
Fic TOLL de unicornlitz
Capítulo 6
Le conté a mi buena amiga todo lo que había pasado con pelos y señales, mientras comíamos las galletas que hice con mi abue. Ella abría los ojos más y más con cada palabra que salía de mi boca. Os juro que casi se le salen de lo impresionada que estaba.
Tiene la boca abierta a más no poder, y yo solo bajo la mirada al césped donde estamos sentados. Desde aquí se pueden ver los cafetales, que dejan una vista preciosa, igual que a los trabajadores. Son hombres que se pasan el día currando de sol a sol, pero al menos aquí se les da comida y tienen dónde quedarse. La hacienda es enorme, ya lo he dicho antes. Sopla una brisita fresca, ni fría ni caliente, justo en su punto.
—Bill, no es coña, ¿verdad?— pregunta después de unos minutos de silencio.
Niego con la cabeza —Nada de coña, Adrie… todo lo que te he contado pasó— le respondo —Siento que fue culpa mía. Me despisté, fui un completo idiota…— bufo con pesar, porque todavía me duele recordar todo eso. Creo que me dolerá toda la vida, pero lo único que puedo hacer es aprender a vivir con ello y seguramente estaré bien —Ahora puedes decirme «te lo dije», porque tuviste razón al decirme que me estaba enamorando…
—Tío, claro que no— suspira ella, y la miro a los ojos —¿Cómo voy a hacer algo así? Estás mal ahora, y así como tú has estado en mis bajones emocionales por culpa de Andreas, yo estaré en el tuyo.
Le sonrío, pero solo un poco, y sin mi maldito permiso las lágrimas se me asoman, amenazando con salir si sigo hablando de esto. Pero ya es tarde, mis labios tiemblan intentando contenerlas y trato de respirar hondo para no ponerme a llorar. Ella lo nota y, sin pensarlo, me abraza, haciendo un puchero.
—Tío, ¿por qué no me lo contaste en el momento en que pasó?— me pregunta —¿Por qué lo haces ahora? Me podrías haber llamado, habría viajado a Los Ángeles y nos habríamos ido de juerga, a beber y a bailar en alguna discoteca para matar las penas. Ya sabes cuál es nuestra regla: si uno sufre, el otro también— se separa un poco y me mira con cara de preocupación —Esto va en serio, porque acabaste cortándote el pelo, y eso para ti es sagrado. Todavía recuerdo cómo me gritaste hace años solo por tocarlo cuando te lo acababas de lavar…
Suelto una risita nasal, aún con los ojos llorosos y seguramente rojos —Lo recuerdo…
—No llores, mani… nadie merece tus lágrimas— me dice —Mira que te has hecho un cambio de look brutal, te ves guapísimo y muchísimo más sexy. Hay que hacerle honor a tu nueva imagen y traer de vuelta a tu versión malvada y más perra. Pero, ¿por dónde empezamos?
—No lo sé…— me limpio las lágrimas que aún no han caído —¿Qué tal si vamos a un bar y bebemos hasta olvidar cómo nos llamamos? Ahogamos las penas y volvemos cuando ni siquiera podamos andar…
—Pero, ¿tu madre no llega hoy?— pregunta.
—Es mañana— digo mientras me pongo de pie —Venga, tía… necesito renacer del todo, no puedo seguir sufriendo por Tom. Yo no soy así, me desconozco y me da vergüenza de mí mismo. Eso de llorar es tu papel, el mío es ser el mejor amigo que sería capaz de lanzarte un ladrillo a la cabeza con tal de que espabiles.
Ella suelta una risita —Joder, tienes una habilidad enorme para convertir un momento serio en divertido— comenta mientras se levanta —Pero sí, tienes que volver a tu papel de mejor amigo malo y diva— espeta cruzándose de brazos —Vamos a arreglarnos para vernos bien perras y que todos se giren a mirarnos nada más entrar en ese bar. A ver si acabas bailando con alguien— me guiña un ojo.
—Me da pena por Evan…— suspiro mientras caminamos.
