
Fic TOLL de Beth
Capítulo 14
By Tom
Minutos después ya estábamos cenando los tres en el comedor pequeño, el que usábamos cuando no había reuniones ni gente de la manada rondando.
La mesa estaba puesta con sencillez: pollo asado que Nataly había preparado, puré de papas con mantequilla, arroz, verduras al vapor y pan recién horneado.
Victoria estaba sentada en su silla alta con las piernitas colgando y la carita manchada de puré y los ojos brillantes de emoción.
No paraba de hablar.
—¡Y la maestra dijo que los dragones no existen, pero yo le dije que sí porque los dibujo todos los días y son muy reales! —explicaba con la boca llena de pollo, agitando el tenedor como si fuera una espada—¡Y luego me enseñó a escribir mi nombre con letras grandes! ¡Miren! ¡V-I-C-T-O-R-I-A! ¡Y puso estrellitas porque lo hice perfecto!
Bill y yo la mirábamos sin interrumpirla.
Él tenía una sonrisa suave en los labios, los ojos llenos de ese amor inmenso que solo un padre puede tener.
Yo sentía lo mismo: el pecho apretado, cálido, como si alguien me hubiera puesto una mano enorme sobre el corazón y apretara con ternura.
Victoria seguía, sin darse cuenta de que tenía arroz pegado en la mejilla.
—Y también me enseñó que los números van así: uno, dos, tres… ¡hasta cien! ¡Pero yo ya sabía hasta veinte porque papá chiquito me enseñó cuando era bebé! —Se metió un pedazo enorme de pan en la boca y siguió hablando, y las palabras estaban saliendo amortiguadas— ¡Y dijo que mañana vamos a pintar un mapa del tesoro! ¡Con dragones guardianes y estrellas que brillan de verdad!
Bill soltó una risa baja y le limpió la mejilla con la servilleta, suave, con cuidado.
—Suena increíble, mi amor —dijo, la voz cargada de cariño—.¿Y qué más te enseñó la maestra?
Victoria tragó con dificultad y siguió, sin pausa.
—¡Que las plantas crecen con agua y sol! ¡Y que los conejitos tienen bebés que se llaman conejitos también! ¡Y que yo puedo ser lo que quiera cuando sea grande! ¡Doctora como papá chiquito, o rockera como papá grande, o las dos cosas!
Yo no pude evitar sonreír.
La miré comer con la boca llena, hablando hasta por los codos, las manitas gesticulando como si estuviera contando la aventura del siglo. Bill y yo nos miramos por encima de su cabeza: una mirada silenciosa, llena de lo mismo. Amor. Orgullo. Un poco de asombro por tenerla ahí, con nosotros, hablando sin parar como si el mundo entero fuera suyo.
—…y mañana voy a dibujar un dragón que se llama Tom, ¡como papá grande! —terminó, levantando los brazos triunfante, con el puré cayendo del tenedor.
Bill se inclinó y le besó la coronilla.
—Va a ser el dragón más fuerte y bonito del mundo —le dijo.
Yo estiré la mano y le limpié una miga de la nariz.
—Y el más parlanchín —agregué, guiñándole un ojo.
Victoria rio a carcajadas, con su risa llenando toda la habitación.
Y en ese momento, con mi hija hablando hasta por los codos, con comida en la boca y los ojos brillando, supe que todo lo demás ,la manada, el negocio, el pasado….podía esperar.
Esto era lo único que importaba.
.
By Bill
Mi pequeña ya estaba en su cama después de que Nataly la ayudara a bañarse.
El baño había sido una aventura completa: burbujas hasta el techo, champú de fresa que olía a caramelo y Victoria insistiendo en que el patito de goma era “el rey del agua”.
Nataly la secó con toallas suaves, le puso el pijama de estrellitas y la llevó a su habitación nueva ,la que Tom había mandado preparar en menos de un día: paredes azul claro, una cama con dosel, juguetes ordenados en estantes bajos y un rincón con crayones y papel.
Ahora estaba acostada bajo las sábanas con estampado de dragones, el peluche de lobo blanco abrazado contra el pecho, con los ojitos pesados pero todavía brillantes.
Tom y yo estábamos sentados a cada lado de la cama.
Yo tenía un libro abierto en las manos: uno de dragones y caballeros que Victoria había elegido ella misma. Leía despacio, con voz suave, imitando voces graves para los dragones y agudas para los personajes pequeños.
Tom, a su otro lado, le hacía caricias suaves en la cabecita, enrollando un rizo rojizo alrededor de su dedo, luego soltándolo para que volviera a su lugar.
