
Fic TOLL de Beth
Capítulo 3
Salí de la oficina cuando el dolor en la cicatriz se volvió un latido sordo y manejable. Me ajusté la bata, respiré hondo una última vez y me obligué a volver al modo profesional. Aún quedaban horas de guardia y pacientes que no podían esperar porque mi pasado hubiera decidido explotar en mi cara.
Durante la hora siguiente recorrí las habitaciones como un autómata:
La 305: una Omega joven que había dado a luz gemelos esa misma mañana. Le revisé la episiotomía, comprobé que la lactancia iba bien y le ajusté la analgesia. Ella me sonrió cansada pero feliz mientras mecía a uno de los bebés.
La 318: un Alfa mayor, setenta y cinco años, con insuficiencia cardíaca descompensada. Ajusté los diuréticos y le regañé con cariño por no seguir la dieta baja en sal.
La 322 y 327: dos Alfas femeninas.
Una con una fractura de tobillo complicada tras un accidente de moto; la otra con una crisis de asma grave por alergia al polen.
A ambas les puse tratamiento, les expliqué el plan y escuché sus quejas sin perder la paciencia.
Todo lo hice con la misma precisión de siempre, pero por dentro sentía que caminaba sobre cristales rotos.
A las once y media no pude retrasarlo más. Tom estaba despierto, estable y sin sedación profunda. Tenía que revisarlo yo mismo.
Empujé la puerta de la 412 con el corazón en la garganta.
Dentro, una de las enfermeras Beta más jóvenes ,Clara, veintitrés años, siempre sonriente estaba inclinada sobre la cama acomodándole la almohada a Tom.
Él, recostado contra el cabecero, con la bata hospitalaria abierta hasta el pecho tatuado y los brazos también a la vista, le hablaba en voz baja con esa sonrisa ladeada que yo recordaba demasiado bien.
Coqueteo descarado, puro instinto alfa.
Carraspeé desde la puerta.
Clara se enderezó de golpe, las mejillas ardiendo.
—¡Doctor Kaulitz! Solo… le estaba poniendo la almohada más cómoda… Ya me voy.
Salió casi corriendo, cerrando la puerta con suavidad.
El silencio que quedó fue denso, pesado, como si la habitación se hubiera encogido de repente.
No lo miré a los ojos.
Me acerqué al pie de la cama, tomé la tablilla con los últimos registros y empecé a anotar los datos en la historia electrónica: tensión 130/80, frecuencia cardíaca 88, saturación 97 %, diuresis adecuada.
Todo correcto.
Tom no apartaba la vista de mí.
Lo sentía en la nuca, en la cicatriz que volvía a palpitar.
El silencio se alargó hasta hacerse insoportable.
—¿Por qué actúas como si no nos conociéramos? —dijo al fin con voz ronca por el tubo que le habían quitado hacía poco.
Mantuve los ojos en la pantalla.
—Señor Pitz, soy su médico responsable. Mi obligación es tratarlo profesionalmente, independientemente de cualquier… circunstancia externa. Si necesita algo para el dolor o tiene alguna duda sobre su tratamiento, estoy aquí para eso.
Una risa baja, burlona, llenó la habitación.
—¿En serio, Bill? ¿“Señor Pitz”? ¿Te vas a hacer el frío conmigo después de lo de antes?
Seguí escribiendo, los dedos firmes sobre la tablet.
—Se está equivocando de persona.
Otra risa, más fuerte esta vez.
—Imposible —dijo, y su voz bajó un tono, peligrosa y suave a la vez— Esos ojos no se ven en cualquier lado.
Solo entonces levanté la vista un segundo.
Error.
Sus ojos dorados estaban fijos en mí, intensos, sin rastro de la sedación.
Sabía exactamente a qué se refería.
Mi heterocromía siempre había sido llamativa: el ojo izquierdo rojo intenso, el derecho azul glaciar.
De niño me habían acosado por ello; de adolescente, Tom solía decir que eran lo más bonito que había visto nunca.
Ahora esos mismos ojos eran la prueba que él necesitaba.
Y la que yo hubiera querido esconder para siempre.
Bajé la mirada de nuevo, terminé de anotar y colgué la tablilla en su sitio.
—Descanse. Mañana pasaré a primera hora para ver cómo evoluciona la herida —dije con voz neutra.
Me di la vuelta hacia la puerta.
—Bill —me llamó, y mi nombre en su boca fue como un gancho en el pecho—No hemos terminado de hablar.
