bien. Con mucho dolor en el culo, pero bien feliz por la revolcada que me dio mi macho. Ay, es que ajá… sonaré como disco rayado por las tantas veces que lo he dicho y pensado, pero es que amo cómo Tom me hace el amor.
Sí, el amor. Porque puede que lo hagamos salvajemente, y que dos perros no se atreverían a hacerlo de la forma en que nosotros dos lo hacemos, pero sigue siendo con mucho amor. Y puedo sentir el que Tom me tiene a través de cada caricia que deja en mi piel. Humm… él me mira con mucha devoción cada vez que lo hacemos, cada vez que deja besitos húmedos en mi piel y se entierra dentro de mí hasta el fondo. Tomándome de una forma tan bestial y encantadora a la vez. Humm… las sonrisas que me dedica durante el acto, cómo recorre con sus ojos mi rostro y adora cada expresión de placer que hago. Sus manos aferradas en mi cintura… humm…
—¿Por qué suspiras tanto?— la voz de Valerie me saca de mi ensimismamiento, asustándome en el trayecto, pero no por hablarme de la nada mientras yo andaba desconectado de este mundo, sino por la pregunta que ha hecho. O sea, ¿realmente estaba suspirando? Dios mío —Por la sonrisa de pendejo que tenías puedo decir que por algo que te abruma no es— continúa diciendo ella mientras me mira extrañada. —¿Qué ocurre, Billie?
—N-nada…— murmuro con vergüenza.
Es que yo no les voy a decir que ando enamorado, joder, para mis amigos yo soy Bill, el inalcanzable, el que no se enamora porque el amor para ese Bill es una enfermedad que no quiere tener nunca y por eso se ponía vacunas anti-amor llamadas «Es mejor estar solo que mal acompañado».
—¡Anda! Cuenta…— insiste, empujándome suavemente por el hombro con el suyo. —¿Quién tiene a nuestra muralla de hielo derritiéndose de esa forma, ah?
La miro fingiendo horror, con el ceño fruncido a más no poder y una mirada de desconcierto total —¡Ay, niña!— exclamo, con una mueca de asco en mis labios, negando con la cabeza lentamente —¿De qué hablas, eh? Nadie me tiene suspirando, ¿vale? Eso no funciona conmigo, querida.
—Pero eran suspiros de enamorado— dice de la nada, alzando sus cejas, subiéndolas y bajándolas juguetonamente mientras sonreía con algo de sorna. Basta, qué pena siento. —De enamorado hasta las células.
—¿Enamorado? ¿Células? ¿Qué?— pregunta Violett con intriga, levantando su cabeza para verme. Tenía su mirada puesta en la tablet frente a ella que se encuentra sobre la mesa. Estamos haciendo mis tarjetas de invitación a mi cumpleaños virtuales, y hasta ahora no sé qué han hecho porque no he prestado atención mientras me daban sugerencias. Violett es buena en eso, así que lo dejamos en sus manos. Por cierto, hace media hora llegamos a Devilish, me hubiese gustado quedarme en casita haciendo las invitaciones y las otras mil cosas que faltan, pero no. Me obligaron a venir.
Y es que, no sé, me daba nervios pensar que Isadora/Isabella estaría aquí. No sé por qué. Ay…
—Que Bill estaba de suspiro en suspiro mientras sonreía como un idiota enamorado, ¡se veía tan lindo! Hasta se acariciaba un mechón del pelo— contó Valerie con un tonito de voz dulzón, como si estuviésemos encantadas por lo que hice sin ser para nada consciente. Ahora vuelvo a fruncir el ceño, percatándome de que tengo todavía el mechón de pelo entre mis dedos. Joder. No puede estarme pasando esto. —¡Pero lo niega y no quiere contar quién lo tiene así!
Violett abre los ojos en sorpresa y me mira —¿Estás enamorado, Billievelly?— pregunta con curiosidad, dejando la tablet a un lado y esbozando una sonrisa enorme en sus labios. —¿Quién es el afortunado de que tú le ames?
Mierda.
Necesito escapar de esto, ¡pero ya!
—Valerie ha malinterpretado todo— digo como excusa, pero ninguna me cree porque ambas comparten una mirada irónica antes de volver a verme de la misma forma. Con obviedad. Sabiendo perfectamente que ando mintiéndoles descaradamente en sus caras bonitas. Suelto un pequeño suspiro —Tías, de verdad, no ando enamorado. Buff…— resoplo con desdén, moviendo mi mano en el aire —Eso no va conmigo.
