
Fic TOLL de Beth
Capítulo 4
Dos días después todo siguió normal, ya no recibí llamadas de Georg…supuse que había desistido de esa loca idea de venir por Tom.
Que equivocado estaba..
Ya mi guardia llegaba a su fin.
Eran casi las 8 de la mañana, el cielo empezaba a clarear por las ventanas del pasillo y yo firmaba los últimos partes mientras bostezaba disimuladamente.
Marta recogía sus cosas a mi lado, tarareando una canción infantil que seguramente le cantaba a sus pequeños en casa.
De repente, el primer disparo retumbó fuera del edificio como un trueno seco.
Luego otro.
Y otro más.
Ráfagas cortas, controladas, seguidas de gritos y el chirrido de neumáticos.
El hospital entero se convirtió en caos en segundos.
Pacientes en recuperación salieron de sus habitaciones en bata, arrastrando sueros; Omegas con recién nacidos en brazos corrían hacia las salidas de emergencia; Alfas protectores empujaban a sus familias hacia los ascensores; Betas del personal gritaban órdenes contradictorias.
Las alarmas de seguridad se activaron las luces rojas estaban parpadeando en los pasillos.
—¡Marta, vete! ¡Esconde a todos en el sótano o en las oficinas interiores! —le grité mientras corría hacia la entrada principal, el instinto médico empujándome hacia el peligro en lugar de alejándome.
Ella me tomó del brazo, los ojos muy abiertos.
—¡Bill, no! ¡Ven conmigo, por favor!
Negué con la cabeza, soltándome con suavidad pero firme.
—Alguien tiene que ver qué pasa. Cierra las puertas de UCI y no dejes pasar a nadie. ¡Ve!
Marta dudó un segundo más y luego corrió hacia el fondo, guiando a un grupo de enfermeras y pacientes.
Yo avancé agachado, usando las columnas y los carros de medicación como cobertura, hasta llegar al vestíbulo principal. El cristal de la entrada estaba roto en varios sitios; vi destellos de armas fuera, vehículos negros bloqueando la calle.
Y entonces entraron.
Georg Listing primero, pistola en mano, seguido de seis hombres armados hasta los dientes.
Y detrás, la “novia” rubia de la otra noche, con los ojos brillando de furia alfa.
Me vio en cuanto crucé el umbral del vestíbulo.
—Tú —siseó.
En dos zancadas estuvo sobre mí.
Me tomó del cabello con fuerza brutal, tirando mi cabeza hacia atrás, y apoyó el cañón frío de una pistola en mi sien.
—Vas a pagar por no dejarme pasar la otra vez, Omega de mierda —me escupió al oído.
Cerré los ojos.
El tiempo se detuvo.
Y mi vida pasó ante mí como una película acelerada: mi madre sonriéndome el día que me gradué, Victoria gateando por primera vez hacia mí con sus ojitos desiguales, el olor del cobertizo donde Tom me marcó, la soledad de los meses de embarazo, las noches llorando hasta quedarme sin lágrimas, la primera vez que sostuve a mi hija en brazos y juré que nunca más dependería de nadie.
Pensé que ese era el final.
Hasta que un rugido ,profundo, animal, que hizo vibrar las paredes y llenó todo el vestíbulo.
Abrí los ojos justo a tiempo para ver una figura enorme saltar desde las escaleras laterales: un león macho, melena amarillenta y oscura, músculos tensos, ojos dorados inconfundibles.
Se lanzó sobre la chica con un impacto que la tiró al suelo.
La Alfa gritó con su cuerpo se retorció y en segundos se transformó también: una leona ágil, dientes y garras listas.
Empezaron a pelear con ferocidad salvaje: zarpazos, mordidas, rugidos que helaban la sangre.
Los hombres de Georg retrocedieron, apuntando pero sin disparar.
La cicatriz de mi cuello explotó en dolor. Un fuego abrasador que me dobló las rodillas.
Quise correr hacia ellos, hacia él, gritar su nombre, detenerlo, pero unas manos fuertes me sujetaron por los hombros.
—No te muevas —me ordenó Georg al oído, voz baja pero firme—Quédate quieto si no quieres que esto empeore.
Obedecí, paralizado, la mano apretada contra la marca que palpitaba como si estuviera viva.
Veía la pelea borrosa por las lágrimas de dolor: el león dominaba, pero la leona era rápida, arañándole el costado, buscando el cuello.
Georg dio un paso adelante y gritó algo en un dialecto que no entendí: palabras duras, guturales, con autoridad alfa pura.