Victoria bostezaba cada dos frases, con los párpados cayendo y volviendo a subir como si luchara contra el.
—…y el dragón le dijo al caballero: “No me temas, solo quiero ser tu amigo”… —leí, bajando la voz cuando vi que sus ojos se cerraban más.
Tom le pasó la mano por la frente con ternura infinita.
—Ya duérmete, mi amor —susurró— Mañana seguimos con el dragón.
Victoria hizo un puchero somnoliento.
—Okey… pero termínalo mañana, ¿sí?
—Prometido —respondí, cerrando el libro con cuidado.
Tom y yo la acomodamos mejor: le subimos la sábana hasta la barbilla, le pusimos el peluche justo bajo el brazo, le acomodamos la almohada para que estuviera cómoda.
Cada uno se inclinó y le dio un beso suave en la carita.
—Te amo hasta el infinito —le dije, besándole la frente.
—Hasta el infinito más uno —agregó Tom, besándole la mejilla—Duerme bien, mi princesa.
Mi niña sonrió con los ojos cerrados, ya medio dormida.
—Los amo… a los dos papás…
Nos levantamos despacio, apagando la lamparita de dragones que dejaba una luz tenue con estrellitas en el techo.
Caminamos hacia la puerta en silencio.
Pero justo cuando íbamos a salir, su voz pequeña nos detuvo.
—Papás…
Los dos nos giramos al instante. Victoria había abierto un ojo con la manita aferrada al peluche.
—¿Cuándo será el día en que me den un hermanito?
Tom sonrió de inmediato, una sonrisa grande y tierna que le iluminó toda la cara. Se le escapó una risa baja, feliz.
Yo, en cambio, sentí que el aire se me atoraba en la garganta.
Me puse nervioso de golpe: las mejillas calientes, el corazón acelerado, la mente dando vueltas.
Di un paso atrás sin darme cuenta, dándole la vuelta al asunto rápido.
—Ay, mi amor… eso… eso lo hablamos después, ¿sí? —dije, con la voz un poco más aguda de lo normal—Ahora duérmete, que los dragones también necesitan descansar.
Victoria hizo un “mmmm” somnoliento, como si lo pensara.
—Okey —dijo al fin, cerrando los ojos otra vez—Pero pronto, ¿eh?
Tom me miró de reojo, todavía sonriendo, pero no dijo nada.
Solo le mandó un beso volado.
—Buenas noches, mi reina.
Cerramos la puerta con suavidad.
En el pasillo, Tom me rodeó la cintura con un brazo y me acercó a él.
—¿Un hermanito? —susurró, divertido, besándome la sien—Suena bien, ¿no?
Yo lo empujé suave, con mis mejillas ardiendo.
—Cállate —murmuré, pero no pude evitar sonreír un poco.
Porque, aunque me pusiera nervioso solo pensarlo…
La idea no sonaba tan mal.
No con él.
No con nosotros tres.
Y quizás… algún día… cuatro.
&
Al día siguiente….
Tom se ofreció a llevarme al hospital esa mañana.
Dijo que quería aprovechar el tiempo juntos antes de que empezara mi turno y que no confiaba del todo en que los escoltas me cuidaran como él.
Acepté sin discutir; después de la pelea del día anterior, prefería no tensar más la cuerda.
Antes de salir, subí a la habitación de Victoria.
Ella estaba sentada en la alfombra, rodeada de crayones y dibujos de dragones. Me agaché, la abracé fuerte y le besé la cabecita rojiza.
—Pórtate muy bien hoy, mi amor. Papá chiquito va a trabajar, pero regresa pronto.
Ella me abrazó el cuello.
—Te voy a dibujar un dragón que te cuide en el hospital.
Sonreí y miré a Nataly, que esperaba en la puerta.
—Por favor, cuídala mucho. Cualquier cosa que pase, aunque Tom no esté, llámame de inmediato. No importa la hora.
Nataly asintió con seriedad.
—Descuide, doctor. La voy a cuidar como si fuera mía.
Le di un último beso a Victoria y bajé. Tom ya esperaba en la puerta con las llaves del coche en la mano.
El camino empezó tranquilo.
Pero a mitad de la autopista todo se detuvo.
Tráfico denso, coches desesperados tocando claxon, gente asomándose por las ventanas.
De pronto, un Alfa alto y desesperado salió de un sedán negro unos metros adelante. Su olor a alfa en pánico llegaba incluso desde lejos: fuerte, agudo, mezclado con miedo.
—¡Por favor! —gritaba, moviendo los brazos—¡Mi esposa está de parto! ¡Ya llamé a la ambulancia pero no llega! ¡Tengan paciencia, por Dios!