—Que te importe un carajo— me dice ella —Mientras Evan no se entere, no pasa nada. Como siempre digo: sin testigos, no hay delito.
—Supongo que sí.
Evan está liadísimo estudiando, y cuando le respondí a todos los mensajes y le llamé, le prometí que no volvería a desaparecer así como hice durante toda una semana. Estaba mosqueado, y con razón. Al menos debí dejarle algún mensaje o responderle aunque fuera con desgana. Pero no lo hice, y él se preocupó. Esto me pasa por darle la oportunidad de ser novios; debí dejarlo todo como «casi algo», «follamigos» y punto. Pero no, tuve que ir y darle una oportunidad.
Aunque bueno, en realidad nunca se la di del todo, porque jamás le fui fiel.
En fin, Adrianne y yo nos pusimos a arreglarnos para salir. Mi abuela le dio la habitación que está al lado de la mía. Yo me duché primero, por segunda vez en el día, y ella después de mí. Busqué un outfit perfecto para ponerme, que me quedase espectacular y me hiciera ver radiante. Que todos se quedasen con la boca abierta y me silbaran al pasar, porque sí.
No sé, supongo que me mola jugar con la provocación. Hoy he elegido algo sencillo, pero con esa actitud rebelde que me define de pies a cabeza. Un top negro ajustado, sin tirantes, que deja al descubierto justo lo necesario… mi piel, mi clavícula, el centro de atención. Los pantalones son anchos, caen con ese aire despreocupado que me flipa, con unas cadenas colgando que tintinean cada vez que me muevo.
En la cintura llevo un cinturón con hebilla plateada, y los guantes sin dedos rematan el toque rebelde. El pañuelo en la cabeza lo llevo porque sí, porque me da ese aire entre peligroso y seductor que tanto me divierte. Negro sobre negro, cuero y metal. Todo lo que necesito para que, cuando entro en una habitación, el silencio lo diga todo antes incluso de que abra la boca.
Me veo de puta madre.
Lo que sí hice simple fue el maquillaje, me puse apenas un poco porque sé que si me llego a emborrachar podría acabar en una situación vergonzosa con el maquillaje corrido. Ya me pasó una vez y no me mola repetir errores, siempre aprendo de ellos. O bueno… a veces, solo a veces.
Adrianne tampoco se queda corta, esa tía es guapísima. Vamos, que no solo por compartir locura somos amigos; también porque ella y yo tenemos ese lema de que, si no nos vemos bien, no podemos dejar que el mundo exterior nos vea. Es igual de orgullosa que yo, aunque a veces se le olvida. Cuando salgo de mi habitación ya listo y con el móvil en la mano, me la encuentro esperándome, de brazos cruzados.
Adrianne siempre tiene ese don para vestirse como si no lo hubiera planeado y aun así parecer salida de una revista. Hoy, por ejemplo, apareció con un abrigo corto gris, de esos suaves que te dan ganas de abrazarla solo por el tacto. Debajo lleva una minifalda negra que deja poco a la imaginación, porque claro, es Adrianne, y la sutileza no es precisamente lo suyo.
Encima del pelo liso lleva una gorra de cuero negra que le da ese toque entre chic y rebelde, y una bolsa enorme del mismo material colgando del hombro, como si fuera parte de su actitud. Las medias finas y las botas altas completan el conjunto, y juro que por un momento me pregunté si la gente se giraría para verla por el look o simplemente porque es ella. Adrianne no necesita esfuerzo; camina como si el mundo fuera su pasarela y el aire tuviera que apartarse para dejarla pasar.
Ella y yo somos el complemento del otro.
—Entonces, ¿listo para una gran noche en alguna buena discoteca de este pueblo?— pregunta, arqueando una ceja con picardía.
Sonrío con la poca malicia que me queda y la que debo alimentar antes de que muera por completo —Listísimo para volver a ser yo— le digo —Tengo el GPS y busqué una discoteca. Lo bueno es que es la mejor de la zona, una a la que solo entra gente con pasta, pero lo malo es que está lejos y para volver no creo que haya taxis currando a esas horas.
