Fic TOLL de Beth

Capítulo 12

By Tom

Reuní a mis Alfas más cercanos en el salón del ala este, el más lejano de las habitaciones principales, donde las paredes eran gruesas y las ventanas tenían rejas dobles.

Nadie entraba ahí sin mi permiso.

Georg llegó primero, como siempre, con esa calma fría que lo hacía indispensable.

Luego Heidi, con el mentón alto y el olor a rabia todavía pegado a la piel. Después entraron los demás: Viktor, Marko, Sasha, el ruso que manejaba las rutas del norte, y cuatro más que eran mis manos derechas en el negocio.

Todos armados, todos alerta, todos mirándome como si supieran que algo grande venía.

Cerré la puerta yo mismo.

El clic del cerrojo resonó en el silencio.

Me puse frente a ellos, sin sentarme. No había tiempo para formalidades.

—Escuchen bien —empecé, la voz baja pero cortante—A partir de hoy cambian las reglas. La seguridad se refuerza al máximo. Nadie entra ni sale sin mi autorización directa. Las cámaras se duplican, los turnos se triplican, los perímetros se amplían cincuenta metros alrededor de la propiedad. Cualquier movimiento sospechoso, aunque sea un pájaro posado en la reja, me lo reportan de inmediato—hice una pausa, mirando a cada uno a los ojos—Viktor y Marko: ustedes se encargan de la entrada principal y las camionetas. Veinticuatro horas, sin excepciones. Sasha: rutas de escape alternativas, tres nuevas, listas para mañana. Los demás: patrullas dobles, uno alfa con un omega de apoyo para detectar feromonas extrañas. Nadie duerme. Nadie descansa hasta que yo diga.

Georg cruzó los brazos, asintiendo despacio.

El silencio fue instantáneo.

Todos se miraron entre sí, confundidos.

Heidi soltó una risa burlona, corta y afilada.

—¿Todo esto por el estúpido Omega ese? —dijo, cruzando los brazos— ¿En serio, Tom? ¿Tanto drama por un polvo viejo?

La miré fijo. No parpadeé.

—Es por mi hija, Heidi —dije, cada palabra como un clavo—Victoria. Cinco años. Mía y de Bill.

Heidi se quedó blanca.

Literalmente el color se le drenó de la cara en un segundo.

Abrió la boca, pero no salió nada.

—¿Hija? —susurró al fin con voz quebrada—¿Tú… tienes una hija?

—Qué bueno que hablaras —continué con la voz helada—Así me haces el trabajo más fácil.

Ella parpadeó, confundida.

—¿De qué hablas?

—Te vas —dije sin emoción—De la casa. De la manada. Ya no te quiero aquí.

Heidi retrocedió un paso con ojos muy abiertos.

—No puedes hacerme eso…

—Puedo —la corté—Y lo hago. Bill no te quiere cerca de la niña. Y yo tampoco. Te vas a Grecia. Hay un vuelo mañana. Te llevo al aeropuerto personalmente si es necesario.

Ella sacudió la cabeza con voz subiendo de tono.

—No puedes… ¡Tom! ¡Después de todo! ¡Soy tu….

—Eres la hija del hombre que me enseñó todo —la interrumpí con mi voz baja pero letal—Tu padre me sacó de la mierda cuando yo era un crío perdido. Me enseñó el negocio, me dio un lugar. Por eso estás viva todavía. Por respeto a él. Solo por eso. Agradécelo.

Heidi se quedó muda. Las lágrimas le brillaban en los ojos, pero no cayeron. Solo me miró como si la hubiera apuñalado.

—Fuera —dije al fin—Recoge tus cosas. Mañana te vas.

No esperé respuesta. Me di la vuelta y salí del salón, dejando a todos en silencio.

Georg me siguió hasta el pasillo.

—¿Estás seguro? —preguntó en voz baja.

—Más seguro que nunca.

Y seguí caminando hacia la habitación donde Bill y Victoria esperaban.

Porque ahora sí.

Ahora tenía una familia.

Y nadie ,ni Heidi, ni nadie iba a quitármela.