—Ay, Bill…— Valerie se ríe suavemente, ladeo la cabeza para verla lo más serio posible —Tienes las mejillas rojas, ¿te ha dado penita que te haya pillado en plena escena de suspiros y sonrisitas?— se burla la muy perra. Obviamente la fulmino con la mirada porque… porque… ¡ahg! Porque tiene razón, simplemente por eso, carajo. —¡Anda, Billie! Somos tus amigas, si no nos cuentas tú le sacamos la información a Adrianne. Y esa no se guarda nada, eh…— se cruza de brazos la muy… ¡Ahhhhh!
Niego rápidamente con la cabeza —No hay nada para decir— digo mientras me pongo de pie abruptamente, sin dejar de negar con la cabeza —No estoy enamorado, nunca lo estaré, mi amor es solo mío y para mí, no para nadie más, ¡dah!— me doy la vuelta al echar la silla a un lado y comienzo a echar a correr lejos de ellas dos.
—¡Mientes!— oigo gritar a Violett cuando ya estoy algo lejos, pero no les presto atención.
Sigo corriendo hasta que llego a la piscina, donde a una distancia considerable se veían las instalaciones del área del DJ que tocaría en mi fiesta. Distingo a Oliver a lo lejos, charlando con no sé quiénes, pero parecen ser trabajadores de aquí. En la piscina, cerca de la orilla, se encuentran Adrianne y mi futuro esposo. Adrianne tiene un helado en su mano en un vasito de plástico transparente, del cual come con una cucharita de plástico blanca pequeñita. Al llegar a ella se lo arrebato de la nada.
—Gracias, Adrie. No tenías por qué…— digo falsamente enternecido mientras tomo la cucharita, cojo un poco de helado y me lo llevo a la boca de golpe. Quedándome embelesado por el sabor tan bueno del helado, es de coco y ¿leche condensada? Pero ¡ay! Sabe increíblemente bien. Suelto un gruñido de puro gusto, virando los ojos, y procedo a seguirme comiendo todito el helado, ajeno a la mirada perpleja de mi mejor amiga que me mira con la boca abierta viendo cómo me devoro lo que era suyo.
—P-pero Bill…— dice con la voz pendiendo de un hilo, literalmente, de la impresión. —¡¿Qué coño contigo?!— exclama con horror.
—Está muy bueno, ¿eh?— le digo, con pequeños asentimientos de cabeza, ignorando sus chirridos.
—¡Sí, bueno y mío!— dice para luego intentar quitármelo, pero yo echo mi mano para atrás velozmente al predecir sus movimientos. Sintiéndome Spider-man al momento. —¡Bill!— chilla Adrianne, pateando el suelo —¡El helado es mío!
—¡Pues ya es mío, zorra!— le chillo de regreso, con un mohín en mis labios.
—¡No puedes venir a comerte algo que no es tuyo!— chilla ella en respuesta —¡Una cosa son los hombres con novia, y otra muy distinta mi helado!
—Por favor— gimotea mi futuro esposo, llevándose una mano a la cara, completamente abochornado por la escenita que estamos montando Adrianne y yo, como si fuésemos niños, y somos pre-adultos. —Dejen de hacerme pasar vergüenza— gruñe, ahogando un resoplido. —Bill, dale el helado a Adrianne y vamos que yo te compro uno para ti.
Niego con la cabeza al instante —¡No! ¡Yo quiero este!— le grito mirándolo fijamente. Un pucherito se instala en mis labios —No seas malo…— gimoteo, sorbiendo de la nariz, bastante consternado. Adrianne me mira con desaprobación, cruzándose de brazos —Quiero este, no quiero otro.
—Okay…— suspira Tommie, resignándose a repetirme nuevamente sus anteriores palabras al verme así de triste —Entonces le compraré otro a Adrianne.
—¡No!— exclamo de vuelta —¿Cómo se te ocurre comprarle cosas? ¡Ella no es tu pareja, ¿o sí?! ¡¿O es que acaso se andan liando a mis espaldas?!— exclamo en susurros, mirándolos asesinamente a ambos. Tom suelta un bufido, cerrando sus ojos brevemente mientras alza su cabeza al cielo, como haciendo una súplica silenciosa a Dios. Y Adrianne, mientras tanto, me mira con horror.
