
Fic TOLL de unicornlitz
Capítulo 8
Despierto con la absoluta certeza de que he muerto o voy a morir, no hay otra explicación posible.
Me duele todo, incluso cosas que no sabía que pudiesen dolerme. La cabeza me late como si tuviera dentro una rave infernal, la boca me sabe a polvo… ¿o quizá a cartón? No lo sé. Siento un dolorcillo en la lengua y, al rozarla con el paladar, noto que hay algo ahí. Alzo el brazo como puedo y llevo un dedo a la boca para tocar lo que sea que tenga.
Es una bolita… joder, joder… ¿qué coño he hecho?
Los ojos… oh, mis ojos arden como si hubiese llorado lo más grande. Cosa que no descarto, la verdad.
Intento moverme, pero el cuerpo se me niega rotundamente. Así que este es el castigo divino, ¿eh? Esto es el fin. Así termina mi historia, no con un beso, sino con una resaca de los mil demonios. La luz que entra por la ventana me atraviesa con una crueldad innecesaria. —Apagad el sol, por favor— murmuro con voz de moribundo —Decidle que ya cumplió su propósito… que me deje morir en paz.
Me tapo hasta la cabeza con la sábana, convencido de que si finjo estar muerto, tal vez la vida tenga piedad y me deje descansar eternamente. El estómago me ruge, la cabeza me zumba y el corazón me late tan fuerte que creo que en cualquier momento va a salir corriendo por su cuenta. Trago saliva y se siente como tragar cristales.
Si mi abuela entra y me ve en este estado, seguro piensa que estoy poseído. Tengo el pelo hecho un desastre, las rastas enredadas, los labios secos, la mirada perdida y el alma a medio salir del cuerpo. Una lágrima, quizá de sufrimiento, quizá de arrepentimiento, me resbala por la mejilla. Fue una buena vida, tuve mis momentos… mis errores… ¿hasta aquí he llegado? ¿Acaso ya cumplí mi propósito y Dios me necesita para que el cielo tenga más sentido? O mejor dicho… ¿cuál es mi propósito?
El mundo sigue girando, cruel e indiferente a mi tragedia.
—Necesito una aspirina…
Cierro los ojos con resignación, dispuesto a aceptar mi destino o no. Esta no será mi última mañana, no voy a morir en mi habitación, rodeado de almohadas y miles de arrepentimientos. No seré un cadáver hermoso y sexy tirado entre sábanas arrugadas. Claro que no. Así que me incorporo en la cama, cerrando los ojos unos segundos para calmar el mareo repentino que me da. Miro la hora en el despertador, pero mi atención se desvía hacia un pequeño platito con una aspirina y un vaso de agua preparados.
Sonrío. Eso es cosa de mi abuela.
Aun con todo el dolor que tengo, logro acercarme a la mesita de noche. Tomo la aspirina y el vaso de agua, ignorando el pequeño pinchazo que siento en la lengua, donde sé con certeza que tengo un piercing. Suelto un suspiro, dejo el vaso junto al plato y aparto las sábanas para sentarme al borde de la cama. Mis pies tocan el suelo frío y un escalofrío me recorre el cuerpo entero.
Me siento muy débil, como si en cualquier momento fuese a caerme. Esta es, sin duda, de las peores resacas que he tenido, ¿vale? Jamás me había sentido así después de tomar un par de copas… porque solo fueron un par, ¿verdad? El caso es que no recuerdo absolutamente nada de lo que pasó. No sé ni cómo he amanecido en mi cama ni si Adrianne vino conmigo. No tengo recuerdos de nada. Eso es lo que me pasa cuando bebo demasiado… joder, espero no haber hecho nada malo o ridículo.
Camino tambaleándome, cojo mi toalla y salgo de la habitación. Entro en el baño que está justo enfrente, en el pasillo.
