
Fic TOLL de Medianoche
Capítulo 13: ¿Cuántas veces?
Después de unos minutos en los que intentó recobrarse de su estado con ayuda del rubio que le regalaba muchos abrazos y besos, se sentó en su asiento y empezó a limpiar su maquillaje corrido por el llanto mientras pensaba seriamente en qué hacer, ¿cómo alejarse del niño que tanto lo quería sin hacerle daño? ¿Cómo dejarle sin autodestruirse también?
No lo sabía, pero ahora tenía que cumplir con una promesa, una que tenía muy ilusionado al pequeño que se las empeñó para robarle el corazón mientras le causaba algunos problemas a su paso.
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Después de mucho tiempo al volante llegaron a su destino, el nuevo centro de diversiones “Lyon” prometiendo un fantástico día en su inauguración, con atracciones y comida gratis gracias a las etiquetas que le dieron al pelinegro en el trabajo.
Entraron al lienzo donde un hombre los recibió con una inmensa sonrisa.
—Los primero doscientos en pasar reciben gratis otro juego de etiquetas para las atracciones, con ustedes terminamos –les entregó un juego mencionado a cada uno, que contenía veinticinco pequeños pases, y así dio por finalizada su labor que le dio pase a relajarse en otro puesto.
Mientras tanto el pelinegro y el rubio se miraron cómplices y como si se leyeran la mente salieron disparados a las atracciones que brindaba el parque, teniendo como primer parada un tiro al blanco con arco que tanto quería el niño probar “su mayor sueño”. El mayor le sonrió y asintió, entonces él corrió con el encargado y extendió uno de los boletitos, el adulto a cambio le dio un arco con tres flechas.
Falló los tres intentos, a cambio le dieron un pequeño hongo morado, como premio de consolación, pero él quería el gran león que era exhibido, le recordaba a su niñero cuando peinaba su cabello de esa forma.
El pelinegro suspiró, no le gustaba la mirada de decepción de su pequeñín, así que él también pidió un juego pero de ocho tiros, —que era lo que valía el león y el pequeño no había notado— todos acertados en el blanco, como era de esperar en él, no por nada representó a su escuela un año en ese ámbito. Cuando el señor le extendió su gran león de premio y él lo cedió a Thomas éste no paró de brincar y abrazara su pelinegro y gritarle mil gracias, contagiando también al trabajador que no reprimió el impulso de decirle a Bill que tenía “un hijo adorable”
—¡Qué grosero! –gritó pegando un golpe al puesto y marchándose de ahí con un niño muy contento a rastras. ¡Y es que lo ofendió!— Yo siendo tu padre, ugh, ni que estuviera tan viejo ¡Sólo tengo 18!
—¿No querías ser mi papá? –preguntó con el ceño fruncido luciendo su repentina inocencia, y es que él escuchó cuántas veces dijo algo similar a Simone, el pelinegro iba a reclamar cuando el otro no se lo permitió— ¡Quiero subirme ahí! –y señaló emocionado una “montaña rusa” que justamente estaba en función, haciendo gritar a sus pasajeros de pura adrenalina, juego que hizo temblar al mayor de ambos.
—¿S-seguro? ¿No quieres mejor subir a… no sé… un carrusel?
—¡NOP! Quizá luego… ahora quiero ese ¿sí?
—Já, ni loco –aún no olvidaba la vez en que se subió con Georg y este le bromeara dándole un empujón que juraba un poco más y caía del juego. Eso jamás lo superaría.
—Y…
—¡Bill! –Gritó una chica abrazándolo por detrás y plantándole un sonoro beso en la mejilla, dejando pintados sus labios en un llamativo rosa—
—Anne ¿cómo estás? –sonrió comenzando a jugar con una pose muy coqueta, haciendo al pequeño inflar las mejillas, molesto y celoso.
—Pues muy bien, como puedes notar –respondió jugando igual con chulería— iuu… ¿quién es el gnomo? —preguntó arrugando la nariz, desaprobando la presencia de ese niño, no es que no le gustaran… pero despreciaba a los infantes.
