
Fic TOLL de Beth
Capítulo 7
No esperé más. Salí de mi habitación como un toro enfurecido, cruzando los pasillos vacíos de la mansión sin importarme si alguien me veía.
Llegué a la puerta del ala de invitados, la abrí de un empujón y entré en la de Bill sin tocar. El pomo cedió fácil ,nada en esta casa se me cerraba a mí.
Y ahí estaba él.
En la cama, hecho una bolita bajo las sábanas revueltas, sudando como si tuviera fiebre, temblando de pies a cabeza.
El olor me golpeó como una pared: dulce, maduro, embriagador.
Feromonas Omega en pleno celo, sin supresores que las contuvieran.
Ese aroma almizclado, como vainilla quemada y miel caliente, que me hacía salivar instintivamente.
Bill se removía inquieto, los ojos estaban entrecerrados, la piel brillante de sudor, el cabello negro pegado a la frente. Parecía sumiso, vulnerable, pero al mismo tiempo exquisito y sensual: los labios entreabiertos jadeando, el cuerpo arqueándose sutilmente bajo la tela, como si cada movimiento fuera una invitación involuntaria.
Su lado Omega puro saliendo a flote, ese instinto que lo hacía irresistible para cualquier Alfa… especialmente para mí, su marcador.
Me acerqué despacio con el corazón retumbando.
—¿Existen cachorros, Bill? —exigí con la voz ronca por la rabia y el olor que ya me nublaba la cabeza—¿Los hay? ¿Dónde están? ¿Por qué coño no me lo dijiste desde el principio? ¿Pensaste que no los querría? ¿Que no los protegería?
Bill levantó la vista hacia mí, los ojos heterocromos vidriosos por el calor.
No respondió a mis preguntas.
En cambio, su voz salió bajita, sensual, como un ronroneo que me puso la piel de gallina.
—Tom… ayúdame… —susurró, incorporándose un poco en la cama, la sábana estaba resbalando por su pecho sudoroso—Es mi celo… duele tanto… Tú eres mi Alfa. Por favor…
Me quedé congelado.
No. No podía.
No así.
El celo hablaba por él, lo hacía sumiso y desesperado, pero yo no era un animal. No iba a tomarlo solo porque su celo lo exigiera, no después de todo el dolor entre nosotros.
—No, Bill —gruñí, retrocediendo un paso—No puedo. El celo te está controlando. Te traeré supresores, algo fuerte para apagarlo. Espera aquí.
Pero él no esperó. Con un gemido suave, se incorporó más, dejando caer la sábana por completo.
Empezó a desvestirse a mis ojos… los dedos temblorosos desabrochando la camiseta gris, revelando la piel pálida y húmeda, los pezones endurecidos por el calor.
Luego los pantalones, deslizándolos por las caderas, exponiendo todo.
Su aroma se intensificó, feromonas en oleadas que llenaban la habitación, ese olor dulce y adictivo que despertaba mi rut alfa interior.
Sentí mi nudo hinchándose ya en los pantalones, el instinto rugiendo para reclamarlo, marcarlo de nuevo.
Intenté separarme, dar media vuelta y salir de la habitación antes de perder el control. Pero me quedé parado, hipnotizado, viéndolo gatear hacia mí sobre la cama como un felino en celo: movimientos fluidos, sensuales, el cuerpo arqueado, los ojos fijos en mí con esa mirada sumisa y hambrienta.
—Tom… por favor… —gimió bajito, acercándose al borde de la cama.
Con una rapidez que no vi venir, su mano se estiró hacia mis pantalones, desabrochándolos en un segundo. Sacó mi erección al aire ,ya dura, venosa, la base ancha lista para el nudo y empezó a lamerla.
La lengua caliente y húmeda lamiendo la punta primero, saboreando el pre-semen que ya brotaba por el olor que lo invadía todo……el sabor era adictivo: salado y almizclado, con feromonas alfa que calmaban el celo como un bálsamo.
Bill gimió contra mí, lamiendo más abajo, trazando las venas con la lengua plana, succionando suavemente la cabeza mientras sus feromonas me volvían loco, mi nudo palpitando con necesidad de hincharse dentro de él.
