
Fic TOLL de Medianoche
Capítulo 11: Expresiones de cariño
(El caballero medieval vuelve)
Abrió los ojos en una habitación muy blanca, oscilando entre la conciencia e inconsciencia, escuchando la dulce voz de su madre llamándole por su nombre, haciéndose cada vez más fuerte hasta que le hizo recordar ese grito tan desgarrador: “¡¡TOOOM!!!”
—¡TOM! –se sentó de golpe en la cama con la respiración agitada y empapado en sudor ¿todo era un sueño? ¿Su Tommy nunca se peleó y estaba bien? Para mala suerte suya se encontraba en una camilla de hospital con su Georg amigo a un lado comiendo una barra energética.
—Tú, amigo, serías el peor rescatista del mundo –saludó cortésmente el castaño ojiverde— cuando otros sufren un accidente tú te alteras tanto que caes inconsciente hasta por horas. No sirves de ayuda.
—¿Y Tom? –preguntó ignorando el medio broma, medio enserio discurso de su acompañante, a cambio su compañero bajó la mirada— ¿Georg? –preguntó alarmado. Tom, su Tom ¿había muerto? ¿Por qué? ¿Por qué así? ¡Tan joven! Peleados… no podía ser…— ¡Habla Georg! ¿Dónde está Tom? ¡Demonios!
—Abajo –murmuró a la vez instando al otro a guardar silencio pues comenzaba a subir el volumen de su voz, lo que les ocasionaría problemas (más a él pues tenía antecedentes de ruidoso en ese hospital)
—¡¿Abajo?! ¡¿Cómo que abajo?! ¿Cuánto tiempo duré inconsciente? ¿Su mamá ya lo sabe? Oh por Dios ¿sigo vivo? ¿O estoy muerto? ¿Tú también estás muerto? –atropelló sentándose en la camilla, cada vez alzando más el volumen de su voz
—Bill, Bill, calma… no te alteres acuéstate
—¿Qué no me altere? ¡¿QUÉ NO ME ALTERE!? ¡¡GEORG!! Tom murió por mi culpa y tu no me dices más que no me altere –se giró para darle la espalda a su amigo y derramar lágrimas sin que él lo viese
—¿Muerto? ¿De qué mierdas hablas? En verdad eres idiota…
—¡¿IDIOTA!? ¡Tú eres el idiota! Tu le arrollaste… tu le arrollaste ¡Tú ibas manejando! –acusó dándose rápido la vuelta y apuntarlo con el dedo, solo entonces lo vio con un pequeño niño rubio de rastas llorando asustado por los gritos. El moreno se puso de pie tan rápido para abrazar el niño que cayó por falta de fuerza y se soltó del suero, tenía a su pequeño con él
—Tommy, mi Tommy, oh por Dios, Tom…. –murmuraba abrazando y acariciando al tembloroso cuerpo del rubio, ambos soltando lágrimas. Mientras tanto el castaño se sorprendía de que nadie hubiera llegado por tremendo escándalo que armaron.
El pelinegro tomó asiento al lado de su amigo y cargó al niño en sus piernas, comenzando a arrullarlo para que se le pasara el susto que le dio. Lo mecía tan lenta y tiernamente que al ojiverde sintió que podría hacerse diabético al contemplar la escena. Esbozó una sonrisilla de ternura y sacó su teléfono celular para con su cámara lograr inmortalizar ese momento. Su amigo sería un grandioso padre –aunque si fuera de decírselo al otro usaría la palabra “madre”, solo para molestarlo y ganarse un buen golpe en la mandíbula. Le encantaba pelear con el otro—.
Un médico de algunos 45 años, pelinegro, entró a la habitación habiendo pasado una media hora, miró la escena y se sintió envidioso de tan hermosa “familia”, con una hermosa madre pelinegra, el perfecto esposo castaño y un precioso hijo rubio. Sí le parecía un poco extraña por este hecho.
Se adelantó a ellos tras saludar e instó al moreno a volver a su lugar en la camilla. El pelinegro dejó al niño en el suelo y obedeció, solo entonces el doctor observó un bulto entre sus piernas. Su pensamiento de “quizá lo adoptaron” se le hizo real.
Georg jaló al niño y lo sentó en sus piernas para limpiarle las lágrimas que el otro no quitó; mientras el doctor le hacía unos chequeos al moreno. Lo que no les gustaba al castaño y al rastudo era que ese tipo no perdía ninguna oportunidad de mirar el esbelto cuerpo del moreno que comenzaba a adormecerse, cansado por tantas emociones sufridas. Igual pasaba con el niño, pero luchaba por mantenerse despierto para cuidar de su chico. Ninguno de los dos resistió mucho tiempo.
El castaño recostó al niño a lo largo de ese incómodo sofá, en el que apenas si cabía, y se colocó al lado del doctor.