No respondí.
Salí, cerré la puerta y me apoyé en la pared del pasillo un segundo, respirando como si hubiera corrido una maratón.
No, no habíamos terminado.
Pero yo aún no estaba listo para empezar.
Salí de la habitación con el pulso aún acelerado y la sensación de que sus ojos dorados me seguían quemando la espalda incluso a través de la puerta cerrada. No podía quedarme en ahi ni un minuto más; necesitaba distancia, aire, movimiento.
Bajé a la planta principal, fingiendo que iba a revisar el stock de medicamentos en recepción, cualquier excusa para no volver a mi oficina y encerrarme de nuevo con mis pensamientos.
Llegué al área de urgencias justo cuando las puertas automáticas de entrada se abrieron con violencia.
Una ambulancia retrocedió hasta la rampa, luces rojas y azules parpadeando en la oscuridad, sirena apagándose con un gemido final.
Dos paramédicos bajaron corriendo la camilla.
—¡Mujer Beta, veintiocho años! —gritó el primero mientras empujaban hacia dentro—Intoxicación aguda por supresores defectuosos. Taquicardia, convulsiones en camino, presión 170/110 y subiendo. ¡Necesitamos quirófano de descontaminación ya!
Me acerqué de inmediato, poniéndome los guantes que me tendió Marta desde el mostrador.
—Tráela a la box 1. Yo la tomo—ordené, voz firme.
En este mundo, los Betas siempre habían sido los “equilibrados”: no tenían calores ni ruts, no emitían feromonas fuertes, no sufrían los desequilibrios hormonales de Alfas y Omegas. Por eso la sociedad los ponía en un pedestal: eran los maestros, los administrativos, los científicos, los que mantenían el sistema funcionando sin “distracciones biológicas”. Pero esa misma “estabilidad” los hacía extremadamente dependientes de los supresores leves que tomaban desde la pubertad para mantener su neutralidad absoluta.
Y cuando esos supresores fallaban por lotes defectuosos, por estrés crónico o por acumulación tóxica, el cuerpo Beta colapsaba de golpe.
El hígado y los riñones no estaban preparados para procesar el exceso hormonal reprimido durante años.
Lo llamábamos Síndrome de Rebote Beta: taquicardia ventricular, convulsiones, fallo multiorgánico. Mortal en más del 40 % de los casos si no se actuaba rápido.
La chica en la camilla era guapa, piel morena, cabello corto teñido de azul. Sudaba copiosamente, los ojos en blanco, los músculos rígidos por una convulsión tónica que los paramédicos apenas controlaban con midazolam.
En su brazo llevaba una pulsera médica: “BETA – SUPRESORES DIARIOS OBLIGATORIOS”.
—Nombre: Daniela Ruiz —leyó el paramédico del informe—Trabaja en una multinacional, turno de noche. Esta mañana empezó con náuseas, pensó que era estrés. Hace dos horas colapsó en su puesto. El lote de supresores que usa está en alerta sanitaria desde ayer: contaminación con análogos alfa sintéticos.
Asentí, ya conectándola al monitor mientras las enfermeras le ponían vía periférica gruesa.
—Carbón activado, lavado gástrico inmediato. Anticonvulsivantes: lorazepam 4 mg IV. Preparen hemodiálisis de urgencia, vamos a tener que filtrarle la sangre. Y llamen a toxicología.
Daniela tuvo otra convulsión más fuerte. El monitor pitó en taquicardia ventricular. Me subí a la camilla, empecé compresiones torácicas mientras gritaba:
—¡Desfibrilador! ¡Carga a 200 !
Choqué eléctrico. El cuerpo se arqueó. Ritmo sinusoidal volvió… y luego se estabilizó en sinusales a 110.
Suspiré aliviado cuando la presión empezó a bajar y las convulsiones cedieron. La trasladamos a la unidad de descontaminación para el lavado y la diálisis. Probablemente salvaría la vida, pero pasaría semanas recuperándose.
Y después tendría que elegir: seguir siendo Beta con supresores más estrictos (y el riesgo de que volviera a pasar), o dejarlos y aceptar que su cuerpo desarrollara alguna secundaria leve quizá un ciclo irregular, quizá feromonas débiles.
Para muchos Betas, eso era peor que la muerte: perder el estatus social de “neutral perfecto”.
Cuando todo estuvo bajo control, me quité los guantes ensangrentados y salí al pasillo de recepción para respirar.
Marta me tendió un café sin que se lo pidiera.