—Bill… joder… para… —gruñí, pero mis manos se enredaron en su cabello negro sin empujarlo.
El placer era eléctrico, instintivo, el vínculo de la marca estaba latiendo en sincronía con cada lamida.
No podía parar.
No quería.
—Tan grande… —murmuró separándose un poco lamiéndose los labios—Siempre fuiste tan perfecto para mí…
Sin esperar respuesta, se inclinó de nuevo y pasó la lengua plana por toda la longitud, desde la base hasta la punta.
Gemí sin poder evitarlo, las caderas empujando hacia adelante por instinto.
—Joder, Bill… —gruñí—No… no deberíamos…
Me miró hacia arriba con los ojos brillantes, y empezó a bajar más profundo.
La garganta se contrajo alrededor de mí, tragándome hasta donde podía, la lengua presionando contra la vena gruesa…subía y bajaba con ritmo lento, sensual, gimiendo alrededor de mi pene cada vez que llegaba a la base.
El sonido húmedo, los jadeos ahogados, el olor de su excitación llenando la habitación… era demasiado.
Lo tomé por la nuca y tiré suavemente hacia atrás, sacándome de su boca con un sonido húmedo.
—No así —dije con la voz ronca—Si vamos a hacer esto… quiero verte.
Bill se lamió los labios, todavía con mi sabor en ellos, y se recostó de espaldas en la cama, abriendo las piernas despacio.
Su pene estaba duro y goteando, y entre sus nalgas brillaba la lubricación natural del celo…. ese fluido espeso y dulce que facilitaba todo, que hacía que un Alfa pudiera entrar sin dolor. Se mordió el labio inferior con la mano bajando para tocarse, abriéndose un poco más.
—Mírame… —susurró— Estoy tan mojado por ti… solo por ti… mi Alfa…
Me quité los pantalones de una patada y subí a la cama.
Me posicioné entre sus piernas, apoyándome en los antebrazos para no aplastarlo.
Nuestras miradas se encontraron.
Sus ojos desiguales estaban nublados por el celo, pero había algo más ahí: reconocimiento, necesidad, y un eco de lo que fuimos.
—Bill… —murmuré, rozando mi pene contra su entrada húmeda—Si hacemos esto… no hay vuelta atrás.
Él levantó las caderas, frotándose contra mí, gimiendo bajito.
—No quiero vuelta atrás… —jadeó— Muerde otra vez… lléname… dame lo que solo tú puedes darme…
No pude resistir más.
Empujé despacio, sintiendo cómo su cuerpo se abría para mí, caliente, apretado, perfecto.
Entré centímetro a centímetro, gruñendo por lo bien que se sentía.
Él arqueó la espalda, las uñas clavándose en mis hombros, un gemido largo y sensual escapando de su garganta.
—Tom… sí… más profundo…
Empujé hasta el fondo, mi nudo rozando su entrada pero sin entrar aún.
Empecé a moverme, lento al principio, saliendo casi por completo y volviendo a entrar con fuerza contenida.
Cada embestida hacía que su cuerpo se sacudiera, que sus gemidos subieran de tono.
Sus piernas se enredaron en mi cintura, tirando de mí para que fuera más rápido, más duro.
—Más… por favor… —suplicó, la voz quebrada—Quiero sentir tu nudo… quiero que me llenes…
Aceleré, el ritmo volviéndose salvaje. El sonido de piel contra piel, los gemidos de Bill, mis gruñidos bajos… todo se mezclaba.
El nudo empezó a hincharse más, presionando contra su entrada cada vez que empujaba.
Él se retorcía debajo de mí, la cabeza echada hacia atrás, exponiendo la marca vieja en su cuello que aún latía por mí.
—Tom… muerde… —jadeó—Marca otra vez… soy tuyo…
Bajé la cabeza y lamí la cicatriz antigua.
El sabor de su piel, salado por el sudor, me volvió loco.
Abrí la boca y mordí, fuerte pero no hasta romper la piel del todo.
El nudo se hinchó al máximo y empujé una última vez, entrando por completo.
