Fic TOLL de unicornlitz

Capítulo 53

Omnisciente

Simone había vuelto a hablar con Ochie. Tenía un par de peticiones que hacerle. No había ido sola, la acompañaba Heidi, quien no sabía qué hacían allí ni quién era la señora que estaba sentada frente a ellas, con un aspecto bastante curioso. Tendría la edad de su «suegra», o eso se imaginaba al verla.

—Quiero que adelantes la enfermedad de mi madre.— murmuró Simone. No había ni un ápice de tristeza en ella, ni siquiera por lo que estaba pidiéndole a la bruja que tenía delante. Su expresión dejaba claro lo poco que le importaba que su madre muriera. —Quiero que se muera. Con ella fuera de en medio, Isabella o Tom no podrían conseguir nada…

—¿Adelantar su muerte, cuánto?

—Lo suficiente para que esté tirada en una puta cama.— exigió Simone con dureza en la voz —La quiero incapaz de siquiera intentar algo en mi contra. Con ella en cama, Tom no tendrá tiempo para nada más. Estaré matando dos pájaros de un tiro. Llevamos a cabo el embrujo para Jhörg, para que se olvide de Bill una vez que lo envíe a Londres. Lo mismo que hicimos con Isabella.

—Tu esposo ha durado diecinueve años con un embrujo que todavía sigue activo. Otro más podría matarlo.

—No le pasará nada.— aseguró Simone sin darle muchas vueltas al asunto. —Y también quiero que hagas lo mismo que le hiciste a él… a mi hermano. Te la he traído a ella…— señaló a Heidi a su lado con un movimiento de cabeza. La rubia estaba confundida. Por lo poco que había oído, parecía estar completamente desconcertada. —Mi hermano debe amarla a ella, casarse con ella, y odiar a Bill. ¿Entendido?

Ochie no mostró ninguna expresión ante el tono exigente de Simone.

—Para eso necesitaré un par de cosas para llevar a cabo el amarre.

—Te las traeré.— comentó Simone —Por ahora necesito que adelantes la enfermedad de mi madre.— dijo, sacando de su bolso una fotografía de la señora Charlotte, que deslizó por la superficie de la mesa y que Ochie cogió con desdén. —Y toma de Heidi lo que necesites para el amarre de mi hermano.

La bruja frunció los labios, pensativa, observando a la rubia, que se veía bastante asustada e intentaba ocultarlo. Su nerviosismo la hizo sonreír con sorna.

—Solo un par de gotas de sangre.— terminó murmurando. —Quieres hacerle a Bill lo que me hiciste hacerle a Isabella, ¿no es así?

—Sí, pero no quiero que mi hermano lo olvide. Solo quiero que… lo aborrezca, que le haga daño. Así Bill sabrá que tuve razón y vendrá a buscar el apoyo de su mami.— soltó con una voz burlona, fingiendo pesar. —Querrá irse a Londres por su propia cuenta. Para entonces mi madre ya habrá muerto.

—Siendo eso lo que quieres, veré qué puedo hacer…

—¿Pero Tom sí se casará conmigo?— preguntó Heidi de la nada.

—Será tuyo.— aseguró Ochie, haciendo que el alivio abrazara a Heidi. —Claro que todo tipo de trabajo tiene sus consecuencias. Lo mismo que le dije a Simone hace años, te lo digo a ti. Estas cosas te darán lo que quieres, pero te pedirán algo a cambio. Quizás no ahora… no tiene por qué ser de inmediato, pero más adelante lo harán. ¿Estás dispuesta a correr el riesgo?

—Sí. Igual no hay nada importante que puedan quitarme.— soltó la rubia con desdén, entre una ligera risita. —Solo quiero a Tom conmigo.

—Bien.— murmuró Ochie. —Traeré la navaja. Necesitaré desde ya las gotas de tu sangre y, si puedes… un mechón de tu cabello.

—Claro.

Heidi estaba tan desesperada por tener a Tom con ella para siempre que ni siquiera se paraba a pensar si estaba haciendo bien o no. Su objetivo era que Tom no la dejara. Simone le había dicho que, con ayuda de la brujería, lo tendría a su lado, pero no había querido contarle nada más. Tampoco tenía tiempo para pensar en lo que había oído de la conversación entre las dos mayores; su mente estaba ocupada imaginando su boda con Tom.