Lo repitió dos veces, más fuerte.
Los animales se detuvieron poco a poco.
El león retrocedió primero, jadeando, sangre en el pelaje. La leona gruñó una última vez y luego su cuerpo se contrajo, volviendo a forma humana: la chica desnuda, magullada, temblando de rabia en el suelo.
El león sacudió la melena, rugió una vez más… y empezó a transformarse.
Los huesos crujieron, el pelaje se retrajo, los músculos se acomodaron. En segundos, allí estaba Tom, desnudo, cubierto de arañazos y sangre fresca, pero de pie.
Respiraba agitado, los ojos dorados fijos en la chica antes de girarse hacia mí.
Georg soltó mis hombros.
El vestíbulo estaba en silencio absoluto, solo roto por los jadeos de los dos Alfas heridos.
Tom me miró.
Yo lo miré a él.
Y la marca en mi cuello latió una última vez, como diciendo: “Ya no puedes huir más”.
El reencuentro que tanto temí acababa de llegar… en medio de sangre, rugidos y balas.
Y esta vez, no había escapatoria posible.
El vestíbulo olía a sangre, pólvora y adrenalina alfa. Tom, aún jadeando por la transformación, se incorporó lentamente, ignorando los arañazos profundos que le cruzaban el torso y la sangre que goteaba sobre el suelo roto. Sus ojos dorados no se apartaban de mí ni un segundo.
Georg miró su reloj, luego las puertas destrozadas.
—Nos vamos ya —dijo con voz seca— La policía estará aquí en menos de cinco minutos. Los chicos ya tienen los coches listos.
Tom asintió sin mirar a Georg.
Siguió clavado en mí.
—Bien. Pero el viene con nosotros.
La rubia se puso de pie tambaleándose, la ropa hecha jirones por la transformación, el rostro lleno de arañazos. Soltó una retahíla furiosa en un idioma que reconocí vagamente como checheno, duro y cortante como cuchillas:
—Ма цкъа а, Том! Хьан цхьаьна а деллачух тера ду вайна! И Омega вайна гIулакхе хир дац!»
(“¡Ni hablar, Tom! ¡No lo necesitamos para nada! ¡Este Omega no vendrá con nosotros!”)
Tom giró la cabeza hacia ella con lentitud peligrosa. Su voz salió como un gruñido bajo, pero firme.
—Heidi. Cállate. Tú no decides nada aquí.
Ella dio un paso adelante con los ojos brillando con rabia posesiva.
—¡Claro que sí! ¡Soy tu novia, Tom! Aunque todavía no me hayas marcado, ¡lo soy! ¡Todo el mundo lo sabe! ¡No vas a traer a este… este Omega marcado por quién sabe quién a nuestra manada!
Tom no respondió.
Solo la miró hasta que ella retrocedió un paso, instinto alfa reconociendo al más fuerte.
En ese momento, un rugido grave y gutural retumbó desde las escaleras laterales.
Todos giramos las cabezas.
Una pantera negra enorme, brillante bajo las luces rotas, bajó los escalones de un salto elegante.
Pelaje azabache puro, ojos azules eléctricos, músculos definidos bajo la piel tensa.
El animal avanzó hacia nosotros con sigilo mortal, los colmillos apenas visibles en un gruñido silencioso.
Georg levantó su arma de inmediato, apuntando directo a la cabeza de la pantera.
Lo reconocí al instante.
—Andrew… —susurré.
Andrew era mi compañero de residencia desde hace años.
Alfa puro con esa presencia escénica que llenaba espacios enteros.
Alto, delgado pero fuerte, cabello negro largo hasta los hombros, ojos azules penetrantes, tatuajes cubriéndole brazos y cuello, siempre vestido de negro incluso bajo la bata blanca.
Ahora transformado, era letal con elegancia felina.
La pantera se detuvo entre Georg y yo, con el lomo erizado, listo para saltar.
—¡No! —grité, dando un paso adelante con las manos alzadas— ¡Georg, no le hagas daño! ¡Es mi compañero, vino a ayudarme!
El dudó con el dedo aún en el gatillo.
Volteé hacia Andrew.
—Andrew, estoy bien. De verdad. Están… están bien. Baja el arma, Georg, por favor.
La pantera me miró un segundo largo. Vi el reconocimiento en esos ojos.
Luego, con un bufido bajo, el cuerpo empezó a contraerse.
