
Fic TOLL de Beth
Capítulo 15
Narrador Omnisciente
En las entrañas de la ciudad, donde la luz nunca llegaba del todo y el aire olía a alcohol barato, humo y traición, se encontraba el bar “El Lobo Herido”. Un agujero oscuro y sucio, frecuentado solo por aquellos que ya no tenían nada que perder.
En una mesa del rincón más oscuro, iluminada apenas por una lámpara roja parpadeante, estaba Heidi. Frente a ella se encontraba El Cuervo, un Alfa corpulento, de barba espesa y mirada asesina, uno de los mafiosos más antiguos de la zona… y uno de los más damnificados por Tom Pitz.
—Ese cabrón se quedó con más del cuarenta por ciento de mis territorios —gruñó El Cuervo, golpeando la mesa con el puño— Rutas que controlaba desde hace quince años. Contactos que me costaron sangre. Todo se lo llevó Tom y su puta manada.
Heidi se inclinó hacia adelante, sus ojos brillando con un odio profundo y personal.
—Y a mí me sacó de su vida como si fuera basura —siseó—Por culpa de ese Omega de mierda. Por él y por esa niña bastarda, Tom me echó. Me humilló delante de todos. Me quitó todo lo que tenía con él.
El Cuervo la miró con interés, bebiendo un trago largo de su vaso.
—¿Entonces qué quieres? ¿Matar a Tom?
Heidi sonrió con frialdad, una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
—Matarlo sería demasiado fácil. Quiero que sufra. Quiero que vea cómo le destruyo todo lo que ama. Quiero que ese Omega perfecto que tanto protege se rompa en pedazos delante de él… y luego quiero a la niña. Quiero que Tom sienta en carne propia lo que es perder a su “familia feliz”.
El Cuervo soltó una risa baja y peligrosa.
—Ambiciosa. Me gusta. Pero Tom no es idiota. Tiene seguridad por todos lados, especialmente ahora que tiene a la cachorra.
Heidi deslizó un sobre grueso sobre la mesa.
—Esto es solo el principio. Quiero gente dentro del hospital. Quiero ojos en la mansión. Quiero que Bill viva aterrorizado. Y cuando llegue el momento… quiero que Tom tenga que elegir. Y que pierda todo.
El Cuervo tomó el sobre y lo guardó en su chaqueta.
—Entonces tenemos un trato. Tom Pitz pagará por lo que me quitó… y tú tendrás tu venganza contra ese Omega.
Heidi levantó su vaso, los ojos brillando con pura malicia.
—Por la caída de Tom Pitz… y por la destrucción de Bill Kaulitz.
Brindaron.
En la penumbra del bar, dos almas envenenadas sellaron un pacto de sangre.
Y en alguna parte de la ciudad, sin saberlo aún, Bill y su pequeña familia acababan de convertirse en el objetivo principal de una venganza que llevaba mucho tiempo cocinándose.
Heidi salió del bar con paso firme pero el alma envenenada.
La noche era fría y húmeda, y cada bocanada de aire le recordaba lo bajo que había caído. Caminó varias cuadras hasta llegar a un edificio viejo y deteriorado en uno de los barrios más marginales de la ciudad.
El lugar era pestilente. El olor a humedad, orina y comida podrida impregnaba las paredes agrietadas. Las escaleras crujían bajo sus tacones, y desde los apartamentos se escuchaban gritos, llantos de bebés y peleas. Su “nuevo hogar” era un diminuto cuarto en el tercer piso: una cama desvencijada, un baño que apenas funcionaba, una ventana rota que dejaba entrar el frío y el ruido constante de la calle.
Nada comparado con la mansión de Tom.
Cerró la puerta tras de sí y se dejó caer en la cama, mirando el techo manchado de humedad. No quería admitirlo, ni siquiera ante sí misma, pero lo cierto era que se había enamorado de Tom. No solo de su poder, de su dominio o de su posición. Se había enamorado del Alfa que la miraba como si fuera importante, del que la tocaba con esa mezcla de posesión y deseo, del que alguna vez le había prometido un lugar a su lado.
Y entonces llegó Bill.
Ese Omega de ojos raros, cara bonita y actitud arrogante. El que había reaparecido de la nada y le había quitado todo: la atención de Tom, su cama, su futuro, su lugar en la manada. Por su culpa y por la de esa niña, Tom la había echado como a un perro callejero.
Heidi apretó los puños hasta que las uñas se le clavaron en las palmas.
Odiaba a Bill Kaulitz con cada fibra de su ser. Odiaba su voz, su olor, su forma de mirar a Tom, la forma en que Victoria lo llamaba papá.
Odiaba que existiera.
Se levantó y caminó hacia la ventana rota, mirando la ciudad oscura. Contaba los días con desesperación. Cada noche era más larga que la anterior. Cada hora que pasaba sin hacer nada alimentaba su rabia.