Menos mal que no tengo nada de maquillaje corrido, aunque sí tengo unas ojeras horribles y los labios resecos y algo agrietados. Me doy cuenta de que tengo un piercing en la ceja derecha; saco la lengua y veo mejor el piercing que está ahí. Buf, procedo a lavarme los dientes, con la esperanza de que la resaca se me pase con la pastilla que me acabo de tomar. No me puedo creer que me haya hecho perforaciones estando borracho. Joder. Después de lavarme los dientes, corrí la mampara de la ducha y abrí el grifo.
Mientras el agua caía y se calentaba, me dispuse a quitarme la ropa que llevaba puesta. Fue en ese instante cuando, al mirarme al espejo, vi otra perforación en… en uno de mis pezones, el izquierdo para ser exactos. Mierda, y como si eso no fuera poco, también me veo un tatuaje en un costado de la cadera. Una estrella. La piel aún está rojiza, coño. ¿Pero qué cojones hice, dios mío?
—Me castigarán…
Entré en la ducha y me lavé bien el cuerpo, junto con el pelo. Tendré que encerar mis rastas, joder. No vuelvo a beber así en mi vida, lo prometo, la próxima vez será con más moderación.
Cuando terminé de ducharme, salí del baño ya sintiéndome un poco más ligero, pero con un dolor aún punzante en la cabeza que iba disminuyendo conforme pasaban los minutos. Supongo que es la pastilla haciendo efecto, así que entré en mi habitación y, todavía caminando como un zombi y con los ojos medio cerrados, me acerco al armario y saco algo cómodo para soportar el calorazo que hace aquí. Porque saldré a tomar el aire, a ver si me viene algún recuerdo.
Y bueno, podré tener resaca, pero eso no me quita el buen gusto. Así que me puse una camiseta blanca ajustada, de esas que parecen simples pero no lo son, con letras brillantes que dicen «BABY». La combiné con unos shorts negros diminutos, lo justo para dejar las piernas al aire, y un cinturón de estampado de leopardo que, sinceramente, era el toque perfecto entre lo salvaje y lo elegante.
El pelo suelto, cayendo por los hombros, y una banda blanca en la cabeza. Añadí unos collares dorados en capas y unos pendientes de aro grandes, porque, ¿cuándo es demasiado dorado? Nunca.
En la mano llevaba mi chaqueta de cuero marrón, por si refrescaba o si quería darle un toque más rebelde al look. Y para completar el conjunto, optaría por unas botas altas negras de tacón, de esas que hacen ruido al andar y te hacen sentir poderoso con cada paso. Sí, lo sé… demasiado para un paseo casual, pero cuando eres yo, lo casual no existe.
Me encanta cómo me veo. Ahora debo salir de mi habitación y bajar las escaleras para hablar con mi abue y preguntarle si…
—Estoy que me muero— bufa Adrianne justo cuando abre la puerta de mi habitación, interrumpiendo mi plan mental. Tiene un aspecto peor que el mío cuando desperté, así que ya me queda claro quién disfrutó más la noche —Me va a explotar la cabeza, y dejaré este mundo siendo joven todavía…
Suelto una risita. —¿Buenos días?
—Buenas tardes— dice, señalando vagamente el despertador, donde marca la hora: las tres de la tarde —Billie, de verdad siento que voy a morir.
—Lo sé, bebimos mucho— ella asiente con una mueca en los labios que se le va suavizando cuando me mira de arriba abajo y frunce el ceño —¿A dónde vas tan arreglado? ¿No tienes resaca? Yo quiero quedarme en la cama toda la vida, pero vine a asegurarme de que estuvieses aquí, y estás de maravilla.
—No te creas, aún me duele la cabeza— le digo —Pero mi abue me dejó una pastilla y me la tomé en cuanto me levanté. ¿A ti no te dejaron una?
—Sí…— asiente, pasándose una mano por la cara —Me la acabo de tomar, casi no me podía levantar de la cama. ¿A dónde vas?
