Fic TOLL de Beth

Capítulo 10

Ya había pasado más de una hora desde que salí de la oficina de Tom con el sabor de él todavía en la boca y el plan zumbándome en la cabeza como un enjambre.

Me miré en el espejo del baño de mi habitación: el pantalón negro largo, la sudadera gris que me cubría hasta las caderas, las zapatillas deportivas. Todo tapado, como él había exigido.

Me sentía ridículo, como un muñeco vestido por alguien más, pero era necesario. Si quería salir, tenía que jugar según sus reglas… al menos por ahora.

Escuché los pasos pesados en el pasillo antes de que tocaran la puerta. Viktor y Marko. Los dos Alfas que Tom había elegido para escoltarme. Grandes, silenciosos, con ese olor alfa dominante que llenaba el aire como humo espeso.

Abrí la puerta y los encontré ahí, esperando como estatuas.

—Listo —dije con la voz neutra.

Viktor asintió una vez.

—El jefe dijo que no te separes de nosotros. Nada de probadores solos, nada de baños sin que uno esté en la puerta. Compras rápidas y volvemos.

Marko solo gruñó en acuerdo, cruzando los brazos.

Asentí, fingiendo sumisión.

Por dentro, mi mente corría: centro comercial grande, mucha gente, entradas y salidas múltiples, cámaras pero también multitudes donde perderse.

Dos Alfas eran un problema, pero no imposibles. Podía fingir un mareo, distraerlos en una tienda llena, escabullirme por un pasillo de servicio.

O pedir ir al baño y salir por una ventana. Cualquier cosa. Lo importante era ganar tiempo y espacio.

Bajamos las escaleras en silencio.

Tom estaba en el vestíbulo principal, hablando por teléfono con alguien. Cuando me vio, colgó de inmediato. Sus ojos dorados me recorrieron de arriba abajo, asegurándose de que estuviera cubierto. Vi el alivio en su expresión, mezclado con algo más oscuro: posesión.

—Bien —dijo, acercándose— Recuerda lo que hablamos. Compras para la niña. Nada más. Viktor y Marko te cuidan. Si algo pasa, me llaman.

Asentí, bajando la mirada para que pareciera obediente.

—Sí, Tom. Solo lo necesario para Victoria.

Él dudó un segundo, como si quisiera tocarme, pero se contuvo. En cambio, se inclinó y me dio un beso breve en la frente. Su olor alfa me envolvió, cálido y dominante, y por un instante mi cuerpo traidor respondió: un tirón en el vientre, la marca en el cuello latiendo. Lo ignoré.

—Vuelve pronto —murmuró contra mi piel—Yo ya me iré, cuando vuelva iremos por ella….me muero por verla.

El corazón me dio un vuelco. No era solo manipulación para él. Realmente quería conocerla. Eso me dolió más de lo que esperaba.

—Está bien —susurré.

Salimos.

El coche negro blindado esperaba en la entrada.

Viktor abrió la puerta trasera para mí, Marko se sentó al lado. Tom se quedó en la puerta, mirándonos hasta que el coche arrancó.

En el asiento trasero, con los dos Alfas a mi alrededor como muros, miré por la ventana tintada. El paisaje pasaba rápido: la mansión alejándose, la ciudad acercándose.

Mi plan estaba en marcha.

Tenía que convencerlos de que me dejaran solo aunque fuera cinco minutos. Tenía que encontrar una grieta. Tenía que escapar.

Por Victoria.

Por mí.

Y aunque una parte de mí ,muy pequeña, muy traidora ,extrañaba el calor de Tom, el olor, sabía que no podía quedarme.

No en este mundo.

No con él.

No cuando mi hija me esperaba en casa, preguntando por papá.

Apreté los puños en el regazo, el corazón latiendo fuerte.

Llegamos al centro comercial después de casi cuarenta minutos de carretera. El coche blindado se detuvo en el estacionamiento subterráneo, en una zona reservada que Viktor había llamado antes para que nos dejaran entrar sin problemas.

Bajé primero, sintiendo el aire acondicionado golpeándome la cara como un recordatorio frío de dónde estaba.

Los alfas salieron detrás de mí, flanqueándome como dos sombras altas y silenciosas.