Tom y yo nos miramos.
Yo no lo pensé dos veces.
Abrí la puerta y bajé.
Tom me siguió de inmediato.
—¿Dónde está? —pregunté al Alfa.
Él señaló su coche con manos temblorosas.
—Ahí atrás. Por favor…
Corrimos.
Tom iba justo detrás de mí.
Al abrir la puerta trasera, el olor me golpeó: feromonas Omega en pleno parto, dulces pero intensas, mezcladas con dolor y sudor.
La Omega estaba recostada en los asientos traseros, pálida, sudando a mares, la cara contraída en cada contracción. Tenía las manos apretadas contra el vientre, respirando entrecortado.
—Soy médico —le dije con voz calmada—¿Cómo te llamas?
—Elena… —jadeó, entre contracciones—28 años… primer hijo…
Le tomé el pulso rápido mientras le hacía las preguntas necesarias: cuánto tiempo llevaba con contracciones, si había roto fuente, frecuencia.
Estaba dilatada bastante.
Calculé que faltaban minutos, no horas.
De pronto, un chorro de líquido amniótico salió entre sus piernas. Rompió fuentes ahí mismo.
—Tom —dije sin girarme—trae mi maletín del auto. ¡Rápido!
Él corrió sin discutir.
Saqué los guantes y el cubrebocas del bolsillo interior de mi bata ,siempre llevo lo básico por emergencias.
Me los puse.
—Elena, te voy a revisar. No hay tiempo de llegar al hospital. El parto ya está en curso. Vas a pujar cuando yo te diga, ¿sí?
Ella asintió, aterrorizada pero decidida.
Tom volvió con el maletín.
Lo abrí en el suelo del coche.
—Tom, quédate afuera y mantén a la gente alejada —le dije—No me interrumpas. Necesito que esté tranquila.
Él asintió, pero se quedó cerca, vigilando.
Me arrodillé entre las piernas de Elena. La revisé: estaba completamente dilatada, con la cabeza del bebé ya coronando.
—Bien, Elena. En la próxima contracción, puja fuerte y sostenido. Uno… dos… ¡puja!
Ella gritó y empujó.
Vi la cabeza del bebé asomar más.
El olor de sus feromonas Omega se intensificó, mezclándose con las mías calmantes que solté sin darme cuenta.
—Otra vez. Respira… ¡puja!
El bebé giró un poco.
Los hombros salieron con la siguiente contracción.
Elena lloraba y reía al mismo tiempo.
—Una más… ¡vamos!
Con un último pujo largo y potente, el bebé salió por completo.
Lo recibí en mis manos: un niño pequeño, rosado, llorando fuerte desde el primer segundo.
El cordón umbilical latía.
Lo envolví rápido en una manta estéril del maletín.
—Es un niño —le dije a Elena, colocándoselo en el pecho—Respira, míralo. Lo hiciste perfecto.
Ella sollozó de alivio, abrazando a su hijo. El Alfa se acercó, llorando también, besando la frente de su esposa y del bebé.
Tom se quedó a un lado, mirándome con una expresión que no supe descifrar: orgullo, miedo, amor.
Todo mezclado.
La ambulancia llegó minutos después. Les entregué al bebé y a la madre estabilizados.
Todo había salido bien.
Cuando volvimos al coche, Tom me miró largo rato antes de arrancar.
—Eres increíble —dijo bajito.
Yo solo sonreí, todavía con adrenalina en las venas.
—Solo hice mi trabajo.
Pero por dentro… sabía que ese momento acababa de cambiar algo entre nosotros.
&
Habíamos llegado al estacionamiento del hospital justo cuando el sol empezaba a calentar el asfalto.
Tom apagó el motor y el silencio se instaló entre nosotros, pesado y cargado.
Yo ya tenía la mano en la manija de la puerta, listo para bajar, cuando de repente su brazo me rodeó la cintura y me jaló hacia él con fuerza.
No tuve tiempo de reaccionar.
Sus labios se estrellaron contra los míos en un beso feroz, hambriento, como si hubiera estado conteniéndose toda la mañana.
Me besó con intensidad brutal: lengua invadiendo mi boca, dientes rozando mi labio inferior, una mano en mi nuca para mantenerme pegado a él.
Gemí contra su boca sin poder evitarlo, con el cuerpo respondiendo al instante: calor subiendo por mi vientre, con la marca en el cuello latiendo como un segundo corazón.
No supe ni cómo ni cuándo pasó, pero de pronto ya no estaba en mi asiento.