—Tom no es mi tipo de hombre— me recuerda, como si no fuese obvio ya. —¡Y dame mi helado de vuelta, Bill!
—¡No!
—Ya está…— masculla mi hombre.
Que deja de ser mi hombre en el momento en que me arrebata el helado, se lo da a Adrianne y me toma de la mano para arrastrarme a quién sabe dónde. Todo eso mientras yo abro mi boca en una perfecta y pequeña «o» y mis ojitos se llenan de lágrimas. No me esperaba esto de su parte, ya fue suficiente con las cosas que me dijo en Los Ángeles antes de venirme aquí, o sea, me ha roto el corazoncito otra vez. Listo. Ya está decidido. Hasta aquí llega lo mío con Tom. No quiero saber nada de él nunca más, no quiero que me vuelva a tocar, ni que me mire, ya no le daré el privilegio de hacerme suyo. Me ha perdido completamente, así que me iré a Londres ahora mismo. Adiós a mi cumpleaños, que no festejaré. Adiós a mis amigos, que no veré. Adiós a mi amor, que no sentiré otra vez. Adiós a Tom. Adiós a todo y todos. Adiós a esta vida. Me iré y empezaré de cero, encontraré a alguien que me quiera y en quien pueda confiar, que no vaya a quitarme mi heladito y dárselo a otra.
—Ten…— la voz de Tom me saca de mi ensoñación. Cuando vuelvo a la tierra, me doy cuenta de que Tom está frente a mí sosteniendo un vasito de helado del mismo sabor que el que tenía Adrianne, pero más grande es el vaso y tiene toppings de chocolate, chispas de colores, y dos galletitas Oreo de decoración. —¿Ya puedes dejar de llorar?
Sorbo de mi nariz y me limpio mi carita con el dorso de mis manos, con un pucherito en mis labios.
—Te odio, Tom, ya no quiero estar más contigo— le digo y me cruzo de brazos, ladeando la cabeza hacia otro lado que no sea su bonita cara. Muy orgulloso, reacio a aceptarle el helado que me sigue tendiendo. Tom esboza una media sonrisa, toma la cucharita, coge un poco de helado y la dirige a mi boca. Yo lo miro de reojo y echo la cabeza más hacia otro lado para no verle, haciendo que la cuchara impacte contra mi mejilla. Frunzo el ceño enojadísimo. ¡Seguramente me ha embarrado de helado y me ha arruinado mi perfecto maquillaje! —Terminamos.
—¿En serio? ¿Por qué?— me pregunta con un tonito de voz suave.
Esta vez la cuchara llega a mis labios y por reflejo abro la boca, dejando que me dé el helado él mismo mientras me desahogo. —Porque me quitaste mi helado— le digo y mis labios forman una «u» en reversa de la tristeza que me abunda el alma —Y se lo diste a Adrianne.
—Era de ella, bebé— me dice, dándome otra cucharadita de helado que le recibo nuevamente, sintiendo mis ojos llenarse de lágrimas. —Tú fuiste quien se lo quitó primero, yo solo se lo devolví. Pero mira, te he comprado uno mucho más grande y es solo para ti. Con más cosas que el de Adrianne no tenía— me dice y ahí sí que me atrevo a mirarlo, tiene una sonrisita pequeña y encantadora en sus labios. —Es tuyo…— me dice, teniéndome el vasito nuevamente. Esta vez sí lo tomo, bruscamente, volviendo a estar enojado.
—Te perdono, Tom, pero dame un beso— él se ríe, y sin embargo, me da mi besito en los labios. Yo sonrío en el acto, es que me gustan los besitos que me da mi futuro esposo.
—¿Ya?— me dice con tonito meloso, mirándome de esa forma que tanto me gusta. Con adoración, acariciando mi cabello y en el trayecto, llevando un mechoncito detrás de mi oreja, mientras yo como de mi helado. Asiento con la cabeza en respuesta, lleno la cucharita de helado y la dirijo a su boca. Pero él niega con la cabeza al ver lo que estoy por hacer, frunzo el ceño enojado otra vez y empujo la cuchara contra sus labios cerrados.
—Come— le ordeno.
Él suspira, pone los ojos en blanco y me recibe el helado. —Te pasas de mandón, Billie.
—Yo solo quiero darte helado— le digo —No me hagas enojar, no quiero tener arrugas tan prematuramente en mi hermoso rostro.
—Algún día las tendrás, amor.