Las fuerzas que Ochie manejaba para hacer su trabajo ya habían visto algo valioso que obtener de Heidi y ese algo valioso… era la bebé que llevaba en su vientre. Tomar el alma de un bebé siempre era fácil. Para tomar la de un adulto se necesitaba su permiso. Por eso se hacían los más conocidos como «pactos». Pero con un bebé era fácil, no había nadie que pudiera evitar que estas fuerzas la tomaran.

A Simone todavía no le habían quitado eso que pedían «a cambio» de hacer sus favores. Querían esperar a que hubiese también algún fruto en su vientre.

La espera los estaba enfureciendo.

Cuando Ochie tomó de Heidi lo que necesitaría para el amarre, se marcharon y la bruja procedió a hacer lo que le habían pedido. Hizo todo lo que sabía para adelantar la enfermedad de la señora Charlotte… la enfermedad y su mismísima muerte.

—¿También acudiste a esto para tener a Jhörg?— preguntó Heidi en un murmullo mientras salían a la plaza y regresaban a la hacienda.

—Eso no importa, Heidi.

—Pero yo quisiera saber…— susurraba ella, aún insistiendo. —¿Bill no es tu hijo? ¿Por eso Tom siempre me decía que estar con Bill era más fácil de lo que yo creía?

—Bill no es mi hijo.— afirmó Simone en voz baja. —Y cuidado con decir algo al respecto. Como alguien se entere de esto, estarás jodida, ¿entiendes? Y con respecto al odio que sientes por Bill… ni se te ocurra pensar en usar esto para joderlo. Decirle que no soy su madre. Porque entonces acabaré contigo…

—No te preocupes.— decía Heidi. —No le diré nada. Por suerte puedo echarle en cara que Tom lo dejará. Eso sería maravilloso…

—Haz lo que quieras. Ya sabes lo que no debes hacer.

.

By Bill

Estaba hecho mierda, pero me seguía viendo increíble y eso era lo importante.

Mis amigos y yo habíamos pasado una tarde estupenda en el riachuelo. Claro que yo había preferido quedarme sentadito en una de las enormes piedras, haciéndome fotos, mientras los demás se metían en el agua y nadaban, pasándoselo bastante bien. Yo quería guardar mis energías para cuando volviera a mi habitación. Estaba pensando en ponerme algo súper sensual para ver a ese amigote de mi Tom que tanto me encantaba tener enterrado en mí.

Mi cumpleaños estaba a la vuelta de la esquina y estaba feliz por ello. Cumpliría diecinueve dentro de poco y estaba planeando cómo evitar que me enviaran a Londres. Quizás podría manipular un poco a Simone para que no me enviara allí, ahora que quería hacer de «buena madre». Cosa que aún no me terminaba de tragar del todo, pero bueno…

Quise apartar mi mente de muchas cosas, como, por ejemplo, de pensar en Isabella / Isadora. Quería verla otra vez, sentía una extraña necesidad que no podía controlar. El pensar que ella podría ser mi madre… pero no podía hacerme a la idea, a pesar del parecido y de los secretos. Dios… ¿y si hablaba con mi papá?

¿Y si le daba la oportunidad de contarme todo por sí mismo y de que me lo explicara?

Eso quizás podría ayudarme.

—¿Todo bien?— preguntaba Adrianne, caminando al mismo ritmo lento que yo mientras los demás iban más adelante. Se escurría el cabello para quitarse el agua, dejando sus mechones gruesos y desprovistos de suavidad o brillo. Adrianne cuidaba bastante menos su cabello; no era una obsesionada como yo con que se mantuviera impecable.

—Sí, solo pensaba…

—¿Puedo saber en qué?

—Chismosa.— me burlé —Pues quiero hablar con mi padre. Quizás en algo Simone tiene razón… quizás nada es lo que parece.

—Las cosas están claras, pero tú no quieres verlo, mani.— me dijo ella, dedicándome una pequeña sonrisa que dejaba claro su tono de obviedad. —Igual, si crees que hablar con tu padre servirá de algo, hazlo.

—Solo quiero darle la oportunidad de que me lo cuente…

—¡Chicos, está haciendo frío!— gritaba Georg a lo lejos, asomándose al final del caminito. —¡Moveos, joder!