No hablaban mucho, pero su presencia era imposible de ignorar: feromonas dominantes que mantenían a la gente a distancia sin necesidad de palabras.

El centro era enorme.

Tres pisos, pasillos amplios llenos de tiendas, escaleras mecánicas, ascensores de cristal, fuentes en el medio y un montón de gente: familias con niños, adolescentes en grupos, parejas, trabajadores.

Perfecto para perderse.

Empecé a caminar despacio, fingiendo mirar vitrinas mientras mis ojos recorrían todo con detalle.

Primero, las salidas: la principal al norte, con puertas automáticas grandes y mucha gente pasando.

Dos salidas de emergencia al este y oeste, señalizadas pero menos transitadas, probablemente con alarmas.

Una salida trasera cerca del área de comida rápida, que daba a un estacionamiento trasero más pequeño y menos vigilado.

También vi un pasillo de servicio detrás de una tienda de ropa, con puerta marcada “solo empleados” ,eso podía ser útil si lograba distraerlos.

Cámaras: había muchas.

En cada esquina, sobre las escaleras, en los techos de los pasillos principales. Pero no en todas partes. Los baños no tenían ,o al menos no visibles, los probadores estaban en zonas ciegas, y el pasillo de servicio que vi parecía sin cobertura directa.

El área de comida rápida tenía menos, y el estacionamiento trasero tampoco parecía tan vigilado.

En mi mente ya estaba maquinando el plan:

Entrar a una tienda grande con probadores múltiples.

Fingir que necesito varias cosas para Victoria (ropa de niña, juguetes pequeños).

Pedir ir al baño “porque me siento mal” (el celo reciente me daba excusa: mareos, calor).

Una vez en el baño, salir por la ventana si había ,muchos baños de centros comerciales tienen, o distraer a uno de los Alfas en la puerta y escabullirme por el pasillo de servicio.

Bajar por escaleras de emergencia al estacionamiento trasero.

Tomar un taxi o autobús rápido y desaparecer antes de que me rastreen.

No era perfecto, pero era factible.

Tenía dinero en efectivo que Tom me había dado “por si acaso”, y mi teléfono ,con GPS desactivado desde que me lo devolvieron bajo supervisión.

Si lograba separarme aunque fuera cinco minutos, podía hacerlo.

Marko rompió el silencio mientras subíamos por las escaleras mecánicas.

—Apúrate a comprar. El jefe quiere que volvamos antes de que oscurezca.

Rodé los ojos, fingiendo fastidio adolescente.

—Tranquilo, grandote. No soy una niña de cinco años. Solo necesito cosas para una.

Entramos a la primera tienda de ropa. Fingí interés: tomé vestiditos, pijamas con estrellas, un par de zapatos pequeños.

Me probé una sudadera para mí mismo en el probador, salí y les mostré.

—¿Les gusta? —pregunté con voz dulce, girando un poco.

Viktor gruñó algo que sonó a aprobación. Marko miró alrededor, alerta.

Pasamos a otra tienda de juguetes.

Ahí me hice el tonto de verdad: me detuve frente a un estante de peluches, tomé uno de lobo blanco (igual al que Victoria tiene en casa) y lo abracé contra el pecho.

—Este es perfecto para ella —dije, con voz suave—Le va a encantar. ¿Pueden esperar un segundo? Quiero ver si hay más colores.

Marko suspiró, pero se quedó en la entrada de la tienda. Viktor se acercó un poco más, pero no entró al pasillo de juguetes.

Perfecto.

Seguí fingiendo.

Tomé varios peluches, los puse en la canasta, caminé hacia el fondo donde había un pasillo que conectaba con la zona de comida rápida.

Vi la puerta de servicio al final: “Solo empleados”, pero sin candado visible.

Ahí estaba mi salida.

Me detuve frente a un espejo grande, fingiendo arreglarme el cabello.

—Chicos… me siento un poco mareado—dije, llevándome la mano a la frente—Creo que necesito ir al baño un momento. El celo reciente… ya saben.

Viktor frunció el ceño.

—Vamos contigo.

—No —respondí rápido, con voz sumisa— Solo necesito sentarme un segundo. Hay un baño justo ahí. Pueden esperar en la puerta. No tardo.

Marko dudó, pero al final asintió.