El nudo se ancló dentro de él, sellándonos juntos, y sentí el primer chorro caliente de mi semen llenándolo.
Bill gritó de placer por su propio orgasmo golpeándolo al mismo tiempo. Su cuerpo se contrajo alrededor de mí, ordeñándome, sacando hasta la última gota.
Nos quedamos así, unidos, jadeando, temblando.
Yo lo abracé, enterrando la cara en su cuello, oliendo su aroma mezclado con el mío.
Y en ese momento, con el nudo latiendo dentro de él y su calor envolviéndome, supe que no había vuelta atrás.
Por primera vez en 5 años, el vacío dentro de mí parecía haberse llenado un poco.
Y entonces la puerta se abrió de golpe.
No hubo toque.
No hubo aviso.
Heidi entró como un huracán, con el cabello revuelto, los ojos brillando de furia alfa pura.
Venía a amenazar, a reclamar, a decirle a Bill que no pertenecía aquí, que era un puto Omega que no merecía estar en mi cama.
Lo vi en su cara antes de que abriera la boca.
Pero las palabras se le congelaron en la garganta.
Nos vio: desnudos, entrelazados, el nudo aún hinchado dentro de Bill, mi brazo protector alrededor de su cintura, su cuello marcado de nuevo con mi mordida fresca.
El olor a sexo, a vínculo renovado, a reclamo alfa llenaba la habitación entera.
Heidi soltó un rugido rígido, furioso, un sonido que hizo vibrar las ventanas.
—¡Hijo de puta! —gritó, pero no a mí. A Bill.
Se lanzó contra la cama como una leona desatada.
Bill apenas tuvo tiempo de reaccionar; estaba todavía aturdido por el nudo y el orgasmo reciente.
Heidi lo agarró por el cabello, lo arrancó de mis brazos y empezó a golpearlo: puños en la cara, rasguños en el pecho, arañazos profundos que le abrían la piel pálida.
Bill levantó los brazos para protegerse, pero no luchó de vuelta.
No al principio.
Entonces, desde lo más profundo de su garganta, salió un aullido.
No era humano. Era puro instinto Omega herido, desesperado, territorial.
El sonido se transformó en un rugido animal y su cuerpo se convulsionó. En segundos, Bill ya no era Bill: era un lobo blanco precioso, pelaje plateado brillando bajo la luz tenue, ojos heterocromos aún reconocibles, colmillos desnudos y orejas pegadas a la cabeza por la furia.
Heidi no se quedó atrás.
Su cuerpo se retorció, la ropa rasgándose, y se transformó en su leona dorada, melena corta y músculos tensos, rugiendo con odio puro.
La pelea fue campal.
El lobo blanco y la leona dorada rodaron por la cama, luego cayeron al suelo, zarpazos volando, colmillos chasqueando.
El lobo era más ágil, más rápido; la leona más fuerte, más brutal.
Rasguños, mordidas, gruñidos que hacían temblar las paredes. Sangre salpicaba el suelo de madera.
—¡Хьо кхузза ца кхетта, Хейди! —grité con la voz ronca de pánico y furia—¡Пара! ¡Цхьаьна ца хир ду! ¡Пара, каро! (¡Para aquí, Heidi! ¡Para! ¡No lo hagas! ¡Para, carajo!)
Pero ella no escuchaba. Estaba ciega de celos, de posesión rota.
Entonces el lobo blanco tomó ventaja. Con un giro rápido, saltó sobre la leona, la derribó de espaldas y cerró las mandíbulas alrededor de su cuello.
No para matar, aún no, pero sí para dominar.
La leona pataleó, arañó el aire, pero el lobo no soltaba.
Sus ojos brillaban con una furia protectora que nunca le había visto.
Solté mis feromonas alfa al máximo: un pulso dominante, calmante, territorial.
Ese olor profundo, almizclado y autoritario que solo un Alfa marcador podía emitir hacia su Omega.
Lo dirigí todo hacia Bill, envolviéndolo, recordándole que era mío, que estaba seguro, que no necesitaba pelear más.
El lobo blanco tembló.