Pelaje retrocediendo, huesos acomodándose, músculos cambiando de forma.
En segundos, Andrew estaba allí de rodillas, desnudo como Tom, pero ya incorporándose con esa gracia natural suya.
Cabello negro revuelto, tatuajes a la vista, cicatrices de escenario y peleas antiguas marcando su piel pálida.
Se puso de pie sin prisa, ignorando su desnudez como solo un Alfa seguro de sí mismo puede hacerlo.
—¿Seguro que estás bien, Bill? —preguntó con esa voz grave y ronca que llenaba silencios.
Asentí, aunque mi mano seguía apretada contra la cicatriz que latía como un segundo corazón.
—Estoy bien. Vete con los demás. Protege a los pacientes. Yo… yo me encargo.
El me miró fijamente, luego a Tom, luego a Georg. Finalmente asintió, aunque no parecía nada convencido.
—Como digas. Pero si necesitas algo…volveré.
Se dio la vuelta y desapareció por el pasillo hacia la zona segura, seguramente a buscar ropa y organizar la defensa del hospital.
Georg bajó el arma lentamente.
Tom dio un paso hacia mí, la sangre aún goteando de sus heridas, pero su voz fue clara y definitiva.
—Bill. Vendrás con nosotros. Ahora.
No era una pregunta.
Y por primera vez en años, no supe qué responder.
La marca en mi cuello ardía como si dijera “sí” por mí.
Y fuera, las sirenas de policía ya se acercaban.
Georg no esperó mi respuesta.
Me tomó del brazo con una mano de hierro y empezó a caminar hacia la salida destrozada, arrastrándome casi volando. Sus dedos se clavaban justo por encima del codo, firme pero no brutal… aunque suficiente para que yo sintiera que no tenía opción.
—¡Suéltame! —le espeté, intentando plantar los pies en el suelo—¡No hace falta tratarme así, joder! ¡Puedo caminar solo!
Georg soltó una risa baja, sin aflojar el agarre.
—Ay, doctorcito peleonero… ¿Siempre fuiste tan arisco o es cosa de los años? Porque si te suelto ahora, saldrás corriendo de vuelta al hospital como un Omega asustado.
—¡No soy ningún Omega asustado! —gruñí, forcejeando más—¡Y menos tuyo para que me arrastren como un saco!
Eso solo lo hizo reír más fuerte, dándome un pequeño tirón juguetón para picarme.
—Vaya, vaya. Sigues teniendo la lengua afilada. Me caes bien, Kaulitz. Lástima que vengas en paquete con tanto drama.
Delante de nosotros, dos de los hombres de Georg cubrían la entrada con rifles alzados. Detrás, Tom cerraba la marcha, todavía desnudo salvo por unos pantalones improvisados que alguien le había pasado, los heridas de la pelea con Heidi ya coagulando gracias a la regeneración alfa acelerada.
Sus ojos dorados barrían la calle, alerta, vigilando cada sombra por si aparecía policía o un nuevo ataque.
Llegamos a la rampa de salida.
Dos camionetas negras blindadas esperaban con los motores encendidos.
Heidi corrió hacia la primera la misma en la que íbamos nosotros e intentó subir al asiento del copiloto.
Tom la detuvo con una sola palabra, voz fría como acero.
—Nie.
Ella se giró furiosa y soltó otra ráfaga en checheno, rápido y venenoso:
—Том, хьоьга ца хир ду! Со хьанца хир ю иза! Кхузза вай цхьаьна!
(Tom, ¡no seas ridículo! ¡Yo voy contigo! ¡No con los demás!)
El respondió en el mismo idioma, tono bajo pero definitivo, sin dejar lugar a réplica:
—Хьан метта кхузза. Соьга иза кийчйо. Цхьаьна ца хир ю хьо.
(Vete en la otra. Yo me encargo de él. Tú no subes aquí.)
La alfa apretó los puños con los ojos brillando con lágrimas de rabia y humillación.
Discutieron unos segundos más palabras cortantes, gestos bruscos, hasta que ella soltó un bufido y se dirigió hecha una furia hacia la segunda camioneta, subiendo de un portazo que hizo temblar los cristales.
Georg abrió la puerta trasera de la primera y literalmente me metió dentro de un empujón suave.
—Adentro, doctor. Y ponte el cinturón, que esto puede ponerse movido.
Subió al volante, cerró de un golpe y arrancó incluso antes de que Tom terminara de subir atrás conmigo. La puerta se cerró sola con el seguro centralizado.