Subí las escaleras de dos en dos, todavía con la adrenalina de la reunión latiéndome en las venas. Iba a buscar a Bill, a decirle que Heidi se iba mañana, que las cosas empezarían a cambiar de verdad. Pero cuando llegué al pasillo del ala oeste, antes de tocar la puerta de la habitación de invitados, los sonidos me detuvieron en seco.

Gritos.

La voz aguda y venenosa de Heidi, chillando como si le estuvieran arrancando algo.

La voz de Bill, alta pero temblorosa, defendiendo.

Y debajo de todo, el llanto desgarrador de una niña pequeña.

Victoria.

Mi hija.

El mundo se tiñó de rojo.

Sentí cómo el alfa dentro de mí rugía, cómo el pelaje amenazaba con salir, cómo los colmillos se alargaban en mi boca.

Empujé la puerta con el hombro, sin tocar.

La madera crujió y se abrió de golpe.

La escena me golpeó como un puñetazo.

Heidi estaba de pie en medio de la habitación, el rostro rojo de furia, señalando a Bill con el dedo como si fuera a clavárselo.

Bill estaba frente a ella, protegiendo con su cuerpo a Victoria, que se aferraba a sus piernas llorando a gritos, la carita enterrada en la sudadera de Bill, temblando de miedo.

Heidi seguía gritando:

—¡Esa mocosa no tiene derecho a estar aquí! ¡Es una bastarda que ni siquiera conoce! Estas manipulando a Tom! ¡Lo estas usando para quedarte con todo!

Bill la enfrentaba, sus ojos heterocromos estaban encendidos de rabia, pero su postura era protectora, las manos abiertas hacia atrás para cubrir a la niña.

—¡Cállate! —le gritaba—¡No te atrevas a hablar de mi hija así!

Victoria sollozaba más fuerte, el llanto convirtiéndose en hipidos aterrorizados.

Algo se rompió dentro de mí.

Entré como una tormenta.

La puerta rebotó contra la pared.

El aire pareció cargarse de mi olor alfa puro, dominante, letal.

Mis ojos se clavaron en Heidi y sentí cómo el diablo salía a la superficie: los colmillos extendidos, el pelaje estaba empezando a brotar en mis brazos, un gruñido bajo que vibraba en el pecho como un trueno lejano.

—¿Qué mierda te pasa? —rugí, con voz distorsionada por la transformación parcial, profunda y oscura como el infierno.

Heidi se giró hacia mí, pero al verme se quedó helada. El color le abandonó la cara de nuevo y retrocedió un paso, los ojos muy abiertos.

—Tom… yo solo…

No la dejé terminar.

Di un paso adelante, y el suelo pareció temblar bajo mi peso.

El olor a miedo de Heidi llenó la habitación, pero no me importó.

—¿Te atreves a gritarle a Bill? —gruñí, cada palabra saliendo como un latigazo—¿A mi hija?A hacerla llorar? ¿A llamarla bastarda en mi casa?

Heidi levantó las manos, temblando.

—No… no sabía… yo solo quería…

—Fuera —dije, la voz baja, mortal— Ahora.

Ella miró a Bill, luego a mí, y por fin pareció entender que no había salvación. Dio media vuelta y salió corriendo, casi tropezando con la puerta abierta.

Me quedé ahí un segundo, respirando pesado, el pecho subiendo y bajando como un fuelle. Luego me giré hacia Bill y Victoria.

El alfa se replegó despacio.

Los colmillos se retrajeron, el pelaje desapareció…..me arrodillé frente a ellos con las manos abiertas, sin tocar.

Victoria seguía llorando, escondida detrás de las piernas de Bill.

Yo miré a Bill. Él me miró a mí. Y en sus ojos vi miedo, rabia… pero también algo más.

Alivio.

—Está bien —susurré con mi voz ronca pero suave—Ya se fue. Nadie va a tocarlos.

Victoria asomó la carita un poco con los ojos rojos y húmedos.

Yo extendí la mano despacio, sin forzar.

—Ven, pequeña… papá está aquí.

Y esperé.

Porque ahora sí.

Ahora era el diablo que protegía a los suyos.

Y nadie volvería a hacer llorar a mi hija.

Minutos después, Bill me miró. Asintió una vez, lento, como diciendo “está bien”.

Carraspeó y se agachó junto a mi niña, que ya estaba más tranquila, sentada en el suelo con sus crayones esparcidos.