—¡Ya no chilles, Georg, ya vamos!— gritaba Adrianne en respuesta, haciendo que el castaño le mostrara el dedo. Aquello me hizo reír por la nueva mueca graciosa que puso. —Qué grosero.— masculló mi amiga, medio enfadada y medio divertida.

—Quiero llegar a casa y ver a Tom…

—Ñiñiñi, «Tom, Tom, Tom».— me remedaba la maldita, haciendo muecas también. —Ahora todo es Tom. Cuando viváis juntos tendré que hacerme a la idea de que he perdido a mi mejor amigo. Dudo que quieras volver a ver la luz del sol si tienes su pene delante de la cara.

—Dejaré los domingos para ti, y vamos a misa.

—Pero antes de ir a misa…

—¡Vamos a por unas frías!— exclamamos ambos antes de salir corriendo y dejar atrás el caminito hacia la carretera de tierra que nos llevaría a la hacienda.

Llegamos a casa en quince minutos. Subí a mi habitación a darme una ducha porque, aunque no había hecho nada y solo había estado sentado sobre una enorme roca haciéndome selfies, estaba un poco sudado y no. No podía estar así, me sentía asqueroso. Así que preparé la ducha y me desvestí para comenzar a quitarme el sudor de mi hermoso y escultural cuerpecito.

Ya al salir busqué algo que ponerme, algo súper cómodo y fácil de quitar.

Cuando encontré algo que encajaba perfectamente con esas indicaciones, sonreí. Era una camisa de satén de color rosa pálido, con rayas verticales finas y brillantes. De manga larga, aunque me dejé las mangas ligeramente remangadas, y cuando me la puse la dejé un poco suelta y abierta en la parte superior. La combiné con unas sandalias de tacón negras, con tiras finas que se cruzaban alrededor de mis tobillos. Mis uñas le daban el toque, junto con algunos accesorios delicados. Incluso decidí ponerme el colgante de cuarzo.

Con el cabello suelto y bien peinado, me apliqué loción y brillo labial. Sin nada de maquillaje porque no tenía ganas, y aproveché para hacerme más fotos. ¿Por qué no? Yo no solo me vestía de forma sensual por Tom, ¿eh? Quizás me decidiría a publicar alguna en mi Instagram.

No había visto a Oliver en todo el día, ni a mi padre. Esperaba que estuviesen aquí por la noche, al menos. Realmente quería hablar con Jhörg y exigirle respuestas, pero… ¿y si fingía no saber nada? ¿Y si no me contaba? ¿Qué haría entonces?

«Buscar a Isabella.» me susurró la voz de mi subconsciente.

—No, no haré eso.— susurré de vuelta.

«Es una gran idea.»

—Es todo menos una «gran» idea.— aseveré, poniendo los ojos en blanco y dejándome caer hacia atrás en la cama, con los brazos abiertos y la mirada clavada en el techo. —Ay, ¿quién me mandó a husmear donde no me llamaban, Diosito? Tú debiste detenerme, ¿sabes? Quizás te eche la culpa de mis actos…

O bueno, no. Mejor no. Después me daban arcadas otra vez.

—¿Cuándo se me quitará la «gripe» que dicen que tengo, eh?— le pregunté. —Quizás debería ir yo solito a ver al médico…

Sí, eso haría.

—Y Tom no llega. Se cree que tengo toda la vida para esperarlo.— refunfuñé, frunciendo ligeramente el ceño. —Tú, que todo lo ves, dime qué está haciendo. Está con otra, ¿verdad que sí? ¡Lo sabía! Es un perro, como todos… todos los hombres son unos perros y yo tengo ganas de comer algo dulce.

Me senté en la cama de un tirón, con una perfecta mueca de insatisfacción en los labios. Acariciaba sin ser consciente mi vientre y, al darme cuenta de ello, aparté la mano. Aún tenía muy frescas en la mente las palabras de Adrianne… ¿qué estaba pasando conmigo? Últimamente le daba vueltas a todo y antes solía importarme una mierda lo que pasara a mi alrededor. Con tal de que yo estuviese en perfecto estado, todo bien.

Cuando escucho unos golpes en la puerta, suelto un suspiro y me pongo de mala leche.

—Pase.— murmuré de mala manera.

—Vas a tener que perdonarme.— decía la voz de Tom a mis espaldas mientras oía cómo cerraba la puerta y echaba el pestillo. —Nicky me retuvo en la cocina. Aproveché y te traje esto.