—A tomar el aire, mani… quizás me ayude a calmar la molestia que tengo— le digo —Me siento cansado, pero no pienso tumbarme en la cama, al menos no todavía. Ven conmigo, dúchate y salgamos a respirar aire puro— le sugiero con una sonrisilla burlona —Aunque bueno, quizá no quieras, habrá mosquitos.
—Imbécil, sí que voy…— me dice —Conectaré un poco con… la naturaleza.
Me echo a reír al verla salir de mi habitación igual que entró, tambaleándose. Tomo aire y me aseguro de no dejarme nada. No vi mi móvil por ningún lado, así que debo asumir que lo he perdido. Genial. Quien lo encuentre verá mis fotos en tanga… ¡Ja! No os creáis, no tengo fotos así en el móvil… ¿o sí? Ay, mierda, tampoco lo recuerdo.
Salí de la habitación bajando las escaleras, agarrándome bien del pasamanos, porque lo último que quiero es poner mal el pie y acabar rodando cuesta abajo. Todavía tengo mareos, y hambre, mucha hambre.
—Hasta que te levantas…— oigo decir a… bueno, como no distingo la voz, me toca ladear la cabeza y veo a Stuart. Está comiendo una manzana, masticando lentamente, con una sonrisa burlona en la cara —¿Ya encontraste tus antenas, Billie?— pregunta de forma burlona. Yo le miro confundido. ¿De qué antenas habla este idiota?
—¿Te caíste de la cama esta mañana?— le pregunto.
Él suelta una risita. —Mi tía Simone está cabreadísima, está en el salón, deberías ir a verla.
—¿Simone?— frunzo el ceño —¿Mi madre ya ha llegado?
Pensé que llegaría por la noche. Eso significa que… Tom está aquí. Joder, no.
—Llegó el sábado, Bill— me dice —¿No sabes qué día es?— niego con la cabeza, y él vuelve a reír —Mierda, ¿cuánto bebiste? Hoy es lunes, llegaste anoche, sobre las nueve o casi las diez. Y diciendo gilipolleces. La tía Simone está muy, pero muy cabreada, y más porque, al parecer, te hiciste unos piercings…
Esperad… yo salí el viernes por la tarde, mamá llegó el sábado… eso quiere decir que estuve dos días bebiendo sin darme ni cuenta. Joder, joder, joder, joder… mi madre me vio cuando llegué, mierda. Adiós a mi regalo de Navidad, a mi herencia, a mi libertad. Me van a meter en un internado militar, donde me harán sufrir de lo lindo y no me dejarán salir hasta que aprenda a comportarme. Ya me imagino a mí mismo, en una celda, agarrando los barrotes mientras grito porque hasta el uniforme es feo y me han dejado pelón.
—Oh, Dios… es terrible— murmuro.
Dejo a Stuart comiéndose su manzana mientras me mira como si fuera un chiste y camino rápido, o como puedo, hacia el salón. Donde, efectivamente, está mi madre junto a mi tía Sabine teniendo una conversación. Pero claro, no están solo ellas dos, también están Lilianne, Chantelle, Shermine, Álvaro… Tom y… y la bruja plástica, o como todos la llaman: Heidi. Ahí están todos, de cháchara, tan animados después de tanto tiempo sin verse. Yo me quedo de pie, al borde de un ataque de pánico, dispuesto a darme la vuelta y salir corriendo… pero…
—Bill…— la voz de mi madre me llama con tono firme. Aprieto las manos en puños, cierro los ojos y froto mis labios —¿A dónde crees que vas?
La conversación que todos tenían cesa en el momento en que ella menciona mi precioso nombre. Suelto un suspiro y me doy la vuelta lentamente. Mi abuela Charlotte no está aquí, ¿dónde coño se ha metido? Solo ella podría sacarme de este apuro. Cuando termino de girarme, fijo la vista en mi madre, que está de pie, con los brazos cruzados y esa expresión seria en la cara.