—Ya veremos qué hacemos— me dice, y se acerca a mí para entrelazar su brazo con el mío y guiarme por el pasillo antes de bajar las escaleras con toda nuestra aura de realeza —Lo que importa es disfrutar, beber y beber hasta perder la consciencia si hace falta, y ahogar los males con buena música, ¿a que sí?
—Sabes que amo todo lo que tenga que ver con fiesta y alcohol— le digo —Obvio que lo vamos a pasar de puta madre.
—Ay, por Dios… así que es verdad— la voz de Chantelle corta nuestra aura y nos detenemos para mirar hacia donde viene. Está con los brazos cruzados junto a Ría y Sarah, las tres mosqueteras, y ya es más que obvio que me tienen envidia por ser más guapo que ellas —Realmente trajiste a tu amiguita aquí.
—Me llamo Adrianne— aclara la castaña —¿Y tú? ¿Eres acaso una de las chicas de servicio?— pregunta mirándolas de arriba abajo, no solo a Channie sino también a Ría y Sarah —Porque si es así, te recomiendo que uses el uniforme, solo para no estropear esa ropita que llevas puesta. Que, por cierto, ya está muy pasada. Te puedo dar algo de limosna para que te compres algo…
Aprieto los labios para no soltar la risa al ver la cara indignada de mi prima, mientras que Ría y la otra solo se miran entre ellas. —¿Quién coño te crees para hablarme así, eh?— salta Chantelle —Yo no soy ninguna chica de servicio, soy prima de este idiota— me señala —Y no necesito tu dinero, seguramente lo conseguiste abriendo las piernas a viejos verdes. Porque me imagino que eres de esas que se plantan en una esquina a venderse.
—Chantelle…— digo su nombre en un suspiro —¿De verdad quieres tener problemas conmigo?— le pregunto, soltándome del agarre de mi mejor amiga para tener los brazos libres por si toca lanzarme contra esa zorra —Tanto que la tía Lilianne se queja de mí por ser grosero e irrespetuoso, y mira con lo que sale su hija adorada… criticando a mi mejor amiga— me cruzo de brazos.
Ella pone los ojos en blanco —Todo lo que mi madre o la tía Sabine dicen de ti es por algo— espeta —Te mereces todo lo feo que te dicen, Bill. Eres un estúpido que se cree el rey del mundo solo por llevar un par de botas caras. ¿De qué te sirve tanta «belleza» si no tienes cerebro? Estás tan acostumbrado a que tu papi te lo dé todo, que ni siquiera mueves un dedo para prepararte tu propia comida. Das pena, ¿por qué no, en lugar de jugar al niño pijo dueño del mundo, no ayudas a Shermine a ver las gallinas?
Adrianne hace una mueca con los labios.
—Para empezar: eww…— digo con asco, llevándome una mano al pecho —Y para continuar: ¡ewww!— exclamo en voz baja, escandalizado por su sugerencia —¿Cómo se te ocurre decirme algo así? Ni de coña me meto en un corral lleno de porquería de gallinas. Para eso estáis vosotras, que os mola trabajar como burros en el campo rodeadas de vacas. O al menos eso veo en las fotos sosas y de pésima calidad que subís a Instagram— le suelto —Y para rematar: al menos yo sí tengo padre.
—Bill, no te pases— salta Ría, indignadísima —No te burles de algo tan delicado. Nuestro padre murió y estás faltando al respeto a su memoria.
Me río sin poder evitarlo, o quizás sí quiero hacerlo, así que me río a gusto —¿Ahora soy yo el malo aquí?— pregunto, y de una dejo de reír —No me hagas cabrearme, Riri… Vosotras sabéis perfectamente cómo soy. Y tenéis clarísimo que si os metéis conmigo os atenéis a las consecuencias, porque no pienso dejar que intentéis humillarme cuando sois una maldita plasta de mierda en mi camino.