Y de repente, estábamos solos en la parte trasera.
Solo Georg delante, conduciendo; Tom y yo en el asiento corrido, separados por apenas medio metro de espacio blindado.
El no me quitaba los ojos de encima. Apoyado contra la puerta, torso todavía al descubierto, brazos cruzados, esa mirada dorada intensa y tranquila que me ponía los nervios de punta.
Yo respiraba agitado, el pecho subiendo y bajando rápido.
Molesto, furioso, asustado… todo a la vez.
Me crucé de brazos también, mirando al frente, la mandíbula apretada.
Él soltó una risa baja, suave, casi cariñosa.
—Bill… —murmuró—Han pasado años y sigues igual. Ese carácter arisco, esa mirada de “tócame y te muerdo”… Ni un ápice ha cambiado.
Lo fulminé con la mirada por fin.
—No me hace gracia —le espeté— Nada de esto tiene gracia.
Tom sonrió más, ladeando la cabeza.
—Pues a mí sí. Me hace mucha gracia. Porque significa que el Bill que conocí sigue ahí dentro. Enterito.
Apreté los labios hasta que me dolieron. La camioneta aceleró por una calle lateral, alejándose del hospital mientras las sirenas policiales se acercaban por detrás.
Y yo, atrapado entre la puerta blindada y el Alfa que una vez fue todo mi mundo, solo pude pensar en una cosa:
Victoria.
Mi hija.
Nuestra hija.
Y en cuánto tiempo tardaría Tom en descubrirlo.
Porque con esa mirada fija en mí, sentía que ya estaba empezando a atar cabos.
El camino fue largo.
Demasiado largo.
La camioneta blindada devoraba kilómetros por carreteras secundarias, alejándose de la ciudad a toda velocidad. Georg conducía en silencio absoluto, concentrado en los retrovisores por si venía persecución policial.
Nadie hablaba.
Solo se oía el ronroneo del motor, el ocasional cambio de marcha y mi propia respiración agitada, todavía cargada de adrenalina y rabia.
Yo miraba por la ventana tintada, los puños apretados en el regazo, la cicatriz latiendo como un recordatorio constante.
El, a mi lado, no apartaba los ojos de mí.
El silencio se estiró tanto que empezó a pesar como plomo.
Hasta que Tom lo rompió.
—¿Cómo fue tu matrimonio arreglado?
Volteé la cabeza de golpe, frunciendo el ceño. ¿De qué demonios estaba hablando? No entendía una palabra. Solo lo miré, confundido, esperando que explicara la broma o lo que fuera.
Eso lo enfureció más. Sus ojos dorados se oscurecieron, la mandíbula se tensó.
—No me mires así, Bill. ¿Tan feliz fuiste con él? ¿Tu Alfa perfecto, el que te arreglaron tus padres o quien sea? ¿También es médico, como tú? ¿Te trata bien? ¿Te dio cachorros bonitos y una vida estable? ¿Lograste olvidarme del todo, joder?
Cada palabra salía más rápida, más cargada de veneno.
Georg ni siquiera parpadeó al volante, como si estuviera acostumbrado a los estallidos de Tom.
Yo seguía sin entender nada.
Matrimonio arreglado.
Alfa perfecto.
Cachorros.
¿De dónde sacaba eso? Mi ceño se frunció tanto que me dolía la frente. Abrí la boca para preguntar, pero él siguió, la voz subiendo.
—¡Dime la verdad de una vez! ¿Eres feliz? ¿Lograste borrarme como si nunca hubiera existido?—y entonces gritó, realmente gritó, inclinándose hacia mí—¡¿LOGRASTE OLVIDARME?!
No lo pensé.
Mi mano salió sola, rápida como un latigazo.
La bofetada resonó en el interior blindado de la camioneta, fuerte, abierta, dejando una marca roja en su mejilla.
Tom se quedó congelado, los ojos muy abiertos por la sorpresa.
Yo temblaba entero, la palma me estaba ardiendo y la voz estaba quebrada cuando por fin hablé.
—Tú… tú no sabes ni una mierda.
Las lágrimas me quemaban los ojos, pero no las dejé caer.
La camioneta se detuvo en ese preciso momento habíamos llegado asi lo hizo saber el castaño , llegamos a un complejo industrial abandonado en las afueras, rodeado de altos muros y hombres armados.
Abrí la puerta de un tirón y me bajé de un salto y el aire frío de la mañana ya estaba golpeándome la cara.
No miré atrás.
No podía.