Esbozo una sonrisa que parece más falsa que un billete de tres euros. —Hola, mamá…— saludo, alzando la mano y moviendo los dedos débilmente, como si quisiera saludarla con eso, pero ni los dedos me responden bien —¿Qué tal todo? ¿Bien? Me alegro— suelto una exhalación mezclada con una risita nerviosa —Yo estoy bien, gracias a Dios. Excelente…
Ella entrecierra los ojos, evaluándome con detenimiento. —¿Qué tal la resaca, cariño?— pregunta.
—Normal, nada fuerte.
—Ah…— asiente despacio con la cabeza —¿Seguro? Porque con los dos días que estuviste fuera, bebiendo, y con lo que llegaste aquí creyéndote extraterrestre, supuse que tendrías una resaca horrible que ni la aspirina te quitaría— su tono es puro sarcasmo —Pero viéndote, supongo que no fue muy fuerte.
—Así es…
—Bill, ya sabes que tenemos que hablar, ¿verdad que sí?— mi sonrisa forzada se borra y asiento lentamente —Qué bien, ahora siéntate.— me señala el sofá donde están sentadas Lilianne y Chantelle. Ahg, no quiero sentarme junto a la plaga. —¿A qué esperas, Bill?
—¿No lo haremos en privado?— le pregunto —Si vas a echarme la bronca, preferiría que fuera lejos de los ojos y oídos de los demás…
—No iremos a ningún lado, siéntate ya— me ordena.
Pongo los ojos en blanco. El juego de muebles es grande, hay dos sofás largos. En uno, contra la pared, están sentados Tom y Álvaro, que, por cierto, los dos me están mirando, pero evito cruzar la mirada con Tom. En el otro sofá, frente a ellos, están Lilianne y Chantelle. En uno de los sillones está Heidi; tampoco la miro, porque no me apetece ver su cara de moscorrofio, y en su silla de ruedas está Sabine. También mirando, como siempre, esperando el momento para meter el hocico donde no la llaman.
Me siento entre Chantelle y Lilianne, completamente rígido. No quiero ni rozarlas.
—¿Tienes algo que decirme?— me pregunta mi madre.
—Quiero decir que lo lamento mucho— me llevo las manos al pecho con mi mejor cara de inocente —De corazón, mamá. Prometo no volver a salir así, ¿vale? Ah, y también prometo no beber ni una sola gota de alcohol durante los meses que faltan para que acabe el año. Me portaré bien. Y ahora que ya lo he aclarado, ¿puedo irme? Quiero tomar un poco de…— me abanico el rostro —de aire.
Ella arquea una ceja. —No, jovencito— niega con la cabeza —¿Tienes idea del estado en el que llegaste anoche? ¿Sabes siquiera cómo llegaste aquí? Porque lo dudo…
—Sí, bueno, cuando bebo, mi cerebro se desconecta, y eso impide que tenga recuerdos de lo que hice durante mi momento de embriaguez— le aclaro —Pero quiero que sepas, madre, que no es intencional. Lo que pasa es que cuando bebo alcohol, me olvido de quién soy y mi instinto animal sale a la luz para causar desastres de los cuales yo— me señalo a mí mismo —Como la persona civilizada que soy en mi estado sobrio, no soy consciente.
Álvaro se relame los labios para contener una risa. —Invéntate algo mejor, Bill— me dice.
—Tú cállate…— le gruño, pero vuelvo a sonreír forzadamente al mirar de nuevo a mi madre —Tú me entiendes, ¿verdad, mamá?
—Estás castigado, Bill Nikklas Wieger Kaulitz.
Genial. Recuerdo que la vez que me llamó por mi nombre completo fue hace dos años, odio el «Nikklas».
Maldición.
Continúa…
Tom, ¿por qué tenías que tratar a Billie así? Pirobo hijueputa 😭☝🏻 JKAJAKAJAJAJA.
Me encanta como es Bill 😁🎉baya dos días de juega jaja