Los colmillos aflojaron un poco.
Un gemido bajo salió de su garganta, y el cuerpo empezó a contraerse.
En segundos, el pelaje se retrajo, los huesos se acomodaron, y Bill volvió a ser humano: desnudo, jadeante, con rasguños frescos sangrando en el pecho y los brazos, los ojos vidriosos pero ya sin esa locura animal.
Heidi vio la oportunidad.
Rugió triunfante y levantó una zarpa para clavarla en la espalda expuesta de Bill.
No lo permití.
Me transformé en un instante: huesos crujiendo, pelaje amarrillento y negro surgiendo, cuerpo creciendo hasta convertirme en un león enorme de ojos dorados furiosos.
Salté entre ellos, recibiendo el arañazo de Heidi directamente en el costado.
El dolor fue agudo, pero no me moví.
Rugí contra su cara, mis colmillos a centímetros de su hocico.
Ella retrocedió, gruñendo pero ya sin fuerza. Mis feromonas la golpearon también: dominantes, protectoras, innegociables.
La leona bajó la cabeza, las orejas pegadas, y se transformó de vuelta: Heidi humana otra vez, desnuda, magullada, lágrimas de rabia en los ojos.
Me quedé en medio, aún en forma de león, protegiendo a Bill con mi cuerpo.
Él se arrastró hacia mí, temblando, y enterró la cara en mi melena, sollozando bajito.
—Tom… —susurró contra mi pelaje— Gracias…
Solo entonces empecé a volver a mi forma humana, lento, dolorido por el arañazo fresco. Cuando estuve de nuevo como hombre, lo abracé fuerte, ignorando la sangre que me corría por el costado.
Heidi se levantó tambaleante, mirándonos con odio puro.
—Esto no termina aquí —siseó antes de salir dando un portazo.
No le respondí.
Solo abracé a Bill más fuerte, oliendo su miedo, su alivio, su celo aún latente mezclado con mi olor.
Y supe que, pase lo que pase, no iba a dejar que nadie más lo tocara.
El silencio después de la pelea fue espeso, pesado como el aire cargado de feromonas y sangre fresca.
Él temblaba con la piel fría por el shock, pero su olor seguía siendo dulce, reconfortante, mío.
Lo mecí despacio, como si fuera un cachorro herido, murmurando tonterías en checheno que ni yo mismo entendía del todo: solo palabras suaves para calmarlo.
Pasaron 10 minutos o quizás más.
El nudo ya se había deshinchado, pero ninguno de los dos se movió para separarse.
Estábamos desnudos, magullados, exhaustos, pero juntos.
Por primera vez en meses realmente juntos.
Entonces Bill habló.
Su voz salió bajita como casi un susurro contra mi cuello.
—Victoria…
El nombre me golpeó como un puñetazo suave, directo al corazón. No entendí al principio.
Solo repetí en mi cabeza:
¿Victoria?
¿Quién coño era Victoria?
Pero Bill siguió hablando, sin mirarme a los ojos, como si le costara un mundo sacar cada palabra.
—Es… nuestra hija, Tom.
Me quedé helado.
El mundo se detuvo.
El arañazo en mi costado dejó de doler.
Todo dejó de doler.
Ella levantó la vista por fin con sus ojos hermosos llenos de lágrimas contenidas, pero también de una ternura que me rompió por dentro.