—Dos minutos. Si no sales, entramos.

Asentí, caminando hacia el baño.

Entré, cerré la puerta del cubículo, pero no me senté.

Esperé diez segundos, escuchando sus pasos fuera.

Luego salí del cubículo, abrí la puerta del baño lo justo para ver que estaban vigilando la entrada principal… y corrí hacia el pasillo de servicio.

La puerta cedió.

Corrí por el pasillo oscuro, bajando escaleras de metal con mi corazón en la garganta.

Salí al estacionamiento trasero.

Había taxis esperando.

Me subí al primero que vi.

—Vamonos!—dije con mi voz temblando—Rápido.

El taxista arrancó.

Miré por la ventana trasera: nadie me seguía aún.

Pero sabía que no tardarían.

Tenía minutos.

Tal vez menos.

Pero había escapado.

Y aunque la marca en mi cuello ardía como fuego, aunque el olor de Tom todavía estaba en mi piel, por primera vez en dos semanas sentí que respiraba de verdad.

Ahora solo tenía que llegar a casa antes de que me encontraran.

El trayecto fue eterno y corto al mismo tiempo. Cada semáforo en rojo me hacía apretar los puños, cada curva me hacía contener la respiración, sabía que el vínculo renovado me delataba, que mis feromonas todavía llevaban su olor, pero no había tiempo para supresores. Solo había tiempo para llegar a casa.

Cuando el taxi se detuvo frente a la casa ,mi casa, la de siempre, con el jardín pequeño y las luces encendidas en la sala, le tiré todo el dinero que Tom me había dado: billetes arrugados, más de lo que necesitaba para el viaje. También le dejé el celular que me habían devuelto y la sudadera gris que aún olía a él.

—Quédese con todo —le dije al taxista, abriendo la puerta de golpe—Gracias.

Bajé corriendo, sin mirar atrás.

Subí los escalones de dos en dos, abrí la puerta con la llave que siempre escondía en un lugar secreto y entré.

El olor a hogar me golpeó como un abrazo: vainilla, café, el perfume suave de Victoria, el aroma protector de mi madre. Y entonces las vi.

Mi madre y Victoria estaban en la sala.

Mi madre de pie, con el teléfono en la mano, hablando con alguien ,probablemente la policía.

Victoria sentada en el sofá con su peluche de lobo blanco.

Las dos se giraron al mismo tiempo.

—Papi… —susurró Victoria con los ojos muy abiertos.

Mi madre dejó caer el teléfono.

—Bill…

Y se lanzaron sobre mí.

Victoria llegó primero, corriendo con sus piernitas cortas, chocando contra mis piernas y abrazándome con toda su fuerza.

Mi madre llegó un segundo después, envolviéndonos a los dos en un abrazo de oso  que casi me levanta del suelo.

Lloramos los tres al mismo tiempo. Lágrimas calientes, sollozos ahogados, manos que no sabían dónde tocar primero.

—Papá… papá… —repetía Victoria contra mi pecho, enterrando la carita en mi camisa— Te extrañé mucho…

Yo la alcé en brazos, besándole la cabeza, oliendo su cabello rojizo rizado que olía a champú de fresa y a ella.

Mi madre me abrazaba por detrás, temblando.

—Estás vivo… estás aquí… —murmuraba, la voz rota—Pensé que te había perdido…

Minutos después, la puerta se abrió de nuevo.

Simone entró corriendo, con una bolsa de supermercado en la mano. Iba a decir algo ,probablemente que había ido a comprar leche, pero al verme se quedó helada.

—Bill…

Dejó caer la bolsa.

Corrió hacia mí y me abrazó tan fuerte que casi me corta la respiración. Victoria seguía aferrada a mi cuello, mi madre a mi espalda, Simone delante. Estábamos los cuatro enredados en un nudo de brazos y lágrimas.

—Ayúdame, Simone —le dije al oído con la voz temblando—Ayuda a Victoria a empacar toda su ropa. Rápido. Y rocía el perfume que tengo en la mesita de noche en toda su ropa. Todo. No dejes ni una prenda sin rociar.

Simone me miró confundida un segundo, pero vio la urgencia en mis ojos y asintió.

—Entendido.

Tomó a Victoria de mi brazo con suavidad.