—Otra víctima del maldito lote 47B —murmuró—Es la tercera esta semana.
Asentí, sorbiendo el café amargo.
—Los laboratorios siguen diciendo que fue “un error aislado”. Mientras tanto, los Betas pagan el precio por querer ser lo que la sociedad les exige.
Miré hacia las puertas de cristal. Afuera, la ambulancia ya se iba. Y yo no podía evitar pensar que, en un mundo que obligaba a todos a encajar en una caja ,Alfa dominante, Omega sumiso, Beta neutral, nadie salía realmente ileso.
Ni Daniela.
Ni yo.
El resto de la guardia transcurrió en una extraña calma después del caos de la ambulancia.
Daniela quedó estable en diálisis, los demás pacientes dormían o estaban controlados, y las alarmas solo sonaron un par de veces por cosas menores.
Andreas, fiel a su palabra, se había hecho cargo por completo de la habitación 412: revisó a Tom, ajustó la medicación y me mandó un mensaje breve
—“Todo bien, duerme un poco tranquilo, yo cierro”—
No insistí.
No podía.
Todavía sentía la mirada de el clavada en mí como un clavo ardiente.
Así que me quedé en la zona de urgencias, ayudando con ingresos leves, rellenando historias y, sobre todo, hablando con Marta.
Eran las tres de la mañana cuando nos sentamos los dos en el puesto de enfermería con un café cada uno ,el tercero de la noche para mí, quién sabe cuántos para ella.
La luz fluorescente nos hacía parecer fantasmas, pero la conversación fluía como si fuera mediodía.
—Cuéntame—dijo ella removiendo el azúcar con una sonrisa cansada— ¿cómo está la pequeña Victoria? ¿Ya empezó las clases de ballet o sigue empeñada en ser doctora como su papá?
Reí bajito, apoyando la barbilla en la mano.
—Las dos cosas. El martes tiene su primera clase de ballet, pero en casa no suelta el estetoscopio de juguete. El otro día “auscultó” al gato de Simone y diagnosticó “corazón de león”. Creo que voy a tener competencia pronto.
Marta soltó una carcajada suave.
—Es una niña preciosa, Bill. Y lista como ella sola. Se nota que te tiene en un pedestal.
—Y yo a ella en el mío —admití, la voz suavizándose sin querer— Es… todo para mí.
Ella asintió, entendiendo más de lo que decía. Marta era Beta, casada con otro Beta, y madre de cinco cachorros que llenaban su casa de ruido y caos feliz.
—¿Y los tuyos? ¿Cómo van los terremotos?
—Ay, no me hables —suspiró, pero con los ojos brillantes—Los cuatro mayores son Alfas confirmados, puro testosterona. El mayor ya tiene once años y mide casi lo que yo; ayer rompió una puerta porque su hermano le quitó el mando de la consola. Los gemelos de ocho son un dúo imparable: si uno no arma lío, el otro lo hace por los dos. Y el de cinco… ese es el más listo, ya sabe negociar como un abogado.
Me reí imaginándolos.
—¿Y la pequeña?
—Lucía, mi princesa —dijo con ternura infinita—Un año y medio recién cumplidos. Todavía no se sabe. A veces huele un poquito dulce, como si fuera a Omega, pero otras veces nada de nada. El pediatra dice que hay que esperar hasta los tres o cuatro para estar seguros. Yo, la verdad… solo quiero que sea sana y feliz. Sea lo que sea, la voy a querer igual.
Asentí, mirando el fondo de mi taza.
—Sea lo que sea, tendrá una madre increíble.
Marta me dio un golpecito suave en el brazo.
—Y una especie de tío en el hospital que siempre le guarda los mejores caramelos.
Sonreímos los dos.
En esas horas muertas de la madrugada, cuando el mundo parece detenerse, las conversaciones se vuelven sinceras.
No había jerarquías, ni designaciones, ni dramas.
Solo dos personas cansadas compartiendo pedacitos de sus vidas para recordarse que, fuera de estas paredes, había algo más que sangre y monitores.
A las seis empezó a clarear por las ventanas.
Firmé la salida, le di un abrazo rápido a Marta y salí al parking con el cuerpo pesado pero el corazón un poco más ligero.
Tom seguía en ahí.
Yo seguía teniendo miedo de lo que vendría cuando volviéramos a hablar.
Pero por unas horas, entre cafés y risas a las tres de la mañana, había logrado respirar.
Y eso ya era mucho.
Continúa…
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