—Nació nueve meses después de esa noche en el cobertizo. Después de que te fueras… después de que desaparecieras. No sabía dónde estabas. Mis padres me apoyaron así, marcado, embarazado… y me ayudaron. Pero nunca le dije a nadie quién era el padre. Solo yo lo sabía —Tragó saliva, la voz temblando—Victoria tiene cinco años ahora. Es preciosa, Tom. Tiene mi cara, mis pómulos, mis labios… pero su cabello es rojizo, rizado, como si hubiera sacado algo de mi madre y aunque no lo parezca. Y sus ojos… —Se le quebró la voz—Uno azul , el otro dorado. Igual que los tuyos. Heterocromía como la mía, pero al revés. Cuando sonríe, se le hace un hoyuelo aquí —se tocó la mejilla izquierda— y cuando se ríe, todo el mundo se queda mirándola porque es como si iluminara una habitación completa…le encanta dibujar dragones y unicornios, y quiere ser doctora como yo… o bailarina. O las dos cosas. Duerme abrazada a un peluche de lobo que le compré cuando era bebé, y todas las noches me pregunta si papá va a volver algún día. Yo le digo que sí… aunque no sabía si era verdad—Las lágrimas empezaron a rodarle por las mejillas, pero seguía hablando, como si hubiera estado conteniendo todo esto durante años—Es lista, Tom. Muy lista. Aprendió a leer sola a los cuatro. Le encanta que le lea cuentos antes de dormir, y siempre elige los que tienen familias que se reencuentran al final. Tiene tu carácter también: terca, peleonera cuando algo le importa. Pero es buena. Tan buena… No quería que creciera en este mundo. No quería que supiera de armas, de manadas, de sangre. Quería que tuviera una vida normal. Por eso nunca te busqué. Por eso no te dije nada cuando apareciste en el hospital—se quedó callado un segundo, respirando hondo—Se llama Victoria Kaulitz. Pero… en mi corazón siempre ha sido Victoria Kaulitz Pitz. Aunque nunca lo dijera en voz alta.
Yo no podía hablar. Solo escuchaba. Cada palabra era un cuchillo y un bálsamo al mismo tiempo.
Mis ojos se llenaron de lágrimas sin que pudiera evitarlo.
Lágrimas calientes, silenciosas, rodando por mis mejillas mientras imaginaba a esa niña: cabello rojizo rizado, ojos desiguales como los de su padre pero con mi dorado en uno, sonrisa con hoyuelo, dibujando dragones, preguntando por un papá que nunca llegó.
Una hija.
Nuestra hija.
Cinco años.
Y yo no había estado ahí ni un solo día.
Me temblaron los hombros.
No pude contenerlo.
Un sollozo bajo salió de mi garganta, y luego otro. Abracé a Bill más fuerte, enterrando la cara en su cabello, oliendo su aroma mezclado con el de nuestra cachorrita que ni siquiera conocía.
—Bill… —logré decir, la voz rota— ¿Por qué no me lo dijiste? ¿Por qué me dejaste creer que… que habías elegido a otro?
Él negó con la cabeza contra mi pecho.
—No quería que la arrancaras de su vida. No quería que la metieras en esto… en lo que eres ahora.
—Lo sé —susurré, las lágrimas cayendo sobre su hombro—Pero… joder, Bill. Es mi hija. Nuestra. Y no la conozco.
Bill levantó la cara, los ojos rojos pero firmes.
—Entonces… ¿quieres conocerla?
Asentí, sin dudar. Las lágrimas seguían cayendo, pero ahora eran de algo diferente: no solo dolor, sino esperanza. Miedo. Amor. Todo a la vez.
—Sí. Quiero conocerla. Quiero ser su padre. Quiero… arreglar todo lo que jodí.
Bill me miró un segundo largo, como evaluándome, como decidiendo si podía confiar en mí después de todo.
Y luego, con voz suave pero decidida, dijo:
—Entonces… tenemos que sacarla de aquí. Juntos. Sin manadas, sin armas, sin amenazas. Solo nosotros tres.
Asentí de nuevo, apretándolo contra mí.
—Juntos.
Por primera vez sentí que quizás, solo quizás, podía arreglar lo que había roto.
Y que quizás, esa pequeña Victoria con ojos desiguales y cabello rojizo, era la razón por la que el destino nos había vuelto a juntar.
Aunque hubiera tardado una eternidad en hacerlo.
Ya me las arreglaría yo para salir de todo esto….por que por ella….por ellos podría, ¿verdad?
Continúa…
Gracias por la visita. Te invitamos a dejar un comentario 🙂
okay, ya me quedó en claro que entonces bill dijo eso como protección(? 😭
pero no me fío de heidi, esa vieja va a volver a atacar y dios no quiera que se meta con la niña
Por protección a la beba, que es la que realmente importa:)
Desde luego que si, esa vieja es odios :c