—Ven, mi amor. Vamos a hacer maletas como cuando vamos de viaje. Papá nos explica después.

Victoria me miró con los ojitos llenos de preguntas, pero Simone la llevó escaleras arriba antes de que pudiera preguntar.

Mi madre me soltó despacio, pero no me dejó ir del todo.

Me tomó la cara con ambas manos, con sus ojos brillando con furia y alivio.

—Bill… ¿qué pasó? ¿Quién te llevó? ¿Estás herido? ¿Por qué huiste así?

—Ayúdame a empacar mis cosas —le dije con mi voz baja pero firme—Ahora. Te explico todo cuando estemos en la habitación. Pero ahora mismo necesito que confíes en mí y que nos vayamos. Rápido.

Ella dudó un segundo, pero su instinto reconoció la urgencia en mi olor, en mi mirada. Asintió.

—Está bien. Vamos.

Subimos corriendo.

Mientras Simone y Victoria empacaban juguetes y ropa en una maleta pequeña, yo entré a mi cuarto. Abrí el armario, saqué una mochila vieja y metí lo esencial: documentos, algo de dinero que tenía guardado en una caja fuerte pequeña, ropa para mí y Victoria, el peluche de lobo de repuesto que tenía desde niña.

Todo rápido, sin pensar demasiado.

Mi madre entró detrás de mí.

—Bill… háblame. ¿Quién fue? ¿Por qué te llevaron?

Tomé aire profundo.

—Tom Pitz. El Alfa que me marcó cuando tenía quince. El padre de Victoria.Me encontró en el hospital. Me llevó a su mansión. No quería que Victoria creciera en ese mundo… en su mundo. Por eso escapé. Pero la marca está fresca otra vez. Nos va a encontrar. Tenemos que irnos ya. Lejos. Donde no pueda rastrearnos.

Mi madre se quedó helada un segundo.

Luego soltó un gruñido bajo.

—Ese hijo de puta… —susurró—¿Te hizo daño?

—No… no como piensas. Pero no puedo quedarme. No con él. No con su manada. Victoria no merece eso.

Ella asintió con los ojos brillando con lágrimas contenidas.

—Entonces nos vamos. Ahora.

Bajamos.

Simone ya tenía la maleta de Victoria lista.

Todo rociado con el perfume bloqueador de olores que yo siempre usaba cuando quería ocultar mi aroma Omega: una fórmula especial que neutralizaba feromonas durante horas.

No era perfecto, pero ayudaba.

Lo rociamos en toda la ropa de Victoria, en su peluche, en mi mochila.

Si Tom rastreaba por olor, esto le daría tiempo.

Abracé a Victoria fuerte.

—Vamos de viaje, mi amor. Un viaje largo. Pero vamos a estar bien.

Ella asintió, aferrándose a mí.

—Yo, tú y la abuela y Simone… ¿verdad?

—Sí, mi vida….. todos.

Salimos por la puerta trasera, al coche de Simone que estaba en el garaje.

Subimos.

Ella arrancó sin mirar atrás.

Mientras la casa se alejaba en el retrovisor, sentí la marca arder de nuevo.

Dolor.

Llamado.

Pero también miedo.

&

El coche volaba por las calles secundarias, saltando baches, doblando esquinas tan cerradas que las llantas chirriaban contra el asfalto.

Mi madre iba atrás abrazando a Victoria, que se había acurrucado contra su pecho, los ojitos muy abiertos.

Yo iba de copiloto con las manos apretadas en el tablero, respirando rápido, corto, sintiendo cómo la marca en mi cuello ardía como si el estuviera gritando mi nombre desde el otro lado de la ciudad.

Sabía que nos encontraría.

A pesar de todo: el perfume bloqueador, el dinero dejado en el taxi, el celular tirado, la ruta zigzagueante que Simone había tomado por instinto.

El vínculo era fresco.

Mis feromonas todavía llevaban su olor.

Y él era un Alfa obsesionado.

No había escapatoria real.

De repente, tres camionetas negras blindadas se atravesaron en la calle principal.

Una por delante, dos por los lados.

Simone pisó el freno con fuerza, el coche se sacudió, los neumáticos gritaron.

Quedamos encerrados en un triángulo perfecto de metal negro.

No había salida.

