
Fic TOLL de Beth
Capítulo 8
HELENA (Madre de Bill)
Llegué al hospital cuando el sol ya empezaba a salir, el cielo tiñéndose de un rosa sucio que no hacía justicia al caos que encontré.
El estacionamiento estaba lleno de patrullas policiales, luces azules y rojas parpadeando como un mal sueño. Bajé del coche corriendo, el corazón latiéndome en la garganta. Soy directora de este lugar desde hace años, pero en ese momento no era más que una madre aterrorizada. El vestíbulo era un desastre: cristales rotos por todas partes, charcos de sangre seca en el linóleo, carros de medicación volcados, papeles esparcidos como hojas muertas.
Gente corriendo de un lado a otro: enfermeras Beta consolando a pacientes Omegas en shock, Alfas del personal de seguridad hablando por radios, auxiliares limpiando lo que podían con manos temblorosas.
—¿Dónde está Bill? —grité a la primera persona que vi, una enfermera joven que pasaba con una bandeja de vendas— ¡Mi hijo! ¿Dónde está el doctor Kaulitz?
Ella me miró con ojos muy abiertos, el olor a miedo Beta impregnando el aire.
—No… no lo sé, directora. Desapareció en el tiroteo. Dicen que se lo llevaron.
El mundo se me inclinó.
Corrí hacia el puesto de enfermería, empujando a quien se interponía. Marta estaba allí, la enfermera de toda la vida, con la cara pálida.
—Marta, por el amor de Dios, ¿dónde está Bill?
Ella me tomó las manos, temblando.
—Directora… fue horrible. Llegaron armados, trajeron a un paciente herido… el doctor Kaulitz junto al al Doctor Schafer lo operaron. Luego hubo disparos fuera, y entraron más. Se lo llevaron. Al doctor. Uno de ellos, el Alfa castaño, lo arrastró hacia los coches. No pudimos hacer nada.
Solté un gruñido bajo, mi instinto Alfa puro saliendo a flote. Mi cachorro. Arrebatado.
—¿Por qué? ¿Quiénes eran? ¿Qué querían con él?
Marta sacudió la cabeza.
—No lo sé. El paciente era un narcotraficante. Bill lo salvó, pero luego… no entiendo. Parecía que se conocían, pero no dijo nada.
Corrí hacia el pasillo de UCI, el olor a desinfectante y miedo mezclándose en el aire.
Andrew estaba allí, el amigo de Bill, ese Alfa con cabello negro largo y tatuajes por todas partes. Estaba hablando con un grupo de residentes, coordinando traslados de pacientes.
—Andrew —lo llamé, la voz ronca— ¿Dónde está mi hijo?
Él se giró, los ojos azules estaban llenos de preocupación. Su aroma alfa protector se intensificó, pero no me calmó.
—Directora… lo siento. Lo vi todo. Ese Alfa, el herido, se transformó en león para defender a Bill de la novia de él, una leona. Luego el otro, el castaño, lo agarró y se lo llevó en una camioneta. Bill no luchó mucho… parecía confundido, pero no herido.
Lo mismo. Todos decían lo mismo.
—¿Por qué se lo llevaron? ¿Qué tiene Bill que ver con un narcotraficante?
Andrew negó con la cabeza.
—No lo sé. Bill nunca habló de nadie así. Pero… el Alfa lo miró como si lo conociera de antes. Como si Bill fuera importante para él.
Mi instinto de madre rugió dentro de mí, un dolor primal que me hacía querer transformarme y rastrear su olor hasta encontrarlo.
Mi cachorro. Mi Bill marcado, solo en un mundo que no le pertenecía.
Justo entonces, dos policías se acercaron: un Alfa y una Beta, uniformes arrugados por la noche larga.
—Directora Kaulitz —dijo el Alfa, voz firme pero respetuosa—Somos del departamento. Sabemos lo de su hijo. Los testigos coinciden: fue secuestrado por el grupo de Pitz. Estamos rastreando las camionetas. ¿Quiere que la ayudemos? Podemos asignarle protección, interrogar a quien sea necesario.
Estaba desesperada. Aterrada. Mi instinto gritaba por acción.
—Sí —respondí, la voz temblando de rabia—Ayúdenme. Encuéntrenlo. Traigan a mi hijo de vuelta.
Minutos después me fui hacia mi oficina, el único lugar que no estaba destruido. Me senté en la silla con las manos temblando mientras abría el sistema de cámaras de seguridad.
Rebobiné las grabaciones con el corazón latiéndome en los oídos.
Allí estaba: el caos en la entrada, hombres armados, el castaño arrastrando a Bill.
Y el herido… el Alfa moreno, transformándose en león para pelear con la rubia.
Lo vi todo: la furia, la protección hacia Bill.
Pero su cara… no lo reconocí.
No ubicaba quién era.
Un desconocido con ojos dorados que miraba a mi hijo como si fuera suyo.
Mi bebe, mi cachorrito…no se merecía tanto sufrimiento.
-Flashbacks-
Yo nunca olvidaré esa tarde en la cocina cuando Bill, con quince años recién cumplidos, se sentó frente a mí con las manos temblando y los ojos llenos de lágrimas que no sabía si eran de miedo o de vergüenza.
Me miró y solo dijo tres palabras:
“Estoy embarazado, mamá”.