Me tenía sentado en su regazo, con las piernas abiertas a ambos lados de sus caderas, mi bata blanca abierta y cayendo por los hombros. Sus manos grandes subieron por mi espalda, quitándome la bata de un tirón suave pero decidido. Quedé solo con la blusa blanca del uniforme, los botones tensos contra mi pecho agitado.
Tom rompió el beso solo para bajar la boca a mi cuello, mordiendo justo donde estaba la marca fresca.
—Joder, Bill… —gruñó contra mi piel, la voz ronca y oscura—Mira cómo te tengo… ya estás duro para mí, ¿verdad?
Bajó una mano entre mis piernas y apretó mi erección a través del pantalón del uniforme. Jadeé fuerte, arqueándome contra él.
—Tom… estamos en el estacionamiento… —susurré, pero mi voz salió temblorosa, sin convicción.
Él rio bajo, mordiéndome el lóbulo de la oreja.
—¿Y qué? Nadie nos ve. Los vidrios están tintados. Y aunque nos vieran… que miren. Que sepan que eres mío.
Sus dedos desabrocharon el botón de mi pantalón con rapidez experta, bajando la cremallera.
Metió la mano dentro y me agarró sin piedad, masturbándome lento pero firme.
—Mírate… —susurró, lamiendo la marca en mi cuello—Tan mojado ya, tan listo para mí. Quiero bajarte los pantalones, sentarte en mi pene y follarte hasta que grites mi nombre. Quiero que sientas el nudo hinchándose dentro de ti, que te llene hasta que gotees, que no puedas caminar derecho cuando entres al hospital.
Gemí más fuerte, moviendo las caderas contra su mano sin poder evitarlo.
—Tom… por favor…
—¿Por favor qué? —preguntó, mordiéndome el cuello de nuevo— ¿Quieres que te folle aquí? ¿Que te abra y te haga mío otra vez antes de que salgas a salvar vidas?
Asentí, jadeando.
—Sí… joder, sí…
Él gruñó de satisfacción, con la mano acelerando en mi erección mientras la otra me bajaba los pantalones lo justo.
—Entonces prepárate, doctor Kaulitz… porque cuando termine contigo, vas a entrar al hospital oliendo a mí, con mi semen dentro y mi marca latiendo en tu cuello. Y todos van a saber que eres mío.
Me besó de nuevo, profundo y sucio, mientras su mano seguía moviéndose, llevándome al borde en cuestión de segundos.
Y yo… solo pude rendirme.
Porque aunque el mundo esperara afuera, en ese momento solo existíamos él y yo.
Y el deseo que nunca se apagaba entre nosotros.
&
Ya había pasado lo que tenía que pasar.
El coche seguía oliendo a nosotros: sudor, feromonas, sexo y ese aroma alfa de Tom que se me pegaba a la piel como una segunda marca.
Estaba sentado en el asiento del copiloto, vistiéndome de nuevo con manos temblorosas.
Me subí los pantalones del uniforme, abroché la camisa blanca que aún tenía algún botón mal puesto, me puse la bata y me pasé los dedos por el cabello para intentar ordenarlo un poco.
Todo el cuerpo me dolía de la mejor manera posible: músculos tensos, el nudo que acababa de deshincharse dejando un vacío caliente dentro de mí, la marca en el cuello latiendo como si tuviera pulso propio.
Tom seguía respirando agitado en el asiento del conductor, la cabeza echada hacia atrás, el pecho subiendo y bajando rápido.
Tenía la camiseta levantada hasta el pecho y los pantalones abiertos con la piel brillante de sudor.
Me miró de reojo, con esa sonrisa satisfecha y cansada que siempre ponía después.
— Bill… —murmuró, la voz ronca— Me vas a matar un día de estos.
Sonreí sin querer, todavía con las mejillas calientes.
—Te lo mereces…
Me incliné y le di un beso suave en los labios, uno lento y dulce esta vez, sin rabia. Él me tomó la nuca con una mano, profundizando un poco el beso antes de soltarme.
—Hoy paso por ti otra vez —dijo, mirándome fijo— A la salida. No quiero que te vayas solo.
Asentí, todavía un poco atontado por todo.
—Sí. Está bien.
Me despedí con otro beso rápido en la comisura de la boca y bajé del coche.
El aire fresco del estacionamiento me golpeó la cara, ayudándome a aclarar un poco la cabeza.
Caminé hacia la entrada principal del hospital sintiendo cada paso: el dolor placentero entre las piernas, el calor que aún me quedaba dentro, el olor de Tom pegado a mí como una promesa.