—Uhum… —se aclaró la garganta el médico irguiéndose de pronto— disculpe, señor ¿Podría, permitirme un momento con el paciente? Tengo que hacerle unos pequeños exámenes para saber que ya está bien y darlo de alta. Puede que tarde un poco ¿por qué no mientras va a comer algo? –El chico le miró con cierto recelo y a paso lento se dirigió a la salida. Ese tipo no le caía bien, pobre de él si tocaba a su precioso moreno o a ese inocente pequeño (si supiera qué tan inocente era…).
Cuando por fin se vio solo no contuvo el impulso de relamerse los labios y colocó sus manos a cada costado del pelinegro, empezando a desarrollar una película porno en su mente. Seguramente esa era la razón de su oficio. Poderse aprovechar de los indefensos internos que yacían en el edificio. Un degenerado inmoral.
Se aflojó la corbata y siguió contemplando el cuerpo que le comenzaba a despertar.
—Humm… eres muy hermoso, mi bello durmiente –colocó una de sus manos en la cadera del chico, instándole a despertar de su ligero sueño— pero no me puedo arriesgar a que despiertes –hizo más presión en el cuerpo del otro mientras su otra mano se hundía dentro del bolcillo de su bata para sacar una inyección. El moreno despertó y abrió los ojos desmesuradamente, aterrado.
—S-suélteme degenerado –gritó espantado temiendo al de rostro psicópata comenzando a forcejear para quitarle el sedante de la mano y evitar un trauma más a su vida, logró deshacerse de la inyección pero no del tipo.
—No te hagas el duro, preciosidad, terminarás siendo mío –gruñó excitado logrando aprisionarlo entre la camilla y su cuerpo y pudiendo lamer la extensión de su cuello. El moreno sintió su estómago revolverse.
—¡Le dijo que lo soltará! –gritó valiente el niño inyectando el sedante en la pierna del adulto que quería aprovecharse de su Billy. En cuestión de segundos yacía dormido en el suelo—. ¡Él es mío! –Gritó sin vergüenza pisando el cuerpo tirado para subir a la camilla y abrazar protectoramente a SU niñero. El mundo entero debía enterarse de algo nuevo: Bill Trümper pertenecía a Tom Kaulitz, y si alguien osaba tocarlo se las vería con él.
Nuevamente el caballero medieval defendió a su princesa, esta vez luchando contra un viejo y fiero dragón que pretendía desayunar a su amada, solo faltaba que su fiel corcel llegara a ellos para lograr huir de ese castillo maldito.
Pero a ausencia de caballos llegó un gorila, como Andreas y él le apodaron, preguntando un “¿qué sucedió?”.
El pelinegro se vistió y pronto los tres salieron al estacionamiento, no sin que el pelinegro hubiera llamado a su desobligado padre, abogado Trümper. Ese tal Zimmerman se las vería negras tras las rejas, de eso su padre se encargaría.
Al llegar al parking del hospital se dirigieron al vehículo de Georg, un enzo ferrari, y este arrancó con rumbo al centro de la ciudad a disfrutar de la compañía de los otros, quizá comiendo un helado o alimentando unos palomos.
Llegaron al zócalo principal y anduvieron paseando visitando las tiendas circundantes –donde si eran de ropa tardaban hasta una hora y media por culpa del moreno—. Al ser las siete de la tarde el castaño ofreció llevarlos a su hogar, pero el pelinegro recordó las compras y pidió les llevara al centro cerca de su casa para poder realizarlas. Llegaron y el ojiverde se marchó para poder atender una cita dentro de dos horas. Debía arreglarse.
&
Aproximadamente a las 10 terminaron sus compras y ya se encontraban caminando a casa, el mayor cargando 5 bolsas en cada mano y un niño que amenazaba caer dormido en cualquier momento con dos bolsas: dulces, papel higiénico y un juguete por el que hizo todo un melodrama.
—No te duermas Tommy… ya casi llegamos
—¿Por qué no tomamos un taxi?
—Porque gastamos todo el dinero restante en tus caprichos
—Pero estoy cansado
—Si te callas te prepararé un delicioso chocolate caliente
—¡SÍ! Con malvaviscos
—Uju… y de ahí a la cama
—¿Contigo? –Preguntó ilusionado, el moreno detuvo su paso y se contemplaron mutuamente por algunos cinco segundos, finalmente sonrió al niño y asintió, el otro de alegría comenzó a correr a su casa jalando al otro.
En cuestión de 10 minutos llegaron al inmueble, dejaron las cosas en la cocina y el mayor prosiguió a masajear sus manos ligadas mientras el niño corría a abrir su nuevo muñeco de Marvel, sus preferidos.
Terminado un ejercicio de manos para hacer circular la sangre nuevamente se dispuso a preparar el chocolate. El rubio jugaba con su Spiderman edición limitada.
Casi terminada la bebida sintió algo chocar en su espalda, volteó y en el suelo había un dardo de telaraña plástica con un trozo de papel pegado. Lo recogió y extendió.
Dentro un hermoso dibujo de él con el niño y la leyenda “Te quiero” bien en grande encima de las cabezas. No se reprimió en sonreír.
Continúa…
Gracias por la visita.