Pronto empezaría su venganza.
Pronto haría que Tom pagara por haberla reemplazado.
Pronto destruiría a Bill Kaulitz de la forma más dolorosa posible.
Y cuando todo terminara, cuando Tom estuviera de rodillas rogando por lo que había perdido… solo entonces, quizás, Heidi podría volver a respirar.
Sonrió en la oscuridad, una sonrisa fría y rota.
—Pronto… —susurró para sí misma— Muy pronto.
.
By Bill
Estaba encerrado en el baño de mi oficina, con la espalda apoyada contra la puerta cerrada con pestillo.
El hospital seguía su ritmo afuera pitidos de monitores, voces lejanas, el olor a desinfectante, pero aquí dentro todo se había detenido.
Tenía el papel en las manos.
El resultado de los análisis de sangre que me había hecho esa misma mañana, casi por impulso, después de sentirme raro las últimas semanas: náuseas matutinas que atribuí al estrés, cansancio extremo, el apetito cambiado… y esa sensibilidad en el pecho que conocía demasiado bien.
Lo leí por quinta vez.
Luego por sexta.
Resultado: Hormona Gonadotropina Coriónica (hCG) elevada.
Estado: Embarazo confirmado (aprox. 5-6 semanas).
No podía creerlo.
Me temblaban las manos.
El papel crujía entre mis dedos.
Me dejé caer lentamente hasta quedar sentado en el suelo frío del baño, con la espalda contra la puerta y las rodillas flexionadas.
Embarazado.
Otra vez.
Después de casi 6 años.
Después de Victoria.
Después de todo lo que había pasado con Tom… volvía a estar embarazado.
Un sollozo seco me subió por la garganta y lo contuve apretando los dientes.
Mi mente daba vueltas sin control: imágenes de mi primer embarazo a los quince, los vómitos, el miedo, la soledad… y ahora esto.
Con Tom.
En medio de esta relación complicada, inestable, llena de celos, marcas frescas y una manada peligrosa rodeándonos.
—¿Cómo…? —susurré para mí mismo, aunque sabía perfectamente cómo.
Aquella vez en el coche, en el estacionamiento, el día que regresé al hospital. Aquella vez en la habitación cuando discutimos. Las veces que no pudimos contenernos.
Mi ciclo Omega aún no estaba completamente regulado después del celo fuerte que tuvimos.
Me llevé una mano al vientre, aún plano, y lo presioné suavemente.
Otro bebé.
Un hermano o hermana para Victoria.
Un hijo de Tom.
Las lágrimas me rodaron por las mejillas sin permiso.
No sabía si eran de miedo, de shock, de una extraña y aterradora felicidad… o de todo al mismo tiempo.
—¿Qué voy a hacer ahora? —murmuré, mirando el techo blanco del baño.
Fuera, el hospital seguía su curso normal.
Dentro de mí… todo acababa de cambiar para siempre.
Terminé mi jornada exhausto pero satisfecho.
El día completo había sido intenso: pacientes, consultas, dos cirugías menores de apoyo y mucho papeleo acumulado.
Cuando por fin salí del hospital, el sol ya se estaba poniendo.
El coche de Tom y su chofer ya me esperaba en la entrada, como prometió. El camino a casa fue silencioso, pero mi mente no paraba de dar vueltas.
Al llegar a la mansión y abrir la puerta principal, lo primero que vi fue una bolita de energía rojiza corriendo hacia mí a toda velocidad.
—¡Papá chiquito! —gritó Victoria, lanzándose a mis brazos.
La alcé riendo y la abracé fuerte contra mi pecho, oliendo su champú de fresa y el aroma dulce de su piel.
—¡Mira! ¡Saqué un 10 en mi trabajo de hoy! —exclamó, mostrándome un dibujo lleno de colores donde se veía un dragón enorme y dos figuras una grande y una pequeña a su lado.
—Mi amor, esto está increíble —le dije, besándole la frente varias veces—Estoy muy, muy orgulloso de ti.
Victoria se rio feliz y me apretó el cuello. Por encima de su hombro vi a Nataly acercándose con una sonrisa.
—Bienvenido, doctor. ¿Cómo le fue?
—Bien, gracias. ¿Y Tom?
—Está en su oficina del piso de arriba. Llegaron unos socios hace un rato. Están reunidos.
Miré hacia las escaleras.
—¿Victoria vio a esas personas?
Nataly negó rápidamente.
—No. En cuanto vi las camionetas blindadas estacionarse, la llevé al cuarto de juegos y puse seguro por dentro. No salió ni un segundo.
Solté un suspiro de alivio y le apreté el hombro con gratitud.