—Uh… él… es Tom, mi vecino, ¡pero no importa! ¿Te subirás a alguna atracción? –respondió tan rápido como su mente maquinó, intentando quedar bien con la chica más guapa de su escuela y por la que algún tiempo estuvo colado (ya no tanto), sin percatarse que comenzaba a herir, nuevamente, los sentimientos del rastudito.
—A la montaña rusa –exclamó— ¿te subirás conmigo, cierto? –terminó pegada al brazo del pelinegro, este sólo asintió. Se acercaron al juego y ya a punto de subir el moreno dio una última indicación:
—Espérame aquí –y se subió al juego a acompañar a la rubia de momentos antes, el niño resopló y sin nada más que hacer se sentó en los escalones, abrazando su león de felpa con muchas fuerzas, queriendo evitar a toda costa soltar lágrimas amargas, sobre todo porque no tendría quien le consolara.
Los minutos le parecieron horas, y por fin bajó su amado pelinegro riéndose bobamente junto a esa rubia desabrida, con ella cogida de su brazo. Se detuvieron donde él estaba y prosiguieron a visitar todos los juegos, siendo el niño la sombra de ambos.
Hicieron paradas en casi todas las atracciones para mayores, donde siempre debió quedarse el pequeño a esperarlos, cada vez con menos ánimos y mayor molestia, a tal punto de arrastras su preciado león, el mismo que le representaba a su moreno.
—Bill… Bill –intentó el rubio llamar la atención del otro, pero este simplemente no le hacía caso— Biiill… —probó otra vez, ahora canturreando.
—Cariño, el gnomo te habla –rotó los ojos la chica, “¿cariño?” ¿Desde cuándo alguien que no fuera él podía tomarse las atribuciones de hablar con cursilerías a Bill? Pero solo entonces el mayor paró, no de muy buen humor, hacia el pequeño “¿qué quieres?” fue lo que respondió, el otro solo bajó la mirada y volvió a seguirles, el hambre del que quería hacer saber desapareció con tan sólo una de esas miradas cargadas de molestia. Él verdaderamente se tragó el cuento que le dijo el mayor de que le quería.
¿Por qué nomás llegar esa rubia de ojos azules se comenzó a portar de forma tan fría y distante con él? ¿Qué le hizo cambiar tan drásticamente? Pareciera que cuanto hicieron por unirse se había ido a la basura tras la aparición de esa “arpía”.
El niño comenzó a sentirse de la peor forma, como un juego de diversión, ¿y si esa chica era su novia y cuanto le dijo de cariño era mentira? ¿Un juego en su contra? Ya sentía su pequeño corazoncito doler ¿por qué de tantas personas, precisamente debía escoger a la más idiota, a uno que no podía dar ni dos pasos cuando ya retrocedió tres? Porque así era Bill, además de ser una persona que no mira los sentimientos de los demás cuando se trataba de algo que le interesaba.
Cuando creciera le gustaría ser así, tan duro como el otro demostraba ser, un buen jugador que sabía de actuación y se demostraba débil con tal de ganar.
—¿Ya vamos a comer? –preguntó el moreno mirando más que nada al de rastas, pero no pudo ni responder cuando una chica de ojos azules señalo tras ellos.
—Oh, nos falta una atracción –y no podía tratarse sino de “La cueva del amor”. Tom podría jurar que su corazón se paralizó en el preciso instante en que su chico asintió y se dirigió junto a la rubia al juego y más tarde uno de sus botes.
Pero el pelinegro ya no le había dicho que no se moviera de su lugar ¿cierto? ¿Entonces qué le impedía salir corriendo de ese sitio, abandonando a su tierno león (ya roto por haber sido arrastrado) en el suelo, justo al instante que veía a la chica besando al otro, y este sin siquiera intentar alejarla de sí? Justamente nada.
Y se dirigió a un lugar que estuviera lejos de donde un alto y atractivo pelinegro, dueño de su joven corazón, pudiera rompérselo. ¿Cuántas veces iban ya de ratos así? Quizá los dedos no le bastaran, y ya no podía quedarse como si nada pasara, porque sí que pasaba… Debería comenzar a pensar un plan, que le imposibilitara a su niñero lastimarlo emocionalmente. Eso o esperar a quedarse sin su músculo por tantos golpes.
¿Quién dijo que los parques de atracciones eran divertidos? ¡Ese era un vil mentiroso!
Continúa…
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