Rápidamente ladeé la cabeza y, al ver un bol de fresas, le sonreí.

—Tommie, eres el mejor del mundo.

—No estás enfadado conmigo por tardar dos minutos, ¿verdad?

—No.— reí mientras me ponía de pie y me acercaba. Le arrebaté el bol y comencé a comer las fresas que estaban perfectamente cortadas. Me las llevé a la boca y hubo una explosión de sabores mientras masticaba. Es que me encantan las fresas, menos el helado de fresa o el yogur… como que le quitaban el sabor a fresa. —Qué delicia.— suspiré.

—Algo me dice que si no hubiese traído eso me habrías echado de la habitación nada más llegar.

—Oh, sí, no puedes hacerme esperar, Tom. Tengo cosas que hacer, ¿sabes?

—Ah, ¿sí?— interrogó, y lo sentí abrazarme por la espalda. Apoyó la barbilla sobre mi hombro y podía sentir su respiración cálida contra la piel de mi cuello, causándome ligeros escalofríos. —Cómete todo eso, después te comeré yo a ti.

—¡Sí! Eso quiero.— chillaba yo súper emocionado.

Ya quería que me cogiera, es que yo ya me había vuelto adicto a su pene. No era culpa mía, sino de mis hormonas, que parecían estar en aumento ahora con mi gripe.

Me comí las fresas rápido para ser lamido, mordido y comido.

Sí, señor.

—Ahora sí.— envolví mis brazos alrededor del cuello de Tom y dejé un beso sobre sus labios, seguido de otro, de otro y de otro más, mientras él me agarraba de la cintura y me acercaba aún más a su fuerte cuerpo. Sus grandes manos abarcaban toda mi cintura, y eso me puso súper cachondo. Amaba sentirme pequeñito entre sus brazos. Eso demostraba que era un gatito súper feroz, con garras para arañar a pesar de mi carita de ángel.

Para mi cumple ya sabía cómo vestirme.

—Ya puedes hacer lo que quieras conmigo.— ronroneé contra los labios de Tom.

—Amo hacer lo que me apetezca contigo en la cama, bebé.— me respondió, mordiendo mi mejilla para luego dejar un beso y aliviar el ligero dolor que me provocó y que me encantó.

Sus labios tocaron la curva de mi cuello, calientes y precisos. Besó despacio, subiendo hacia la línea de la mandíbula, y luego sus dientes rozaron la piel, apenas lo suficiente para marcar. La aspereza de su ligera barba me recorrió la espalda. Sus manos subieron por mi cintura, deslizando los dedos bajo el borde de la camisa. El tejido se movió mientras él desabrochaba los botones con paciencia, uno tras otro, dejando que el aire fresco rozara mi pecho.

Sus labios volvieron a bajar por mi clavícula, mordiendo otra vez con esa misma intensidad que apenas controlaba, mientras sus manos empujaban la camisa hacia atrás hasta que el satén se deslizó por mis hombros y cayó al suelo. Quedé solo con las sandalias puestas porque no me había puesto siguiera ropa interior. Él se arrodilló un instante para desatar las tiras de mis tobillos, deslizándolas con lentitud, y el tacón dejó de sostenerme. Mis pies tocaron el suelo descalzos.

Tom se puso de pie otra vez. Me miró un segundo y sonrió de medio lado.

—Ponte en cuatro sobre la cama— dijo, con voz baja —Vamos, bebé.

Obedecí. Subí a la cama, apoyé las rodillas y las manos en el colchón, arqueando la espalda. El aire frío de la habitación me rozó la piel desnuda. Sentí el peso del colchón hundirse detrás de mí cuando él se arrodilló. Sus manos se posaron en mis caderas,, separándome las nalgas un poco más. Sentí su aliento tibio contra mi entrada, y después su lengua.

La primera lamida fue lenta, ancha, recorriendo desde abajo hacia arriba. El calor húmedo se expandió de inmediato por todo mi cuerpo, fue una sensación densa y concentrada que me hizo cerrar los ojos. Él no se apresuró tampoco. Volvió a pasar la lengua, abriéndome con el movimiento, explorando el borde con movimientos circulares. Cada roce enviaba una corriente directa hacia arriba por mi columna. Sentí cómo se humedecía todo, cómo el músculo reaccionaba involuntariamente a cada embestida de su lengua.