Al entrar por la recepción, lo primero que vi fue a mi madre detrás del mostrador principal.
Estaba revisando unos papeles, pero levantó la vista en cuanto me vio y frunció el ceño.
—Bill Kaulitz —dijo con ese tono de directora Alfa que no admitía excusas—Llevas quince minutos de retraso.
Bajé la mirada, avergonzado pero intentando no sonreír.
—Lo siento, mamá. Se me hizo tarde.
Ella entrecerró los ojos, olfateando el aire sutilmente.
Su instinto Alfa captó el olor de Tom en mí al instante. Suspiró, pero no dijo nada al respecto. Solo señaló hacia el pasillo del auditorio.
—El doctor Gustav está en el auditorio. Ve con él.
Fruncí el ceño.
—¿Para qué?
—Se va a encargar del grupo de servicio social que entra hoy. Jóvenes de 16 a 18 años estudiando medicina. Gustav pidió específicamente que estuvieras con él. Dice que siendo joven como ellos, te entenderán mejor.
Me quedé un segundo procesando la idea. Luego sonreí de verdad.
—Me parece muy buena idea.
Ella asintió, suavizando la expresión.
—Ve. Y no llegues tarde otra vez.
Caminé rápido por el pasillo hasta el auditorio. Cuando abrí la puerta, Gustav ya estaba hablando en el podio. Había aproximadamente veinte jóvenes sentados en las primeras filas: chicos y chicas con uniformes nuevos, cuadernos abiertos, ojos brillantes de ilusión y nervios.
Todos voltearon a verme cuando entré.
—Perdón por la tardanza —dije, levantando una mano en disculpa.
Gustav sonrió desde el podio.
—Qué bueno que llegaste, Bill. Justo estaba hablando de ti.
Se giró hacia los jóvenes.
—Él es el doctor Bill Kaulitz. Uno de los mejores médicos de urgencias que tenemos. Y como ven, es joven. Apenas unos años mayor que ustedes. Por eso quise que estuviera aquí. Va a entender mejor lo que están sintiendo ahora mismo.
Los chicos y chicas me miraron con curiosidad renovada. Algunos sonrieron, otros asintieron. Gustav me dio una palmada en el hombro.
—Tengo una cirugía en diez minutos. Te dejo con ellos. Cuéntales cómo es esto de verdad.
Asentí y Gustav salió.
Me quedé solo frente al grupo. Tomé aire y subí al podio.
—Hola a todos —dije, sonriendo— Soy Bill Kaulitz. Bienvenidos al hospital central. Sé que están nerviosos, emocionados, tal vez un poco asustados. Yo también lo estuve cuando entré aquí de servicio social—
Algunos rieron bajito. Me relajé—Esta carrera que eligieron… no es fácil. Van a ver cosas que nunca olvidarán: gente sufriendo, gente muriendo, gente salvándose en el último segundo. Van a tener días en que sientan que no pueden más, y noches en que no puedan dormir porque un paciente se les quedó grabado. Pero también van a tener momentos en que salven una vida, en que alguien les diga “gracias, doctor” con lágrimas en los ojos, en que sientan que todo valió la pena—Hice una pausa, mirándolos uno por uno—Aquí no importa si eres Alfa, Beta u Omega. No importa tu edad, tu pasado, tu familia. Lo único que importa es que cuando alguien entra por esa puerta con dolor, ustedes sean la mano que lo ayuda a salir. Sean buenos médicos, pero sobre todo sean buenas personas.
Algunos asintieron, otros tomaron notas rápidas.
—Van a cometer errores. Todos los cometemos. Pero aprendan de ellos. Pregunten. No tengan miedo de decir “no sé”. Y nunca, nunca, dejen de sentir. Porque cuando dejen de sentir… eso es cuando hay que preocuparse.
Sonreí.
—Cualquier duda que tengan, estoy aquí. No soy solo su supervisor. Soy uno más que pasó por lo mismo que ustedes. Así que pregunten lo que sea. Y bienvenidos al hospital. Vamos a hacer grandes cosas juntos.
Aplausos tímidos al principio, luego más fuertes.
Algunos me sonrieron con alivio, otros con admiración.
Bajé del podio sintiéndome… vivo.
Como si hubiera recuperado una parte de mí que no sabía que había perdido.
Y supe que, aunque mi vida personal fuera un torbellino, aquí en el hospital siempre sería yo.
El doctor Bill Kaulitz.
Y eso nadie me lo iba a quitar.
Continúa…
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eso bb, denle fiebre de bebé a tom para q de ahí nazca yo 🫦