—¡Eres un imbécil!— exclama Sarah —¡¿No te das cuenta de que nadie te quiere aquí, Bill?!— grita —¡Eres tan insoportable que por eso los demás prefieren pasarse el día fuera, para no verte la cara! ¡¿Por qué no te largas a tu casa, eh?! Al fin y al cabo, siempre vas diciendo a los cuatro vientos que no te gusta el campo, que aquí solo hay gente pobre y te da miedo que eso se te pegue, ¿me equivoco?
Niego con la cabeza. —No, cariño… no te equivocas— le respondo —Si estoy aquí es por tres razones: la primera— alzo un dedo —Porque quiero; la segunda— alzo otro —Porque puedo; y la tercera— uno más —Porque me sale de los cojones. ¿Qué vas a hacer al respecto, eh?
Ella gruñe, está a punto de lanzarse contra mí, igual que Chantelle y Ría, pero justo aparece Sabine empujando su silla de ruedas. Tiene esa cara de amargada que lleva siempre, con una camisa azul de manga larga, sus típicos pantalones de seda negros y la manta de flores que ahora usa para cubrir sus piernas inútiles. Sé que no debería burlarme de eso, pero es que no las soporto. A ninguno, vamos.
—¿Qué está pasando aquí?— pregunta con su voz seria, como siempre.
—Mamá, es Bill…— responde Sarah, poniendo su mejor cara de víctima. Adrianne frunce el ceño al instante —Se ha burlado de Channie y de Ría porque no tienen padre y él sí, ¿sabes lo horrible que es eso?
Sabine me mira. —Como siempre, Bill, saliendo con tus mierdas— espeta —¿Hasta cuándo contigo? Ya está bien, joder. Detén esa actitud tan horrible que tienes. Ya no eres un adolescente, eres un adulto. Compórtate como tal y pide disculpas a las niñas por tus comentarios.
Cruzo una mirada con Adrianne y, los dos, como si nos hubiéramos conectado por Bluetooth, nos echamos a reír.
—¿Qué?— digo —Lo siento, tía Sabine, pero eso no va a pasar ni ahora ni nunca. Y sí, me burlé del hecho de que no tienen padre, pero no es mi culpa. Ellas empezaron, yo solo me defendí. Si no quieren que suelte mis «comentarios de mierda», entonces que primero eviten hablar conmigo.
—No te dijimos nada malo— dice Chantelle, con tono de niña buena.
—Ay, no… no, reina— interviene Adrianne, negando con la cabeza mientras mueve el dedo índice —No pongas esa cara de mosquita muerta que no te pega, y claro que dijiste algo malo. Pero, ¿para qué explicarlo, Billie?— pregunta, mirándome —Que piensen lo que les dé la gana, tú y yo tenemos una salida pendiente.
—Tienes toda la razón, mani— asiento lentamente con la cabeza —Ya tendré tiempo para ponerlas en su sitio. Por ahora… tenemos una discoteca a la que ir— le digo, y entrelazamos nuestros antebrazos otra vez. Pero antes de girarme para irme, ladeo la cabeza para mirarlas y les lanzo un beso al aire —Que tengáis una noche preciosa, sabéis que os quiero un montón— comento con todo el sarcasmo del mundo.
Chantelle sonríe con algo que parece más una mueca, pero paso de eso y, tras avisar a mi abuela de que saldría de fiesta y que quizá no volvería esta noche, Adrianne y yo salimos de la hacienda. Obviamente le pedí a Gustav que me llevase a la dichosa dirección donde estaba la discoteca; tuve que ir a buscarlo a los establos y casi me mancho, pero por suerte no pasó. Y Gusi, como el buen primo que es, aceptó llevarnos. Le prometí un buen regalo por el favor.
En fin… juro que esta fue la borrachera más intensa que me he pillado en mi vida.
Continúa…
Gracias por la visita. No te vayas sin comentar 😉
Amo la personalidad de Bill es realmente fantástico ver la seguridad que se carga