—Bill… ¿qué hacemos? —susurró Simone con las manos temblando en el volante.

No respondí.

Solo respiré más rápido, el pecho subiendo y bajando como si me faltara aire. Sabía exactamente qué pasaba.

Abrí la boca para decir algo, cualquier cosa, pero no sentí cuando abrieron mi puerta. Solo sentí una mano enorme agarrándome del brazo y jalándome fuera con fuerza brutal.

Caí de rodillas en el asfalto, el dolor subiéndome por las piernas, y levanté la vista.

Tom.

Furioso con sus ojos ojos dorados brillando como fuego líquido, la mandíbula apretada, las venas del cuello marcadas….su olor alfa me golpeó como una pared: posesivo, rabioso, herido.

—¿Qué mierda pensabas, Bill? —gruñó, inclinándose sobre mí, la cara a centímetros de la mía—¿Que podías escapar? ¿Que te ibas a llevar a mi hija sin que me enterara?

Estaba tan enojado que temblaba yo también,

La rabia me subió por la garganta como bilis.

—¿Tu hija? —escupí, poniéndome de pie de un salto, empujándolo con ambas manos en el pecho—¡No la conoces! ¡No has estado ni un día en su vida! ¡No tienes derecho a llamarla tuya!

Tom levantó la mano. Rápido, instintivo. La bofetada iba directa a mi cara.

Pero se detuvo a medio camino.

Yo lo miré fijo, sin retroceder.

—Si eres capaz de pegarme… hazlo frente a tu hija —le dije con voz baja pero temblando de furia—Mírala a los ojos mientras lo haces. Y después explícale por qué le pegaste a su papá.

Tom giró la cabeza despacio hacia el coche.

Victoria estaba ahí, asomada por la ventana trasera, abrazada a mi madre, los ojitos muy abiertos y llenos de miedo.

La mano de Tom tembló en el aire. Luego bajó lentamente como si le doliera más a él que a mí.

Se dio la vuelta hacia sus hombres, que ya habían bajado de las camionetas y rodeaban el coche.

—Saquen a las personas que hay ahí dentro —ordenó, la voz ronca—Pero tengan cuidado con la niña. No la toquen más de lo necesario.

Dos Alfas obedecieron de inmediato. Abrieron las puertas traseras.

Uno tomó a mi madre del brazo con cuidado, casi con respeto.

El otro extendió la mano hacia Victoria, pero ella se escondió detrás de la abuela, aferrándose a su pierna, llorando bajito.

—No… no quiero… —sollozaba.

Mi madre gruñó como madre protectora saliendo a flote.

—No la toquen. La bajo yo.

Los hombres miraron a Tom.

Él asintió una vez.

—Déjenla.

Mi madre bajó del coche con Victoria en brazos.

Mi niña se escondió contra su cuello, tapándose la cara con las manitas, temblando.

Tom se acercó despacio.

Sus ojos dorados se clavaron en Victoria. Y algo en él… se derritió.

El narcotraficante, el Alfa duro, el líder de manada que no dudaba en matar, se quedó quieto.

La miró como si fuera lo más frágil y hermoso del mundo.

La respiración se le entrecortó.

Los hombros se le relajaron.

Los ojos se le aguaron.

—Victoria… —susurró, la voz quebrada.

Ella levantó la carita un segundo, los ojos encontrándose con los suyos.

No dijo nada.

Solo se escondió más contra mi madre.

Tom dio un paso más.

Luego otro.

Se arrodilló frente a ellas, a la altura de la niña.

—Hola, pequeña… —dijo bajito, la voz temblando—Soy… soy tu papá.

Victoria lo miró un segundo.

Luego volvió a esconderse.

Tom se quedó ahí, arrodillado en el asfalto, mirando a su hija como si el mundo entero se hubiera detenido.

Yo me quedé parado a un lado, el corazón hecho trizas, la rabia y el miedo mezclándose con algo que no quería nombrar.

No sabía qué hacer.

Solo sabía que ya no había escapatoria.

Tom nos había encontrado.

Y ahora, todo dependía de él.

Continúa…

Gracias por la visita. Te invitamos a dejar un comentario 🙂

por Beth Kaulitz99

Escritora del Fandom

2 comentario en “Luna oculta 10”

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