Porque si lo hacía, me derrumbaría.
Y aún no estaba listo para que Tom supiera toda la verdad.
No así.
No todavía.
El no tardó ni diez segundos en bajar de la camioneta.
Me alcanzó en tres zancadas largas, todavía con la mejilla roja por mi bofetada, los ojos dorados ardiendo de algo que no supe leer: rabia, dolor, confusión.
Sin decir una palabra, me tomó del brazo esta vez él y me guió (o más bien me llevó casi a rastras) hacia la entrada principal del complejo.
El portón metálico se abrió automáticamente y, al cruzar, entendí que aquello no era un simple refugio: era una mansión enorme, antigua, rodeada de muros altos y torretas discretas.
Un jardín perfectamente cuidado, fuentes silenciosas, y decenas de personas moviéndose con orden militar.
Y todos, absolutamente todos menos el personal de servicio, iban armados.
Alfas patrullando con rifles al hombro, Betas revisando cargadores en grupos pequeños, Omegas con pistolas en la cintura y expresión dura.
Olían a manada: feromonas mezcladas, lealtad, territorio marcado.
Me miraron al pasar, algunos con curiosidad, otros con desconfianza abierta.
Un Omega con uniforme médico nunca encajaba en un lugar como este.
Tom no soltó mi brazo hasta que entramos al vestíbulo principal: techos altos, suelo de mármol negro, lámparas de araña que parecían sacadas de otra época. Allí esperaba una mujer joven, claramente Omega por su aroma suave y sumiso, pero con una postura erguida que hablaba de posición dentro de la jerarquía.
Cabello castaño recogido, vestido negro sencillo, ojos bajos hasta que Tom se acercó.
Se inclinó en una reverencia profunda.
—Bienvenido de vuelta, jefe —dijo con voz respetuosa—La casa está segura. La policía perdió el rastro hace veinte minutos.
El asintió seco.
—Gracias, Nataly.
Solo entonces la mujer levantó la vista y me miró. De arriba abajo, sin disimulo. Mis rasgos andróginos, pómulos altos, labios finos, ojos heterocromos, cabello corto negro que aún caía desordenado por la pelea siempre llamaban la atención, pero aquí la curiosidad era más intensa. Frunció ligeramente el ceño, como evaluándome, preguntándose qué hacía un Omega médico, con bata manchada de sangre y expresión arisca, al lado de su líder.
Tom no le dio tiempo a preguntar.
—Llévalo a una de las habitaciones de invitados del ala oeste —ordenó, soltándome por fin el brazo—Que le traigan ropa limpia, algo cómodo. Que se duche y se cambie. Después lo traes a mi habitación. Tenemos que hablar… y necesito que me cure estas heridas antes de que se infecten.
Nataly asintió de inmediato.
—Como ordene, jefe.
El me miró un segundo más.
Había mil cosas en sus ojos que no quería leer. Luego se dio la vuelta y subió las escaleras principales sin decir nada más, seguido por Georg y dos guardias.
Yo no hablé. Ni una palabra.
Solo dejé que Nataly me guiara por un pasillo lateral, sus tacones iban resonando suaves sobre el mármol.
Pasamos ante más miembros de la manada que me observaban en silencio: un Alfa joven que olía a curiosidad, una Beta mayor que frunció el ceño, un Omega niño que asomó la cabeza desde una puerta y me miró con ojos grandes.
Subimos al segundo piso.
Nataly abrió una puerta al final del corredor: una habitación amplia, elegante, con cama king size, baño privado y ventanales que daban al jardín trasero.
—La ropa estará aquí en cinco minutos —dijo con voz neutra— Toallas limpias en el baño. Si necesita algo, pulse el botón junto a la cama— Asentí sin mirarla a los ojos.
Ella dudó un segundo en la puerta—Disculpe la pregunta… ¿es usted médico de verdad?
—Sí —respondí seco.
Ella asintió, como archivando la información.
—El jefe no trae a nadie aquí si no confía. Sea lo que sea que haya pasado entre ustedes… tenga cuidado.
Cerró la puerta con suavidad.
Me quedé solo.
Me quité la bata manchada, la tiré al suelo como si quemara.
Y por primera vez desde que todo empezó, me permití temblar.
Porque sabía que en unos minutos tendría que ir a la habitación de Tom.
Y esta vez, no habría camioneta, ni policía, ni excusas.
Solo él y yo.
Y 5 años de verdades que ninguno de los dos estaba preparado para decir.
Continúa…
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