—Hola, mi amor —susurró  apartándole un rizo rojizo de la frente—¿Ya estás mejor?

Victoria asintió poquito con los ojitos rojos pero sin lágrimas nuevas.

—Sí… pero la señora gritona se fue, ¿verdad?

Bill sonrió suave.

—Sí, mi vida. Se fue. Nadie va a gritarte más.

Yo me acerqué despacio, arrodillándome al lado de el…

Mi hija me miró de reojo, curiosa pero cautelosa.

Bill tomó aire.

—Victoria… ¿te acuerdas de lo que te conté de papá?

Ella asintió, apretando el crayón rojo.

—Que estaba muy lejos… trabajando.

Yo tragué saliva. Bill continuó.

—Pues… él ya no está lejos. Está aquí.

—Señaló hacia mí—Él es tu papá, mi amor.

Victoria me miró fijamente con ojos grandes y la boquita entreabierta. Luego miró su dibujo: un dragón rojo con alas torcidas.

—¿Eres mi papá de verdad? —preguntó bajito.

Asentí, la voz ronca pero tierna.

—Sí, pequeña. Soy tu papá. Y… lo siento mucho por no haber estado antes. Pero ahora estoy aquí. Y no me voy a ir.

Victoria ladeó la cabeza, pensando.

—¿Trajiste regalos? —preguntó de repente, con esa lógica infantil que me sacó una risa baja.

Parpadeé, sorprendido, y sonreí de lado.

—Aún no… pero te prometo que mañana te traigo todos los que quieras. ¿Qué te gustaría?

Victoria puso el dedo en la barbilla, seria.

—Un dragón de verdad. Pero que no muerda. Y… crayones nuevos. Los míos ya se acabaron de tanto dibujar estrellas para que me encuentres.

—Hecho. Dragón que no muerda y crayones infinitos.

Victoria me miró un segundo más. Luego soltó el crayón y extendió los bracitos.

Yo me quedé quieto un instante, como si no creyera que era real. Bill me dio un pequeño empujón suave.

—Ve —susurró.

Me incliné y la levanté con cuidado infinito. Victoria se acurrucó contra mi pecho, abrazándome el cuello con sus bracitos pequeños.

—Hueles a bosque —dijo, olfateando—Como mi peluche.

Cerré los ojos, una lágrima escapándose por mi mejilla. La abracé más fuerte, pero con ternura.

—Y tú hueles a fresa y a crayones —murmuré contra su cabello—Mi niña preciosa.

Victoria se apartó un poquito para mirarme.

—¿Vas a quedarte siempre? ¿No te vas a ir como el papá de mi amiga Lucía?

—Nunca. Te lo prometo.

Ella sonrió, mostrando el huequito donde le faltaba un diente.

—Entonces… ¿me das un besito de papá?

Reí bajito y le di un beso suave en la frente. Luego en la nariz. Luego en la mejilla.

Mi hija soltó una risita y me devolvió el beso en la mejilla, haciendo “muak” sonoro.

Bill nos miró desde el suelo con lágrimas rodándole silenciosas por la cara.

Victoria se giró hacia él, extendiendo una manita.

—Ven, papá. Abrazo de los tres.

Bill se acercó y nos abrazamos los tres.

Yo rodeé a Bill con un brazo, Victoria en medio, riendo bajito porque “papá grande huele a bosque y papá chiquito a hospital”.

Y por primera vez en mucho tiempo… sentí que quizás, solo quizás, podía ser el hombre que ellos necesitaban.

No perfecto.

Pero suyo.

Continúa…

Gracias por la visita. Te invitamos a dejar un comentario 🙂

por Beth Kaulitz99

Escritora del Fandom

2 comentario en “Luna oculta 12”
  1. «los míos ya se acabaron de tanto dibujar estrellas para que me encuentres»

    nonono hermana, cómo ME VAS A PONER ESO¿¿¿¿ DEBES DE CERRAR EL ESTADIO DESPUÉS DE TREMENDA FRASE 😭😭😭

    y luego la nena pidiendo regalos JAJAJSSKSKSKKSAK

    también nmms heidi se pasó de pendeja. like gurl, fuiste a amenazar a la familia de un alfa ☠️

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