El mundo se me detuvo.
Sentí cómo mi Alfa rugía dentro del pecho, protectora, furiosa, lista para destrozar a quien le hubiera hecho daño a mi cachorro.
Pero cuando vi su carita ,tan joven, tan asustado, con esos ojos heterocromos que siempre me habían parecido mágicos supe que no era momento de rabia.
Era momento de ser su escudo.
Lo abracé tan fuerte que sentí su corazón latiendo contra el mío como un pajarito asustado.
Lloramos los dos juntos hasta que no quedó más que agotamiento. Él me contó todo, bueno menos el nombre del Alfa que lo había marcado solo me conto lo de el celo que había sido su primera vez, la promesa rota, la desaparición.
Yo lo escuché en silencio, apretando los puños hasta que me dolieron las uñas clavadas en las palmas. Quería encontrar a ese chico y arrancarle la garganta, pero mi prioridad era Bill. Mi Omega. Mi hijo.
El embarazo de un Omega tan joven es cruel. El cuerpo no está listo del todo: las hormonas se desbordan como un río sin dique.
Bill empezó a vomitar desde la primera semana. Todas las mañanas, sin falta, se doblaba sobre el lavabo y devolvía lo poco que había comido.
Yo le preparaba infusiones de jengibre y galletas secas que apenas duraban en su estómago.
Los pechos se le hincharon rápido, dolorosos, tan sensibles que no podía ni ponerse una camiseta sin que le doliera. Se los vendaba con tela suave para que no rozaran, y aun así lloraba por las noches cuando se tocaba sin querer al girarse en la cama.
El olor de su embarazo era dulce y lácteo, inconfundible.
Feromonas que salían sin control porque los supresores fuertes no se pueden tomar con un cachorro dentro. Eso atraía miradas en la calle: Alfas que se acercaban demasiado, olfateando el aire con interés instintivo. Yo tenía que gruñirles, mostrar colmillos, poner mi aroma Alfa dominante para que se alejaran. Bill empezó a salir menos, se quedaba en casa con las cortinas cerradas, sintiéndose expuesto, como si llevara un cartel que decía “soy vulnerable”.
A los tres meses la barriga empezó a notarse.
Pequeña al principio, pero redonda y firme.
Bill se miraba al espejo y se tocaba con manos temblorosas, como si no creyera que eso era real.
Tenía antojos extraños: pepinillos con helado de vainilla a las tres de la mañana, limones enteros chupados como caramelos, pan con mermelada y picante.
Comía y luego vomitaba todo.
El cansancio era aplastante; dormía catorce, quince horas al día y aún así se despertaba agotado.
Los calambres en las piernas lo doblaban, la espalda le dolía como si llevara una piedra atada. Las hormonas lo hacían llorar por cualquier cosa: un comercial de televisión con bebés, una canción que le recordaba a su alfa, el olor a la colonia que usaba su padre antes de irse.
La depresión llegó en olas.
Había días en que se quedaba en la cama mirando la pared, tocándose la barriga y sollozando en silencio.
Se sentía culpable.
Me decía: “¿Y si el bebé me odia por no tener un padre? ¿Y si sufre por ser hijo de un Omega adolescente sin manada?”.
Yo lo abrazaba y le repetía lo mismo una y otra vez: “No estás solo. Yo estoy aquí. La abuela está aquí. Este cachorro va a ser amado más que nada en el mundo. Tú eres suficiente, Bill. Eres más que suficiente”.
A los seis meses ya no iba al instituto. No aguantaba las miradas de los compañeros, los susurros, los “pobrecito” de los profesores.
Se quedaba en casa dibujando: dragones, familias felices, lobos blancos corriendo libres. Yo le compraba ropa ancha, pero nada disimulaba del todo la curva del vientre. Él se tocaba la barriga cuando creía que no lo veía, y a veces sonreía un poco, como si el cachorro le hablara desde dentro.
El parto llegó a los nueve meses.
Fue largo, doloroso, interminable.
Bill gritó hasta quedarse sin voz, aferrándose a mi mano mientras las contracciones lo partían en dos. Yo estaba a su lado en la sala de partos, gruñendo de impotencia porque no podía quitarle el dolor.
Cuando Victoria nació ,pequeña, rojiza, con un llanto fuerte y unos ojos desiguales que miraron directo a Bill, el mundo se detuvo.
La pusieron en su pecho, piel con piel, y Bill lloró de nuevo, pero esta vez de alivio y amor tan grande que dolía verlo.
La sostuvo como si fuera lo más frágil y precioso del universo.
Y en ese momento supe que, aunque el padre no estuviera, aunque el mundo fuera cruel con Omegas jóvenes y marcados, esa niña sería la razón por la que Bill se levantaría cada día.
Yo estuve ahí.
Siempre estuve ahí.
Y ahora que se lo han llevado… mi instinto Alfa no descansa.
Encontraré a mi cachorro.
Lo traeré de vuelta.
Y si ese Pitz le hizo daño, o si alguien en esa manada lo toca de nuevo… pagarán con sangre.
Porque nadie toca a mi hijo.
Nadie.
Continúa…
Gracias por la visita. Te invitamos a dejar un comentario 🙂
mientras la trama de la señora es recuperar a bill, la subtrama de éste fue una mega cogida con el padre de su hija 🚬
Jajajajajaja xD