Él hundió más la cara, presionando la nariz contra mi piel mientras su lengua se volvía más insistente, empujando hacia adentro, marcando un ritmo constante. El sonido húmedo era bajo, sus manos apretaban mis caderas, manteniéndome exactamente donde él quería. La sensación se volvió más profunda, más invasiva. Mi cuerpo respondía solo, la tensión en los muslos, el calor acumulándose bajo el vientre, mi piel erizada en la espalda baja.

Tom iba succionando suavemente, alternando entre movimientos amplios y picos más agudos con la punta de la lengua, hasta que todo se volvió una corriente continua de calor y humedad concentrada exactamente en mi culo.

Sentí cómo se apartaba de la nada y sus manos me giraban, volteándome sobre la espalda. Me separó las piernas, abriéndome por completo. Sus labios bajaron primero a la parte interna de mi muslo, besando la piel sensible con lentitud, subiendo centímetro a centímetro. Cada contacto era cálido, húmedo, dejando una estela que se enfriaba al contacto con el aire.

Llegó hasta la base de mi pene y lo tomó entre sus labios sin prisa alguna. Su boca caliente me envolvió el miembro de golpe. Un gemido bajo se me escapó de inmediato, ronco, cuando con su lengua presionó la parte inferior mientras chupaba lenta y constantemente. Dios, el calor y la succión, ambas cosas me tensaron el vientre.

Al mismo tiempo sentí dos dedos resbaladizos presionando contra mi entrada. Entraron sin dificultad, profundos, curvándose hacia arriba. El contraste me arrancó otro gemido, más alto esta vez, mientras él seguía chupándome el pene con movimientos firmes de cabeza, subiendo y bajando apenas lo suficiente para mantener la estimulación intensa. Sus dedos se movían dentro de mí, abriéndome, rozando ese punto que hacía que mis caderas se levantaran solas.

Oh sí, esto era genial, jamás dejaría de serlo.

—Ahh…— el sonido se me quebró cuando añadió un tercer dedo y abrió más la mano, estirándome mientras su boca se cerraba más fuerte alrededor de la cabeza de mi pene, succionando con fuerza.

Cada embestida de sus dedos coincidía con una pasada de lengua. El calor se acumulaba rápido en mi, denso, subiéndome por la columna. Gemía sin control ahora, respirando entrecortado, con las piernas temblando abiertas sobre la cama mientras él me follaba con los dedos y me chupaba al mismo tiempo, sin darme respiro.

—Mételo ya… por favor— le pedí con la voz rota, y las piernas todavía abiertas de par en par —Quiero sentirte dentro ya, joder.

Tom soltó una risa baja, se alejó para quitarse su ropa y se acomodó nuevamente entre mis muslos. Sentí la cabeza gruesa y caliente de su pene rozar mi entrada, todavía resbaladiza por sus dedos y su saliva. La presionó apenas contra mi culo, jugando, sin entrar del todo, y el roce me arrancó un gemido frustrado.

—Dime, Bibi… ¿vas a tomármela entera?— murmuró, alineándola y aumentando mis ansias por sentirlo enterrado en mi. —¿Lo harás?

—Mhmm, sí.— ronroneé en respuesta.

Empujó.

La primera embestida fue lenta y profunda, abriéndome de golpe. El grosor me estiró sin piedad y un gemido largo, tembloroso, se me escapó de la garganta mientras él se hundía hasta que sus caderas chocaron contra las mías. Quedó enterrado hasta el fondo en mi trasero. El calor, la presión, la sensación de estar completamente lleno me hizo arquear la espalda.

No se detuvo a esperar.

Empezó a follarme con embestidas fuertes y profundas, sacando casi todo para volver a empujar hasta el fondo con un sonido húmedo y demasiado obsceno. Cada embestida me sacudía el cuerpo. Gemía sin control, eran sonidos rotos que salían solos cada vez que su pene rozaba ese punto exacto dentro de mí. Mismo que me hacía desfallecer de placer, ver estrellitas detrás de mis párpados cuando cerraba los ojos.

—Más… más duro— supliqué, y él obedeció.