—No, si me mato antes…
—Billie…— dice entre risitas.
—Seguramente seré feo de grande.
—Seguirás siendo hermoso, bebé— me dice, abrazándome por los hombros con cariño —Lo serás para mí, ahora y siempre.
—¿De verdad?— le pregunto con voz pequeña.
—Hujum…— me confirma —Ahora vamos, que hay muchas cosas que hacer— dice, y entrelaza su antebrazo con el mío, guiándome de vuelta a donde estábamos. Está haciendo viento, y me desordena un poco el cabello, pero me hace ver más sexy mientras camino en mi alfombra roja invisible con mi esposo a mi lado.
—¿Y Isadora?— pregunto como si nada. Queriendo no sonar tan curioso de no verla hasta ahora desde que llegué, pensarla hace que un nudito se instale en mi garganta. Ella me hace sentir, no sé…
—Aún no llega, bebé— me dice —Pero lo hará pronto, ¿por qué?
—No, por nada, solo pregunto— le digo rápidamente, con desdén. Tom no intenta indagar más a pesar de que no cree en mi respuesta, cosa que le agradezco porque no quiero hablarle a él sobre esas sensaciones raras que siento cuando pienso en Isabella. No sé qué es, realmente no sé qué es, pero me hace sentir bien y es algo extraño, porque es una desconocida. No la conozco, la vi en una foto de joven, y la veo en persona ahora de grande. Fue amiga de mi mamá, nunca la conocí, mamá niega que tuvieron una amistad. Entonces, no sé de dónde viene lo familiar cada vez que la veo a los ojos o cada vez que recuerdo su rostro tan idéntico al mío en la foto que aún conservo suya.
Yo necesito sí o sí hablar con ella, sacarle algo, lo más mínimo.
Pasamos alrededor de quince minutos viendo a Violett hacer mi tarjeta de invitación virtual, que se puede abrir si se le pincha y tiene animaciones bonitas. Georg anda por ahí, coqueteando con alguna chica que ve por acá. Aunque dudo que haga un levante, porque para Georg intentar algo con alguien, la chica debe ser igual de loca que él o al menos tener la paciencia al 100% para soportarlo. O en el menor de los casos, que le mida lo suficiente para que la chica quede impresionada. Y dudo que Georg la tenga grande. De chiquitos se lo vi porque el muy cochino se puso a mear en el jardín trasero de su casa como si nada, y lo tenía demasiado pequeño para tener ocho años.
Solo digo.
También terminé de hacer aquí lo que tenía que hacer, para dejar para mañana mi visita a Jesse, con quien ya hice una cita de la cual se encargó Oliver, que para eso es mi asistente y ajá… un montón de cosas más que ya no recuerdo. Solo puedo pensar en un postrecito delicioso para comer. Así que miro a Tom que está a mi lado.
—Tommie…— le llamo. Él me mira al instante.
—Dime.
—Quiero comer alguito— le digo haciéndole ojitos —¿Puedes comprarme un postre?
—¿Otro? Bill, pero te has comido como diez ya— me dice y yo alzo una ceja.
—¿Qué pasa? ¿Acaso ya no tienes dinero?
—Sí tengo, pero…
—Pero nada, ¡cómprame otro postre!— demando rápidamente. Tom suspira y asiente con la cabeza. Le sonrío, pasando de enfadado a feliz en cuestión de segundos, —Que sea de maracuyá esta vez, Tommie, gracias. Te amo.
—Esto me pasa a mí por no usar condón…— murmura pero no le logro entender.
—¿Has dicho algo?
—Nada, que voy a traértelo rápido y de paso me compro yo uno— me dice. Dudo que haya sido eso pero tampoco le doy importancia, lo que quiero es mi postre y rápido.
—Bueno, muévete— le digo, espantándolo con un movimiento desdeñoso de mi mano en el aire —Te doy cinco minutos y ya es mucho. Y nada de mirar de más a la mujer aquella, que se le nota lo morronga porque es pelirroja, esas son las más zorras, así que cuidadito, Thomas.
—Sí, bebé, sí.
Me dedico a echarme para atrás en la tumbona donde me encuentro tumbado, porque sí, me he dado un descanso a pesar de que no he hecho casi nada. Y Tom me sigue a todos lados, estaba en la tumbona de al lado, pero ya se ha puesto de pie para irse a buscar mi helado. Cierro mis ojitos para que la luz del día no afecte mi visión, y me dedico a descansar un poco, porque incluso respirar me resulta agotador. Dios mío. Inhalar y exhalar. Qué aburrido, ojalá pudiese respirar bajo el agua, ¿cómo se sentiría?