—Gracias, Nataly. De verdad. Iré a cambiarme y bajo enseguida. Cuídala un poco más, por favor.
—Claro.
Subí las escaleras quitándome la bata por el camino. Apenas llegué al pasillo superior, la puerta de la oficina de Tom se abrió.
Él salió primero, hablando animadamente con dos hombres trajeados y una mujer alta, de cabello negro corto y expresión altiva.
Tom se veía… muy animado. Sonreía de esa forma que reservaba para los negocios importantes, gesticulando mientras hablaba.
Me vio y su expresión cambió al instante. Se acercó a mí con una sonrisa más suave.
—Bill, llegaste —dijo, rodeándome la cintura con un brazo de forma posesiva—Ven, te presento.
Me llevó con el grupo.
—Él es el doctor Bill Kaulitz, mi pareja.
Los dos hombres me saludaron con un asentimiento respetuoso.
La mujer, en cambio, me miró de arriba abajo con evidente desagrado, como si oliera algo podrido.
Sus labios se curvaron en una sonrisa falsa.
—Mucho gusto —dijo con tono seco.
Yo le sostuve la mirada sin pestañear.
Para cabrones, yo era cabrón y medio. Y le devolví una sonrisa igual de falsa, fría y educada.
—El gusto es mío.
Tom notó la tensión, pero no dijo nada. Siguió hablando un par de minutos más con ellos antes de despedirlos. Cuando se fueron, me miró con una ceja alzada.
—¿Todo bien?
—Perfecto —respondí, quitándome la bata por completo y doblándola sobre mi brazo—Solo que tu socia parece que me quiere muerto.
Tom soltó una risa baja y me atrajo hacia él, besándome la sien.
—No le hagas caso. Es buena en lo suyo, pero no tiene que gustarte.
Yo solo asentí, aunque por dentro seguía con esa sensación incómoda.
Algo me decía que esa mujer no traería nada bueno.
Subimos juntos a la habitación. Apenas cerré la puerta, empecé a desvestirme para ponerme algo más cómodo.
Me quité la bata y la camisa del hospital, quedándome solo con los pantalones, cuando sentí a Tom acercarse por detrás.
Sus manos grandes se posaron en mi cintura y sus labios encontraron mi cuello al instante, besándome despacio, con esa hambre que conocía muy bien. Su aliento caliente me erizó la piel, y una de sus manos subió por mi abdomen.
—Tom… —susurré, intentando sonar firme.
Él no se detuvo.
Siguió besándome el cuello, mordiendo suavemente la marca, mientras su otra mano bajaba peligrosamente.
—Solo un rato… —murmuró contra mi piel, la voz ronca—Te extrañé todo el día.
Me giré entre sus brazos y puse las manos en su pecho, deteniéndolo.
—No. Victoria nos está esperando para cenar juntos. Ya debe estar preguntando por nosotros.
Tom soltó un gruñido bajo, frustrado, pero siguió intentándolo, pegando su cuerpo al mío.
—Será rápido… te lo prometo. Solo necesito sentirte un momento.
Lo empujé suavemente pero con decisión.
—Tom, no. Además… tenemos que hablar.
Él se quedó quieto. Retrocedió un paso y me miró con atención.
Su expresión cambió por completo.
La lujuria desapareció y en su lugar apareció una alerta tensa, casi preocupada. Me miró muy serio, como si estuviera preparándose para lo peor.
—¿Hablar? —repitió, la voz baja— ¿Qué pasa? ¿Te quieres ir de nuevo? ¿Es eso?
Vi el miedo genuino en sus ojos dorados.
Ese Alfa grande, temido por tantos, se ponía nervioso solo con la idea de que yo pudiera marcharme otra vez.
Eso me ablandó el corazón.
Me acerqué, tomé su cara entre mis manos y le di un beso suave en los labios.
—No es eso —susurré contra su boca—Ven, siéntate.
Lo llevé hasta la cama y nos sentamos uno frente al otro. Tom me miraba con atención, casi conteniendo la respiración.
—Últimamente me he sentido muy mal —empecé, jugando nerviosamente con mis dedos— Náuseas, cansancio extremo, mareos… y hoy… hoy me hice unos análisis.
Tom frunció el ceño, preocupado.
—¿Estás enfermo?
Negué con la cabeza.
Tomé aire profundamente y solté la bomba.
—Estoy embarazado, Tom.
Silencio.
Un silencio largo, pesado, casi ensordecedor.
Tom se quedó completamente quieto, mirándome como si no hubiera entendido las palabras.
Luego, poco a poco, su expresión cambió. Sus ojos dorados se abrieron mucho, las cejas se levantaron y una sonrisa enorme, casi infantil, empezó a extenderse por su cara.
—¿Embarazado…? —repitió, como probando la palabra.
Asentí, mordiéndome el labio.