Aceleró el ritmo casi al instante. Las embestidas se volvieron más fuertes, más rápidas, el sonido de piel contra piel llenaba por completo la habitación. Sus manos me sujetaban las caderas con fuerza, manteniéndome exactamente donde quería mientras me embestía sin piedad. Yo gemía más alto, con la voz quebrada, mientras envolvía su cintura con mis piernas. Cada embestida me sacaba el aire, me llenaba por completo, me hacía sentir usado y deseado al mismo tiempo.

Tom se inclinó sobre mí, sin dejar de follarme, y mordió mi cuello mientras empujaba todavía más profundo.

—Oh sí. Tómalo todo, bebé…— gruñó contra mi piel —Eres mío, ¿a qué sí?, solo yo puedo tenerte así, gimiendo como una puta.

—¡Mhfjhn! Ah, sí…

Otro gemido se me escapó, más alto, más desesperado, mientras él seguía embistiéndome con fuerza. El calor se me acumulaba bajo el vientre, en la punta de mi pene y, era casi doloroso de lo intenso que se sentía. Cada embestida me acercaba más al borde.

—Oh Tom… más… fóllame más duro— supliqué, y él soltó una risa baja y sucia.

Me dobló las piernas hacia el pecho, abriéndome todavía más, y empezó a embestirme con embestidas cortas y brutales, golpeando ese punto exacto una y otra vez. El sonido de sus caderas chocando contra mi culo era melodía para mis oídos. Yo gemía más alto, tenía mi miembro superior duro y rebotando contra mi vientre con cada penetración

.

—Mírate… como me encantas, bebé…— gruñó él, sin dejar de follarme.

Empujó todavía más profundo y yo me corrí con un gemido largo y tembloroso, mi esencia salió a chorros sobre mi propio estómago mientras él seguía embistiéndome a través del orgasmo, estirando el placer hasta que me hizo suspirar.

Siguió follándome unos segundos más, más rápido, más descontrolado, hasta que sacó la polla de golpe. Se puso de rodillas sobre mí, se masturbó un par de veces con la mano resbaladiza y se corrió encima de mi cuerpo. Su semen caliente manchó todo mi pecho, el vientre, y sentía mi pene todavía sensible.

Algunas gotas llegaron hasta mi cuello, incluso.

Jadeaba, mirándome desde arriba, con la polla todavía dura y brillante de semen. Esa vista me gustó demasiado.

Me incorporé un poco, todavía temblando, y me acerqué. Tomé su pene con la mano y lo llevé a mi boca. Pasé mi lengua primero por la cabeza, limpiando el semen espeso y caliente, saboreando el sabor salado y amargo mezclado con el mío. Lo chupé despacio, pasando la lengua por toda la longitud, limpiando cada gota, cada rastro, hasta dejarlo brillante y limpio. Él gruñó bajo, tomando mi cabello entre sus dedos, mientras yo lo limpiaba con la lengua como una buena puta agradecida.

Me encantaba solo ese título cuando era con él, ¿eh? Con nadie más.

Tenía el sabor de su semen en la lengua cuando él me agarró del pelo y me subió hacia arriba. Me besó sin aviso, sucio, metiéndome la lengua hasta el fondo de la boca. Saboreó su propio semen mezclado con mi saliva, chupándome los labios, mordiéndome, lamiendo dentro como si quisiera limpiarme la boca a base de lengüetazos.

Mierda.

—Mhmm…

No fue un beso para nada tierno. Él me agarró la mandíbula con una mano y la otra me apretaba una de mis nalgas, sentía mi culo aún abierto y resbaladizo. Gemí dentro de su boca cuando metió sus dedos en mi culo otra vez, dos de golpe, y él se rió contra mis labios.

—Así me gusta…— gruñó, chupándome la lengua antes de romper el beso. —Que te tragues mi leche, bebé.

—A mi me gusta tragarme tu leche, Tommie.— le contesté devuelta, sonriendo inocentemente. —¿No quieres darme más?— pregunté, formando un pucherito con mis labios.

—Billie…— se echó a reír. —Tú siempre quieres más, amor.

—No es culpa mía.

—¿Entonces es mía?

—¿Quién te manda a ser tan bueno usando a tu amigote, eh?— repliqué —Me encanta coger contigo.— Tommie se sentó en la cama y yo me subí a horcajadas sobre su regazo. Comenzando a besarlo. —Me encanta, me fascina, y lo sabes.

—Pero ya debes descansar, bebé.

No, descansar después.

Continúa…

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por unicornlitz

Escritora del Fandom

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