—Hola, Isa…— oigo la voz de Tom a una distancia.
—Tom, ¿hace cuánto llegaron?— esa voz yo la conozco.
—Hace como una hora— le responde mi hombre —Pero ya después hablamos, tengo que ir a buscarle algo a aquel llorón.
Abro mis ojos con una expresión de total indignación y me siento en la tumbona de golpe, mirando al frente, donde veo a Tom irse a pasos rápidos, casi corriendo, dejando a… Isabella… ahí frente a mí a unos pocos metros de distancia mirándome con una bonita sonrisa en sus labios. Ay… esa sensación extraña ha vuelto a mí de golpe. Mierda. ¿Qué me sucede? ¿Por qué Isabella hace que sienta cariño cuando ni la conozco? ¿Qué tipo de sentimiento es este? ¿Por qué no puedo deducirlo? Es algo así como el cariño que le tengo a mi papá, pero no entiendo. No comprendo.
—Hola, Bill, ¿cómo estás?— me pregunta ella y es cuando me doy cuenta de que se ha acercado y ahora se ha sentado donde antes estaba Tom.
—Hey…— suspiro ¿enternecido? No sé, pero ya tengo una sonrisa nerviosa en mis labios —Bien ¿y tú?
—Super ahora que te veo— me dice.
—Ah, ¿sí? Y… ¿Por qué?— pregunto, casi sin aire. Flexiono mis piernas y las abrazo, poniendo mi cabeza sobre mis rodillas mientras la miro.
—Porque…— ella no sabe qué respuesta darme —No lo sé…— dice finalmente en una risa nasal, como restándole importancia a eso. —¿Qué has estado haciendo?
—Ay, pues…— suspiro —Pasando tiempo con mi novio, Evan— le digo —Y teniendo discusiones con mi madre, como siempre, y con los metiches de mis tiastros. Aparte, llegaron mis amigos, están por ahí ahora. ¿Qué más?— me pregunto en un susurro a mí mismo mientras hago memoria —¡Ah sí! También fuimos a un club de campo, pasamos un día increíble, mi abuela quería que despejara mi mente. Y ni hablar del sueño tan raro que tuve, ¡¿puedes creer que soñé que tenía una enorme panza?! Yo dije: «okay, panza de cervecero» y creí que era una señal del cielo diciéndome que debía dejar de tomar. Pero luego una de mis amigas me metió una duda, porque es que ando como teniendo unos malestares tan raros, y dicen que son síntomas de embarazo. Y bueno, buff, mi abuela en lugar de sacarme de la duda me metió más a fondo…
Isabella se ríe suavemente —¿En serio?— pregunta alzando sus cejas ligeramente.
—¡Sí! Ay, han sido días raros…
—Qué bueno, me alegro de que al menos hayas pasado un día increíble— me dice con sinceridad —¿Y qué hay de eso sobre tu… madre? ¿Cómo así que discusiones?
—Es que…— no le voy a decir las verdaderas razones, porque entonces ella estará confundida, seguramente no sabe nada al respecto de lo que anda pasando. Así como yo. —Es normal ya entre nosotros, no nos soportamos y como siempre tuvimos una discusión porque ella no hace ni el mínimo intento de entenderme. Y hasta me miente en la cara, me gritó que esperaba con ansias el día en que me fuese a Londres. Se quiere deshacer de mí.
—Ay, por Dios…— gimotea ella —Es una…
—Dilo, no me importa si la insultas, me da igual— le digo cuando ella guarda silencio para contenerse. Sin embargo, suelta un suspiro y niega con la cabeza.
—No, no merece la pena, por ahora— me responde.
—Humm… ¿y tú qué has hecho?
—Cosas de negocios, y unas que otras cosillas— me dice con una sonrisa —Te aburrirás si te cuento. Además, ando remodelando la hacienda. Son muchas cosas y he estado muy ocupada…
—¿Remodelando?
—Sí, es que hay cosas que necesitan cambios y estoy aprovechando…
—Ah, deberías llevarme algún día…
—¡Claro! ¿Puedes hoy?
Bingo.
—Sí.
—Entonces terminando lo que tengas que hacer aquí, te llevo…
Matanga, dijo latanga.
Continúa…
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