—Sí. De unas cinco o seis semanas.
De repente, Tom se transformó.
El Alfa duro, el líder de manada, desapareció por completo. Se puso de rodillas frente a mí en la cama, como un niño pequeño que acaba de recibir el regalo que más quería en el mundo. Sus manos temblorosas fueron directo a mi vientre aún plano y lo acarició con una reverencia que me dejó sin aliento.
—¿Un bebé…? —susurró, casi con incredulidad—¿Vamos a tener otro hijo?
Sus ojos brillaban.
Estaba radiante.
Feliz de una forma pura, desbordante, casi abrumadora.
—Otro cachorro… —murmuró, inclinándose para besar mi vientre con ternura—Victoria va a tener un hermanito o hermanita…
Levantó la vista hacia mí, con una sonrisa enorme que le hacía parecer mucho más joven.
—Bill… voy a ser papá otra vez. Tú y yo… vamos a ser papás otra vez.
No pudo contenerse. Me abrazó fuerte, casi levantándome de la cama, y se rio contra mi cuello, una risa feliz, emocionada, llena de asombro.
—Te amo —dijo contra mi piel—Te amo tanto… Gracias. Gracias por esto.
Yo solo pude abrazarlo de vuelta, con el corazón latiéndome a mil, todavía procesando todo.
Tom estaba eufórico.
Y yo… yo estaba aterrado y feliz al mismo tiempo.
Bajamos juntos al comedor, el con una mano en mi espalda y yo aún procesando todo.
Victoria ya estaba sentada a la mesa, balanceando las piernitas y dibujando en un papel mientras esperaba.
Al vernos entrar, su carita se iluminó.
—¡Papás! ¡Por fin! Tenía mucha hambre.
Nos sentamos uno a cada lado de ella. Tom y yo nos miramos un segundo.
Él asintió, dándome la palabra.
Tomé la mano pequeña de Victoria entre las mías.
—Mi amor… papá grande y yo tenemos algo muy importante que contarte.
Victoria nos miró alternadamente, curiosa.
—¿Es algo bueno?
Tom sonrió, con los ojos brillantes.
—Es algo muy bueno.
Respiré hondo y lo dije con suavidad:
—Vas a tener un hermanito o hermanita.
El silencio duró solo un segundo.
Victoria abrió mucho los ojos.
Primero se quedó quieta, procesándolo.
Luego, de repente, se le llenaron los ojos de lágrimas. Lágrimas grandes, redondas, que empezaron a caer por sus mejillas mientras una sonrisa enorme se le dibujaba en la cara.
—¿De verdad? —preguntó con la voz temblorosa, casi un susurro—¿Voy a ser hermana mayor?
Asentí, sintiendo que se me hacía un nudo en la garganta.
—Sí, mi vida. Vas a ser la mejor hermana mayor del mundo.
Victoria soltó un sollozo feliz y se lanzó hacia mí, abrazándome fuerte. Luego extendió el otro brazo hacia Tom, que la recibió de inmediato.
Los tres terminamos abrazados en un nudo torpe y hermoso: Victoria en medio, llorando de felicidad, Tom y yo besándole la cabeza, las mejillas, las manos.
—Te amo, mi princesa —le susurré contra su cabello rojizo— Y tu hermanito o hermanita también te va a amar muchísimo.
Tom, con la voz ronca por la emoción, le besó la frente.
—Vas a ser la mejor hermana del mundo. Te lo prometo. Y nosotros vamos a cuidar muy bien de los dos.
Victoria se apartó un poco, limpiándose las lágrimas con las manitas, pero sin dejar de sonreír.
—¿Va a ser niño o niña?
—Aún no lo sabemos —respondí, riendo bajito—Pero sea lo que sea, va a ser muy afortunado de tenerte como hermana.
Ella asintió con seriedad, como si estuviera tomando una responsabilidad muy importante.
—Yo le voy a enseñar a dibujar dragones… y a leer… y a no tenerle miedo a la oscuridad.
Tom soltó una risa emocionada y la abrazó de nuevo.
—Esa es mi niña.
Victoria se quedó un rato más abrazada a los dos, alternando besos entre Tom y yo, todavía con lágrimas de felicidad rodándole por las mejillas.
Y en ese momento, mientras la veíamos llorar de pura alegría, Tom y yo nos miramos por encima de su cabeza.
No hacían falta palabras.
Solo existía esto.
Nuestra familia.
Creciendo.
Y por primera vez en mucho tiempo, sentí que todo podía salir bien.
Continúa…
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wey, no me puedes sacar qué está nuevamente panzón sabiendo ahora que esta perra anda detrás de ellos 😭😭 NUNCA ME DEJAN DISFRUTAR UN EMBARAZO SIN QUE HAYA PELIGRO DE POR MEDIO